

Title: Don Quijote

Author: Miguel de Cervantes Saavedra


El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha


TASA

Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cmara del Rey nuestro seor, de
los que residen en su Consejo, certifico y doy fe que, habiendo visto por
los seores dl un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha,
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego del dicho
libro a tres maraveds y medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que
al dicho precio monta el dicho libro docientos y noventa maraveds y medio,
en que se ha de vender en papel; y dieron licencia para que a este precio
se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del dicho
libro, y no se pueda vender sin ella. Y, para que dello conste, di la
presente en Valladolid, a veinte das del mes de deciembre de mil y
seiscientos y cuatro aos.

Juan Gallo de Andrada.

TESTIMONIO DE LAS ERRATAS

Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original; en
testimonio de lo haber correcto, di esta fee. En el Colegio de la Madre de
Dios de los Telogos de la Universidad de Alcal, en primero de diciembre
de 1604 aos.

El licenciado Francisco Murcia de la Llana.

EL REY

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relacin
que habades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la
Mancha, el cual os haba costado mucho trabajo y era muy til y provechoso,
nos pedistes y suplicastes os mandsemos dar licencia y facultad para le
poder imprimir, y previlegio por el tiempo que fusemos servidos, o como la
nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto
en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premtica ltimamente
por nos fecha sobre la impresin de los libros dispone, fue acordado que
debamos mandar dar esta nuestra cdula para vos, en la dicha razn; y nos
tuvmoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos
licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y
no otra alguna, podis imprimir el dicho libro, intitulado El ingenioso
hidalgo de la Mancha, que desuso se hace mencin, en todos estos nuestros
reinos de Castilla, por tiempo y espacio de diez aos, que corran y se
cuenten desde el dicho da de la data desta nuestra cdula; so pena que la
persona o personas que, sin tener vuestro poder, lo imprimiere o vendiere,
o hiciere imprimir o vender, por el mesmo caso pierda la impresin que
hiciere, con los moldes y aparejos della; y ms, incurra en pena de
cincuenta mil maraveds cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha
pena sea la tercia parte para la persona que lo acusare, y la otra tercia
parte para nuestra Cmara, y la otra tercia parte para el juez que lo
sentenciare. Con tanto que todas las veces que hubiredes de hacer imprimir
el dicho libro, durante el tiempo de los dichos diez aos, le traigis al
nuestro Consejo, juntamente con el original que en l fue visto, que va
rubricado cada plana y firmado al fin dl de Juan Gallo de Andrada, nuestro
Escribano de Cmara, de los que en l residen, para saber si la dicha
impresin est conforme el original; o traigis fe en pblica forma de cmo
por corretor nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigi la dicha
impresin por el original, y se imprimi conforme a l, y quedan impresas
las erratas por l apuntadas, para cada un libro de los que as fueren
impresos, para que se tase el precio que por cada volume hubiredes de
haber. Y mandamos al impresor que as imprimiere el dicho libro, no imprima
el principio ni el primer pliego dl, ni entregue ms de un solo libro con
el original al autor, o persona a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno,
para efeto de la dicha correcin y tasa, hasta que antes y primero el dicho
libro est corregido y tasado por los del nuestro Consejo; y, estando
hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer
pliego, y sucesivamente ponga esta nuestra cdula y la aprobacin, tasa y
erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y
premticas destos nuestros reinos. Y mandamos a los del nuestro Consejo, y
a otras cualesquier justicias dellos, guarden y cumplan esta nuestra cdula
y lo en ella contenido. Fecha en Valladolid, a veinte y seis das del mes
de setiembre de mil y seiscientos y cuatro aos.

YO, EL REY.

Por mandado del Rey nuestro seor:

Juan de Amezqueta.

AL DUQUE DE BJAR,

marqus de Gibralen, conde de Benalczar y Baares, vizconde de La Puebla de
Alcocer, seor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos

En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda
suerte de libros, como prncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes,
mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjeras del
vulgo, he determinado de sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha, al abrigo del clarsimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con
el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente
en su proteccin, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso
ornamento de elegancia y erudicin de que suelen andar vestidas las obras
que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer
seguramente en el juicio de algunos que, continindose en los lmites de su
ignorancia, suelen condenar con ms rigor y menos justicia los trabajos
ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi
buen deseo, fo que no desdear la cortedad de tan humilde servicio.

Miguel de Cervantes Saavedra.

PRLOGO

Desocupado lector: sin juramento me podrs creer que quisiera que este
libro, como hijo del entendimiento, fuera el ms hermoso, el ms gallardo y
ms discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al
orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y as,
qu podr engendrar el estril y mal cultivado ingenio mo, sino la
historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos
varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendr en
una crcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste
ruido hace su habitacin? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los
campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud
del espritu son grande parte para que las musas ms estriles se muestren
fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de
contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el
amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas,
antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por
agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de
Don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte, casi
con las lgrimas en los ojos, como otros hacen, lector carsimo, que
perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres su
pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedro
como el ms pintado, y ests en tu casa, donde eres seor della, como el
rey de sus alcabalas, y sabes lo que comnmente se dice: que debajo de mi
manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y
obligacin; y as, puedes decir de la historia todo aquello que te
pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te premien por el bien
que dijeres della.

Slo quisiera drtela monda y desnuda, sin el ornato de prlogo, ni de la
inumerabilidad y catlogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios
que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te s decir que,
aunque me cost algn trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer
esta prefacin que vas leyendo. Muchas veces tom la pluma para escribille,
y muchas la dej, por no saber lo que escribira; y, estando una suspenso,
con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano
en la mejilla, pensando lo que dira, entr a deshora un amigo mo,
gracioso y bien entendido, el cual, vindome tan imaginativo, me pregunt
la causa; y, no encubrindosela yo, le dije que pensaba en el prlogo que
haba de hacer a la historia de don Quijote, y que me tena de suerte que
ni quera hacerle, ni menos sacar a luz las hazaas de tan noble caballero.

-Porque, cmo queris vos que no me tenga confuso el qu dir el antiguo
legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos aos como ha
que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis aos a
cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invencin, menguada
de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudicin y doctrina; sin
acotaciones en las mrgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo
que estn otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de
sentencias de Aristteles, de Platn y de toda la caterva de filsofos, que
admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres ledos, eruditos
y elocuentes? Pues qu, cuando citan la Divina Escritura! No dirn sino
que son unos santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en
esto un decoro tan ingenioso, que en un rengln han pintado un enamorado
destrado y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un
regalo olle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo
qu acotar en el margen, ni qu anotar en el fin, ni menos s qu autores
sigo en l, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras
del A.B.C., comenzando en Aristteles y acabando en Xenofonte y en Zolo o
Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. Tambin ha de
carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos
autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas
celebrrimos; aunque, si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo
s que me los daran, y tales, que no les igualasen los de aquellos que
tienen ms nombre en nuestra Espaa. En fin, seor y amigo mo -prosegu-,
yo determino que el seor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en
la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como
le faltan; porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia
y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrn y perezoso de andarme
buscando autores que digan lo que yo me s decir sin ellos. De aqu nace la
suspensin y elevamiento, amigo, en que me hallastes; bastante causa para
ponerme en ella la que de m habis odo.

Oyendo lo cual mi amigo, dndose una palmada en la frente y disparando en
una carga de risa, me dijo:

-Por Dios, hermano, que agora me acabo de desengaar de un engao en que he
estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he
tenido por discreto y prudente en todas vuestras aciones. Pero agora veo
que estis tan lejos de serlo como lo est el cielo de la tierra. Cmo que
es posible que cosas de tan poco momento y tan fciles de remediar puedan
tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el
vuestro, y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores?
A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y
penuria de discurso. Queris ver si es verdad lo que digo? Pues estadme
atento y veris cmo, en un abrir y cerrar de ojos, confundo todas vuestras
dificultades y remedio todas las faltas que decs que os suspenden y
acobardan para dejar de sacar a la luz del mundo la historia de vuestro
famoso don Quijote, luz y espejo de toda la caballera andante.

-Decid -le repliqu yo, oyendo lo que me deca-: de qu modo pensis
llenar el vaco de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusin?

A lo cual l dijo:

-Lo primero en que reparis de los sonetos, epigramas o elogios que os
faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de ttulo, se
puede remediar en que vos mesmo tomis algn trabajo en hacerlos, y despus
los podis bautizar y poner el nombre que quisiredes, ahijndolos al
Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda, de quien yo s que
hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido y hubiere
algunos pedantes y bachilleres que por detrs os muerdan y murmuren desta
verdad, no se os d dos maraveds; porque, ya que os averigen la mentira,
no os han de cortar la mano con que lo escribistes.

En lo de citar en las mrgenes los libros y autores de donde sacredes las
sentencias y dichos que pusiredes en vuestra historia, no hay ms sino
hacer, de manera que venga a pelo, algunas sentencias o latines que vos
sepis de memoria, o, a lo menos, que os cuesten poco trabajo el buscalle;
como ser poner, tratando de libertad y cautiverio:

   Non bene pro toto libertas venditur auro.

Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo. Si tratredes
del poder de la muerte, acudir luego con:

   Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas,
   Regumque turres.

Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros
luego al punto por la Escritura Divina, que lo podis hacer con tantico de
curiosidad, y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios: Ego autem
dico vobis: diligite inimicos vestros. Si tratredes de malos pensamientos,
acudid con el Evangelio: De corde exeunt cogitationes malae. Si de la
instabilidad de los amigos, ah est Catn, que os dar su dstico:

   Donec eris felix, multos numerabis amicos,
   tempora si fuerint nubila, solus eris.

Y con estos latinicos y otros tales os tendrn siquiera por gramtico, que
el serlo no es de poca honra y provecho el da de hoy.

En lo que toca el poner anotaciones al fin del libro, seguramente lo
podis hacer desta manera: si nombris algn gigante en vuestro libro,
hacelde que sea el gigante Golas, y con slo esto, que os costar casi
nada, tenis una grande anotacin, pues podis poner: El gigante Golas, o
Goliat, fue un filisteo a quien el pastor David mat de una gran pedrada en
el valle de Terebinto, segn se cuenta en el Libro de los Reyes, en el
captulo que vos hallredes que se escribe. Tras esto, para mostraros
hombre erudito en letras humanas y cosmgrafo, haced de modo como en
vuestra historia se nombre el ro Tajo, y verisos luego con otra famosa
anotacin, poniendo: El ro Tajo fue as dicho por un rey de las Espaas;
tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar ocano, besando los
muros de la famosa ciudad de Lisboa; y es opinin que tiene las arenas de
oro, etc. Si tratredes de ladrones, yo os dir la historia de Caco, que la
s de coro; si de mujeres rameras, ah est el obispo de Mondoedo, que os
prestar a Lamia, Laida y Flora, cuya anotacin os dar gran crdito; si de
crueles, Ovidio os entregar a Medea; si de encantadores y hechiceras,
Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el
mesmo Julio Csar os prestar a s mismo en sus Comentarios, y Plutarco os
dar mil Alejandros. Si tratredes de amores, con dos onzas que sepis de
la lengua toscana, toparis con Len Hebreo, que os hincha las medidas. Y
si no queris andaros por tierras extraas, en vuestra casa tenis a
Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el ms
ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolucin, no hay ms sino
que vos procuris nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la
vuestra, que aqu he dicho, y dejadme a m el cargo de poner las
anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las mrgenes y
de gastar cuatro pliegos en el fin del libro.

Vengamos ahora a la citacin de los autores que los otros libros tienen,
que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fcil, porque
no habis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde
la A hasta la Z, como vos decs. Pues ese mismo abecedario pondris vos en
vuestro libro; que, puesto que a la clara se vea la mentira, por la poca
necesidad que vos tenades de aprovecharos dellos, no importa nada; y quiz
alguno habr tan simple, que crea que de todos os habis aprovechado en la
simple y sencilla historia vuestra; y, cuando no sirva de otra cosa, por lo
menos servir aquel largo catlogo de autores a dar de improviso autoridad
al libro. Y ms, que no habr quien se ponga a averiguar si los seguistes o
no los seguistes, no yndole nada en ello. Cuanto ms que, si bien caigo en
la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de
aquellas que vos decs que le falta, porque todo l es una invectiva contra
los libros de caballeras, de quien nunca se acord Aristteles, ni dijo
nada San Basilio, ni alcanz Cicern; ni caen debajo de la cuenta de sus
fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones
de la astrologa; ni le son de importancia las medidas geomtricas, ni la
confutacin de los argumentos de quien se sirve la retrica; ni tiene para
qu predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un gnero
de mezcla de quien no se ha de vestir ningn cristiano entendimiento. Slo
tiene que aprovecharse de la imitacin en lo que fuere escribiendo; que,
cuanto ella fuere ms perfecta, tanto mejor ser lo que se escribiere. Y,
pues esta vuestra escritura no mira a ms que a deshacer la autoridad y
cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballeras, no
hay para qu andis mendigando sentencias de filsofos, consejos de la
Divina Escritura, fbulas de poetas, oraciones de retricos, milagros de
santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas
y bien colocadas, salga vuestra oracin y perodo sonoro y festivo;
pintando, en todo lo que alcanzredes y fuere posible, vuestra intencin,
dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos.
Procurad tambin que, leyendo vuestra historia, el melanclico se mueva a
risa, el risueo la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se
admire de la invencin, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de
alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la mquina mal
fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de
muchos ms; que si esto alcanzsedes, no habrades alcanzado poco.

Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me deca, y de tal
manera se imprimieron en m sus razones que, sin ponerlas en disputa, las
aprob por buenas y de ellas mismas quise hacer este prlogo; en el cual
vers, lector suave, la discrecin de mi amigo, la buena ventura ma en
hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar
tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la
Mancha, de quien hay opinin, por todos los habitadores del distrito del
campo de Montiel, que fue el ms casto enamorado y el ms valiente
caballero que de muchos aos a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo
no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble
y tan honrado caballero, pero quiero que me agradezcas el conocimiento que
tendrs del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te
doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros
vanos de caballeras estn esparcidas.

Y con esto, Dios te d salud, y a m no olvide. Vale.

AL LIBRO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

   Urganda la desconocida
   Si de llegarte a los bue-,
   libro, fueres con letu-,
   no te dir el boquirru-
   que no pones bien los de-.
   Mas si el pan no se te cue-
   por ir a manos de idio-,
   vers de manos a bo-,
   aun no dar una en el cla-,
   si bien se comen las ma-
   por mostrar que son curio-.
   Y, pues la expiriencia ense-
   que el que a buen rbol se arri-
   buena sombra le cobi-,
   en Bjar tu buena estre-
   un rbol real te ofre-
   que da prncipes por fru-,
   en el cual floreci un du-
   que es nuevo Alejandro Ma-:
   llega a su sombra, que a osa-
   favorece la fortu-.
   De un noble hidalgo manche-
   contars las aventu-,
   a quien ociosas letu-,
   trastornaron la cabe-:
   damas, armas, caballe-,
   le provocaron de mo-,
   que, cual Orlando furio-,
   templado a lo enamora-,
   alcanz a fuerza de bra-
   a Dulcinea del Tobo-.
   No indiscretos hierogl-
   estampes en el escu-,
   que, cuando es todo figu-,
   con ruines puntos se envi-.
   Si en la direccin te humi-,

   no dir, mofante, algu-:
   ''Qu don lvaro de Lu-,
   qu Anibal el de Carta-,
   qu rey Francisco en Espa-
   se queja de la Fortu-!''
   Pues al cielo no le plu-
   que salieses tan ladi-
   como el negro Juan Lati-,
   hablar latines reh-.
   No me despuntes de agu-,
   ni me alegues con fil-,
   porque, torciendo la bo-,
   dir el que entiende la le-,
   no un palmo de las ore-:
   ''Para qu conmigo flo-?''
   No te metas en dibu-,
   ni en saber vidas aje-,
   que, en lo que no va ni vie-,

   pasar de largo es cordu-.
   Que suelen en caperu-
   darles a los que grace-;
   mas t qumate las ce-
   slo en cobrar buena fa-;
   que el que imprime neceda-
   dalas a censo perpe-.
   Advierte que es desati-,
   siendo de vidrio el teja-,
   tomar piedras en las ma-
   para tirar al veci-.
   Deja que el hombre de jui-,
   en las obras que compo-,
   se vaya con pies de plo-;
   que el que saca a luz pape-
   para entretener donce-
   escribe a tontas y a lo-.

AMADS DE GAULA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

   T, que imitaste la llorosa vida
   que tuve, ausente y desdeado sobre
   el gran ribazo de la Pea Pobre,
   de alegre a penitencia reducida;
   t, a quien los ojos dieron la bebida
   de abundante licor, aunque salobre,
   y alzndote la plata, estao y cobre,
   te dio la tierra en tierra la comida,
   vive seguro de que eternamente,
   en tanto, al menos, que en la cuarta esfera,
   sus caballos aguije el rubio Apolo,
   tendrs claro renombre de valiente;
   tu patria ser en todas la primera;
   tu sabio autor, al mundo nico y solo.

DON BELIANS DE GRECIA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

   Romp, cort, aboll, y dije y hice
   ms que en el orbe caballero andante;
   fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
   mil agravios vengu, cien mil deshice.
   Hazaas di a la Fama que eternice;
   fui comedido y regalado amante;
   fue enano para m todo gigante,
   y al duelo en cualquier punto satisfice.
   Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
   y trajo del copete mi cordura
   a la calva Ocasin al estricote.
   Ms, aunque sobre el cuerno de la luna
   siempre se vio encumbrada mi ventura,
   tus proezas envidio, oh gran Quijote!

LA SEORA ORIANA A DULCINEA DEL TOBOSO

Soneto

   Oh, quin tuviera, hermosa Dulcinea,
   por ms comodidad y ms reposo,
   a Miraflores puesto en el Toboso,
   y trocara sus Londres con tu aldea!
   Oh, quin de tus deseos y librea
   alma y cuerpo adornara, y del famoso
   caballero que hiciste venturoso
   mirara alguna desigual pelea!
   Oh, quin tan castamente se escapara
   del seor Amads como t hiciste
   del comedido hidalgo don Quijote!
   Que as envidiada fuera, y no envidiara,
   y fuera alegre el tiempo que fue triste,
   y gozara los gustos sin escote.

GANDALN, ESCUDERO DE AMADS DE GAULA, A SANCHO PANZA, ESCUDERO DE DON QUIJOTE

Soneto

   Salve, varn famoso, a quien Fortuna,
   cuando en el trato escuderil te puso,
   tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
   que lo pasaste sin desgracia alguna.
   Ya la azada o la hoz poco repugna
   al andante ejercicio; ya est en uso
   la llaneza escudera, con que acuso
   al soberbio que intenta hollar la luna.
   Envidio a tu jumento y a tu nombre,
   y a tus alforjas igualmente invidio,
   que mostraron tu cuerda providencia.
   Salve otra vez, oh Sancho!, tan buen hombre,
   que a solo t nuestro espaol Ovidio
   con buzcorona te hace reverencia.

DEL DONOSO, POETA ENTREVERADO, A SANCHO PANZA Y ROCINANTE

   Soy Sancho Panza, escude-
   del manchego don Quijo-.
   Puse pies en polvoro-,
   por vivir a lo discre-;
   que el tcito Villadie-
   toda su razn de esta-
   cifr en una retira-,
   segn siente Celesti-,
   libro, en mi opinin, divi-
   si encubriera ms lo huma-.
   A Rocinante
   Soy Rocinante, el famo-
   bisnieto del gran Babie-.
   Por pecados de flaque-,
   fui a poder de un don Quijo-.
   Parejas corr a lo flo-;
   mas, por ua de caba-,
   no se me escap ceba-;
   que esto saqu a Lazari-
   cuando, para hurtar el vi-
   al ciego, le di la pa-.

ORLANDO FURIOSO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

   Si no eres par, tampoco le has tenido:
   que par pudieras ser entre mil pares;
   ni puede haberle donde t te hallares,
   invito vencedor, jams vencido.
   Orlando soy, Quijote, que, perdido
   por Anglica, vi remotos mares,
   ofreciendo a la Fama en sus altares
   aquel valor que respet el olvido.
   No puedo ser tu igual; que este decoro
   se debe a tus proezas y a tu fama,
   puesto que, como yo, perdiste el seso.
   Mas serlo has mo, si al soberbio moro
   y cita fiero domas, que hoy nos llama
   iguales en amor con mal suceso.

EL CABALLERO DEL FEBO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

   A vuestra espada no igual la ma,
   Febo espaol, curioso cortesano,
   ni a la alta gloria de valor mi mano,
   que rayo fue do nace y muere el da.
   Imperios despreci; la monarqua
   que me ofreci el Oriente rojo en vano
   dej, por ver el rostro soberano
   de Claridiana, aurora hermosa ma.
   Amla por milagro nico y raro,
   y, ausente en su desgracia, el propio infierno
   temi mi brazo, que dom su rabia.
   Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
   por Dulcinea sois al mundo eterno,
   y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.

DE SOLISDN A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

   Maguer, seor Quijote, que sandeces
   vos tengan el cerbelo derrumbado,
   nunca seris de alguno reprochado
   por home de obras viles y soeces.
   Sern vuesas fazaas los joeces,
   pues tuertos desfaciendo habis andado,
   siendo vegadas mil apaleado
   por follones cautivos y raheces.
   Y si la vuesa linda Dulcinea
   desaguisado contra vos comete,
   ni a vuesas cuitas muestra buen talante,
   en tal desmn, vueso conorte sea
   que Sancho Panza fue mal alcagete,
   necio l, dura ella, y vos no amante.

DILOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE

Soneto

   B. Cmo estis, Rocinante, tan delgado?
   R. Porque nunca se come, y se trabaja.
   B. Pues, qu es de la cebada y de la paja?
   R. No me deja mi amo ni un bocado.
   B. And, seor, que estis muy mal criado,
   pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
   R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
   Querislo ver? Miraldo enamorado.
   B. Es necedad amar? R. No es gran prudencia.
   B. Metafsico estis. R. Es que no como.
   B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.
   Cmo me he de quejar en mi dolencia,
   si el amo y escudero o mayordomo
   son tan rocines como Rocinante?

Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha





Captulo primero. Que trata de la condicin y ejercicio del famoso hidalgo
don Quijote de la Mancha


En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que viva un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua,
rocn flaco y galgo corredor. Una olla de algo ms vaca que carnero,
salpicn las ms noches, duelos y quebrantos los sbados, lantejas los
viernes, algn palomino de aadidura los domingos, consuman las tres
partes de su hacienda. El resto della concluan sayo de velarte, calzas de
velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los das de
entresemana se honraba con su vellor de lo ms fino. Tena en su casa una
ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte,
y un mozo de campo y plaza, que as ensillaba el rocn como tomaba la
podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta aos; era de
complexin recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo
de la caza. Quieren decir que tena el sobrenombre de Quijada, o Quesada,
que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben;
aunque, por conjeturas verosmiles, se deja entender que se llamaba
Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narracin
dl no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba
ocioso, que eran los ms del ao, se daba a leer libros de caballeras, con
tanta aficin y gusto, que olvid casi de todo punto el ejercicio de la
caza, y aun la administracin de su hacienda. Y lleg a tanto su curiosidad
y desatino en esto, que vendi muchas hanegas de tierra de sembradura para
comprar libros de caballeras en que leer, y as, llev a su casa todos
cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecan tan bien como
los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su
prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecan de perlas, y ms
cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafos, donde en
muchas partes hallaba escrito: La razn de la sinrazn que a mi razn se
hace, de tal manera mi razn enflaquece, que con razn me quejo de la
vuestra fermosura. Y tambin cuando lea: ...los altos cielos que de
vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen
merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

Con estas razones perda el pobre caballero el juicio, y desvelbase por
entenderlas y desentraarles el sentido, que no se lo sacara ni las
entendiera el mesmo Aristteles, si resucitara para slo ello. No estaba
muy bien con las heridas que don Belians daba y receba, porque se
imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejara de
tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y seales. Pero, con
todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella
inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle
fin al pie de la letra, como all se promete; y sin duda alguna lo hiciera,
y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo
estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era
hombre docto, graduado en Sigenza-, sobre cul haba sido mejor caballero:
Palmern de Ingalaterra o Amads de Gaula; mas maese Nicols, barbero del
mesmo pueblo, deca que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si
alguno se le poda comparar, era don Galaor, hermano de Amads de Gaula,
porque tena muy acomodada condicin para todo; que no era caballero
melindroso, ni tan llorn como su hermano, y que en lo de la valenta no le
iba en zaga.

En resolucin, l se enfrasc tanto en su letura, que se le pasaban las
noches leyendo de claro en claro, y los das de turbio en turbio; y as,
del poco dormir y del mucho leer, se le sec el celebro, de manera que vino
a perder el juicio. Llensele la fantasa de todo aquello que lea en los
libros, as de encantamentos como de pendencias, batallas, desafos,
heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y
asentsele de tal modo en la imaginacin que era verdad toda aquella
mquina de aquellas sonadas soadas invenciones que lea, que para l no
haba otra historia ms cierta en el mundo. Deca l que el Cid Ruy Daz
haba sido muy buen caballero, pero que no tena que ver con el Caballero
de la Ardiente Espada, que de slo un revs haba partido por medio dos
fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio,
porque en Roncesvalles haba muerto a Roldn el encantado, valindose de la
industria de Hrcules, cuando ahog a Anteo, el hijo de la Tierra, entre
los brazos. Deca mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de
aquella generacin gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, l
solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos
de Montalbn, y ms cuando le vea salir de su castillo y robar cuantos
topaba, y cuando en allende rob aquel dolo de Mahoma que era todo de oro,
segn dice su historia. Diera l, por dar una mano de coces al traidor de
Galaln, al ama que tena, y aun a su sobrina de aadidura.

En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el ms estrao pensamiento
que jams dio loco en el mundo; y fue que le pareci convenible y
necesario, as para el aumento de su honra como para el servicio de su
repblica, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus
armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que
l haba ledo que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo
gnero de agravio, y ponindose en ocasiones y peligros donde, acabndolos,
cobrase eterno nombre y fama. Imaginbase el pobre ya coronado por el valor
de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y as, con estos tan
agradables pensamientos, llevado del estrao gusto que en ellos senta, se
dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.

Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que haban sido de sus
bisabuelos, que, tomadas de orn y llenas de moho, luengos siglos haba que
estaban puestas y olvidadas en un rincn. Limpilas y aderezlas lo mejor
que pudo, pero vio que tenan una gran falta, y era que no tenan celada de
encaje, sino morrin simple; mas a esto supli su industria, porque de
cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrin, hacan
una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y
poda estar al riesgo de una cuchillada, sac su espada y le dio dos
golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que haba hecho en una
semana; y no dej de parecerle mal la facilidad con que la haba hecho
pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la torn a hacer de nuevo,
ponindole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que l qued
satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la
diput y tuvo por celada finsima de encaje.

Fue luego a ver su rocn, y, aunque tena ms cuartos que un real y ms
tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareci
que ni el Bucfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con l se igualaban.
Cuatro das se le pasaron en imaginar qu nombre le pondra; porque, segn
se deca l a s mesmo, no era razn que caballo de caballero tan famoso, y
tan bueno l por s, estuviese sin nombre conocido; y ans, procuraba
acomodrsele de manera que declarase quin haba sido, antes que fuese de
caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razn
que, mudando su seor estado, mudase l tambin el nombre, y le cobrase
famoso y de estruendo, como convena a la nueva orden y al nuevo ejercicio
que ya profesaba. Y as, despus de muchos nombres que form, borr y
quit, aadi, deshizo y torn a hacer en su memoria e imaginacin, al fin
le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y
significativo de lo que haba sido cuando fue rocn, antes de lo que ahora
era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.

Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponrsele a s mismo,
y en este pensamiento dur otros ocho das, y al cabo se vino a llamar don
Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasin los autores desta tan
verdadera historia que, sin duda, se deba de llamar Quijada, y no Quesada,
como otros quisieron decir. Pero, acordndose que el valeroso Amads no
slo se haba contentado con llamarse Amads a secas, sino que aadi el
nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llam Amads de Gaula,
as quiso, como buen caballero, aadir al suyo el nombre de la suya y
llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al
vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrin celada, puesto nombre a su
rocn y confirmndose a s mismo, se dio a entender que no le faltaba otra
cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante
sin amores era rbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decase l
a s:

-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por
ah con algn gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros
andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o,
finalmente, le venzo y le rindo, no ser bien tener a quien enviarle
presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce seora, y diga
con voz humilde y rendido: ''Yo, seora, soy el gigante Caraculiambro,
seor de la nsula Malindrania, a quien venci en singular batalla el
jams como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me
mand que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza
disponga de m a su talante''?

Oh, cmo se holg nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso,
y ms cuando hall a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree,
que en un lugar cerca del suyo haba una moza labradora de muy buen
parecer, de quien l un tiempo anduvo enamorado, aunque, segn se entiende,
ella jams lo supo, ni le dio cata dello. Llambase Aldonza Lorenzo, y a
sta le pareci ser bien darle ttulo de seora de sus pensamientos; y,
buscndole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se
encaminase al de princesa y gran seora, vino a llamarla Dulcinea del
Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, msico y
peregrino y significativo, como todos los dems que a l y a sus cosas
haba puesto.





Captulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el
ingenioso don Quijote


Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar ms tiempo a poner en
efeto su pensamiento, apretndole a ello la falta que l pensaba que haca
en el mundo su tardanza, segn eran los agravios que pensaba deshacer,
tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y
deudas que satisfacer. Y as, sin dar parte a persona alguna de su
intencin, y sin que nadie le viese, una maana, antes del da, que era uno
de los calurosos del mes de julio, se arm de todas sus armas, subi sobre
Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embraz su adarga, tom su
lanza, y, por la puerta falsa de un corral, sali al campo con grandsimo
contento y alborozo de ver con cunta facilidad haba dado principio a su
buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asalt un pensamiento
terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue
que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley
de caballera, ni poda ni deba tomar armas con ningn caballero; y,
puesto que lo fuera, haba de llevar armas blancas, como novel caballero,
sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos
pensamientos le hicieron titubear en su propsito; mas, pudiendo ms su
locura que otra razn alguna, propuso de hacerse armar caballero del
primero que topase, a imitacin de otros muchos que as lo hicieron, segn
l haba ledo en los libros que tal le tenan. En lo de las armas blancas,
pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen ms que un
armio; y con esto se quiet y prosigui su camino, sin llevar otro que
aquel que su caballo quera, creyendo que en aquello consista la fuerza de
las aventuras.

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo
mesmo y diciendo:

-Quin duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la
verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere
no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de maana,
desta manera?: Apenas haba el rubicundo Apolo tendido por la faz de la
ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y
apenas los pequeos y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas haban
saludado con dulce y meliflua armona la venida de la rosada aurora, que,
dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del
manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero
don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subi sobre su famoso
caballo Rocinante, y comenz a caminar por el antiguo y conocido campo de
Montiel.

Y era la verdad que por l caminaba. Y aadi diciendo:

-Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrn a luz las famosas
hazaas mas, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mrmoles y
pintarse en tablas para memoria en lo futuro. Oh t, sabio encantador,
quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina
historia, rugote que no te olvides de mi buen Rocinante, compaero eterno
mo en todos mis caminos y carreras!

Luego volva diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:

-Oh princesa Dulcinea, seora deste cautivo corazn!, mucho agravio me
habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de
mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plgaos, seora, de
membraros deste vuestro sujeto corazn, que tantas cuitas por vuestro amor
padece.

Con stos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus
libros le haban enseado, imitando en cuanto poda su lenguaje. Con esto,
caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que
fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.

Casi todo aquel da camin sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo
cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer
experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la
primera aventura que le avino fue la del Puerto Lpice; otros dicen que la
de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso,
y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que l anduvo
todo aquel da, y, al anochecer, su rocn y l se hallaron cansados y
muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubrira
algn castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese
remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde
iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales,
sino a los alczares de su redencin le encaminaba. Diose priesa a caminar,
y lleg a ella a tiempo que anocheca.

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido,
las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche
acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto
pensaba, vea o imaginaba le pareca ser hecho y pasar al modo de lo que
haba ledo, luego que vio la venta, se le represent que era un castillo
con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su
puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes
castillos se pintan. Fuese llegando a la venta, que a l le pareca
castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando
que algn enano se pusiese entre las almenas a dar seal con alguna
trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se
tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se
lleg a la puerta de la venta, y vio a las dos destradas mozas que all
estaban, que a l le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas
damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto,
sucedi acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una
manada de puercos -que, sin perdn, as se llaman- toc un cuerno, a cuya
seal ellos se recogen, y al instante se le represent a don Quijote lo que
deseaba, que era que algn enano haca seal de su venida; y as, con
estrao contento, lleg a la venta y a las damas, las cuales, como vieron
venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga, llenas de
miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su
huida su miedo, alzndose la visera de papeln y descubriendo su seco y
polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:

-No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; ca a la orden
de caballera que profeso non toca ni atae facerle a ninguno, cuanto ms a
tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

Mirbanle las mozas, y andaban con los ojos buscndole el rostro, que la
mala visera le encubra; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan
fuera de su profesin, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don
Quijote vino a correrse y a decirles:

-Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez adems la risa
que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes ni
mostredes mal talante; que el mo non es de l que de serviros.

El lenguaje, no entendido de las seoras, y el mal talle de nuestro
caballero acrecentaba en ellas la risa y en l el enojo; y pasara muy
adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy
gordo, era muy pacfico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada
de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no
estuvo en nada en acompaar a las doncellas en las muestras de su contento.
Mas, en efeto, temiendo la mquina de tantos pertrechos, determin de
hablarle comedidamente; y as, le dijo:

-Si vuestra merced, seor caballero, busca posada, amn del lecho (porque
en esta venta no hay ninguno), todo lo dems se hallar en ella en mucha
abundancia.

Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le
pareci a l el ventero y la venta, respondi:

   -Para m, seor castellano, cualquiera cosa basta, porque
   mis arreos son las armas,
   mi descanso el pelear, etc.

Pens el husped que el haberle llamado castellano haba sido por haberle
parecido de los sanos de Castilla, aunque l era andaluz, y de los de la
playa de Sanlcar, no menos ladrn que Caco, ni menos maleante que
estudiantado paje; y as, le respondi:

-Segn eso, las camas de vuestra merced sern duras peas, y su dormir,
siempre velar; y siendo as, bien se puede apear, con seguridad de hallar
en esta choza ocasin y ocasiones para no dormir en todo un ao, cuanto ms
en una noche.

Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se ape con
mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel da no se haba
desayunado.

Dijo luego al husped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque
era la mejor pieza que coma pan en el mundo. Mirle el ventero, y no le
pareci tan bueno como don Quijote deca, ni aun la mitad; y, acomodndole
en la caballeriza, volvi a ver lo que su husped mandaba, al cual estaban
desarmando las doncellas, que ya se haban reconciliado con l; las cuales,
aunque le haban quitado el peto y el espaldar, jams supieron ni pudieron
desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traa atada
con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los
udos; mas l no lo quiso consentir en ninguna manera, y as, se qued toda
aquella noche con la celada puesta, que era la ms graciosa y estraa
figura que se pudiera pensar; y, al desarmarle, como l se imaginaba que
aquellas tradas y llevadas que le desarmaban eran algunas principales
seoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:

   -Nunca fuera caballero
   de damas tan bien servido
   como fuera don Quijote
   cuando de su aldea vino:
   doncellas curaban dl;
   princesas, del su rocino,

o Rocinante, que ste es el nombre, seoras mas, de mi caballo, y don
Quijote de la Mancha el mo; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta
que las fazaas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza
de acomodar al propsito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido
causa que sepis mi nombre antes de toda sazn; pero, tiempo vendr en que
las vuestras seoras me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo
descubra el deseo que tengo de serviros.

Las mozas, que no estaban hechas a or semejantes retricas, no respondan
palabra; slo le preguntaron si quera comer alguna cosa.

-Cualquiera yantara yo -respondi don Quijote-, porque, a lo que entiendo,
me hara mucho al caso.

A dicha, acert a ser viernes aquel da, y no haba en toda la venta sino
unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andaluca
bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntronle
si por ventura comera su merced truchuela, que no haba otro pescado que
dalle a comer.

-Como haya muchas truchuelas -respondi don Quijote-, podrn servir de una
trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una
pieza de a ocho. Cuanto ms, que podra ser que fuesen estas truchuelas
como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrn.
Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no
se puede llevar sin el gobierno de las tripas.

Pusironle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trjole el
husped una porcin del mal remojado y peor cocido bacallao, y un pan tan
negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle
comer, porque, como tena puesta la celada y alzada la visera, no poda
poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y pona; y ans,
una de aquellas seoras serva deste menester. Mas, al darle de beber, no
fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caa, y puesto el un
cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo receba
en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.

Estando en esto, lleg acaso a la venta un castrador de puercos; y, as
como lleg, son su silbato de caas cuatro o cinco veces, con lo cual
acab de confirmar don Quijote que estaba en algn famoso castillo, y que
le servan con msica, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal; y
las rameras, damas; y el ventero, castellano del castillo, y con esto daba
por bien empleada su determinacin y salida. Mas lo que ms le fatigaba era
el no verse armado caballero, por parecerle que no se podra poner
legtimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballera.





Captulo III. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en
armarse caballero


Y as, fatigado deste pensamiento, abrevi su venteril y limitada cena; la
cual acabada, llam al ventero, y, encerrndose con l en la caballeriza,
se hinc de rodillas ante l, dicindole:

-No me levantar jams de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la
vuestra cortesa me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundar en
alabanza vuestra y en pro del gnero humano.

El ventero, que vio a su husped a sus pies y oy semejantes razones,
estaba confuso mirndole, sin saber qu hacerse ni decirle, y porfiaba con
l que se levantase, y jams quiso, hasta que le hubo de decir que l le
otorgaba el don que le peda.

-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, seor mo
-respondi don Quijote-; y as, os digo que el don que os he pedido, y de
vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que maana en aquel da me
habis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro
castillo velar las armas; y maana, como tengo dicho, se cumplir lo que
tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del
mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como est a cargo
de la caballera y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a
semejantes fazaas es inclinado.

El ventero, que, como est dicho, era un poco socarrn y ya tena algunos
barruntos de la falta de juicio de su husped, acab de creerlo cuando
acab de orle semejantes razones, y, por tener qu rer aquella noche,
determin de seguirle el humor; y as, le dijo que andaba muy acertado en
lo que deseaba y peda, y que tal prosupuesto era propio y natural de los
caballeros tan principales como l pareca y como su gallarda presencia
mostraba; y que l, ansimesmo, en los aos de su mocedad, se haba dado a
aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus
aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Mlaga, Islas de Riarn,
Comps de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de
Granada, Playa de Sanlcar, Potro de Crdoba y las Ventillas de Toledo y
otras diversas partes, donde haba ejercitado la ligereza de sus pies,
sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas,
deshaciendo algunas doncellas y engaando a algunos pupilos, y, finalmente,
dndose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda
Espaa; y que, a lo ltimo, se haba venido a recoger a aquel su castillo,
donde viva con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en l a todos los
caballeros andantes, de cualquiera calidad y condicin que fuesen, slo por
la mucha aficin que les tena y porque partiesen con l de sus haberes, en
pago de su buen deseo.

Djole tambin que en aquel su castillo no haba capilla alguna donde poder
velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que,
en caso de necesidad, l saba que se podan velar dondequiera, y que
aquella noche las podra velar en un patio del castillo; que a la maana,
siendo Dios servido, se haran las debidas ceremonias, de manera que l
quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser ms en el
mundo.

Preguntle si traa dineros; respondi don Quijote que no traa blanca,
porque l nunca haba ledo en las historias de los caballeros andantes que
ninguno los hubiese trado. A esto dijo el ventero que se engaaba; que,
puesto caso que en las historias no se escriba, por haberles parecido a
los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan
necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se
haba de creer que no los trujeron; y as, tuviese por cierto y averiguado
que todos los caballeros andantes, de que tantos libros estn llenos y
atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese
sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequea llena de
ungentos para curar las heridas que receban, porque no todas veces en los
campos y desiertos donde se combatan y salan heridos haba quien los
curase, si ya no era que tenan algn sabio encantador por amigo, que luego
los socorra, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano
con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della,
luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno
hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los
pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen provedos de
dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungentos para
curarse; y, cuando suceda que los tales caballeros no tenan escuderos,
que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas
alforjas muy sutiles, que casi no se parecan, a las ancas del caballo,
como que era otra cosa de ms importancia; porque, no siendo por ocasin
semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros
andantes; y por esto le daba por consejo, pues an se lo poda mandar como
a su ahijado, que tan presto lo haba de ser, que no caminase de all
adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vera cun
bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.

Prometile don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda
puntualidad; y as, se dio luego orden como velase las armas en un corral
grande que a un lado de la venta estaba; y, recogindolas don Quijote
todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando su
adarga, asi de su lanza y con gentil continente se comenz a pasear
delante de la pila; y cuando comenz el paseo comenzaba a cerrar la noche.

Cont el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su
husped, la vela de las armas y la armazn de caballera que esperaba.
Admirronse de tan estrao gnero de locura y furonselo a mirar desde
lejos, y vieron que, con sosegado ademn, unas veces se paseaba; otras,
arrimado a su lanza, pona los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen
espacio dellas. Acab de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la
luna, que poda competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el
novel caballero haca era bien visto de todos. Antojsele en esto a uno de
los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue
menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el
cual, vindole llegar, en voz alta le dijo:

-Oh t, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las
armas del ms valeroso andante que jams se ci espada!, mira lo que haces
y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.

No se cur el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque
fuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arroj gran
trecho de s. Lo cual visto por don Quijote, alz los ojos al cielo, y,
puesto el pensamiento -a lo que pareci- en su seora Dulcinea, dijo:

-Acorredme, seora ma, en esta primera afrenta que a este vuestro
avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance
vuestro favor y amparo.

Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alz la
lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza,
que le derrib en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no
tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogi sus armas y
torn a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde all a poco, sin
saberse lo que haba pasado (porque an estaba aturdido el arriero), lleg
otro con la mesma intencin de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitar
las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin
pedir favor a nadie, solt otra vez la adarga y alz otra vez la lanza, y,
sin hacerla pedazos, hizo ms de tres la cabeza del segundo arriero, porque
se la abri por cuatro. Al ruido acudi toda la gente de la venta, y entre
ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embraz su adarga, y, puesta
mano a su espada, dijo:

-Oh seora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazn mo!
Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo
caballero, que tamaa aventura est atendiendo.

Con esto cobr, a su parecer, tanto nimo, que si le acometieran todos los
arrieros del mundo, no volviera el pie atrs. Los compaeros de los
heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras
sobre don Quijote, el cual, lo mejor que poda, se reparaba con su adarga,
y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero
daba voces que le dejasen, porque ya les haba dicho como era loco, y que
por loco se librara, aunque los matase a todos. Tambin don Quijote las
daba, mayores, llamndolos de alevosos y traidores, y que el seor del
castillo era un folln y mal nacido caballero, pues de tal manera consenta
que se tratasen los andantes caballeros; y que si l hubiera recebido la
orden de caballera, que l le diera a entender su alevosa:

-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad,
venid y ofendedme en cuanto pudiredes, que vosotros veris el pago que
llevis de vuestra sandez y demasa.

Deca esto con tanto bro y denuedo, que infundi un terrible temor en los
que le acometan; y, as por esto como por las persuasiones del ventero, le
dejaron de tirar, y l dej retirar a los heridos y torn a la vela de sus
armas con la misma quietud y sosiego que primero.

No le parecieron bien al ventero las burlas de su husped, y determin
abreviar y darle la negra orden de caballera luego, antes que otra
desgracia sucediese. Y as, llegndose a l, se desculp de la insolencia
que aquella gente baja con l haba usado, sin que l supiese cosa alguna;
pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Djole como ya le
haba dicho que en aquel castillo no haba capilla, y para lo que restaba
de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado
caballero consista en la pescozada y en el espaldarazo, segn l tena
noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se
poda hacer, y que ya haba cumplido con lo que tocaba al velar de las
armas, que con solas dos horas de vela se cumpla, cuanto ms, que l haba
estado ms de cuatro. Todo se lo crey don Quijote, y dijo que l estaba
all pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que
pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no
pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que l le
mandase, a quien por su respeto dejara.

Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde
asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela
que le traa un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde
don Quijote estaba, al cual mand hincar de rodillas; y, leyendo en su
manual, como que deca alguna devota oracin, en mitad de la leyenda alz
la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras l, con su mesma
espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como que
rezaba. Hecho esto, mand a una de aquellas damas que le ciese la espada,
la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discrecin, porque no fue menester
poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las
proezas que ya haban visto del novel caballero les tena la risa a raya.
Al ceirle la espada, dijo la buena seora:

-Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le d ventura en
lides.

Don Quijote le pregunt cmo se llamaba, porque l supiese de all adelante
a quin quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darle
alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella
respondi con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un
remendn natural de Toledo que viva a las tendillas de Sancho Bienaya, y
que dondequiera que ella estuviese le servira y le tendra por seor. Don
Quijote le replic que, por su amor, le hiciese merced que de all adelante
se pusiese don y se llamase doa Tolosa. Ella se lo prometi, y la otra le
calz la espuela, con la cual le pas casi el mismo coloquio que con la de
la espada: preguntle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y que
era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual tambin rog don
Quijote que se pusiese don y se llamase doa Molinera, ofrecindole nuevos
servicios y mercedes.

Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta all nunca vistas ceremonias, no
vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras;
y, ensillando luego a Rocinante, subi en l, y, abrazando a su husped, le
dijo cosas tan estraas, agradecindole la merced de haberle armado
caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya
fuera de la venta, con no menos retricas, aunque con ms breves palabras,
respondi a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dej ir a
la buen hora.





Captulo IV. De lo que le sucedi a nuestro caballero cuando sali de la
venta


La del alba sera cuando don Quijote sali de la venta, tan contento, tan
gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le
reventaba por las cinchas del caballo. Mas, vinindole a la memoria los
consejos de su husped cerca de las prevenciones tan necesarias que haba
de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determin volver a
su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir
a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propsito
para el oficio escuderil de la caballera. Con este pensamiento gui a
Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta
gana comenz a caminar, que pareca que no pona los pies en el suelo.

No haba andado mucho, cuando le pareci que a su diestra mano, de la
espesura de un bosque que all estaba, salan unas voces delicadas, como de
persona que se quejaba; y apenas las hubo odo, cuando dijo:

-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone
ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesin, y
donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son
de algn menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.

Y, volviendo las riendas, encamin a Rocinante hacia donde le pareci que
las voces salan. Y, a pocos pasos que entr por el bosque, vio atada una
yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo
arriba, hasta de edad de quince aos, que era el que las voces daba; y no
sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador
de buen talle, y cada azote le acompaaba con una reprehensin y consejo.
Porque deca:

-La lengua queda y los ojos listos.

Y el muchacho responda:

-No lo har otra vez, seor mo; por la pasin de Dios, que no lo har otra
vez; y yo prometo de tener de aqu adelante ms cuidado con el hato.

Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

-Descorts caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede;
subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza -que tambin tena una
lanza arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua-, que yo os
har conocer ser de cobardes lo que estis haciendo.

El labrador, que vio sobre s aquella figura llena de armas blandiendo la
lanza sobre su rostro, tvose por muerto, y con buenas palabras respondi:

-Seor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que
me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el
cual es tan descuidado, que cada da me falta una; y, porque castigo su
descuido, o bellaquera, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la
soldada que le debo, y en Dios y en mi nima que miente.

-"Miente", delante de m, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por el sol que
nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle
luego sin ms rplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y
aniquile en este punto. Desatadlo luego.

El labrador baj la cabeza y, sin responder palabra, desat a su criado, al
cual pregunt don Quijote que cunto le deba su amo. l dijo que nueve
meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y hall que
montaban setenta y tres reales, y djole al labrador que al momento los
desembolsase, si no quera morir por ello. Respondi el medroso villano que
para el paso en que estaba y juramento que haba hecho -y an no haba
jurado nada-, que no eran tantos, porque se le haban de descontar y
recebir en cuenta tres pares de zapatos que le haba dado y un real de dos
sangras que le haban hecho estando enfermo.

-Bien est todo eso -replic don Quijote-, pero qudense los zapatos y las
sangras por los azotes que sin culpa le habis dado; que si l rompi el
cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habis rompido el de su
cuerpo; y si le sac el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se
la habis sacado; ans que, por esta parte, no os debe nada.

-El dao est, seor caballero, en que no tengo aqu dineros: vngase
Andrs conmigo a mi casa, que yo se los pagar un real sobre otro.

-Irme yo con l? -dijo el muchacho-. Mas, mal ao! No, seor, ni por
pienso; porque, en vindose solo, me desuelle como a un San Bartolom.

-No har tal -replic don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me
tenga respeto; y con que l me lo jure por la ley de caballera que ha
recebido, le dejar ir libre y asegurar la paga.

-Mire vuestra merced, seor, lo que dice -dijo el muchacho-, que este mi
amo no es caballero ni ha recebido orden de caballera alguna; que es Juan
Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.

-Importa eso poco -respondi don Quijote-, que Haldudos puede haber
caballeros; cuanto ms, que cada uno es hijo de sus obras.

-As es verdad -dijo Andrs-; pero este mi amo, de qu obras es hijo, pues
me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?

-No niego, hermano Andrs -respondi el labrador-; y hacedme placer de
veniros conmigo, que yo juro por todas las rdenes que de caballeras hay
en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun
sahumados.

-Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-; ddselos en reales, que
con eso me contento; y mirad que lo cumplis como lo habis jurado; si no,
por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que
os tengo de hallar, aunque os escondis ms que una lagartija. Y si queris
saber quin os manda esto, para quedar con ms veras obligado a cumplirlo,
sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de
agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo
prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.

Y, en diciendo esto, pic a su Rocinante, y en breve espacio se apart
dellos. Siguile el labrador con los ojos, y, cuando vio que haba
traspuesto del bosque y que ya no pareca, volvise a su criado Andrs y
djole:

-Venid ac, hijo mo, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel
deshacedor de agravios me dej mandado.

-Eso juro yo -dijo Andrs-; y cmo que andar vuestra merced acertado en
cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil aos viva; que,
segn es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que
vuelva y ejecute lo que dijo!

-Tambin lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por lo mucho que os quiero,
quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.

Y, asindole del brazo, le torn a atar a la encina, donde le dio tantos
azotes, que le dej por muerto.

-Llamad, seor Andrs, ahora -deca el labrador- al desfacedor de agravios,
veris cmo no desface aquste; aunque creo que no est acabado de hacer,
porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temades.

Pero, al fin, le desat y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para
que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrs se parti algo mohno,
jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle
punto por punto lo que haba pasado, y que se lo haba de pagar con las
setenas. Pero, con todo esto, l se parti llorando y su amo se qued
riendo.

Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual,
contentsimo de lo sucedido, parecindole que haba dado felicsimo y alto
principio a sus caballeras, con gran satisfacin de s mismo iba caminando
hacia su aldea, diciendo a media voz:

-Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, oh
sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener
sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan
nombrado caballero como lo es y ser don Quijote de la Mancha, el cual,
como todo el mundo sabe, ayer rescibi la orden de caballera, y hoy ha
desfecho el mayor tuerto y agravio que form la sinrazn y cometi la
crueldad: hoy quit el ltigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan
sin ocasin vapulaba a aquel delicado infante.

En esto, lleg a un camino que en cuatro se divida, y luego se le vino a
la imaginacin las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponan a
pensar cul camino de aqullos tomaran, y, por imitarlos, estuvo un rato
quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado, solt la rienda a Rocinante,
dejando a la voluntad del rocn la suya, el cual sigui su primer intento,
que fue el irse camino de su caballeriza.

Y, habiendo andado como dos millas, descubri don Quijote un grande tropel
de gente, que, como despus se supo, eran unos mercaderes toledanos que
iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venan con sus quitasoles, con
otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los
divis don Quijote, cuando se imagin ser cosa de nueva aventura; y, por
imitar en todo cuanto a l le pareca posible los pasos que haba ledo en
sus libros, le pareci venir all de molde uno que pensaba hacer. Y as,
con gentil continente y denuedo, se afirm bien en los estribos, apret la
lanza, lleg la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo
esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya l por tales
los tena y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y or,
levant don Quijote la voz, y con ademn arrogante dijo:

-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el
mundo todo doncella ms hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par
Dulcinea del Toboso.

Parronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraa figura
del que las deca; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver
la locura de su dueo; mas quisieron ver despacio en qu paraba aquella
confesin que se les peda, y uno dellos, que era un poco burln y muy
mucho discreto, le dijo:

-Seor caballero, nosotros no conocemos quin sea esa buena seora que
decs; mostrdnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significis,
de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte
vuestra nos es pedida.

-Si os la mostrara -replic don Quijote-, qu hicirades vosotros en
confesar una verdad tan notoria? La importancia est en que sin verla lo
habis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo
sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengis uno a uno,
como pide la orden de caballera, ora todos juntos, como es costumbre y
mala usanza de los de vuestra ralea, aqu os aguardo y espero, confiado en
la razn que de mi parte tengo.

-Seor caballero -replic el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre
de todos estos prncipes que aqu estamos, que, porque no encarguemos
nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jams vista ni oda,
y ms siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y
Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algn retrato de
esa seora, aunque sea tamao como un grano de trigo; que por el hilo se
sacar el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra
merced quedar contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte
que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro
le mana bermelln y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra
merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

-No le mana, canalla infame -respondi don Quijote, encendido en clera-;
no le mana, digo, eso que decs, sino mbar y algalia entre algodones; y no
es tuerta ni corcovada, sino ms derecha que un huso de Guadarrama. Pero
vosotros pagaris la grande blasfemia que habis dicho contra tamaa beldad
como es la de mi seora.

Y, en diciendo esto, arremeti con la lanza baja contra el que lo haba
dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la
mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido
mercader. Cay Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el
campo; y, querindose levantar, jams pudo: tal embarazo le causaban la
lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y,
entretanto que pugnaba por levantarse y no poda, estaba diciendo:

-Non fuyis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa ma,
sino de mi caballo, estoy aqu tendido.

Un mozo de mulas de los que all venan, que no deba de ser muy bien
intencionado, oyendo decir al pobre cado tantas arrogancias, no lo pudo
sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegndose a l, tom la
lanza, y, despus de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenz a dar a
nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le
moli como cibera. Dbanle voces sus amos que no le diese tanto y que le
dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta
envidar todo el resto de su clera; y, acudiendo por los dems trozos de la
lanza, los acab de deshacer sobre el miserable cado, que, con toda
aquella tempestad de palos que sobre l va, no cerraba la boca, amenazando
al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecan.

Cansse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qu contar
en todo l del pobre apaleado. El cual, despus que se vio solo, torn a
probar si poda levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno,
cmo lo hara molido y casi deshecho? Y an se tena por dichoso,
parecindole que aqulla era propia desgracia de caballeros andantes, y
toda la atribua a la falta de su caballo, y no era posible levantarse,
segn tena brumado todo el cuerpo.





Captulo V. Donde se prosigue la narracin de la desgracia de nuestro
caballero


Viendo, pues, que, en efeto, no poda menearse, acord de acogerse a su
ordinario remedio, que era pensar en algn paso de sus libros; y trjole su
locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqus de Mantua, cuando
Carloto le dej herido en la montia, historia sabida de los nios, no
ignorada de los mozos, celebrada y aun creda de los viejos; y, con todo
esto, no ms verdadera que los milagros de Mahoma. sta, pues, le pareci a
l que le vena de molde para el paso en que se hallaba; y as, con
muestras de grande sentimiento, se comenz a volcar por la tierra y a decir
con debilitado aliento lo mesmo que dicen deca el herido caballero del
bosque:

   -Donde ests, seora ma,
   que no te duele mi mal?
   O no lo sabes, seora,
   o eres falsa y desleal.

Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que
dicen:

   -Oh noble marqus de Mantua,
   mi to y seor carnal!

Y quiso la suerte que, cuando lleg a este verso, acert a pasar por all
un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que vena de llevar una carga
de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre all tendido, se lleg a
l y le pregunt que quin era y qu mal senta que tan tristemente se
quejaba. Don Quijote crey, sin duda, que aqul era el marqus de Mantua,
su to; y as, no le respondi otra cosa si no fue proseguir en su romance,
donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante
con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.

El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitndole la
visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpi el rostro, que
le tena cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoci y
le dijo:

-Seor Quijana -que as se deba de llamar cuando l tena juicio y no
haba pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, quin ha puesto a
vuestra merced desta suerte?

Pero l segua con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen
hombre, lo mejor que pudo le quit el peto y espaldar, para ver si tena
alguna herida; pero no vio sangre ni seal alguna. Procur levantarle del
suelo, y no con poco trabajo le subi sobre su jumento, por parecer
caballera ms sosegada. Recogi las armas, hasta las astillas de la lanza,
y lilas sobre Rocinante, al cual tom de la rienda, y del cabestro al
asno, y se encamin hacia su pueblo, bien pensativo de or los disparates
que don Quijote deca; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y
quebrantado, no se poda tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba
unos suspiros que los pona en el cielo; de modo que de nuevo oblig a que
el labrador le preguntase le dijese qu mal senta; y no parece sino que el
diablo le traa a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque,
en aquel punto, olvidndose de Valdovinos, se acord del moro Abindarrez,
cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narvez, le prendi y llev
cautivo a su alcaida. De suerte que, cuando el labrador le volvi a
preguntar que cmo estaba y qu senta, le respondi las mesmas palabras y
razones que el cautivo Abencerraje responda a Rodrigo de Narvez, del
mesmo modo que l haba ledo la historia en La Diana, de Jorge de
Montemayor, donde se escribe; aprovechndose della tan a propsito, que el
labrador se iba dando al diablo de or tanta mquina de necedades; por
donde conoci que su vecino estaba loco, y dbale priesa a llegar al
pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga
arenga. Al cabo de lo cual, dijo:

-Sepa vuestra merced, seor don Rodrigo de Narvez, que esta hermosa Jarifa
que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho,
hago y har los ms famosos hechos de caballeras que se han visto, vean ni
vern en el mundo.

A esto respondi el labrador:

-Mire vuestra merced, seor, pecador de m, que yo no soy don Rodrigo de
Narvez, ni el marqus de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra
merced es Valdovinos, ni Abindarrez, sino el honrado hidalgo del seor
Quijana.

-Yo s quin soy -respondi don Quijote-; y s que puedo ser no slo los
que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve
de la Fama, pues a todas las hazaas que ellos todos juntos y cada uno por
s hicieron, se aventajarn las mas.

En estas plticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que
anocheca, pero el labrador aguard a que fuese algo ms noche, porque no
viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le
pareci, entr en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual hall
toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran
grandes amigos de don Quijote, que estaba dicindoles su ama a voces:

-Qu le parece a vuestra merced, seor licenciado Pero Prez -que as se
llamaba el cura-, de la desgracia de mi seor? Tres das ha que no parecen
l, ni el rocn, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. Desventurada de
m!, que me doy a entender, y as es ello la verdad como nac para morir,
que estos malditos libros de caballeras que l tiene y suele leer tan de
ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle odo decir
muchas veces, hablando entre s, que quera hacerse caballero andante e
irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satans y
a Barrabs tales libros, que as han echado a perder el ms delicado
entendimiento que haba en toda la Mancha.

La sobrina deca lo mesmo, y aun deca ms:

-Sepa, seor maese Nicols -que ste era el nombre del barbero-, que muchas
veces le aconteci a mi seor to estarse leyendo en estos desalmados
libros de desventuras dos das con sus noches, al cabo de los cuales,
arrojaba el libro de las manos, y pona mano a la espada y andaba a
cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, deca que haba
muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del
cansancio deca que era sangre de las feridas que haba recebido en la
batalla; y bebase luego un gran jarro de agua fra, y quedaba sano y
sosegado, diciendo que aquella agua era una preciossima bebida que le
haba trado el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me
tengo la culpa de todo, que no avis a vuestras mercedes de los disparates
de mi seor to, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha
llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que
bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.

-Esto digo yo tambin -dijo el cura-, y a fee que no se pase el da de
maana sin que dellos no se haga acto pblico y sean condenados al fuego,
porque no den ocasin a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe
de haber hecho.

Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acab de
entender el labrador la enfermedad de su vecino; y as, comenz a decir a
voces:

-Abran vuestras mercedes al seor Valdovinos y al seor marqus de Mantua,
que viene malferido, y al seor moro Abindarrez, que trae cautivo el
valeroso Rodrigo de Narvez, alcaide de Antequera.

A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las
otras a su amo y to, que an no se haba apeado del jumento, porque no
poda, corrieron a abrazarle. l dijo:

-Tnganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llvenme a
mi lecho y llmese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate
de mis feridas.

-Mir, en hora maza -dijo a este punto el ama-, si me deca a m bien mi
corazn del pie que cojeaba mi seor! Suba vuestra merced en buen hora,
que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aqu curar. Malditos, digo,
sean otra vez y otras ciento estos libros de caballeras, que tal han
parado a vuestra merced!

Llevronle luego a la cama, y, catndole las feridas, no le hallaron
ninguna; y l dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran cada
con Rocinante, su caballo, combatindose con diez jayanes, los ms
desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.

-Ta, ta! -dijo el cura-. Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que
yo los queme maana antes que llegue la noche.

Hicironle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra
cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que ms le
importaba. Hzose as, y el cura se inform muy a la larga del labrador del
modo que haba hallado a don Quijote. l se lo cont todo, con los
disparates que al hallarle y al traerle haba dicho; que fue poner ms
deseo en el licenciado de hacer lo que otro da hizo, que fue llamar a su
amigo el barbero maese Nicols, con el cual se vino a casa de don Quijote,





Captulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librera de nuestro ingenioso hidalgo


el cual an todava dorma. Pidi las llaves, a la sobrina, del aposento
donde estaban los libros, autores del dao, y ella se las dio de muy buena
gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron ms de cien
cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeos; y, as
como el ama los vio, volvise a salir del aposento con gran priesa, y torn
luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:

-Tome vuestra merced, seor licenciado: roce este aposento, no est aqu
algn encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en
pena de las que les queremos dar echndolos del mundo.

Caus risa al licenciado la simplicidad del ama, y mand al barbero que le
fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qu trataban, pues
poda ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.

-No -dijo la sobrina-, no hay para qu perdonar a ninguno, porque todos han
sido los daadores; mejor ser arrojarlos por las ventanas al patio, y
hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y
all se har la hoguera, y no ofender el humo.

Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenan de la muerte de
aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera
los ttulos. Y el primero que maese Nicols le dio en las manos fue Los
cuatro de Amads de Gaula, y dijo el cura:

-Parece cosa de misterio sta; porque, segn he odo decir, este libro fue
el primero de caballeras que se imprimi en Espaa, y todos los dems han
tomado principio y origen dste; y as, me parece que, como a dogmatizador
de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.

-No, seor -dijo el barbero-, que tambin he odo decir que es el mejor de
todos los libros que de este gnero se han compuesto; y as, como a nico
en su arte, se debe perdonar.

-As es verdad -dijo el cura-, y por esa razn se le otorga la vida por
ahora. Veamos esotro que est junto a l.

-Es -dijo el barbero- las Sergas de Esplandin, hijo legtimo de Amads de
Gaula.

-Pues, en verdad -dijo el cura- que no le ha de valer al hijo la bondad del
padre. Tomad, seora ama: abrid esa ventana y echadle al corral, y d
principio al montn de la hoguera que se ha de hacer.

Hzolo as el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandin fue volando
al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.

-Adelante -dijo el cura.

-Este que viene -dijo el barbero- es Amads de Grecia; y aun todos los
deste lado, a lo que creo, son del mesmo linaje de Amads.

-Pues vayan todos al corral -dijo el cura-; que, a trueco de quemar a la
reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus glogas, y a las
endiabladas y revueltas razones de su autor, quemar con ellos al padre que
me engendr, si anduviera en figura de caballero andante.

-De ese parecer soy yo -dijo el barbero.

-Y aun yo -aadi la sobrina.

-Pues as es -dijo el ama-, vengan, y al corral con ellos.

Dironselos, que eran muchos, y ella ahorr la escalera y dio con ellos por
la ventana abajo.

-Quin es ese tonel? -dijo el cura.

-ste es -respondi el barbero- Don Olivante de Laura.

-El autor de ese libro -dijo el cura- fue el mesmo que compuso a Jardn de
flores; y en verdad que no sepa determinar cul de los dos libros es ms
verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; slo s decir que ste ir
al corral por disparatado y arrogante.

-ste que se sigue es Florimorte de Hircania -dijo el barbero.

-Ah est el seor Florimorte? -replic el cura-. Pues a fe que ha de
parar presto en el corral, a pesar de su estrao nacimiento y sonadas
aventuras; que no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo.
Al corral con l y con esotro, seora ama.

-Que me place, seor mo -responda ella; y con mucha alegra ejecutaba lo
que le era mandado.

-ste es El Caballero Platir -dijo el barbero.

-Antiguo libro es ste -dijo el cura-, y no hallo en l cosa que merezca
venia. Acompae a los dems sin rplica.

Y as fue hecho. Abrise otro libro y vieron que tena por ttulo El
Caballero de la Cruz.

-Por nombre tan santo como este libro tiene, se poda perdonar su
ignorancia; mas tambin se suele decir: "tras la cruz est el diablo"; vaya
al fuego.

Tomando el barbero otro libro, dijo:

-ste es Espejo de caballeras.

-Ya conozco a su merced -dijo el cura-. Ah anda el seor Reinaldos de
Montalbn con sus amigos y compaeros, ms ladrones que Caco, y los doce
Pares, con el verdadero historiador Turpn; y en verdad que estoy por
condenarlos no ms que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte
de la invencin del famoso Mateo Boyardo, de donde tambin teji su tela el
cristiano poeta Ludovico Ariosto; al cual, si aqu le hallo, y que habla en
otra lengua que la suya, no le guardar respeto alguno; pero si habla en su
idioma, le pondr sobre mi cabeza.

-Pues yo le tengo en italiano -dijo el barbero-, mas no le entiendo.

-Ni aun fuera bien que vos le entendirades -respondi el cura-, y aqu le
perdonramos al seor capitn que no le hubiera trado a Espaa y hecho
castellano; que le quit mucho de su natural valor, y lo mesmo harn todos
aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por
mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jams llegarn al punto
que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efeto, que este libro, y
todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia, se echen y
depositen en un pozo seco, hasta que con ms acuerdo se vea lo que se ha de
hacer dellos, ecetuando a un Bernardo del Carpio que anda por ah y a otro
llamado Roncesvalles; que stos, en llegando a mis manos, han de estar en
las del ama, y dellas en las del fuego, sin remisin alguna.

Todo lo confirm el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada,
por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad,
que no dira otra cosa por todas las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio
que era Palmern de Oliva, y junto a l estaba otro que se llamaba Palmern
de Ingalaterra; lo cual visto por el licenciado, dijo:

-Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las
cenizas; y esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa
nica, y se haga para ello otra caja como la que hall Alejandro en los
despojos de Dario, que la diput para guardar en ella las obras del poeta
Homero. Este libro, seor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una,
porque l por s es muy bueno, y la otra, porque es fama que le compuso un
discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda
son bonsimas y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que
guardan y miran el decoro del que habla con mucha propriedad y
entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, seor maese Nicols,
que ste y Amads de Gaula queden libres del fuego, y todos los dems, sin
hacer ms cala y cata, perezcan.

-No, seor compadre -replic el barbero-; que ste que aqu tengo es el
afamado Don Belians.

-Pues se -replic el cura-, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen
necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada clera suya, y es
menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras
impertinencias de ms importancia, para lo cual se les da trmino
ultramarino, y como se enmendaren, as se usar con ellos de misericordia o
de justicia; y en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra casa, mas no
los dejis leer a ninguno.

-Que me place -respondi el barbero.

Y, sin querer cansarse ms en leer libros de caballeras, mand al ama que
tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta
ni a sorda, sino a quien tena ms gana de quemallos que de echar una tela,
por grande y delgada que fuera; y, asiendo casi ocho de una vez, los arroj
por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cay uno a los pies del
barbero, que le tom gana de ver de quin era, y vio que deca: Historia
del famoso caballero Tirante el Blanco.

-Vlame Dios! -dijo el cura, dando una gran voz-. Que aqu est Tirante
el Blanco! Ddmele ac, compadre; que hago cuenta que he hallado en l un
tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aqu est don Quirieleisn de
Montalbn, valeroso caballero, y su hermano Toms de Montalbn, y el
caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el
alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y
embustes de la viuda Reposada, y la seora Emperatriz, enamorada de
Hiplito, su escudero. Dgoos verdad, seor compadre, que, por su estilo,
es ste el mejor libro del mundo: aqu comen los caballeros, y duermen, y
mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas
de que todos los dems libros deste gnero carecen. Con todo eso, os digo
que mereca el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria,
que le echaran a galeras por todos los das de su vida. Llevadle a casa y
leedle, y veris que es verdad cuanto dl os he dicho.

-As ser -respondi el barbero-; pero, qu haremos destos pequeos libros
que quedan?

-stos -dijo el cura- no deben de ser de caballeras, sino de poesa.

Y abriendo uno, vio que era La Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo,
creyendo que todos los dems eran del mesmo gnero:

-stos no merecen ser quemados, como los dems, porque no hacen ni harn el
dao que los de caballeras han hecho; que son libros de entendimiento, sin
perjuicio de tercero.

-Ay seor! -dijo la sobrina-, bien los puede vuestra merced mandar quemar,
como a los dems, porque no sera mucho que, habiendo sanado mi seor to
de la enfermedad caballeresca, leyendo stos, se le antojase de hacerse
pastor y andarse por los bosques y prados cantando y taendo; y, lo que
sera peor, hacerse poeta; que, segn dicen, es enfermedad incurable y
pegadiza.

-Verdad dice esta doncella -dijo el cura-, y ser bien quitarle a nuestro
amigo este tropiezo y ocasin delante. Y, pues comenzamos por La Diana de
Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo
aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada, y casi todos
los versos mayores, y qudesele en hora buena la prosa, y la honra de ser
primero en semejantes libros.

-ste que se sigue -dijo el barbero- es La Diana llamada segunda del
Salmantino; y ste, otro que tiene el mesmo nombre, cuyo autor es Gil Polo.

-Pues la del Salmantino -respondi el cura-, acompae y acreciente el
nmero de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si
fuera del mesmo Apolo; y pase adelante, seor compadre, y dmonos prisa,
que se va haciendo tarde.

-Este libro es -dijo el barbero, abriendo otro- Los diez libros de Fortuna
de Amor, compuestos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.

-Por las rdenes que receb -dijo el cura-, que, desde que Apolo fue Apolo,
y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado
libro como se no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el
ms nico de cuantos deste gnero han salido a la luz del mundo; y el que
no le ha ledo puede hacer cuenta que no ha ledo jams cosa de gusto.
Ddmele ac, compadre, que precio ms haberle hallado que si me dieran una
sotana de raja de Florencia.

Psole aparte con grandsimo gusto, y el barbero prosigui diciendo:

-Estos que se siguen son El Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y
Desengaos de celos.

-Pues no hay ms que hacer -dijo el cura-, sino entregarlos al brazo seglar
del ama; y no se me pregunte el porqu, que sera nunca acabar.

-Este que viene es El Pastor de Flida.

-No es se pastor -dijo el cura-, sino muy discreto cortesano; gurdese
como joya preciosa.

-Este grande que aqu viene se intitula -dijo el barbero- Tesoro de varias
poesas.

-Como ellas no fueran tantas -dijo el cura-, fueran ms estimadas; menester
es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus
grandezas tiene. Gurdese, porque su autor es amigo mo, y por respeto de
otras ms heroicas y levantadas obras que ha escrito.

-ste es -sigui el barbero- El Cancionero de Lpez Maldonado.

-Tambin el autor de ese libro -replic el cura- es grande amigo mo, y sus
versos en su boca admiran a quien los oye; y tal es la suavidad de la voz
con que los canta, que encanta. Algo largo es en las glogas, pero nunca lo
bueno fue mucho: gurdese con los escogidos. Pero, qu libro es ese que
est junto a l?

-La Galatea, de Miguel de Cervantes -dijo el barbero.

-Muchos aos ha que es grande amigo mo ese Cervantes, y s que es ms
versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invencin;
propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que
promete; quiz con la emienda alcanzar del todo la misericordia que ahora
se le niega; y, entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra
posada, seor compadre.

-Que me place -respondi el barbero-. Y aqu vienen tres, todos juntos: La
Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austrada, de Juan Rufo, jurado de
Crdoba, y El Monserrato, de Cristbal de Virus, poeta valenciano.

-Todos esos tres libros -dijo el cura- son los mejores que, en verso
heroico, en lengua castellana estn escritos, y pueden competir con los ms
famosos de Italia: gurdense como las ms ricas prendas de poesa que tiene
Espaa.

Cansse el cura de ver ms libros; y as, a carga cerrada, quiso que todos
los dems se quemasen; pero ya tena abierto uno el barbero, que se llamaba
Las lgrimas de Anglica.

-Llorralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera
mandado quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no
slo de Espaa, y fue felicsimo en la traducin de algunas fbulas de
Ovidio.





Captulo VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de
la Mancha


Estando en esto, comenz a dar voces don Quijote, diciendo:

-Aqu, aqu, valerosos caballeros; aqu es menester mostrar la fuerza de
vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo.

Por acudir a este ruido y estruendo, no se pas adelante con el escrutinio
de los dems libros que quedaban; y as, se cree que fueron al fuego, sin
ser vistos ni odos, La Carolea y Len de Espaa, con Los Hechos del
Emperador, compuestos por don Luis de vila, que, sin duda, deban de estar
entre los que quedaban; y quiz, si el cura los viera, no pasaran por tan
rigurosa sentencia.

Cuando llegaron a don Quijote, ya l estaba levantado de la cama, y
prosegua en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a
todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido.
Abrazronse con l, y por fuerza le volvieron al lecho; y, despus que hubo
sosegado un poco, volvindose a hablar con el cura, le dijo:

-Por cierto, seor arzobispo Turpn, que es gran mengua de los que nos
llamamos doce Pares dejar, tan sin ms ni ms, llevar la vitoria deste
torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros
ganado el prez en los tres das antecedentes.

-Calle vuestra merced, seor compadre -dijo el cura-, que Dios ser servido
que la suerte se mude, y que lo que hoy se pierde se gane maana; y atienda
vuestra merced a su salud por agora, que me parece que debe de estar
demasiadamente cansado, si ya no es que est malferido.

-Ferido no -dijo don Quijote-, pero molido y quebrantado, no hay duda en
ello; porque aquel bastardo de don Roldn me ha molido a palos con el
tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el
opuesto de sus valentas. Mas no me llamara yo Reinaldos de Montalbn si,
en levantndome deste lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus
encantamentos; y, por agora, triganme de yantar, que s que es lo que ms
me har al caso, y qudese lo del vengarme a mi cargo.

Hicironlo ans: dironle de comer, y quedse otra vez dormido, y ellos,
admirados de su locura.

Aquella noche quem y abras el ama cuantos libros haba en el corral y en
toda la casa, y tales debieron de arder que merecan guardarse en perpetuos
archivos; mas no lo permiti su suerte y la pereza del escrutiador; y as,
se cumpli el refrn en ellos de que pagan a las veces justos por
pecadores.

Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron, por entonces, para el
mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros,
porque cuando se levantase no los hallase -quiz quitando la causa, cesara
el efeto-, y que dijesen que un encantador se los haba llevado, y el
aposento y todo; y as fue hecho con mucha presteza. De all a dos das se
levant don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a

ver sus libros; y, como no hallaba el aposento donde le haba dejado,
andaba de una en otra parte buscndole. Llegaba adonde sola tener la
puerta, y tentbala con las manos, y volva y revolva los ojos por todo,
sin decir palabra; pero, al cabo de una buena pieza, pregunt a su ama que
hacia qu parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba
bien advertida de lo que haba de responder, le dijo:

-Qu aposento, o qu nada, busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni
libros en esta casa, porque todo se lo llev el mesmo diablo.

-No era diablo -replic la sobrina-, sino un encantador que vino sobre una
nube una noche, despus del da que vuestra merced de aqu se parti, y,
apendose de una sierpe en que vena caballero, entr en el aposento, y no
s lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza sali volando por el
tejado, y dej la casa llena de humo; y, cuando acordamos a mirar lo que
dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno; slo se nos acuerda muy
bien a m y al ama que, al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo en
altas voces que, por enemistad secreta que tena al dueo de aquellos
libros y aposento, dejaba hecho el dao en aquella casa que despus se
vera. Dijo tambin que se llamaba el sabio Muatn.

-Frestn dira -dijo don Quijote.

-No s -respondi el ama- si se llamaba Frestn o Fritn; slo s que acab
en tn su nombre.

-As es -dijo don Quijote-; que se es un sabio encantador, grande enemigo
mo, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de
venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a
quien l favorece, y le tengo de vencer, sin que l lo pueda estorbar, y
por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mndole yo que
mal podr l contradecir ni evitar lo que por el cielo est ordenado.

-Quin duda de eso? -dijo la sobrina-. Pero, quin le mete a vuestra
merced, seor to, en esas pendencias? No ser mejor estarse pacfico en
su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar
que muchos van por lana y vuelven tresquilados?

-Oh sobrina ma -respondi don Quijote-, y cun mal que ests en la
cuenta! Primero que a m me tresquilen, tendr peladas y quitadas las
barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.

No quisieron las dos replicarle ms, porque vieron que se le encenda la
clera.

Es, pues, el caso que l estuvo quince das en casa muy sosegado, sin dar
muestras de querer segundar sus primeros devaneos, en los cuales das pas
graciossimos cuentos con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que
l deca que la cosa de que ms necesidad tena el mundo era de caballeros
andantes y de que en l se resucitase la caballera andantesca. El cura
algunas veces le contradeca y otras conceda, porque si no guardaba este
artificio, no haba poder averiguarse con l.

En este tiempo, solicit don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de
bien -si es que este ttulo se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca
sal en la mollera. En resolucin, tanto le dijo, tanto le persuadi y
prometi, que el pobre villano se determin de salirse con l y servirle de
escudero. Decale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir
con l de buena gana, porque tal vez le poda suceder aventura que ganase,
en qutame all esas pajas, alguna nsula, y le dejase a l por gobernador
della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que as se llamaba
el labrador, dej su mujer y hijos y asent por escudero de su vecino.

Dio luego don Quijote orden en buscar dineros; y, vendiendo una cosa y
empeando otra, y malbaratndolas todas, lleg una razonable cantidad.
Acomodse asimesmo de una rodela, que pidi prestada a un su amigo, y,
pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avis a su escudero Sancho
del da y la hora que pensaba ponerse en camino, para que l se acomodase
de lo que viese que ms le era menester. Sobre todo le encarg que llevase
alforjas; e dijo que s llevara, y que ansimesmo pensaba llevar un asno
que tena muy bueno, porque l no estaba duecho a andar mucho a pie. En lo
del asno repar un poco don Quijote, imaginando si se le acordaba si algn
caballero andante haba trado escudero caballero asnalmente, pero nunca le
vino alguno a la memoria; mas, con todo esto, determin que le llevase, con
presupuesto de acomodarle de ms honrada caballera en habiendo ocasin
para ello, quitndole el caballo al primer descorts caballero que topase.
Proveyse de camisas y de las dems cosas que l pudo, conforme al consejo
que el ventero le haba dado; todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse
Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche
se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron
tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallaran
aunque los buscasen.

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su
bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la nsula que su amo le
haba prometido. Acert don Quijote a tomar la misma derrota y camino que
el que l haba tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel,
por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por
ser la hora de la maana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les
fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo:

-Mire vuestra merced, seor caballero andante, que no se le olvide lo que
de la nsula me tiene prometido; que yo la sabr gobernar, por grande que
sea.

A lo cual le respondi don Quijote:

-Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los
caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las
nsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por m no falte
tan agradecida usanza; antes, pienso aventajarme en ella: porque ellos
algunas veces, y quiz las ms, esperaban a que sus escuderos fuesen
viejos; y, ya despus de hartos de servir y de llevar malos das y peores
noches, les daban algn ttulo de conde, o, por lo mucho, de marqus, de
algn valle o provincia de poco ms a menos; pero, si t vives y yo vivo,
bien podra ser que antes de seis das ganase yo tal reino que tuviese
otros a l adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de uno
dellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a los tales
caballeros, por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te
podra dar an ms de lo que te prometo.

-De esa manera -respondi Sancho Panza-, si yo fuese rey por algn milagro
de los que vuestra merced dice, por lo menos, Juana Gutirrez, mi oslo,
vendra a ser reina, y mis hijos infantes.

-Pues, quin lo duda? -respondi don Quijote.

-Yo lo dudo -replic Sancho Panza-; porque tengo para m que, aunque
lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentara bien sobre la
cabeza de Mari Gutirrez. Sepa, seor, que no vale dos maraveds para
reina; condesa le caer mejor, y aun Dios y ayuda.

-Encomindalo t a Dios, Sancho -respondi don Quijote-, que l dar lo que
ms le convenga, pero no apoques tu nimo tanto, que te vengas a contentar
con menos que con ser adelantado.

-No lo har, seor mo -respondi Sancho-; y ms teniendo tan principal amo
en vuestra merced, que me sabr dar todo aquello que me est bien y yo
pueda llevar.





Captulo VIII. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la
espantable y jams imaginada aventura de los molinos de viento, con otros
sucesos dignos de felice recordacin


En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel
campo; y, as como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertramos a desear,
porque ves all, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos
ms, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a
todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que sta es
buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre
la faz de la tierra.

-Qu gigantes? -dijo Sancho Panza.

-Aquellos que all ves -respondi su amo- de los brazos largos, que los
suelen tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondi Sancho- que aquellos que all se parecen no
son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son
las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece -respondi don Quijote- que no ests cursado en esto de las
aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, qutate de ah, y ponte
en oracin en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual
batalla.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las
voces que su escudero Sancho le daba, advirtindole que, sin duda alguna,
eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero l
iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oa las voces de su escudero
Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes,
iba diciendo en voces altas:

-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que
os acomete.

Levantse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a
moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

-Pues, aunque movis ms brazos que los del gigante Briareo, me lo habis
de pagar.

Y, en diciendo esto, y encomendndose de todo corazn a su seora Dulcinea,
pidindole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con
la lanza en el ristre, arremeti a todo el galope de Rocinante y embisti
con el primero molino que estaba delante; y, dndole una lanzada en el
aspa, la volvi el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos,
llevndose tras s al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho
por el campo. Acudi Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su
asno, y cuando lleg hall que no se poda menear: tal fue el golpe que dio
con l Rocinante.

-Vlame Dios! -dijo Sancho-. No le dije yo a vuestra merced que mirase
bien lo que haca, que no eran sino molinos de viento, y no lo poda
ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

-Calla, amigo Sancho -respondi don Quijote-, que las cosas de la guerra,
ms que otras, estn sujetas a continua mudanza; cuanto ms, que yo pienso,
y es as verdad, que aquel sabio Frestn que me rob el aposento y los
libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su
vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de
poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.

-Dios lo haga como puede -respondi Sancho Panza.

Y, ayudndole a levantar, torn a subir sobre Rocinante, que medio
despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino
del Puerto Lpice, porque all deca don Quijote que no era posible dejar
de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino
que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y, dicindoselo a su
escudero, le dijo:

-Yo me acuerdo haber ledo que un caballero espaol, llamado Diego Prez de
Vargas, habindosele en una batalla roto la espada, desgaj de una encina
un pesado ramo o tronco, y con l hizo tales cosas aquel da, y machac
tantos moros, que le qued por sobrenombre Machuca, y as l como sus
decendientes se llamaron, desde aquel da en adelante, Vargas y Machuca.
Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se me depare
pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aqul, que me imagino y
pienso hacer con l tales hazaas, que t te tengas por bien afortunado de
haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrn
ser credas.

-A la mano de Dios -dijo Sancho-; yo lo creo todo as como vuestra merced
lo dice; pero endercese un poco, que parece que va de medio lado, y debe
de ser del molimiento de la cada.

-As es la verdad -respondi don Quijote-; y si no me quejo del dolor, es
porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna,
aunque se le salgan las tripas por ella.

-Si eso es as, no tengo yo qu replicar -respondi Sancho-, pero sabe Dios
si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le
doliera. De m s decir que me he de quejar del ms pequeo dolor que
tenga, si ya no se entiende tambin con los escuderos de los caballeros
andantes eso del no quejarse.

No se dej de rer don Quijote de la simplicidad de su escudero; y as, le
declar que poda muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con
ella; que hasta entonces no haba ledo cosa en contrario en la orden de
caballera. Djole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondile su
amo que por entonces no le haca menester; que comiese l cuando se le
antojase. Con esta licencia, se acomod Sancho lo mejor que pudo sobre su
jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas haba puesto, iba
caminando y comiendo detrs de su amo muy de su espacio, y de cuando en
cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el ms
regalado bodegonero de Mlaga. Y, en tanto que l iba de aquella manera
menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le
hubiese hecho, ni tena por ningn trabajo, sino por mucho descanso, andar
buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.

En resolucin, aquella noche la pasaron entre unos rboles, y del uno
dellos desgaj don Quijote un ramo seco que casi le poda servir de lanza,
y puso en l el hierro que quit de la que se le haba quebrado. Toda
aquella noche no durmi don Quijote, pensando en su seora Dulcinea, por
acomodarse a lo que haba ledo en sus libros, cuando los caballeros
pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados,
entretenidos con las memorias de sus seoras. No la pas ans Sancho Panza,
que, como tena el estmago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueo se
la llev toda; y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara,
los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que,
muchas y muy regocijadamente, la venida del nuevo da saludaban. Al
levantarse dio un tiento a la bota, y hallla algo ms flaca que la noche
antes; y afligisele el corazn, por parecerle que no llevaban camino de
remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque,
como est dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su
comenzado camino del Puerto Lpice, y a obra de las tres del da le
descubrieron.

-Aqu -dijo, en vindole, don Quijote- podemos, hermano Sancho Panza, meter
las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que,
aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu
espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y
gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren
caballeros, en ninguna manera te es lcito ni concedido por las leyes de
caballera que me ayudes, hasta que seas armado caballero.

-Por cierto, seor -respondi Sancho-, que vuestra merced sea muy bien
obedicido en esto; y ms, que yo de mo me soy pacfico y enemigo de
meterme en ruidos ni pendencias. Bien es verdad que, en lo que tocare a
defender mi persona, no tendr mucha cuenta con esas leyes, pues las
divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere
agraviarle.

-No digo yo menos -respondi don Quijote-; pero, en esto de ayudarme contra
caballeros, has de tener a raya tus naturales mpetus.

-Digo que as lo har -respondi Sancho-, y que guardar ese preceto tan
bien como el da del domingo.

Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de
San Benito, caballeros sobre dos dromedarios: que no eran ms pequeas dos
mulas en que venan. Traan sus antojos de camino y sus quitasoles. Detrs
dellos vena un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompaaban y
dos mozos de mulas a pie. Vena en el coche, como despus se supo, una
seora vizcana, que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a
las Indias con un muy honroso cargo. No venan los frailes con ella, aunque
iban el mesmo camino; mas, apenas los divis don Quijote, cuando dijo a su
escudero:

-O yo me engao, o sta ha de ser la ms famosa aventura que se haya visto;
porque aquellos bultos negros que all parecen deben de ser, y son sin
duda, algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel
coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi podero.

-Peor ser esto que los molinos de viento -dijo Sancho-. Mire, seor, que
aqullos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente
pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le
engae.

-Ya te he dicho, Sancho -respondi don Quijote-, que sabes poco de achaque
de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo vers.

Y, diciendo esto, se adelant y se puso en la mitad del camino por donde
los frailes venan, y, en llegando tan cerca que a l le pareci que le
podran or lo que dijese, en alta voz dijo:

-Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas
que en ese coche llevis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta
muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.

Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, as de la figura
de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:

-Seor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos
religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este
coche vienen, o no, ningunas forzadas princesas.

-Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida
canalla -dijo don Quijote.

Y, sin esperar ms respuesta, pic a Rocinante y, la lanza baja, arremeti
contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo que, si el fraile no se
dejara caer de la mula, l le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun
malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que
trataban a su compaero, puso piernas al castillo de su buena mula, y
comenz a correr por aquella campaa, ms ligero que el mesmo viento.

Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apendose ligeramente de su
asno, arremeti a l y le comenz a quitar los hbitos. Llegaron en esto
dos mozos de los frailes y preguntronle que por qu le desnudaba.
Respondiles Sancho que aquello le tocaba a l ligtimamente, como despojos
de la batalla que su seor don Quijote haba ganado. Los mozos, que no
saban de burlas, ni entendan aquello de despojos ni batallas, viendo que
ya don Quijote estaba desviado de all, hablando con las que en el coche
venan, arremetieron con Sancho y dieron con l en el suelo; y, sin dejarle
pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo
sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, torn a subir el fraile,
todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y, cuando se vio a
caballo, pic tras su compaero, que un buen espacio de all le estaba
aguardando, y esperando en qu paraba aquel sobresalto; y, sin querer
aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino,
hacindose ms cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.

Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la seora del coche,
dicindole:

-La vuestra fermosura, seora ma, puede facer de su persona lo que ms le
viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el
suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y, porque no penis por saber el
nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la
Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa
doa Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que de m habis
recebido, no quiero otra cosa sino que volvis al Toboso, y que de mi parte
os presentis ante esta seora y le digis lo que por vuestra libertad he
fecho.

Todo esto que don Quijote deca escuchaba un escudero de los que el coche
acompaaban, que era vizcano; el cual, viendo que no quera dejar pasar el
coche adelante, sino que deca que luego haba de dar la vuelta al Toboso,
se fue para don Quijote y, asindole de la lanza, le dijo, en mala lengua
castellana y peor vizcana, desta manera:

-Anda, caballero que mal andes; por el Dios que crime, que, si no dejas
coche, as te matas como ests ah vizcano.

Entendile muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondi:

-Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y
atrevimiento, cautiva criatura.

A lo cual replic el vizcano:

-Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza
arrojas y espada sacas, el agua cun presto vers que al gato llevas!
Vizcano por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo; y mientes que
mira si otra dices cosa.

-Ahora lo veredes, dijo Agrajes! -respondi don Quijote.

Y, arrojando la lanza en el suelo, sac su espada y embraz su rodela, y
arremeti al vizcano con determinacin de quitarle la vida. El vizcano,
que as le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de
las malas de alquiler, no haba que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa
sino sacar su espada; pero avnole bien que se hall junto al coche, de
donde pudo tomar una almohada que le sirvi de escudo, y luego se fueron el
uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La dems gente
quisiera ponerlos en paz, mas no pudo, porque deca el vizcano en sus mal
trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que l mismo haba
de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La seora del
coche, admirada y temerosa de lo que vea, hizo al cochero que se desviase
de all algn poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en
el discurso de la cual dio el vizcano una gran cuchillada a don Quijote
encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a drsela sin defensa,
le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sinti la pesadumbre de aquel
desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo:

-Oh seora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este
vuestro caballero, que, por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este
riguroso trance se halla!

El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y
el arremeter al vizcano, todo fue en un tiempo, llevando determinacin de
aventurarlo todo a la de un golpe solo.

El vizcano, que as le vio venir contra l, bien entendi por su denuedo
su coraje, y determin de hacer lo mesmo que don Quijote; y as, le aguard
bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra
parte; que ya, de puro cansada y no hecha a semejantes nieras, no poda
dar un paso.

Vena, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizcano, con la
espada en alto, con determinacin de abrirle por medio, y el vizcano le
aguardaba ansimesmo levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos
los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que haba de suceder
de aquellos tamaos golpes con que se amenazaban; y la seora del coche y
las dems criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas
las imgenes y casas de devocin de Espaa, porque Dios librase a su
escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.

Pero est el dao de todo esto que en este punto y trmino deja pendiente
el autor desta historia esta batalla, disculpndose que no hall ms
escrito destas hazaas de don Quijote de las que deja referidas. Bien es
verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa
historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido
tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos
o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y
as, con esta imaginacin, no se desesper de hallar el fin desta apacible
historia, el cual, sindole el cielo favorable, le hall del modo que se
contar en la segunda parte.

Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha





Captulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el
gallardo vizcano y el valiente manchego tuvieron


Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizcano y al famoso
don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos
furibundos fendientes, tales que, si en lleno se acertaban, por lo menos
se dividiran y fenderan de arriba abajo y abriran como una granada; y
que en aquel punto tan dudoso par y qued destroncada tan sabrosa
historia, sin que nos diese noticia su autor dnde se podra hallar lo que
della faltaba.

Causme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber ledo tan poco se
volva en disgusto, de pensar el mal camino que se ofreca para hallar lo
mucho que, a mi parecer, faltaba de tan sabroso cuento. Parecime cosa
imposible y fuera de toda buena costumbre que a tan buen caballero le
hubiese faltado algn sabio que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas
hazaas, cosa que no falt a ninguno de los caballeros andantes,

   de los que dicen las gentes
   que van a sus aventuras,

porque cada uno dellos tena uno o dos sabios, como de molde, que no
solamente escriban sus hechos, sino que pintaban sus ms mnimos
pensamientos y nieras, por ms escondidas que fuesen; y no haba de ser
tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a l lo que sobr a
Platir y a otros semejantes. Y as, no poda inclinarme a creer que tan
gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada; y echaba la culpa a
la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el
cual, o la tena oculta o consumida.

Por otra parte, me pareca que, pues entre sus libros se haban hallado tan
modernos como Desengao de celos y Ninfas y Pastores de Henares, que
tambin su historia deba de ser moderna; y que, ya que no estuviese
escrita, estara en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella
circunvecinas. Esta imaginacin me traa confuso y deseoso de saber, real y
verdaderamente, toda la vida y milagros de nuestro famoso espaol don
Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballera manchega, y el primero
que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y
ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas,
amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y
con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle;
que, si no era que algn folln, o algn villano de hacha y capellina, o
algn descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos
que, al cabo de ochenta aos, que en todos ellos no durmi un da debajo de
tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la haba
parido. Digo, pues, que, por estos y otros muchos respetos, es digno
nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas; y aun a m no
se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin
desta agradable historia; aunque bien s que si el cielo, el caso y la
fortuna no me ayudan, el mundo quedar falto y sin el pasatiempo y gusto
que bien casi dos horas podr tener el que con atencin la leyere. Pas,
pues, el hallarla en esta manera:

Estando yo un da en el Alcan de Toledo, lleg un muchacho a vender unos
cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado a leer,
aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural
inclinacin, tom un cartapacio de los que el muchacho venda, y vile con
caracteres que conoc ser arbigos. Y, puesto que, aunque los conoca, no
los saba leer, anduve mirando si pareca por all algn morisco aljamiado
que los leyese; y no fue muy dificultoso hallar intrprete semejante, pues,
aunque le buscara de otra mejor y ms antigua lengua, le hallara. En fin,
la suerte me depar uno, que, dicindole mi deseo y ponindole el libro en
las manos, le abri por medio, y, leyendo un poco en l, se comenz a rer.

Preguntle yo que de qu se rea, y respondime que de una cosa que tena
aquel libro escrita en el margen por anotacin. Djele que me la dijese; y
l, sin dejar la risa, dijo:

-Est, como he dicho, aqu en el margen escrito esto: "Esta Dulcinea del
Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor
mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha".

Cuando yo o decir "Dulcinea del Toboso", qued atnito y suspenso, porque
luego se me represent que aquellos cartapacios contenan la historia de
don Quijote. Con esta imaginacin, le di priesa que leyese el principio, y,
hacindolo ans, volviendo de improviso el arbigo en castellano, dijo que
deca: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete
Benengeli, historiador arbigo. Mucha discrecin fue menester para
disimular el contento que receb cuando lleg a mis odos el ttulo del
libro; y, saltendosele al sedero, compr al muchacho todos los papeles y
cartapacios por medio real; que, si l tuviera discrecin y supiera lo que
yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar ms de seis reales de la
compra. Apartme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor,
y rogule me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don
Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni aadirles nada,
ofrecindole la paga que l quisiese. Contentse con dos arrobas de pasas y
dos fanegas de trigo, y prometi de traducirlos bien y fielmente y con
mucha brevedad. Pero yo, por facilitar ms el negocio y por no dejar de la
mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco ms de mes y
medio la tradujo toda, del mesmo modo que aqu se refiere.

Estaba en el primero cartapacio, pintada muy al natural, la batalla de don
Quijote con el vizcano, puestos en la mesma postura que la historia
cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la
almohada, y la mula del vizcano tan al vivo, que estaba mostrando ser de
alquiler a tiro de ballesta. Tena a los pies escrito el vizcano un ttulo
que deca: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda, deba de ser su nombre, y
a los pies de Rocinante estaba otro que deca: Don Quijote. Estaba
Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y
flaco, con tanto espinazo, tan htico confirmado, que mostraba bien al
descubierto con cunta advertencia y propriedad se le haba puesto el
nombre de Rocinante. Junto a l estaba Sancho Panza, que tena del cabestro
a su asno, a los pies del cual estaba otro rtulo que deca: Sancho Zancas,
y deba de ser que tena, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande,
el talle corto y las zancas largas; y por esto se le debi de poner nombre
de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces
la historia. Otras algunas menudencias haba que advertir, pero todas son
de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relacin de la
historia; que ninguna es mala como sea verdadera.

Si a sta se le puede poner alguna objecin cerca de su verdad, no podr
ser otra sino haber sido su autor arbigo, siendo muy propio de los de
aquella nacin ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes
se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ans me
parece a m, pues, cuando pudiera y debiera estender la pluma en las
alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en
silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los
historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el
inters ni el miedo, el rancor ni la aficin, no les hagan torcer del
camino de la verdad, cuya madre es la historia, mula del tiempo, depsito
de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,
advertencia de lo por venir. En sta s que se hallar todo lo que se
acertare a desear en la ms apacible; y si algo bueno en ella faltare, para
m tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del
sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la traducin, comenzaba desta
manera:

Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y
enojados combatientes, no pareca sino que estaban amenazando al cielo, a
la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenan. Y el
primero que fue a descargar el golpe fue el colrico vizcano, el cual fue
dado con tanta fuerza y tanta furia que, a no volvrsele la espada en el
camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa
contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena
suerte, que para mayores cosas le tena guardado, torci la espada de su
contrario, de modo que, aunque le acert en el hombro izquierdo, no le hizo
otro dao que desarmarle todo aquel lado, llevndole de camino gran parte
de la celada, con la mitad de la oreja; que todo ello con espantosa ruina
vino al suelo, dejndole muy maltrecho.

Vlame Dios, y quin ser aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia
que entr en el corazn de nuestro manchego, vindose parar de aquella
manera! No se diga ms, sino que fue de manera que se alz de nuevo en los
estribos, y, apretando ms la espada en las dos manos, con tal furia
descarg sobre el vizcano, acertndole de lleno sobre la almohada y sobre
la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre l
una montaa, comenz a echar sangre por las narices, y por la boca y por
los odos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin
duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sac los pies de
los estribos y luego solt los brazos; y la mula, espantada del terrible
golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su dueo en
tierra.

Estbaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer,
salt de su caballo y con mucha ligereza se lleg a l, y, ponindole la
punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le
cortara la cabeza. Estaba el vizcano tan turbado que no poda responder
palabra, y l lo pasara mal, segn estaba ciego don Quijote, si las seoras
del coche, que hasta entonces con gran desmayo haban mirado la pendencia,
no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese
tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual
don Quijote respondi, con mucho entono y gravedad:

-Por cierto, fermosas seoras, yo soy muy contento de hacer lo que me
peds; mas ha de ser con una condicin y concierto, y es que este caballero
me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante
la sin par doa Dulcinea, para que ella haga dl lo que ms fuere de su
voluntad.

La temerosa y desconsolada seora, sin entrar en cuenta de lo que don
Quijote peda, y sin preguntar quin Dulcinea fuese, le prometi que el
escudero hara todo aquello que de su parte le fuese mandado.

-Pues en fe de esa palabra, yo no le har ms dao, puesto que me lo tena
bien merecido.





Captulo X. De lo que ms le avino a don Quijote con el vizcano, y del
peligro en que se vio con una turba de yangeses


Ya en este tiempo se haba levantado Sancho Panza, algo maltratado de los
mozos de los frailes, y haba estado atento a la batalla de su seor don
Quijote, y rogaba a Dios en su corazn fuese servido de darle vitoria y que
en ella ganase alguna nsula de donde le hiciese gobernador, como se lo
haba prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo volva
a subir sobre Rocinante, lleg a tenerle el estribo; y antes que subiese se
hinc de rodillas delante dl, y, asindole de la mano, se la bes y le
dijo:

-Sea vuestra merced servido, seor don Quijote mo, de darme el gobierno de
la nsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que
sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro
que haya gobernado nsulas en el mundo.

A lo cual respondi don Quijote:

-Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a sta semejantes no
son aventuras de nsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana
otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que
aventuras se ofrecern donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino
ms adelante.

Agradeciselo mucho Sancho, y, besndole otra vez la mano y la falda de la
loriga, le ayud a subir sobre Rocinante; y l subi sobre su asno y
comenz a seguir a su seor, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar
ms con las del coche, se entr por un bosque que all junto estaba.
Seguale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto
Rocinante que, vindose quedar atrs, le fue forzoso dar voces a su amo que
se aguardase. Hzolo as don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante
hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo:

-Parceme, seor, que sera acertado irnos a retraer a alguna iglesia; que,
segn qued maltrecho aquel con quien os combatistes, no ser mucho que den
noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo
hacen, que primero que salgamos de la crcel que nos ha de sudar el hopo.

-Calla -dijo don Quijote-. Y dnde has visto t, o ledo jams, que
caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por ms homicidios que
hubiese cometido?

-Yo no s nada de omecillos -respondi Sancho-, ni en mi vida le cat a
ninguno; slo s que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en
el campo, y en esotro no me entremeto.

-Pues no tengas pena, amigo -respondi don Quijote-, que yo te sacar de
las manos de los caldeos, cuanto ms de las de la Hermandad. Pero dime, por
tu vida: has visto ms valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de
la tierra? Has ledo en historias otro que tenga ni haya tenido ms bro
en acometer, ms aliento en el perseverar, ms destreza en el herir, ni ms
maa en el derribar?

-La verdad sea -respondi Sancho- que yo no he ledo ninguna historia
jams, porque ni s leer ni escrebir; mas lo que osar apostar es que ms
atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los das de mi
vida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo
dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha
sangre de esa oreja; que aqu traigo hilas y un poco de ungento blanco en
las alforjas.

-Todo eso fuera bien escusado -respondi don Quijote- si a m se me
acordara de hacer una redoma del blsamo de Fierabrs, que con sola una
gota se ahorraran tiempo y medicinas.

-Qu redoma y qu blsamo es se? -dijo Sancho Panza.

-Es un blsamo -respondi don Quijote- de quien tengo la receta en la
memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar
morir de ferida alguna. Y ans, cuando yo le haga y te le d, no tienes ms
que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por
medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte
del cuerpo que hubiere cado en el suelo, y con mucha sotileza, antes que
la sangre se yele, la pondrs sobre la otra mitad que quedare en la silla,
advirtiendo de encajallo igualmente y al justo; luego me dars a beber
solos dos tragos del blsamo que he dicho, y versme quedar ms sano que
una manzana.

-Si eso hay -dijo Panza-, yo renuncio desde aqu el gobierno de la
prometida nsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos
servicios, sino que vuestra merced me d la receta de ese estremado licor;
que para m tengo que valdr la onza adondequiera ms de a dos reales, y no
he menester yo ms para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es
de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.

-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres -respondi don
Quijote.

-Pecador de m! -replic Sancho-. Pues a qu aguarda vuestra merced a
hacelle y a ensermele?

-Calla, amigo -respondi don Quijote-, que mayores secretos pienso
ensearte y mayores mercedes hacerte; y, por agora, curmonos, que la oreja
me duele ms de lo que yo quisiera.

Sac Sancho de las alforjas hilas y ungento. Mas, cuando don Quijote lleg
a ver rota su celada, pens perder el juicio, y, puesta la mano en la
espada y alzando los ojos al cielo, dijo:

-Yo hago juramento al Criador de todas las cosas y a los santos cuatro
Evangelios, donde ms largamente estn escritos, de hacer la vida que hizo
el grande marqus de Mantua cuando jur de vengar la muerte de su sobrino
Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y
otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aqu por expresadas,
hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo.

Oyendo esto Sancho, le dijo:

-Advierta vuestra merced, seor don Quijote, que si el caballero cumpli lo
que se le dej ordenado de irse a presentar ante mi seora Dulcinea del
Toboso, ya habr cumplido con lo que deba, y no merece otra pena si no
comete nuevo delito.

-Has hablado y apuntado muy bien -respondi don Quijote-; y as, anulo el
juramento en cuanto lo que toca a tomar dl nueva venganza; pero hgole y
confrmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que quite
por fuerza otra celada tal y tan buena como sta a algn caballero. Y no
pienses, Sancho, que as a humo de pajas hago esto, que bien tengo a quien
imitar en ello; que esto mesmo pas, al pie de la letra, sobre el yelmo de
Mambrino, que tan caro le cost a Sacripante.

-Que d al diablo vuestra merced tales juramentos, seor mo -replic
Sancho-; que son muy en dao de la salud y muy en perjuicio de la
conciencia. Si no, dgame ahora: si acaso en muchos das no topamos hombre
armado con celada, qu hemos de hacer? Hase de cumplir el juramento, a
despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como ser el dormir
vestido, y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contena el
juramento de aquel loco viejo del marqus de Mantua, que vuestra merced
quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien, que por todos estos
caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no slo
no traen celadas, pero quiz no las han odo nombrar en todos los das de
su vida.

-Engaste en eso -dijo don Quijote-, porque no habremos estado dos horas
por estas encrucijadas, cuando veamos ms armados que los que vinieron
sobre Albraca a la conquista de Anglica la Bella.

-Alto, pues; sea ans -dijo Sancho-, y a Dios prazga que nos suceda bien, y
que se llegue ya el tiempo de ganar esta nsula que tan cara me cuesta, y
murame yo luego.

-Ya te he dicho, Sancho, que no te d eso cuidado alguno; que, cuando
faltare nsula, ah est el reino de Dinamarca o el de Soliadisa, que te
vendrn como anillo al dedo; y ms, que, por ser en tierra firme, te debes
ms alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas
alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algn castillo donde
alojemos esta noche y hagamos el blsamo que te he dicho; porque yo te voto
a Dios que me va doliendo mucho la oreja.

-Aqu trayo una cebolla, y un poco de queso y no s cuntos mendrugos de
pan -dijo Sancho-, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente
caballero como vuestra merced.

-Qu mal lo entiendes! -respondi don Quijote-. Hgote saber, Sancho, que
es honra de los caballeros andantes no comer en un mes; y, ya que coman,
sea de aquello que hallaren ms a mano; y esto se te hiciera cierto si
hubieras ledo tantas historias como yo; que, aunque han sido muchas, en
todas ellas no he hallado hecha relacin de que los caballeros andantes
comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacan,
y los dems das se los pasaban en flores. Y, aunque se deja entender que
no podan pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales,
porque, en efeto, eran hombres como nosotros, hase de entender tambin que,
andando lo ms del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin
cocinero, que su ms ordinaria comida sera de viandas rsticas, tales como
las que t ahora me ofreces. As que, Sancho amigo, no te congoje lo que a
m me da gusto. Ni querrs t hacer mundo nuevo, ni sacar la caballera
andante de sus quicios.

-Perdneme vuestra merced -dijo Sancho-; que, como yo no s leer ni
escrebir, como otra vez he dicho, no s ni he cado en las reglas de la
profesin caballeresca; y, de aqu adelante, yo proveer las alforjas de
todo gnero de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para m
las proveer, pues no lo soy, de otras cosas voltiles y de ms sustancia.

-No digo yo, Sancho -replic don Quijote-, que sea forzoso a los caballeros
andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su ms
ordinario sustento deba de ser dellas, y de algunas yerbas que hallaban
por los campos, que ellos conocan y yo tambin conozco.

-Virtud es -respondi Sancho- conocer esas yerbas; que, segn yo me voy
imaginando, algn da ser menester usar de ese conocimiento.

Y, sacando, en esto, lo que dijo que traa, comieron los dos en buena paz y
compaa. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con
mucha brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo, y dironse
priesa por llegar a poblado antes que anocheciese; pero faltles el sol, y
la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos
cabreros, y as, determinaron de pasarla all; que cuanto fue de pesadumbre
para Sancho no llegar a poblado, fue de contento para su amo dormirla al
cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le suceda era hacer
un acto posesivo que facilitaba la prueba de su caballera.





Captulo XI. De lo que le sucedi a don Quijote con unos cabreros


Fue recogido de los cabreros con buen nimo; y, habiendo Sancho, lo mejor
que pudo, acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que
despedan de s ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un
caldero estaban; y, aunque l quisiera en aquel mesmo punto ver si estaban
en sazn de trasladarlos del caldero al estmago, lo dej de hacer, porque
los cabreros los quitaron del fuego, y, tendiendo por el suelo unas pieles
de ovejas, aderezaron con mucha priesa su rstica mesa y convidaron a los
dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenan. Sentronse a la
redonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada haba,
habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se
sentase sobre un dornajo que vuelto del revs le pusieron. Sentse don
Quijote, y quedbase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de
cuerno. Vindole en pie su amo, le dijo:

-Porque veas, Sancho, el bien que en s encierra la andante caballera, y
cun a pique estn los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de
venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aqu a mi
lado y en compaa desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa
conmigo, que soy tu amo y natural seor; que comas en mi plato y bebas por
donde yo bebiere; porque de la caballera andante se puede decir lo mesmo
que del amor se dice: que todas las cosas iguala.

-Gran merced! -dijo Sancho-; pero s decir a vuestra merced que, como yo
tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comera en pie y a mis solas
como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho
mejor me sabe lo que como en mi rincn, sin melindres ni respetos, aunque
sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso
mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si
me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen
consigo. Ans que, seor mo, estas honras que vuestra merced quiere darme
por ser ministro y adherente de la caballera andante, como lo soy siendo
escudero de vuestra merced, convirtalas en otras cosas que me sean de ms
cmodo y provecho; que stas, aunque las doy por bien recebidas, las
renuncio para desde aqu al fin del mundo.

-Con todo eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios le
ensalza.

Y, asindole por el brazo, le forz a que junto dl se sentase.

No entendan los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros
andantes, y no hacan otra cosa que comer y callar, y mirar a sus
huspedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el puo.
Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de
bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, ms duro que si
fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque
andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vaco, como arcaduz de
noria) que con facilidad vaci un zaque de dos que estaban de manifiesto.
Despus que don Quijote hubo bien satisfecho su estmago, tom un puo de
bellotas en la mano, y, mirndolas atentamente, solt la voz a semejantes
razones:

-Dichosa edad y siglos dichosos aqullos a quien los antiguos pusieron
nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de
hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga
alguna, sino porque entonces los que en ella vivan ignoraban estas dos
palabras de tuyo y mo. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes;
a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro
trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que
liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las
claras fuentes y corrientes ros, en magnfica abundancia, sabrosas y
transparentes aguas les ofrecan. En las quiebras de las peas y en lo
hueco de los rboles formaban su repblica las solcitas y discretas
abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin inters alguno, la frtil cosecha
de su dulcsimo trabajo. Los valientes alcornoques despedan de s, sin
otro artificio que el de su cortesa, sus anchas y livianas cortezas, con
que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rsticas estacas sustentadas,
no ms que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz
entonces, todo amistad, todo concordia; an no se haba atrevido la pesada
reja del corvo arado a abrir ni visitar las entraas piadosas de nuestra
primera madre, que ella, sin ser forzada, ofreca, por todas las partes de
su frtil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a
los hijos que entonces la posean. Entonces s que andaban las simples y
hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en
cabello, sin ms vestidos de aquellos que eran menester para cubrir
honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra;
y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la prpura de Tiro
y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas
verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quiz iban tan pomposas
y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas
invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban
los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y
manera que ella los conceba, sin buscar artificioso rodeo de palabras para
encarecerlos. No haba la fraude, el engao ni la malicia mezcldose con la
verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios trminos, sin que
la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto
ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje an no se haba
sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no haba qu juzgar,
ni quin fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo
dicho, por dondequiera, sola y seora, sin temor que la ajena desenvoltura
y lascivo intento le menoscabasen, y su perdicin naca de su gusto y
propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no est
segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de
Creta; porque all, por los resquicios o por el aire, con el celo de la
maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con
todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando ms los
tiempos y creciendo ms la malicia, se instituy la orden de los caballeros
andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los
hurfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a
quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacis a m y a mi
escudero; que, aunque por ley natural estn todos los que viven obligados a
favorecer a los caballeros andantes, todava, por saber que sin saber
vosotros esta obligacin me acogistes y regalastes, es razn que, con la
voluntad a m posible, os agradezca la vuestra.

Toda esta larga arenga -que se pudiera muy bien escusar- dijo nuestro
caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la
edad dorada y antojsele hacer aquel intil razonamiento a los cabreros,
que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron
escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y coma bellotas, y visitaba muy a
menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenan colgado
de un alcornoque.

Ms tard en hablar don Quijote que en acabarse la cena; al fin de la cual,
uno de los cabreros dijo:

-Para que con ms veras pueda vuestra merced decir, seor caballero
andante, que le agasajamos con prompta y buena voluntad, queremos darle
solaz y contento con hacer que cante un compaero nuestro que no tardar
mucho en estar aqu; el cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y
que, sobre todo, sabe leer y escrebir y es msico de un rabel, que no hay
ms que desear.

Apenas haba el cabrero acabado de decir esto, cuando lleg a sus odos el
son del rabel, y de all a poco lleg el que le taa, que era un mozo de
hasta veinte y dos aos, de muy buena gracia. Preguntronle sus compaeros
si haba cenado, y, respondiendo que s, el que haba hecho los
ofrecimientos le dijo:

-De esa manera, Antonio, bien podrs hacernos placer de cantar un poco,
porque vea este seor husped que tenemos quien; tambin por los montes y
selvas hay quien sepa de msica. Hmosle dicho tus buenas habilidades, y
deseamos que las muestres y nos saques verdaderos; y as, te ruego por tu
vida que te sientes y cantes el romance de tus amores que te compuso el
beneficiado tu to, que en el pueblo ha parecido muy bien.

-Que me place -respondi el mozo.

Y, sin hacerse ms de rogar, se sent en el tronco de una desmochada
encina, y, templando su rabel, de all a poco, con muy buena gracia,
comenz a cantar, diciendo desta manera:

Antonio

   -Yo s, Olalla, que me adoras,
   puesto que no me lo has dicho
   ni aun con los ojos siquiera,
   mudas lenguas de amoros.
   Porque s que eres sabida,
   en que me quieres me afirmo;
   que nunca fue desdichado
   amor que fue conocido.
   Bien es verdad que tal vez,
   Olalla, me has dado indicio
   que tienes de bronce el alma
   y el blanco pecho de risco.
   Mas all entre tus reproches
   y honestsimos desvos,
   tal vez la esperanza muestra
   la orilla de su vestido.
   Abalnzase al seuelo
   mi fe, que nunca ha podido,
   ni menguar por no llamado,
   ni crecer por escogido.
   Si el amor es cortesa,
   de la que tienes colijo
   que el fin de mis esperanzas
   ha de ser cual imagino.
   Y si son servicios parte
   de hacer un pecho benigno,
   algunos de los que he hecho
   fortalecen mi partido.
   Porque si has mirado en ello,
   ms de una vez habrs visto
   que me he vestido en los lunes
   lo que me honraba el domingo.
   Como el amor y la gala
   andan un mesmo camino,
   en todo tiempo a tus ojos
   quise mostrarme polido.
   Dejo el bailar por tu causa,
   ni las msicas te pinto
   que has escuchado a deshoras
   y al canto del gallo primo.
   No cuento las alabanzas
   que de tu belleza he dicho;
   que, aunque verdaderas, hacen
   ser yo de algunas malquisto.
   Teresa del Berrocal,
   yo alabndote, me dijo:
   ''Tal piensa que adora a un ngel,
   y viene a adorar a un jimio;
   merced a los muchos dijes
   y a los cabellos postizos,
   y a hipcritas hermosuras,
   que engaan al Amor mismo''.
   Desmentla y enojse;
   volvi por ella su primo:
   desafime, y ya sabes
   lo que yo hice y l hizo.
   No te quiero yo a montn,
   ni te pretendo y te sirvo
   por lo de barragana;
   que ms bueno es mi designio.
   Coyundas tiene la Iglesia
   que son lazadas de sirgo;
   pon t el cuello en la gamella;
   vers como pongo el mo.
   Donde no, desde aqu juro,
   por el santo ms bendito,
   de no salir destas sierras
   sino para capuchino.

Con esto dio el cabrero fin a su canto; y, aunque don Quijote le rog que
algo ms cantase, no lo consinti Sancho Panza, porque estaba ms para
dormir que para or canciones. Y ans, dijo a su amo:

-Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de posar esta
noche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el da no
permite que pasen las noches cantando.

-Ya te entiendo, Sancho -le respondi don Quijote-; que bien se me trasluce
que las visitas del zaque piden ms recompensa de sueo que de msica.

-A todos nos sabe bien, bendito sea Dios -respondi Sancho.

-No lo niego -replic don Quijote-, pero acomdate t donde quisieres, que
los de mi profesin mejor parecen velando que durmiendo. Pero, con todo
esto, sera bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me va
doliendo ms de lo que es menester.

Hizo Sancho lo que se le mandaba; y, viendo uno de los cabreros la herida,
le dijo que no tuviese pena, que l pondra remedio con que fcilmente se
sanase. Y, tomando algunas hojas de romero, de mucho que por all haba,
las masc y las mezcl con un poco de sal, y, aplicndoselas a la oreja, se
la vend muy bien, asegurndole que no haba menester otra medicina; y as
fue la verdad.





Captulo XII. De lo que cont un cabrero a los que estaban con don Quijote


Estando en esto, lleg otro mozo de los que les traan del aldea el
bastimento, y dijo:

-Sabis lo que pasa en el lugar, compaeros?

-Cmo lo podemos saber? -respondi uno dellos.

-Pues sabed -prosigui el mozo- que muri esta maana aquel famoso pastor
estudiante llamado Grisstomo, y se murmura que ha muerto de amores de
aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aqulla
que se anda en hbito de pastora por esos andurriales.

-Por Marcela dirs -dijo uno.

-Por sa digo -respondi el cabrero-. Y es lo bueno, que mand en su
testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al
pie de la pea donde est la fuente del alcornoque; porque, segn es fama,
y l dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde l la vio la vez primera. Y
tambin mand otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se
han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A
todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que
tambin se visti de pastor con l, que se ha de cumplir todo, sin faltar
nada, como lo dej mandado Grisstomo, y sobre esto anda el pueblo
alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se har lo que Ambrosio y todos
los pastores sus amigos quieren; y maana le vienen a enterrar con gran
pompa adonde tengo dicho. Y tengo para m que ha de ser cosa muy de ver; a
lo menos, yo no dejar de ir a verla, si supiese no volver maana al lugar.

-Todos haremos lo mesmo -respondieron los cabreros-; y echaremos suertes a
quin ha de quedar a guardar las cabras de todos.

-Bien dices, Pedro -dijo uno-; aunque no ser menester usar de esa
diligencia, que yo me quedar por todos. Y no lo atribuyas a virtud y a
poca curiosidad ma, sino a que no me deja andar el garrancho que el otro
da me pas este pie.

-Con todo eso, te lo agradecemos -respondi Pedro.

Y don Quijote rog a Pedro le dijese qu muerto era aqul y qu pastora
aqulla; a lo cual Pedro respondi que lo que saba era que el muerto era
un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el
cual haba sido estudiante muchos aos en Salamanca, al cabo de los cuales
haba vuelto a su lugar, con opinin de muy sabio y muy ledo.

-Principalmente, decan que saba la ciencia de las estrellas, y de lo que
pasan, all en el cielo, el sol y la luna; porque puntualmente nos deca el
cris del sol y de la luna.

-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares
mayores -dijo don Quijote.

Mas Pedro, no reparando en nieras, prosigui su cuento diciendo:

-Asimesmo adevinaba cundo haba de ser el ao abundante o estil.

-Estril queris decir, amigo -dijo don Quijote.

-Estril o estil -respondi Pedro-, todo se sale all. Y digo que con esto
que deca se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crdito, muy
ricos, porque hacan lo que l les aconsejaba, dicindoles: ''Sembrad este
ao cebada, no trigo; en ste podis sembrar garbanzos y no cebada; el que
viene ser de guilla de aceite; los tres siguientes no se coger gota''.

-Esa ciencia se llama astrologa -dijo don Quijote.

-No s yo cmo se llama -replic Pedro-, mas s que todo esto saba, y an
ms. Finalmente, no pasaron muchos meses, despus que vino de Salamanca,
cuando un da remaneci vestido de pastor, con su cayado y pellico,
habindose quitado los hbitos largos que como escolar traa; y juntamente
se visti con l de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que
haba sido su compaero en los estudios. Olvidbaseme de decir como
Grisstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que l
haca los villancicos para la noche del Nacimiento del Seor, y los autos
para el da de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y
todos decan que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de
improviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, y
no podan adivinar la causa que les haba movido a hacer aquella tan
estraa mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestro
Grisstomo, y l qued heredado en mucha cantidad de hacienda, ans en
muebles como en races, y en no pequea cantidad de ganado, mayor y menor,
y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual qued el mozo seor
desoluto, y en verdad que todo lo mereca, que era muy buen compaero y
caritativo y amigo de los buenos, y tena una cara como una bendicin.
Despus se vino a entender que el haberse mudado de traje no haba sido por
otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora
Marcela que nuestro zagal nombr denantes, de la cual se haba enamorado el
pobre difunto de Grisstomo. Y quiroos decir agora, porque es bien que lo
sepis, quin es esta rapaza; quiz, y aun sin quiz, no habris odo
semejante cosa en todos los das de vuestra vida, aunque vivis ms aos
que sarna.

-Decid Sarra -replic don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los
vocablos del cabrero.

-Harto vive la sarna -respondi Pedro-; y si es, seor, que me habis de
andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un ao.

-Perdonad, amigo -dijo don Quijote-; que por haber tanta diferencia de
sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive ms
sarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicar ms en
nada.

-Digo, pues, seor mo de mi alma -dijo el cabrero-, que en nuestra aldea
hubo un labrador an ms rico que el padre de Grisstomo, el cual se
llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amn de las muchas y grandes
riquezas, una hija, de cuyo parto muri su madre, que fue la ms honrada
mujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo,
con aquella cara que del un cabo tena el sol y del otro la luna; y, sobre
todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su
nima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de la
muerte de tan buena mujer muri su marido Guillermo, dejando a su hija
Marcela, muchacha y rica, en poder de un to suyo sacerdote y beneficiado
en nuestro lugar. Creci la nia con tanta belleza, que nos haca acordar
de la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba que
le haba de pasar la de la hija. Y as fue, que, cuando lleg a edad de
catorce a quince aos, nadie la miraba que no bendeca a Dios, que tan
hermosa la haba criado, y los ms quedaban enamorados y perdidos por ella.
Guardbala su to con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con
todo esto, la fama de su mucha hermosura se estendi de manera que, as por
ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo,
sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, era
rogado, solicitado e importunado su to se la diese por mujer. Mas l, que
a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, as como
la va de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la
ganancia y granjera que le ofreca el tener la hacienda de la moza,
dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en ms de un corrillo en
el pueblo, en alabanza del buen sacerdote. Que quiero que sepa, seor
andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura;
y tened para vos, como yo tengo para m, que deba de ser demasiadamente
bueno el clrigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dl,
especialmente en las aldeas.

-As es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante, que el cuento
es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contis con muy buena gracia.

-La del Seor no me falte, que es la que hace al caso. Y en lo dems
sabris que, aunque el to propona a la sobrina y le deca las calidades
de cada uno en particular, de los muchos que por mujer la pedan, rogndole
que se casase y escogiese a su gusto, jams ella respondi otra cosa sino
que por entonces no quera casarse, y que, por ser tan muchacha, no se
senta hbil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba,
al parecer justas escusas, dejaba el to de importunarla, y esperaba a que
entrase algo ms en edad y ella supiese escoger compaa a su gusto. Porque
deca l, y deca muy bien, que no haban de dar los padres a sus hijos
estado contra su voluntad. Pero htelo aqu, cuando no me cato, que
remanece un da la melindrosa Marcela hecha pastora; y, sin ser parte su
to ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campo
con las dems zagalas del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado. Y, as
como ella sali en pblico y su hermosura se vio al descubierto, no os
sabr buenamente decir cuntos ricos mancebos, hidalgos y labradores han
tomado el traje de Grisstomo y la andan requebrando por esos campos. Uno
de los cuales, como ya est dicho, fue nuestro difunto, del cual decan que
la dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela se
puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningn
recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga en
menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con
que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha
alabado, ni con verdad se podr alabar, que le haya dado alguna pequea
esperanza de alcanzar su deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de la
compaa y conversacin de los pastores, y los trata corts y
amigablemente, en llegando a descubrirle su intencin cualquiera dellos,
aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de s como
con un trabuco. Y con esta manera de condicin hace ms dao en esta tierra
que si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosura
atrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla, pero su
desdn y desengao los conduce a trminos de desesperarse; y as, no saben
qu decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros ttulos
a ste semejantes, que bien la calidad de su condicin manifiestan. Y si
aqu estuvisedes, seor, algn da, verades resonar estas sierras y estos
valles con los lamentos de los desengaados que la siguen. No est muy
lejos de aqu un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay
ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de
Marcela; y encima de alguna, una corona grabada en el mesmo rbol, como si
ms claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda la
hermosura humana. Aqu sospira un pastor, all se queja otro; acull se
oyen amorosas canciones, ac desesperadas endechas. Cul hay que pasa todas
las horas de la noche sentado al pie de alguna encina o peasco, y all,
sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en sus
pensamientos, le hall el sol a la maana; y cul hay que, sin dar vado ni
tregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la ms enfadosa siesta del
verano, tendido sobre la ardiente arena, enva sus quejas al piadoso cielo.
Y dste y de aqul, y de aqullos y de stos, libre y desenfadadamente
triunfa la hermosa Marcela; y todos los que la conocemos estamos esperando
en qu ha de parar su altivez y quin ha de ser el dichoso que ha de venir
a domear condicin tan terrible y gozar de hermosura tan estremada. Por
ser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender que
tambin lo es la que nuestro zagal dijo que se deca de la causa de la
muerte de Grisstomo. Y as, os aconsejo, seor, que no dejis de hallaros
maana a su entierro, que ser muy de ver, porque Grisstomo tiene muchos
amigos, y no est de este lugar a aqul donde manda enterrarse media legua.

-En cuidado me lo tengo -dijo don Quijote-, y agradzcoos el gusto que me
habis dado con la narracin de tan sabroso cuento.

-Oh! -replic el cabrero-, an no s yo la mitad de los casos sucedidos a
los amantes de Marcela, mas podra ser que maana topsemos en el camino
algn pastor que nos los dijese. Y, por ahora, bien ser que os vais a
dormir debajo de techado, porque el sereno os podra daar la herida,
puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de
contrario acidente.

Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicit,
por su parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hzolo
as, y todo lo ms de la noche se le pas en memorias de su seora
Dulcinea, a imitacin de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomod
entre Rocinante y su jumento, y durmi, no como enamorado desfavorecido,
sino como hombre molido a coces.





Captulo XIII. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros
sucesos


Mas, apenas comenz a descubrirse el da por los balcones del oriente,
cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar a
don Quijote, y a decille si estaba todava con propsito de ir a ver el
famoso entierro de Grisstomo, y que ellos le haran compaa. Don Quijote,
que otra cosa no deseaba, se levant y mand a Sancho que ensillase y
enalbardase al momento, lo cual l hizo con mucha diligencia, y con la
mesma se pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto de
legua, cuando, al cruzar de una senda, vieron venir hacia ellos hasta seis
pastores, vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas con
guirnaldas de ciprs y de amarga adelfa. Traa cada uno un grueso bastn de
acebo en la mano. Venan con ellos, asimesmo, dos gentiles hombres de a
caballo, muy bien aderezados de camino, con otros tres mozos de a pie que
los acompaaban. En llegndose a juntar, se saludaron cortsmente, y,
preguntndose los unos a los otros dnde iban, supieron que todos se
encaminaban al lugar del entierro; y as, comenzaron a caminar todos
juntos.

Uno de los de a caballo, hablando con su compaero, le dijo:

-Parceme, seor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanza
que hiciremos en ver este famoso entierro, que no podr dejar de ser
famoso, segn estos pastores nos han contado estraezas, ans del muerto
pastor como de la pastora homicida.

-As me lo parece a m -respondi Vivaldo-; y no digo yo hacer tardanza de
un da, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.

Preguntles don Quijote qu era lo que haban odo de Marcela y de
Grisstomo. El caminante dijo que aquella madrugada haban encontrado con
aquellos pastores, y que, por haberles visto en aquel tan triste traje, les
haban preguntado la ocasin por que iban de aquella manera; que uno dellos
se lo cont, contando la estraeza y hermosura de una pastora llamada
Marcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de aquel
Grisstomo a cuyo entierro iban. Finalmente, l cont todo lo que Pedro a
don Quijote haba contado.

Ces esta pltica y comenzse otra, preguntando el que se llamaba Vivaldo a
don Quijote qu era la ocasin que le mova a andar armado de aquella
manera por tierra tan pacfica. A lo cual respondi don Quijote:

-La profesin de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande de otra
manera. El buen paso, el regalo y el reposo, all se invent para los
blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas slo se
inventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes,
de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos.

Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco; y, por
averiguarlo ms y ver qu gnero de locura era el suyo, le torn a
preguntar Vivaldo que qu quera decir "caballeros andantes".

-No han vuestras mercedes ledo -respondi don Quijote- los anales e
historias de Ingalaterra, donde se tratan las famosas fazaas del rey
Arturo, que continuamente en nuestro romance castellano llamamos el rey
Arts, de quien es tradicin antigua y comn en todo aquel reino de la Gran
Bretaa que este rey no muri, sino que, por arte de encantamento, se
convirti en cuervo, y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y a
cobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probar que desde aquel tiempo
a ste haya ningn ingls muerto cuervo alguno? Pues en tiempo de este buen
rey fue instituida aquella famosa orden de caballera de los caballeros de
la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que all se
cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera
dellos y sabidora aquella tan honrada duea Quintaona, de donde naci
aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra Espaa, de:

   Nunca fuera caballero
   de damas tan bien servido
   como fuera Lanzarote
   cuando de Bretaa vino;

con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos.
Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella orden de caballera
estendindose y dilatndose por muchas y diversas partes del mundo; y en
ella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amads de Gaula,
con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generacin, y el valeroso
Felixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco,
y casi que en nuestros das vimos y comunicamos y omos al invencible y
valeroso caballero don Belians de Grecia. Esto, pues, seores, es ser
caballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballera; en la
cual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesin, y lo
mesmo que profesaron los caballeros referidos profeso yo. Y as, me voy por
estas soledades y despoblados buscando las aventuras, con nimo deliberado
de ofrecer mi brazo y mi persona a la ms peligrosa que la suerte me
deparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.

Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que era
don Quijote falto de juicio, y del gnero de locura que lo seoreaba, de lo
cual recibieron la mesma admiracin que reciban todos aquellos que de
nuevo venan en conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discreta
y de alegre condicin, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decan
que les faltaba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle ocasin a
que pasase ms adelante con sus disparates. Y as, le dijo:

-Parceme, seor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una de
las ms estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para m que aun
la de los frailes cartujos no es tan estrecha.

-Tan estrecha bien poda ser -respondi nuestro don Quijote-, pero tan
necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque, si
va a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecucin lo que su
capitn le manda que el mesmo capitn que se lo ordena. Quiero decir que
los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la
tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecucin lo que ellos
piden, defendindola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras
espadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco
de los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos del
invierno. As que, somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien
se ejecuta en ella su justicia. Y, como las cosas de la guerra y las a
ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecucin sino
sudando, afanando y trabajando, sguese que aquellos que la profesan
tienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo
estn rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir,
ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante
como el del encerrado religioso; slo quiero inferir, por lo que yo
padezco, que, sin duda, es ms trabajoso y ms aporreado, y ms hambriento
y sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que los
caballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el discurso de su
vida. Y si algunos subieron a ser emperadores por el valor de su brazo, a
fe que les cost buen porqu de su sangre y de su sudor; y que si a los que
a tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran,
que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engaados de sus
esperanzas.

-De ese parecer estoy yo -replic el caminante-; pero una cosa, entre otras
muchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que, cuando se
ven en ocasin de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se vee
manifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometella
se acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano est obligado a
hacer en peligros semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tanta
gana y devocin como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huele
algo a gentilidad.

-Seor -respondi don Quijote-, eso no puede ser menos en ninguna manera, y
caera en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya est
en uso y costumbre en la caballera andantesca que el caballero andante
que, al acometer algn gran fecho de armas, tuviese su seora
delante,vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide con
ellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadie
le oye, est obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que de
todo corazn se le encomiende; y desto tenemos innumerables ejemplos en las
historias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarse
a Dios; que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de la
obra.

-Con todo eso -replic el caminante-, me queda un escrpulo, y es que
muchas veces he ledo que se traban palabras entre dos andantes caballeros,
y, de una en otra, se les viene a encender la clera, y a volver los
caballos y tomar una buena pieza del campo, y luego, sin ms ni ms, a todo
el correr dellos, se vuelven a encontrar; y, en mitad de la corrida, se
encomiendan a sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el uno
cae por las ancas del caballo, pasado con la lanza del contrario de parte a
parte, y al otro le viene tambin que, a no tenerse a las crines del suyo,
no pudiera dejar de venir al suelo. Y no s yo cmo el muerto tuvo lugar
para encomendarse a Dios en el discurso de esta tan acelerada obra. Mejor
fuera que las palabras que en la carrera gast encomendndose a su dama las
gastara en lo que deba y estaba obligado como cristiano. Cuanto ms, que
yo tengo para m que no todos los caballeros andantes tienen damas a quien
encomendarse, porque no todos son enamorados.

-Eso no puede ser -respondi don Quijote-: digo que no puede ser que haya
caballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a los
tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no
se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y por
el mesmo caso que estuviese sin ellos, no sera tenido por legtimo
caballero, sino por bastardo, y que entr en la fortaleza de la caballera
dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrn.

-Con todo eso -dijo el caminante-, me parece, si mal no me acuerdo, haber
ledo que don Galaor, hermano del valeroso Amads de Gaula, nunca tuvo dama
sealada a quien pudiese encomendarse; y, con todo esto, no fue tenido en
menos, y fue un muy valiente y famoso caballero.

A lo cual respondi nuestro don Quijote:

-Seor, una golondrina sola no hace verano. Cuanto ms, que yo s que de
secreto estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera que, aquello de
querer a todas bien cuantas bien le parecan era condicin natural, a quien
no poda ir a la mano. Pero, en resolucin, averiguado est muy bien que l
tena una sola a quien l haba hecho seora de su voluntad, a la cual se
encomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preci de secreto
caballero.

-Luego, si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado
-dijo el caminante-, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues es
de la profesin. Y si es que vuestra merced no se precia de ser tan secreto
como don Galaor, con las veras que puedo le suplico, en nombre de toda esta
compaa y en el mo, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su
dama; que ella se tendra por dichosa de que todo el mundo sepa que es
querida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.

Aqu dio un gran suspiro don Quijote, y dijo:

-Yo no podr afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo
sepa que yo la sirvo; slo s decir, respondiendo a lo que con tanto
comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso,
un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa,
pues es reina y seora ma; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se
vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quimricos atributos de
belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente
campos elseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas
rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mrmol
su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista
humana encubri la honestidad son tales, segn yo pienso y entiendo, que
slo la discreta consideracin puede encarecerlas, y no compararlas.

-El linaje, prosapia y alcurnia querramos saber -replic Vivaldo.

A lo cual respondi don Quijote:

-No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los
modernos Colonas y Ursinos; ni de los Moncadas y Requesenes de Catalua, ni
menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia; Palafoxes, Nuzas,
Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragn;
Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas y
Meneses de Portogal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque
moderno, tal, que puede dar generoso principio a las ms ilustres familias
de los venideros siglos. Y no se me replique en esto, si no fuere con las
condiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas de Orlando, que
deca:

   nadie las mueva
   que estar no pueda con Roldn a prueba.

-Aunque el mo es de los Cachopines de Laredo -respondi el caminante-, no
le osar yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que, para decir
verdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis odos.

-Como eso no habr llegado! -replic don Quijote.

Con gran atencin iban escuchando todos los dems la pltica de los dos, y
aun hasta los mesmos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta de
juicio de nuestro don Quijote. Slo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo
deca era verdad, sabiendo l quin era y habindole conocido desde su
nacimiento; y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda
Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa haba llegado
jams a su noticia, aunque viva tan cerca del Toboso.

En estas plticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altas
montaas hacan, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra
lana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que despus pareci,
eran cul de tejo y cul de ciprs. Entre seis dellos traan unas andas,
cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por uno
de los cabreros, dijo:

-Aquellos que all vienen son los que traen el cuerpo de Grisstomo, y el
pie de aquella montaa es el lugar donde l mand que le enterrasen.
Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que venan
haban puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos con agudos picos
estaban cavando la sepultura a un lado de una dura pea.

Recibironse los unos y los otros cortsmente; y luego don Quijote y los
que con l venan se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubierto
de flores un cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al parecer, de
treinta aos; y, aunque muerto, mostraba que vivo haba sido de rostro
hermoso y de disposicin gallarda. Alrededor dl tena en las mesmas
andas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y as los que
esto miraban, como los que abran la sepultura, y todos los dems que all
haba, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que al
muerto trujeron dijo a otro:

-Mir bien, Ambrosio, si es ste el lugar que Grisstomo dijo, ya que
queris que tan puntualmente se cumpla lo que dej mandado en su
testamento.

-ste es -respondi Ambrosio-; que muchas veces en l me cont mi
desdichado amigo la historia de su desventura. All me dijo l que vio la
vez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y all fue tambin
donde la primera vez le declar su pensamiento, tan honesto como enamorado,
y all fue la ltima vez donde Marcela le acab de desengaar y desdear,
de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aqu, en
memoria de tantas desdichas, quiso l que le depositasen en las entraas
del eterno olvido.

Y, volvindose a don Quijote y a los caminantes, prosigui diciendo:

-Ese cuerpo, seores, que con piadosos ojos estis mirando, fue depositario
de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. se es el
cuerpo de Grisstomo, que fue nico en el ingenio, solo en la cortesa,
estremo en la gentileza, fnix en la amistad, magnfico sin tasa, grave sin
presuncin, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser
bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue
aborrecido; ador, fue desdeado; rog a una fiera, importun a un mrmol,
corri tras el viento, dio voces a la soledad, sirvi a la ingratitud, de
quien alcanz por premio ser despojos de la muerte en la mitad de la
carrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien l procuraba
eternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieran
mostrar bien esos papeles que estis mirando, si l no me hubiera mandado
que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.
-De mayor rigor y crueldad usaris vos con ellos -dijo Vivaldo- que su
mesmo dueo, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de
quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le tuviera
bueno Augusto Csar si consintiera que se pusiera en ejecucin lo que el
divino Mantuano dej en su testamento mandado. Ans que, seor Ambrosio, ya
que deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queris dar sus
escritos al olvido; que si l orden como agraviado, no es bien que vos
cumplis como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, que
la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en los
tiempos que estn por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyan
de caer en semejantes despeaderos; que ya s yo, y los que aqu venimos,
la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la
amistad vuestra, y la ocasin de su muerte, y lo que dej mandado al acabar
de la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cunto haya sido
la crueldad de Marcela, el amor de Grisstomo, la fe de la amistad vuestra,
con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que
el desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muerte
de Grisstomo, y que en este lugar haba de ser enterrado; y as, de
curiosidad y de lstima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos de
venir a ver con los ojos lo que tanto nos haba lastimado en ollo. Y, en
pago desta lstima y del deseo que en nosotros naci de remedialla si
pudiramos, te rogamos, oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te lo
suplico de mi parte), que, dejando de abrasar estos papeles, me dejes
llevar algunos dellos.

Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alarg la mano y tom algunos de
los que ms cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:

-Por cortesa consentir que os quedis, seor, con los que ya habis
tomado; pero pensar que dejar de abrasar los que quedan es pensamiento
vano.

Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decan, abri luego el uno
dellos y vio que tena por ttulo: Cancin desesperada. Oylo Ambrosio y
dijo:

-se es el ltimo papel que escribi el desdichado; y, porque veis, seor,
en el trmino que le tenan sus desventuras, leelde de modo que seis odo;
que bien os dar lugar a ello el que se tardare en abrir la sepultura.

-Eso har yo de muy buena gana -dijo Vivaldo.

Y, como todos los circunstantes tenan el mesmo deseo, se le pusieron a la
redonda; y l, leyendo en voz clara, vio que as deca:





Captulo XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor,
con otros no esperados sucesos


Cancin de Grisstomo

   Ya que quieres, cruel, que se publique,
   de lengua en lengua y de una en otra gente,
   del spero rigor tuyo la fuerza,
   har que el mesmo infierno comunique
   al triste pecho mo un son doliente,
   con que el uso comn de mi voz tuerza.
   Y al par de mi deseo, que se esfuerza
   a decir mi dolor y tus hazaas,
   de la espantable voz ir el acento,
   y en l mezcladas, por mayor tormento,
   pedazos de las mseras entraas.
   Escucha, pues, y presta atento odo,
   no al concertado son, sino al rido
   que de lo hondo de mi amargo pecho,
   llevado de un forzoso desvaro,
   por gusto mo sale y tu despecho.

   El rugir del len, del lobo fiero
   el temeroso aullido, el silbo horrendo
   de escamosa serpiente, el espantable
   baladro de algn monstruo, el agorero
   graznar de la corneja, y el estruendo
   del viento contrastado en mar instable;
   del ya vencido toro el implacable
   bramido, y de la viuda tortolilla
   el sentible arrullar; el triste canto
   del envidiado bho, con el llanto
   de toda la infernal negra cuadrilla,
   salgan con la doliente nima fuera,
   mezclados en un son, de tal manera
   que se confundan los sentidos todos,
   pues la pena cruel que en m se halla
   para contalla pide nuevos modos.

   De tanta confusin no las arenas
   del padre Tajo oirn los tristes ecos,
   ni del famoso Betis las olivas:
   que all se esparcirn mis duras penas
   en altos riscos y en profundos huecos,
   con muerta lengua y con palabras vivas;
   o ya en escuros valles, o en esquivas
   playas, desnudas de contrato humano,
   o adonde el sol jams mostr su lumbre,
   o entre la venenosa muchedumbre
   de fieras que alimenta el libio llano;
   que, puesto que en los pramos desiertos
   los ecos roncos de mi mal, inciertos,
   suenen con tu rigor tan sin segundo,
   por privilegio de mis cortos hados,
   sern llevados por el ancho mundo.

   Mata un desdn, atierra la paciencia,
   o verdadera o falsa, una sospecha;
   matan los celos con rigor ms fuerte;
   desconcierta la vida larga ausencia;
   contra un temor de olvido no aprovecha
   firme esperanza de dichosa suerte.
   En todo hay cierta, inevitable muerte;
   mas yo, milagro nunca visto!, vivo
   celoso, ausente, desdeado y cierto
   de las sospechas que me tienen muerto;
   y en el olvido en quien mi fuego avivo,
   y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
   mi vista a ver en sombra a la esperanza,
   ni yo, desesperado, la procuro;
   antes, por estremarme en mi querella,
   estar sin ella eternamente juro.

   Pudese, por ventura, en un instante
   esperar y temer, o es bien hacello,
   siendo las causas del temor ms ciertas?
   Tengo, si el duro celo est delante,
   de cerrar estos ojos, si he de vello
   por mil heridas en el alma abiertas?
   Quin no abrir de par en par las puertas
   a la desconfianza, cuando mira
   descubierto el desdn, y las sospechas,
   oh amarga conversin!, verdades hechas,
   y la limpia verdad vuelta en mentira?
   Oh, en el reino de amor fieros tiranos
   celos, ponedme un hierro en estas manos!
   Dame, desdn, una torcida soga.
   Mas, ay de m!, que, con cruel vitoria,
   vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

   Yo muero, en fin; y, porque nunca espere
   buen suceso en la muerte ni en la vida,
   pertinaz estar en mi fantasa.
   Dir que va acertado el que bien quiere,
   y que es ms libre el alma ms rendida
   a la de amor antigua tirana.
   Dir que la enemiga siempre ma
   hermosa el alma como el cuerpo tiene,
   y que su olvido de mi culpa nace,
   y que, en fe de los males que nos hace,
   amor su imperio en justa paz mantiene.
   Y, con esta opinin y un duro lazo,
   acelerando el miserable plazo
   a que me han conducido sus desdenes,
   ofrecer a los vientos cuerpo y alma,
   sin lauro o palma de futuros bienes.

   T, que con tantas sinrazones muestras
   la razn que me fuerza a que la haga
   a la cansada vida que aborrezco,
   pues ya ves que te da notorias muestras
   esta del corazn profunda llaga,
   de cmo, alegre, a tu rigor me ofrezco,
   si, por dicha, conoces que merezco
   que el cielo claro de tus bellos ojos
   en mi muerte se turbe, no lo hagas;
   que no quiero que en nada satisfagas,
   al darte de mi alma los despojos.
   Antes, con risa en la ocasin funesta,
   descubre que el fin mo fue tu fiesta;
   mas gran simpleza es avisarte desto,
   pues s que est tu gloria conocida
   en que mi vida llegue al fin tan presto.

   Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
   Tntalo con su sed; Ssifo venga
   con el peso terrible de su canto;
   Ticio traya su buitre, y ansimismo
   con su rueda Egn no se detenga,
   ni las hermanas que trabajan tanto;
   y todos juntos su mortal quebranto
   trasladen en mi pecho, y en voz baja
   -si ya a un desesperado son debidas-
   canten obsequias tristes, doloridas,
   al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.
   Y el portero infernal de los tres rostros,
   con otras mil quimeras y mil monstros,
   lleven el doloroso contrapunto;
   que otra pompa mejor no me parece
   que la merece un amador difunto.

   Cancin desesperada, no te quejes
   cuando mi triste compaa dejes;
   antes, pues que la causa do naciste
   con mi desdicha augmenta su ventura,
   aun en la sepultura no ests triste.

Bien les pareci, a los que escuchado haban, la cancin de Grisstomo,
puesto que el que la ley dijo que no le pareca que conformaba con la
relacin que l haba odo del recato y bondad de Marcela, porque en ella
se quejaba Grisstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio
del buen crdito y buena fama de Marcela. A lo cual respondi Ambrosio,
como aquel que saba bien los ms escondidos pensamientos de su amigo:
-Para que, seor, os satisfagis desa duda, es bien que sepis que cuando
este desdichado escribi esta cancin estaba ausente de Marcela, de quien
l se haba ausentado por su voluntad, por ver si usaba con l la ausencia
de sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa que no
le fatigue ni temor que no le d alcance, as le fatigaban a Grisstomo los
celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con
esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de
Marcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un mucho
desdeosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.

-As es la verdad -respondi Vivaldo.

Y, queriendo leer otro papel de los que haba reservado del fuego, lo
estorb una maravillosa visin -que tal pareca ella- que improvisamente se
les ofreci a los ojos; y fue que, por cima de la pea donde se cavaba la
sepultura, pareci la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su
hermosura. Los que hasta entonces no la haban visto la miraban con
admiracin y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no
quedaron menos suspensos que los que nunca la haban visto. Mas, apenas la
hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de nimo indignado, le dijo:

-Vienes a ver, por ventura, oh fiero basilisco destas montaas!, si con
tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad
quit la vida? O vienes a ufanarte en las crueles hazaas de tu condicin,
o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su
abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cadver, como la
ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qu
es aquello de que ms gustas; que, por saber yo que los pensamientos de
Grisstomo jams dejaron de obedecerte en vida, har que, aun l muerto, te
obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.

-No vengo, oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho -respondi
Marcela-, sino a volver por m misma, y a dar a entender cun fuera de
razn van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisstomo me
culpan; y as, ruego a todos los que aqu estis me estis atentos, que no
ser menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una
verdad a los discretos.

Hzome el cielo, segn vosotros decs, hermosa, y de tal manera que, sin
ser poderosos a otra cosa, a que me amis os mueve mi hermosura; y, por el
amor que me mostris, decs, y aun queris, que est yo obligada a amaros.
Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo
hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razn de ser amado, est
obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y ms, que
podra acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo
digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir ''Quirote por hermosa; hasme
de amar aunque sea feo''. Pero, puesto caso que corran igualmente las
hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas
hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad;
que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sera un andar las
voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cul haban de parar;
porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos haban de ser los
deseos. Y, segn yo he odo decir, el verdadero amor no se divide, y ha de
ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto as, como yo creo que lo es, por
qu queris que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no ms de que decs
que me queris bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me
hiciera fea, fuera justo que me quejara de vosotros porque no me ambades?
Cuanto ms, que habis de considerar que yo no escog la hermosura que
tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni
escogella. Y, as como la vbora no merece ser culpada por la ponzoa que
tiene, puesto que con ella mata, por habrsela dado naturaleza, tampoco yo
merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer
honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni l quema
ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son
adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de
parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo
y al alma ms adornan y hermosean, por qu la ha de perder la que es amada
por hermosa, por corresponder a la intencin de aquel que, por slo su
gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?

Yo nac libre, y para poder vivir libre escog la soledad de los campos.
Los rboles destas montaas son mi compaa, las claras aguas destos
arroyos mis espejos; con los rboles y con las aguas comunico mis
pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los
que he enamorado con la vista he desengaado con las palabras. Y si los
deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisstomo
ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le
mat su porfa que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus
pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo
que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me
descubri la bondad de su intencin, le dije yo que la ma era vivir en
perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi
recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si l, con todo este
desengao, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento,
qu mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le
entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor
intencin y prosupuesto. Porfi desengaado, desesper sin ser aborrecido:
mirad ahora si ser razn que de su pena se me d a m la culpa! Qujese
el engaado, desesprese aquel a quien le faltaron las prometidas
esperanzas, confese el que yo llamare, ufnese el que yo admitiere; pero
no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engao, llamo ni
admito.

El cielo an hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar
que tengo de amar por eleccin es escusado. Este general desengao sirva a
cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entindase,
de aqu adelante, que si alguno por m muriere, no muere de celoso ni
desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los
desengaos no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera
y basilisco, djeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata,
no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga;
que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta
desconocida, ni los buscar, servir, conocer ni seguir en ninguna
manera. Que si a Grisstomo mat su impaciencia y arrojado deseo, por qu
se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza
con la compaa de los rboles, por qu ha de querer que la pierda el que
quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabis, tengo riquezas
propias y no codicio las ajenas; tengo libre condicin y no gusto de
sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engao a ste ni solicito
aqul, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversacin
honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me
entretiene. Tienen mis deseos por trmino estas montaas, y si de aqu
salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma
a su morada primera.

Y, en diciendo esto, sin querer or respuesta alguna, volvi las espaldas y
se entr por lo ms cerrado de un monte que all cerca estaba, dejando
admirados, tanto de su discrecin como de su hermosura, a todos los que
all estaban. Y algunos dieron muestras -de aquellos que de la poderosa
flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos- de quererla seguir,
sin aprovecharse del manifiesto desengao que haban odo. Lo cual visto
por don Quijote, parecindole que all vena bien usar de su caballera,
socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puo de su
espada, en altas e inteligibles voces, dijo:

-Ninguna persona, de cualquier estado y condicin que sea, se atreva a
seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignacin ma.
Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa
que ha tenido en la muerte de Grisstomo, y cun ajena vive de condescender
con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en
lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los
buenos del mundo, pues muestra que en l ella es sola la que con tan
honesta intencin vive.

O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo
que concluyesen con lo que a su buen amigo deban, ninguno de los pastores
se movi ni apart de all hasta que, acabada la sepultura y abrasados los
papeles de Grisstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lgrimas
de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa pea, en tanto
que se acababa una losa que, segn Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con
un epitafio que haba de decir desta manera:

   Yace aqu de un amador
   el msero cuerpo helado,
   que fue pastor de ganado,
   perdido por desamor.
   Muri a manos del rigor
   de una esquiva hermosa ingrata,
   con quien su imperio dilata
   la tirana de su amor.

Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramos, y, dando
todos el psame a su amigo Ambrosio, se despidieron dl. Lo mesmo hicieron
Vivaldo y su compaero, y don Quijote se despidi de sus huspedes y de los
caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser
lugar tan acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cada
esquina se ofrecen ms que en otro alguno. Don Quijote les agradeci el
aviso y el nimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que por entonces
no quera ni deba ir a Sevilla, hasta que hubiese despojado todas aquellas
sierras de ladrones malandrines, de quien era fama que todas estaban
llenas. Viendo su buena determinacin, no quisieron los caminantes
importunarle ms, sino, tornndose a despedir de nuevo, le dejaron y
prosiguieron su camino, en el cual no les falt de qu tratar, as de la
historia de Marcela y Grisstomo como de las locuras de don Quijote. El
cual determin de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que
l poda en su servicio. Mas no le avino como l pensaba, segn se cuenta
en el discurso desta verdadera historia, dando aqu fin la segunda parte.

Tercera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha





Captulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se top don
Quijote en topar con unos desalmados yangeses


Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, as como don Quijote se despidi
de sus huspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastor
Grisstomo, l y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieron
que se haba entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado ms de dos
horas por l, buscndola por todas partes sin poder hallarla, vinieron a
parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corra un arroyo
apacible y fresco; tanto, que convid y forz a pasar all las horas de la
siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.

Aperonse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a sus
anchuras pacer de la mucha yerba que all haba, dieron saco a las
alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compaa, amo y mozo
comieron lo que en ellas hallaron.

No se haba curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que le
conoca por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesa
de Crdoba no le hicieran tomar mal siniestro. Orden, pues, la suerte, y
el diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo
una manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es
costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aquel
donde acert a hallarse don Quijote era muy a propsito de los gallegos.
Sucedi, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las
seoras facas; y saliendo, as como las oli, de su natural paso y
costumbre, sin pedir licencia a su dueo, tom un trotico algo picadillo
y se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que
pareci, deban de tener ms gana de pacer que de l, recibironle con las
herraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se le
rompieron las cinchas y qued, sin silla, en pelota. Pero lo que l debi
ms de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se
les haca, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le
derribaron malparado en el suelo.

Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante haban visto,
llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:

-A lo que yo veo, amigo Sancho, stos no son caballeros, sino gente soez y
de baja ralea. Dgolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debida
venganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho a
Rocinante.

-Qu diablos de venganza hemos de tomar -respondi Sancho-, si stos son
ms de veinte y nosotros no ms de dos, y aun, quiz, nosotros sino uno y
medio?

-Yo valgo por ciento -replic don Quijote.

Y, sin hacer ms discursos, ech mano a su espada y arremeti a los
gallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de su
amo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abri
un sayo de cuero de que vena vestido, con gran parte de la espalda.
Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendo
ellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio,
comenzaron a menudear sobre ellos con grande ahnco y vehemencia. Verdad es
que al segundo toque dieron con Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino a
don Quijote, sin que le valiese su destreza y buen nimo; y quiso su
ventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que an no se haba
levantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestas
en manos rsticas y enojadas.

Viendo, pues, los gallegos el mal recado que haban hecho, con la mayor
presteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando a
los dos aventureros de mala traza y de peor talante.

El primero que se resinti fue Sancho Panza; y, hallndose junto a su
seor, con voz enferma y lastimada, dijo:

-Seor don Quijote! Ah, seor don Quijote!

-Qu quieres, Sancho hermano? -respondi don Quijote con el mesmo tono
afeminado y doliente que Sancho.

-Querra, si fuese posible -respondi Sancho Panza-, que vuestra merced me
diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestra
merced ah a mano. Quiz ser de provecho para los quebrantamientos de
huesos como lo es para las feridas.

-Pues, a tenerla yo aqu, desgraciado yo, qu nos faltaba? -respondi don
Quijote-. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, que
antes que pasen dos das, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo de
tener en mi poder, o mal me han de andar las manos.

-Pues, en cuntos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies?
-replic Sancho Panza.

-De m s decir -dijo el molido caballero don Quijote- que no sabr poner
trmino a esos das. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no haba de
poner mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros como
yo; y as, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballera, ha
permitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por lo
cual, Sancho Panza, conviene que ests advertido en esto que ahora te dir,
porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando veas que
semejante canalla nos hace algn agravio, no aguardes a que yo ponga mano
al espada para ellos, porque no lo har en ninguna manera, sino pon t mano
a tu espada y castgalos muy a tu sabor; que si en su ayuda y defensa
acudieren caballeros, yo te sabr defender y ofendellos con todo mi poder;
que ya habrs visto por mil seales y experiencias hasta adnde se estiende
el valor de este mi fuerte brazo.

Tal qued de arrogante el pobre seor con el vencimiento del valiente
vizcano. Mas no le pareci tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo que
dejase de responder, diciendo:

-Seor, yo soy hombre pacfico, manso, sosegado, y s disimilar cualquiera
injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. As que, sale a
vuestra merced tambin aviso, pues no puede ser mandato, que en ninguna
manera pondr mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; y
que, desde aqu para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hecho
y han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona alta
o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condicin
alguna.

Lo cual odo por su amo, le respondi:

-Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que el
dolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte a
entender, Panza, en el error en que ests. Ven ac, pecador; si el viento
de la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve,
llevndonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste alguno
tomemos puerto en alguna de las nsulas que te tengo prometida, qu sera
de ti si, ganndola yo, te hiciese seor della? Pues lo vendrs a
imposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor ni
intencin de vengar tus injurias y defender tu seoro? Porque has de saber
que en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca estn tan
quietos los nimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo seor que no
se tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevo
las cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y as, es menester que
el nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor para
ofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.

-En este que ahora nos ha acontecido -respondi Sancho-, quisiera yo tener
ese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fe
de pobre hombre, que ms estoy para bizmas que para plticas. Mire vuestra
merced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece,
porque l fue la causa principal de todo este molimiento. Jams tal cre de
Rocinante, que le tena por persona casta y tan pacfica como yo. En fin,
bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas,
y que no hay cosa segura en esta vida. Quin dijera que tras de aquellas
tan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichado
caballero andante, haba de venir, por la posta y en seguimiento suyo, esta
tan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?
-Aun las tuyas, Sancho -replic don Quijote-, deben de estar hechas a
semejantes nublados; pero las mas, criadas entre sinabafas y holandas,
claro est que sentirn ms el dolor desta desgracia. Y si no fuese porque
imagino..., qu digo imagino?, s muy cierto, que todas estas
incomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aqu me dejara
morir de puro enojo.

A esto replic el escudero:

-Seor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballera, dgame
vuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitados
en que acaecen; porque me parece a m que a dos cosechas quedaremos
intiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nos
socorre.

-Sbete, amigo Sancho -respondi don Quijote-, que la vida de los
caballeros andantes est sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni ms ni
menos, est en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y
emperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversos
caballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudirate contar
agora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, slo por el valor de su
brazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos se
vieron antes y despus en diversas calamidades y miserias. Porque el
valeroso Amads de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcalus el
encantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, tenindole
preso, ms de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a una
coluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crdito, que
dice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa que
se le hundi debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se hall
en una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y all le
echaron una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de lo
que lleg muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de un
sabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. Ans que,
bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son las
que stos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quiero
hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los
instrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto est en la ley del
duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con la
horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no por
eso se dir que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porque
no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamos
afrentados; porque las armas que aquellos hombres traan, con que nos
machacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se me
acuerda, tena estoque, espada ni pual.

-No me dieron a m lugar -respondi Sancho- a que mirase en tanto; porque,
apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus
pinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los
pies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna el
pensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de
los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las
espaldas.

-Con todo eso, te hago saber, hermano Panza -replic don Quijote-, que no
hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.

-Pues, qu mayor desdicha puede ser -replic Panza- de aquella que aguarda
al tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestra
desgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tan
malo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de un
hospital para ponerlas en buen trmino siquiera.

-Djate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho -respondi don Quijote-,
que as har yo, y veamos cmo est Rocinante; que, a lo que me parece, no
le ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.

-No hay de qu maravillarse deso -respondi Sancho-, siendo l tan buen
caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento haya
quedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.

-Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para dar
remedio a ellas -dijo don Quijote-. Dgolo porque esa bestezuela podr
suplir ahora la falta de Rocinante, llevndome a m desde aqu a algn
castillo donde sea curado de mis feridas. Y ms, que no tendr a deshonra
la tal caballera, porque me acuerdo haber ledo que aquel buen viejo
Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entr en la
ciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muy
hermoso asno.

-Verdad ser que l deba de ir caballero, como vuestra merced dice
-respondi Sancho-, pero hay grande diferencia del ir caballero al ir
atravesado como costal de basura.

A lo cual respondi don Quijote:

-Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.
As que, Panza amigo, no me repliques ms, sino, como ya te he dicho,
levntate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que ms te agradare
encima de tu jumento, y vamos de aqu antes que la noche venga y nos saltee
en este despoblado.

-Pues yo he odo decir a vuestra merced -dijo Panza- que es muy de
caballeros andantes el dormir en los pramos y desiertos lo ms del ao, y
que lo tienen a mucha ventura.

-Eso es -dijo don Quijote- cuando no pueden ms, o cuando estn enamorados;
y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre una
pea, al sol y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos aos, sin
que lo supiese su seora. Y uno dstos fue Amads, cuando, llamndose
Beltenebros, se aloj en la Pea Pobre, ni s si ocho aos o ocho meses,
que no estoy muy bien en la cuenta: basta que l estuvo all haciendo
penitencia, por no s qu sinsabor que le hizo la seora Oriana. Pero
dejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia al
jumento, como a Rocinante.

-Aun ah sera el diablo -dijo Sancho.

Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte psetes
y reniegos de quien all le haba trado, se levant, quedndose agobiado
en la mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar de
enderezarse; y con todo este trabajo aparej su asno, que tambin haba
andado algo destrado con la demasiada libertad de aquel da. Levant luego
a Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro que
Sancho ni su amo no le fueran en zaga.

En resolucin, Sancho acomod a don Quijote sobre el asno y puso de reata a
Rocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encamin, poco ms a menos,
hacia donde le pareci que poda estar el camino real. Y la suerte, que sus
cosas de bien en mejor iba guiando, an no hubo andado una pequea legua,
cuando le depar el camino, en el cual descubri una venta que, a pesar
suyo y gusto de don Quijote, haba de ser castillo. Porfiaba Sancho que era
venta, y su amo que no, sino castillo; y tanto dur la porfa, que tuvieron
lugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entr, sin ms
averiguacin, con toda su recua.





Captulo XVI. De lo que le sucedi al ingenioso hidalgo en la venta que l
imaginaba ser castillo


El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, pregunt a Sancho
qu mal traa. Sancho le respondi que no era nada, sino que haba dado una
cada de una pea abajo, y que vena algo brumadas las costillas. Tena el
ventero por mujer a una, no de la condicin que suelen tener las de
semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dola de las
calamidades de sus prjimos; y as, acudi luego a curar a don Quijote y
hizo que una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, la
ayudase a curar a su husped. Serva en la venta, asimesmo, una moza
asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta
y del otro no muy sana. Verdad es que la gallarda del cuerpo supla las
dems faltas: no tena siete palmos de los pies a la cabeza, y las
espaldas, que algn tanto le cargaban, la hacan mirar al suelo ms de lo
que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayud a la doncella, y las dos
hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranchn que, en otros
tiempos, daba manifiestos indicios que haba servido de pajar muchos aos.
En la cual tambin alojaba un arriero, que tena su cama hecha un poco ms
all de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas
de sus machos, haca mucha ventaja a la de don Quijote, que slo contena
cuatro mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colchn que
en lo sutil pareca colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran
de lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban de
guijarro, y dos sbanas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyos
hilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno solo de la cuenta.
En esta maldita cama se acost don Quijote, y luego la ventera y su hija le
emplastaron de arriba abajo, alumbrndoles Maritornes, que as se llamaba
la asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado a
partes a don Quijote, dijo que aquello ms parecan golpes que cada.

-No fueron golpes -dijo Sancho-, sino que la pea tena muchos picos y
tropezones.

Y que cada uno haba hecho su cardenal. Y tambin le dijo:

-Haga vuestra merced, seora, de manera que queden algunas estopas, que no
faltar quien las haya menester; que tambin me duelen a m un poco los
lomos.

-Desa manera -respondi la ventera-, tambin debistes vos de caer.

-No ca -dijo Sancho Panza-, sino que del sobresalto que tom de ver caer a
mi amo, de tal manera me duele a m el cuerpo que me parece que me han dado
mil palos.

-Bien podr ser eso -dijo la doncella-; que a m me ha acontecido muchas
veces soar que caa de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al
suelo, y, cuando despertaba del sueo, hallarme tan molida y quebrantada
como si verdaderamente hubiera cado.

-Ah est el toque, seora -respondi Sancho Panza-: que yo, sin soar
nada, sino estando ms despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos
cardenales que mi seor don Quijote.

-Cmo se llama este caballero? -pregunt la asturiana Maritornes.

-Don Quijote de la Mancha -respondi Sancho Panza-, y es caballero
aventurero, y de los mejores y ms fuertes que de luengos tiempos ac se
han visto en el mundo.

-Qu es caballero aventurero? -replic la moza.

-Tan nueva sois en el mundo que no lo sabis vos? -respondi Sancho
Panza-. Pues sabed, hermana ma, que caballero aventurero es una cosa que
en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy est la ms desdichada
criatura del mundo y la ms menesterosa, y maana tendra dos o tres
coronas de reinos que dar a su escudero.

-Pues, cmo vos, sindolo deste tan buen seor -dijo la ventera-, no
tenis, a lo que parece, siquiera algn condado?

-An es temprano -respondi Sancho-, porque no ha sino un mes que andamos
buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo
sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, si
mi seor don Quijote sana desta herida o cada y yo no quedo contrecho
della, no trocara mis esperanzas con el mejor ttulo de Espaa.

Todas estas plticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y,
sentndose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:

-Creedme, fermosa seora, que os podis llamar venturosa por haber alojado
en este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo,
es por lo que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero mi
escudero os dir quin soy. Slo os digo que tendr eternamente escrito en
mi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradecroslo mientras la
vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me tuviera
tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata
que digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran seores
de mi libertad.

Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las
razones del andante caballero, que as las entendan como si hablara en
griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y
requiebros; y, como no usadas a semejante lenguaje, mirbanle y
admirbanse, y parecales otro hombre de los que se usaban; y,
agradecindole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron; y la
asturiana Maritornes cur a Sancho, que no menos lo haba menester que su
amo.

Haba el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilaran
juntos, y ella le haba dado su palabra de que, en estando sosegados los
huspedes y durmiendo sus amos, le ira a buscar y satisfacerle el gusto en
cuanto le mandase. Y cuntase desta buena moza que jams dio semejantes
palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo
alguno; porque presuma muy de hidalga, y no tena por afrenta estar en
aquel ejercicio de servir en la venta, porque deca ella que desgracias y
malos sucesos la haban trado a aquel estado.

El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primero
en mitad de aquel estrellado establo, y luego, junto a l, hizo el suyo
Sancho, que slo contena una estera de enea y una manta, que antes
mostraba ser de anjeo tundido que de lana. Suceda a estos dos lechos el
del arriero, fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y todo el adorno
de los dos mejores mulos que traa, aunque eran doce, lucios, gordos y
famosos, porque era uno de los ricos arrieros de Arvalo, segn lo dice el
autor desta historia, que deste arriero hace particular mencin, porque le
conoca muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de
que Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en
todas las cosas; y chase bien de ver, pues las que quedan referidas, con
ser tan mnimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde
podrn tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las acciones
tan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los labios, dejndose en
el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo ms sustancial de
la obra. Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aquel
del otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas; y con qu
puntualidad lo describen todo!

Digo, pues, que despus de haber visitado el arriero a su recua y ddole el
segundo pienso, se tendi en sus enjalmas y se dio a esperar a su
puntualsima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y acostado, y, aunque
procuraba dormir, no lo consenta el dolor de sus costillas; y don Quijote,
con el dolor de las suyas, tena los ojos abiertos como liebre. Toda la
venta estaba en silencio, y en toda ella no haba otra luz que la que daba
una lmpara que colgada en medio del portal arda.

Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero
traa de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su
desgracia, le trujo a la imaginacin una de las estraas locuras que
buenamente imaginarse pueden. Y fue que l se imagin haber llegado a un
famoso castillo -que, como se ha dicho, castillos eran a su parecer todas
las ventas donde alojaba-, y que la hija del ventero lo era del seor del
castillo, la cual, vencida de su gentileza, se haba enamorado dl y
prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendra a yacer con l
una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera, que l se haba fabricado,
por firme y valedera, se comenz a acuitar y a pensar en el peligroso
trance en que su honestidad se haba de ver, y propuso en su corazn de no
cometer alevosa a su seora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina
Ginebra con su dama Quintaona se le pusiesen delante.

Pensando, pues, en estos disparates, se lleg el tiempo y la hora -que para
l fue menguada- de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y
descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustn, con tcitos y
atentados pasos, entr en el aposento donde los tres alojaban en busca del
arriero. Pero, apenas lleg a la puerta, cuando don Quijote la sinti, y,
sentndose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas,
tendi los brazos para recebir a su fermosa doncella. La asturiana, que,
toda recogida y callando, iba con las manos delante buscando a su querido,
top con los brazos de don Quijote, el cual la asi fuertemente de una
mueca y, tirndola haca s, sin que ella osase hablar palabra, la hizo
sentar sobre la cama. Tentle luego la camisa, y, aunque ella era de
harpillera, a l le pareci ser de finsimo y delgado cendal. Traa en las
muecas unas cuentas de vidro, pero a l le dieron vislumbres de preciosas
perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, l
los marc por hebras de lucidsimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del
mesmo sol escureca. Y el aliento, que, sin duda alguna, ola a ensalada
fiambre y trasnochada, a l le pareci que arrojaba de su boca un olor
suave y aromtico; y, finalmente, l la pint en su imaginacin de la misma
traza y modo que lo haba ledo en sus libros de la otra princesa que vino
a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos
que aqu van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el
tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traa en s la buena doncella, no
le desengaaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera
arriero; antes, le pareca que tena entre sus brazos a la diosa de la
hermosura. Y, tenindola bien asida, con voz amorosa y baja le comenz a
decir:

-Quisiera hallarme en trminos, fermosa y alta seora, de poder pagar
tamaa merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes
fecho, pero ha querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los
buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado que,
aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible. Y
ms, que se aade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe
que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, nica seora de mis ms
escondidos pensamientos; que si esto no hubiera de por medio, no fuera yo
tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasin en que
vuestra gran bondad me ha puesto.

Maritornes estaba congojadsima y trasudando, de verse tan asida de don
Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las razones que le deca,
procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, a quien
tenan despierto sus malos deseos, desde el punto que entr su coima por la
puerta, la sinti; estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote
deca, y, celoso de que la asturiana le hubiese faltado la palabra por
otro, se fue llegando ms al lecho de don Quijote, y estvose quedo hasta
ver en qu paraban aquellas razones, que l no poda entender. Pero, como
vio que la moza forcejaba por desasirse y don Quijote trabajaba por
tenella, parecindole mal la burla, enarbol el brazo en alto y descarg
tan terrible puada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero,
que le ba toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se le subi
encima de las costillas, y con los pies ms que de trote, se las pase
todas de cabo a cabo.

El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo
sufrir la aadidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido
despert el ventero, y luego imagin que deban de ser pendencias de
Maritornes, porque, habindola llamado a voces, no responda. Con esta
sospecha se levant, y, encendiendo un candil, se fue hacia donde haba
sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo vena, y que era de condicin
terrible, toda medrosica y alborotada, se acogi a la cama de Sancho Panza,
que an dorma, y all se acorruc y se hizo un ovillo. El ventero entr
diciendo:

-Adnde ests, puta? A buen seguro que son tus cosas stas.

En esto, despert Sancho, y, sintiendo aquel bulto casi encima de s, pens
que tena la pesadilla, y comenz a dar puadas a una y otra parte, y entre
otras alcanz con no s cuntas a Maritornes, la cual, sentida del dolor,
echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas que, a su
despecho, le quit el sueo; el cual, vindose tratar de aquella manera y
sin saber de quin, alzndose como pudo, se abraz con Maritornes, y
comenzaron entre los dos la ms reida y graciosa escaramuza del mundo.
Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cul andaba
su dama, dejando a don Quijote, acudi a dalle el socorro necesario. Lo
mismo hizo el ventero, pero con intencin diferente, porque fue a castigar
a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasin de toda aquella
armona. Y as como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la
cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a l,
el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban
punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apag el candil, y,
como quedaron ascuras, dbanse tan sin compasin todos a bulto que, a
doquiera que ponan la mano, no dejaban cosa sana.

Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de
la Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el estrao
estruendo de la pelea, asi de su media vara y de la caja de lata de sus
ttulos, y entr ascuras en el aposento, diciendo:

-Tnganse a la justicia! Tnganse a la Santa Hermandad!

Y el primero con quien top fue con el apueado de don Quijote, que estaba
en su derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno, y,
echndole a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir:

-Favor a la justicia!

Pero, viendo que el que tena asido no se bulla ni meneaba, se dio a
entender que estaba muerto, y que los que all dentro estaban eran sus
matadores; y con esta sospecha reforz la voz, diciendo:

-Cirrese la puerta de la venta! Miren no se vaya nadie, que han muerto
aqu a un hombre!

Esta voz sobresalt a todos, y cada cual dej la pendencia en el grado que
le tom la voz. Retirse el ventero a su aposento, el arriero a sus
enjalmas, la moza a su rancho; solos los desventurados don Quijote y Sancho
no se pudieron mover de donde estaban. Solt en esto el cuadrillero la
barba de don Quijote, y sali a buscar luz para buscar y prender los
delincuentes; mas no la hall, porque el ventero, de industria, haba
muerto la lmpara cuando se retir a su estancia, y fuele forzoso acudir a
la chimenea, donde, con mucho trabajo y tiempo, encendi el cuadrillero
otro candil.





Captulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo
don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su
mal, pens que era castillo


Haba ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote, y, con el mesmo
tono de voz con que el da antes haba llamado a su escudero, cuando estaba
tendido en el val de las estacas, le comenz a llamar, diciendo:

-Sancho amigo, duermes? Duermes, amigo Sancho?

-Qu tengo de dormir, pesia a m -respondi Sancho, lleno de pesadumbre y
de despecho-; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo
esta noche?

-Pudeslo creer ans, sin duda -respondi don Quijote-, porque, o yo s
poco, o este castillo es encantado. Porque has de saber... Mas, esto que
ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendrs secreto hasta despus de
mi muerte.

-S juro -respondi Sancho.

-Dgolo -replic don Quijote-, porque soy enemigo de que se quite la honra
a nadie.

-Digo que s juro -torn a decir Sancho- que lo callar hasta despus de
los das de vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda descubrir maana.
-Tan malas obras te hago, Sancho -respondi don Quijote-, que me querras
ver muerto con tanta brevedad?

-No es por eso -respondi Sancho-, sino porque soy enemigo de guardar mucho
las cosas, y no querra que se me pudriesen de guardadas.

-Sea por lo que fuere -dijo don Quijote-; que ms fo de tu amor y de tu
cortesa; y as, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las ms
estraas aventuras que yo sabr encarecer; y, por contrtela en breve,
sabrs que poco ha que a m vino la hija del seor deste castillo, que es
la ms apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede
hallar. Qu te podra decir del adorno de su persona? Qu de su gallardo
entendimiento? Qu de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo
a mi seora Dulcinea del Toboso, dejar pasar intactas y en silencio? Slo
te quiero decir que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me
haba puesto en las manos, o quiz, y esto es lo ms cierto, que, como
tengo dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ella
en dulcsimos y amorossimos coloquios, sin que yo la viese ni supiese por
dnde vena, vino una mano pegada a algn brazo de algn descomunal gigante
y asentme una puada en las quijadas, tal, que las tengo todas baadas en
sangre; y despus me moli de tal suerte que estoy peor que ayer cuando los
gallegos, que, por demasas de Rocinante, nos hicieron el agravio que
sabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura desta doncella le
debe de guardar algn encantado moro, y no debe de ser para m.

-Ni para m tampoco -respondi Sancho-, porque ms de cuatrocientos moros
me han aporreado a m, de manera que el molimiento de las estacas fue
tortas y pan pintado. Pero dgame, seor, cmo llama a sta buena y rara
aventura, habiendo quedado della cual quedamos? Aun vuestra merced menos
mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho,
pero yo, qu tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi
vida? Desdichado de m y de la madre que me pari, que ni soy caballero
andante, ni lo pienso ser jams, y de todas las malandanzas me cabe la
mayor parte!

-Luego, tambin ests t aporreado? -respondi don Quijote.

-No le he dicho que s, pesia a mi linaje? -dijo Sancho.

-No tengas pena, amigo -dijo don Quijote-, que yo har agora el blsamo
precioso con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.

Acab en esto de encender el candil el cuadrillero, y entr a ver el que
pensaba que era muerto; y, as como le vio entrar Sancho, vindole venir en
camisa y con su pao de cabeza y candil en la mano, y con una muy mala
cara, pregunt a su amo:

-Seor, si ser ste, a dicha, el moro encantado, que nos vuelve a
castigar, si se dej algo en el tintero?

-No puede ser el moro -respondi don Quijote-, porque los encantados no se
dejan ver de nadie.

-Si no se dejan ver, djanse sentir -dijo Sancho-; si no, dganlo mis
espaldas.

-Tambin lo podran decir las mas -respondi don Quijote-, pero no es
bastante indicio se para creer que este que se vee sea el encantado moro.
Lleg el cuadrillero, y, como los hall hablando en tan sosegada
conversacin, qued suspenso. Bien es verdad que an don Quijote se estaba
boca arriba, sin poderse menear, de puro molido y emplastado. Llegse a l
el cuadrillero y djole:

-Pues, cmo va, buen hombre?

-Hablara yo ms bien criado -respondi don Quijote-, si fuera que vos.
sase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes,
majadero?

El cuadrillero, que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer,
no lo pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a don
Quijote con l en la cabeza, de suerte que le dej muy bien descalabrado;
y, como todo qued ascuras, salise luego; y Sancho Panza dijo:

-Sin duda, seor, que ste es el moro encantado, y debe de guardar el
tesoro para otros, y para nosotros slo guarda las puadas y los
candilazos.

-As es -respondi don Quijote-, y no hay que hacer caso destas cosas de
encantamentos, ni hay para qu tomar clera ni enojo con ellas; que, como
son invisibles y fantsticas, no hallaremos de quin vengarnos, aunque ms
lo procuremos. Levntate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta
fortaleza, y procura que se me d un poco de aceite, vino, sal y romero
para hacer el salutfero blsamo; que en verdad que creo que lo he bien
menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma
me ha dado.

Levntose Sancho con harto dolor de sus huesos, y fue ascuras donde estaba
el ventero; y, encontrndose con el cuadrillero, que estaba escuchando en
qu paraba su enemigo, le dijo:

-Seor, quien quiera que seis, hacednos merced y beneficio de darnos un
poco de romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de los
mejores caballeros andantes que hay en la tierra, el cual yace en aquella
cama, malferido por las manos del encantado moro que est en esta venta.
Cuando el cuadrillero tal oy, tvole por hombre falto de seso; y, porque
ya comenzaba a amanecer, abri la puerta de la venta, y, llamando al
ventero, le dijo lo que aquel buen hombre quera. El ventero le provey de
cuanto quiso, y Sancho se lo llev a don Quijote, que estaba con las manos
en la cabeza, quejndose del dolor del candilazo, que no le haba hecho ms
mal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que l pensaba que era
sangre no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta.
En resolucin, l tom sus simples, de los cuales hizo un compuesto,
mezclndolos todos y cocindolos un buen espacio, hasta que le pareci que
estaban en su punto. Pidi luego alguna redoma para echallo, y, como no la
hubo en la venta, se resolvi de ponello en una alcuza o aceitera de hoja
de lata, de quien el ventero le hizo grata donacin. Y luego dijo sobre la
alcuza ms de ochenta paternostres y otras tantas avemaras, salves y
credos, y a cada palabra acompaaba una cruz, a modo de bendicin; a todo
lo cual se hallaron presentes Sancho, el ventero y cuadrillero; que ya el
arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos.
Hecho esto, quiso l mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel
precioso blsamo que l se imaginaba; y as, se bebi, de lo que no pudo
caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se haba cocido, casi media
azumbre; y apenas lo acab de beber, cuando comenz a vomitar de manera que
no le qued cosa en el estmago; y con las ansias y agitacin del vmito le
dio un sudor copiossimo, por lo cual mand que le arropasen y le dejasen
solo. Hicironlo ans, y quedse dormido ms de tres horas, al cabo de las
cuales despert y se sinti aliviadsimo del cuerpo, y en tal manera mejor
de su quebrantamiento que se tuvo por sano; y verdaderamente crey que
haba acertado con el blsamo de Fierabrs, y que con aquel remedio poda
acometer desde all adelante, sin temor alguno, cualesquiera ruinas,
batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen.

Sancho Panza, que tambin tuvo a milagro la mejora de su amo, le rog que
le diese a l lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad.
Concediselo don Quijote, y l, tomndola a dos manos, con buena fe y mejor
talante, se la ech a pechos, y envas bien poco menos que su amo. Es,
pues, el caso que el estmago del pobre Sancho no deba de ser tan delicado
como el de su amo, y as, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y
bascas, con tantos trasudores y desmayos que l pens bien y verdaderamente
que era llegada su ltima hora; y, vindose tan afligido y congojado,
maldeca el blsamo y al ladrn que se lo haba dado. Vindole as don
Quijote, le dijo:

-Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero,
porque tengo para m que este licor no debe de aprovechar a los que no lo
son.

-Si eso saba vuestra merced -replic Sancho-, mal haya yo y toda mi
parentela!, para qu consinti que lo gustase?

En esto, hizo su operacin el brebaje, y comenz el pobre escudero a
desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea,
sobre quien se haba vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se
cubra, fueron ms de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y
accidentes, que no solamente l, sino todos pensaron que se le acababa la
vida. Durle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las
cuales no qued como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se poda
tener.

Pero don Quijote, que, como se ha dicho, se sinti aliviado y sano, quiso
partirse luego a buscar aventuras, parecindole que todo el tiempo que all
se tardaba era quitrsele al mundo y a los en l menesterosos de su favor y
amparo; y ms con la seguridad y confianza que llevaba en su blsamo. Y
as, forzado deste deseo, l mismo ensill a Rocinante y enalbard al
jumento de su escudero, a quien tambin ayud a vestir y a subir en el
asno. Psose luego a caballo, y, llegndose a un rincn de la venta, asi
de un lanzn que all estaba, para que le sirviese de lanza.

Estbanle mirando todos cuantos haba en la venta, que pasaban de ms de
veinte personas; mirbale tambin la hija del ventero, y l tambin no
quitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro que
pareca que le arrancaba de lo profundo de sus entraas, y todos pensaban
que deba de ser del dolor que senta en las costillas; a lo menos,
pensbanlo aquellos que la noche antes le haban visto bizmar.

Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta, llam
al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo:

-Muchas y muy grandes son las mercedes, seor alcaide, que en este vuestro
castillo he recebido, y quedo obligadsimo a agradecroslas todos los das
de mi vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de algn soberbio que
os haya fecho algn agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a
los que poco pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigar
alevosas. Recorred vuestra memoria, y si hallis alguna cosa deste jaez
que encomendarme, no hay sino decilla; que yo os prometo, por la orden de
caballero que receb, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestra
voluntad.

El ventero le respondi con el mesmo sosiego:

-Seor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue
ningn agravio, porque yo s tomar la venganza que me parece, cuando se me
hacen. Slo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche
ha hecho en la venta, as de la paja y cebada de sus dos bestias, como de
la cena y camas.

-Luego, venta es sta? -replic don Quijote.

-Y muy honrada -respondi el ventero.

-Engaado he vivido hasta aqu -respondi don Quijote-, que en verdad que
pens que era castillo, y no malo; pero, pues es ans que no es castillo
sino venta, lo que se podr hacer por agora es que perdonis por la paga,
que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los
cuales s cierto, sin que hasta ahora haya ledo cosa en contrario, que
jams pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les
debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere,
en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche
y de da, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre,
con calor y con fro, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos
los incmodos de la tierra.

-Poco tengo yo que ver en eso -respondi el ventero-; pgueseme lo que se
me debe, y dejmonos de cuentos ni de caballeras, que yo no tengo cuenta
con otra cosa que con cobrar mi hacienda.

-Vos sois un sandio y mal hostalero -respondi don Quijote.

Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanzn, se sali de la
venta sin que nadie le detuviese, y l, sin mirar si le segua su escudero,
se along un buen trecho.

El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudi a cobrar de Sancho
Panza, el cual dijo que, pues su seor no haba querido pagar, que tampoco
l pagara; porque, siendo l escudero de caballero andante, como era, la
mesma regla y razn corra por l como por su amo en no pagar cosa alguna
en los mesones y ventas. Amohinse mucho desto el ventero, y amenazle que
si no le pagaba, que lo cobrara de modo que le pesase. A lo cual Sancho
respondi que, por la ley de caballera que su amo haba recebido, no
pagara un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no haba de
perder por l la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se
haban de quejar dl los escuderos de los tales que estaban por venir al
mundo, reprochndole el quebrantamiento de tan justo fuero.

Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estaba
en la venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del
Potro de Crdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien
intencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y
movidos de un mesmo espritu, se llegaron a Sancho, y, apendole del asno,
uno dellos entr por la manta de la cama del husped, y, echndole en ella,
alzaron los ojos y vieron que el techo era algo ms bajo de lo que haban
menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tena por
lmite el cielo. Y all, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a
levantarle en alto y a holgarse con l como con perro por carnestolendas.
Las voces que el msero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los
odos de su amo; el cual, determinndose a escuchar atentamente, crey que
alguna nueva aventura le vena, hasta que claramente conoci que el que
gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope
lleg a la venta, y, hallndola cerrada, la rode por ver si hallaba por
donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran
muy altas, cuando vio el mal juego que se le haca a su escudero. Viole
bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la clera le
dejara, tengo para m que se riera. Prob a subir desde el caballo a las
bardas, pero estaba tan molido y quebrantado que aun apearse no pudo; y
as, desde encima del caballo, comenz a decir tantos denuestos y baldones
a los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a escribillos; mas
no por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Sancho
dejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas todo
aprovechaba poco, ni aprovech, hasta que de puro cansados le dejaron.
Trujronle all su asno, y, subindole encima, le arroparon con su gabn. Y
la compasiva de Maritornes, vindole tan fatigado, le pareci ser bien
socorrelle con un jarro de agua, y as, se le trujo del pozo, por ser ms
fro. Tomle Sancho, y llevndole a la boca, se par a las voces que su amo
le daba, diciendo:

-Hijo Sancho, no bebas agua! Hijo, no la bebas, que te matar! Ves? Aqu
tengo el santsimo blsamo -y ensebale la alcuza del brebaje-, que con
dos gotas que dl bebas sanars sin duda.

A estas voces volvi Sancho los ojos, como de travs, y dijo con otras
mayores:

-Por dicha hsele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o
quiere que acabe de vomitar las entraas que me quedaron de anoche?
Gurdese su licor con todos los diablos y djeme a m.

Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas, como al
primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rog a Maritornes
que se le trujese de vino, y as lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo
pag de su mesmo dinero; porque, en efecto, se dice della que, aunque
estaba en aquel trato, tena unas sombras y lejos de cristiana.

As como bebi Sancho, dio de los carcaos a su asno, y, abrindole la
puerta de la venta de par en par, se sali della, muy contento de no haber
pagado nada y de haber salido con su intencin, aunque haba sido a costa
de sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el
ventero se qued con sus alforjas en pago de lo que se le deba; mas Sancho
no las ech menos, segn sali turbado. Quiso el ventero atrancar bien la
puerta as como le vio fuera, mas no lo consintieron los manteadores, que
eran gente que, aunque don Quijote fuera verdaderamente de los caballeros
andantes de la Tabla Redonda, no le estimaran en dos ardites.





Captulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pas Sancho Panza con su
seor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas


Lleg Sancho a su amo marchito y desmayado; tanto, que no poda arrear a su
jumento. Cuando as le vio don Quijote, le dijo:

-Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o venta, de que es
encantado sin duda; porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo
contigo, qu podan ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo
esto por haber visto que, cuando estaba por las bardas del corral mirando
los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni
menos pude apearme de Rocinante, porque me deban de tener encantado; que
te juro, por la fe de quien soy, que si pudiera subir o apearme, que yo te
hiciera vengado de manera que aquellos follones y malandrines se acordaran
de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de
la caballera, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que
caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su
propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad.

-Tambin me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero
no pude; aunque tengo para m que aquellos que se holgaron conmigo no eran
fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de
carne y hueso como nosotros; y todos, segn los o nombrar cuando me
volteaban, tenan sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Martnez, y el
otro Tenorio Hernndez, y el ventero o que se llamaba Juan Palomeque el
Zurdo. As que, seor, el no poder saltar las bardas del corral, ni apearse
del caballo, en l estuvo que en encantamentos. Y lo que yo saco en limpio
de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando, al cabo al cabo,
nos han de traer a tantas desventuras que no sepamos cul es nuestro pie
derecho. Y lo que sera mejor y ms acertado, segn mi poco entendimiento,
fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de
entender en la hacienda, dejndonos de andar de Ceca en Meca y de zoca en
colodra, como dicen.

-Qu poco sabes, Sancho -respondi don Quijote-, de achaque de caballera!
Calla y ten paciencia, que da vendr donde veas por vista de ojos cun
honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: qu mayor contento
puede haber en el mundo, o qu gusto puede igualarse al de vencer una
batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna.

-As debe de ser -respondi Sancho-, puesto que yo no lo s; slo s que,
despus que somos caballeros andantes, o vuestra merced lo es (que yo no
hay para qu me cuente en tan honroso nmero), jams hemos vencido batalla
alguna, si no fue la del vizcano, y aun de aqulla sali vuestra merced
con media oreja y media celada menos; que, despus ac, todo ha sido palos
y ms palos, puadas y ms puadas, llevando yo de ventaja el manteamiento
y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme,
para saber hasta dnde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como
vuestra merced dice.

-sa es la pena que yo tengo y la que t debes tener, Sancho -respondi don
Quijote-; pero, de aqu adelante, yo procurar haber a las manos alguna
espada hecha por tal maestra, que al que la trujere consigo no le puedan
hacer ningn gnero de encantamentos; y aun podra ser que me deparase la
ventura aquella de Amads, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente
Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo,
porque, fuera que tena la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no
haba armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante.
-Yo soy tan venturoso -dijo Sancho- que, cuando eso fuese y vuestra merced
viniese a hallar espada semejante, slo vendra a servir y aprovechar a los
armados caballeros, como el blsamo; y los escuderos, que se los papen
duelos.

-No temas eso, Sancho -dijo don Quijote-, que mejor lo har el cielo
contigo.

Es estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote
que por el camino que iban vena hacia ellos una grande y espesa polvareda;
y, en vindola, se volvi a Sancho y le dijo:

-ste es el da, oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene
guardado mi suerte; ste es el da, digo, en que se ha de mostrar, tanto
como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras
que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos.
Ves aquella polvareda que all se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de
un copiossimo ejrcito que de diversas e innumerables gentes por all
viene marchando.

-A esa cuenta, dos deben de ser -dijo Sancho-, porque desta parte contraria
se levanta asimesmo otra semejante polvareda.

Volvi a mirarlo don Quijote, y vio que as era la verdad; y, alegrndose
sobremanera, pens, sin duda alguna, que eran dos ejrcitos que venan a
embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura; porque
tena a todas horas y momentos llena la fantasa de aquellas batallas,
encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desafos, que en los libros de
caballeras se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o haca era
encaminado a cosas semejantes. Y la polvareda que haba visto la levantaban
dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de
dos diferentes partes venan, las cuales, con el polvo, no se echaron de
ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ahnco afirmaba don Quijote que
eran ejrcitos, que Sancho lo vino a creer y a decirle:

-Seor, pues qu hemos de hacer nosotros?

-Qu? -dijo don Quijote-: favorecer y ayudar a los menesterosos y
desvalidos. Y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente
le conduce y gua el grande emperador Alifanfarn, seor de la grande isla
Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo, el rey
de los garamantas, Pentapoln del Arremangado Brazo, porque siempre entra
en las batallas con el brazo derecho desnudo.

-Pues, por qu se quieren tan mal estos dos seores? -pregunt Sancho.
-Quiernse mal -respondi don Quijote- porque este Alefanfarn es un
foribundo pagano y est enamorado de la hija de Pentapoln, que es una muy
fermosa y adems agraciada seora, y es cristiana, y su padre no se la
quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta
Mahoma y se vuelve a la suya.

-Para mis barbas -dijo Sancho-, si no hace muy bien Pentapoln, y que le
tengo de ayudar en cuanto pudiere!

-En eso hars lo que debes, Sancho -dijo don Quijote-, porque, para entrar
en batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero.

-Bien se me alcanza eso -respondi Sancho-, pero, dnde pondremos a este
asno que estemos ciertos de hallarle despus de pasada la refriega? Porque
el entrar en ella en semejante caballera no creo que est en uso hasta
agora.

-As es verdad -dijo don Quijote-. Lo que puedes hacer dl es dejarle a sus
aventuras, ora se pierda o no, porque sern tantos los caballos que
tendremos, despus que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante
no le trueque por otro. Pero estme atento y mira, que te quiero dar cuenta
de los caballeros ms principales que en estos dos ejrcitos vienen. Y,
para que mejor los veas y notes, retirmonos a aquel altillo que all se
hace, de donde se deben de descubrir los dos ejrcitos.

Hicironlo ans, y pusiernse sobre una loma, desde la cual se vieran bien
las dos manadas que a don Quijote se le hicieron ejrcito, si las nubes del
polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero, con todo esto,
viendo en su imaginacin lo que no vea ni haba, con voz levantada comenz
a decir:

-Aquel caballero que all ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un
len coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso
Laurcalco, seor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores
de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el
temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros
giganteos, que est a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarn
de Boliche, seor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de
serpiente, y tiene por escudo una puerta que, segn es fama, es una de las
del templo que derrib Sansn, cuando con su muerte se veng de sus
enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y vers delante y en la
frente destotro ejrcito al siempre vencedor y jams vencido Timonel de
Carcajona, prncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas
partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el
escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que
es el principio del nombre de su dama, que, segn se dice, es la sin par
Miulina, hija del duque Alfeiqun del Algarbe; el otro, que carga y oprime
los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas
y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nacin
francs, llamado Pierres Papn, seor de las baronas de Utrique; el otro,
que bate las ijadas con los herrados carcaos a aquella pintada y ligera
cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de
Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una
esparraguera, con una letra en castellano que dice as: Rastrea mi suerte.
Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro
escuadrn, que l se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores,
empresas y motes de improviso, llevado de la imaginacin de su nunca vista
locura; y, sin parar, prosigui diciendo:

-A este escuadrn frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aqu
estn los que beban las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que
pisan los maslicos campos; los que criban el finsimo y menudo oro en la
felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro
Termodonte; los que sangran por muchas y diversas vas al dorado Pactolo;
los nmidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos;
los partos, los medos, que pelean huyendo; los rabes, de mudables casas;
los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados labios, y
otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los
nombres no me acuerdo. En estotro escuadrn vienen los que beben las
corrientes cristalinas del olivfero Betis; los que tersan y pulen sus
rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las
provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de
pastos abundantes; los que se alegran en los elseos jerezanos prados; los
manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos,
reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se baan, famoso
por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las
estendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso;
los que tiemblan con el fro del silvoso Pirineo y con los blancos copos
del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en s contiene y
encierra.

Vlame Dios, y cuntas provincias dijo, cuntas naciones nombr, dndole a
cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecan, todo
absorto y empapado en lo que haba ledo en sus libros mentirosos!
Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y, de
cuando en cuando, volva la cabeza a ver si vea los caballeros y gigantes
que su amo nombraba; y, como no descubra a ninguno, le dijo:

-Seor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos
vuestra merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quiz
todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche.

-Cmo dices eso? -respondi don Quijote-. No oyes el relinchar de los
caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?

-No oigo otra cosa -respondi Sancho- sino muchos balidos de ovejas y
carneros.

Y as era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaos.

-El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni
oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos
y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes,
retrate a una parte y djame solo, que solo basto a dar la victoria a la
parte a quien yo diere mi ayuda.

Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el
ristre, baj de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho, dicindole:
-Vulvase vuestra merced, seor don Quijote, que voto a Dios que son
carneros y ovejas las que va a embestir! Vulvase, desdichado del padre
que me engendr! Qu locura es sta? Mire que no hay gigante ni caballero
alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules
ni endiablados. Qu es lo que hace? Pecador soy yo a Dios!

Ni por sas volvi don Quijote; antes, en altas voces, iba diciendo:
-Ea, caballeros, los que segus y militis debajo de las banderas del
valeroso emperador Pentapoln del Arremangado Brazo, seguidme todos: veris
cun fcilmente le doy venganza de su enemigo Alefanfarn de la Trapobana!
Esto diciendo, se entr por medio del escuadrn de las ovejas, y comenz de
alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus
mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venan
dbanle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban,
descironse las hondas y comenzaron a saludalle los odos con piedras como
el puo. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a
todas partes, deca:

-Adnde ests, soberbio Alifanfun? Vente a m; que un caballero solo soy,
que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena
de la que das al valeroso Pentapoln Garamanta.

Lleg en esto una peladilla de arroyo, y, dndole en un lado, le sepult
dos costillas en el cuerpo. Vindose tan maltrecho, crey sin duda que
estaba muerto o malferido, y, acordndose de su licor, sac su alcuza y
psosela a la boca, y comenz a echar licor en el estmago; mas, antes que
acabase de envasar lo que a l le pareca que era bastante, lleg otra
almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se la hizo
pedazos, llevndole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y
machucndole malamente dos dedos de la mano.

Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre
caballero dar consigo del caballo abajo. Llegronse a l los pastores y
creyeron que le haban muerto; y as, con mucha priesa, recogieron su
ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin
averiguar otra cosa, se fueron.

Estbase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que
su amo haca, y arrancbase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en
que la fortuna se le haba dado a conocer. Vindole, pues, cado en el
suelo, y que ya los pastores se haban ido, baj de la cuesta y llegse a
l, y hallle de muy mal arte, aunque no haba perdido el sentido, y
djole:

-No le deca yo, seor don Quijote, que se volviese, que los que iba a
acometer no eran ejrcitos, sino manadas de carneros?

-Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladrn del sabio mi enemigo.
Sbete, Sancho, que es muy fcil cosa a los tales hacernos parecer lo que
quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que
yo haba de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos
en manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te
desengaes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y sguelos
bonitamente, y vers cmo, en alejndose de aqu algn poco, se vuelven en
su ser primero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos,
como yo te los pint primero... Pero no vayas agora, que he menester tu
favor y ayuda; llgate a m y mira cuntas muelas y dientes me faltan, que
me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.

Llegse Sancho tan cerca que casi le meta los ojos en la boca, y fue a
tiempo que ya haba obrado el blsamo en el estmago de don Quijote; y, al
tiempo que Sancho lleg a mirarle la boca, arroj de s, ms recio que una
escopeta, cuanto dentro tena, y dio con todo ello en las barbas del
compasivo escudero.

-Santa Mara! -dijo Sancho-, y qu es esto que me ha sucedido? Sin duda,
este pecador est herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.
Pero, reparando un poco ms en ello, ech de ver en la color, sabor y olor,
que no era sangre, sino el blsamo de la alcuza que l le haba visto
beber; y fue tanto el asco que tom que, revolvindosele el estmago,
vomit las tripas sobre su mismo seor, y quedaron entrambos como de
perlas. Acudi Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qu
limpiarse y con qu curar a su amo; y, como no las hall, estuvo a punto de
perder el juicio. Maldjose de nuevo, y propuso en su corazn de dejar a su
amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las
esperanzas del gobierno de la prometida nsula.

Levantse en esto don Quijote, y, puesta la mano izquierda en la boca,
porque no se le acabasen de salir los dientes, asi con la otra las riendas
de Rocinante, que nunca se haba movido de junto a su amo -tal era de leal
y bien acondicionado-, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre
su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo adems. Y,
vindole don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le
dijo:

-Sbete, Sancho, que no es un hombre ms que otro si no hace ms que otro.
Todas estas borrascas que nos suceden son seales de que presto ha de
serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible
que el mal ni el bien sean durables, y de aqu se sigue que, habiendo
durado mucho el mal, el bien est ya cerca. As que, no debes congojarte
por las desgracias que a m me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas.
-Cmo no? -respondi Sancho-. Por ventura, el que ayer mantearon, era
otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas
mis alhajas, son de otro que del mismo?

-Que te faltan las alforjas, Sancho? -dijo don Quijote.

-S que me faltan -respondi Sancho.

-Dese modo, no tenemos qu comer hoy -replic don Quijote.

-Eso fuera -respondi Sancho- cuando faltaran por estos prados las yerbas
que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas
los tan malaventurados andantes caballeros como vuestra merced es.
-Con todo eso -respondi don Quijote-, tomara yo ahora ms ana un cuartal
de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas
describe Dioscrides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna. Mas,
con todo esto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras m; que
Dios, que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y ms
andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del
aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua; y es
tan piadoso que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve
sobre los injustos y justos.

-Ms bueno era vuestra merced -dijo Sancho- para predicador que para
caballero andante.

-De todo saban y han de saber los caballeros andantes, Sancho -dijo don
Quijote-, porque caballero andante hubo en los pasados siglos que as se
paraba a hacer un sermn o pltica, en mitad de un campo real, como si
fuera graduado por la Universidad de Pars; de donde se infiere que nunca
la lanza embot la pluma, ni la pluma la lanza.

-Ahora bien, sea as como vuestra merced dice -respondi Sancho-, vamos
ahora de aqu, y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Dios que sea
en parte donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros
encantados; que si los hay, dar al diablo el hato y el garabato.
-Pdeselo t a Dios, hijo -dijo don Quijote-, y gua t por donde
quisieres, que esta vez quiero dejar a tu elecin el alojarnos. Pero dame
ac la mano y atintame con el dedo, y mira bien cuntos dientes y muelas
me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que all siento el dolor.
Meti Sancho los dedos, y, estndole tentando, le dijo:

-Cuntas muelas sola vuestra merced tener en esta parte?

-Cuatro -respondi don Quijote-, fuera de la cordal, todas enteras y muy
sanas.

-Mire vuestra merced bien lo que dice, seor -respondi Sancho.

-Digo cuatro, si no eran cinco -respondi don Quijote-, porque en toda mi
vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha cado ni comido
de neguijn ni de reuma alguna.

-Pues en esta parte de abajo -dijo Sancho- no tiene vuestra merced ms de
dos muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda est
rasa como la palma de la mano.

-Sin ventura yo! -dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su
escudero le daba-, que ms quisiera que me hubieran derribado un brazo,
como no fuera el de la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca
sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho ms se ha de estimar un
diente que un diamante. Mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos
la estrecha orden de la caballera. Sube, amigo, y gua, que yo te seguir
al paso que quisieres.

Hzolo as Sancho, y encaminse hacia donde le pareci que poda hallar
acogimiento, sin salir del camino real, que por all iba muy seguido.
Yndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de don Quijote
no le dejaba sosegar ni atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y
divertille dicindole alguna cosa; y, entre otras que le dijo, fue lo que
se dir en el siguiente captulo.





Captulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de
la aventura que le sucedi con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos
famosos


-Parceme, seor mo, que todas estas desventuras que estos das nos han
sucedido, sin duda alguna han sido pena del pecado cometido por vuestra
merced contra la orden de su caballera, no habiendo cumplido el juramento
que hizo de no comer pan a manteles ni con la reina folgar, con todo
aquello que a esto se sigue y vuestra merced jur de cumplir, hasta quitar
aquel almete de Malandrino, o como se llama el moro, que no me acuerdo
bien.

-Tienes mucha razn, Sancho -dijo don Quijote-; mas, para decirte verdad,
ello se me haba pasado de la memoria; y tambin puedes tener por cierto
que por la culpa de no habrmelo t acordado en tiempo te sucedi aquello
de la manta; pero yo har la enmienda, que modos hay de composicin en la
orden de la caballera para todo.

-Pues, jur yo algo, por dicha? -respondi Sancho.

-No importa que no hayas jurado -dijo don Quijote-: basta que yo entiendo
que de participantes no ests muy seguro, y, por s o por no, no ser malo
proveernos de remedio.

-Pues si ello es as -dijo Sancho-, mire vuestra merced no se le torne a
olvidar esto, como lo del juramento; quiz les volver la gana a las
fantasmas de solazarse otra vez conmigo, y aun con vuestra merced si le ven
tan pertinaz.

En estas y otras plticas les tom la noche en mitad del camino, sin tener
ni descubrir donde aquella noche se recogiesen; y lo que no haba de bueno
en ello era que perecan de hambre; que, con la falta de las alforjas, les
falt toda la despensa y matalotaje. Y, para acabar de confirmar esta
desgracia, les sucedi una aventura que, sin artificio alguno,
verdaderamente lo pareca. Y fue que la noche cerr con alguna escuridad;
pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era
real, a una o dos leguas, de buena razn, hallara en l alguna venta.
Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo
con gana de comer, vieron que por el mesmo camino que iban venan hacia
ellos gran multitud de lumbres, que no parecan sino estrellas que se
movan. Pasmse Sancho en vindolas, y don Quijote no las tuvo todas
consigo; tir el uno del cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su
rocino, y estuvieron quedos, mirando atentamente lo que poda ser aquello,
y vieron que las lumbres se iban acercando a ellos, y mientras ms se
llegaban, mayores parecan; a cuya vista Sancho comenz a temblar como un
azogado, y los cabellos de la cabeza se le erizaron a don Quijote; el cual,
animndose un poco, dijo:

-sta, sin duda, Sancho, debe de ser grandsima y peligrossima aventura,
donde ser necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo.
-Desdichado de m! -respondi Sancho-; si acaso esta aventura fuese de
fantasmas, como me lo va pareciendo, adnde habr costillas que la sufran?
-Por ms fantasmas que sean -dijo don Quijote-, no consentir yo que te
toque en el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron contigo, fue
porque no pude yo saltar las paredes del corral, pero ahora estamos en
campo raso, donde podr yo como quisiere esgremir mi espada.

-Y si le encantan y entomecen, como la otra vez lo hicieron -dijo Sancho-,
qu aprovechar estar en campo abierto o no?

-Con todo eso -replic don Quijote-, te ruego, Sancho, que tengas buen
nimo, que la experiencia te dar a entender el que yo tengo.

-S tendr, si a Dios place -respondi Sancho.

Y, apartndose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente
lo que aquello de aquellas lumbres que caminaban poda ser; y de all a muy
poco descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visin de todo punto
remat el nimo de Sancho Panza, el cual comenz a dar diente con diente,
como quien tiene fro de cuartana; y creci ms el batir y dentellear
cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte
encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos;
detrs de los cuales vena una litera cubierta de luto, a la cual seguan
otros seis de a caballo, enlutados hasta los pies de las mulas; que bien
vieron que no eran caballos en el sosiego con que caminaban. Iban los
encamisados murmurando entre s, con una voz baja y compasiva. Esta estraa
visin, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en
el corazn de Sancho, y aun en el de su amo; y as fuera en cuanto a don
Quijote, que ya Sancho haba dado al travs con todo su esfuerzo. Lo
contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le represent en su
imaginacin al vivo que aqulla era una de las aventuras de sus libros.
Figursele que la litera eran andas donde deba de ir algn mal ferido o
muerto caballero, cuya venganza a l solo estaba reservada; y, sin hacer
otro discurso, enristr su lanzn, psose bien en la silla, y con gentil
bro y continente se puso en la mitad del camino por donde los encamisados
forzosamente haban de pasar, y cuando los vio cerca alz la voz y dijo:
-Deteneos, caballeros, o quienquiera que seis, y dadme cuenta de quin
sois, de dnde vens, adnde vais, qu es lo que en aquellas andas llevis;
que, segn las muestras, o vosotros habis fecho, o vos han fecho, algn
desaguisado, y conviene y es menester que yo lo sepa, o bien para
castigaros del mal que fecistes, o bien para vengaros del tuerto que vos
ficieron.

-Vamos de priesa -respondi uno de los encamisados- y est la venta lejos,
y no nos podemos detener a dar tanta cuenta como peds.

Y, picando la mula, pas adelante. Sintise desta respuesta grandemente don
Quijote, y, trabando del freno, dijo:

-Deteneos y sed ms bien criado, y dadme cuenta de lo que os he preguntado;
si no, conmigo sois todos en batalla.

Era la mula asombradiza, y al tomarla del freno se espant de manera que,
alzndose en los pies, dio con su dueo por las ancas en el suelo. Un mozo
que iba a pie, viendo caer al encamisado, comenz a denostar a don Quijote,
el cual, ya encolerizado, sin esperar ms, enristrando su lanzn, arremeti
a uno de los enlutados, y, mal ferido, dio con l en tierra; y,
revolvindose por los dems, era cosa de ver con la presteza que los
acometa y desbarataba; que no pareca sino que en aquel instante le haban
nacido alas a Rocinante, segn andaba de ligero y orgulloso.

Todos los encamisados era gente medrosa y sin armas, y as, con facilidad,
en un momento dejaron la refriega y comenzaron a correr por aquel campo con
las hachas encendidas, que no parecan sino a los de las mscaras que en
noche de regocijo y fiesta corren. Los enlutados, asimesmo, revueltos y
envueltos en sus faldamentos y lobas, no se podan mover; as que, muy a su
salvo, don Quijote los apale a todos y les hizo dejar el sitio mal de su
grado, porque todos pensaron que aqul no era hombre, sino diablo del
infierno que les sala a quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban.
Todo lo miraba Sancho, admirado del ardimiento de su seor, y deca entre
s:

-Sin duda este mi amo es tan valiente y esforzado como l dice.

Estaba una hacha ardiendo en el suelo, junto al primero que derrib la
mula, a cuya luz le pudo ver don Quijote; y, llegndose a l, le puso la
punta del lanzn en el rostro, dicindole que se rindiese; si no, que le
matara. A lo cual respondi el cado:

-Harto rendido estoy, pues no me puedo mover, que tengo una pierna
quebrada; suplico a vuestra merced, si es caballero cristiano, que no me
mate; que cometer un gran sacrilegio, que soy licenciado y tengo las
primeras rdenes.

-Pues, quin diablos os ha trado aqu -dijo don Quijote-, siendo hombre
de Iglesia?

-Quin, seor? -replic el cado-: mi desventura.

-Pues otra mayor os amenaza -dijo don Quijote-, si no me satisfacis a todo
cuanto primero os pregunt.

-Con facilidad ser vuestra merced satisfecho -respondi el licenciado-; y
as, sabr vuestra merced que, aunque denantes dije que yo era licenciado,
no soy sino bachiller, y llmome Alonso Lpez; soy natural de Alcobendas;
vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes, que son los que
huyeron con las hachas; vamos a la ciudad de Segovia acompaando un cuerpo
muerto, que va en aquella litera, que es de un caballero que muri en
Baeza, donde fue depositado; y ahora, como digo, llevbamos sus huesos a su
sepultura, que est en Segovia, de donde es natural.

-Y quin le mat? -pregunt don Quijote.

-Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron -respondi el
bachiller.

-Desa suerte -dijo don Quijote-, quitado me ha Nuestro Seor del trabajo
que haba de tomar en vengar su muerte si otro alguno le hubiera muerto;
pero, habindole muerto quien le mat, no hay sino callar y encoger los
hombros, porque lo mesmo hiciera si a m mismo me matara. Y quiero que sepa
vuestra reverencia que yo soy un caballero de la Mancha, llamado don
Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos
y desfaciendo agravios.

-No s cmo pueda ser eso de enderezar tuertos -dijo el bachiller-, pues a
m de derecho me habis vuelto tuerto, dejndome una pierna quebrada, la
cual no se ver derecha en todos los das de su vida; y el agravio que en
m habis deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedar
agraviado para siempre; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais
buscando aventuras.

-No todas las cosas -respondi don Quijote- suceden de un mismo modo. El
dao estuvo, seor bachiller Alonso Lpez, en venir, como venades, de
noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas encendidas,
rezando, cubiertos de luto, que propiamente semejbades cosa mala y del
otro mundo; y as, yo no pude dejar de cumplir con mi obligacin
acometindoos, y os acometiera aunque verdaderamente supiera que rades los
memos satanases del infierno, que por tales os juzgu y tuve siempre.
-Ya que as lo ha querido mi suerte -dijo el bachiller-, suplico a vuestra
merced, seor caballero andante (que tan mala andanza me ha dado), me ayude
a salir de debajo desta mula, que me tiene tomada una pierna entre el
estribo y la silla.

-Hablara yo para maana! -dijo don Quijote-. Y hasta cundo aguardbades
a decirme vuestro afn?

Dio luego voces a Sancho Panza que viniese; pero l no se cur de venir,
porque andaba ocupado desvalijando una acmila de repuesto que traan
aquellos buenos seores, bien bastecida de cosas de comer. Hizo Sancho
costal de su gabn, y, recogiendo todo lo que pudo y cupo en el talego,
carg su jumento, y luego acudi a las voces de su amo y ayud a sacar al
seor bachiller de la opresin de la mula; y, ponindole encima della, le
dio la hacha, y don Quijote le dijo que siguiese la derrota de sus
compaeros, a quien de su parte pidiese perdn del agravio, que no haba
sido en su mano dejar de haberle hecho. Djole tambin Sancho:

-Si acaso quisieren saber esos seores quin ha sido el valeroso que tales
los puso, dirles vuestra merced que es el famoso don Quijote de la Mancha,
que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura.

Con esto, se fue el bachiller; y don Quijote pregunt a Sancho que qu le
haba movido a llamarle el Caballero de la Triste Figura, ms entonces que
nunca.

-Yo se lo dir -respondi Sancho-: porque le he estado mirando un rato a la
luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene
vuestra merced la ms mala figura, de poco ac, que jams he visto; y
dbelo de haber causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de
las muelas y dientes.

-No es eso -respondi don Quijote-, sino que el sabio, a cuyo cargo debe de
estar el escribir la historia de mis hazaas, le habr parecido que ser
bien que yo tome algn nombre apelativo, como lo tomaban todos los
caballeros pasados: cul se llamaba el de la Ardiente Espada; cul, el del
Unicornio; aquel, de las Doncellas; aquste, el del Ave Fnix; el otro, el
Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e
insignias eran conocidos por toda la redondez de la tierra. Y as, digo que
el sabio ya dicho te habr puesto en la lengua y en el pensamiento ahora
que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme
desde hoy en adelante; y, para que mejor me cuadre tal nombre, determino de
hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura.
-No hay para qu gastar tiempo y dineros en hacer esa figura -dijo Sancho-,
sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y d
rostro a los que le miraren; que, sin ms ni ms, y sin otra imagen ni
escudo, le llamarn el de la Triste Figura; y crame que le digo verdad,
porque le prometo a vuestra merced, seor, y esto sea dicho en burlas, que
le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que, como ya
tengo dicho, se podr muy bien escusar la triste pintura.

Rise don Quijote del donaire de Sancho, pero, con todo, propuso de
llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela, como haba
imaginado.

En esto volvi el bachiller y le dijo a don Quijote:

-Olvidbaseme de decir que advierta vuestra merced que queda descomulgado
por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada: juxta illud: Si
quis suadente diabolo, etc.

-No entiendo ese latn -respondi don Quijote-, mas yo s bien que no puse
las manos, sino este lanzn; cuanto ms, que yo no pens que ofenda a
sacerdotes ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como catlico
y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y,
cuando eso as fuese, en la memoria tengo lo que le pas al Cid Ruy Daz,
cuando quebr la silla del embajador de aquel rey delante de Su Santidad
del Papa, por lo cual lo descomulg, y anduvo aquel da el buen Rodrigo de
Vivar como muy honrado y valiente caballero.

En oyendo esto el bachiller, se fue, como queda dicho, sin replicarle
palabra. Quisiera don Quijote mirar si el cuerpo que vena en la litera
eran huesos o no, pero no lo consinti Sancho, dicindole:

-Seor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo ms a su salvo
de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada,
podra ser que cayese en la cuenta de que los venci sola una persona, y,
corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos
diesen en qu entender. El jumento est como conviene, la montaa cerca, la
hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil comps de pies,
y, como dicen, vyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.
Y, antecogiendo su asno, rog a su seor que le siguiese; el cual,
parecindole que Sancho tena razn, sin volverle a replicar, le sigui. Y,
a poco trecho que caminaban por entre dos montauelas, se hallaron en un
espacioso y escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivi el jumento,
y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron,
comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus
estmagos con ms de una fiambrera que los seores clrigos del difunto
-que pocas veces se dejan mal pasar- en la acmila de su repuesto traan.
Mas sucediles otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y
fue que no tenan vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca; y,
acosados de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba
colmado de verde y menuda yerba, lo que se dir en el siguiente captulo.





Captulo XX. De la jams vista ni oda aventura que con ms poco peligro
fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acab el valeroso
don Quijote de la Mancha


-No es posible, seor mo, sino que estas yerbas dan testimonio de que por
aqu cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece;
y as, ser bien que vamos un poco ms adelante, que ya toparemos donde
podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que, sin duda, causa
mayor pena que la hambre.

Parecile bien el consejo a don Quijote, y, tomando de la rienda a
Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno, despus de haber puesto sobre
l los relieves que de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado
arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa
alguna; mas, no hubieron andado docientos pasos, cuando lleg a sus odos
un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se
despeaba. Alegrles el ruido en gran manera, y, parndose a escuchar hacia
qu parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les agu el contento
del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco
nimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a comps, con un cierto crujir
de hierros y cadenas, que, acompaados del furioso estruendo del agua, que
pusieran pavor a cualquier otro corazn que no fuera el de don Quijote.
Era la noche, como se ha dicho, escura, y ellos acertaron a entrar entre
unos rboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacan un
temeroso y manso ruido; de manera que la soledad, el sitio, la escuridad,
el ruido del agua con el susurro de las hojas, todo causaba horror y
espanto, y ms cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento
dorma, ni la maana llegaba; aadindose a todo esto el ignorar el lugar
donde se hallaban. Pero don Quijote, acompaado de su intrpido corazn,
salt sobre Rocinante, y, embrazando su rodela, terci su lanzn y dijo:
-Sancho amigo, has de saber que yo nac, por querer del cielo, en esta
nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como
suele llamarse. Yo soy aqul para quien estn guardados los peligros, las
grandes hazaas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de
resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la
Fama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes
y Tirantes, los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos
caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo
tales grandezas, estraezas y fechos de armas, que escurezcan las ms
claras que ellos ficieron. Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas
desta noche, su estrao silencio, el sordo y confuso estruendo destos
rboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que
parece que se despea y derrumba desde los altos montes de la luna, y
aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los odos; las cuales
cosas, todas juntas y cada una por s, son bastantes a infundir miedo,
temor y espanto en el pecho del mesmo Marte, cuanto ms en aquel que no
est acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras. Pues todo esto
que yo te pinto son incentivos y despertadores de mi nimo, que ya hace que
el corazn me reviente en el pecho, con el deseo que tiene de acometer esta
aventura, por ms dificultosa que se muestra. As que, aprieta un poco las
cinchas a Rocinante y qudate a Dios, y esprame aqu hasta tres das no
ms, en los cuales, si no volviere, puedes t volverte a nuestra aldea, y
desde all, por hacerme merced y buena obra, irs al Toboso, donde dirs a
la incomparable seora ma Dulcinea que su cautivo caballero muri por
acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.

Cuando Sancho oy las palabras de su amo, comenz a llorar con la mayor
ternura del mundo y a decille:

-Seor, yo no s por qu quiere vuestra merced acometer esta tan temerosa
aventura: ahora es de noche, aqu no nos vee nadie, bien podemos torcer el
camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres das; y, pues no
hay quien nos vea, menos habr quien nos note de cobardes; cuanto ms, que
yo he odo predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien
conoce, que quien busca el peligro perece en l; as que, no es bien tentar
a Dios acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por
milagro; y basta los que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle
de ser manteado, como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo de
entre tantos enemigos como acompaaban al difunto. Y, cuando todo esto no
mueva ni ablande ese duro corazn, muvale el pensar y creer que apenas se
habr vuestra merced apartado de aqu, cuando yo, de miedo, d mi nima a
quien quisiere llevarla. Yo sal de mi tierra y dej hijos y mujer por
venir a servir a vuestra merced, creyendo valer ms y no menos; pero, como
la cudicia rompe el saco, a m me ha rasgado mis esperanzas, pues cuando
ms vivas las tena de alcanzar aquella negra y malhadada nsula que tantas
veces vuestra merced me ha prometido, veo que, en pago y trueco della, me
quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato humano. Por un solo
Dios, seor mo, que non se me faga tal desaguisado; y ya que del todo no
quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, diltelo, a lo
menos, hasta la maana; que, a lo que a m me muestra la ciencia que
aprend cuando era pastor, no debe de haber desde aqu al alba tres horas,
porque la boca de la Bocina est encima de la cabeza, y hace la media noche
en la lnea del brazo izquierdo.

-Cmo puedes t, Sancho -dijo don Quijote-, ver dnde hace esa lnea, ni
dnde est esa boca o ese colodrillo que dices, si hace la noche tan escura
que no parece en todo el cielo estrella alguna?

-As es -dijo Sancho-, pero tiene el miedo muchos ojos y vee las cosas
debajo de tierra, cuanto ms encima en el cielo; puesto que, por buen
discurso, bien se puede entender que hay poco de aqu al da.

-Falte lo que faltare -respondi don Quijote-; que no se ha de decir por
m, ahora ni en ningn tiempo, que lgrimas y ruegos me apartaron de hacer
lo que deba a estilo de caballero; y as, te ruego, Sancho, que calles;
que Dios, que me ha puesto en corazn de acometer ahora esta tan no vista y
tan temerosa aventura, tendr cuidado de mirar por mi salud y de consolar
tu tristeza. Lo que has de hacer es apretar bien las cinchas a Rocinante y
quedarte aqu, que yo dar la vuelta presto, o vivo o muerto.

Viendo, pues, Sancho la ltima resolucin de su amo y cun poco valan con
l sus lgrimas, consejos y ruegos, determin de aprovecharse de su
industria y hacerle esperar hasta el da, si pudiese; y as, cuando
apretaba las cinchas al caballo, bonitamente y sin ser sentido, at con el
cabestro de su asno ambos pies a Rocinante, de manera que cuando don
Quijote se quiso partir, no pudo, porque el caballo no se poda mover sino
a saltos. Viendo Sancho Panza el buen suceso de su embuste, dijo:

-Ea, seor, que el cielo, conmovido de mis lgrimas y plegarias, ha
ordenado que no se pueda mover Rocinante; y si vos queris porfiar, y
espolear, y dalle, ser enojar a la fortuna y dar coces, como dicen, contra
el aguijn.

Desesperbase con esto don Quijote, y, por ms que pona las piernas al
caballo, menos le poda mover; y, sin caer en la cuenta de la ligadura,
tuvo por bien de sosegarse y esperar, o a que amaneciese, o a que Rocinante
se menease, creyendo, sin duda, que aquello vena de otra parte que de la
industria de Sancho; y as, le dijo:

-Pues as es, Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo soy contento de
esperar a que ra el alba, aunque yo llore lo que ella tardare en venir.
-No hay que llorar -respondi Sancho-, que yo entretendr a vuestra merced
contando cuentos desde aqu al da, si ya no es que se quiere apear y
echarse a dormir un poco sobre la verde yerba, a uso de caballeros
andantes, para hallarse ms descansado cuando llegue el da y punto de
acometer esta tan desemejable aventura que le espera.

-A qu llamas apear o a qu dormir? -dijo don Quijote-. Soy yo, por
ventura, de aquellos caballeros que toman reposo en los peligros? Duerme
t, que naciste para dormir, o haz lo que quisieres, que yo har lo que
viere que ms viene con mi pretensin.

No se enoje vuestra merced, seor mo -respondi Sancho-, que no lo dije
por tanto.

Y, llegndose a l, puso la una mano en el arzn delantero y la otra en el
otro, de modo que qued abrazado con el muslo izquierdo de su amo, sin
osarse apartar dl un dedo: tal era el miedo que tena a los golpes, que
todava alternativamente sonaban. Djole don Quijote que contase algn
cuento para entretenerle, como se lo haba prometido, a lo que Sancho dijo
que s hiciera si le dejara el temor de lo que oa.

-Pero, con todo eso, yo me esforzar a decir una historia que, si la
acierto a contar y no me van a la mano, es la mejor de las historias; y
estme vuestra merced atento, que ya comienzo. rase que se era, el bien
que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar... Y
advierta vuestra merced, seor mo, que el principio que los antiguos
dieron a sus consejas no fue as comoquiera, que fue una sentencia de Catn
Zonzorino, romano, que dice: "Y el mal, para quien le fuere a buscar", que
viene aqu como anillo al dedo, para que vuestra merced se est quedo y no
vaya a buscar el mal a ninguna parte, sino que nos volvamos por otro
camino, pues nadie nos fuerza a que sigamos ste, donde tantos miedos nos
sobresaltan.

-Sigue tu cuento, Sancho -dijo don Quijote-, y del camino que hemos de
seguir djame a m el cuidado.

-Digo, pues -prosigui Sancho-, que en un lugar de Estremadura haba un
pastor cabrerizo (quiero decir que guardaba cabras), el cual pastor o
cabrerizo, como digo, de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz; y este Lope Ruiz
andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba, la cual pastora
llamada Torralba era hija de un ganadero rico, y este ganadero rico...
-Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho -dijo don Quijote-, repitiendo
dos veces lo que vas diciendo, no acabars en dos das; dilo seguidamente y
cuntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada.

-De la misma manera que yo lo cuento -respondi Sancho-, se cuentan en mi
tierra todas las consejas, y yo no s contarlo de otra, ni es bien que
vuestra merced me pida que haga usos nuevos.

-Di como quisieres -respondi don Quijote-; que, pues la suerte quiere que
no pueda dejar de escucharte, prosigue.

-As que, seor mo de mi nima -prosigui Sancho-, que, como ya tengo
dicho, este pastor andaba enamorado de Torralba, la pastora, que era una
moza rolliza, zaharea y tiraba algo a hombruna, porque tena unos pocos de
bigotes, que parece que ahora la veo.

-Luego, conocstela t? -dijo don Quijote.

-No la conoc yo -respondi Sancho-, pero quien me cont este cuento me
dijo que era tan cierto y verdadero que poda bien, cuando lo contase a
otro, afirmar y jurar que lo haba visto todo. As que, yendo das y
viniendo das, el diablo, que no duerme y que todo lo aasca, hizo de
manera que el amor que el pastor tena a la pastora se volviese en omecillo
y mala voluntad; y la causa fue, segn malas lenguas, una cierta cantidad
de celillos que ella le dio, tales que pasaban de la raya y llegaban a lo
vedado; y fue tanto lo que el pastor la aborreci de all adelante que, por
no verla, se quiso ausentar de aquella tierra e irse donde sus ojos no la
viesen jams. La Torralba, que se vio desdeada del Lope, luego le quiso
bien, mas que nunca le haba querido.

-sa es natural condicin de mujeres -dijo don Quijote-: desdear a quien
las quiere y amar a quien las aborrece. Pasa adelante, Sancho.
-Sucedi -dijo Sancho- que el pastor puso por obra su determinacin, y,
antecogiendo sus cabras, se encamin por los campos de Estremadura, para
pasarse a los reinos de Portugal. La Torralba, que lo supo, se fue tras l,
y seguale a pie y descalza desde lejos, con un bordn en la mano y con
unas alforjas al cuello, donde llevaba, segn es fama, un pedazo de espejo
y otro de un peine, y no s qu botecillo de mudas para la cara; mas,
llevase lo que llevase, que yo no me quiero meter ahora en averiguallo,
slo dir que dicen que el pastor lleg con su ganado a pasar el ro
Guadiana, y en aquella sazn iba crecido y casi fuera de madre, y por la
parte que lleg no haba barca ni barco, ni quien le pasase a l ni a su
ganado de la otra parte, de lo que se congoj mucho, porque vea que la
Torralba vena ya muy cerca y le haba de dar mucha pesadumbre con sus
ruegos y lgrimas; mas, tanto anduvo mirando, que vio un pescador que tena
junto a s un barco, tan pequeo que solamente podan caber en l una
persona y una cabra; y, con todo esto, le habl y concert con l que le
pasase a l y a trecientas cabras que llevaba. Entr el pescador en el
barco, y pas una cabra; volvi, y pas otra; torn a volver, y torn a
pasar otra. Tenga vuestra merced cuenta en las cabras que el pescador va
pasando, porque si se pierde una de la memoria, se acabar el cuento y no
ser posible contar ms palabra dl. Sigo, pues, y digo que el
desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y resbaloso, y
tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con todo esto, volvi por
otra cabra, y otra, y otra...

-Haz cuenta que las pas todas -dijo don Quijote-: no andes yendo y
viniendo desa manera, que no acabars de pasarlas en un ao.

-Cuntas han pasado hasta agora? -dijo Sancho.

-Yo qu diablos s! -respondi don Quijote-.

-He ah lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues, por Dios, que se ha
acabado el cuento, que no hay pasar adelante.

-Cmo puede ser eso? -respondi don Quijote-. Tan de esencia de la
historia es saber las cabras que han pasado, por estenso, que si se yerra
una del nmero no puedes seguir adelante con la historia?

-No seor, en ninguna manera -respondi Sancho-; porque, as como yo
pregunt a vuestra merced que me dijese cuntas cabras haban pasado y me
respondi que no saba, en aquel mesmo instante se me fue a m de la
memoria cuanto me quedaba por decir, y a fe que era de mucha virtud y
contento.

-De modo -dijo don Quijote- que ya la historia es acabada?

-Tan acabada es como mi madre -dijo Sancho.

-Dgote de verdad -respondi don Quijote- que t has contado una de las ms
nuevas consejas, cuento o historia, que nadie pudo pensar en el mundo; y
que tal modo de contarla ni dejarla, jams se podr ver ni habr visto en
toda la vida, aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no
me maravillo, pues quiz estos golpes, que no cesan, te deben de tener
turbado el entendimiento.

-Todo puede ser -respondi Sancho-, mas yo s que en lo de mi cuento no hay
ms que decir: que all se acaba do comienza el yerro de la cuenta del
pasaje de las cabras.

-Acabe norabuena donde quisiere -dijo don Quijote-, y veamos si se puede
mover Rocinante.

Tornle a poner las piernas, y l torn a dar saltos y a estarse quedo:
tanto estaba de bien atado.

En esto, parece ser, o que el fro de la maana, que ya vena, o que Sancho
hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural -que es lo
que ms se debe creer-, a l le vino en voluntad y deseo de hacer lo que
otro no pudiera hacer por l; mas era tanto el miedo que haba entrado en
su corazn, que no osaba apartarse un negro de ua de su amo. Pues pensar
de no hacer lo que tena gana, tampoco era posible; y as, lo que hizo, por
bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tena asida al arzn trasero,
con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se solt la lazada corrediza
con que los calzones se sostenan, sin ayuda de otra alguna, y, en
quitndosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos. Tras esto,
alz la camisa lo mejor que pudo y ech al aire entrambas posaderas, que no
eran muy pequeas. Hecho esto -que l pens que era lo ms que tena que
hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia-, le sobrevino otra
mayor, que fue que le pareci que no poda mudarse sin hacer estrpito y
ruido, y comenz a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo
en s el aliento todo cuanto poda; pero, con todas estas diligencias, fue
tan desdichado que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de ruido, bien
diferente de aquel que a l le pona tanto miedo. Oylo don Quijote y dijo:
-Qu rumor es se, Sancho?

-No s, seor -respondi l-. Alguna cosa nueva debe de ser, que las
aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

Torn otra vez a probar ventura, y sucedile tan bien que, sin ms ruido ni
alboroto que el pasado, se hall libre de la carga que tanta pesadumbre le
haba dado. Mas, como don Quijote tena el sentido del olfato tan vivo como
el de los odos, y Sancho estaba tan junto y cosido con l que casi por
lnea recta suban los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que
algunos no llegasen a sus narices; y, apenas hubieron llegado, cuando l
fue al socorro, apretndolas entre los dos dedos; y, con tono algo gangoso,
dijo:

-Parceme, Sancho, que tienes mucho miedo.

-S tengo -respondi Sancho-; mas, en qu lo echa de ver vuestra merced
ahora ms que nunca?

-En que ahora ms que nunca hueles, y no a mbar -respondi don Quijote.
-Bien podr ser -dijo Sancho-, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra
merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
-Retrate tres o cuatro all, amigo -dijo don Quijote (todo esto sin
quitarse los dedos de las narices)-, y desde aqu adelante ten ms cuenta
con tu persona y con lo que debes a la ma; que la mucha conversacin que
tengo contigo ha engendrado este menosprecio.

-Apostar -replic Sancho- que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi
persona alguna cosa que no deba.

-Peor es meneallo, amigo Sancho -respondi don Quijote.

En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas,
viendo Sancho que a ms andar se vena la maana, con mucho tiento deslig
a Rocinante y se at los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque l
de suyo no era nada brioso, parece que se resinti, y comenz a dar
manotadas; porque corvetas -con perdn suyo- no las saba hacer. Viendo,
pues, don Quijote que ya Rocinante se mova, lo tuvo a buena seal, y crey
que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura.

Acab en esto de descubrirse el alba y de parecer distintamente las cosas,
y vio don Quijote que estaba entre unos rboles altos, que ellos eran
castaos, que hacen la sombra muy escura. Sinti tambin que el golpear no
cesaba, pero no vio quin lo poda causar; y as, sin ms detenerse, hizo
sentir las espuelas a Rocinante, y, tornando a despedirse de Sancho, le
mand que all le aguardase tres das, a lo ms largo, como ya otra vez se
lo haba dicho; y que, si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese por
cierto que Dios haba sido servido de que en aquella peligrosa aventura se
le acabasen sus das. Tornle a referir el recado y embajada que haba de
llevar de su parte a su seora Dulcinea, y que, en lo que tocaba a la paga
de sus servicios, no tuviese pena, porque l haba dejado hecho su
testamento antes que saliera de su lugar, donde se hallara gratificado de
todo lo tocante a su salario, rata por cantidad, del tiempo que hubiese
servido; pero que si Dios le sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin
cautela, se poda tener por muy ms que cierta la prometida nsula.

De nuevo torn a llorar Sancho, oyendo de nuevo las lastimeras razones de
su buen seor, y determin de no dejarle hasta el ltimo trnsito y fin de
aquel negocio.

Destas lgrimas y determinacin tan honrada de Sancho Panza saca el autor
desta historia que deba de ser bien nacido, y, por lo menos, cristiano
viejo. Cuyo sentimiento enterneci algo a su amo, pero no tanto que
mostrase flaqueza alguna; antes, disimulando lo mejor que pudo, comenz a
caminar hacia la parte por donde le pareci que el ruido del agua y del
golpear vena.

Seguale Sancho a pie, llevando, como tena de costumbre, del cabestro a su
jumento, perpetuo compaero de sus prsperas y adversas fortunas; y,
habiendo andado una buena pieza por entre aquellos castaos y rboles
sombros, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peas se haca,
de las cuales se precipitaba un grandsimo golpe de agua. Al pie de las
peas, estaban unas casas mal hechas, que ms parecan ruinas de edificios
que casas, de entre las cuales advirtieron que sala el ruido y estruendo
de aquel golpear, que an no cesaba.

Alborotse Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes, y,
sosegndole don Quijote, se fue llegando poco a poco a las casas,
encomendndose de todo corazn a su seora, suplicndole que en aquella
temerosa jornada y empresa le favoreciese, y de camino se encomendaba
tambin a Dios, que no le olvidase. No se le quitaba Sancho del lado, el
cual alargaba cuanto poda el cuello y la vista por entre las piernas de
Rocinante, por ver si vera ya lo que tan suspenso y medroso le tena.
Otros cien pasos seran los que anduvieron, cuando, al doblar de una punta,
pareci descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de
aquel horrsono y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos
toda la noche los haba tenido. Y eran -si no lo has, oh lector!, por
pesadumbre y enojo- seis mazos de batn, que con sus alternativos golpes
aquel estruendo formaban.

Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeci y pasmse de arriba abajo.
Mirle Sancho, y vio que tena la cabeza inclinada sobre el pecho, con
muestras de estar corrido. Mir tambin don Quijote a Sancho, y viole que
tena los carrillos hinchados y la boca llena de risa, con evidentes
seales de querer reventar con ella, y no pudo su melancona tanto con l
que, a la vista de Sancho, pudiese dejar de rerse; y, como vio Sancho que
su amo haba comenzado, solt la presa de manera que tuvo necesidad de
apretarse las ijadas con los puos, por no reventar riendo. Cuatro veces
soseg, y otras tantas volvi a su risa con el mismo mpetu que primero; de
lo cual ya se daba al diablo don Quijote, y ms cuando le oy decir, como
por modo de fisga:

-Has de saber, oh Sancho amigo!, que yo nac, por querer del cielo, en
esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo
soy aqul para quien estn guardados los peligros, las hazaas grandes, los
valerosos fechos...

Y por aqu fue repitiendo todas o las ms razones que don Quijote dijo la
vez primera que oyeron los temerosos golpes.

Viendo, pues, don Quijote que Sancho haca burla dl, se corri y enoj en
tanta manera, que alz el lanzn y le asent dos palos, tales que, si, como
los recibi en las espaldas, los recibiera en la cabeza, quedara libre de
pagarle el salario, si no fuera a sus herederos. Viendo Sancho que sacaba
tan malas veras de sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante
en ellas, con mucha humildad le dijo:

-Sosiguese vuestra merced; que, por Dios, que me burlo.

-Pues, porque os burlis, no me burlo yo -respondi don Quijote-. Venid
ac, seor alegre: parceos a vos que, si como stos fueron mazos de
batn, fueran otra peligrosa aventura, no haba yo mostrado el nimo que
convena para emprendella y acaballa? Estoy yo obligado, a dicha, siendo,
como soy, caballero, a conocer y destinguir los sones y saber cules son de
batn o no? Y ms, que podra ser, como es verdad, que no los he visto en
mi vida, como vos los habris visto, como villano ruin que sois, criado y
nacido entre ellos. Si no, haced vos que estos seis mazos se vuelvan en
seis jayanes, y echdmelos a las barbas uno a uno, o todos juntos, y,
cuando yo no diere con todos patas arriba, haced de m la burla que
quisiredes.

-No haya ms, seor mo -replic Sancho-, que yo confieso que he andado
algo risueo en demasa. Pero dgame vuestra merced, ahora que estamos en
paz (as Dios le saque de todas las aventuras que le sucedieren tan sano y
salvo como le ha sacado dsta), no ha sido cosa de rer, y lo es de
contar, el gran miedo que hemos tenido? A lo menos, el que yo tuve; que de
vuestra merced ya yo s que no le conoce, ni sabe qu es temor ni espanto.
-No niego yo -respondi don Quijote- que lo que nos ha sucedido no sea cosa
digna de risa, pero no es digna de contarse; que no son todas las personas
tan discretas que sepan poner en su punto las cosas.

-A lo menos -respondi Sancho-, supo vuestra merced poner en su punto el
lanzn, apuntndome a la cabeza, y dndome en las espaldas, gracias a Dios
y a la diligencia que puse en ladearme. Pero vaya, que todo saldr en la
colada; que yo he odo decir: "se te quiere bien, que te hace llorar"; y
ms, que suelen los principales seores, tras una mala palabra que dicen a
un criado, darle luego unas calzas; aunque no s lo que le suelen dar tras
haberle dado de palos, si ya no es que los caballeros andantes dan tras
palos nsulas o reinos en tierra firme.

-Tal podra correr el dado -dijo don Quijote- que todo lo que dices viniese
a ser verdad; y perdona lo pasado, pues eres discreto y sabes que los
primeros movimientos no son en mano del hombre, y est advertido de aqu
adelante en una cosa, para que te abstengas y reportes en el hablar
demasiado conmigo; que en cuantos libros de caballeras he ledo, que son
infinitos, jams he hallado que ningn escudero hablase tanto con su seor
como t con el tuyo. Y en verdad que lo tengo a gran falta, tuya y ma:
tuya, en que me estimas en poco; ma, en que no me dejo estimar en ms. S,
que Gandaln, escudero de Amads de Gaula, conde fue de la nsula Firme; y
se lee dl que siempre hablaba a su seor con la gorra en la mano,
inclinada la cabeza y doblado el cuerpo more turquesco. Pues, qu diremos
de Gasabal, escudero de don Galaor, que fue tan callado que, para
declararnos la excelencia de su maravilloso silencio, sola una vez se
nombra su nombre en toda aquella tan grande como verdadera historia? De
todo lo que he dicho has de inferir, Sancho, que es menester hacer
diferencia de amo a mozo, de seor a criado y de caballero a escudero. As
que, desde hoy en adelante, nos hemos de tratar con ms respeto, sin darnos
cordelejo, porque, de cualquiera manera que yo me enoje con vos, ha de ser
mal para el cntaro. Las mercedes y beneficios que yo os he prometido
llegarn a su tiempo; y si no llegaren, el salario, a lo menos, no se ha de
perder, como ya os he dicho.

-Est bien cuanto vuestra merced dice -dijo Sancho-, pero querra yo saber,
por si acaso no llegase el tiempo de las mercedes y fuese necesario acudir
al de los salarios, cunto ganaba un escudero de un caballero andante en
aquellos tiempos, y si se concertaban por meses, o por das, como peones de
albair.

-No creo yo -respondi don Quijote- que jams los tales escuderos
estuvieron a salario, sino a merced. Y si yo ahora te le he sealado a ti
en el testamento cerrado que dej en mi casa, fue por lo que poda suceder;
que an no s cmo prueba en estos tan calamitosos tiempos nuestros la
caballera, y no querra que por pocas cosas penase mi nima en el otro
mundo. Porque quiero que sepas, Sancho, que en l no hay estado ms
peligroso que el de los aventureros.

-As es verdad -dijo Sancho-, pues slo el ruido de los mazos de un batn
pudo alborotar y desasosegar el corazn de un tan valeroso andante
aventurero como es vuestra merced. Mas, bien puede estar seguro que, de
aqu adelante, no despliegue mis labios para hacer donaire de las cosas de
vuestra merced, si no fuere para honrarle, como a mi amo y seor natural.
-Desa manera -replic don Quijote-, vivirs sobre la haz de la tierra;
porque, despus de a los padres, a los amos se ha de respetar como si lo
fuesen.





Captulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de
Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero


En esto, comenz a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el
molino de los batanes; mas habales cobrado tal aborrecimiento don Quijote,
por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y as,
torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que haban
llevado el da de antes.

De all a poco, descubri don Quijote un hombre a caballo, que traa en la
cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y an l apenas le
hubo visto, cuando se volvi a Sancho y le dijo:

-Parceme, Sancho, que no hay refrn que no sea verdadero, porque todos son
sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas,
especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre".
Dgolo porque si anoche nos cerr la ventura la puerta de la que
buscbamos, engandonos con los batanes, ahora nos abre de par en par
otra, para otra mejor y ms cierta aventura; que si yo no acertare a entrar
por ella, ma ser la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de
batanes ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engao,
hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino,
sobre que yo hice el juramento que sabes.

-Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-,
que no querra que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y
aporrear el sentido.

-Vlate el diablo por hombre! -replic don Quijote-. Qu va de yelmo a
batanes?

-No s nada -respondi Sancho-; mas, a fe que si yo pudiera hablar tanto
como sola, que quiz diera tales razones que vuestra merced viera que se
engaaba en lo que dice.

-Cmo me puedo engaar en lo que digo, traidor escrupuloso? -dijo don
Quijote-. Dime, no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un
caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?
-Lo que yo veo y columbro -respondi Sancho- no es sino un hombre sobre un
asno pardo, como el mo, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.
-Pues se es el yelmo de Mambrino -dijo don Quijote-. Aprtate a una parte
y djame con l a solas: vers cun sin hablar palabra, por ahorrar del
tiempo, concluyo esta aventura y queda por mo el yelmo que tanto he
deseado.

-Yo me tengo en cuidado el apartarme -replic Sancho-, mas quiera Dios,
torno a decir, que organo sea, y no batanes.

-Ya os he dicho, hermano, que no me mentis, ni por pienso, ms eso de los
batanes -dijo don Quijote-; que voto..., y no digo ms, que os batanee el
alma.

Call Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le haba
echado, redondo como una bola.

Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote
vea, era esto: que en aquel contorno haba dos lugares, el uno tan pequeo
que ni tena botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, s; y
as, el barbero del mayor serva al menor, en el cual tuvo necesidad un
enfermo de sangrarse y otro de hacerse la barba, para lo cual vena el
barbero, y traa una baca de azfar; y quiso la suerte que, al tiempo que
vena, comenz a llover, y, porque no se le manchase el sombrero, que deba
de ser nuevo, se puso la baca sobre la cabeza; y, como estaba limpia,
desde media legua relumbraba. Vena sobre un asno pardo, como Sancho dijo,
y sta fue la ocasin que a don Quijote le pareci caballo rucio rodado, y
caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que vea, con mucha
facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballeras y malandantes
pensamientos. Y cuando l vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin
ponerse con l en razones, a todo correr de Rocinante le enristr con el
lanzn bajo, llevando intencin de pasarle de parte a parte; mas cuando a
l llegaba, sin detener la furia de su carrera, le dijo:

-Defindete, cautiva criatura, o entrigame de tu voluntad lo que con
tanta razn se me debe!

El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma
sobre s, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza,
si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando
se levant ms ligero que un gamo y comenz a correr por aquel llano, que
no le alcanzara el viento. Dejse la baca en el suelo, con la cual se
content don Quijote, y dijo que el pagano haba andado discreto y que
haba imitado al castor, el cual, vindose acosado de los cazadores, se
taraza y arpa con los dientes aqullo por lo que l, por distinto natural,
sabe que es perseguido. Mand a Sancho que alzase el yelmo, el cual,
tomndola en las manos, dijo:

-Por Dios, que la baca es buena y que vale un real de a ocho como un
maraved.

Y, dndosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodendola a una
parte y a otra, buscndole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo:
-Sin duda que el pagano, a cuya medida se forj primero esta famosa celada,
deba de tener grandsima cabeza, y lo peor dello es que le falta la mitad.
Cuando Sancho oy llamar a la baca celada, no pudo tener la risa; mas
vnosele a las mientes la clera de su amo, y call en la mitad della.
-De qu te res, Sancho? -dijo don Quijote.

-Rome -respondi l- de considerar la gran cabeza que tena el pagano
dueo deste almete, que no semeja sino una baca de barbero pintiparada.
-Sabes qu imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo,
por algn estrao acidente, debi de venir a manos de quien no supo conocer
ni estimar su valor, y, sin saber lo que haca, vindola de oro pursimo,
debi de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra
mitad hizo sta, que parece baca de barbero, como t dices. Pero, sea lo
que fuere; que para m que la conozco no hace al caso su trasmutacin; que
yo la aderezar en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que no
le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forj el dios de las
herreras para el dios de las batallas; y, en este entretanto, la traer
como pudiere, que ms vale algo que no nada; cuanto ms, que bien ser
bastante para defenderme de alguna pedrada.

-Eso ser -dijo Sancho- si no se tira con honda, como se tiraron en la
pelea de los dos ejrcitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las
muelas y le rompieron el alcuza donde vena aquel benditsimo brebaje que
me hizo vomitar las asaduras.along

-No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes t, Sancho -dijo don
Quijote-, que yo tengo la receta en la memoria.

-Tambin la tengo yo -respondi Sancho-, pero si yo le hiciere ni le
probare ms en mi vida, aqu sea mi hora. Cuanto ms, que no pienso ponerme
en ocasin de haberle menester, porque pienso guardarme con todos mis cinco
sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie. De lo del ser otra vez
manteado, no digo nada, que semejantes desgracias mal se pueden prevenir, y
si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger los hombros, detener el
aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la manta nos
llevare.

-Mal cristiano eres, Sancho -dijo, oyendo esto, don Quijote-, porque nunca
olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sbete que es de pechos
nobles y generosos no hacer caso de nieras. Qu pie sacaste cojo, qu
costilla quebrada, qu cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla?
Que, bien apurada la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yo
ans, ya yo hubiera vuelto all y hubiera hecho en tu venganza ms dao que
el que hicieron los griegos por la robada Elena. La cual, si fuera en este
tiempo, o mi Dulcinea fuera en aqul, pudiera estar segura que no tuviera
tanta fama de hermosa como tiene.

Y aqu dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:

-Pase por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo s de
qu calidad fueron las veras y las burlas, y s tambin que no se me caern
de la memoria, como nunca se quitarn de las espaldas. Pero, dejando esto
aparte, dgame vuestra merced qu haremos deste caballo rucio rodado, que
parece asno pardo, que dej aqu desamparado aquel Martino que vuestra
merced derrib; que, segn l puso los pies en polvorosa y cogi las de
Villadiego, no lleva pergenio de volver por l jams; y para mis barbas,
si no es bueno el rucio!

-Nunca yo acostumbro -dijo don Quijote- despojar a los que venzo, ni es uso
de caballera quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que
el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso,
lcito es tomar el del vencido, como ganado en guerra lcita. As que,
Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que t quisieres que sea, que, como
su dueo nos vea alongados de aqu, volver por l.

-Dios sabe si quisiera llevarle -replic Sancho-, o, por lo menos, trocalle
con este mo, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechas
las leyes de caballera, pues no se estienden a dejar trocar un asno por
otro; y querra saber si podra trocar los aparejos siquiera.

-En eso no estoy muy cierto -respondi don Quijote-; y, en caso de duda,
hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos
necesidad estrema.

-Tan estrema es -respondi Sancho- que si fueran para mi misma persona, no
los hubiera menester ms.

Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso su
jumento a las mil lindezas, dejndole mejorado en tercio y quinto.
Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acmila despojaron,
bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos:
tal era el aborrecimiento que les tenan por el miedo en que les haban
puesto.

Cortada, pues, la clera, y aun la malencona, subieron a caballo, y, sin
tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar
ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante
quiso, que se llevaba tras s la de su amo, y aun la del asno, que siempre
le segua por dondequiera que guiaba, en buen amor y compaa. Con todo
esto, volvieron al camino real y siguieron por l a la ventura, sin otro
disignio alguno.

Yendo, pues, as caminando, dijo Sancho a su amo:

-Seor, quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con l?
Que, despus que me puso aquel spero mandamiento del silencio, se me han
podrido ms de cuatro cosas en el estmago, y una sola que ahora tengo en
el pico de la lengua no querra que se mal lograse.

-Dila -dijo don Quijote-, y s breve en tus razonamientos, que ninguno hay
gustoso si es largo.

-Digo, pues, seor -respondi Sancho-, que, de algunos das a esta parte,
he considerado cun poco se gana y granjea de andar buscando estas
aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas de
caminos, donde, ya que se venzan y acaben las ms eligrosas, no hay quien
las vea ni sepa; y as, se han de quedar en perpetuo silencio, y en
perjuicio de la intencin de vuestra merced y de lo que ellas merecen. Y
as, me parece que sera mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced,
que nos fusemos a servir a algn emperador, o a otro prncipe grande que
tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de su
persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto del
seor a quien sirviremos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada cual
segn sus mritos, y all no faltar quien ponga en escrito las hazaas de
vuestra merced, para perpetua memoria. De las mas no digo nada, pues no
han de salir de los lmites escuderiles; aunque s decir que, si se usa en
la caballera escribir hazaas de escuderos, que no pienso que se han de
quedar las mas entre renglones.

-No dices mal, Sancho -respondi don Quijote-; mas, antes que se llegue a
ese trmino, es menester andar por el mundo, como en aprobacin, buscando
las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que,
cuando se fuere a la corte de algn gran monarca, ya sea el caballero
conocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos
por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces,
diciendo: ''ste es el Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otra
insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes hazaas. ''ste
es -dirn- el que venci en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la
Gran Fuerza; el que desencant al Gran Mameluco de Persia del largo
encantamento en que haba estado casi novecientos aos''. As que, de mano
en mano, irn pregonando tus hechos, y luego, al alboroto de los muchachos
y de la dems gente, se parar a las fenestras de su real palacio el rey de
aquel reino, y as como vea al caballero, conocindole por las armas o por
la empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ''Ea, sus! Salgan mis
caballeros, cuantos en mi corte estn, a recebir a la flor de la
caballera, que all viene!'' A cuyo mandamiento saldrn todos, y l
llegar hasta la mitad de la escalera, y le abrazar estrechsimamente, y
le dar paz besndole en el rostro; y luego le llevar por la mano al
aposento de la seora reina, adonde el caballero la hallar con la infanta,
su hija, que ha de ser una de las ms fermosas y acabadas doncellas que, en
gran parte de lo descubierto de la tierra, a duras penas se pueda hallar.
Suceder tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el
caballero y l en los della, y cada uno parezca a otro cosa ms divina que
humana; y, sin saber cmo ni cmo no, han de quedar presos y enlazados en
la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no saber
cmo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde all
le llevarn, sin duda, a algn cuarto del palacio, ricamente aderezado,
donde, habindole quitado las armas, le traern un rico manto de escarlata
con que se cubra; y si bien pareci armado, tan bien y mejor ha de parecer
en farseto. Venida la noche, cenar con el rey, reina e infanta, donde
nunca quitar los ojos della, mirndola a furto de los circustantes, y ella
har lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy
discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrar a deshora por la
puerta de la sala un feo y pequeo enano con una fermosa duea, que, entre
dos gigantes, detrs del enano viene, con cierta aventura, hecha por un
antiqusimo sabio, que el que la acabare ser tenido por el mejor caballero
del mundo. Mandar luego el rey que todos los que estn presentes la
prueben, y ninguno le dar fin y cima sino el caballero husped, en mucho
pro de su fama, de lo cual quedar contentsima la infanta, y se tendr por
contenta y pagada adems, por haber puesto y colocado sus pensamientos en
tan alta parte. Y lo bueno es que este rey, o prncipe, o lo que es, tiene
una muy reida guerra con otro tan poderoso como l, y el caballero husped
le pide (al cabo de algunos das que ha estado en su corte) licencia para
ir a servirle en aquella guerra dicha. Darsela el rey de muy buen talante,
y el caballero le besar cortsmente las manos por la merced que le face. Y
aquella noche se despedir de su seora la infanta por las rejas de un
jardn, que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras
muchas veces la haba fablado, siendo medianera y sabidora de todo una
doncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirar l, desmayarse
ella, traer agua la doncella, acuitarse mucho porque viene la maana, y
no querra que fuesen descubiertos, por la honra de su seora. Finalmente,
la infanta volver en s y dar sus blancas manos por la reja al caballero,
el cual se las besar mil y mil veces y se las baar en lgrimas. Quedar
concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos o
malos sucesos, y rogarle la princesa que se detenga lo menos que pudiere;
prometrselo ha l con muchos juramentos; trnale a besar las manos, y
despdese con tanto sentimiento que estar poco por acabar la vida. Vase
desde all a su aposento, chase sobre su lecho, no puede dormir del dolor
de la partida, madruga muy de maana, vase a despedir del rey y de la reina
y de la infanta; dcenle, habindose despedido de los dos, que la seora
infanta est mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el
caballero que es de pena de su partida, traspsasele el corazn, y falta
poco de no dar indicio manifiesto de su pena. Est la doncella medianera
delante, halo de notar todo, vselo a decir a su seora, la cual la recibe
con lgrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es no saber
quin sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no; asegrala la
doncella que no puede caber tanta cortesa, gentileza y valenta como la de
su caballero sino en subjeto real y grave; consulase con esto la cuitada;
procura consolarse, por no dar mal indicio de s a sus padres, y, a cabo de
dos das, sale en pblico. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra,
vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas,
vuelve a la corte, ve a su seora por donde suele, concirtase que la pida
a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere dar el rey,
porque no sabe quin es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier
suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene a
tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es
hijo de un valeroso rey de no s qu reino, porque creo que no debe de
estar en el mapa. Murese el padre, hereda la infanta, queda rey el
caballero en dos palabras. Aqu entra luego el hacer mercedes a su escudero
y a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su
escudero con una doncella de la infanta, que ser, sin duda, la que fue
tercera en sus amores, que es hija de un duque muy principal.

-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-; a eso me atengo, porque todo,
al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamndose el
Caballero de la Triste Figura.

-No lo dudes, Sancho -replic don Quijote-, porque del mesmo y por los
mesmos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros andantes
a ser reyes y emperadores. Slo falta agora mirar qu rey de los cristianos
o de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo habr para
pensar esto, pues, como te tengo dicho, primero se ha de cobrar fama por
otras partes que se acuda a la corte. Tambin me falta otra cosa; que,
puesto caso que se halle rey con guerra y con hija hermosa, y que yo haya
cobrado fama increble por todo el universo, no s yo cmo se poda hallar
que yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de emperador;
porque no me querr el rey dar a su hija por mujer si no est primero muy
enterado en esto, aunque ms lo merezcan mis famosos hechos. As que, por
esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien merecido. Bien es verdad
que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesin y propriedad y de
devengar quinientos sueldos; y podra ser que el sabio que escribiese mi
historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que me
hallase quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago saber, Sancho, que hay
dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su
decendencia de prncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha
deshecho, y han acabado en punta, como pirmide puesta al revs; otros
tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta
llegar a ser grandes seores. De manera que est la diferencia en que unos
fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron; y podra ser yo
dstos que, despus de averiguado, hubiese sido mi principio grande y
famoso, con lo cual se deba de contentar el rey, mi suegro, que hubiere de
ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que, a pesar de su
padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacn, me ha de admitir
por seor y por esposo; y si no, aqu entra el roballa y llevalla donde ms
gusto me diere; que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de sus
padres.

-Ah entra bien tambin -dijo Sancho- lo que algunos desalmados dicen: "No
pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque mejor cuadra decir:
"Ms vale salto de mata que ruego de hombres buenos". Dgolo porque si el
seor rey, suegro de vuestra merced, no se quisiere domear a entregalle a
mi seora la infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y
trasponella. Pero est el dao que, en tanto que se hagan las paces y se
goce pacficamente el reino, el pobre escudero se podr estar a diente en
esto de las mercedes. Si ya no es que la doncella tercera, que ha de ser su
mujer, se sale con la infanta, y l pasa con ella su mala ventura, hasta
que el cielo ordene otra cosa; porque bien podr, creo yo, desde luego
drsela su seor por ligtima esposa.

-Eso no hay quien la quite -dijo don Quijote.

-Pues, como eso sea -respondi Sancho-, no hay sino encomendarnos a Dios, y
dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.

-Hgalo Dios -respondi don Quijote- como yo deseo y t, Sancho, has
menester; y ruin sea quien por ruin se tiene.

-Sea par Dios -dijo Sancho-, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde
esto me basta.

-Y aun te sobra -dijo don Quijote-; y cuando no lo fueras, no haca nada al
caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la
compres ni me sirvas con nada. Porque, en hacindote conde, ctate ah
caballero, y digan lo que dijeren; que a buena fe que te han de llamar
seora, mal que les pese.

-Y montas que no sabra yo autorizar el litado! -dijo Sancho.
-Dictado has de decir, que no litado -dijo su amo.

-Sea ans -respondi Sancho Panza-. Digo que le sabra bien acomodar,
porque, por vida ma, que un tiempo fui muidor de una cofrada, y que me
asentaba tan bien la ropa de muidor, que decan todos que tena presencia
para poder ser prioste de la mesma cofrada. Pues, qu ser cuando me
ponga un ropn ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas, a uso de
conde estranjero? Para m tengo que me han de venir a ver de cien leguas.
-Bien parecers -dijo don Quijote-, pero ser menester que te rapes las
barbas a menudo; que, segn las tienes de espesas, aborrascadas y mal
puestas, si no te las rapas a navaja, cada dos das por lo menos, a tiro de
escopeta se echar de ver lo que eres.

-Qu hay ms -dijo Sancho-, sino tomar un barbero y tenelle asalariado en
casa? Y aun, si fuere menester, le har que ande tras m, como caballerizo
de grande.

-Pues, cmo sabes t -pregunt don Quijote- que los grandes llevan detrs
de s a sus caballerizos?

-Yo se lo dir -respondi Sancho-: los aos pasados estuve un mes en la
corte, y all vi que, pasendose un seor muy pequeo, que decan que era
muy grande, un hombre le segua a caballo a todas las vueltas que daba, que
no pareca sino que era su rabo. Pregunt que cmo aquel hombre no se
juntaba con el otro, sino que siempre andaba tras dl. Respondironme que
era su caballerizo y que era uso de los grandes llevar tras s a los tales.
Desde entonces lo s tan bien que nunca se me ha olvidado.

-Digo que tienes razn -dijo don Quijote-, y que as puedes t llevar a tu
barbero; que los usos no vinieron todos juntos, ni se inventaron a una, y
puedes ser t el primero conde que lleve tras s su barbero; y aun es de
ms confianza el hacer la barba que ensillar un caballo.

-Qudese eso del barbero a mi cargo -dijo Sancho-, y al de vuestra merced
se quede el procurar venir a ser rey y el hacerme conde.

-As ser -respondi don Quijote.

Y, alzando los ojos, vio lo que se dir en el siguiente captulo.





Captulo XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que,
mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir


Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arbigo y manchego, en esta gravsima,
altisonante, mnima, dulce e imaginada historia que, despus que entre el
famoso don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron
aquellas razones que en el fin del captulo veinte y uno quedan referidas,
que don Quijote alz los ojos y vio que por el camino que llevaba venan
hasta doce hombres a pie, ensartados, como cuentas, en una gran cadena de
hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos. Venan ansimismo
con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a caballo, con
escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y que as como
Sancho Panza los vido, dijo:

-sta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
-Cmo gente forzada? -pregunt don Quijote-. Es posible que el rey haga
fuerza a ninguna gente?

-No digo eso -respondi Sancho-, sino que es gente que, por sus delitos, va
condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.

-En resolucin -replic don Quijote-, comoquiera que ello sea, esta gente,
aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.

-As es -dijo Sancho.

-Pues desa manera -dijo su amo-, aqu encaja la ejecucin de mi oficio:
desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.

-Advierta vuestra merced -dijo Sancho- que la justicia, que es el mesmo
rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en
pena de sus delitos.

Lleg, en esto, la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy corteses
razones, pidi a los que iban en su guarda fuesen servidos de informalle y
decille la causa, o causas, por que llevan aquella gente de aquella manera.
Una de las guardas de a caballo respondi que eran galeotes, gente de Su
Majestad que iba a galeras, y que no haba ms que decir, ni l tena ms
que saber.

-Con todo eso -replic don Quijote-, querra saber de cada uno dellos en
particular la causa de su desgracia.

Aadi a stas otras tales y tan comedidas razones, para moverlos a que
dijesen lo que deseaba, que la otra guarda de a caballo le dijo:
-Aunque llevamos aqu el registro y la fe de las sentencias de cada uno
destos malaventurados, no es tiempo ste de detenerles a sacarlas ni a
leellas; vuestra merced llegue y se lo pregunte a ellos mesmos, que ellos
lo dirn si quisieren, que s querrn, porque es gente que recibe gusto de
hacer y decir bellaqueras.

Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se
lleg a la cadena, y al primero le pregunt que por qu pecados iba de tan
mala guisa. l le respondi que por enamorado iba de aquella manera.
-Por eso no ms? -replic don Quijote-. Pues, si por enamorados echan a
galeras, das ha que pudiera yo estar bogando en ellas.

-No son los amores como los que vuestra merced piensa -dijo el galeote-;
que los mos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de
ropa blanca, que la abrac conmigo tan fuertemente que, a no quitrmela la
justicia por fuerza, an hasta agora no la hubiera dejado de mi voluntad.
Fue en fragante, no hubo lugar de tormento; concluyse la causa,
acomodronme las espaldas con ciento, y por aadidura tres precisos de
gurapas, y acabse la obra.

-Qu son gurapas? -pregunt don Quijote.

-Gurapas son galeras -respondi el galeote.

El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro aos, y dijo que era
natural de Piedrahta. Lo mesmo pregunt don Quijote al segundo, el cual no
respondi palabra, segn iba de triste y malencnico; mas respondi por l
el primero, y dijo:

-ste, seor, va por canario; digo, por msico y cantor.

-Pues, cmo -repiti don Quijote-, por msicos y cantores van tambin a
galeras?

-S, seor -respondi el galeote-, que no hay peor cosa que cantar en el
ansia.

-Antes, he yo odo decir -dijo don Quijote- que quien canta sus males
espanta.

-Ac es al revs -dijo el galeote-, que quien canta una vez llora toda la
vida.

-No lo entiendo -dijo don Quijote.

Mas una de las guardas le dijo:

-Seor caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente non santa,
confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento y confes su
delito, que era ser cuatrero, que es ser ladrn de bestias, y, por haber
confesado, le condenaron por seis aos a galeras, amn de docientos azotes
que ya lleva en las espaldas. Y va siempre pensativo y triste, porque los
dems ladrones que all quedan y aqu van le maltratan y aniquilan, y
escarnecen y tienen en poco, porque confes y no tuvo nimo de decir nones.
Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no como un s, y que harta
ventura tiene un delincuente, que est en su lengua su vida o su muerte, y
no en la de los testigos y probanzas; y para m tengo que no van muy fuera
de camino.

-Y yo lo entiendo as -respondi don Quijote.

El cual, pasando al tercero, pregunt lo que a los otros; el cual, de
presto y con mucho desenfado, respondi y dijo:

-Yo voy por cinco aos a las seoras gurapas por faltarme diez ducados.
-Yo dar veinte de muy buena gana -dijo don Quijote- por libraros desa
pesadumbre.

-Eso me parece -respondi el galeote- como quien tiene dineros en mitad del
golfo y se est muriendo de hambre, sin tener adonde comprar lo que ha
menester. Dgolo porque si a su tiempo tuviera yo esos veinte ducados que
vuestra merced ahora me ofrece, hubiera untado con ellos la pndola del
escribano y avivado el ingenio del procurador, de manera que hoy me viera
en mitad de la plaza de Zocodover, de Toledo, y no en este camino,
atraillado como galgo; pero Dios es grande: paciencia y basta.

Pas don Quijote al cuarto, que era un hombre de venerable rostro con una
barba blanca que le pasaba del pecho; el cual, oyndose preguntar la causa
por que all vena, comenz a llorar y no respondi palabra; mas el quinto
condenado le sirvi de lengua, y dijo:

-Este hombre honrado va por cuatro aos a galeras, habiendo paseado las
acostumbradas vestido en pompa y a caballo.

-Eso es -dijo Sancho Panza-, a lo que a m me parece, haber salido a la
vergenza.

-As es -replic el galeote-; y la culpa por que le dieron esta pena es por
haber sido corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo. En efecto, quiero
decir que este caballero va por alcahuete, y por tener asimesmo sus puntas
y collar de hechicero.

-A no haberle aadido esas puntas y collar -dijo don Quijote-, por
solamente el alcahuete limpio, no mereca l ir a bogar en las galeras,
sino a mandallas y a ser general dellas; porque no es as comoquiera el
oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesarsimo en la
repblica bien ordenada, y que no le deba ejercer sino gente muy bien
nacida; y aun haba de haber veedor y examinador de los tales, como le hay
de los dems oficios, con nmero deputado y conocido, como corredores de
lonja; y desta manera se escusaran muchos males que se causan por andar
este oficio y ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento, como
son mujercillas de poco ms a menos, pajecillos y truhanes de pocos aos y
de poca experiencia, que, a la ms necesaria ocasin y cuando es menester
dar una traza que importe, se les yelan las migas entre la boca y la mano y
no saben cul es su mano derecha. Quisiera pasar adelante y dar las razones
por que convena hacer eleccin de los que en la repblica haban de tener
tan necesario oficio, pero no es el lugar acomodado para ello: algn da lo
dir a quien lo pueda proveer y remediar. Slo digo ahora que la pena que
me ha causado ver estas blancas canas y este rostro venerable en tanta
fatiga, por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero; aunque
bien s que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la
voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedro, y no
hay yerba ni encanto que le fuerce. Lo que suelen hacer algunas mujercillas
simples y algunos embusteros bellacos es algunas misturas y venenos con que
vuelven locos a los hombres, dando a entender que tienen fuerza para hacer
querer bien, siendo, como digo, cosa imposible forzar la voluntad.
-As es -dijo el buen viejo-, y, en verdad, seor, que en lo de hechicero
que no tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude negar. Pero nunca pens
que haca mal en ello: que toda mi intencin era que todo el mundo se
holgase y viviese en paz y quietud, sin pendencias ni penas; pero no me
aprovech nada este buen deseo para dejar de ir adonde no espero volver,
segn me cargan los aos y un mal de orina que llevo, que no me deja
reposar un rato.

Y aqu torn a su llanto, como de primero; y tvole Sancho tanta compasin,
que sac un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna.

Pas adelante don Quijote, y pregunt a otro su delito, el cual respondi
con no menos, sino con mucha ms gallarda que el pasado:

-Yo voy aqu porque me burl demasiadamente con dos primas hermanas mas, y
con otras dos hermanas que no lo eran mas; finalmente, tanto me burl con
todas, que result de la burla crecer la parentela, tan intricadamente que
no hay diablo que la declare. Probseme todo, falt favor, no tuve dineros,
vame a pique de perder los tragaderos, sentencironme a galeras por seis
aos, consent: castigo es de mi culpa; mozo soy: dure la vida, que con
ella todo se alcanza. Si vuestra merced, seor caballero, lleva alguna cosa
con que socorrer a estos pobretes, Dios se lo pagar en el cielo, y
nosotros tendremos en la tierra cuidado de rogar a Dios en nuestras
oraciones por la vida y salud de vuestra merced, que sea tan larga y tan
buena como su buena presencia merece.

ste iba en hbito de estudiante, y dijo una de las guardas que era muy
grande hablador y muy gentil latino.

Tras todos stos, vena un hombre de muy buen parecer, de edad de treinta
aos, sino que al mirar meta el un ojo en el otro un poco. Vena
diferentemente atado que los dems, porque traa una cadena al pie, tan
grande que se la liaba por todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la
una en la cadena, y la otra de las que llaman guardaamigo o piedeamigo, de
la cual decendan dos hierros que llegaban a la cintura, en los cuales se
asan dos esposas, donde llevaba las manos, cerradas con un grueso candado,
de manera que ni con las manos poda llegar a la boca, ni poda bajar la
cabeza a llegar a las manos. Pregunt don Quijote que cmo iba aquel hombre
con tantas prisiones ms que los otros. Respondile la guarda porque tena
aquel solo ms delitos que todos los otros juntos, y que era tan atrevido y
tan grande bellaco que, aunque le llevaban de aquella manera, no iban
seguros dl, sino que teman que se les haba de huir.

-Qu delitos puede tener -dijo don Quijote-, si no han merecido ms pena
que echalle a las galeras?

-Va por diez aos -replic la guarda-, que es como muerte cevil. No se
quiera saber ms, sino que este buen hombre es el famoso Gins de
Pasamonte, que por otro nombre llaman Ginesillo de Parapilla.

-Seor comisario -dijo entonces el galeote-, vyase poco a poco, y no
andemos ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Gins me llamo y no
Ginesillo, y Pasamonte es mi alcurnia, y no Parapilla, como voac dice; y
cada uno se d una vuelta a la redonda, y no har poco.

-Hable con menos tono -replic el comisario-, seor ladrn de ms de la
marca, si no quiere que le haga callar, mal que le pese.

-Bien parece -respondi el galeote- que va el hombre como Dios es servido,
pero algn da sabr alguno si me llamo Ginesillo de Parapilla o no.
-Pues, no te llaman ans, embustero? -dijo la guarda.

-S llaman -respondi Gins-, mas yo har que no me lo llamen, o me las
pelara donde yo digo entre mis dientes. Seor caballero, si tiene algo que
darnos, dnoslo ya, y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber
vidas ajenas; y si la ma quiere saber, sepa que yo soy Gins de Pasamonte,
cuya vida est escrita por estos pulgares.

-Dice verdad -dijo el comisario-: que l mesmo ha escrito su historia, que
no hay ms, y deja empeado el libro en la crcel en docientos reales.
-Y le pienso quitar -dijo Gins-, si quedara en docientos ducados.
-Tan bueno es? -dijo don Quijote.

-Es tan bueno -respondi Gins- que mal ao para Lazarillo de Tormes y para
todos cuantos de aquel gnero se han escrito o escribieren. Lo que le s
decir a voac es que trata verdades, y que son verdades tan lindas y tan
donosas que no pueden haber mentiras que se le igualen.

-Y cmo se intitula el libro? -pregunt don Quijote.

-La vida de Gins de Pasamonte -respondi el mismo.

-Y est acabado? -pregunt don Quijote.

-Cmo puede estar acabado -respondi l-, si an no est acabada mi vida?
Lo que est escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta ltima
vez me han echado en galeras.

-Luego, otra vez habis estado en ellas? -dijo don Quijote.

-Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro aos, y ya s a qu
sabe el bizcocho y el corbacho -respondi Gins-; y no me pesa mucho de ir
a ellas, porque all tendr lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas
cosas que decir, y en las galeras de Espaa hay mas sosiego de aquel que
sera menester, aunque no es menester mucho ms para lo que yo tengo de
escribir, porque me lo s de coro.

-Hbil pareces -dijo don Quijote.

-Y desdichado -respondi Gins-; porque siempre las desdichas persiguen al
buen ingenio.

-Persiguen a los bellacos -dijo el comisario.

-Ya le he dicho, seor comisario -respondi Pasamonte-, que se vaya poco a
poco, que aquellos seores no le dieron esa vara para que maltratase a los
pobretes que aqu vamos, sino para que nos guiase y llevase adonde Su
Majestad manda. Si no, por vida de...! Basta!, que podra ser que
saliesen algn da en la colada las manchas que se hicieron en la venta; y
todo el mundo calle, y viva bien, y hable mejor y caminemos, que ya es
mucho regodeo ste.

Alz la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte en respuesta de sus
amenazas, mas don Quijote se puso en medio y le rog que no le maltratase,
pues no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese algn
tanto suelta la lengua. Y, volvindose a todos los de la cadena, dijo:
-De todo cuanto me habis dicho, hermanos carsimos, he sacado en limpio
que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a
padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy
contra vuestra voluntad; y que podra ser que el poco nimo que aqul tuvo
en el tormento, la falta de dineros dste, el poco favor del otro y,
finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra
perdicin y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte
tenades. Todo lo cual se me representa a m ahora en la memoria de manera
que me est diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros
el efeto para que el cielo me arroj al mundo, y me hizo profesar en l la
orden de caballera que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a
los menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque s que una de las
partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por
mal, quiero rogar a estos seores guardianes y comisario sean servidos de
desataros y dejaros ir en paz, que no faltarn otros que sirvan al rey en
mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios
y naturaleza hizo libres. Cuanto ms, seores guardas -aadi don Quijote-,
que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. All se lo haya cada
uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al
malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean
verdugos de los otros hombres, no yndoles nada en ello. Pido esto con esta
mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumpls, algo que agradeceros;
y, cuando de grado no lo hagis, esta lanza y esta espada, con el valor de
mi brazo, harn que lo hagis por fuerza.

-Donosa majadera! -respondi el comisario- Bueno est el donaire con que
ha salido a cabo de rato! Los forzados del rey quiere que le dejemos, como
si tuviramos autoridad para soltarlos o l la tuviera para mandrnoslo!
Vyase vuestra merced, seor, norabuena, su camino adelante, y endercese
ese bacn que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.
-Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! -respondi don Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremeti con l tan presto que, sin que tuviese
lugar de ponerse en defensa, dio con l en el suelo, malherido de una
lanzada; y avnole bien, que ste era el de la escopeta. Las dems guardas
quedaron atnitas y suspensas del no esperado acontecimiento; pero,
volviendo sobre s, pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los de
a pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego los
aguardaba; y, sin duda, lo pasara mal si los galeotes, viendo la ocasin
que se les ofreca de alcanzar libertad, no la procuraran, procurando
romper la cadena donde venan ensartados. Fue la revuelta de manera que las
guardas, ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer a
don Quijote, que los acometa, no hicieron cosa que fuese de provecho.
Ayud Sancho, por su parte, a la soltura de Gins de Pasamonte, que fue el
primero que salt en la campaa libre y desembarazado, y, arremetiendo al
comisario cado, le quit la espada y la escopeta, con la cual, apuntando
al uno y sealando al otro, sin disparalla jams, no qued guarda en todo
el campo, porque se fueron huyendo, as de la escopeta de Pasamonte como de
las muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.
Entristecise mucho Sancho deste suceso, porque se le represent que los
que iban huyendo haban de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la
cual, a campana herida, saldra a buscar los delincuentes, y as se lo dijo
a su amo, y le rog que luego de all se partiesen y se emboscasen en la
sierra, que estaba cerca.

-Bien est eso -dijo don Quijote-, pero yo s lo que ahora conviene que se
haga.

Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y haban
despojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a la
redonda para ver lo que les mandaba, y as les dijo:

-De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los
pecados que ms a Dios ofende es la ingratitud. Dgolo porque ya habis
visto, seores, con manifiesta experiencia, el que de m habis recebido;
en pago del cual querra, y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que
quit de vuestros cuellos, luego os pongis en camino y vais a la ciudad
del Toboso, y all os presentis ante la seora Dulcinea del Toboso y le
digis que su caballero, el de la Triste Figura, se le enva a encomendar,
y le contis, punto por punto, todos los que ha tenido esta famosa aventura
hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podris ir donde
quisiredes a la buena ventura.

Respondi por todos Gins de Pasamonte, y dijo:

-Lo que vuestra merced nos manda, seor y libertador nuestro, es imposible
de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por los
caminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando
meterse en las entraas de la tierra, por no ser hallado de la Santa
Hermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo que
vuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es mudar ese servicio y
montazgo de la seora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad de avemaras y
credos, que nosotros diremos por la intencin de vuestra merced; y sta es
cosa que se podr cumplir de noche y de da, huyendo o reposando, en paz o
en guerra; pero pensar que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto,
digo, a tomar nuestra cadena y a ponernos en camino del Toboso, es pensar
que es ahora de noche, que an no son las diez del da, y es pedir a
nosotros eso como pedir peras al olmo.

-Pues voto a tal! -dijo don Quijote, ya puesto en clera-, don hijo de la
puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamis, que habis de ir vos
solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.

Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don
Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate haba cometido como el de
querer darles libertad, vindose tratar de aquella manera, hizo del ojo a
los compaeros, y, apartndose aparte, comenzaron a llover tantas piedras
sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el
pobre de Rocinante no haca ms caso de la espuela que si fuera hecho de
bronce. Sancho se puso tras su asno, y con l se defenda de la nube y
pedrisco que sobre entrambos llova. No se pudo escudar tan bien don
Quijote que no le acertasen no s cuntos guijarros en el cuerpo, con tanta
fuerza que dieron con l en el suelo; y apenas hubo cado, cuando fue sobre
l el estudiante y le quit la baca de la cabeza, y diole con ella tres o
cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con que la hizo
pedazos. Quitronle una ropilla que traa sobre las armas, y las medias
calzas le queran quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le
quitaron el gabn, y, dejndole en pelota, repartiendo entre s los dems
despojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con ms cuidado de
escaparse de la Hermandad, que teman, que de cargarse de la cadena e ir a
presentarse ante la seora Dulcinea del Toboso.

Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y Don Quijote; el jumento,
cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando
que an no haba cesado la borrasca de las piedras, que le perseguan los
odos; Rocinante, tendido junto a su amo, que tambin vino al suelo de otra
pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote,
mohinsimo de verse tan malparado por los mismos a quien tanto bien haba
hecho.





Captulo XXIII. De lo que le aconteci al famoso don Quijote en Sierra
Morena, que fue una de las ms raras aventuras que en esta verdadera
historia se cuentan


Vindose tan malparado don Quijote, dijo a su escudero:

-Siempre, Sancho, lo he odo decir, que el hacer bien a villanos es echar
agua en la mar. Si yo hubiera credo lo que me dijiste, yo hubiera escusado
esta pesadumbre; pero ya est hecho: paciencia, y escarmentar para desde
aqu adelante.

-As escarmentar vuestra merced -respondi Sancho- como yo soy turco;
pero, pues dice que si me hubiera credo se hubiera escusado este dao,
crame ahora y escusar otro mayor; porque le hago saber que con la Santa
Hermandad no hay usar de caballeras, que no se le da a ella por cuantos
caballeros andantes hay dos maraveds; y sepa que ya me parece que sus
saetas me zumban por los odos.

-Naturalmente eres cobarde, Sancho -dijo don Quijote-, pero, porque no
digas que soy contumaz y que jams hago lo que me aconsejas, por esta vez
quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes; mas ha de
ser con una condicin: que jams, en vida ni en muerte, has de decir a
nadie que yo me retir y apart deste peligro de miedo, sino por complacer
a tus ruegos; que si otra cosa dijeres, mentirs en ello, y desde ahora
para entonces, y desde entonces para ahora, te desmiento, y digo que
mientes y mentirs todas las veces que lo pensares o lo dijeres. Y no me
repliques ms, que en slo pensar que me aparto y retiro de algn peligro,
especialmente dste, que parece que lleva algn es no es de sombra de
miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aqu solo, no solamente a la
Santa Hermandad que dices y temes, sino a los hermanos de los doce tribus
de Israel, y a los siete Macabeos, y a Cstor y a Plux, y aun a todos los
hermanos y hermandades que hay en el mundo.

-Seor -respondi Sancho-, que el retirar no es huir, ni el esperar es
cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es
guardarse hoy para maana y no aventurarse todo en un da. Y sepa que,
aunque zafio y villano, todava se me alcanza algo desto que llaman buen
gobierno; as que, no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba
en Rocinante, si puede, o si no yo le ayudar, y sgame, que el caletre me
dice que hemos menester ahora ms los pies que las manos.

Subi don Quijote, sin replicarle ms palabra, y, guiando Sancho sobre su
asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que all junto estaba,
llevando Sancho intencin de atravesarla toda e ir a salir al Viso, o a
Almodvar del Campo, y esconderse algunos das por aquellas asperezas, por
no ser hallados si la Hermandad los buscase. Animle a esto haber visto que
de la refriega de los galeotes se haba escapado libre la despensa que
sobre su asno vena, cosa que la juzg a milagro, segn fue lo que llevaron
y buscaron los galeotes.

As como don Quijote entr por aquellas montaas, se le alegr el corazn,
parecindole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba.
Reducansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes
soledades y asperezas haban sucedido a caballeros andantes. Iba pensando
en estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otra
se acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado -despus que le pareci que
caminaba por parte segura- sino de satisfacer su estmago con los relieves
que del despojo clerical haban quedado; y as, iba tras su amo sentado a
la mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su
panza; y no se le diera por hallar otra ventura, entretanto que iba de
aquella manera, un ardite.

En esto, alz los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la
punta del lanzn alzar no s qu bulto que estaba cado en el suelo, por lo
cual se dio priesa a llegar a ayudarle si fuese menester; y cuando lleg
fue a tiempo que alzaba con la punta del lanzn un cojn y una maleta asida
a l, medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto,
que fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mandle su amo que
viese lo que en la maleta vena.

Hzolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta vena cerrada con una
cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo que en ella haba,
que eran cuatro camisas de delgada holanda y otras cosas de lienzo, no
menos curiosas que limpias, y en un paizuelo hall un buen montoncillo de
escudos de oro; y, as como los vio, dijo:

-Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que sea de
provecho!

Y buscando ms, hall un librillo de memoria, ricamente guarnecido. ste le
pidi don Quijote, y mandle que guardase el dinero y lo tomase para l.
Besle las manos Sancho por la merced, y, desvalijando a la valija de su
lencera, la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don
Quijote, dijo:

-Parceme, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que algn caminante
descaminado debi de pasar por esta sierra, y, saltendole malandrines, le
debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan escondida parte.
-No puede ser eso -respondi Sancho-, porque si fueran ladrones, no se
dejaran aqu este dinero.

-Verdad dices -dijo don Quijote-, y as, no adivino ni doy en lo que esto
pueda ser; mas, esprate: veremos si en este librillo de memoria hay alguna
cosa escrita por donde podamos rastrear y venir en conocimiento de lo que
deseamos.

Abrile, y lo primero que hall en l escrito, como en borrador, aunque de
muy buena letra, fue un soneto, que, leyndole alto porque Sancho tambin
lo oyese, vio que deca desta manera:

O le falta al Amor conocimiento,

o le sobra crueldad, o no es mi pena

igual a la ocasin que me condena

al gnero ms duro de tormento.

Pero si Amor es dios, es argumento

que nada ignora, y es razn muy buena

que un dios no sea cruel. Pues, quin ordena

el terrible dolor que adoro y siento?

Si digo que sois vos, Fili, no acierto;

que tanto mal en tanto bien no cabe,

ni me viene del cielo esta rina.

Presto habr de morir, que es lo ms cierto;

que al mal de quien la causa no se sabe

milagro es acertar la medicina.

-Por esa trova -dijo Sancho- no se puede saber nada, si ya no es que por
ese hilo que est ah se saque el ovillo de todo.

-Qu hilo est aqu? -dijo don Quijote.

-Parceme -dijo Sancho- que vuestra merced nombr ah hilo.

-No dije sino Fili -respondi don Quijote-, y ste, sin duda, es el nombre
de la dama de quien se queja el autor deste soneto; y a fe que debe de ser
razonable poeta, o yo s poco del arte.

-Luego, tambin -dijo Sancho- se le entiende a vuestra merced de trovas?
-Y ms de lo que t piensas -respondi don Quijote-, y verslo cuando
lleves una carta, escrita en verso de arriba abajo, a mi seora Dulcinea
del Toboso. Porque quiero que sepas, Sancho, que todos o los ms caballeros
andantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes msicos; que
estas dos habilidades, o gracias, por mejor decir, son anexas a los
enamorados andantes. Verdad es que las coplas de los pasados caballeros
tienen ms de espritu que de primor.

-Lea ms vuestra merced -dijo Sancho-, que ya hallar algo que nos
satisfaga.

Volvi la hoja don Quijote y dijo:

-Esto es prosa, y parece carta.

-Carta misiva, seor? -pregunt Sancho.

-En el principio no parece sino de amores -respondi don Quijote.
-Pues lea vuestra merced alto -dijo Sancho-, que gusto mucho destas cosas
de amores.

-Que me place -dijo don Quijote.

Y, leyndola alto, como Sancho se lo haba rogado, vio que deca desta
manera:

Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes
volvern a tus odos las nuevas de mi muerte que las razones de mis quejas.
Desechsteme, oh ingrata!, por quien tiene ms, no por quien vale ms que
yo; mas si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas
ajenas ni llorara desdichas propias. Lo que levant tu hermosura han
derribado tus obras: por ella entend que eras ngel, y por ellas conozco
que eres mujer. Qudate en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo que
los engaos de tu esposo estn siempre encubiertos, porque t no quedes
arrepentida de lo que heciste y yo no tome venganza de lo que no deseo.
Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:

-Menos por sta que por los versos se puede sacar ms de que quien la
escribi es algn desdeado amante.

Y, hojeando casi todo el librillo, hall otros versos y cartas, que algunos
pudo leer y otros no; pero lo que todos contenan eran quejas, lamentos,
desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes, solenizados los
unos y llorados los otros.

En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sin
dejar rincn en toda ella, ni en el cojn, que no buscase, escudriase e
inquiriese, ni costura que no deshiciese, ni vedija de lana que no
escarmenase, porque no se quedase nada por diligencia ni mal recado: tal
golosina haban despertado en l los hallados escudos, que pasaban de
ciento. Y, aunque no hall mas de lo hallado, dio por bien empleados los
vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las estacas,
las puadas del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gabn y toda
la hambre, sed y cansancio que haba pasado en servicio de su buen seor,
parecindole que estaba ms que rebin pagado con la merced recebida de la
entrega del hallazgo.

Con gran deseo qued el Caballero de la Triste Figura de saber quin fuese
el dueo de la maleta, conjeturando, por el soneto y carta, por el dinero
en oro y por las tan buenas camisas, que deba de ser de algn principal
enamorado, a quien desdenes y malos tratamientos de su dama deban de haber
conducido a algn desesperado trmino. Pero, como por aquel lugar
inhabitable y escabroso no pareca persona alguna de quien poder
informarse, no se cur de ms que de pasar adelante, sin llevar otro camino
que aquel que Rocinante quera, que era por donde l poda caminar, siempre
con imaginacin que no poda faltar por aquellas malezas alguna estraa
aventura.

Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una montauela que
delante de los ojos se le ofreca, iba saltando un hombre, de risco en
risco y de mata en mata, con estraa ligereza. Figursele que iba desnudo,
la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los pies
descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubran unos calzones,
al parecer de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos que por muchas
partes se le descubran las carnes. Traa la cabeza descubierta, y, aunque
pas con la ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias mir y not
el Caballero de la Triste Figura; y, aunque lo procur, no pudo seguille,
porque no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellas
asperezas, y ms siendo l de suyo pisacorto y flemtico. Luego imagin don
Quijote que aqul era el dueo del cojn y de la maleta, y propuso en s de
buscalle, aunque supiese andar un ao por aquellas montaas hasta hallarle;
y as, mand a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte de
la montaa, que l ira por la otra y podra ser que topasen, con esta
diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa se les haba quitado de
delante.

-No podr hacer eso -respondi Sancho-, porque, en apartndome de vuestra
merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil gneros de
sobresaltos y visiones. Y srvale esto que digo de aviso, para que de aqu
adelante no me aparte un dedo de su presencia.

-As ser -dijo el de la Triste Figura-, y yo estoy muy contento de que te
quieras valer de mi nimo, el cual no te ha de faltar, aunque te falte el
nima del cuerpo. Y vente ahora tras m poco a poco, o como pudieres, y haz
de los ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela: quiz toparemos con
aquel hombre que vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el dueo
de nuestro hallazgo.

A lo que Sancho respondi:

-Harto mejor sera no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese el
dueo del dinero, claro est que lo tengo de restituir; y as, fuera mejor,
sin hacer esta intil diligencia, poseerlo yo con buena fe hasta que, por
otra va menos curiosa y diligente, pareciera su verdadero seor; y quiz
fuera a tiempo que lo hubiera gastado, y entonces el rey me haca franco.
-Engaste en eso, Sancho -respondi don Quijote-; que, ya que hemos cado
en sospecha de quin es el dueo, cuasi delante, estamos obligados a
buscarle y volvrselos; y, cuando no le buscsemos, la vehemente sospecha
que tenemos de que l lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese.
As que, Sancho amigo, no te d pena el buscalle, por la que a m se me
quitar si le hallo.

Y as, pic a Rocinante, y siguile Sancho con su acostumbrado jumento; y,
habiendo rodeado parte de la montaa, hallaron en un arroyo, cada, muerta
y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y
enfrenada; todo lo cual confirm en ellos ms la sospecha de que aquel que
hua era el dueo de la mula y del cojn.

Estndola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y a
deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, y
tras ellas, por cima de la montaa, pareci el cabrero que las guardaba,
que era un hombre anciano. Diole voces don Quijote, y rogle que bajase
donde estaban. l respondi a gritos que quin les haba trado por aquel
lugar, pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y
otras fieras que por all andaban. Respondile Sancho que bajase, que de
todo le daran buena cuenta. Baj el cabrero, y, en llegando adonde don
Quijote estaba, dijo:

-Apostar que est mirando la mula de alquiler que est muerta en esa
hondonada. Pues a buena fe que ha ya seis meses que est en ese lugar.
Dganme: han topado por ah a su dueo?

-No hemos topado a nadie -respondi don Quijote-, sino a un cojn y a una
maletilla que no lejos deste lugar hallamos.

-Tambin la hall yo -respondi el cabrero-, mas nunca la quise alzar ni
llegar a ella, temeroso de algn desmn y de que no me la pidiesen por de
hurto; que es el diablo sotil, y debajo de los pies se levanta allombre
cosa donde tropiece y caya, sin saber cmo ni cmo no.

-Eso mesmo es lo que yo digo -respondi Sancho-: que tambin la hall yo, y
no quise llegar a ella con un tiro de piedra; all la dej y all se queda
como se estaba, que no quiero perro con cencerro.

-Decidme, buen hombre -dijo don Quijote-, sabis vos quin sea el dueo
destas prendas?

-Lo que sabr yo decir -dijo el cabrero- es que habr al pie de seis
meses, poco ms a menos, que lleg a una majada de pastores, que estar
como tres leguas deste lugar, un mancebo de gentil talle y apostura,
caballero sobre esa mesma mula que ah est muerta, y con el mesmo cojn y
maleta que decs que hallastes y no tocastes. Preguntnos que cul parte
desta sierra era la ms spera y escondida; dijmosle que era esta donde
ahora estamos; y es ans la verdad, porque si entris media legua ms
adentro, quiz no acertaris a salir; y estoy maravillado de cmo habis
podido llegar aqu, porque no hay camino ni senda que a este lugar
encamine. Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta el mancebo, volvi
las riendas y encamin hacia el lugar donde le sealamos, dejndonos a
todos contentos de su buen talle, y admirados de su demanda y de la priesa
con que le vamos caminar y volverse hacia la sierra; y desde entonces
nunca ms le vimos, hasta que desde all a algunos das sali al camino a
uno de nuestros pastores, y, sin decille nada, se lleg a l y le dio
muchas puadas y coces, y luego se fue a la borrica del hato y le quit
cuanto pan y queso en ella traa; y, con estraa ligereza, hecho esto, se
volvi a emboscar en la sierra. Como esto supimos algunos cabreros, le
anduvimos a buscar casi dos das por lo ms cerrado desta sierra, al cabo
de los cuales le hallamos metido en el hueco de un grueso y valiente
alcornoque. Sali a nosotros con mucha mansedumbre, ya roto el vestido, y
el rostro disfigurado y tostado del sol, de tal suerte que apenas le
conocamos, sino que los vestidos, aunque rotos, con la noticia que dellos
tenamos, nos dieron a entender que era el que buscbamos. Saludnos
cortsmente, y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos
maravillsemos de verle andar de aquella suerte, porque as le convena
para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le haba sido
impuesta. Rogmosle que nos dijese quin era, mas nunca lo pudimos acabar
con l. Pedmosle tambin que, cuando hubiese menester el sustento, sin el
cual no poda pasar, nos dijese dnde le hallaramos, porque con mucho amor
y cuidado se lo llevaramos; y que si esto tampoco fuese de su gusto, que,
a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeci
nuestro ofrecimiento, pidi perdn de los asaltos pasados, y ofreci de
pedillo de all adelante por amor de Dios, sin dar molestia alguna a nadie.
En cuanto lo que tocaba a la estancia de su habitacin, dijo que no tena
otra que aquella que le ofreca la ocasin donde le tomaba la noche; y
acab su pltica con un tan tierno llanto, que bien furamos de piedra los
que escuchado le habamos, si en l no le acomparamos, considerndole
cmo le habamos visto la vez primera, y cul le veamos entonces. Porque,
como tengo dicho, era un muy gentil y agraciado mancebo, y en sus corteses
y concertadas razones mostraba ser bien nacido y muy cortesana persona;
que, puesto que ramos rsticos los que le escuchbamos, su gentileza era
tanta, que bastaba a darse a conocer a la mesma rusticidad. Y, estando en
lo mejor de su pltica, par y enmudecise; clav los ojos en el suelo por
un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos y suspensos, esperando
en qu haba de parar aquel embelesamiento, con no poca lstima de verlo;
porque, por lo que haca de abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sin
mover pestaa gran rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios y
enarcando las cejas, fcilmente conocimos que algn accidente de locura le
haba sobrevenido. Mas l nos dio a entender presto ser verdad lo que
pensbamos, porque se levant con gran furia del suelo, donde se haba
echado, y arremeti con el primero que hall junto a s, con tal denuedo y
rabia que, si no se le quitramos, le matara a puadas y a bocados; y todo
esto haca, diciendo: ''Ah, fementido Fernando! Aqu, aqu me pagars la
sinrazn que me heciste: estas manos te sacarn el corazn, donde albergan
y tienen manida todas las maldades juntas, principalmente la fraude y el
engao!'' Y a stas aada otras razones, que todas se encaminaban a decir
mal de aquel Fernando y a tacharle de traidor y fementido. Quitmossele,
pues, con no poca pesadumbre, y l, sin decir ms palabra, se apart de
nosotros y se embosc corriendo por entre estos jarales y malezas, de modo
que nos imposibilit el seguille. Por esto conjeturamos que la locura le
vena a tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando le deba de haber
hecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo mostraba el trmino a que le
haba conducido. Todo lo cual se ha confirmado despus ac con las veces,
que han sido muchas, que l ha salido al camino, unas a pedir a los
pastores le den de lo que llevan para comer y otras a quitrselo por
fuerza; porque cuando est con el accidente de la locura, aunque los
pastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma a
puadas; y cuando est en su seso, lo pide por amor de Dios, corts y
comedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de lgrimas.
Y en verdad os digo, seores -prosigui el cabrero-, que ayer determinamos
yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos mos, de buscarle
hasta tanto que le hallemos, y, despus de hallado, ya por fuerza ya por
grado, le hemos de llevar a la villa de Almodvar, que est de aqu ocho
leguas, y all le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quin
es cuando est en sus seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su
desgracia. Esto es, seores, lo que sabr deciros de lo que me habis
preguntado; y entended que el dueo de las prendas que hallastes es el
mesmo que vistes pasar con tanta ligereza como desnudez -que ya le haba
dicho don Quijote cmo haba visto pasar aquel hombre saltando por la
sierra.

El cual qued admirado de lo que al cabrero haba odo, y qued con ms
deseo de saber quin era el desdichado loco; y propuso en s lo mesmo que
ya tena pensado: de buscalle por toda la montaa, sin dejar rincn ni
cueva en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hzolo mejor la suerte de
lo que l pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareci, por
entre una quebrada de una sierra que sala donde ellos estaban, el mancebo
que buscaba, el cual vena hablando entre s cosas que no podan ser
entendidas de cerca, cuanto ms de lejos. Su traje era cual se ha pintado,
slo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que
sobre s traa era de mbar; por donde acab de entender que persona que
tales hbitos traa no deba de ser de nfima calidad.

En llegando el mancebo a ellos, les salud con una voz desentonada y
bronca, pero con mucha cortesa. Don Quijote le volvi las saludes con no
menos comedimiento, y, apendose de Rocinante, con gentil continente y
donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus
brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido. El otro, a quien
podemos llamar el Roto de la Mala Figura -como a don Quijote el de la
Triste-, despus de haberse dejado abrazar, le apart un poco de s, y,
puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, como
que quera ver si le conoca; no menos admirado quiz de ver la figura,
talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a l. En
resolucin, el primero que habl despus del abrazamiento fue el Roto, y
dijo lo que se dir adelante.





Captulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena


Dice la historia que era grandsima la atencin con que don Quijote
escuchaba al astroso Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su
pltica, dijo:

-Por cierto, seor, quienquiera que seis, que yo no os conozco, yo os
agradezco las muestras y la cortesa que conmigo habis usado; y quisiera
yo hallarme en trminos que con ms que la voluntad pudiera servir la que
habis mostrado tenerme en el buen acogimiento que me habis hecho, mas no
quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que
me hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.

-Los que yo tengo -respondi don Quijote- son de serviros; tanto, que tena
determinado de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si el
dolor que en la estraeza de vuestra vida mostris tener se poda hallar
algn gnero de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la
diligencia posible. Y, cuando vuestra desventura fuera de aquellas que
tienen cerradas las puertas a todo gnero de consuelo, pensaba ayudaros a
llorarla y plairla como mejor pudiera, que todava es consuelo en las
desgracias hallar quien se duela dellas. Y, si es que mi buen intento
merece ser agradecido con algn gnero de cortesa, yo os suplico, seor,
por la mucha que veo que en vos se encierra, y juntamente os conjuro por la
cosa que en esta vida ms habis amado o amis, que me digis quin sois y
la causa que os ha trado a vivir y a morir entre estas soledades como
bruto animal, pues moris entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo
muestra vuestro traje y persona. Y juro -aadi don Quijote-, por la orden
de caballera que receb, aunque indigno y pecador, y por la profesin de
caballero andante, que si en esto, seor, me complacis, de serviros con
las veras a que me obliga el ser quien soy: ora remediando vuestra
desgracia, si tiene remedio, ora ayudndoos a llorarla, como os lo he
prometido.

El Caballero del Bosque, que de tal manera oy hablar al de la Triste
Figura, no haca sino mirarle, y remirarle y tornarle a mirar de arriba
abajo; y, despus que le hubo bien mirado, le dijo:

-Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que,
despus de haber comido, yo har todo lo que se me manda, en agradecimiento
de tan buenos deseos como aqu se me han mostrado.

Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrn, con que
satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona
atontada, tan apriesa que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes
los engulla que tragaba; y, en tanto que coma, ni l ni los que le
miraban hablaban palabra. Como acab de comer, les hizo de seas que le
siguiesen, como lo hicieron, y l los llev a un verde pradecillo que a la
vuelta de una pea poco desviada de all estaba. En llegando a l se tendi
en el suelo, encima de la yerba, y los dems hicieron lo mismo; y todo esto
sin que ninguno hablase, hasta que el Roto, despus de haberse acomodado en
su asiento, dijo:

-Si gustis, seores, que os diga en breves razones la inmensidad de mis
desventuras, habisme de prometer de que con ninguna pregunta, ni otra
cosa, no interromperis el hilo de mi triste historia; porque en el punto
que lo hagis, en se se quedar lo que fuere contando.

Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que le
haba contado su escudero, cuando no acert el nmero de las cabras que
haban pasado el ro y se qued la historia pendiente. Pero, volviendo al
Roto, prosigui diciendo:

-Esta prevencin que hago es porque querra pasar brevemente por el cuento
de mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve de otra cosa
que aadir otras de nuevo, y, mientras menos me preguntredes, ms presto
acabar yo de decillas, puesto que no dejar por contar cosa alguna que sea
de importancia para no satisfacer del todo a vuestro deseo.

Don Quijote se lo prometi, en nombre de los dems, y l, con este seguro,
comenz desta manera:

-Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores desta
Andaluca; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta que la
deben de haber llorado mis padres y sentido mi linaje, sin poderla aliviar
con su riqueza; que para remediar desdichas del cielo poco suelen valer los
bienes de fortuna. Viva en esta mesma tierra un cielo, donde puso el amor
toda la gloria que yo acertara a desearme: tal es la hermosura de Luscinda,
doncella tan noble y tan rica como yo, pero de ms ventura y de menos
firmeza de la que a mis honrados pensamientos se deba. A esta Luscinda
am, quise y ador desde mis tiernos y primeros aos, y ella me quiso a m
con aquella sencillez y buen nimo que su poca edad permita. Saban
nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello, porque bien vean
que, cuando pasaran adelante, no podan tener otro fin que el de casarnos,
cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y riquezas.
Creci la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscinda
le pareci que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada de
su casa, casi imitando en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada
de los poetas. Y fue esta negacin aadir llama a llama y deseo a deseo,
porque, aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las
plumas, las cuales, con ms libertad que las lenguas, suelen dar a entender
a quien quieren lo que en el alma est encerrado; que muchas veces la
presencia de la cosa amada turba y enmudece la intencin ms determinada y
la lengua ms atrevida. Ay cielos, y cuntos billetes le escrib! Cun
regaladas y honestas respuestas tuve! Cuntas canciones compuse y cuntos
enamorados versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos,
pintaba sus encendidos deseos, entretena sus memorias y recreaba su
voluntad!

En efeto, vindome apurado, y que mi alma se consuma con el deseo de
verla, determin poner por obra y acabar en un punto lo que me pareci que
ms convena para salir con mi deseado y merecido premio; y fue el
pedrsela a su padre por legtima esposa, como lo hice; a lo que l me
respondi que me agradeca la voluntad que mostraba de honralle, y de
querer honrarme con prendas suyas, pero que, siendo mi padre vivo, a l
tocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque, si no fuese con
mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse a
hurto.

Yo le agradec su buen intento, parecindome que llevaba razn en lo que
deca, y que mi padre vendra en ello como yo se lo dijese; y con este
intento, luego en aquel mismo instante, fui a decirle a mi padre lo que
deseaba. Y, al tiempo que entr en un aposento donde estaba, le hall con
una carta abierta en la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me
la dio y me dijo: ''Por esa carta vers, Cardenio, la voluntad que el duque
Ricardo tiene de hacerte merced''. Este duque Ricardo, como ya vosotros,
seores, debis de saber, es un grande de Espaa que tiene su estado en lo
mejor desta Andaluca. Tom y le la carta, la cual vena tan encarecida
que a m mesmo me pareci mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ella
se le peda, que era que me enviase luego donde l estaba; que quera que
fuese compaero, no criado, de su hijo el mayor, y que l tomaba a cargo el
ponerme en estado que correspondiese a la estimacin en que me tena. Le
la carta y enmudec leyndola, y ms cuando o que mi padre me deca: ''De
aqu a dos das te partirs, Cardenio, a hacer la voluntad del duque; y da
gracias a Dios que te va abriendo camino por donde alcances lo que yo s
que mereces''. Aadi a stas otras razones de padre consejero.
Llegse el trmino de mi partida, habl una noche a Luscinda, djele todo
lo que pasaba, y lo mesmo hice a su padre, suplicndole se entretuviese
algunos das y dilatase el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo
me quera. l me lo prometi y ella me lo confirm con mil juramentos y mil
desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui dl tan bien
recebido y tratado, que desde luego comenz la envidia a hacer su oficio,
tenindomela los criados antiguos, parecindoles que las muestras que el
duque daba de hacerme merced haban de ser en perjuicio suyo. Pero el que
ms se holg con mi ida fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando,
mozo gallardo, gentilhombre, liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo,
quiso que fuese tan su amigo, que daba que decir a todos; y, aunque el
mayor me quera bien y me haca merced, no lleg al estremo con que don
Fernando me quera y trataba.

Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta que no se
comunique, y la privanza que yo tena con don Fernando dejada de serlo por
ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente uno
enamorado, que le traa con un poco de desasosiego. Quera bien a una
labradora, vasalla de su padre (y ella los tena muy ricos), y era tan
hermosa, recatada, discreta y honesta que nadie que la conoca se
determinaba en cul destas cosas tuviese ms excelencia ni ms se
aventajase. Estas tan buenas partes de la hermosa labradora redujeron a tal
trmino los deseos de don Fernando, que se determin, para poder alcanzarlo
y conquistar la entereza de la labradora, darle palabra de ser su esposo,
porque de otra manera era procurar lo imposible. Yo, obligado de su
amistad, con las mejores razones que supe y con los ms vivos ejemplos que
pude, procur estorbarle y apartarle de tal propsito. Pero, viendo que no
aprovechaba, determin de decirle el caso al duque Ricardo, su padre. Mas
don Fernando, como astuto y discreto, se recel y temi desto, por
parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen criado, no tener
encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi seor el duque
vena; y as, por divertirme y engaarme, me dijo que no hallaba otro mejor
remedio para poder apartar de la memoria la hermosura que tan sujeto le
tena, que el ausentarse por algunos meses; y que quera que el ausencia
fuese que los dos nos vinisemos en casa de mi padre, con ocasin que
daran al duque que vena a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en
mi ciudad haba, que es madre de los mejores del mundo.

Apenas le o yo decir esto, cuando, movido de mi aficin, aunque su
determinacin no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las ms
acertadas que se podan imaginar, por ver cun buena ocasin y coyuntura se
me ofreca de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo,
aprob su parecer y esforc su propsito, dicindole que lo pusiese por
obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia haca su
oficio, a pesar de los ms firmes pensamientos. Ya cuando l me vino a
decir esto, segn despus se supo, haba gozado a la labradora con ttulo
de esposo, y esperaba ocasin de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que
el duque su padre hara cuando supiese su disparate.

Sucedi, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo
es, sino apetito, el cual, como tiene por ltimo fin el deleite, en
llegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atrs aquello que pareca
amor, porque no puede pasar adelante del trmino que le puso naturaleza, el
cual trmino no le puso a lo que es verdadero amor...; quiero decir que,
as como don Fernando goz a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se
resfriaron sus ahncos; y si primero finga quererse ausentar, por
remediarlos, ahora de veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecucin.
Diole el duque licencia, y mandme que le acompaase. Venimos a mi ciudad,
recibile mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron a
vivir, aunque no haban estado muertos ni amortiguados, mis deseos, de los
cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley
de la mucha amistad que mostraba, no le deba encubrir nada. Alable la
hermosura, donaire y discrecin de Luscinda de tal manera, que mis
alabanzas movieron en l los deseos de querer ver doncella de tantas buenas
partes adornada. Cumplselos yo, por mi corta suerte, ensendosela una
noche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos solamos
hablarnos. Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por l
vistas las puso en olvido. Enmudeci, perdi el sentido, qued absorto y,
finalmente, tan enamorado cual lo veris en el discurso del cuento de mi
desventura. Y, para encenderle ms el deseo, que a m me celaba y al cielo
a solas descubra, quiso la fortuna que hallase un da un billete suyo
pidindome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto
y tan enamorado que, en leyndolo, me dijo que en sola Luscinda se
encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las
dems mujeres del mundo estaban repartidas.

Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo vea con cun
justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de or aquellas
alabanzas de su boca, y comenc a temer y a recelarme dl, porque no se
pasaba momento donde no quisiese que tratsemos de Luscinda, y l mova la
pltica, aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en m un
no s qu de celos, no porque yo temiese revs alguno de la bondad y de la
fe de Luscinda, pero, con todo eso, me haca temer mi suerte lo mesmo que
ella me aseguraba. Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo a
Luscinda enviaba y los que ella me responda, a ttulo que de la discrecin
de los dos gustaba mucho. Acaeci, pues, que, habindome pedido Luscinda un
libro de caballeras en que leer, de quien era ella muy aficionada, que era
el de Amads de Gaula...

No hubo bien odo don Quijote nombrar libro de caballeras, cuando dijo:
-Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su
merced de la seora Luscinda era aficionada a libros de caballeras, no
fuera menester otra exageracin para darme a entender la alteza de su
entendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, seor, le habis
pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda: as que, para
conmigo, no es menester gastar ms palabras en declararme su hermosura,
valor y entendimiento; que, con slo haber entendido su aficin, la
confirmo por la ms hermosa y ms discreta mujer del mundo. Y quisiera yo,
seor, que vuestra merced le hubiera enviado junto con Amads de Gaula al
bueno de Don Rugel de Grecia, que yo s que gustara la seora Luscinda
mucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel y de
aquellos admirables versos de sus buclicas, cantadas y representadas por
l con todo donaire, discrecin y desenvoltura. Pero tiempo podr venir en
que se enmiende esa falta, y no dura ms en hacerse la enmienda de cuanto
quiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que all
le podr dar ms de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el
entretenimiento de mi vida; aunque tengo para m que ya no tengo ninguno,
merced a la malicia de malos y envidiosos encantadores. Y perdneme vuestra
merced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper su
pltica, pues, en oyendo cosas de caballeras y de caballeros andantes, as
es en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es en la de los rayos del
sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la luna. As que, perdn y
proseguir, que es lo que ahora hace ms al caso.

En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le haba
cado a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar
profundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote que
prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni responda palabra; pero, al
cabo de un buen espacio, la levant y dijo:

-No se me puede quitar del pensamiento, ni habr quien me lo quite en el
mundo, ni quien me d a entender otra cosa (y sera un majadero el que lo
contrario entendiese o creyese), sino que aquel bellaconazo del maestro
Elisabat estaba amancebado con la reina Madsima.

-Eso no, voto a tal! -respondi con mucha clera don Quijote (y arrojle,
como tena de costumbre)-; y sa es una muy gran malicia, o bellaquera,
por mejor decir: la reina Madsima fue muy principal seora, y no se ha de
presumir que tan alta princesa se haba de amancebar con un sacapotras; y
quien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco. Y yo se lo
dar a entender, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche o de da,
o como ms gusto le diere.

Estbale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya haba venido el
accidente de su locura y no estaba para proseguir su historia; ni tampoco
don Quijote se la oyera, segn le haba disgustado lo que de Madsima le
haba odo. Estrao caso; que as volvi por ella como si verdaderamente
fuera su verdadera y natural seora: tal le tenan sus descomulgados
libros! Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oy tratar de
ments y de bellaco, con otros denuestos semejantes, parecile mal la
burla, y alz un guijarro que hall junto a s, y dio con l en los pechos
tal golpe a don Quijote que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que de
tal modo vio parar a su seor, arremeti al loco con el puo cerrado; y el
Roto le recibi de tal suerte que con una puada dio con l a sus pies, y
luego se subi sobre l y le brum las costillas muy a su sabor. El
cabrero, que le quiso defender, corri el mesmo peligro. Y, despus que los
tuvo a todos rendidos y molidos, los dej y se fue, con gentil sosiego, a
emboscarse en la montaa.

Levantse Sancho, y, con la rabia que tena de verse aporreado tan sin
merecerlo, acudi a tomar la venganza del cabrero, dicindole que l tena
la culpa de no haberles avisado que a aquel hombre le tomaba a tiempos la
locura; que, si esto supieran, hubieran estado sobre aviso para poderse
guardar. Respondi el cabrero que ya lo haba dicho, y que si l no lo
haba odo, que no era suya la culpa. Replic Sancho Panza, y torn a
replicar el cabrero, y fue el fin de las rplicas asirse de las barbas y
darse tales puadas que, si don Quijote no los pusiera en paz, se hicieran
pedazos. Deca Sancho, asido con el cabrero:

-Djeme vuestra merced, seor Caballero de la Triste Figura, que en ste,
que es villano como yo y no est armado caballero, bien puedo a mi salvo
satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando con l mano a mano, como
hombre honrado.

-As es -dijo don Quijote-, pero yo s que l no tiene ninguna culpa de lo
sucedido.

Con esto los apacigu, y don Quijote volvi a preguntar al cabrero si sera
posible hallar a Cardenio, porque quedaba con grandsimo deseo de saber el
fin de su historia. Djole el cabrero lo que primero le haba dicho, que
era no saber de cierto su manida; pero que, si anduviese mucho por aquellos
contornos, no dejara de hallarle, o cuerdo o loco.





Captulo XXV. Que trata de las estraas cosas que en Sierra Morena
sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitacin que hizo a
la penitencia de Beltenebros


Despidise del cabrero don Quijote, y, subiendo otra vez sobre Rocinante,
mand a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su jumento, de muy
mala gana. banse poco a poco entrando en lo ms spero de la montaa, y
Sancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que l comenzase la
pltica, por no contravenir a lo que le tena mandado; mas, no pudiendo
sufrir tanto silencio, le dijo:

-Seor don Quijote, vuestra merced me eche su bendicin y me d licencia;
que desde aqu me quiero volver a mi casa, y a mi mujer y a mis hijos, con
los cuales, por lo menos, hablar y departir todo lo que quisiere; porque
querer vuestra merced que vaya con l por estas soledades, de da y de
noche, y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si ya
quisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de
Guisopete, fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me
viniera en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y
que no se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida
y no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puadas, y, con todo
esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en
su corazn, como si fuera mudo.

-Ya te entiendo, Sancho -respondi don Quijote-: t mueres porque te alce
el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que
quisieres, con condicin que no ha de durar este alzamiento ms de en
cuanto anduviremos por estas sierras.

-Sea ans -dijo Sancho-: hable yo ahora, que despus Dios sabe lo que ser;
y, comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo que qu le iba a vuestra
merced en volver tanto por aquella reina Magimasa, o como se llama? O, qu
haca al caso que aquel abad fuese su amigo o no? Que, si vuestra merced
pasara con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasara
adelante con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y
las coces, y aun ms de seis torniscones.

-A fe, Sancho -respondi don Quijote-, que si t supieras, como yo lo s,
cun honrada y cun principal seora era la reina Madsima, yo s que
dijeras que tuve mucha paciencia, pues no quebr la boca por donde tales
blasfemias salieron; porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una
reina est amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel
maestro Elisabat, que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy
sanos consejos, y sirvi de ayo y de mdico a la reina; pero pensar que
ella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo. Y, porque veas
que Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo ya
estaba sin juicio.

-Eso digo yo -dijo Sancho-: que no haba para qu hacer cuenta de las
palabras de un loco, porque si la buena suerte no ayudara a vuestra merced
y encaminara el guijarro a la cabeza, como le encamin al pecho, buenos
quedramos por haber vuelto por aquella mi seora, que Dios cohonda. Pues,
montas que no se librara Cardenio por loco!

-Contra cuerdos y contra locos est obligado cualquier caballero andante a
volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto ms por
las reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madsima, a quien yo
tengo particular aficin por sus buenas partes; porque, fuera de haber sido
fermosa, adems fue muy prudente y muy sufrida en sus calamidades, que las
tuvo muchas; y los consejos y compaa del maestro Elisabat le fue y le
fueron de mucho provecho y alivio para poder llevar sus trabajos con
prudencia y paciencia. Y de aqu tom ocasin el vulgo ignorante y mal
intencionado de decir y pensar que ella era su manceba; y mienten, digo
otra vez, y mentirn otras docientas, todos los que tal pensaren y dijeren.
-Ni yo lo digo ni lo pienso -respondi Sancho-: all se lo hayan; con su
pan se lo coman. Si fueron amancebados, o no, a Dios habrn dado la cuenta.
De mis vias vengo, no s nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el
que compra y miente, en su bolsa lo siente. Cuanto ms, que desnudo nac,
desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; mas que lo fuesen, qu me va a m? Y
muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas. Mas, quin puede poner
puertas al campo? Cuanto ms, que de Dios dijeron.

-Vlame Dios -dijo don Quijote-, y qu de necedades vas, Sancho,
ensartando! Qu va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu
vida, Sancho, que calles; y de aqu adelante, entremtete en espolear a tu
asno, y deja de hacello en lo que no te importa. Y entiende con todos tus
cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto
en razn y muy conforme a las reglas de caballera, que las s mejor que
cuantos caballeros las profesaron en el mundo.

-Seor -respondi Sancho-, y es buena regla de caballera que andemos
perdidos por estas montaas, sin senda ni camino, buscando a un loco, el
cual, despus de hallado, quiz le vendr en voluntad de acabar lo que dej
comenzado, no de su cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de mis
costillas, acabndonoslas de romper de todo punto?

-Calla, te digo otra vez, Sancho -dijo don Quijote-; porque te hago saber
que no slo me trae por estas partes el deseo de hallar al loco, cuanto el
que tengo de hacer en ellas una hazaa con que he de ganar perpetuo nombre
y fama en todo lo descubierto de la tierra; y ser tal, que he de echar con
ella el sello a todo aquello que puede hacer perfecto y famoso a un andante
caballero.

-Y es de muy gran peligro esa hazaa? -pregunt Sancho Panza.

-No -respondi el de la Triste Figura-, puesto que de tal manera poda
correr el dado, que echsemos azar en lugar de encuentro; pero todo ha de
estar en tu diligencia.

-En mi diligencia? -dijo Sancho.

-S -dijo don Quijote-, porque si vuelves presto de adonde pienso enviarte,
presto se acabar mi pena y presto comenzar mi gloria. Y, porque no es
bien que te tenga ms suspenso, esperando en lo que han de parar mis
razones, quiero, Sancho, que sepas que el famoso Amads de Gaula fue uno de
los ms perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue el
solo, el primero, el nico, el seor de todos cuantos hubo en su tiempo en
el mundo. Mal ao y mal mes para don Belians y para todos aquellos que
dijeren que se le igual en algo, porque se engaan, juro cierto. Digo
asimismo que, cuando algn pintor quiere salir famoso en su arte, procura
imitar los originales de los ms nicos pintores que sabe; y esta mesma
regla corre por todos los ms oficios o ejercicios de cuenta que sirven
para adorno de las repblicas. Y as lo ha de hacer y hace el que quiere
alcanzar nombre de prudente y sufrido, imitando a Ulises, en cuya persona y
trabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento;
como tambin nos mostr Virgilio, en persona de Eneas, el valor de un hijo
piadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capitn, no pintndolo ni
descubrindolo como ellos fueron, sino como haban de ser, para quedar
ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes. Desta mesma suerte, Amads
fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a
quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor y
de la caballera militamos. Siendo, pues, esto ans, como lo es, hallo yo,
Sancho amigo, que el caballero andante que ms le imitare estar ms cerca
de alcanzar la perfecin de la caballera. Y una de las cosas en que ms
este caballero mostr su prudencia, valor, valenta, sufrimiento, firmeza y
amor, fue cuando se retir, desdeado de la seora Oriana, a hacer
penitencia en la Pea Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre,
por cierto, significativo y proprio para la vida que l de su voluntad
haba escogido. Ans que, me es a m ms fcil imitarle en esto que no en
hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar
ejrcitos, fracasar armadas y deshacer encantamentos. Y, pues estos lugares
son tan acomodados para semejantes efectos, no hay para qu se deje pasar
la ocasin, que ahora con tanta comodidad me ofrece sus guedejas.

-En efecto -dijo Sancho-, qu es lo que vuestra merced quiere hacer en
este tan remoto lugar?

-Ya no te he dicho -respondi don Quijote- que quiero imitar a Amads,
haciendo aqu del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar
juntamente al valiente don Roldn, cuando hall en una fuente las seales
de que Anglica la Bella haba cometido vileza con Medoro, de cuya
pesadumbre se volvi loco y arranc los rboles, enturbi las aguas de las
claras fuentes, mat pastores, destruy ganados, abras chozas, derrib
casas, arrastr yeguas y hizo otras cien mil insolencias, dignas de eterno
nombre y escritura? Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldn, o Orlando,
o Rotolando (que todos estos tres nombres tena), parte por parte en todas
las locuras que hizo, dijo y pens, har el bosquejo, como mejor pudiere,
en las que me pareciere ser ms esenciales. Y podr ser que viniese a
contentarme con sola la imitacin de Amads, que sin hacer locuras de dao,
sino de lloros y sentimientos, alcanz tanta fama como el que ms.
-Parceme a m -dijo Sancho- que los caballeros que lo tal ficieron fueron
provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias, pero
vuestra merced, qu causa tiene para volverse loco? Qu dama le ha
desdeado, o qu seales ha hallado que le den a entender que la seora
Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niera con moro o cristiano?

-Ah esta el punto -respondi don Quijote- y sa es la fineza de mi
negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni
gracias: el toque est desatinar sin ocasin y dar a entender a mi dama que
si en seco hago esto, qu hiciera en mojado? Cuanto ms, que harta ocasin
tengo en la larga ausencia que he hecho de la siempre seora ma Dulcinea
del Toboso; que, como ya oste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio:
quien est ausente todos los males tiene y teme. As que, Sancho amigo, no
gastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vista
imitacin. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que t vuelvas con la
respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi seora Dulcinea; y si
fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y
si fuere al contrario, ser loco de veras, y, sindolo, no sentir nada.
Ans que, de cualquiera manera que responda, saldr del conflito y trabajo
en que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no
sintiendo el mal que me aportares, por loco. Pero dime, Sancho, traes bien
guardado el yelmo de Mambrino?; que ya vi que le alzaste del suelo cuando
aquel desagradecido le quiso hacer pedazos. Pero no pudo, donde se puede
echar de ver la fineza de su temple.

A lo cual respondi Sancho:

-Vive Dios, seor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni
llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas
vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballeras y de alcanzar
reinos e imperios, de dar nsulas y de hacer otras mercedes y grandezas,
como es uso de caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento y
mentira, y todo pastraa, o patraa, o como lo llamremos. Porque quien
oyere decir a vuestra merced que una baca de barbero es el yelmo de
Mambrino, y que no salga de este error en ms de cuatro das, qu ha de
pensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener gero el juicio? La
baca yo la llevo en el costal, toda abollada, y llvola para aderezarla en
mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que algn
da me vea con mi mujer y hijos.

-Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro -dijo don
Quijote- que tienes el ms corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero
en el mundo. Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has
echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen
quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revs? Y no
porque sea ello ans, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva
de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y les vuelven
segn su gusto, y segn tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y
as, eso que a ti te parece baca de barbero, me parece a m el yelmo de
Mambrino, y a otro le parecer otra cosa. Y fue rara providencia del sabio
que es de mi parte hacer que parezca baca a todos lo que real y
verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo l de tanta
estima, todo el mundo me perseguir por quitrmele; pero, como ven que no
es ms de un bacn de barbero, no se curan de procuralle, como se mostr
bien en el que quiso rompelle y le dej en el suelo sin llevarle; que a fe
que si le conociera, que nunca l le dejara. Gurdale, amigo, que por ahora
no le he menester; que antes me tengo de quitar todas estas armas y quedar
desnudo como cuando nac, si es que me da en voluntad de seguir en mi
penitencia ms a Roldn que a Amads.

Llegaron, en estas plticas, al pie de una alta montaa que, casi como
pen tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corra por su
falda un manso arroyuelo, y hacase por toda su redondez un prado tan verde
y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Haba por all
muchos rboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacan el lugar
apacible. Este sitio escogi el Caballero de la Triste Figura para hacer su
penitencia; y as, en vindole, comenz a decir en voz alta, como si
estuviera sin juicio:

-ste es el lugar, oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la
desventura en que vosotros mesmos me habis puesto. ste es el sitio donde
el humor de mis ojos acrecentar las aguas deste pequeo arroyo, y mis
continos y profundos sospiros movern a la contina las hojas destos
montaraces rboles, en testimonio y seal de la pena que mi asendereado
corazn padece. Oh vosotros, quienquiera que seis, rsticos dioses que en
este inhabitable lugar tenis vuestra morada, od las quejas deste
desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos imaginados celos han
trado a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse de la dura
condicin de aquella ingrata y bella, trmino y fin de toda humana
hermosura! Oh vosotras, napeas y dradas, que tenis por costumbre de
habitar en las espesuras de los montes, as los ligeros y lascivos stiros,
de quien sois, aunque en vano, amadas, no perturben jams vuestro dulce
sosiego, que me ayudis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os
cansis de olla! Oh Dulcinea del Toboso, da de mi noche, gloria de mi
pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, as el cielo te la d
buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar y el estado a
que tu ausencia me ha conducido, y que con buen trmino correspondas al que
a mi fe se le debe! Oh solitarios rboles, que desde hoy en adelante
habis de hacer compaa a mi soledad, dad indicio, con el blando
movimiento de vuestras ramas, que no os desagrade mi presencia! Oh t,
escudero mo, agradable compaero en ms prsperos y adversos sucesos, toma
bien en la memoria lo que aqu me vers hacer, para que lo cuentes y
recetes a la causa total de todo ello!

Y, diciendo esto, se ape de Rocinante, y en un momento le quit el freno y
la silla; y, dndole una palmada en las ancas, le dijo:

-Libertad te da el que sin ella queda, oh caballo tan estremado por tus
obras cuan desdichado por tu suerte! Vete por do quisieres, que en la
frente llevas escrito que no te igual en ligereza el Hipogrifo de Astolfo,
ni el nombrado Frontino, que tan caro le cost a Bradamante.

Viendo esto Sancho, dijo:

-Bien haya quien nos quit ahora del trabajo de desenalbardar al rucio; que
a fe que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas que decille en su
alabanza; pero si l aqu estuviera, no consintiera yo que nadie le
desalbardara, pues no haba para qu, que a l no le tocaban las generales
de enamorado ni de desesperado, pues no lo estaba su amo, que era yo,
cuando Dios quera. Y en verdad, seor Caballero de la Triste Figura, que
si es que mi partida y su locura de vuestra merced va de veras, que ser
bien tornar a ensillar a Rocinante, para que supla la falta del rucio,
porque ser ahorrar tiempo a mi ida y vuelta; que si la hago a pie, no s
cundo llegar ni cundo volver, porque, en resolucin, soy mal caminante.
-Digo, Sancho -respondi don Quijote-, que sea como t quisieres, que no me
parece mal tu designio; y digo que de aqu a tres das te partirs, porque
quiero que en este tiempo veas lo que por ella hago y digo, para que se lo
digas.

-Pues, qu ms tengo de ver -dijo Sancho- que lo que he visto?

-Bien ests en el cuento! -respondi don Quijote-. Ahora me falta rasgar
las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peas,
con otras cosas deste jaez que te han de admirar.

-Por amor de Dios -dijo Sancho-, que mire vuestra merced cmo se da esas
calabazadas; que a tal pea podr llegar, y en tal punto, que con la
primera se acabase la mquina desta penitencia; y sera yo de parecer que,
ya que vuestra merced le parece que son aqu necesarias calabazadas y que
no se puede hacer esta obra sin ellas, se contentase, pues todo esto es
fingido y cosa contrahecha y de burla, se contentase, digo, con drselas en
el agua, o en alguna cosa blanda, como algodn; y djeme a m el cargo, que
yo dir a mi seora que vuestra merced se las daba en una punta de pea ms
dura que la de un diamante.

-Yo agradezco tu buena intencin, amigo Sancho -respondi don Quijote-, mas
quirote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas,
sino muy de veras; porque de otra manera, sera contravenir a las rdenes
de caballera, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de
relasos, y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir. Ans que, mis
calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada
del sofstico ni del fantstico. Y ser necesario que me dejes algunas
hilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el blsamo
que perdimos.

-Ms fue perder el asno -respondi Sancho-, pues se perdieron en l las
hilas y todo. Y rugole a vuestra merced que no se acuerde ms de aquel
maldito brebaje; que en slo orle mentar se me revuelve el alma, no que el
estmago. Y ms le ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres das
que me ha dado de trmino para ver las locuras que hace, que ya las doy por
vistas y por pasadas en cosa juzgada, y dir maravillas a mi seora; y
escriba la carta y despcheme luego, porque tengo gran deseo de volver a
sacar a vuestra merced deste purgatorio donde le dejo.

-Purgatorio le llamas, Sancho? -dijo don Quijote-. Mejor hicieras de
llamarle infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo sea.

-Quien ha infierno -respondi Sancho-, nula es retencio, segn he odo
decir.

-No entiendo qu quiere decir retencio -dijo don Quijote.

-Retencio es -respondi Sancho- que quien est en el infierno nunca sale
dl, ni puede. Lo cual ser al revs en vuestra merced, o a m me andarn
mal los pies, si es que llevo espuelas para avivar a Rocinante; y pngame
yo una por una en el Toboso, y delante de mi seora Dulcinea, que yo le
dir tales cosas de las necedades y locuras, que todo es uno, que vuestra
merced ha hecho y queda haciendo, que la venga a poner ms blanda que un
guante, aunque la halle ms dura que un alcornoque; con cuya respuesta
dulce y melificada volver por los aires, como brujo, y sacar a vuestra
merced deste purgatorio, que parece infierno y no lo es, pues hay esperanza
de salir dl, la cual, como tengo dicho, no la tienen de salir los que
estn en el infierno, ni creo que vuestra merced dir otra cosa.

-As es la verdad -dijo el de la Triste Figura-; pero, qu haremos para
escribir la carta?

-Y la libranza pollinesca tambin -aadi Sancho.

-Todo ir inserto -dijo don Quijote-; y sera bueno, ya que no hay papel,
que la escribisemos, como hacan los antiguos, en hojas de rboles, o en
unas tablitas de cera; aunque tan dificultoso ser hallarse eso ahora como
el papel. Mas ya me ha venido a la memoria dnde ser bien, y aun ms que
bien, escribilla: que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio; y
t tendrs cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el
primer lugar que hallares, donde haya maestro de escuela de muchachos, o si
no, cualquiera sacristn te la trasladar; y no se la des a trasladar a
ningn escribano, que hacen letra procesada, que no la entender Satans.
-Pues, qu se ha de hacer de la firma? -dijo Sancho.

-Nunca las cartas de Amads se firman -respondi don Quijote.

-Est bien -respondi Sancho-, pero la libranza forzosamente se ha de
firmar, y sa, si se traslada, dirn que la firma es falsa y quedarme sin
pollinos.

-La libranza ir en el mesmo librillo firmada; que, en vindola, mi sobrina
no pondr dificultad en cumplilla. Y, en lo que toca a la carta de amores,
pondrs por firma: "Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste
Figura". Y har poco al caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me
s acordar, Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto
letra ma ni carta ma, porque mis amores y los suyos han sido siempre
platnicos, sin estenderse a ms que a un honesto mirar. Y aun esto tan de
cuando en cuando, que osar jurar con verdad que en doce aos que ha que la
quiero ms que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he
visto cuatro veces; y aun podr ser que destas cuatro veces no hubiese ella
echado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento con
que sus padres, Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales, la han
criado.

-Ta, ta! -dijo Sancho-. Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la seora
Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?

-sa es -dijo don Quijote-, y es la que merece ser seora de todo el
universo.

-Bien la conozco -dijo Sancho-, y s decir que tira tan bien una barra como
el ms forzudo zagal de todo el pueblo. Vive el Dador, que es moza de
chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del
lodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por seora!
Oh hideputa, qu rejo que tiene, y qu voz! S decir que se puso un da
encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en
un barbecho de su padre, y, aunque estaban de all ms de media legua, as
la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es
que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se
burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, seor Caballero de la
Triste Figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras
por ella, sino que, con justo ttulo, puede desesperarse y ahorcarse; que
nadie habr que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que
le lleve el diablo. Y querra ya verme en camino, slo por vella; que ha
muchos das que no la veo, y debe de estar ya trocada, porque gasta mucho
la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confieso
a vuestra merced una verdad, seor don Quijote: que hasta aqu he estado en
una grande ignorancia; que pensaba bien y fielmente que la seora Dulcinea
deba de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado, o
alguna persona tal, que mereciese los ricos presentes que vuestra merced le
ha enviado: as el del vizcano como el de los galeotes, y otros muchos que
deben ser, segn deben de ser muchas las vitorias que vuestra merced ha
ganado y gan en el tiempo que yo an no era su escudero. Pero, bien
considerado, qu se le ha de dar a la seora Aldonza Lorenzo, digo, a la
seora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante
della los vencidos que vuestra merced le enva y ha de enviar? Porque
podra ser que, al tiempo que ellos llegasen, estuviese ella rastrillando
lino, o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se
riese y enfadase del presente.

-Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho -dijo don Quijote-,
que eres muy grande hablador, y que, aunque de ingenio boto, muchas veces
despuntas de agudo. Mas, para que veas cun necio eres t y cun discreto
soy yo, quiero que me oyas un breve cuento. Has de saber que una viuda
hermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfadada, se enamor de un
mozo motiln, rollizo y de buen tomo. Alcanzlo a saber su mayor, y un da
dijo a la buena viuda, por va de fraternal reprehensin: ''Maravillado
estoy, seora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan
hermosa y tan rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tan
soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos
maestros, tantos presentados y tantos telogos, en quien vuestra merced
pudiera escoger como entre peras, y decir: "ste quiero, aquste no
quiero"''. Mas ella le respondi, con mucho donaire y desenvoltura:
''Vuestra merced, seor mo, est muy engaado, y piensa muy a lo antiguo
si piensa que yo he escogido mal en fulano, por idiota que le parece, pues,
para lo que yo le quiero, tanta filosofa sabe, y ms, que Aristteles''.
As que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale
como la ms alta princesa de la tierra. S, que no todos los poetas que
alaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedro les ponen, es
verdad que las tienen. Piensas t que las Amariles, las Filis, las
Silvias, las Dianas, las Galateas, las Alidas y otras tales de que los
libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las
comedias, estn llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de
aqullos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las ms se
las fingen, por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados
y por hombres que tienen valor para serlo. Y as, bstame a m pensar y
creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del
linaje importa poco, que no han de ir a hacer la informacin dl para darle
algn hbito, y yo me hago cuenta que es la ms alta princesa del mundo.
Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a
amar ms que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama; y estas dos
cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa ninguna
le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo,
yo imagino que todo lo que digo es as, sin que sobre ni falte nada; y
pntola en mi imaginacin como la deseo, as en la belleza como en la
principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna
de las famosas mujeres de las edades pretritas, griega, brbara o latina.
Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los
ignorantes, no ser castigado de los rigurosos.

-Digo que en todo tiene vuestra merced razn -respondi Sancho-, y que yo
soy un asno. Mas no s yo para qu nombro asno en mi boca, pues no se ha de
mentar la soga en casa del ahorcado. Pero venga la carta, y a Dios, que me
mudo.

Sac el libro de memoria don Quijote, y, apartndose a una parte, con mucho
sosiego comenz a escribir la carta; y, en acabndola, llam a Sancho y le
dijo que se la quera leer, porque la tomase de memoria, si acaso se le
perdiese por el camino, porque de su desdicha todo se poda temer. A lo
cual respondi Sancho:

-Escrbala vuestra merced dos o tres veces ah en el libro y dmele, que yo
le llevar bien guardado, porque pensar que yo la he de tomar en la memoria
es disparate: que la tengo tan mala que muchas veces se me olvida cmo me
llamo. Pero, con todo eso, dgamela vuestra merced, que me holgar mucho de
olla, que debe de ir como de molde.

-Escucha, que as dice -dijo don Quijote:

Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso

Soberana y alta seora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazn,
dulcsima Dulcinea del Toboso, te enva la salud que l no tiene. Si tu
fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en
mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podr sostenerme en
esta cuita, que, adems de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero
Sancho te dar entera relacin, oh bella ingrata, amada enemiga ma!, del
modo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no,
haz lo que te viniere en gusto; que, con acabar mi vida, habr satisfecho a
tu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura.

-Por vida de mi padre -dijo Sancho en oyendo la carta-, que es la ms alta
cosa que jams he odo. Pesia a m, y cmo que le dice vuestra merced ah
todo cuanto quiere, y qu bien que encaja en la firma El Caballero de la
Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que
no haya cosa que no sepa.

-Todo es menester -respondi don Quijote- para el oficio que trayo.
-Ea, pues -dijo Sancho-, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cdula de
los tres pollinos y frmela con mucha claridad, porque la conozcan en
vindola.

-Que me place -dijo don Quijote.

Y, habindola escrito,se la ley; que deca ans:

Mandar vuestra merced, por esta primera de pollinos, seora sobrina, dar a
Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dej en casa y estn a
cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y
pagar por otros tantos aqu recebidos de contado, que consta, y con su
carta de pago sern bien dados. Fecha en las entraas de Sierra Morena, a
veinte y dos de agosto deste presente ao.

-Buena est -dijo Sancho-; frmela vuestra merced.

-No es menester firmarla -dijo don Quijote-, sino solamente poner mi
rbrica, que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para
trecientos, fuera bastante.

-Yo me confo de vuestra merced -respondi Sancho-. Djeme, ir a ensillar
a Rocinante, y aparjese vuestra merced a echarme su bendicin, que luego
pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que
yo dir que le vi hacer tantas que no quiera ms.

-Por lo menos quiero, Sancho, y porque es menester ans, quiero, digo, que
me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las har en
menos de media hora, porque, habindolas t visto por tus ojos, puedas
jurar a tu salvo en las dems que quisieres aadir; y asegrote que no
dirs t tantas cuantas yo pienso hacer.

-Por amor de Dios, seor mo, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que
me dar mucha lstima y no podr dejar de llorar; y tengo tal la cabeza,
del llanto que anoche hice por el rucio, que no estoy para meterme en
nuevos lloros; y si es que vuestra merced gusta de que yo vea algunas
locuras, hgalas vestido, breves y las que le vinieren ms a cuento. Cuanto
ms, que para m no era menester nada deso, y, como ya tengo dicho, fuera
ahorrar el camino de mi vuelta, que ha de ser con las nuevas que vuestra
merced desea y merece. Y si no, aparjese la seora Dulcinea; que si no
responde como es razn, voto hago solene a quien puedo que le tengo de
sacar la buena respuesta del estmago a coces y a bofetones. Porque, dnde
se ha de sufrir que un caballero andante, tan famoso como vuestra merced,
se vuelva loco, sin qu ni para qu, por una...? No me lo haga decir la
seora, porque por Dios que despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca
se venda. Bonico soy yo para eso! Mal me conoce! Pues, a fe que si me
conociese, que me ayunase!

-A fe, Sancho -dijo don Quijote-, que, a lo que parece, que no ests t ms
cuerdo que yo.

-No estoy tan loco -respondi Sancho-, mas estoy ms colrico. Pero,
dejando esto aparte, qu es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que
yo vuelvo? Ha de salir al camino, como Cardenio, a quitrselo a los
pastores?

-No te d pena ese cuidado -respondi don Quijote-, porque, aunque tuviera,
no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos rboles
me dieren, que la fineza de mi negocio est en no comer y en hacer otras
asperezas equivalentes.

-A Dios, pues. Pero, sabe vuestra merced qu temo? Que no tengo de acertar
a volver a este lugar donde agora le dejo, segn est de escondido.
-Toma bien las seas, que yo procurar no apartarme destos contornos -dijo
don Quijote-, y aun tendr cuidado de subirme por estos ms altos riscos,
por ver si te descubro cuando vuelvas. Cuanto ms, que lo ms acertado
ser, para que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las
muchas que por aqu hay y las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta
salir a lo raso, las cuales te servirn de mojones y seales para que me
halles cuando vuelvas, a imitacin del hilo del laberinto de Teseo.
-As lo har -respondi Sancho Panza.

Y, cortando algunos, pidi la bendicin a su seor, y, no sin muchas
lgrimas de entrambos, se despidi dl. Y, subiendo sobre Rocinante, a
quien don Quijote encomend mucho, y que mirase por l como por su propria
persona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los
ramos de la retama, como su amo se lo haba aconsejado. Y as, se fue,
aunque todava le importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer dos
locuras. Mas no hubo andado cien pasos, cuando volvi y dijo:

-Digo, seor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que pueda
jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, ser bien que
vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra
merced.

-No te lo deca yo? -dijo don Quijote-. Esprate, Sancho, que en un credo
las har.

Y, desnudndose con toda priesa las calzones, qued en carnes y en paales,
y luego, sin ms ni ms, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas, la
cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra
vez, volvi Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho
de que poda jurar que su amo quedaba loco. Y as, le dejaremos ir su
camino, hasta la vuelta, que fue breve.





Captulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don
Quijote en Sierra Morena


Y, volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura despus que se vio
solo, dice la historia que, as como don Quijote acab de dar las tumbas o
vueltas, de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que
Sancho se haba ido sin querer aguardar a ver ms sandeces, se subi sobre
una punta de una alta pea y all torn a pensar lo que otras muchas veces
haba pensado, sin haberse jams resuelto en ello. Y era que cul sera
mejor y le estara ms a cuento: imitar a Roldn en las locuras desaforadas
que hizo, o Amads en las malencnicas. Y, hablando entre s mesmo, deca:
-Si Roldn fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, qu
maravilla?, pues, al fin, era encantado y no le poda matar nadie si no era
metindole un alfiler de a blanca por la planta del pie, y l traa siempre
los zapatos con siete suelas de hierro. Aunque no le valieron tretas contra
Bernardo del Carpio, que se las entendi y le ahog entre los brazos, en
Roncesvalles. Pero, dejando en l lo de la valenta a una parte, vengamos a
lo de perder el juicio, que es cierto que le perdi, por las seales que
hall en la fontana y por las nuevas que le dio el pastor de que Anglica
haba dormido ms de dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos
enrizados y paje de Agramante; y si l entendi que esto era verdad y que
su dama le haba cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco. Pero
yo, cmo puedo imitalle en las locuras, si no le imito en la ocasin
dellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osar yo jurar que no ha visto en
todos los das de su vida moro alguno, ans como l es, en su mismo traje,
y que se est hoy como la madre que la pari; y harale agravio manifiesto
si, imaginando otra cosa della, me volviese loco de aquel gnero de locura
de Roldn el furioso. Por otra parte, veo que Amads de Gaula, sin perder
el juicio y sin hacer locuras, alcanz tanta fama de enamorado como el que
ms; porque lo que hizo, segn su historia, no fue ms de que, por verse
desdeado de su seora Oriana, que le haba mandado que no pareciese ante
su presencia hasta que fuese su voluntad, de que se retir a la Pea Pobre
en compaa de un ermitao, y all se hart de llorar y de encomendarse a
Dios, hasta que el cielo le acorri, en medio de su mayor cuita y
necesidad. Y si esto es verdad, como lo es, para qu quiero yo tomar
trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar pesadumbre a estos rboles,
que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para qu enturbiar el agua clara
destos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando tenga gana. Viva
la memoria de Amads, y sea imitado de don Quijote de la Mancha en todo lo
que pudiere; del cual se dir lo que del otro se dijo: que si no acab
grandes cosas, muri por acometellas; y si yo no soy desechado ni desdeado
de Dulcinea del Toboso, bstame, como ya he dicho, estar ausente della. Ea,
pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amads, y enseadme por
dnde tengo de comenzar a imitaros. Mas ya s que lo ms que l hizo fue
rezar y encomendarse a Dios; pero, qu har de rosario, que no le tengo?
En esto le vino al pensamiento cmo le hara, y fue que rasg una gran tira
de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once udos, el
uno ms gordo que los dems, y esto le sirvi de rosario el tiempo que all
estuvo, donde rez un milln de avemaras. Y lo que le fatigaba mucho era
no hallar por all otro ermitao que le confesase y con quien consolarse. Y
as, se entretena pasendose por el pradecillo, escribiendo y grabando por
las cortezas de los rboles y por la menuda arena muchos versos, todos
acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se
pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer, despus que a l all le
hallaron, no fueron ms que estos que aqu se siguen:

  rboles, yerbas y plantas
  que en aqueste sitio estis,
  tan altos, verdes y tantas,
  si de mi mal no os holgis,
  escuchad mis quejas santas.
  Mi dolor no os alborote,
  aunque ms terrible sea,
  pues, por pagaros escote,
  aqu llor don Quijote
  ausencias de Dulcinea
  del Toboso.

  Es aqu el lugar adonde
  el amador ms leal
  de su seora se esconde,
  y ha venido a tanto mal
  sin saber cmo o por dnde.
  Trele amor al estricote,
  que es de muy mala ralea;
  y as, hasta henchir un pipote,
  aqu llor don Quijote
  ausencias de Dulcinea
  del Toboso.

  Buscando las aventuras
  por entre las duras peas,
  maldiciendo entraas duras,
  que entre riscos y entre breas
  halla el triste desventuras,
  hirile amor con su azote,
  no con su blanda correa;
  y, en tocndole el cogote,
  aqu llor don Quijote
  ausencias de Dulcinea
  del Toboso.

No caus poca risa en los que hallaron los versos referidos el aadidura
del Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debi de imaginar
don Quijote que si, en nombrando a Dulcinea, no deca tambin del Toboso,
no se podra entender la copla; y as fue la verdad, como l despus
confes. Otros muchos escribi, pero, como se ha dicho, no se pudieron
sacar en limpio, ni enteros, ms destas tres coplas. En esto, y en suspirar
y en llamar a los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de
los ros, a la dolorosa y hmida Eco, que le respondiese, consolasen y
escuchasen, se entretena, y en buscar algunas yerbas con que sustentarse
en tanto que Sancho volva; que, si como tard tres das, tardara tres
semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara tan desfigurado que no le
conociera la madre que lo pari.

Y ser bien dejalle, envuelto entre sus suspiros y versos, por contar lo
que le avino a Sancho Panza en su mandadera. Y fue que, en saliendo al
camino real, se puso en busca del Toboso, y otro da lleg a la venta donde
le haba sucedido la desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando
le pareci que otra vez andaba en los aires, y no quiso entrar dentro,
aunque lleg a hora que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y
llevar en deseo de gustar algo caliente; que haba grandes das que todo
era fiambre.

Esta necesidad le forz a que llegase junto a la venta, todava dudoso si
entrara o no. Y, estando en esto, salieron de la venta dos personas que
luego le conocieron; y dijo el uno al otro:

-Dgame, seor licenciado, aquel del caballo, no es Sancho Panza, el que
dijo el ama de nuestro aventurero que haba salido con su seor por
escudero?

-S es -dijo el licenciado-; y aqul es el caballo de nuestro don Quijote.
Y conocironle tan bien como aquellos que eran el cura y el barbero de su
mismo lugar, y los que hicieron el escrutinio y acto general de los libros.
Los cuales, as como acabaron de conocer a Sancho Panza y a Rocinante,
deseosos de saber de don Quijote, se fueron a l; y el cura le llam por su
nombre, dicindole:

-Amigo Sancho Panza, adnde queda vuestro amo?

Conocilos luego Sancho Panza, y determin de encubrir el lugar y la suerte
donde y como su amo quedaba; y as, les respondi que su amo quedaba
ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia,
la cual l no poda descubrir, por los ojos que en la cara tena.

-No, no -dijo el barbero-, Sancho Panza; si vos no nos decs dnde queda,
imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le habis muerto y robado, pues
vens encima de su caballo. En verdad que nos habis de dar el dueo del
rocn, o sobre eso, morena.

-No hay para qu conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a
nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo. Mi amo queda
haciendo penitencia en la mitad desta montaa, muy a su sabor.

Y luego, de corrida y sin parar, les cont de la suerte que quedaba, las
aventuras que le haban sucedido y cmo llevaba la carta a la seora
Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba
enamorado hasta los hgados.

Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y, aunque ya
saban la locura de don Quijote y el gnero della, siempre que la oan se
admiraban de nuevo. Pidironle a Sancho Panza que les ensease la carta que
llevaba a la seora Dulcinea del Toboso. l dijo que iba escrita en un
libro de memoria y que era orden de su seor que la hiciese trasladar en
papel en el primer lugar que llegase; a lo cual dijo el cura que se la
mostrase, que l la trasladara de muy buena letra. Meti la mano en el
seno Sancho Panza, buscando el librillo, pero no le hall, ni le poda
hallar si le buscara hasta agora, porque se haba quedado don Quijote con
l y no se le haba dado, ni a l se le acord de pedrsele.

Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fusele parando mortal el
rostro; y, tornndose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, torn a echar de
ver que no le hallaba; y, sin ms ni ms, se ech entrambos puos a las
barbas y se arranc la mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio
media docena de puadas en el rostro y en las narices, que se las ba
todas en sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero, le dijeron que qu
le haba sucedido, que tan mal se paraba.

-Qu me ha de suceder -respondi Sancho-, sino el haber perdido de una
mano a otra, en un estante, tres pollinos, que cada uno era como un
castillo?

-Cmo es eso? -replic el barbero.

-He perdido el libro de memoria -respondi Sancho-, donde vena carta para
Dulcinea y una cdula firmada de su seor, por la cual mandaba que su
sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.
Y, con esto, les cont la prdida del rucio. Consolle el cura, y djole
que, en hallando a su seor, l le hara revalidar la manda y que tornase a
hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se
hacan en libros de memoria jams se acetaban ni cumplan.

Con esto se consol Sancho, y dijo que, como aquello fuese ans, que no le
daba mucha pena la prdida de la carta de Dulcinea, porque l la saba casi
de memoria, de la cual se podra trasladar donde y cuando quisiesen.
-Decildo, Sancho, pues -dijo el barbero-, que despus la trasladaremos.
Parse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y
ya se pona sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo,
otras al cielo; y, al cabo de haberse rodo la mitad de la yema de un dedo,
teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de
grandsimo rato:

-Por Dios, seor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta
se me acuerda; aunque en el principio deca: Alta y sobajada seora.
-No dira -dijo el barbero- sobajada, sino sobrehumana o soberana seora.
-As es -dijo Sancho-. Luego, si mal no me acuerdo, prosegua..., si mal no
me acuerdo: el llego y falto de sueo, y el ferido besa a vuestra merced
las manos, ingrata y muy desconocida hermosa, y no s qu deca de salud y
de enfermedad que le enviaba, y por aqu iba escurriendo, hasta que acababa
en Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura.

No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y
alabronsela mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para
que ellos, ansimesmo, la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvi a decir
otros tres mil disparates. Tras esto, cont asimesmo las cosas de su amo,
pero no habl palabra acerca del manteamiento que le haba sucedido en
aquella venta, en la cual rehusaba entrar. Dijo tambin como su seor, en
trayendo que le trujese buen despacho de la seora Dulcinea del Toboso, se
haba de poner en camino a procurar cmo ser emperador, o, por lo menos,
monarca; que as lo tenan concertado entre los dos, y era cosa muy fcil
venir a serlo, segn era el valor de su persona y la fuerza de su brazo; y
que, en sindolo, le haba de casar a l, porque ya sera viudo, que no
poda ser menos, y le haba de dar por mujer a una doncella de la
emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra firme, sin
nsulos ni nsulas, que ya no las quera.

Deca esto Sancho con tanto reposo, limpindose de cuando en cuando las
narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo,
considerando cun vehemente haba sido la locura de don Quijote, pues haba
llevado tras s el juicio de aquel pobre hombre. No quisieron cansarse en
sacarle del error en que estaba, parecindoles que, pues no le daaba nada
la conciencia, mejor era dejarle en l, y a ellos les sera de ms gusto
or sus necedades. Y as, le dijeron que rogase a Dios por la salud de su
seor, que cosa contingente y muy agible era venir, con el discurso del
tiempo, a ser emperador, como l deca, o, por lo menos, arzobispo, o otra
dignidad equivalente. A lo cual respondi Sancho:

-Seores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo le viniese
en voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querra yo saber
agora qu suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos.
-Sulenles dar -respondi el cura- algn beneficio, simple o curado, o
alguna sacristana, que les vale mucho de renta rentada, amn del pie de
altar, que se suele estimar en otro tanto.

-Para eso ser menester -replic Sancho- que el escudero no sea casado y
que sepa ayudar a misa, por lo menos; y si esto es as, desdichado de yo,
que soy casado y no s la primera letra del ABC! Qu ser de m si a mi
amo le da antojo de ser arzobispo, y no emperador, como es uso y costumbre
de los caballeros andantes?

-No tengis pena, Sancho amigo -dijo el barbero-, que aqu rogaremos a
vuestro amo y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en caso de
conciencia, que sea emperador y no arzobispo, porque le ser ms fcil, a
causa de que l es ms valiente que estudiante.

-As me ha parecido a m -respondi Sancho-, aunque s decir que para todo
tiene habilidad. Lo que yo pienso hacer de mi parte es rogarle a Nuestro
Seor que le eche a aquellas partes donde l ms se sirva y adonde a m ms
mercedes me haga.

-Vos lo decs como discreto -dijo el cura- y lo haris como buen cristiano.
Mas lo que ahora se ha de hacer es dar orden como sacar a vuestro amo de
aquella intil penitencia que decs que queda haciendo; y, para pensar el
modo que hemos de tener, y para comer, que ya es hora, ser bien nos
entremos en esta venta.

Sancho dijo que entrasen ellos, que l esperara all fuera y que despus
les dira la causa por que no entraba ni le convena entrar en ella; mas
que les rogaba que le sacasen all algo de comer que fuese cosa caliente,
y, ansimismo, cebada para Rocinante. Ellos se entraron y le dejaron, y, de
all a poco, el barbero le sac de comer. Despus, habiendo bien pensado
entre los dos el modo que tendran para conseguir lo que deseaban, vino el
cura en un pensamiento muy acomodado al gusto de don Quijote y para lo que
ellos queran. Y fue que dijo al barbero que lo que haba pensado era que
l se vestira en hbito de doncella andante, y que l procurase ponerse lo
mejor que pudiese como escudero, y que as iran adonde don Quijote estaba,
fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pedira un
don, el cual l no podra dejrsele de otorgar, como valeroso caballero
andante. Y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella
donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal caballero le
tena fecho; y que le suplicaba, ansimesmo, que no la mandase quitar su
antifaz, ni la demandase cosa de su facienda, fasta que la hubiese fecho
derecho de aquel mal caballero; y que creyese, sin duda, que don Quijote
vendra en todo cuanto le pidiese por este trmino; y que desta manera le
sacaran de all y le llevaran a su lugar, donde procuraran ver si tena
algn remedio su estraa locura.





Captulo XXVII. De cmo salieron con su intencin el cura y el barbero, con
otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia


No le pareci mal al barbero la invencin del cura, sino tan bien, que
luego la pusieron por obra. Pidironle a la ventera una saya y unas tocas,
dejndole en prendas una sotana nueva del cura. El barbero hizo una gran
barba de una cola rucia o roja de buey, donde el ventero tena colgado el
peine. Preguntles la ventera que para qu le pedan aquellas cosas. El
cura le cont en breves razones la locura de don Quijote, y cmo convena
aquel disfraz para sacarle de la montaa, donde a la sazn estaba. Cayeron
luego el ventero y la ventera en que el loco era su husped, el del
blsamo, y el amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con
l les haba pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resolucin,
la ventera visti al cura de modo que no haba ms que ver: psole una saya
de pao, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas
acuchilladas, y unos corpios de terciopelo verde, guarnecidos con unos
ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la saya, en
tiempo del rey Wamba. No consinti el cura que le tocasen, sino psose en
la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de
noche, y cise por la frente una liga de tafetn negro, y con otra liga
hizo un antifaz, con que se cubri muy bien las barbas y el rostro;
encasquetse su sombrero, que era tan grande que le poda servir de
quitasol, y, cubrindose su herreruelo, subi en su mula a mujeriegas, y el
barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y
blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey
barroso.

Despidironse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometi de rezar
un rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso en tan arduo
y tan cristiano negocio como era el que haban emprendido.

Mas, apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento:
que haca mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente
que un sacerdote se pusiese as, aunque le fuese mucho en ello; y,
dicindoselo al barbero, le rog que trocasen trajes, pues era ms justo
que l fuese la doncella menesterosa, y que l hara el escudero, y que as
se profanaba menos su dignidad; y que si no lo quera hacer, determinaba de
no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.

En esto, lleg Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la
risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso, y,
trocando la invencin, el cura le fue informando el modo que haba de tener
y las palabras que haba de decir a don Quijote para moverle y forzarle a
que con l se viniese, y dejase la querencia del lugar que haba escogido
para su vana penitencia. El barbero respondi que, sin que se le diese
licin, l lo pondra bien en su punto. No quiso vestirse por entonces,
hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y as, dobl sus
vestidos, y el cura acomod su barba, y siguieron su camino, guindolos
Sancho Panza; el cual les fue contando lo que les aconteci con el loco que
hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de
cuanto en ella vena; que, maguer que tonto, era un poco codicioso el
mancebo.

Otro da llegaron al lugar donde Sancho haba dejado puestas las seales de
las ramas para acertar el lugar donde haba dejado a su seor; y, en
reconocindole, les dijo como aqulla era la entrada, y que bien se podan
vestir, si era que aquello haca al caso para la libertad de su seor;
porque ellos le haban dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse
de aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala
vida que haba escogido, y que le encargaban mucho que no dijese a su amo
quien ellos eran, ni que los conoca; y que si le preguntase, como se lo
haba de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese que s, y que, por
no saber leer, le haba respondido de palabra, dicindole que le mandaba,
so pena de la su desgracia, que luego al momento se viniese a ver con ella,
que era cosa que le importaba mucho; porque con esto y con lo que ellos
pensaban decirle tenan por cosa cierta reducirle a mejor vida, y hacer con
l que luego se pusiese en camino para ir a ser emperador o monarca; que en
lo de ser arzobispo no haba de qu temer.

Todo lo escuch Sancho, y lo tom muy bien en la memoria, y les agradeci
mucho la intencin que tenan de aconsejar a su seor fuese emperador y no
arzobispo, porque l tena para s que, para hacer mercedes a sus
escuderos, ms podan los emperadores que los arzobispos andantes. Tambin
les dijo que sera bien que l fuese delante a buscarle y darle la
respuesta de su seora, que ya sera ella bastante a sacarle de aquel
lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo. Pareciles bien lo que
Sancho Panza deca, y as, determinaron de aguardarle hasta que volviese
con las nuevas del hallazgo de su amo.

Entrse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en
una por donde corra un pequeo y manso arroyo, a quien hacan sombra
agradable y fresca otras peas y algunos rboles que por all estaban. El
calor, y el da que all llegaron, era de los del mes de agosto, que por
aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la
tarde: todo lo cual haca al sitio ms agradable, y que convidase a que en
l esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron.

Estando, pues, los dos all, sosegados y a la sombra, lleg a sus odos una
voz que, sin acompaarla son de algn otro instrumento, dulce y
regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aqul
no era lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase. Porque, aunque
suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces
estremadas, ms son encarecimientos de poetas que verdades; y ms, cuando
advirtieron que lo que oan cantar eran versos, no de rsticos ganaderos,
sino de discretos cortesanos. Y confirm esta verdad haber sido los versos
que oyeron stos:

   Quin menoscaba mis bienes?
   Desdenes.
   Y quin aumenta mis duelos?
   Los celos.
   Y quin prueba mi paciencia?
   Ausencia.
   De ese modo, en mi dolencia
   ningn remedio se alcanza,
   pues me matan la esperanza
   desdenes, celos y ausencia.
   Quin me causa este dolor?
   Amor.
   Y quin mi gloria repugna?
   Fortuna.
   Y quin consiente en mi duelo?
   El cielo
   De ese modo, yo recelo
   morir deste mal estrao,
   pues se aumentan en mi dao,
   amor, fortuna y el cielo.
   Quin mejorar mi suerte?
   La muerte.
   Y el bien de amor, quin le alcanza?
   Mudanza.
   Y sus males, quin los cura?
   Locura.
   De ese modo, no es cordura
   querer curar la pasin
   cuando los remedios son
   muerte, mudanza y locura.

La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba caus
admiracin y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron quedos,
esperando si otra alguna cosa oan; pero, viendo que duraba algn tanto el
silencio, determinaron de salir a buscar el msico que con tan buena voz
cantaba. Y, querindolo poner en efeto, hizo la mesma voz que no se
moviesen, la cual lleg de nuevo a sus odos, cantando este soneto:

Soneto

   Santa amistad, que con ligeras alas,
   tu apariencia quedndose en el suelo,
   entre benditas almas, en el cielo,
   subiste alegre a las impreas salas,
   desde all, cuando quieres, nos sealas
   la justa paz cubierta con un velo,
   por quien a veces se trasluce el celo
   de buenas obras que, a la fin, son malas.
   Deja el cielo, oh amistad!, o no permitas
   que el engao se vista tu librea,
   con que destruye a la intencin sincera;
   que si tus apariencias no le quitas,
   presto ha de verse el mundo en la pelea
   de la discorde confusin primera.

El canto se acab con un profundo suspiro, y los dos, con atencin,
volvieron a esperar si ms se cantaba; pero, viendo que la msica se haba
vuelto en sollozos y en lastimeros ayes, acordaron de saber quin era el
triste, tan estremado en la voz como doloroso en los gemidos; y no
anduvieron mucho, cuando, al volver de una punta de una pea, vieron a un
hombre del mismo talle y figura que Sancho Panza les haba pintado cuando
les cont el cuento de Cardenio; el cual hombre, cuando los vio, sin
sobresaltarse, estuvo quedo, con la cabeza inclinada sobre el pecho a guisa
de hombre pensativo, sin alzar los ojos a mirarlos ms de la vez primera,
cuando de improviso llegaron.

El cura, que era hombre bien hablado (como el que ya tena noticia de su
desgracia, pues por las seas le haba conocido), se lleg a l, y con
breves aunque muy discretas razones le rog y persuadi que aquella tan
miserable vida dejase, porque all no la perdiese, que era la desdicha
mayor de las desdichas. Estaba Cardenio entonces en su entero juicio, libre
de aquel furioso accidente que tan a menudo le sacaba de s mismo; y as,
viendo a los dos en traje tan no usado de los que por aquellas soledades
andaban, no dej de admirarse algn tanto, y ms cuando oy que le haban
hablado en su negocio como en cosa sabida -porque las razones que el cura
le dijo as lo dieron a entender-; y as, respondi desta manera:
-Bien veo yo, seores, quienquiera que seis, que el cielo, que tiene
cuidado de socorrer a los buenos, y aun a los malos muchas veces, sin yo
merecerlo, me enva, en estos tan remotos y apartados lugares del trato
comn de las gentes, algunas personas que, ponindome delante de los ojos
con vivas y varias razones cun sin ella ando en hacer la vida que hago,
han procurado sacarme dsta a mejor parte; pero, como no saben que s yo
que en saliendo deste dao he de caer en otro mayor, quiz me deben de
tener por hombre de flacos discursos, y aun, lo que peor sera, por de
ningn juicio. Y no sera maravilla que as fuese, porque a m se me
trasluce que la fuerza de la imaginacin de mis desgracias es tan intensa y
puede tanto en mi perdicin que, sin que yo pueda ser parte a estobarlo,
vengo a quedar como piedra, falto de todo buen sentido y conocimiento; y
vengo a caer en la cuenta desta verdad, cuando algunos me dicen y muestran
seales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible accidente me
seorea, y no s ms que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi
ventura, y dar por disculpa de mis locuras el decir la causa dellas a
cuantos orla quieren; porque, viendo los cuerdos cul es la causa, no se
maravillarn de los efetos, y si no me dieren remedio, a lo menos no me
darn culpa, convirtindoseles el enojo de mi desenvoltura en lstima de
mis desgracias. Y si es que vosotros, seores, vens con la mesma intencin
que otros han venido, antes que pasis adelante en vuestras discretas
persuasiones, os ruego que escuchis el cuento, que no le tiene, de mis
desventuras; porque quiz, despus de entendido, ahorraris del trabajo que
tomaris en consolar un mal que de todo consuelo es incapaz.

Los dos, que no deseaban otra cosa que saber de su mesma boca la causa de
su dao, le rogaron se la contase, ofrecindole de no hacer otra cosa de la
que l quisiese, en su remedio o consuelo; y con esto, el triste caballero
comenz su lastimera historia, casi por las mesmas palabras y pasos que la
haba contado a don Quijote y al cabrero pocos das atrs, cuando, por
ocasin del maestro Elisabat y puntualidad de don Quijote en guardar el
decoro a la caballera, se qued el cuento imperfeto, como la historia lo
deja contado. Pero ahora quiso la buena suerte que se detuvo el accidente
de la locura y le dio lugar de contarlo hasta el fin; y as, llegando al
paso del billete que haba hallado don Fernando entre el libro de Amads de
Gaula, dijo Cardenio que le tena bien en la memoria, y que deca desta
manera:

Luscinda a Cardenio

Cada da descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en ms os
estime; y as, si quisiredes sacarme desta deuda sin ejecutarme en la
honra, lo podris muy bien hacer. Padre tengo, que os conoce y que me
quiere bien, el cual, sin forzar mi voluntad, cumplir la que ser justo
que vos tengis, si es que me estimis como decs y como yo creo.
-Por este billete me mov a pedir a Luscinda por esposa, como ya os he
contado, y ste fue por quien qued Luscinda en la opinin de don Fernando
por una de las ms discretas y avisadas mujeres de su tiempo; y este
billete fue el que le puso en deseo de destruirme, antes que el mo se
efetuase. Djele yo a don Fernando en lo que reparaba el padre de Luscinda,
que era en que mi padre se la pidiese, lo cual yo no le osaba decir,
temeroso que no vendra en ello, no porque no tuviese bien conocida la
calidad, bondad, virtud y hermosura de Luscinda, y que tena partes
bastantes para enoblecer cualquier otro linaje de Espaa, sino porque yo
entenda dl que deseaba que no me casase tan presto, hasta ver lo que el
duque Ricardo haca conmigo. En resolucin, le dije que no me aventuraba a
decrselo a mi padre, as por aquel inconveniente como por otros muchos que
me acobardaban, sin saber cules eran, sino que me pareca que lo que yo
desease jams haba de tener efeto.

A todo esto me respondi don Fernando que l se encargaba de hablar a mi
padre y hacer con l que hablase al de Luscinda. Oh Mario ambicioso, oh
Catilina cruel, oh Sila facinoroso, oh Galaln embustero, oh Vellido
traidor, oh Julin vengativo, oh Judas codicioso! Traidor, cruel, vengativo
y embustero, qu deservicios te haba hecho este triste, que con tanta
llaneza te descubri los secretos y contentos de su corazn? Qu ofensa te
hice? Qu palabras te dije, o qu consejos te di, que no fuesen todos
encaminados a acrecentar tu honra y tu provecho? Mas, de qu me quejo?,
desventurado de m!, pues es cosa cierta que cuando traen las desgracias
la corriente de las estrellas, como vienen de alto a bajo, despendose con
furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni
industria humana que prevenirlas pueda. Quin pudiera imaginar que don
Fernando, caballero ilustre, discreto, obligado de mis servicios, poderoso
para alcanzar lo que el deseo amoroso le pidiese dondequiera que le
ocupase, se haba de enconar, como suele decirse, en tomarme a m una sola
oveja, que an no posea? Pero qudense estas consideraciones aparte, como
intiles y sin provecho, y audemos el roto hilo de mi desdichada historia.

Digo, pues, que, parecindole a don Fernando que mi presencia le era
inconveniente para poner en ejecucin su falso y mal pensamiento, determin
de enviarme a su hermano mayor, con ocasin de pedirle unos dineros para
pagar seis caballos, que de industria, y slo para este efeto de que me
ausentase (para poder mejor salir con su daado intento), el mesmo da que
se ofreci hablar a mi padre los compr, y quiso que yo viniese por el
dinero. Pude yo prevenir esta traicin? Pude, por ventura, caer en
imaginarla? No, por cierto; antes, con grandsimo gusto, me ofrec a partir
luego, contento de la buena compra hecha. Aquella noche habl con Luscinda,
y le dije lo que con don Fernando quedaba concertado, y que tuviese firme
esperanza de que tendran efeto nuestros buenos y justos deseos. Ella me
dijo, tan segura como yo de la traicin de don Fernando, que procurase
volver presto, porque crea que no tardara ms la conclusin de nuestras
voluntades que tardase mi padre de hablar al suyo. No s qu se fue, que,
en acabando de decirme esto, se le llenaron los ojos de lgrimas y un nudo
se le atraves en la garganta, que no le dejaba hablar palabra de otras
muchas que me pareci que procuraba decirme.

Qued admirado deste nuevo accidente, hasta all jams en ella visto,
porque siempre nos hablbamos, las veces que la buena fortuna y mi
diligencia lo conceda, con todo regocijo y contento, sin mezclar en
nuestras plticas lgrimas, suspiros, celos, sospechas o temores. Todo era
engrandecer yo mi ventura, por habrmela dado el cielo por seora:
exageraba su belleza, admirbame de su valor y entendimiento. Volvame ella
el recambio, alabando en m lo que, como enamorada, le pareca digno de
alabanza. Con esto, nos contbamos cien mil nieras y acaecimientos de
nuestros vecinos y conocidos, y a lo que ms se entenda mi desenvoltura
era a tomarle, casi por fuerza, una de sus bellas y blancas manos, y
llegarla a mi boca, segn daba lugar la estrecheza de una baja reja que nos
divida. Pero la noche que precedi al triste da de mi partida, ella
llor, gimi y suspir, y se fue, y me dej lleno de confusin y
sobresalto, espantado de haber visto tan nuevas y tan tristes muestras de
dolor y sentimiento en Luscinda. Pero, por no destruir mis esperanzas, todo
lo atribu a la fuerza del amor que me tena y al dolor que suele causar la
ausencia en los que bien se quieren.

En fin, yo me part triste y pensativo, llena el alma de imaginaciones y
sospechas, sin saber lo que sospechaba ni imaginaba: claros indicios que me
mostraban el triste suceso y desventura que me estaba guardada. Llegu al
lugar donde era enviado. Di las cartas al hermano de don Fernando. Fui bien
recebido, pero no bien despachado, porque me mand aguardar, bien a mi
disgusto, ocho das, y en parte donde el duque, su padre, no me viese,
porque su hermano le escriba que le enviase cierto dinero sin su
sabidura. Y todo fue invencin del falso don Fernando, pues no le faltaban
a su hermano dineros para despacharme luego. Orden y mandato fue ste que
me puso en condicin de no obedecerle, por parecerme imposible sustentar
tantos das la vida en el ausencia de Luscinda, y ms, habindola dejado
con la tristeza que os he contado; pero, con todo esto, obedec, como buen
criado, aunque vea que haba de ser a costa de mi salud.

Pero, a los cuatro das que all llegu, lleg un hombre en mi busca con
una carta, que me dio, que en el sobrescrito conoc ser de Luscinda, porque
la letra dl era suya. Abrla, temeroso y con sobresalto, creyendo que cosa
grande deba de ser la que la haba movido a escribirme estando ausente,
pues presente pocas veces lo haca. Preguntle al hombre, antes de leerla,
quin se la haba dado y el tiempo que haba tardado en el camino. Djome
que acaso, pasando por una calle de la ciudad a la hora de medio da, una
seora muy hermosa le llam desde una ventana, los ojos llenos de lgrimas,
y que con mucha priesa le dijo: ''Hermano: si sois cristiano, como
parecis, por amor de Dios os ruego que encaminis luego luego esta carta
al lugar y a la persona que dice el sobrescrito, que todo es bien conocido,
y en ello haris un gran servicio a nuestro Seor; y, para que no os falte
comodidad de poderlo hacer, tomad lo que va en este pauelo''. ''Y,
diciendo esto, me arroj por la ventana un pauelo, donde venan atados
cien reales y esta sortija de oro que aqu traigo, con esa carta que os he
dado. Y luego, sin aguardar respuesta ma, se quit de la ventana; aunque
primero vio cmo yo tom la carta y el pauelo, y, por seas, le dije que
hara lo que me mandaba. Y as, vindome tan bien pagado del trabajo que
poda tomar en trarosla y conociendo por el sobrescrito que rades vos a
quien se enviaba, porque yo, seor, os conozco muy bien, y obligado
asimesmo de las lgrimas de aquella hermosa seora, determin de no fiarme
de otra persona, sino venir yo mesmo a drosla; y en diez y seis horas que
ha que se me dio, he hecho el camino, que sabis que es de diez y ocho
leguas''.

En tanto que el agradecido y nuevo correo esto me deca, estaba yo colgado
de sus palabras, temblndome las piernas de manera que apenas poda
sostenerme. En efeto, abr la carta y vi que contena estas razones:
La palabra que don Fernando os dio de hablar a vuestro padre para que
hablase al mo, la ha cumplido ms en su gusto que en vuestro provecho.
Sabed, seor, que l me ha pedido por esposa, y mi padre, llevado de la
ventaja que l piensa que don Fernando os hace, ha venido en lo que quiere,
con tantas veras que de aqu a dos das se ha de hacer el desposorio, tan
secreto y tan a solas, que slo han de ser testigos los cielos y alguna
gente de casa. Cual yo quedo, imaginaldo; si os cumple venir, veldo; y si
os quiero bien o no, el suceso deste negocio os lo dar a entender. A Dios
plega que sta llegue a vuestras manos antes que la ma se vea en condicin
de juntarse con la de quien tan mal sabe guardar la fe que promete.
stas, en suma, fueron las razones que la carta contena y las que me
hicieron poner luego en camino, sin esperar otra respuesta ni otros
dineros; que bien claro conoc entonces que no la compra de los caballos,
sino la de su gusto, haba movido a don Fernando a enviarme a su hermano.
El enojo que contra don Fernando conceb, junto con el temor de perder la
prenda que con tantos aos de servicios y deseos tena granjeada, me
pusieron alas, pues, casi como en vuelo, otro da me puse en mi lugar, al
punto y hora que convena para ir a hablar a Luscinda. Entr secreto, y
dej una mula en que vena en casa del buen hombre que me haba llevado la
carta; y quiso la suerte que entonces la tuviese tan buena que hall a
Luscinda puesta a la reja, testigo de nuestros amores. Conocime Luscinda
luego, y conocla yo; mas no como deba ella conocerme y yo conocerla.
Pero, quin hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y sabido
el confuso pensamiento y condicin mudable de una mujer? Ninguno, por
cierto.

Digo, pues, que, as como Luscinda me vio, me dijo: ''Cardenio, de boda
estoy vestida; ya me estn aguardando en la sala don Fernando el traidor y
mi padre el codicioso, con otros testigos, que antes lo sern de mi muerte
que de mi desposorio. No te turbes, amigo, sino procura hallarte presente a
este sacrificio, el cual si no pudiere ser estorbado de mis razones, una
daga llevo escondida que podr estorbar ms determinadas fuerzas, dando fin
a mi vida y principio a que conozcas la voluntad que te he tenido y
tengo''. Yo le respond turbado y apriesa, temeroso no me faltase lugar
para responderla: ''Hagan, seora, tus obras verdaderas tus palabras; que
si t llevas daga para acreditarte, aqu llevo yo espada para defenderte
con ella o para matarme si la suerte nos fuere contraria''. No creo que
pudo or todas estas razones, porque sent que la llamaban apriesa, porque
el desposado aguardaba. Cerrse con esto la noche de mi tristeza, psoseme
el sol de mi alegra: qued sin luz en los ojos y sin discurso en el
entendimiento. No acertaba a entrar en su casa, ni poda moverme a parte
alguna; pero, considerando cunto importaba mi presencia para lo que
suceder pudiese en aquel caso, me anim lo ms que pude y entr en su casa.
Y, como ya saba muy bien todas sus entradas y salidas, y ms con el
alboroto que de secreto en ella andaba, nadie me ech de ver. As que, sin
ser visto, tuve lugar de ponerme en el hueco que haca una ventana de la
mesma sala, que con las puntas y remates de dos tapices se cubra, por
entre las cuales poda yo ver, sin ser visto, todo cuanto en la sala se
haca.

Quin pudiera decir ahora los sobresaltos que me dio el corazn mientras
all estuve, los pensamientos que me ocurrieron, las consideraciones que
hice?, que fueron tantas y tales, que ni se pueden decir ni aun es bien que
se digan. Basta que sepis que el desposado entr en la sala sin otro
adorno que los mesmos vestidos ordinarios que sola. Traa por padrino a un
primo hermano de Luscinda, y en toda la sala no haba persona de fuera,
sino los criados de casa. De all a un poco, sali de una recmara
Luscinda, acompaada de su madre y de dos doncellas suyas, tan bien
aderezada y compuesta como su calidad y hermosura merecan, y como quien
era la perfecin de la gala y bizarra cortesana. No me dio lugar mi
suspensin y arrobamiento para que mirase y notase en particular lo que
traa vestido; slo pude advertir a las colores, que eran encarnado y
blanco, y en las vislumbres que las piedras y joyas del tocado y de todo el
vestido hacan, a todo lo cual se aventajaba la belleza singular de sus
hermosos y rubios cabellos; tales que, en competencia de las preciosas
piedras y de las luces de cuatro hachas que en la sala estaban, la suya con
ms resplandor a los ojos ofrecan. Oh memoria, enemiga mortal de mi
descanso! De qu sirve representarme ahora la incomparable belleza de
aquella adorada enemiga ma? No ser mejor, cruel memoria, que me acuerdes
y representes lo que entonces hizo, para que, movido de tan manifiesto
agravio, procure, ya que no la venganza, a lo menos perder la vida? No os
cansis, seores, de or estas digresiones que hago; que no es mi pena de
aquellas que puedan ni deban contarse sucintamente y de paso, pues cada
circunstancia suya me parece a m que es digna de un largo discurso.

A esto le respondi el cura que no slo no se cansaban en orle, sino que
les daba mucho gusto las menudencias que contaba, por ser tales, que
merecan no pasarse en silencio, y la mesma atencin que lo principal del
cuento.

-Digo, pues -prosigui Cardenio-, que, estando todos en la sala, entr el
cura de la perroquia, y, tomando a los dos por la mano para hacer lo que en
tal acto se requiere, al decir: ''Queris, seora Luscinda, al seor don
Fernando, que est presente, por vuestro legtimo esposo, como lo manda la
Santa Madre Iglesia?'', yo saqu toda la cabeza y cuello de entre los
tapices, y con atentsimos odos y alma turbada me puse a escuchar lo que
Luscinda responda, esperando de su respuesta la sentencia de mi muerte o
la confirmacin de mi vida. Oh, quin se atreviera a salir entonces,
diciendo a voces!: ''Ah Luscinda, Luscinda, mira lo que haces, considera
lo que me debes, mira que eres ma y que no puedes ser de otro! Advierte
que el decir t s y el acabrseme la vida ha de ser todo a un punto. Ah
traidor don Fernando, robador de mi gloria, muerte de mi vida! Qu
quieres? Qu pretendes? Considera que no puedes cristianamente llegar al
fin de tus deseos, porque Luscinda es mi esposa y yo soy su marido''. Ah,
loco de m, ahora que estoy ausente y lejos del peligro, digo que haba de
hacer lo que no hice! Ahora que dej robar mi cara prenda, maldigo al
robador, de quien pudiera vengarme si tuviera corazn para ello como le
tengo para quejarme! En fin, pues fui entonces cobarde y necio, no es mucho
que muera ahora corrido, arrepentido y loco.

Estaba esperando el cura la respuesta de Luscinda, que se detuvo un buen
espacio en darla, y, cuando yo pens que sacaba la daga para acreditarse, o
desataba la lengua para decir alguna verdad o desengao que en mi provecho
redundase, oigo que dijo con voz desmayada y flaca: ''S quiero''; y lo
mesmo dijo don Fernando; y, dndole el anillo, quedaron en disoluble nudo
ligados. Lleg el desposado a abrazar a su esposa, y ella, ponindose la
mano sobre el corazn, cay desmayada en los brazos de su madre. Resta
ahora decir cul qued yo viendo, en el s que haba odo, burladas mis
esperanzas, falsas las palabras y promesas de Luscinda: imposibilitado de
cobrar en algn tiempo el bien que en aquel instante haba perdido. Qued
falto de consejo, desamparado, a mi parecer, de todo el cielo, hecho
enemigo de la tierra que me sustentaba, negndome el aire aliento para mis
suspiros y el agua humor para mis ojos; slo el fuego se acrecent de
manera que todo arda de rabia y de celos.

Alborotronse todos con el desmayo de Luscinda, y, desabrochndole su
madre el pecho para que le diese el aire, se descubri en l un papel
cerrado, que don Fernando tom luego y se le puso a leer a la luz de una de
las hachas; y, en acabando de leerle, se sent en una silla y se puso la
mano en la mejilla, con muestras de hombre muy pensativo, sin acudir a los
remedios que a su esposa se hacan para que del desmayo volviese. Yo,
viendo alborotada toda la gente de casa, me aventur a salir, ora fuese
visto o no, con determinacin que si me viesen, de hacer un desatino tal,
que todo el mundo viniera a entender la justa indignacin de mi pecho en el
castigo del falso don Fernando, y aun en el mudable de la desmayada
traidora. Pero mi suerte, que para mayores males, si es posible que los
haya, me debe tener guardado, orden que en aquel punto me sobrase el
entendimiento que despus ac me ha faltado; y as, sin querer tomar
venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mo,
fuera fcil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en m la pena que
ellos merecan; y aun quiz con ms rigor del que con ellos se usara si
entonces les diera muerte, pues la que se recibe repentina presto acaba la
pena; mas la que se dilata con tormentos siempre mata, sin acabar la vida.
En fin, yo sal de aquella casa y vine a la de aqul donde haba dejado la
mula; hice que me la ensillase, sin despedirme dl sub en ella, y sal de
la ciudad, sin osar, como otro Lot, volver el rostro a miralla; y cuando me
vi en el campo solo, y que la escuridad de la noche me encubra y su
silencio convidaba a quejarme, sin respeto o miedo de ser escuchado ni
conocido, solt la voz y desat la lengua en tantas maldiciones de Luscinda
y de don Fernando, como si con ellas satisficiera el agravio que me haban
hecho. Dile ttulos de cruel, de ingrata, de falsa y desagradecida; pero,
sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza de mi enemigo la haba cerrado
los ojos de la voluntad, para quitrmela a m y entregarla a aqul con
quien ms liberal y franca la fortuna se haba mostrado; y, en mitad de la
fuga destas maldiciones y vituperios, la desculpaba, diciendo que no era
mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada
siempre a obedecerlos, hubiese querido condecender con su gusto, pues le
daban por esposo a un caballero tan principal, tan rico y tan gentil hombre
que, a no querer recebirle, se poda pensar, o que no tena juicio, o que
en otra parte tena la voluntad: cosa que redundaba tan en perjuicio de su
buena opinin y fama. Luego volva diciendo que, puesto que ella dijera que
yo era su esposo, vieran ellos que no haba hecho en escogerme tan mala
eleccin, que no la disculparan, pues antes de ofrecrseles don Fernando no
pudieran ellos mesmos acertar a desear, si con razn midiesen su deseo,
otro mejor que yo para esposo de su hija; y que bien pudiera ella, antes de
ponerse en el trance forzoso y ltimo de dar la mano, decir que ya yo le
haba dado la ma; que yo viniera y concediera con todo cuanto ella
acertara a fingir en este caso.

En fin, me resolv en que poco amor, poco juicio, mucha ambicin y deseos
de grandezas hicieron que se olvidase de las palabras con que me haba
engaado, entretenido y sustentado en mis firmes esperanzas y honestos
deseos. Con estas voces y con esta inquietud camin lo que quedaba de
aquella noche, y di al amanecer en una entrada destas sierras, por las
cuales camin otros tres das, sin senda ni camino alguno, hasta que vine a
parar a unos prados, que no s a qu mano destas montaas caen, y all
pregunt a unos ganaderos que hacia dnde era lo ms spero destas sierras.
Dijronme que hacia esta parte. Luego me encamin a ella, con intencin de
acabar aqu la vida, y, en entrando por estas asperezas, del cansancio y de
la hambre se cay mi mula muerta, o, lo que yo ms creo, por desechar de s
tan intil carga como en m llevaba. Yo qued a pie, rendido de la
naturaleza, traspasado de hambre, sin tener, ni pensar buscar, quien me
socorriese.

De aquella manera estuve no s qu tiempo, tendido en el suelo, al cabo
del cual me levant sin hambre, y hall junto a m a unos cabreros, que,
sin duda, debieron ser los que mi necesidad remediaron, porque ellos me
dijeron de la manera que me haban hallado, y cmo estaba diciendo tantos
disparates y desatinos, que daba indicios claros de haber perdido el
juicio; y yo he sentido en m, despus ac, que no todas veces le tengo
cabal, sino tan desmedrado y flaco que hago mil locuras, rasgndome los
vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y
repitiendo en vano el nombre amado de mi enemiga, sin tener otro discurso
ni intento entonces que procurar acabar la vida voceando; y cuando en m
vuelvo, me hallo tan cansado y molido, que apenas puedo moverme. Mi ms
comn habitacin es en el hueco de un alcornoque, capaz de cubrir este
miserable cuerpo. Los vaqueros y cabreros que andan por estas montaas,
movidos de caridad, me sustentan, ponindome el manjar por los caminos y
por las peas por donde entienden que acaso podr pasar y hallarlo; y as,
aunque entonces me falte el juicio, la necesidad natural me da a conocer el
mantenimiento, y despierta en m el deseo de apetecerlo y la voluntad de
tomarlo. Otras veces me dicen ellos, cuando me encuentran con juicio, que
yo salgo a los caminos y que se lo quito por fuerza, aunque me lo den de
grado, a los pastores que vienen con ello del lugar a las majadas.
Desta manera paso mi miserable y estrema vida, hasta que el cielo sea
servido de conducirle a su ltimo fin, o de ponerle en mi memoria, para que
no me acuerde de la hermosura y de la traicin de Luscinda y del agravio de
don Fernando; que si esto l hace sin quitarme la vida, yo volver a mejor
discurso mis pensamientos; donde no, no hay sino rogarle que absolutamente
tenga misericordia de mi alma, que yo no siento en m valor ni fuerzas para
sacar el cuerpo desta estrecheza en que por mi gusto he querido ponerle.
sta es, oh seores!, la amarga historia de mi desgracia: decidme si es
tal, que pueda celebrarse con menos sentimientos que los que en m habis
visto; y no os cansis en persuadirme ni aconsejarme lo que la razn os
dijere que puede ser bueno para mi remedio, porque ha de aprovechar conmigo
lo que aprovecha la medicina recetada de famoso mdico al enfermo que
recebir no la quiere. Yo no quiero salud sin Luscinda; y, pues ella gust
de ser ajena, siendo, o debiendo ser, ma, guste yo de ser de la
desventura, pudiendo haber sido de la buena dicha. Ella quiso, con su
mudanza, hacer estable mi perdicin; yo querr, con procurar perderme,
hacer contenta su voluntad, y ser ejemplo a los por venir de que a m solo
falt lo que a todos los desdichados sobra, a los cuales suele ser consuelo
la imposibilidad de tenerle, y en m es causa de mayores sentimientos y
males, porque aun pienso que no se han de acabar con la muerte.

Aqu dio fin Cardenio a su larga pltica y tan desdichada como amorosa
historia. Y, al tiempo que el cura se prevena para decirle algunas razones
de consuelo, le suspendi una voz que lleg a sus odos, que en lastimados
acentos oyeron que deca lo que se dir en la cuarta parte desta narracin,
que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado historiador Cide
Hamete Benengeli.

Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha





Captulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y
barbero sucedi en la mesma sierra


Felicsimos y venturosos fueron los tiempos donde se ech al mundo el
audacsimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan
honrosa determinacin como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya
perdida y casi muerta orden de la andante caballera, gozamos ahora, en
esta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no slo de la
dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della,
que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la
misma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado
hilo, cuenta que, as como el cura comenz a prevenirse para consolar a
Cardenio, lo impidi una voz que lleg a sus odos, que, con tristes
acentos, deca desta manera:

-Ay Dios! Si ser posible que he ya hallado lugar que pueda servir de
escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi
voluntad sostengo? S ser, si la soledad que prometen estas sierras no me
miente. Ay, desdichada, y cun ms agradable compaa harn estos riscos y
malezas a mi intencin, pues me darn lugar para que con quejas comunique
mi desgracia al cielo, que no la de ningn hombre humano, pues no hay
ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio
en las quejas, ni remedio en los males!

Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con l estaban,
y por parecerles, como ello era, que all junto las decan, se levantaron a
buscar el dueo, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrs de un
peasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como
labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba
los pies en el arroyo que por all corra, no se le pudieron ver por
entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que dl no fueron sentidos,
ni l estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que
no parecan sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras
del arroyo se haban nacido. Suspendiles la blancura y belleza de los
pies, parecindoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras
el arado y los bueyes, como mostraba el hbito de su dueo; y as, viendo
que no haban sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo seas a los
otros dos que se agazapasen o escondiesen detrs de unos pedazos de pea
que all haba, y as lo hicieron todos, mirando con atencin lo que el
mozo haca; el cual traa puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy
ceido al cuerpo con una toalla blanca. Traa, ansimesmo, unos calzones y
polainas de pao pardo, y en la cabeza una montera parda. Tena las
polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de
blanco alabastro pareca. Acabse de lavar los hermosos pies, y luego, con
un pao de tocar, que sac debajo de la montera, se los limpi; y, al
querer quitrsele, alz el rostro, y tuvieron lugar los que mirndole
estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura,
con voz baja:

-sta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.

El mozo se quit la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte,
se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del
sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que pareca labrador era
mujer, y delicada, y aun la ms hermosa que hasta entonces los ojos de los
dos haban visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a
Luscinda; que despus afirm que sola la belleza de Luscinda poda
contender con aqulla. Los luengos y rubios cabellos no slo le cubrieron
las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no
eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se pareca: tales y tantos
eran. En esto, les sirvi de peine unas manos, que si los pies en el agua
haban parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban
pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en ms admiracin y en ms deseo
de saber quin era pona a los tres que la miraban.

Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de
ponerse en pie, la hermosa moza alz la cabeza, y, apartndose los cabellos
de delante de los ojos con entrambas manos, mir los que el ruido hacan; y
apenas los hubo visto, cuando se levant en pie, y, sin aguardar a calzarse
ni a recoger los cabellos, asi con mucha presteza un bulto, como de ropa,
que junto a s tena, y quiso ponerse en huida, llena de turbacin y
sobresalto; mas no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir los
delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo. Lo cual
visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo:
-Deteneos, seora, quienquiera que seis, que los que aqu veis slo tienen
intencin de serviros. No hay para qu os pongis en tan impertinente
huida, porque ni vuestros pies lo podrn sufrir ni nosotros consentir.
A todo esto, ella no responda palabra, atnita y confusa. Llegaron, pues,
a ella, y, asindola por la mano el cura, prosigui diciendo:

-Lo que vuestro traje, seora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren:
seales claras que no deben de ser de poco momento las causas que han
disfrazado vuestra belleza en hbito tan indigno, y tradola a tanta
soledad como es sta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para
dar remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ningn
mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al estremo de serlo, mientras no
acaba la vida, que rehya de no escuchar siquiera el consejo que con buena
intencin se le da al que lo padece. As que, seora ma, o seor mo, o lo
que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha
causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, o
en cada uno, hallaris quien os ayude a sentir vuestras desgracias.

En tanto que el cura deca estas razones, estaba la disfrazada moza como
embelesada, mirndolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna:
bien as como rstico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y
dl jams vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo
efeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompi el silencio y
dijo:

-Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la
soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi
lengua, en balde sera fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese,
sera ms por cortesa que por otra razn alguna. Presupuesto esto, digo,
seores, que os agradezco el ofrecimiento que me habis hecho, el cual me
ha puesto en obligacin de satisfaceros en todo lo que me habis pedido,
puesto que temo que la relacin que os hiciere de mis desdichas os ha de
causar, al par de la compasin, la pesadumbre, porque no habis de hallar
remedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero, con todo
esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habindome
ya conocido por mujer y vindome moza, sola y en este traje, cosas todas
juntas, y cada una por s, que pueden echar por tierra cualquier honesto
crdito, os habr de decir lo que quisiera callar si pudiera.

Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer pareca, con tan suelta
lengua, con voz tan suave, que no menos les admir su discrecin que su
hermosura. Y, tornndole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para
que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse ms de rogar, calzndose con
toda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomod en el asiento de una
piedra, y, puestos los tres alrededor della, hacindose fuerza por detener
algunas lgrimas que a los ojos se le venan, con voz reposada y clara,
comenz la historia de su vida desta manera:

-En esta Andaluca hay un lugar de quien toma ttulo un duque, que le hace
uno de los que llaman grandes en Espaa. ste tiene dos hijos: el mayor,
heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor,
no s yo de qu sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los
embustes de Galaln. Deste seor son vasallos mis padres, humildes en
linaje, pero tan ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a los
de su fortuna, ni ellos tuvieran ms que desear ni yo temiera verme en la
desdicha en que me veo; porque quiz nace mi poca ventura de la que no
tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan
bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a m me quiten
la imaginacin que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos,
en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante,
y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que su
riqueza y magnfico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de
hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que
ellos se preciaban era de tenerme a m por hija; y, as por no tener otra
ni otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de
las ms regaladas hijas que padres jams regalaron. Era el espejo en que se
miraban, el bculo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban,
midindolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos
tan buenos, los mos no salan un punto. Y del mismo modo que yo era seora
de sus nimos, ans lo era de su hacienda: por m se receban y despedan
los criados; la razn y cuenta de lo que se sembraba y coga pasaba por mi
mano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el nmero del ganado
mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan
rico labrador como mi padre puede tener y tiene, tena yo la cuenta, y era
la mayordoma y seora, con tanta solicitud ma y con tanto gusto suyo, que
buenamente no acertar a encarecerlo. Los ratos que del da me quedaban,
despus de haber dado lo que convena a los mayorales, a capataces y a
otros jornaleros, los entretena en ejercicios que son a las doncellas tan
lcitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla,
y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el nimo, estos
ejercicios dejaba, me acoga al entretenimiento de leer algn libro devoto,
o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la msica compone
los nimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espritu.
sta, pues, era la vida que yo tena en casa de mis padres, la cual, si
tan particularmente he contado, no ha sido por ostentacin ni por dar a
entender que soy rica, sino porque se advierta cun sin culpa me he venido
de aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es,
pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un
encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin ser
vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa,
porque los das que iba a misa era tan de maana, y tan acompaada de mi
madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas van mis
ojos ms tierra de aquella donde pona los pies; y, con todo esto, los del
amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no
pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que
ste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado.

No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a
Cardenio se le mud la color del rostro, y comenz a trasudar, con tan
grande alteracin que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron
que le vena aquel accidente de locura que haban odo decir que de cuando
en cuando le vena. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse
quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando quin ella era;
la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosigui su
historia, diciendo:

-Y no me hubieron bien visto cuando, segn l dijo despus, qued tan
preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones.
Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,
quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para
declararme su voluntad. Soborn toda la gente de mi casa, dio y ofreci
ddivas y mercedes a mis parientes. Los das eran todos de fiesta y de
regocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las msicas. Los
billetes que, sin saber cmo, a mis manos venan, eran infinitos, llenos de
enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas y
juramentos. Todo lo cual no slo no me ablandaba, pero me endureca de
manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para
reducirme a su voluntad haca, las hiciera para el efeto contrario; no
porque a m me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese a
demasa sus solicitudes; porque me daba un no s qu de contento verme tan
querida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en sus
papeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, me
parece a m que siempre nos da gusto el or que nos llaman hermosas.
Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mis
padres me daban, que ya muy al descubierto saban la voluntad de don
Fernando, porque ya a l no se le daba nada de que todo el mundo la
supiese. Decanme mis padres que en sola mi virtud y bondad dejaban y
depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad que haba
entre m y don Fernando, y que por aqu echara de ver que sus
pensamientos, aunque l dijese otra cosa, mas se encaminaban a su gusto que
a mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna manera algn
inconveniente para que l se dejase de su injusta pretensin, que ellos me
casaran luego con quien yo ms gustase: as de los ms principales de
nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se poda esperar
de su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos,
y con la verdad que ellos me decan, fortificaba yo mi entereza, y jams
quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de
muy lejos, esperanza de alcanzar su deseo.

Todos estos recatos mos, que l deba de tener por desdenes, debieron de
ser causa de avivar ms su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la
voluntad que me mostraba; la cual, si ella fuera como deba, no la
supirades vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasin de decrosla.
Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, por
quitalle a l la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese
ms guardas para guardarme; y esta nueva o sospecha fue causa para que
hiciese lo que ahora oiris. Y fue que una noche, estando yo en mi aposento
con sola la compaa de una doncella que me serva, teniendo bien cerradas
las puertas, por temor que, por descuido, mi honestidad no se viese en
peligro, sin saber ni imaginar cmo, en medio destos recatos y
prevenciones, y en la soledad deste silencio y encierro, me le hall
delante, cuya vista me turb de manera que me quit la de mis ojos y me
enmudeci la lengua; y as, no fui poderosa de dar voces, ni aun l creo
que me las dejara dar, porque luego se lleg a m, y, tomndome entre sus
brazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, segn estaba
turbada), comenz a decirme tales razones, que no s cmo es posible que
tenga tanta habilidad la mentira que las sepa componer de modo que parezcan
tan verdaderas. Haca el traidor que sus lgrimas acreditasen sus palabras
y los suspiros su intencin. Yo, pobrecilla, sola entre los mos, mal
ejercitada en casos semejantes, comenc, no s en qu modo, a tener por
verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen a compasin
menos que buena sus lgrimas y suspiros.

Y as, pasndoseme aquel sobresalto primero, torn algn tanto a cobrar
mis perdidos espritus, y con ms nimo del que pens que pudiera tener, le
dije: ''Si como estoy, seor, en tus brazos, estuviera entre los de un len
fiero y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera, o dijera, cosa
que fuera en perjuicio de mi honestidad, as fuera posible hacella o
decilla como es posible dejar de haber sido lo que fue. As que, si t
tienes ceido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo atada mi alma con mis
buenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos como lo vers si con
hacerme fuerza quisieres pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no
tu esclava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu sangre para
deshonrar y tener en poco la humildad de la ma; y en tanto me estimo yo,
villana y labradora, como t, seor y caballero. Conmigo no han de ser de
ningn efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus
palabras han de poder engaarme, ni tus suspiros y lgrimas enternecerme.
Si alguna de todas estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padres
me dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la ma, y mi voluntad de la
suya no saliera; de modo que, como quedara con honra, aunque quedara sin
gusto, de grado te entregara lo que t, seor, ahora con tanta fuerza
procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que de m alcance cosa
alguna el que no fuere mi ligtimo esposo''. ''Si no reparas ms que en
eso, bellsima Dorotea -(que ste es el nombre desta desdichada), dijo el
desleal caballero-, ves: aqu te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigos
desta verdad los cielos, a quien ninguna cosa se asconde, y esta imagen de
Nuestra Seora que aqu tienes''.

Cuando Cardenio le oy decir que se llamaba Dorotea, torn de nuevo a sus
sobresaltos y acab de confirmar por verdadera su primera opinin; pero no
quiso interromper el cuento, por ver en qu vena a parar lo que l ya casi
saba; slo dijo:

-Que Dorotea es tu nombre, seora? Otra he odo yo decir del mesmo, que
quiz corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante, que tiempo vendr en
que te diga cosas que te espanten en el mesmo grado que te lastimen.
Repar Dorotea en las razones de Cardenio y en su estrao y desastrado
traje, y rogle que si alguna cosa de su hacienda saba, se la dijese
luego; porque si algo le haba dejado bueno la fortuna, era el nimo que
tena para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura de que, a
su parecer, ninguno poda llegar que el que tena acrecentase un punto.
-No le perdiera yo, seora -respondi Cardenio-, en decirte lo que pienso,
si fuera verdad lo que imagino; y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni a
ti te importa nada el saberlo.

-Sea lo que fuere -respondi Dorotea-, lo que en mi cuento pasa fue que,
tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso por
testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficacsimas y juramentos
estraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes que
acabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que haca y que considerase
el enojo que su padre haba de recebir de verle casado con una villana
vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no era
bastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si algn bien me
quera hacer, por el amor que me tena, fuese dejar correr mi suerte a lo
igual de lo que mi calidad poda, porque nunca los tan desiguales
casamientos se gozan ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan.
Todas estas razones que aqu he dicho le dije, y otras muchas de que no me
acuerdo, pero no fueron parte para que l dejase de seguir su intento, bien
ans como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, no repara
en inconvenientes. Yo, a esta sazn, hice un breve discurso conmigo, y me
dije a m mesma: ''S, que no ser yo la primera que por va de matrimonio
haya subido de humilde a grande estado, ni ser don Fernando el primero a
quien hermosura, o ciega aficin, que es lo ms cierto, haya hecho tomar
compaa desigual a su grandeza. Pues si no hago ni mundo ni uso nuevo,
bien es acudir a esta honra que la suerte me ofrece, puesto que en ste no
dure ms la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su
deseo; que, en fin, para con Dios ser su esposa. Y si quiero con desdenes
despedille, en trmino le veo que, no usando el que debe, usar el de la
fuerza y vendr a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa que me poda
dar el que no supiere cun sin ella he venido a este punto. Porque, qu
razones sern bastantes para persuadir a mis padres, y a otros, que este
caballero entr en mi aposento sin consentimiento mo?''

Todas estas demandas y respuestas revolv yo en un instante en la
imaginacin; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza y a inclinarme a
lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdicin: los juramentos de don Fernando,
los testigos que pona, las lgrimas que derramaba, y, finalmente, su
dispusicin y gentileza, que, acompaada con tantas muestras de verdadero
amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado corazn como el mo.
Llam a mi criada, para que en la tierra acompaase a los testigos del
cielo; torn don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; aadi a
los primeros nuevos santos por testigos; echse mil futuras maldiciones, si
no cumpliese lo que me prometa; volvi a humedecer sus ojos y a acrecentar
sus suspiros; apretme ms entre sus brazos, de los cuales jams me haba
dejado; y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo
dej de serlo y l acab de ser traidor y fementido.

El da que sucedi a la noche de mi desgracia se vena aun no tan apriesa
como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, despus de cumplido
aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de
donde le alcanzaron. Digo esto porque don Fernando dio priesa por partirse
de m, y, por industria de mi doncella, que era la misma que all le haba
trado, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de m,
aunque no con tanto ahnco y vehemencia como cuando vino, me dijo que
estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y,
para ms confirmacin de su palabra, sac un rico anillo del dedo y lo puso
en el mo. En efecto, l se fue y yo qued ni s si triste o alegre; esto
s bien decir: que qued confusa y pensativa, y casi fuera de m con el
nuevo acaecimiento, y no tuve nimo, o no se me acord, de reir a mi
doncella por la traicin cometida de encerrar a don Fernando en mi mismo
aposento, porque an no me determinaba si era bien o mal el que me haba
sucedido. Djele, al partir, a don Fernando que por el mesmo camino de
aqulla poda verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando l
quisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la
siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en ms de un mes;
que en vano me cans en solicitallo, puesto que supe que estaba en la villa
y que los ms das iba a caza, ejercicio de que l era muy aficionado.
Estos das y estas horas bien s yo que para m fueron aciagos y
menguadas, y bien s que comenc a dudar en ellos, y aun a descreer de la
fe de don Fernando; y s tambin que mi doncella oy entonces las palabras
que en reprehensin de su atrevimiento antes no haba odo; y s que me fue
forzoso tener cuenta con mis lgrimas y con la compostura de mi rostro, por
no dar ocasin a que mis padres me preguntasen que de qu andaba
descontenta y me obligasen a buscar mentiras que decilles. Pero todo esto
se acab en un punto, llegndose uno donde se atropellaron respectos y se
acabaron los honrados discursos, y adonde se perdi la paciencia y salieron
a plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue porque, de all a pocos das,
se dijo en el lugar como en una ciudad all cerca se haba casado don
Fernando con una doncella hermossima en todo estremo, y de muy principales
padres, aunque no tan rica que, por la dote, pudiera aspirar a tan noble
casamiento. Djose que se llamaba Luscinda, con otras cosas que en sus
desposorios sucedieron dignas de admiracin.

Oy Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger los
hombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de all a poco caer
por sus ojos dos fuentes de lgrimas. Mas no por esto dej Dorotea de
seguir su cuento, diciendo:

-Lleg esta triste nueva a mis odos, y, en lugar de helrseme el corazn
en olla, fue tanta la clera y rabia que se encendi en l, que falt poco
para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosa y
traicin que se me haba hecho. Mas templse esta furia por entonces con
pensar de poner aquella mesma noche por obra lo que puse: que fue ponerme
en este hbito, que me dio uno de los que llaman zagales en casa de los
labradores, que era criado de mi padre, al cual descubr toda mi
desventura, y le rogu me acompaase hasta la ciudad donde entend que mi
enemigo estaba. l, despus que hubo reprehendido mi atrevimiento y afeado
mi determinacin, vindome resuelta en mi parecer, se ofreci a tenerme
compaa, como l dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento, encerr
en una almohada de lienzo un vestido de mujer, y algunas joyas y dineros,
por lo que poda suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta
a mi traidora doncella, sal de mi casa, acompaada de mi criado y de
muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, llevada en
vuelo del deseo de llegar, ya que no a estorbar lo que tena por hecho, a
lo menos a decir a don Fernando me dijese con qu alma lo haba hecho.
Llegu en dos das y medio donde quera, y, en entrando por la ciudad,
pregunt por la casa de los padres de Luscinda, y al primero a quien hice
la pregunta me respondi ms de lo que yo quisiera or. Djome la casa y
todo lo que haba sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan pblica en
la ciudad, que se hace en corrillos para contarla por toda ella. Djome que
la noche que don Fernando se despos con Luscinda, despus de haber ella
dado el s de ser su esposa, le haba tomado un recio desmayo, y que,
llegando su esposo a desabrocharle el pecho para que le diese el aire, le
hall un papel escrito de la misma letra de Luscinda, en que deca y
declaraba que ella no poda ser esposa de don Fernando, porque lo era de
Cardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un caballero muy principal
de la mesma ciudad; y que si haba dado el s a don Fernando, fue por no
salir de la obediencia de sus padres. En resolucin, tales razones dijo que
contena el papel, que daba a entender que ella haba tenido intencin de
matarse en acabndose de desposar, y daba all las razones por que se haba
quitado la vida. Todo lo cual dicen que confirm una daga que le hallaron
no s en qu parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando,
parecindole que Luscinda le haba burlado y escarnecido y tenido en poco,
arremeti a ella, antes que de su desmayo volviese, y con la misma daga que
le hallaron la quiso dar de pualadas; y lo hiciera si sus padres y los que
se hallaron presentes no se lo estorbaran. Dijeron ms: que luego se
ausent don Fernando, y que Luscinda no haba vuelto de su parasismo hasta
otro da, que cont a sus padres cmo ella era verdadera esposa de aquel
Cardenio que he dicho. Supe ms: que el Cardenio, segn decan, se hall
presente en los desposorios, y que, en vindola desposada, lo cual l jams
pens, se sali de la ciudad desesperado, dejndole primero escrita una
carta, donde daba a entender el agravio que Luscinda le haba hecho, y de
cmo l se iba adonde gentes no le viesen.

Esto todo era pblico y notorio en toda la ciudad, y todos hablaban dello;
y ms hablaron cuando supieron que Luscinda haba faltado de casa de sus
padres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda ella, de que perdan el
juicio sus padres y no saban qu medio se tomar para hallarla. Esto que
supe puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber hallado a don
Fernando, que no hallarle casado, parecindome que an no estaba del todo
cerrada la puerta a mi remedio, dndome yo a entender que podra ser que el
cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, por
atraerle a conocer lo que al primero deba, y a caer en la cuenta de que
era cristiano y que estaba ms obligado a su alma que a los respetos
humanos. Todas estas cosas revolva en mi fantasa, y me consolaba sin
tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas, para
entretener la vida, que ya aborrezco.

Estando, pues, en la ciudad, sin saber qu hacerme, pues a don Fernando no
hallaba, lleg a mis odos un pblico pregn, donde se prometa grande
hallazgo a quien me hallase, dando las seas de la edad y del mesmo traje
que traa; y o decir que se deca que me haba sacado de casa de mis
padres el mozo que conmigo vino, cosa que me lleg al alma, por ver cun de
cada andaba mi crdito, pues no bastaba perderle con mi venida, sino
aadir el con quin, siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis buenos
pensamientos. Al punto que o el pregn, me sal de la ciudad con mi
criado, que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que de
fidelidad me tena prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso
desta montaa, con el miedo de no ser hallados. Pero, como suele decirse
que un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser principio
de otra mayor, as me sucedi a m, porque mi buen criado, hasta entonces
fiel y seguro, as como me vio en esta soledad, incitado de su mesma
bellaquera antes que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasin
que, a su parecer, estos yermos le ofrecan; y, con poca vergenza y menos
temor de Dios ni respeto mo, me requiri de amores; y, viendo que yo con
feas y justas palabras responda a las desvergenzas de sus propsitos,
dej aparte los ruegos, de quien primero pens aprovecharse, y comenz a
usar de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja de
mirar y favorecer a las justas intenciones, favoreci las mas, de manera
que con mis pocas fuerzas, y con poco trabajo, di con l por un
derrumbadero, donde le dej, ni s si muerto o si vivo; y luego, con ms
ligereza que mi sobresalto y cansancio pedan, me entr por estas montaas,
sin llevar otro pensamiento ni otro disignio que esconderme en ellas y huir
de mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando.

Con este deseo, ha no s cuntos meses que entr en ellas, donde hall un
ganadero que me llev por su criado a un lugar que est en las entraas
desta sierra, al cual he servido de zagal todo este tiempo, procurando
estar siempre en el campo por encubrir estos cabellos que ahora, tan si
pensarlo, me han descubierto. Pero toda mi industria y toda mi solicitud
fue y ha sido de ningn provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que
yo no era varn, y naci en l el mesmo mal pensamiento que en mi criado;
y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hall
derrumbadero ni barranco de donde despear y despenar al amo, como le hall
para el criado; y as, tuve por menor inconveniente dejalle y asconderme de
nuevo entre estas asperezas que probar con l mis fuerzas o mis disculpas.
Digo, pues, que me torn a emboscar, y a buscar donde sin impedimento
alguno pudiese con suspiros y lgrimas rogar al cielo se duela de mi
desventura y me d industria y favor para salir della, o para dejar la vida
entre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sin
culpa suya habr dado materia para que de ella se hable y murmure en la
suya y en las ajenas tierras.





Captulo XXIX. Que trata de la discrecin de la hermosa Dorotea, con otras
cosas de mucho gusto y pasatiempo


-Esta es, seores, la verdadera historia de mi tragedia: mirad y juzgad
ahora si los suspiros que escuchastes, las palabras que ostes y las
lgrimas que de mis ojos salan, tenan ocasin bastante para mostrarse en
mayor abundancia; y, considerada la calidad de mi desgracia, veris que
ser en vano el consuelo, pues es imposible el remedio della. Slo os ruego
(lo que con facilidad podris y debis hacer) que me aconsejis dnde podr
pasar la vida sin que me acabe el temor y sobresalto que tengo de ser
hallada de los que me buscan; que, aunque s que el mucho amor que mis
padres me tienen me asegura que ser dellos bien recebida, es tanta la
vergenza que me ocupa slo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo de
parecer a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser
vista que no verles el rostro, con pensamiento que ellos miran el mo ajeno
de la honestidad que de m se deban de tener prometida.

Call en diciendo esto, y el rostro se le cubri de un color que mostr
bien claro el sentimiento y vergenza del alma. En las suyas sintieron los
que escuchado la haban tanta lstima como admiracin de su desgracia; y,
aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tom primero la
mano Cardenio, diciendo:

-En fin, seora, que t eres la hermosa Dorotea, la hija nica del rico
Clenardo.

Admirada qued Dorotea cuando oy el nombre de su padre, y de ver cun de
poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que
Cardenio estaba vestido; y as, le dijo:

-Y quin sois vos, hermano, que as sabis el nombre de mi padre? Porque
yo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de mi
desdicha no le he nombrado.

-Soy -respondi Cardenio- aquel sin ventura que, segn vos, seora, habis
dicho, Luscinda dijo que era su esposa. Soy el desdichado Cardenio, a quien
el mal trmino de aquel que a vos os ha puesto en el que estis me ha
trado a que me veis cual me veis: roto, desnudo, falto de todo humano
consuelo y, lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino
cuando al cielo se le antoja drmele por algn breve espacio. Yo, Teodora,
soy el que me hall presente a las sinrazones de don Fernando, y el que
aguard or el s que de ser su esposa pronunci Luscinda. Yo soy el que no
tuvo nimo para ver en qu paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papel
que le fue hallado en el pecho, porque no tuvo el alma sufrimiento para ver
tantas desventuras juntas; y as, dej la casa y la paciencia, y una carta
que dej a un husped mo, a quien rogu que en manos de Luscinda la
pusiese, y vneme a estas soledades, con intencin de acabar en ellas la
vida, que desde aquel punto aborrec como mortal enemiga ma. Mas no ha
querido la suerte quitrmela, contentndose con quitarme el juicio, quiz
por guardarme para la buena ventura que he tenido en hallaros; pues, siendo
verdad, como creo que lo es, lo que aqu habis contado, an podra ser que
a entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor suceso en nuestros
desastres que nosotros pensamos. Porque, presupuesto que Luscinda no puede
casarse con don Fernando, por ser ma, ni don Fernando con ella, por ser
vuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos esperar
que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues est todava en ser, y
no se ha enajenado ni deshecho. Y, pues este consuelo tenemos, nacido no de
muy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, suplcoos,
seora, que tomis otra resolucin en vuestros honrados pensamientos, pues
yo la pienso tomar en los mos, acomodndoos a esperar mejor fortuna; que
yo os juro, por la fe de caballero y de cristiano, de no desampararos hasta
veros en poder de don Fernando, y que, cuando con razones no le pudiere
atraer a que conozca lo que os debe, de usar entonces la libertad que me
concede el ser caballero, y poder con justo ttulo desafialle, en razn de
la sinrazn que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza
dejar al cielo por acudir en la tierra a los vuestros.

Con lo que Cardenio dijo se acab de admirar Dorotea, y, por no saber qu
gracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle los pies para
besrselos; mas no lo consinti Cardenio, y el licenciado respondi por
entrambos, y aprob el buen discurso de Cardenio, y, sobre todo, les rog,
aconsej y persuadi que se fuesen con l a su aldea, donde se podran
reparar de las cosas que les faltaban, y que all se dara orden cmo
buscar a don Fernando, o cmo llevar a Dorotea a sus padres, o hacer lo que
ms les pareciese conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron, y
acetaron la merced que se les ofreca. El barbero, que a todo haba estado
suspenso y callado, hizo tambin su buena pltica y se ofreci con no menos
voluntad que el cura a todo aquello que fuese bueno para servirles.
Cont asimesmo con brevedad la causa que all los haba trado, con la
estraeza de la locura de don Quijote, y cmo aguardaban a su escudero, que
haba ido a buscalle. Vnosele a la memoria a Cardenio, como por sueos, la
pendencia que con don Quijote haba tenido y contla a los dems, mas no
supo decir por qu causa fue su quistin.

En esto, oyeron voces, y conocieron que el que las daba era Sancho Panza,
que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dej, los llamaba a
voces. Salironle al encuentro, y, preguntndole por don Quijote, les dijo
cmo le haba hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto de
hambre, y suspirando por su seora Dulcinea; y que, puesto que le haba
dicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar y se fuese al del
Toboso, donde le quedaba esperando, haba respondido que estaba determinado
de no parecer ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazaas que le
ficiesen digno de su gracia. Y que si aquello pasaba adelante, corra
peligro de no venir a ser emperador, como estaba obligado, ni aun
arzobispo, que era lo menos que poda ser. Por eso, que mirasen lo que se
haba de hacer para sacarle de all.

El licenciado le respondi que no tuviese pena, que ellos le sacaran de
all, mal que le pesase. Cont luego a Cardenio y a Dorotea lo que tenan
pensado para remedio de don Quijote, a lo menos para llevarle a su casa. A
lo cual dijo Dorotea que ella hara la doncella menesterosa mejor que el
barbero, y ms, que tena all vestidos con que hacerlo al natural, y que
la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester
para llevar adelante su intento, porque ella haba ledo muchos libros de
caballeras y saba bien el estilo que tenan las doncellas cuitadas cuando
pedan sus dones a los andantes caballeros.

-Pues no es menester ms -dijo el cura- sino que luego se ponga por obra;
que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sin
pensarlo, a vosotros, seores, se os ha comenzado a abrir puerta para
vuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado la que habamos menester.
Sac luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica y
una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar y
otras joyas, con que en un instante se adorn de manera que una rica y gran
seora pareca. Todo aquello, y ms, dijo que haba sacado de su casa para
lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le haba ofrecido ocasin
de habello menester. A todos content en estremo su mucha gracia, donaire y
hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues
tanta belleza desechaba.

Pero el que ms se admir fue Sancho Panza, por parecerle -como era as
verdad- que en todos los das de su vida haba visto tan hermosa criatura;
y as, pregunt al cura con grande ahnco le dijese quin era aquella tan
fermosa seora, y qu era lo que buscaba por aquellos andurriales.
-Esta hermosa seora -respondi el cura-, Sancho hermano, es, como quien no
dice nada, es la heredera por lnea recta de varn del gran reino de
Micomicn, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual
es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y,
a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto,
de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.

-Dichosa buscada y dichoso hallazgo -dijo a esta sazn Sancho Panza-, y ms
si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto,
matando a ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice; que s matar
si l le encuentra, si ya no fuese fantasma, que contra las fantasmas no
tiene mi seor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestra
merced, entre otras, seor licenciado, y es que, porque a mi amo no le tome
gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le
aconseje que se case luego con esta princesa, y as quedar imposibilitado
de recebir rdenes arzobispales y vendr con facilidad a su imperio y yo al
fin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta que
no me est bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy intil para la
Iglesia, pues soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones para poder
tener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer y hijos, sera
nunca acabar. As que, seor, todo el toque est en que mi amo se case
luego con esta seora, que hasta ahora no s su gracia, y as, no la llamo
por su nombre.

-Llmase -respondi el cura- la princesa Micomicona, porque, llamndose su
reino Micomicn, claro est que ella se ha de llamar as.

-No hay duda en eso -respondi Sancho-, que yo he visto a muchos tomar el
apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llamndose Pedro de Alcal,
Juan de beda y Diego de Valladolid; y esto mesmo se debe de usar all en
Guinea: tomar las reinas los nombres de sus reinos.

-As debe de ser -dijo el cura-; y en lo del casarse vuestro amo, yo har
en ello todos mis poderos.

Con lo que qued tan contento Sancho cuanto el cura admirado de su
simplicidad, y de ver cun encajados tena en la fantasa los mesmos
disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que haba de
venir a ser emperador.

Ya, en esto, se haba puesto Dorotea sobre la mula del cura y el barbero se
haba acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron a Sancho
que los guiase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron que no dijese
que conoca al licenciado ni al barbero, porque en no conocerlos consista
todo el toque de venir a ser emperador su amo; puesto que ni el cura ni
Cardenio quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don Quijote la
pendencia que con Cardenio haba tenido, y el cura porque no era menester
por entonces su presencia. Y as, los dejaron ir delante, y ellos los
fueron siguiendo a pie, poco a poco. No dej de avisar el cura lo que haba
de hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se hara,
sin faltar punto, como lo pedan y pintaban los libros de caballeras.
Tres cuartos de legua habran andado, cuando descubrieron a don Quijote
entre unas intricadas peas, ya vestido, aunque no armado; y, as como
Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aqul era don Quijote, dio del
azote a su palafrn, siguindole el bien barbado barbero. Y, en llegando
junto a l, el escudero se arroj de la mula y fue a tomar en los brazos a
Dorotea, la cual, apendose con grande desenvoltura, se fue a hincar de
rodillas ante las de don Quijote; y, aunque l pugnaba por levantarla,
ella, sin levantarse, le fabl en esta guisa:

-De aqu no me levantar, oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que la
vuestra bondad y cortesa me otorgue un don, el cual redundar en honra y
prez de vuestra persona, y en pro de la ms desconsolada y agraviada
doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo
corresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado estis a favorecer
a la sin ventura que de tan luees tierras viene, al olor de vuestro famoso
nombre, buscndoos para remedio de sus desdichas.

-No os responder palabra, fermosa seora -respondi don Quijote-, ni oir
ms cosa de vuestra facienda, fasta que os levantis de tierra.

-No me levantar, seor -respondi la afligida doncella-, si primero, por
la vuestra cortesa, no me es otorgado el don que pido.

-Yo vos le otorgo y concedo -respondi don Quijote-, como no se haya de
cumplir en dao o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi
corazn y libertad tiene la llave.

-No ser en dao ni en mengua de los que decs, mi buen seor -replic la
dolorosa doncella.

Y, estando en esto, se lleg Sancho Panza al odo de su seor y muy pasito
le dijo:

-Bien puede vuestra merced, seor, concederle el don que pide, que no es
cosa de nada: slo es matar a un gigantazo, y esta que lo pide es la alta
princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicn de Etiopa.

-Sea quien fuere -respondi don Quijote-, que yo har lo que soy obligado y
lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo.

Y, volvindose a la doncella, dijo:

-La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme
quisiere.

-Pues el que pido es -dijo la doncella- que la vuestra magnnima persona se
venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de
entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de un
traidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado mi
reino.

-Digo que as lo otorgo -respondi don Quijote-, y as podis, seora,
desde hoy ms, desechar la malencona que os fatiga y hacer que cobre
nuevos bros y fuerzas vuestra desmayada esperanza; que, con el ayuda de
Dios y la de mi brazo, vos os veris presto restituida en vuestro reino y
sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a
despecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, que
en la tardanza dicen que suele estar el peligro.

La menesterosa doncella pugn, con mucha porfa, por besarle las manos, mas
don Quijote, que en todo era comedido y corts caballero, jams lo
consinti; antes, la hizo levantar y la abraz con mucha cortesa y
comedimiento, y mand a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante y le
armase luego al punto. Sancho descolg las armas, que, como trofeo, de un
rbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto arm a su
seor; el cual, vindose armado, dijo:

-Vamos de aqu, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran seora.
Estbase el barbero an de rodillas, teniendo gran cuenta de disimular la
risa y de que no se le cayese la barba, con cuya cada quiz quedaran todos
sin conseguir su buena intencin; y, viendo que ya el don estaba concedido
y con la diligencia que don Quijote se alistaba para ir a cumplirle, se
levant y tom de la otra mano a su seora, y entre los dos la subieron en
la mula. Luego subi don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomod
en su cabalgadura, quedndose Sancho a pie, donde de nuevo se le renov la
prdida del rucio, con la falta que entonces le haca; mas todo lo llevaba
con gusto, por parecerle que ya su seor estaba puesto en camino, y muy a
pique, de ser emperador; porque sin duda alguna pensaba que se haba de
casar con aquella princesa, y ser, por lo menos, rey de Micomicn. Slo le
daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la
gente que por sus vasallos le diesen haban de ser todos negros; a lo cual
hizo luego en su imaginacin un buen remedio, y djose a s mismo:
-Qu se me da a m que mis vasallos sean negros? Habr ms que cargar con
ellos y traerlos a Espaa, donde los podr vender, y adonde me los pagarn
de contado, de cuyo dinero podr comprar algn ttulo o algn oficio con
que vivir descansado todos los das de mi vida? No, sino dormos, y no
tengis ingenio ni habilidad para disponer de las cosas y para vender
treinta o diez mil vasallos en dcame esas pajas! Par Dios que los he de
volar, chico con grande, o como pudiere, y que, por negros que sean, los he
de volver blancos o amarillos. Llegaos, que me mamo el dedo!

Con esto, andaba tan solcito y tan contento que se le olvidaba la
pesadumbre de caminar a pie.

Todo esto miraban de entre unas breas Cardenio y el cura, y no saban qu
hacerse para juntarse con ellos; pero el cura, que era gran tracista,
imagin luego lo que haran para conseguir lo que deseaban; y fue que con
unas tijeras que traa en un estuche quit con mucha presteza la barba a
Cardenio, y vistile un capotillo pardo que l traa y diole un herreruelo
negro, y l se qued en calzas y en jubn; y qued tan otro de lo que antes
pareca Cardenio, que l mesmo no se conociera, aunque a un espejo se
mirara. Hecho esto, puesto ya que los otros haban pasado adelante en tanto
que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que
ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedan
que anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie. En efeto, ellos se
pusieron en el llano, a la salida de la sierra, y, as como sali della don
Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a mirar muy de espacio, dando
seales de que le iba reconociendo; y, al cabo de haberle una buena pieza
estado mirando, se fue a l abiertos los brazos y diciendo a voces:
-Para bien sea hallado el espejo de la caballera, el mi buen compatriote
don Quijote de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, el amparo y
remedio de los menesterosos, la quintaesencia de los caballeros andantes.
Y, diciendo esto, tena abrazado por la rodilla de la pierna izquierda a
don Quijote; el cual, espantado de lo que vea y oa decir y hacer aquel
hombre, se le puso a mirar con atencin, y, al fin, le conoci y qued como
espantado de verle, y hizo grande fuerza por apearse; mas el cura no lo
consinti, por lo cual don Quijote deca:

-Djeme vuestra merced, seor licenciado, que no es razn que yo est a
caballo, y una tan reverenda persona como vuestra merced est a pie.
-Eso no consentir yo en ningn modo -dijo el cura-: estse la vuestra
grandeza a caballo, pues estando a caballo acaba las mayores fazaas y
aventuras que en nuestra edad se han visto; que a m, aunque indigno
sacerdote, bastarme subir en las ancas de una destas mulas destos seores
que con vuestra merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun har cuenta
que voy caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que
cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, que an hasta ahora yace encantado
en la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran Compluto.

-An no caa yo en tanto, mi seor licenciado -respondi don Quijote-; y yo
s que mi seora la princesa ser servida, por mi amor, de mandar a su
escudero d a vuestra merced la silla de su mula, que l podr acomodarse
en las ancas, si es que ella las sufre.

-S sufre, a lo que yo creo -respondi la princesa-; y tambin s que no
ser menester mandrselo al seor mi escudero, que l es tan corts y tan
cortesano que no consentir que una persona eclesistica vaya a pie,
pudiendo ir a caballo.

-As es -respondi el barbero.

Y, apendose en un punto, convid al cura con la silla, y l la tom sin
hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las ancas el barbero,
la mula, que, en efeto, era de alquiler, que para decir que era mala esto
basta, alz un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que, a
darlas en el pecho de maese Nicols, o en la cabeza, l diera al diablo la
venida por don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cay
en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en el
suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a
cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le haban derribado las
muelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sin
sangre, lejos del rostro del escudero cado, dijo:

-Vive Dios, que es gran milagro ste! Las barbas le ha derribado y
arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!

El cura, que vio el peligro que corra su invencin de ser descubierta,
acudi luego a las barbas y fuese con ellas adonde yaca maese Nicols,
dando an voces todava, y de un golpe, llegndole la cabeza a su pecho, se
las puso, murmurando sobre l unas palabras, que dijo que era cierto
ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo veran; y, cuando se las tuvo
puestas, se apart, y qued el escudero tan bien barbado y tan sano como de
antes, de que se admir don Quijote sobremanera, y rog al cura que cuando
tuviese lugar le ensease aquel ensalmo; que l entenda que su virtud a
ms que pegar barbas se deba de estender, pues estaba claro que de donde
las barbas se quitasen haba de quedar la carne llagada y maltrecha, y que,
pues todo lo sanaba, a ms que barbas aprovechaba.

-As es -dijo el cura, y prometi de ensersele en la primera ocasin.
Concertronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen los
tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estara hasta dos leguas
de all. Puestos los tres a caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y
el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho Panza, don Quijote
dijo a la doncella:

-Vuestra grandeza, seora ma, gue por donde ms gusto le diere.

Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado:

-Hacia qu reino quiere guiar la vuestra seora? Es, por ventura, hacia
el de Micomicn?; que s debe de ser, o yo s poco de reinos.

Ella, que estaba bien en todo, entendi que haba de responder que s; y
as, dijo:

-S, seor, hacia ese reino es mi camino.

-Si as es -dijo el cura-, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de
all tomar vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podr embarcar
con la buena ventura; y si hay viento prspero, mar tranquilo y sin
borrasca, en poco menos de nueve aos se podr estar a vista de la gran
laguna Meona, digo, Metides, que est poco ms de cien jornadas ms ac
del reino de vuestra grandeza.

-Vuestra merced est engaado, seor mo -dijo ella-, porque no ha dos aos
que yo part dl, y en verdad que nunca tuve buen tiempo, y, con todo eso,
he llegado a ver lo que tanto deseaba, que es al seor don Quijote de la
Mancha, cuyas nuevas llegaron a mis odos as como puse los pies en Espaa,
y ellas me movieron a buscarle, para encomendarme en su cortesa y fiar mi
justicia del valor de su invencible brazo.

-No ms: cesen mis alabanzas -dijo a esta sazn don Quijote-, porque soy
enemigo de todo gnero de adulacin; y, aunque sta no lo sea, todava
ofenden mis castas orejas semejantes plticas. Lo que yo s decir, seora
ma, que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere se ha de emplear
en vuestro servicio hasta perder la vida; y as, dejando esto para su
tiempo, ruego al seor licenciado me diga qu es la causa que le ha trado
por estas partes, tan solo, y tan sin criados, y tan a la ligera, que me
pone espanto.

-A eso yo responder con brevedad -respondi el cura-, porque sabr vuestra
merced, seor don Quijote, que yo y maese Nicols, nuestro amigo y nuestro
barbero, bamos a Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente mo que ha
muchos aos que pas a Indias me haba enviado, y no tan pocos que no pasan
de sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando ayer por
estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaron
hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le convino al barbero
ponrselas postizas; y aun a este mancebo que aqu va -sealando a
Cardenio- le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno que es pblica fama por
todos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes que
dicen que libert, casi en este mesmo sitio, un hombre tan valiente que, a
pesar del comisario y de las guardas, los solt a todos; y, sin duda
alguna, l deba de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco
como ellos, o algn hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al
lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la
miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y seor natural, pues
fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras sus
pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que haba muchos aos que
reposaba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y
no se gane su cuerpo.

Habales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes,
que acab su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura
refirindola, por ver lo que haca o deca don Quijote; al cual se le
mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que l haba sido el
libertador de aquella buena gente.

-stos, pues -dijo el cura-, fueron los que nos robaron; que Dios, por su
misericordia, se lo perdone al que no los dej llevar al debido suplicio.





Captulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar
a nuestro enamorado caballero de la aspersima penitencia en que se haba
puesto


No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo:

-Pues ma fe, seor licenciado, el que hizo esa fazaa fue mi amo, y no
porque yo no le dije antes y le avis que mirase lo que haca, y que era
pecado darles libertad, porque todos iban all por grandsimos bellacos.
-Majadero! -dijo a esta sazn don Quijote-, a los caballeros andantes no
les toca ni atae averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que
encuentran por los caminos van de aquella manera, o estn en aquella
angustia, por sus culpas o por sus gracias; slo le toca ayudarles como a
menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaqueras. Yo
top un rosario y sarta de gente mohna y desdichada, y hice con ellos lo
que mi religin me pide, y lo dems all se avenga; y a quien mal le ha
parecido, salvo la santa dignidad del seor licenciado y su honrada
persona, digo que sabe poco de achaque de caballera, y que miente como un
hideputa y mal nacido; y esto le har conocer con mi espada, donde ms
largamente se contiene.

Y esto dijo afirmndose en los estribos y calndose el morrin; porque la
baca de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado
del arzn delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los
galeotes.

Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya saba el
menguado humor de don Quijote y que todos hacan burla dl, sino Sancho
Panza, no quiso ser para menos, y, vindole tan enojado, le dijo:
-Seor caballero, mimbresele a la vuestra merced el don que me tiene
prometido, y que, conforme a l, no puede entremeterse en otra aventura,
por urgente que sea; sosiegue vuestra merced el pecho, que si el seor
licenciado supiera que por ese invicto brazo haban sido librados los
galeotes, l se diera tres puntos en la boca, y aun se mordiera tres veces
la lengua, antes que haber dicho palabra que en despecho de vuestra merced
redundara.

-Eso juro yo bien -dijo el cura-, y aun me hubiera quitado un bigote.
-Yo callar, seora ma -dijo don Quijote-, y reprimir la justa clera que
ya en mi pecho se haba levantado, y ir quieto y pacfico hasta tanto que
os cumpla el don prometido; pero, en pago deste buen deseo, os suplico me
digis, si no se os hace de mal, cul es la vuestra cuita y cuntas,
quines y cules son las personas de quien os tengo de dar debida,
satisfecha y entera venganza.

-Eso har yo de gana -respondi Dorotea-, si es que no os enfadan or
lstimas y desgracias.

-No enfadar, seora ma -respondi don Quijote.

A lo que respondi Dorotea:

-Pues as es, estnme vuestras mercedes atentos.

No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al
lado, deseosos de ver cmo finga su historia la discreta Dorotea; y lo
mismo hizo Sancho, que tan engaado iba con ella como su amo. Y ella,
despus de haberse puesto bien en la silla y prevendose con toser y hacer
otros ademanes, con mucho donaire, comenz a decir desta manera:
-Primeramente, quiero que vuestras mercedes sepan, seores mos, que a m
me llaman...

Y detvose aqu un poco, porque se le olvid el nombre que el cura le haba
puesto; pero l acudi al remedio, porque entendi en lo que reparaba, y
dijo:

-No es maravilla, seora ma, que la vuestra grandeza se turbe y empache
contando sus desventuras, que ellas suelen ser tales, que muchas veces
quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera que aun de sus mesmos
nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra gran seora, que se
ha olvidado que se llama la princesa Micomicona, legtima heredera del gran
reino Micomicn; y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir
ahora fcilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere.
-As es la verdad -respondi la doncella-, y desde aqu adelante creo que
no ser menester apuntarme nada, que yo saldr a buen puerto con mi
verdadera historia. La cual es que el rey mi padre, que se llama Tinacrio
el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte mgica, y alcanz por
su ciencia que mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, haba de morir
primero que l, y que de all a poco tiempo l tambin haba de pasar desta
vida y yo haba de quedar hurfana de padre y madre. Pero deca l que no
le fatigaba tanto esto cuanto le pona en confusin saber, por cosa muy
cierta, que un descomunal gigante, seor de una grande nsula, que casi
alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque es
cosa averiguada que, aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre
mira al revs, como si fuese bizco, y esto lo hace l de maligno y por
poner miedo y espanto a los que mira); digo que supo que este gigante, en
sabiendo mi orfandad, haba de pasar con gran podero sobre mi reino y me
lo haba de quitar todo, sin dejarme una pequea aldea donde me recogiese;
pero que poda escusar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar
con l; mas, a lo que l entenda, jams pensaba que me vendra a m en
voluntad de hacer tan desigual casamiento; y dijo en esto la pura verdad,
porque jams me ha pasado por el pensamiento casarme con aquel gigante,
pero ni con otro alguno, por grande y desaforado que fuese. Dijo tambin mi
padre que, despus que l fuese muerto y viese yo que Pandafilando
comenzaba a pasar sobre mi reino, que no aguardase a ponerme en defensa,
porque sera destruirme, sino que libremente le dejase desembarazado el
reino, si quera escusar la muerte y total destruicin de mis buenos y
leales vasallos, porque no haba de ser posible defenderme de la endiablada
fuerza del gigante; sino que luego, con algunos de los mos, me pusiese en
camino de las Espaas, donde hallara el remedio de mis males hallando a un
caballero andante, cuya fama en este tiempo se estendera por todo este
reino, el cual se haba de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote o don
Gigote.

-Don Quijote dira, seora -dijo a esta sazn Sancho Panza-, o, por otro
nombre, el Caballero de la Triste Figura.

-As es la verdad -dijo Dorotea-. Dijo ms: que haba de ser alto de
cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro
izquierdo, o por all junto, haba de tener un lunar pardo con ciertos
cabellos a manera de cerdas.

En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:

-Ten aqu, Sancho, hijo, aydame a desnudar, que quiero ver si soy el
caballero que aquel sabio rey dej profetizado.

-Pues, para qu quiere vuestra merced desnudarse? -dijo Dorotea.
-Para ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo -respondi don Quijote.
-No hay para qu desnudarse -dijo Sancho-, que yo s que tiene vuestra
merced un lunar desas seas en la mitad del espinazo, que es seal de ser
hombre fuerte.

-Eso basta -dijo Dorotea-, porque con los amigos no se ha de mirar en pocas
cosas, y que est en el hombro o que est en el espinazo, importa poco;
basta que haya lunar, y est donde estuviere, pues todo es una mesma carne;
y, sin duda, acert mi buen padre en todo, y yo he acertado en encomendarme
al seor don Quijote, que l es por quien mi padre dijo, pues las seales
del rostro vienen con las de la buena fama que este caballero tiene no slo
en Espaa, pero en toda la Mancha, pues apenas me hube desembarcado en
Osuna, cuando o decir tantas hazaas suyas, que luego me dio el alma que
era el mesmo que vena a buscar.

-Pues, cmo se desembarc vuestra merced en Osuna, seora ma -pregunt
don Quijote-, si no es puerto de mar?

Mas, antes que Dorotea respondiese, tom el cura la mano y dijo:

-Debe de querer decir la seora princesa que, despus que desembarc en
Mlaga, la primera parte donde oy nuevas de vuestra merced fue en Osuna.
-Eso quise decir -dijo Dorotea.

-Y esto lleva camino -dijo el cura-, y prosiga vuestra majestad adelante.
-No hay que proseguir -respondi Dorotea-, sino que, finalmente, mi suerte
ha sido tan buena en hallar al seor don Quijote, que ya me cuento y tengo
por reina y seora de todo mi reino, pues l, por su cortesa y
magnificencia, me ha prometido el don de irse conmigo dondequiera que yo le
llevare, que no ser a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de
la Fosca Vista, para que le mate y me restituya lo que tan contra razn me
tiene usurpado: que todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues as lo
dej profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual tambin dej
dicho y escrito en letras caldeas, o griegas, que yo no las s leer, que si
este caballero de la profeca, despus de haber degollado al gigante,
quisiese casarse conmigo, que yo me otorgase luego sin rplica alguna por
su legtima esposa, y le diese la posesin de mi reino, junto con la de mi
persona.

-Qu te parece, Sancho amigo? -dijo a este punto don Quijote-. No oyes lo
que pasa? No te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina
con quien casar.

-Eso juro yo -dijo Sancho- para el puto que no se casare en abriendo el
gaznatico al seor Pandahilado! Pues, monta que es mala la reina! As se
me vuelvan las pulgas de la cama!

Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandsimo
contento, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y,
hacindola detener, se hinc de rodillas ante ella, suplicndole le diese
las manos para besrselas, en seal que la reciba por su reina y seora.
Quin no haba de rer de los circustantes, viendo la locura del amo y la
simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometi de
hacerle gran seor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que
se lo dejase cobrar y gozar. Agradeciselo Sancho con tales palabras que
renov la risa en todos.

-sta, seores -prosigui Dorotea-, es mi historia: slo resta por deciros
que de cuanta gente de acompaamiento saqu de mi reino no me ha quedado
sino slo este buen barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran
borrasca que tuvimos a vista del puerto, y l y yo salimos en dos tablas a
tierra, como por milagro; y as, es todo milagro y misterio el discurso de
mi vida, como lo habris notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada, o
no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el seor licenciado
dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos y
extraordinarios quitan la memoria al que los padece.

-sa no me quitarn a m, oh alta y valerosa seora! -dijo don Quijote-,
cuantos yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean; y as, de
nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del
mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el
ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos
desta... no quiero decir buena espada, merced a Gins de Pasamonte, que me
llev la ma.

Esto dijo entre dientes, y prosigui diciendo:

-Y despus de habrsela tajado y pustoos en pacfica posesin de vuestro
estado, quedar a vuestra voluntad hacer de vuestra persona lo que ms en
talante os viniere; porque, mientras que yo tuviere ocupada la memoria y
cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquella..., y no digo ms,
no es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con
el ave fnix.

Parecile tan mal a Sancho lo que ltimamente su amo dijo acerca de no
querer casarse, que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:

-Voto a m, y juro a m, que no tiene vuestra merced, seor don Quijote,
cabal juicio. Pues, cmo es posible que pone vuestra merced en duda el
casarse con tan alta princesa como aqusta? Piensa que le ha de ofrecer la
fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le
ofrece? Es, por dicha, ms hermosa mi seora Dulcinea? No, por cierto, ni
aun con la mitad, y aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que
est delante. As, noramala alcanzar yo el condado que espero, si vuestra
merced se anda a pedir cotufas en el golfo. Csese, csese luego,
encomindole yo a Satans, y tome ese reino que se le viene a las manos de
vobis, vobis, y, en siendo rey, hgame marqus o adelantado, y luego,
siquiera se lo lleve el diablo todo.

Don Quijote, que tales blasfemias oy decir contra su seora Dulcinea, no
lo pudo sufrir, y, alzando el lanzn, sin hablalle palabra a Sancho y sin
decirle esta boca es ma, le dio tales dos palos que dio con l en tierra;
y si no fuera porque Dorotea le dio voces que no le diera ms, sin duda le
quitara all la vida.

-Pensis -le dijo a cabo de rato-, villano ruin, que ha de haber lugar
siempre para ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha de ser errar
vos y perdonaros yo? Pues no lo pensis, bellaco descomulgado, que sin duda
lo ests, pues has puesto lengua en la sin par Dulcinea. Y no sabis vos,
gan, faqun, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde en mi
brazo, que no le tendra yo para matar una pulga? Decid, socarrn de lengua
viperina, y quin pensis que ha ganado este reino y cortado la cabeza a
este gigante, y hchoos a vos marqus, que todo esto doy ya por hecho y por
cosa pasada en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi
brazo por instrumento de sus hazaas? Ella pelea en m, y vence en m, y yo
vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. Oh hideputa bellaco, y cmo
sois desagradecido: que os veis levantado del polvo de la tierra a ser
seor de ttulo, y correspondis a tan buena obra con decir mal de quien os
la hizo!

No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le deca, y,
levantndose con un poco de presteza, se fue a poner detrs del palafrn de
Dorotea, y desde all dijo a su amo:

-Dgame, seor: si vuestra merced tiene determinado de no casarse con esta
gran princesa, claro est que no ser el reino suyo; y, no sindolo, qu
mercedes me puede hacer? Esto es de lo que yo me quejo; csese vuestra
merced una por una con esta reina, ahora que la tenemos aqu como llovida
del cielo, y despus puede volverse con mi seora Dulcinea; que reyes debe
de haber habido en el mundo que hayan sido amancebados. En lo de la
hermosura no me entremeto; que, en verdad, si va a decirla, que entrambas
me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la seora Dulcinea.
-Cmo que no la has visto, traidor blasfemo? -dijo don Quijote-. Pues, no
acabas de traerme ahora un recado de su parte?

-Digo que no la he visto tan despacio -dijo Sancho- que pueda haber notado
particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto; pero as,
a bulto, me parece bien.

-Ahora te disculpo -dijo don Quijote-, y perdname el enojo que te he dado,
que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.

-Ya yo lo veo -respondi Sancho-; y as, en m la gana de hablar siempre es
primero movimiento, y no puedo dejar de decir, por una vez siquiera, lo que
me viene a la lengua.

-Con todo eso -dijo don Quijote-, mira, Sancho, lo que hablas, porque
tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no te digo ms.

-Ahora bien -respondi Sancho-, Dios est en el cielo, que ve las trampas,
y ser juez de quin hace ms mal: yo en no hablar bien, o vuestra merced
en obrallo.

-No haya ms -dijo Dorotea-: corred, Sancho, y besad la mano a vuestro
seor, y pedilde perdn, y de aqu adelante andad ms atentado en vuestras
alabanzas y vituperios, y no digis mal de aquesa seora Tobosa, a quien yo
no conozco si no es para servilla, y tened confianza en Dios, que no os ha
de faltar un estado donde vivis como un prncipe.

Fue Sancho cabizbajo y pidi la mano a su seor, y l se la dio con
reposado continente; y, despus que se la hubo besado, le ech la
bendicin, y dijo a Sancho que se adelantasen un poco, que tena que
preguntalle y que departir con l cosas de mucha importancia. Hzolo as
Sancho y apartronse los dos algo adelante, y djole don Quijote:
-Despus que veniste, no he tenido lugar ni espacio para preguntarte muchas
cosas de particularidad acerca de la embajada que llevaste y de la
respuesta que trujiste; y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo y
lugar, no me niegues t la ventura que puedes darme con tan buenas nuevas.
-Pregunte vuestra merced lo que quisiere -respondi Sancho-, que a todo
dar tan buena salida como tuve la entrada. Pero suplico a vuestra merced,
seor mo, que no sea de aqu adelante tan vengativo.

-Por qu lo dices, Sancho? -dijo don Quijote.

-Dgolo -respondi- porque estos palos de agora ms fueron por la pendencia
que entre los dos trab el diablo la otra noche, que por lo que dije contra
mi seora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en
ella no lo haya, slo por ser cosa de vuestra merced.

-No tornes a esas plticas, Sancho, por tu vida -dijo don Quijote-, que me
dan pesadumbre; ya te perdon entonces, y bien sabes t que suele decirse:
a pecado nuevo, penitencia nueva.

En tanto que los dos iban en estas plticas, dijo el cura a Dorotea que
haba andado muy discreta, as en el cuento como en la brevedad dl, y en
la similitud que tuvo con los de los libros de caballeras. Ella dijo que
muchos ratos se haba entretenido en leellos, pero que no saba ella dnde
eran las provincias ni puertos de mar, y que as haba dicho a tiento que
se haba desembarcado en Osuna.

-Yo lo entend as -dijo el cura-, y por eso acud luego a decir lo que
dije, con que se acomod todo. Pero, no es cosa estraa ver con cunta
facilidad cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y
mentiras, slo porque llevan el estilo y modo de las necedades de sus
libros?

-S es -dijo Cardenio-, y tan rara y nunca vista, que yo no s si queriendo
inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo ingenio que
pudiera dar en ella.

-Pues otra cosa hay en ello -dijo el cura-: que fuera de las simplicidades
que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras
cosas, discurre con bonsimas razones y muestra tener un entendimiento
claro y apacible en todo. De manera que, como no le toquen en sus
caballeras, no habr nadie que le juzgue sino por de muy buen
entendimiento.

En tanto que ellos iban en esta conversacin, prosigui don Quijote con la
suya y dijo a Sancho:

-Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y
dime ahora, sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno: Dnde, cmo y
cundo hallaste a Dulcinea? Qu haca? Qu le dijiste? Qu te respondi?
Qu rostro hizo cuando lea mi carta? Quin te la traslad? Y todo
aquello que vieres que en este caso es digno de saberse, de preguntarse y
satisfacerse, sin que aadas o mientas por darme gusto, ni menos te acortes
por no quitrmele.

-Seor -respondi Sancho-, si va a decir la verdad, la carta no me la
traslad nadie, porque yo no llev carta alguna.

-As es como t dices -dijo don Quijote-, porque el librillo de memoria
donde yo la escrib le hall en mi poder a cabo de dos das de tu partida,
lo cual me caus grandsima pena, por no saber lo que habas t de hacer
cuando te vieses sin carta, y cre siempre que te volvieras desde el lugar
donde la echaras menos.

-As fuera -respondi Sancho-, si no la hubiera yo tomado en la memoria
cuando vuestra merced me la ley, de manera que se la dije a un sacristn,
que me la traslad del entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en
todos los das de su vida, aunque haba ledo muchas cartas de descomunin,
no haba visto ni ledo tan linda carta como aqulla.

-Y tinesla todava en la memoria, Sancho? -dijo don Quijote.

-No, seor -respondi Sancho-, porque despus que la di, como vi que no
haba de ser de ms provecho, di en olvidalla. Y si algo se me acuerda, es
aquello del sobajada, digo, del soberana seora, y lo ltimo: Vuestro hasta
la muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y, en medio destas dos cosas,
le puse ms de trecientas almas, y vidas, y ojos mos.





Captulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote
y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos


-Todo eso no me descontenta; prosigue adelante -dijo don Quijote-.
Llegaste, y qu haca aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la
hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cautillo
para este su cautivo caballero.

-No la hall -respondi Sancho- sino ahechando dos hanegas de trigo en un
corral de su casa.

-Pues haz cuenta -dijo don Quijote- que los granos de aquel trigo eran
granos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo era
candeal, o trechel?

-No era sino rubin -respondi Sancho.

-Pues yo te aseguro -dijo don Quijote- que, ahechado por sus manos, hizo
pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta,
besla? Psosela sobre la cabeza? Hizo alguna ceremonia digna de tal
carta, o qu hizo?

-Cuando yo se la iba a dar -respondi Sancho-, ella estaba en la fuga del
meneo de una buena parte de trigo que tena en la criba, y djome: ''Poned,
amigo, esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabe
de acribar todo lo que aqu est''.

-Discreta seora! -dijo don Quijote-. Eso debi de ser por leerla despacio
y recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en tanto que estaba en su
menester, qu coloquios pas contigo? Qu te pregunt de m? Y t, qu
le respondiste? Acaba, cuntamelo todo; no se te quede en el tintero una
mnima.

-Ella no me pregunt nada -dijo Sancho-, mas yo le dije de la manera que
vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de la
cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo
en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando y
maldiciendo su fortuna.

-En decir que maldeca mi fortuna dijiste mal -dijo don Quijote-, porque
antes la bendigo y bendecir todos los das de mi vida, por haberme hecho
digno de merecer amar tan alta seora como Dulcinea del Toboso.

-Tan alta es -respondi Sancho-, que a buena fe que me lleva a m ms de un
coto.

-Pues, cmo, Sancho? -dijo don Quijote-. Haste medido t con ella?
-Medme en esta manera -respondi Sancho-: que, llegndole a ayudar a poner
un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos que ech de ver
que me llevaba ms de un gran palmo.

-Pues es verdad -replic don Quijote- que no acompaa esa grandeza y la
adorna con mil millones y gracias del alma! Pero no me negars, Sancho, una
cosa: cuando llegaste junto a ella, no sentiste un olor sabeo, una
fragancia aromtica, y un no s qu de bueno, que yo no acierto a dalle
nombre? Digo, un tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de algn
curioso guantero?

-Lo que s decir -dijo Sancho- es que sent un olorcillo algo hombruno; y
deba de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo
correosa.

-No sera eso -respondi don Quijote-, sino que t debas de estar
romadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque yo s bien a lo que
huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel mbar
desledo.

-Todo puede ser -respondi Sancho-, que muchas veces sale de m aquel olor
que entonces me pareci que sala de su merced de la seora Dulcinea; pero
no hay de qu maravillarse, que un diablo parece a otro.

-Y bien -prosigui don Quijote-, he aqu que acab de limpiar su trigo y de
enviallo al molino. Qu hizo cuando ley la carta?

-La carta -dijo Sancho- no la ley, porque dijo que no saba leer ni
escribir; antes, la rasg y la hizo menudas piezas, diciendo que no la
quera dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos,
y que bastaba lo que yo le haba dicho de palabra acerca del amor que
vuestra merced le tena y de la penitencia extraordinaria que por su causa
quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que le
besaba las manos, y que all quedaba con ms deseo de verle que de
escribirle; y que, as, le suplicaba y mandaba que, vista la presente,
saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se
pusiese luego luego en camino del Toboso, si otra cosa de ms importancia
no le sucediese, porque tena gran deseo de ver a vuestra merced. Rise
mucho cuando le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de la
Triste Figura. Preguntle si haba ido all el vizcano de marras; djome
que s, y que era un hombre muy de bien. Tambin le pregunt por los
galeotes, mas djome que no haba visto hasta entonces alguno.

-Todo va bien hasta agora -dijo don Quijote-. Pero dime: qu joya fue la
que te dio, al despedirte, por las nuevas que de m le llevaste? Porque es
usada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a los
escuderos, doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas a ellos,
a ellas de sus andantes, alguna rica joya en albricias, en agradecimiento
de su recado.

-Bien puede eso ser as, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debi de
ser en los tiempos pasados, que ahora slo se debe de acostumbrar a dar un
pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi seora Dulcinea, por
las bardas de un corral, cuando della me desped; y aun, por ms seas, era
el queso ovejuno.

-Es liberal en estremo -dijo don Quijote-, y si no te dio joya de oro, sin
duda debi de ser porque no la tendra all a la mano para drtela; pero
buenas son mangas despus de Pascua: yo la ver, y se satisfar todo.
Sabes de qu estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y
veniste por los aires, pues poco ms de tres das has tardado en ir y venir
desde aqu al Toboso, habiendo de aqu all ms de treinta leguas; por lo
cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis
cosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena
que yo no sera buen caballero andante); digo que este tal te debi de
ayudar a caminar, sin que t lo sintieses; que hay sabio dstos que coge a
un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cmo o en qu
manera, amanece otro da ms de mil leguas de donde anocheci. Y si no
fuese por esto, no se podran socorrer en sus peligros los caballeros
andantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar uno
peleando en las sierras de Armenia con algn endriago, o con algn fiero
vestiglo, o con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y est ya
a punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acull, encima de una
nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes
se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a la
noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y suele haber de la
una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace por
industria y sabidura destos sabios encantadores que tienen cuidado destos
valerosos caballeros. As que, amigo Sancho, no se me hace dificultoso
creer que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar al del
Toboso, pues, como tengo dicho, algn sabio amigo te debi de llevar en
volandillas, sin que t lo sintieses.

-As sera -dijo Sancho-; porque a buena fe que andaba Rocinante como si
fuera asno de gitano con azogue en los odos.

-Y cmo si llevaba azogue! -dijo don Quijote-, y aun una legin de
demonios, que es gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo
aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, qu te parece a ti
que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi seora me manda que la vaya a
ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, vome
tambin imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con
nosotros viene, y furzame la ley de caballera a cumplir mi palabra antes
que mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver a mi seora;
por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar
en esta empresa. Pero lo que pienso hacer ser caminar apriesa y llegar
presto donde est este gigante, y, en llegando, le cortar la cabeza, y
pondr a la princesa pacficamente en su estado, y al punto dar la vuelta
a ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual dar tales disculpas que
ella venga a tener por buena mi tardanza, pues ver que todo redunda en
aumento de su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y
alcanzare por las armas en esta vida, toda me viene del favor que ella me
da y de ser yo suyo.

-Ay -dijo Sancho-, y cmo est vuestra merced lastimado de esos cascos!
Pues dgame, seor: piensa vuestra merced caminar este camino en balde, y
dejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como ste,
donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he odo decir que
tiene ms de veinte mil leguas de contorno, y que es abundantsimo de todas
las cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es
mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga
vergenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdneme, y csese
luego en el primer lugar que haya cura; y si no, ah est nuestro
licenciado, que lo har de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar
consejos, y que este que le doy le viene de molde, y que ms vale pjaro en
mano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien que
se enoja no se venga.

-Mira, Sancho -respondi don Quijote-: si el consejo que me das de que me
case es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga cmodo para
hacerte mercedes y darte lo prometido, hgote saber que sin casarme podr
cumplir tu deseo muy fcilmente, porque yo sacar de adahala, antes de
entrar en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no me case, me
han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere;
y, en dndomela, a quin quieres t que la d sino a ti?

-Eso est claro -respondi Sancho-, pero mire vuestra merced que la escoja
hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcar
mis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no
se cure de ir por agora a ver a mi seora Dulcinea, sino vyase a matar al
gigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que ha
de ser de mucha honra y de mucho provecho.

-Dgote, Sancho -dijo don Quijote-, que ests en lo cierto, y que habr de
tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a
Dulcinea. Y avsote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros
vienen, de lo que aqu hemos departido y tratado; que, pues Dulcinea es tan
recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no ser bien que yo,
ni otro por m, los descubra.

-Pues si eso es as -dijo Sancho-, cmo hace vuestra merced que todos los
que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi seora Dulcinea, siendo
esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendo
forzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante su
presencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle la
obediencia, cmo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos?
-Oh, qu necio y qu simple que eres! -dijo don Quijote-. T no ves,
Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saber
que en este nuestro estilo de caballera es gran honra tener una dama
muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan ms sus
pensamientos que a servilla, por slo ser ella quien es, sin esperar otro
premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente de
acetarlos por sus caballeros.

-Con esa manera de amor -dijo Sancho- he odo yo predicar que se ha de amar
a Nuestro Seor, por s solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor
de pena. Aunque yo le querra amar y servir por lo que pudiese.
-Vlate el diablo por villano -dijo don Quijote-, y qu de discreciones
dices a las veces! No parece sino que has estudiado.

-Pues a fe ma que no s leer -respondi Sancho.

En esto, les dio voces maese Nicols que esperasen un poco, que queran
detenerse a beber en una fontecilla que all estaba. Detvose don Quijote,
con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y tema
no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que l saba que Dulcinea
era una labradora del Toboso, no la haba visto en toda su vida.
Habase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea traa
cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacan mucha ventaja a
los que dejaba. Aperonse junto a la fuente, y con lo que el cura se
acomod en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todos
traan.

Estando en esto, acert a pasar por all un muchacho que iba de camino, el
cual, ponindose a mirar con mucha atencin a los que en la fuente estaban,
de all a poco arremeti a don Quijote, y, abrazndole por las piernas,
comenz a llorar muy de propsito, diciendo:

-Ay, seor mo! No me conoce vuestra merced? Pues mreme bien, que yo soy
aquel mozo Andrs que quit vuestra merced de la encina donde estaba atado.
Reconocile don Quijote, y, asindole por la mano, se volvi a los que all
estaban y dijo:

-Porque vean vuestras mercedes cun de importancia es haber caballeros
andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en l se
hacen por los insolentes y malos hombres que en l viven, sepan vuestras
mercedes que los das pasados, pasando yo por un bosque, o unos gritos y
unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acud
luego, llevado de mi obligacin, hacia la parte donde me pareci que las
lamentables voces sonaban, y hall atado a una encina a este muchacho que
ahora est delante (de lo que me huelgo en el alma, porque ser testigo que
no me dejar mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudo
del medio cuerpo arriba, y estbale abriendo a azotes con las riendas de
una yegua un villano, que despus supe que era amo suyo; y, as como yo le
vi, le pregunt la causa de tan atroz vapulamiento; respondi el zafio que
le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tena nacan
ms de ladrn que de simple; a lo cual este nio dijo: ''Seor, no me azota
sino porque le pido mi salario''. El amo replic no s qu arengas y
disculpas, las cuales, aunque de m fueron odas, no fueron admitidas. En
resolucin, yo le hice desatar, y tom juramento al villano de que le
llevara consigo y le pagara un real sobre otro, y aun sahumados. No es
verdad todo esto, hijo Andrs? No notaste con cunto imperio se lo mand,
y con cunta humildad prometi de hacer todo cuanto yo le impuse, y
notifiqu y quise? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pas
a estos seores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber
caballeros andantes por los caminos.

-Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad -respondi el
muchacho-, pero el fin del negocio sucedi muy al revs de lo que vuestra
merced se imagina.

-Cmo al revs? -replic don Quijote-; luego, no te pag el villano?
-No slo no me pag -respondi el muchacho-, pero, as como vuestra merced
traspuso del bosque y quedamos solos, me volvi a atar a la mesma encina, y
me dio de nuevo tantos azotes que qued hecho un San Bartolom desollado;
y, a cada azote que me daba, me deca un donaire y chufeta acerca de hacer
burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo
que deca. En efeto: l me par tal, que hasta ahora he estado curndome en
un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual
tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no
viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo
se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y
pagara cuanto me deba. Mas, como vuestra merced le deshonr tan sin
propsito y le dijo tantas villanas, encendisele la clera, y, como no la
pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descarg sobre m el
nublado, de modo que me parece que no ser ms hombre en toda mi vida.
-El dao estuvo -dijo don Quijote- en irme yo de all; que no me haba de
ir hasta dejarte pagado, porque bien deba yo de saber, por luengas
experiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si l vee
que no le est bien guardalla. Pero ya te acuerdas, Andrs, que yo jur que
si no te pagaba, que haba de ir a buscarle, y que le haba de hallar,
aunque se escondiese en el vientre de la ballena.

-As es la verdad -dijo Andrs-, pero no aprovech nada.

-Ahora vers si aprovecha -dijo don Quijote.

Y, diciendo esto, se levant muy apriesa y mand a Sancho que enfrenase a
Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos coman.

Preguntle Dorotea qu era lo que hacer quera. l le respondi que quera
ir a buscar al villano y castigalle de tan mal trmino, y hacer pagado a
Andrs hasta el ltimo maraved, a despecho y pesar de cuantos villanos
hubiese en el mundo. A lo que ella respondi que advirtiese que no poda,
conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la
suya; y que, pues esto saba l mejor que otro alguno, que sosegase el
pecho hasta la vuelta de su reino.

-As es verdad -respondi don Quijote-, y es forzoso que Andrs tenga
paciencia hasta la vuelta, como vos, seora, decs; que yo le torno a jurar
y a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.

-No me creo desos juramentos -dijo Andrs-; ms quisiera tener agora con
qu llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: dme, si tiene ah,
algo que coma y lleve, y qudese con Dios su merced y todos los caballeros
andantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sido
para conmigo.

Sac de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, dndoselo
al mozo, le dijo:

-Tom, hermano Andrs, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.
-Pues, qu parte os alcanza a vos? -pregunt Andrs.

-Esta parte de queso y pan que os doy -respondi Sancho-, que Dios sabe si
me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos
de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura,
y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.

Andrs asi de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abaj
su cabeza y tom el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdad
que, al partirse, dijo a don Quijote:

-Por amor de Dios, seor caballero andante, que si otra vez me encontrare,
aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino djeme con mi
desgracia; que no ser tanta, que no sea mayor la que me vendr de su ayuda
de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros
andantes han nacido en el mundo.

base a levantar don Quijote para castigalle, mas l se puso a correr de
modo que ninguno se atrevi a seguille. Qued corridsimo don Quijote del
cuento de Andrs, y fue menester que los dems tuviesen mucha cuenta con no
rerse, por no acaballe de correr del todo.





Captulo XXXII. Que trata de lo que sucedi en la venta a toda la cuadrilla
de don Quijote


Acabse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosa
digna de contar, llegaron otro da a la venta, espanto y asombro de Sancho
Panza; y, aunque l quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La
ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a
Sancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegra, y l las
recibi con grave continente y aplauso, y djoles que le aderezasen otro
mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondi la huspeda que como
la pagase mejor que la otra vez, que ella se la dara de prncipes. Don
Quijote dijo que s hara, y as, le aderezaron uno razonable en el mismo
caramanchn de marras, y l se acost luego, porque vena muy quebrantado y
falto de juicio.

No se hubo bien encerrado, cuando la huspeda arremeti al barbero, y,
asindole de la barba, dijo:

-Para mi santiguada, que no se ha an de aprovechar ms de mi rabo para su
barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos
suelos, que es vergenza; digo, el peine, que sola yo colgar de mi buena
cola.

No se la quera dar el barbero, aunque ella ms tiraba, hasta que el
licenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester ms usar de
aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y
dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se
haban venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero
de la princesa, le diran que ella le haba enviado adelante a dar aviso a
los de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con
esto, dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo le
volvieron todos los adherentes que haba prestado para la libertad de don
Quijote. Espantronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y
aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de
comer de lo que en la venta hubiese, y el husped, con esperanza de mejor
paga, con diligencia les aderez una razonable comida; y a todo esto dorma
don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque ms provecho le
hara por entonces el dormir que el comer.

Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija,
Maritornes, todos los pasajeros, de la estraa locura de don Quijote y del
modo que le haban hallado. La huspeda les cont lo que con l y con el
arriero les haba acontecido, y, mirando si acaso estaba all Sancho, como
no le viese, cont todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto
recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballeras que don
Quijote haba ledo le haban vuelto el juicio, dijo el ventero:

-No s yo cmo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no
hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ah dos o tres dellos, con otros
papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no slo a m, sino a otros
muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aqu, las fiestas,
muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno
destos libros en las manos, y rodemonos dl ms de treinta, y estmosle
escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de m s
decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los
caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querra estar
oyndolos noches y das.

-Y yo ni ms ni menos -dijo la ventera-, porque nunca tengo buen rato en mi
casa sino aquel que vos estis escuchando leer: que estis tan embobado,
que no os acordis de reir por entonces.

-As es la verdad -dijo Maritornes-, y a buena fe que yo tambin gusto
mucho de or aquellas cosas, que son muy lindas; y ms, cuando cuentan que
se est la otra seora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y
que les est una duea hacindoles la guarda, muerta de envidia y con mucho
sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.

-Y a vos qu os parece, seora doncella? -dijo el cura, hablando con la
hija del ventero.

-No s, seor, en mi nima -respondi ella-; tambin yo lo escucho, y en
verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en ollo; pero no gusto
yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los
caballeros hacen cuando estn ausentes de sus seoras: que en verdad que
algunas veces me hacen llorar de compasin que les tengo.

-Luego, bien las remedirades vos, seora doncella -dijo Dorotea-, si por
vos lloraran?

-No s lo que me hiciera -respondi la moza-; slo s que hay algunas
seoras de aqullas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y
leones y otras mil inmundicias. Y, Jess!, yo no s qu gente es aqulla
tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,
le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no s para qu es tanto
melindre: si lo hacen de honradas, csense con ellos, que ellos no desean
otra cosa.

-Calla, nia -dijo la ventera-, que parece que sabes mucho destas cosas, y
no est bien a las doncellas saber ni hablar tanto.

-Como me lo pregunta este seor -respondi ella-, no pude dejar de
respondelle.

-Ahora bien -dijo el cura-, traedme, seor husped, aquesos libros, que los
quiero ver.

-Que me place -respondi l.

Y, entrando en su aposento, sac dl una maletilla vieja, cerrada con una
cadenilla, y, abrindola, hall en ella tres libros grandes y unos papeles
de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abri vio que era
Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro,
la Historia del Gran Capitn Gonzalo Hernndez de Crdoba, con la vida de
Diego Garca de Paredes. As como el cura ley los dos ttulos primeros,
volvi el rostro al barbero y dijo:

-Falta nos hacen aqu ahora el ama de mi amigo y su sobrina.

-No hacen -respondi el barbero-, que tambin s yo llevallos al corral o a
la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.

-Luego, quiere vuestra merced quemar ms libros? -dijo el ventero.
-No ms -dijo el cura- que estos dos: el de Don Cirongilio y el de
Felixmarte.

-Pues, por ventura -dijo el ventero- mis libros son herejes o flemticos,
que los quiere quemar?

-Cismticos queris decir, amigo -dijo el barbero-, que no flemticos.

-As es -replic el ventero-; mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran
Capitn y dese Diego Garca, que antes dejar quemar un hijo que dejar
quemar ninguno desotros.

-Hermano mo -dijo el cura-, estos dos libros son mentirosos y estn llenos
de disparates y devaneos; y este del Gran Capitn es historia verdadera, y
tiene los hechos de Gonzalo Hernndez de Crdoba, el cual, por sus muchas y
grandes hazaas, mereci ser llamado de todo el mundo Gran Capitn,
renombre famoso y claro, y dl slo merecido. Y este Diego Garca de
Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en
Estremadura, valentsimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detena
con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un
montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable
ejrcito, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como si l
las cuenta y las escribe l asimismo, con la modestia de caballero y de
coronista propio, las escribiera otro, libre y desapasionado, pusieran en
su olvido las de los Htores, Aquiles y Roldanes.

-Tomaos con mi padre! -dijo el dicho ventero-. Mirad de qu se espanta:
de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora haba vuestra merced de
leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revs solo parti cinco
gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los
frailecicos que hacen los nios. Y otra vez arremeti con un grandsimo y
poderossimo ejrcito, donde llev ms de un milln y seiscientos mil
soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarat a
todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, qu me dirn del bueno de
don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se ver en el
libro, donde cuenta que, navegando por un ro, le sali de la mitad del
agua una serpiente de fuego, y l, as como la vio, se arroj sobre ella, y
se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apret con
ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la
iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del ro,
llevndose tras s al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando
llegaron all bajo, se hall en unos palacios y en unos jardines tan lindos
que era maravilla; y luego la sierpe se volvi en un viejo anciano, que le
dijo tantas de cosas que no hay ms que or. Calle, seor, que si oyese
esto, se volvera loco de placer. Dos higas para el Gran Capitn y para
ese Diego Garca que dice!

Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:

-Poco le falta a nuestro husped para hacer la segunda parte de don
Quijote.

-As me parece a m -respondi Cardenio-, porque, segn da indicio, l
tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pas ni ms ni menos
que lo escriben, y no le harn creer otra cosa frailes descalzos.
-Mirad, hermano -torn a decir el cura-, que no hubo en el mundo Felixmarte
de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes
que los libros de caballeras cuentan, porque todo es compostura y ficcin
de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decs de
entretener el tiempo, como lo entretienen leyndolos vuestros segadores;
porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni
tales hazaas ni disparates acontecieron en l.

-A otro perro con ese hueso! -respondi el ventero-. Como si yo no
supiese cuntas son cinco y adnde me aprieta el zapato! No piense vuestra
merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. Bueno es que
quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos
libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los
seores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que haban de dejar
imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que
quitan el juicio!

-Ya os he dicho, amigo -replic el cura-, que esto se hace para entretener
nuestros ociosos pensamientos; y, as como se consiente en las repblicas
bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para
entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, as se
consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que
no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera
ninguna destos libros. Y si me fuera lcito agora, y el auditorio lo
requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de
caballeras para ser buenos, que quiz fueran de provecho y aun de gusto
para algunos; pero yo espero que vendr tiempo en que lo pueda comunicar
con quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, seor ventero, lo
que os he dicho, y tomad vuestros libros, y all os avenid con sus verdades
o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeis del pie
que cojea vuestro husped don Quijote.

-Eso no -respondi el ventero-, que no ser yo tan loco que me haga
caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en
aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos
caballeros.

A la mitad desta pltica se hall Sancho presente, y qued muy confuso y
pensativo de lo que haba odo decir que ahora no se usaban caballeros
andantes, y que todos los libros de caballeras eran necedades y mentiras,
y propuso en su corazn de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo,
y que si no sala con la felicidad que l pensaba, determinaba de dejalle y
volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.

Llevbase la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo:
-Esperad, que quiero ver qu papeles son esos que de tan buena letra estn
escritos.

Saclos el husped, y, dndoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegos
escritos de mano, y al principio tenan un ttulo grande que deca: Novela
del curioso impertinente. Ley el cura para s tres o cuatro renglones y
dijo:

-Cierto que no me parece mal el ttulo desta novela, y que me viene
voluntad de leella toda.

A lo que respondi el ventero:

-Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunos
huspedes que aqu la han ledo les ha contentado mucho, y me la han pedido
con muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volvrsela a
quien aqu dej esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que
bien puede ser que vuelva su dueo por aqu algn tiempo, y, aunque s que
me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que, aunque
ventero, todava soy cristiano.

-Vos tenis mucha razn, amigo -dijo el cura-, mas, con todo eso, si la
novela me contenta, me la habis de dejar trasladar.

-De muy buena gana -respondi el ventero.

Mientras los dos esto decan, haba tomado Cardenio la novela y comenzado a
leer en ella; y, parecindole lo mismo que al cura, le rog que la leyese
de modo que todos la oyesen.

-S leyera -dijo el cura-, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir
que en leer.

-Harto reposo ser para m -dijo Dorotea- entretener el tiempo oyendo algn
cuento, pues an no tengo el espritu tan sosegado que me conceda dormir
cuando fuera razn.

-Pues desa manera -dijo el cura-, quiero leerla, por curiosidad siquiera;
quiz tendr alguna de gusto.

Acudi maese Nicols a rogarle lo mesmo, y Sancho tambin; lo cual visto
del cura, y entendiendo que a todos dara gusto y l le recibira, dijo:
-Pues as es, estnme todos atentos, que la novela comienza desta manera:





Captulo XXXIII. Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente


En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman
Toscana, vivan Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y
tan amigos que, por excelencia y antonomasia, de todos los que los conocan
los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de
unas mismas costumbres; todo lo cual era bastante causa a que los dos con
recproca amistad se correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo era
algo ms inclinado a los pasatiempos amorosos que el Lotario, al cual
llevaban tras s los de la caza; pero, cuando se ofreca, dejaba Anselmo de
acudir a sus gustos por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos
por acudir a los de Anselmo; y, desta manera, andaban tan a una sus
voluntades, que no haba concertado reloj que as lo anduviese.
Andaba Anselmo perdido de amores de una doncella principal y hermosa de la
misma ciudad, hija de tan buenos padres y tan buena ella por s, que se
determin, con el parecer de su amigo Lotario, sin el cual ninguna cosa
haca, de pedilla por esposa a sus padres, y as lo puso en ejecucin; y el
que llev la embajada fue Lotario, y el que concluy el negocio tan a gusto
de su amigo, que en breve tiempo se vio puesto en la posesin que deseaba,
y Camila tan contenta de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no
cesaba de dar gracias al cielo, y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le
haba venido.

Los primeros das, como todos los de boda suelen ser alegres, continu
Lotario, como sola, la casa de su amigo Anselmo, procurando honralle,
festejalle y regocijalle con todo aquello que a l le fue posible; pero,
acabadas las bodas y sosegada ya la frecuencia de las visitas y parabienes,
comenz Lotario a descuidarse con cuidado de las idas en casa de Anselmo,
por parecerle a l -como es razn que parezca a todos los que fueren
discretos- que no se han de visitar ni continuar las casas de los amigos
casados de la misma manera que cuando eran solteros; porque, aunque la
buena y verdadera amistad no puede ni debe de ser sospechosa en nada, con
todo esto, es tan delicada la honra del casado, que parece que se puede
ofender aun de los mesmos hermanos, cuanto ms de los amigos.

Not Anselmo la remisin de Lotario, y form dl quejas grandes,
dicindole que si l supiera que el casarse haba de ser parte para no
comunicalle como sola, que jams lo hubiera hecho, y que si, por la buena
correspondencia que los dos tenan mientras l fue soltero, haban
alcanzado tan dulce nombre como el de ser llamados los dos amigos, que no
permitiese, por querer hacer del circunspecto, sin otra ocasin alguna,
que tan famoso y tan agradable nombre se perdiese; y que as, le suplicaba,
si era lcito que tal trmino de hablar se usase entre ellos, que volviese
a ser seor de su casa, y a entrar y salir en ella como de antes,
asegurndole que su esposa Camila no tena otro gusto ni otra voluntad que
la que l quera que tuviese, y que, por haber sabido ella con cuntas
veras los dos se amaban, estaba confusa de ver en l tanta esquiveza.
A todas estas y otras muchas razones que Anselmo dijo a Lotario para
persuadille volviese como sola a su casa, respondi Lotario con tanta
prudencia, discrecin y aviso, que Anselmo qued satisfecho de la buena
intencin de su amigo, y quedaron de concierto que dos das en la semana y
las fiestas fuese Lotario a comer con l; y, aunque esto qued as
concertado entre los dos, propuso Lotario de no hacer ms de aquello que
viese que ms convena a la honra de su amigo, cuyo crdito estimaba en
ms que el suyo proprio. Deca l, y deca bien, que el casado a quien el
cielo haba concedido mujer hermosa, tanto cuidado haba de tener qu
amigos llevaba a su casa como en mirar con qu amigas su mujer conversaba,
porque lo que no se hace ni concierta en las plazas, ni en los templos, ni
en las fiestas pblicas, ni estaciones -cosas que no todas veces las han de
negar los maridos a sus mujeres-, se concierta y facilita en casa de la
amiga o la parienta de quien ms satisfacin se tiene.

Tambin deca Lotario que tenan necesidad los casados de tener cada uno
algn amigo que le advirtiese de los descuidos que en su proceder hiciese,
porque suele acontecer que con el mucho amor que el marido a la mujer
tiene, o no le advierte o no le dice, por no enojalla, que haga o deje de
hacer algunas cosas, que el hacellas o no, le sera de honra o de
vituperio; de lo cual, siendo del amigo advertido, fcilmente pondra
remedio en todo. Pero, dnde se hallar amigo tan discreto y tan leal y
verdadero como aqu Lotario le pide? No lo s yo, por cierto; slo Lotario
era ste, que con toda solicitud y advertimiento miraba por la honra de su
amigo y procuraba dezmar, frisar y acortar los das del concierto del ir a
su casa, porque no pareciese mal al vulgo ocioso y a los ojos vagabundos y
maliciosos la entrada de un mozo rico, gentilhombre y bien nacido, y de las
buenas partes que l pensaba que tena, en la casa de una mujer tan hermosa
como Camila; que, puesto que su bondad y valor poda poner freno a toda
maldiciente lengua, todava no quera poner en duda su crdito ni el de su
amigo, y por esto los ms de los das del concierto los ocupaba y
entretena en otras cosas, que l daba a entender ser inexcusables. As
que, en quejas del uno y disculpas del otro se pasaban muchos ratos y
partes del da.

Sucedi, pues, que uno que los dos se andaban paseando por un prado fuera
de la ciudad, Anselmo dijo a Lotario las semejantes razones:
-Pensabas, amigo Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho en
hacerme hijo de tales padres como fueron los mos y al darme, no con mano
escasa, los bienes, as los que llaman de naturaleza como los de fortuna,
no puedo yo corresponder con agradecimiento que llegue al bien recebido, y
sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila por mujer propria:
dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo, en el que puedo.
Pues con todas estas partes, que suelen ser el todo con que los hombres
suelen y pueden vivir contentos, vivo yo el ms despechado y el ms
desabrido hombre de todo el universo mundo; porque no s qu das a esta
parte me fatiga y aprieta un deseo tan estrao, y tan fuera del uso comn
de otros, que yo me maravillo de m mismo, y me culpo y me rio a solas, y
procuro callarlo y encubrirlo de mis proprios pensamientos; y as me ha
sido posible salir con este secreto como si de industria procurara decillo
a todo el mundo. Y, pues que, en efeto, l ha de salir a plaza,quiero que
sea en la del archivo de tu secreto, confiado que, con l y con la
diligencia que pondrs, como mi amigo verdadero, en remediarme, yo me ver
presto libre de la angustia que me causa, y llegar mi alegra por tu
solicitud al grado que ha llegado mi descontento por mi locura.
Suspenso tenan a Lotario las razones de Anselmo, y no saba en qu haba
de parar tan larga prevencin o prembulo; y, aunque iba revolviendo en su
imaginacin qu deseo podra ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio
siempre muy lejos del blanco de la verdad; y, por salir presto de la agona
que le causaba aquella suspensin, le dijo que haca notorio agravio a su
mucha amistad en andar buscando rodeos para decirle sus ms encubiertos
pensamientos, pues tena cierto que se poda prometer dl, o ya consejos
para entretenellos, o ya remedio para cumplillos.

-As es la verdad -respondi Anselmo-, y con esa confianza te hago saber,
amigo Lotario, que el deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa,
es tan buena y tan perfeta como yo pienso; y no puedo enterarme en esta
verdad, si no es probndola de manera que la prueba manifieste los quilates
de su bondad, como el fuego muestra los del oro. Porque yo tengo para m,
oh amigo!, que no es una mujer ms buena de cuanto es o no es solicitada,
y que aquella sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las ddivas,
a las lgrimas y a las continuas importunidades de los solcitos amantes.
Porque, qu hay que agradecer -deca l- que una mujer sea buena, si nadie
le dice que sea mala? Qu mucho que est recogida y temerosa la que no le
dan ocasin para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en
cogindola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? Ans que,
la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener en
aquella estima en que tendr a la solicitada y perseguida que sali con la
corona del vencimiento. De modo que, por estas razones y por otras muchas
que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la opinin que tengo,
deseo que Camila, mi esposa, pase por estas dificultades y se acrisole y
quilate en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien tenga valor
para poner en ella sus deseos; y si ella sale, como creo que saldr, con la
palma desta batalla, tendr yo por sin igual mi ventura; podr yo decir que
est colmo el vaco de mis deseos; dir que me cupo en suerte la mujer
fuerte, de quien el Sabio dice que quin la hallar? Y, cuando esto suceda
al revs de lo que pienso, con el gusto de ver que acert en mi opinin,
llevar sin pena la que de razn podr causarme mi tan costosa experiencia.
Y, prosupuesto que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi deseo
ha de ser de algn provecho para dejar de ponerle por la obra, quiero, oh
amigo Lotario!, que te dispongas a ser el instrumento que labre aquesta
obra de mi gusto; que yo te dar lugar para que lo hagas, sin faltarte todo
aquello que yo viere ser necesario para solicitar a una mujer honesta,
honrada, recogida y desinteresada. Y muveme, entre otras cosas, a fiar de
ti esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de
llegar el vencimiento a todo trance y rigor, sino a slo a tener por hecho
lo que se ha de hacer, por buen respeto; y as, no quedar yo ofendido ms
de con el deseo, y mi injuria quedar escondida en la virtud de tu
silencio, que bien s que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de
la muerte. As que, si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es,
desde luego has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni
perezosamente, sino con el ahnco y diligencia que mi deseo pide, y con la
confianza que nuestra amistad me asegura.

stas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a todas las cuales
estuvo tan atento, que si no fueron las que quedan escritas que le dijo, no
despleg sus labios hasta que hubo acabado; y, viendo que no deca ms,
despus que le estuvo mirando un buen espacio, como si mirara otra cosa que
jams hubiera visto, que le causara admiracin y espanto, le dijo:
-No me puedo persuadir, oh amigo Anselmo!, a que no sean burlas las cosas
que me has dicho; que, a pensar que de veras las decas, no consintiera que
tan adelante pasaras, porque con no escucharte previniera tu larga arenga.
Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no; que
bien s que eres Anselmo, y t sabes que yo soy Lotario; el dao est en
que yo pienso que no eres el Anselmo que solas, y t debes de haber
pensado que tampoco yo soy el Lotario que deba ser, porque las cosas que
me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se han
de pedir a aquel Lotario que t conoces; porque los buenos amigos han de
probar a sus amigos y valerse dellos, como dijo un poeta, usque ad aras;
que quiso decir que no se haban de valer de su amistad en cosas que fuesen
contra Dios. Pues, si esto sinti un gentil de la amistad, cunto mejor es
que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna humana ha de perder la
amistad divina? Y cuando el amigo tirase tanto la barra que pusiese aparte
los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas
ligeras y de poco momento, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida
de su amigo. Pues dime t ahora, Anselmo: cul destas dos cosas tienes en
peligro para que yo me aventure a complacerte y a hacer una cosa tan
detestable como me pides? Ninguna, por cierto; antes, me pides, segn yo
entiendo, que procure y solicite quitarte la honra y la vida, y quitrmela
a m juntamente. Porque si yo he de procurar quitarte la honra, claro est
que te quito la vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto; y,
siendo yo el instrumento, como t quieres que lo sea, de tanto mal tuyo,
no vengo a quedar deshonrado, y, por el mesmo consiguiente, sin vida?
Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe
de decirte lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo;
que tiempo quedar para que t me repliques y yo te escuche.

-Que me place -dijo Anselmo-: di lo que quisieres.

Y Lotario prosigui diciendo:

-Parceme, oh Anselmo!, que tienes t ahora el ingenio como el que
siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el
error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones
que consistan en especulacin del entendimiento, ni que vayan fundadas en
artculos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fciles,
intelegibles, demonstrativos, indubitables, con demostraciones matemticas
que no se pueden negar, como cuando dicen: "Si de dos partes iguales
quitamos partes iguales, las que quedan tambin son iguales"; y, cuando
esto no entiendan de palabra, como, en efeto, no lo entienden, hseles de
mostrar con las manos y ponrselo delante de los ojos, y, aun con todo
esto, no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra
religin. Y este mesmo trmino y modo me convendr usar contigo, porque el
deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello
que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastado
el que ocupare en darte a entender tu simplicidad, que por ahora no le
quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena de
tu mal deseo; mas no me deja usar deste rigor la amistad que te tengo, la
cual no consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de perderte.
Y, porque claro lo veas, dime, Anselmo: t no me has dicho que tengo de
solicitar a una retirada, persuadir a una honesta, ofrecer a una
desinteresada, servir a una prudente? S que me lo has dicho. Pues si t
sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada y prudente, qu
buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora, como
saldr sin duda, qu mejores ttulos piensas darle despus que los que
ahora tiene, o qu ser ms despus de lo que es ahora? O es que t no la
tienes por la que dices, o t no sabes lo que pides. Si no la tienes por lo
que dices, para qu quieres probarla, sino, como a mala, hacer della lo
que ms te viniere en gusto? Mas si es tan buena como crees, impertinente
cosa ser hacer experiencia de la mesma verdad, pues, despus de hecha, se
ha de quedar con la estimacin que primero tena. As que, es razn
concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder
dao que provecho es de juicios sin discurso y temerarios, y ms cuando
quieren intentar aquellas a que no son forzados ni compelidos, y que de muy
lejos traen descubierto que el intentarlas es manifiesta locura. Las cosas
dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos:
las que se acometen por Dios son las que acometieron los santos,
acometiendo a vivir vida de ngeles en cuerpos humanos; las que se acometen
por respeto del mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de
agua, tanta diversidad de climas, tanta estraeza de gentes, por adquirir
estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el
mundo juntamente son aquellas de los valerosos soldados, que apenas veen en
el contrario muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una
redonda bala de artillera, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer
discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en
vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su nacin y por su
rey, se arrojan intrpidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes
que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra,
gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes y
peligros. Pero la que t dices que quieres intentar y poner por obra, ni te
ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los
hombres; porque, puesto que salgas con ella como deseas, no has de quedar
ni ms ufano, ni ms rico, ni ms honrado que ests ahora; y si no sales,
te has de ver en la mayor miseria que imaginarse pueda, porque no te ha de
aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la desgracia que te ha
sucedido, porque bastar para afligirte y deshacerte que la sepas t mesmo.
Y, para confirmacin desta verdad, te quiero decir una estancia que hizo el
famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera parte de Las lgrimas de
San Pedro, que dice as:

   Crece el dolor y crece la vergenza
   en Pedro, cuando el da se ha mostrado;
   y, aunque all no ve a nadie, se avergenza
   de s mesmo, por ver que haba pecado:
   que a un magnnimo pecho a haber vergenza
   no slo ha de moverle el ser mirado;
   que de s se avergenza cuando yerra,
   si bien otro no vee que cielo y tierra.

As que, no escusars con el secreto tu dolor; antes, tendrs que llorar
contino, si no lgrimas de los ojos, lgrimas de sangre del corazn, como
las lloraba aquel simple doctor que nuestro poeta nos cuenta que hizo la
prueba del vaso, que, con mejor discurso, se escus de hacerla el prudente
Reinaldos; que, puesto que aquello sea ficcin potica, tiene en s
encerrados secretos morales dignos de ser advertidos y entendidos e
imitados. Cuanto ms que, con lo que ahora pienso decirte, acabars de
venir en conocimiento del grande error que quieres cometer. Dime, Anselmo,
si el cielo, o la suerte buena, te hubiera hecho seor y legtimo posesor
de un finsimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos
cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de comn parecer
dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se poda estender
la naturaleza de tal piedra, y t mesmo lo creyeses as, sin saber otra
cosa en contrario, sera justo que te viniese en deseo de tomar aquel
diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo, y all, a pura fuerza
de golpes y brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y ms, si
lo pusieses por obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia a
tan necia prueba, no por eso se le aadira ms valor ni ms fama; y si se
rompiese, cosa que podra ser, no se perdera todo? S, por cierto,
dejando a su dueo en estimacin de que todos le tengan por simple. Pues
haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es fnisimo diamante, as en tu
estimacin como en la ajena, y que no es razn ponerla en contingencia de
que se quiebre, pues, aunque se quede con su entereza, no puede subir a ms
valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese, considera desde
ahora cul quedaras sin ella, y con cunta razn te podras quejar de ti
mesmo, por haber sido causa de su perdicin y la tuya. Mira que no hay joya
en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el
honor de las mujeres consiste en la opinin buena que dellas se tiene; y,
pues la de tu esposa es tal que llega al estremo de bondad que sabes, para
qu quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer es animal
imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga,
sino quitrselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para
que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfecin que le falta, que
consiste en el ser virtuosa. Cuentan los naturales que el arminio es un
animalejo que tiene una piel blanqusima, y que cuando quieren cazarle, los
cazadores usan deste artificio: que, sabiendo las partes por donde suele
pasar y acudir, las atajan con lodo, y despus, ojendole, le encaminan
hacia aquel lugar, y as como el arminio llega al lodo, se est quedo y se
deja prender y cautivar, a trueco de no pasar por el cieno y perder y
ensuciar su blancura, que la estima en ms que la libertad y la vida. La
honesta y casta mujer es arminio, y es ms que nieve blanca y limpia la
virtud de la honestidad; y el que quisiere que no la pierda, antes la
guarde y conserve, ha de usar de otro estilo diferente que con el arminio
se tiene, porque no le han de poner delante el cieno de los regalos y
servicios de los importunos amantes, porque quiz, y aun sin quiz, no
tiene tanta virtud y fuerza natural que pueda por s mesma atropellar y
pasar por aquellos embarazos, y es necesario quitrselos y ponerle delante
la limpieza de la virtud y la belleza que encierra en s la buena fama. Es
asimesmo la buena mujer como espejo de cristal luciente y claro; pero est
sujeto a empaarse y escurecerse con cualquiera aliento que le toque. Hase
de usar con la honesta mujer el estilo que con las reliquias: adorarlas y
no tocarlas. Hase de guardar y estimar la mujer buena como se guarda y
estima un hermoso jardn que est lleno de flores y rosas, cuyo dueo no
consiente que nadie le pasee ni manosee; basta que desde lejos, y por entre
las verjas de hierro, gocen de su fragrancia y hermosura. Finalmente,
quiero decirte unos versos que se me han venido a la memoria, que los o en
una comedia moderna, que me parece que hacen al propsito de lo que vamos
tratando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una doncella, que
la recogiese, guardase y encerrase, y entre otras razones, le dijo stas:

   Es de vidrio la mujer;
   pero no se ha de probar
   si se puede o no quebrar,
   porque todo podra ser.
   Y es ms fcil el quebrarse,
   y no es cordura ponerse
   a peligro de romperse
   lo que no puede soldarse.
   Y en esta opinin estn
   todos, y en razn la fundo:
   que si hay Dnaes en el mundo,
   hay pluvias de oro tambin.

Cuanto hasta aqu te he dicho, oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te
toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a m me conviene; y si
fuere largo, perdname, que todo lo requiere el laberinto donde te has
entrado y de donde quieres que yo te saque. T me tienes por amigo y
quieres quitarme la honra, cosa que es contra toda amistad; y aun no slo
pretendes esto, sino que procuras que yo te la quite a ti. Que me la
quieres quitar a m est claro, pues, cuando Camila vea que yo la solicito,
como me pides, cierto est que me ha de tener por hombre sin honra y mal
mirado, pues intento y hago una cosa tan fuera de aquello que el ser quien
soy y tu amistad me obliga. De que quieres que te la quite a ti no hay
duda, porque, viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar que yo he
visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle mi mal
deseo; y, tenindose por deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su
mesma deshonra. Y de aqu nace lo que comnmente se platica: que el marido
de la mujer adltera, puesto que l no lo sepa ni haya dado ocasin para
que su mujer no sea la que debe, ni haya sido en su mano, ni en su descuido
y poco recato estorbar su desgracia, con todo, le llaman y le nombran con
nombre de vituperio y bajo; y en cierta manera le miran, los que la maldad
de su mujer saben, con ojos de menosprecio, en cambio de mirarle con los de
lstima, viendo que no por su culpa, sino por el gusto de su mala
compaera, est en aquella desventura. Pero quirote decir la causa por que
con justa razn es deshonrado el marido de la mujer mala, aunque l no sepa
que lo es, ni tenga culpa, ni haya sido parte, ni dado ocasin, para que
ella lo sea. Y no te canses de orme, que todo ha de redundar en tu
provecho. Cuando Dios cri a nuestro primero padre en el Paraso terrenal,
dice la Divina Escritura que infundi Dios sueo en Adn, y que, estando
durmiendo, le sac una costilla del lado siniestro, de la cual form a
nuestra madre Eva; y, as como Adn despert y la mir, dijo: ''sta es
carne de mi carne y hueso de mis huesos''. Y Dios dijo: ''Por sta dejar
el hombre a su padre y madre, y sern dos en una carne misma''. Y entonces
fue instituido el divino sacramento del matrimonio, con tales lazos que
sola la muerte puede desatarlos. Y tiene tanta fuerza y virtud este
milagroso sacramento, que hace que dos diferentes personas sean una mesma
carne; y an hace ms en los buenos casados, que, aunque tienen dos almas,
no tienen ms de una voluntad. Y de aqu viene que, como la carne de la
esposa sea una mesma con la del esposo, las manchas que en ella caen, o los
defectos que se procura, redundan en la carne del marido, aunque l no haya
dado, como queda dicho, ocasin para aquel dao. Porque, as como el dolor
del pie o de cualquier miembro del cuerpo humano le siente todo el cuerpo,
por ser todo de una carne mesma, y la cabeza siente el dao del tobillo,
sin que ella se le haya causado, as el marido es participante de la
deshonra de la mujer, por ser una mesma cosa con ella. Y como las honras y
deshonras del mundo sean todas y nazcan de carne y sangre, y las de la
mujer mala sean deste gnero, es forzoso que al marido le quepa parte
dellas, y sea tenido por deshonrado sin que l lo sepa. Mira, pues, oh
Anselmo!, al peligro que te pones en querer turbar el sosiego en que tu
buena esposa vive. Mira por cun vana e impertinente curiosidad quieres
revolver los humores que ahora estn sosegados en el pecho de tu casta
esposa. Advierte que lo que aventuras a ganar es poco, y que lo que
perders ser tanto que lo dejar en su punto, porque me faltan palabras
para encarecerlo. Pero si todo cuanto he dicho no basta a moverte de tu mal
propsito, bien puedes buscar otro instrumento de tu deshonra y desventura,
que yo no pienso serlo, aunque por ello pierda tu amistad, que es la mayor
prdida que imaginar puedo.

Call, en diciendo esto, el virtuoso y prudente Lotario, y Anselmo qued
tan confuso y pensativo que por un buen espacio no le pudo responder
palabra; pero, en fin, le dijo:

-Con la atencin que has visto he escuchado, Lotario amigo, cuanto has
querido decirme, y en tus razones, ejemplos y comparaciones he visto la
mucha discrecin que tienes y el estremo de la verdadera amistad que
alcanzas; y ansimesmo veo y confieso que si no sigo tu parecer y me voy
tras el mo, voy huyendo del bien y corriendo tras el mal. Prosupuesto
esto, has de considerar que yo padezco ahora la enfermedad que suelen tener
algunas mujeres, que se les antoja comer tierra, yeso, carbn y otras cosas
peores, aun asquerosas para mirarse, cuanto ms para comerse; as que, es
menester usar de algn artificio para que yo sane, y esto se poda hacer
con facilidad, slo con que comiences, aunque tibia y fingidamente, a
solicitar a Camila, la cual no ha de ser tan tierna que a los primeros
encuentros d con su honestidad por tierra; y con solo este principio
quedar contento y t habrs cumplido con lo que debes a nuestra amistad,
no solamente dndome la vida, sino persuadindome de no verme sin honra. Y
ests obligado a hacer esto por una razn sola; y es que, estando yo, como
estoy, determinado de poner en pltica esta prueba, no has t de consentir
que yo d cuenta de mi desatino a otra persona, con que pondra en aventura
el honor que t procuras que no pierda; y, cuando el tuyo no est en el
punto que debe en la intencin de Camila en tanto que la solicitares,
importa poco o nada, pues con brevedad, viendo en ella la entereza que
esperamos, le podrs decir la pura verdad de nuestro artificio, con que
volver tu crdito al ser primero. Y, pues tan poco aventuras y tanto
contento me puedes dar aventurndote, no lo dejes de hacer, aunque ms
inconvenientes se te pongan delante, pues, como ya he dicho, con slo que
comiences dar por concluida la causa.

Viendo Lotario la resoluta voluntad de Anselmo, y no sabiendo qu ms
ejemplos traerle ni qu ms razones mostrarle para que no la siguiese, y
viendo que le amenazaba que dara a otro cuenta de su mal deseo, por evitar
mayor mal, determin de contentarle y hacer lo que le peda, con propsito
e intencin de guiar aquel negocio de modo que, sin alterar los
pensamientos de Camila, quedase Anselmo satisfecho; y as, le respondi que
no comunicase su pensamiento con otro alguno, que l tomaba a su cargo
aquella empresa, la cual comenzara cuando a l le diese ms gusto.
Abrazle Anselmo tierna y amorosamente, y agradecile su ofrecimiento, como
si alguna grande merced le hubiera hecho; y quedaron de acuerdo entre los
dos que desde otro da siguiente se comenzase la obra; que l le dara
lugar y tiempo como a sus solas pudiese hablar a Camila, y asimesmo le
dara dineros y joyas que darla y que ofrecerla. Aconsejle que le diese
msicas, que escribiese versos en su alabanza, y que, cuando l no quisiese
tomar trabajo de hacerlos, l mesmo los hara. A todo se ofreci Lotario,
bien con diferente intencin que Anselmo pensaba.

Y con este acuerdo se volvieron a casa de Anselmo, donde hallaron a Camila
con ansia y cuidado, esperando a su esposo, porque aquel da tardaba en
venir ms de lo acostumbrado.

Fuese Lotario a su casa, y Anselmo qued en la suya, tan contento como
Lotario fue pensativo, no sabiendo qu traza dar para salir bien de aquel
impertinente negocio. Pero aquella noche pens el modo que tendra para
engaar a Anselmo, sin ofender a Camila; y otro da vino a comer con su
amigo, y fue bien recebido de Camila, la cual le receba y regalaba con
mucha voluntad, por entender la buena que su esposo le tena.
Acabaron de comer, levantaron los manteles y Anselmo dijo a Lotario que se
quedase all con Camila, en tanto que l iba a un negocio forzoso, que
dentro de hora y media volvera. Rogle Camila que no se fuese y Lotario se
ofreci a hacerle compaa, ms nada aprovech con Anselmo; antes,
importun a Lotario que se quedase y le aguardase, porque tena que tratar
con l una cosa de mucha importancia. Dijo tambin a Camila que no dejase
solo a Lotario en tanto que l volviese. En efeto, l supo tan bien fingir
la necesidad, o necedad, de su ausencia, que nadie pudiera entender que era
fingida. Fuese Anselmo, y quedaron solos a la mesa Camila y Lotario, porque
la dems gente de casa toda se haba ido a comer. Viose Lotario puesto en
la estacada que su amigo deseaba y con el enemigo delante, que pudiera
vencer con sola su hermosura a un escuadrn de caballeros armados: mirad si
era razn que le temiera Lotario.

Pero lo que hizo fue poner el codo sobre el brazo de la silla y la mano
abierta en la mejilla, y, pidiendo perdn a Camila del mal comedimiento,
dijo que quera reposar un poco en tanto que Anselmo volva. Camila le
respondi que mejor reposara en el estrado que en la silla, y as, le rog
se entrase a dormir en l. No quiso Lotario, y all se qued dormido hasta
que volvi Anselmo, el cual, como hall a Camila en su aposento y a Lotario
durmiendo, crey que, como se haba tardado tanto, ya habran tenido los
dos lugar para hablar, y aun para dormir, y no vio la hora en que Lotario
despertase, para volverse con l fuera y preguntarle de su ventura.
Todo le sucedi como l quiso: Lotario despert, y luego salieron los dos
de casa, y as, le pregunt lo que deseaba, y le respondi Lotario que no
le haba parecido ser bien que la primera vez se descubriese del todo; y
as, no haba hecho otra cosa que alabar a Camila de hermosa, dicindole
que en toda la ciudad no se trataba de otra cosa que de su hermosura y
discrecin, y que ste le haba parecido buen principio para entrar ganando
la voluntad, y disponindola a que otra vez le escuchase con gusto, usando
en esto del artificio que el demonio usa cuando quiere engaar a alguno que
est puesto en atalaya de mirar por s: que se transforma en ngel de luz,
sindolo l de tinieblas, y, ponindole delante apariencias buenas, al cabo
descubre quin es y sale con su intencin, si a los principios no es
descubierto su engao. Todo esto le content mucho a Anselmo, y dijo que
cada da dara el mesmo lugar, aunque no saliese de casa, porque en ella se
ocupara en cosas que Camila no pudiese venir en conocimiento de su
artificio.

Sucedi, pues, que se pasaron muchos das que, sin decir Lotario palabra a
Camila, responda a Anselmo que la hablaba y jams poda sacar della una
pequea muestra de venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar una
seal de sombra de esperanza; antes, deca que le amenazaba que si de aquel
mal pensamiento no se quitaba, que lo haba de decir a su esposo.
-Bien est -dijo Anselmo-. Hasta aqu ha resistido Camila a las palabras;
es menester ver cmo resiste a las obras: yo os dar maana dos mil escudos
de oro para que se los ofrezcis, y aun se los deis, y otros tantos para
que compris joyas con que cebarla; que las mujeres suelen ser aficionadas,
y ms si son hermosas, por ms castas que sean, a esto de traerse bien y
andar galanas; y si ella resiste a esta tentacin, yo quedar satisfecho y
no os dar ms pesadumbre.

Lotario respondi que ya que haba comenzado, que l llevara hasta el fin
aquella empresa, puesto que entenda salir della cansado y vencido. Otro
da recibi los cuatro mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones,
porque no saba qu decirse para mentir de nuevo; pero, en efeto, determin
de decirle que Camila estaba tan entera a las ddivas y promesas como a las
palabras, y que no haba para qu cansarse ms, porque todo el tiempo se
gastaba en balde.

Pero la suerte, que las cosas guiaba de otra manera, orden que, habiendo
dejado Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces sola, l se
encerr en un aposento y por los agujeros de la cerradura estuvo mirando y
escuchando lo que los dos trataban, y vio que en ms de media hora Lotario
no habl palabra a Camila, ni se la hablara si all estuviera un siglo, y
cay en la cuenta de que cuanto su amigo le haba dicho de las respuestas
de Camila todo era ficcin y mentira. Y, para ver si esto era ans, sali
del aposento, y, llamando a Lotario aparte, le pregunt qu nuevas haba y
de qu temple estaba Camila. Lotario le respondi que no pensaba ms darle
puntada en aquel negocio, porque responda tan spera y desabridamente, que
no tendra nimo para volver a decirle cosa alguna.

-Ah! -dijo Anselmo-, Lotario, Lotario, y cun mal correspondes a lo que
me debes y a lo mucho que de ti confo! Ahora te he estado mirando por el
lugar que concede la entrada desta llave, y he visto que no has dicho
palabra a Camila, por donde me doy a entender que aun las primeras le
tienes por decir; y si esto es as, como sin duda lo es, para qu me
engaas, o por qu quieres quitarme con tu industria los medios que yo
podra hallar para conseguir mi deseo?

No dijo ms Anselmo, pero bast lo que haba dicho para dejar corrido y
confuso a Lotario; el cual, casi como tomando por punto de honra el haber
sido hallado en mentira, jur a Anselmo que desde aquel momento tomaba tan
a su cargo el contentalle y no mentille, cual lo vera si con curiosidad lo
espiaba; cuanto ms, que no sera menester usar de ninguna diligencia,
porque la que l pensaba poner en satisfacelle le quitara de toda
sospecha. Creyle Anselmo, y para dalle comodidad ms segura y menos
sobresaltada, determin de hacer ausencia de su casa por ocho das, yndose
a la de un amigo suyo, que estaba en una aldea, no lejos de la ciudad, con
el cual amigo concert que le enviase a llamar con muchas veras, para tener
ocasin con Camila de su partida.

Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo! Qu es lo que haces? Qu es
lo que trazas? Qu es lo que ordenas? Mira que haces contra ti mismo,
trazando tu deshonra y ordenando tu perdicin. Buena es tu esposa Camila,
quieta y sosegadamente la posees, nadie sobresalta tu gusto, sus
pensamientos no salen de las paredes de su casa, t eres su cielo en la
tierra, el blanco de sus deseos, el cumplimiento de sus gustos y la medida
por donde mide su voluntad, ajustndola en todo con la tuya y con la del
cielo. Pues si la mina de su honor, hermosura, honestidad y recogimiento te
da sin ningn trabajo toda la riqueza que tiene y t puedes desear, para
qu quieres ahondar la tierra y buscar nuevas vetas de nuevo y nunca visto
tesoro, ponindote a peligro que toda venga abajo, pues, en fin, se
sustenta sobre los dbiles arrimos de su flaca naturaleza? Mira que el que
busca lo imposible es justo que lo posible se le niegue, como lo dijo mejor
un poeta, diciendo:

   Busco en la muerte la vida,
   salud en la enfermedad,
   en la prisin libertad,
   en lo cerrado salida
   y en el traidor lealtad.
   Pero mi suerte, de quien
   jams espero algn bien,
   con el cielo ha estatuido
   que, pues lo imposible pido,
   lo posible aun no me den.

Fuese otro da Anselmo a la aldea, dejando dicho a Camila que el tiempo
que l estuviese ausente vendra Lotario a mirar por su casa y a comer con
ella; que tuviese cuidado de tratalle como a su mesma persona. Afligise
Camila, como mujer discreta y honrada, de la orden que su marido le dejaba,
y djole que advirtiese que no estaba bien que nadie, l ausente, ocupase
la silla de su mesa, y que si lo haca por no tener confianza que ella
sabra gobernar su casa, que probase por aquella vez, y vera por
experiencia como para mayores cuidados era bastante. Anselmo le replic que
aqul era su gusto, y que no tena ms que hacer que bajar la cabeza y
obedecelle. Camila dijo que ans lo hara, aunque contra su voluntad.
Partise Anselmo, y otro da vino a su casa Lotario, donde fue rescebido
de Camila con amoroso y honesto acogimiento; la cual jams se puso en parte
donde Lotario la viese a solas, porque siempre andaba rodeada de sus
criados y criadas, especialmente de una doncella suya, llamada Leonela, a
quien ella mucho quera, por haberse criado desde nias las dos juntas en
casa de los padres de Camila, y cuando se cas con Anselmo la trujo
consigo.

En los tres das primeros nunca Lotario le dijo nada, aunque pudiera,
cuando se levantaban los manteles y la gente se iba a comer con mucha
priesa, porque as se lo tena mandado Camila. Y aun tena orden Leonela
que comiese primero que Camila, y que de su lado jams se quitase; mas
ella, que en otras cosas de su gusto tena puesto el pensamiento y haba
menester aquellas horas y aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no
cumpla todas veces el mandamiento de su seora; antes, los dejaba solos,
como si aquello le hubieran mandado. Mas la honesta presencia de Camila, la
gravedad de su rostro, la compostura de su persona era tanta, que pona
freno a la lengua de Lotario.

Pero el provecho que las muchas virtudes de Camila hicieron, poniendo
silencio en la lengua de Lotario, redund ms en dao de los dos, porque si
la lengua callaba, el pensamiento discurra y tena lugar de contemplar,
parte por parte, todos los estremos de bondad y de hermosura que Camila
tena, bastantes a enamorar una estatua de mrmol, no que un corazn de
carne.

Mirbala Lotario en el lugar y espacio que haba de hablarla, y
consideraba cun digna era de ser amada; y esta consideracin comenz poco
a poco a dar asaltos a los respectos que a Anselmo tena, y mil veces quiso
ausentarse de la ciudad y irse donde jams Anselmo le viese a l, ni l
viese a Camila; mas ya le haca impedimento y detena el gusto que hallaba
en mirarla. Hacase fuerza y peleaba consigo mismo por desechar y no sentir
el contento que le llevaba a mirar a Camila. Culpbase a solas de su
desatino, llambase mal amigo y aun mal cristiano; haca discursos y
comparaciones entre l y Anselmo, y todos paraban en decir que ms haba
sido la locura y confianza de Anselmo que su poca fidelidad, y que si as
tuviera disculpa para con Dios como para con los hombres de lo que pensaba
hacer, que no temiera pena por su culpa.

En efecto, la hermosura y la bondad de Camila, juntamente con la ocasin
que el ignorante marido le haba puesto en las manos, dieron con la lealtad
de Lotario en tierra. Y, sin mirar a otra cosa que aquella a que su gusto
le inclinaba, al cabo de tres das de la ausencia de Anselmo, en los cuales
estuvo en continua batalla por resistir a sus deseos, comenz a requebrar a
Camila, con tanta turbacin y con tan amorosas razones que Camila qued
suspensa, y no hizo otra cosa que levantarse de donde estaba y entrarse a
su aposento, sin respondelle palabra alguna. Mas no por esta sequedad se
desmay en Lotario la esperanza, que siempre nace juntamente con el amor;
antes, tuvo en ms a Camila. La cual, habiendo visto en Lotario lo que
jams pensara, no saba qu hacerse. Y, parecindole no ser cosa segura ni
bien hecha darle ocasin ni lugar a que otra vez la hablase, determin de
enviar aquella mesma noche, como lo hizo, a un criado suyo con un billete a
Anselmo, donde le escribi estas razones:





Captulo XXXIV. Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente


As como suele decirse que parece mal el ejrcito sin su general y el
castillo sin su castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y
moza sin su marido, cuando justsimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo
tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no poder sufrir esta ausencia, que
si presto no vens, me habr de ir a entretener en casa de mis padres,
aunque deje sin guarda la vuestra; porque la que me dejastes, si es que
qued con tal ttulo, creo que mira ms por su gusto que por lo que a vos
os toca; y, pues sois discreto, no tengo ms que deciros, ni aun es bien
que ms os diga.

Esta carta recibi Anselmo, y entendi por ella que Lotario haba ya
comenzado la empresa, y que Camila deba de haber respondido como l
deseaba; y, alegre sobremanera de tales nuevas, respondi a Camila, de
palabra, que no hiciese mudamiento de su casa en modo ninguno, porque l
volvera con mucha brevedad. Admirada qued Camila de la respuesta de
Anselmo, que la puso en ms confusin que primero, porque ni se atreva a
estar en su casa, ni menos irse a la de sus padres; porque en la quedada
corra peligro su honestidad, y en la ida iba contra el mandamiento de su
esposo.

En fin, se resolvi en lo que le estuvo peor, que fue en el quedarse, con
determinacin de no huir la presencia de Lotario, por no dar que decir a
sus criados; y ya le pesaba de haber escrito lo que escribi a su esposo,
temerosa de que no pensase que Lotario haba visto en ella alguna
desenvoltura que le hubiese movido a no guardalle el decoro que deba.
Pero, fiada en su bondad, se fi en Dios y en su buen pensamiento, con que
pensaba resistir callando a todo aquello que Lotario decirle quisiese, sin
dar ms cuenta a su marido, por no ponerle en alguna pendencia y trabajo. Y
aun andaba buscando manera como disculpar a Lotario con Anselmo, cuando le
preguntase la ocasin que le haba movido a escribirle aquel papel. Con
estos pensamientos, ms honrados que acertados ni provechosos, estuvo otro
da escuchando a Lotario, el cual carg la mano de manera que comenz a
titubear la firmeza de Camila, y su honestidad tuvo harto que hacer en
acudir a los ojos, para que no diesen muestra de alguna amorosa compasin
que las lgrimas y las razones de Lotario en su pecho haban despertado.
Todo esto notaba Lotario, y todo le encenda.

Finalmente, a l le pareci que era menester, en el espacio y lugar que
daba la ausencia de Anselmo, apretar el cerco a aquella fortaleza. Y as,
acometi a su presuncin con las alabanzas de su hermosura, porque no hay
cosa que ms presto rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad
de las hermosas que la mesma vanidad, puesta en las lenguas de la
adulacin. En efecto, l, con toda diligencia, min la roca de su entereza,
con tales pertrechos que, aunque Camila fuera toda de bronce, viniera al
suelo. Llor, rog, ofreci, adul, porfi, y fingi Lotario con tantos
sentimientos, con muestras de tantas veras, que dio al travs con el recato
de Camila y vino a triunfar de lo que menos se pensaba y ms deseaba.
Rindise Camila, Camila se rindi; pero, qu mucho, si la amistad de
Lotario no qued en pie? Ejemplo claro que nos muestra que slo se vence la
pasin amorosa con huilla, y que nadie se ha de poner a brazos con tan
poderoso enemigo, porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas
humanas. Slo supo Leonela la flaqueza de su seora, porque no se la
pudieron encubrir los dos malos amigos y nuevos amantes. No quiso Lotario
decir a Camila la pretensin de Anselmo, ni que l le haba dado lugar para
llegar a aquel punto, porque no tuviese en menos su amor y pensase que as,
acaso y sin pensar, y no de propsito, la haba solicitado.

Volvi de all a pocos das Anselmo a su casa, y no ech de ver lo que
faltaba en ella, que era lo que en menos tena y ms estimaba. Fuese luego
a ver a Lotario, y hallle en su casa; abrazronse los dos, y el uno
pregunt por las nuevas de su vida o de su muerte.

-Las nuevas que te podr dar, oh amigo Anselmo! -dijo Lotario-, son de
que tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las
mujeres buenas. Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire, los
ofrecimientos se han tenido en poco, las ddivas no se han admitido, de
algunas lgrimas fingidas mas se ha hecho burla notable. En resolucin,
as como Camila es cifra de toda belleza, es archivo donde asiste la
honestidad y vive el comedimiento y el recato, y todas las virtudes que
pueden hacer loable y bien afortunada a una honrada mujer. Vuelve a tomar
tus dineros, amigo, que aqu los tengo, sin haber tenido necesidad de tocar
a ellos; que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan bajas como son
ddivas ni promesas. Contntate, Anselmo, y no quieras hacer ms pruebas de
las hechas; y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades y
sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras entrar de
nuevo en el profundo pilago de nuevos inconvenientes, ni quieras hacer
experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del navo que el cielo
te dio en suerte para que en l pasases la mar deste mundo, sino haz cuenta
que ests ya en seguro puerto, y afrrate con las ncoras de la buena
consideracin, y djate estar hasta que te vengan a pedir la deuda que no
hay hidalgua humana que de pagarla se escuse.

Contentsimo qued Anselmo de las razones de Lotario, y as se las crey
como si fueran dichas por algn orculo. Pero, con todo eso, le rog que no
dejase la empresa, aunque no fuese ms de por curiosidad y entretenimiento,
aunque no se aprovechase de all adelante de tan ahincadas diligencias como
hasta entonces; y que slo quera que le escribiese algunos versos en su
alabanza, debajo del nombre de Clori, porque l le dara a entender a
Camila que andaba enamorado de una dama, a quien le haba puesto aquel
nombre por poder celebrarla con el decoro que a su honestidad se le deba;
y que, cuando Lotario no quisiera tomar trabajo de escribir los versos, que
l los hara.

-No ser menester eso -dijo Lotario-, pues no me son tan enemigas las
musas que algunos ratos del ao no me visiten. Dile t a Camila lo que has
dicho del fingimiento de mis amores, que los versos yo los har; si no tan
buenos como el subjeto merece, sern, por lo menos, los mejores que yo
pudiere.

Quedaron deste acuerdo el impertinente y el traidor amigo; y, vuelto
Anselmo a su casa, pregunt a Camila lo que ella ya se maravillaba que no
se lo hubiese preguntado: que fue que le dijese la ocasin por que le haba
escrito el papel que le envi. Camila le respondi que le haba parecido
que Lotario la miraba un poco ms desenvueltamente que cuando l estaba en
casa; pero que ya estaba desengaada y crea que haba sido imaginacin
suya, porque ya Lotario hua de vella y de estar con ella a solas. Djole
Anselmo que bien poda estar segura de aquella sospecha, porque l saba
que Lotario andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a
quien l celebraba debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo
estuviera, no haba que temer de la verdad de Lotario y de la mucha amistad
de entrambos. Y, a no estar avisada Camila de Lotario de que eran fingidos
aquellos amores de Clori, y que l se lo haba dicho a Anselmo por poder
ocuparse algunos ratos en las mismas alabanzas de Camila, ella, sin duda,
cayera en la desesperada red de los celos; mas, por estar ya advertida,
pas aquel sobresalto sin pesadumbre.

Otro da, estando los tres sobre mesa, rog Anselmo a Lotario dijese
alguna cosa de las que haba compuesto a su amada Clori; que, pues Camila
no la conoca, seguramente poda decir lo que quisiese.

-Aunque la conociera -respondi Lotario-, no encubriera yo nada, porque
cuando algn amante loa a su dama de hermosa y la nota de cruel, ningn
oprobrio hace a su buen crdito. Pero, sea lo que fuere, lo que s decir,
que ayer hice un soneto a la ingratitud desta Clori, que dice ans:
Soneto

   En el silencio de la noche, cuando
   ocupa el dulce sueo a los mortales,
   la pobre cuenta de mis ricos males
   estoy al cielo y a mi Clori dando.
   Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando
   por las rosadas puertas orientales,
   con suspiros y acentos desiguales,
   voy la antigua querella renovando.
   Y cuando el sol, de su estrellado asiento,
   derechos rayos a la tierra enva,
   el llanto crece y doblo los gemidos.
   Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
   y siempre hallo, en mi mortal porfa,
   al cielo, sordo; a Clori, sin odos.

Bien le pareci el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alab, y
dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no
corresponda. A lo que dijo Camila:

-Luego, todo aquello que los poetas enamorados dicen es verdad?

-En cuanto poetas, no la dicen -respondi Lotario-; mas, en cuanto
enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos.

-No hay duda deso -replic Anselmo, todo por apoyar y acreditar los
pensamientos de Lotario con Camila, tan descuidada del artificio de Anselmo
como ya enamorada de Lotario.

Y as, con el gusto que de sus cosas tena, y ms, teniendo por entendido
que sus deseos y escritos a ella se encaminaban, y que ella era la
verdadera Clori, le rog que si otro soneto o otros versos saba, los
dijese:

-S s -respondi Lotario-, pero no creo que es tan bueno como el primero,
o, por mejor decir, menos malo. Y podrislo bien juzgar, pues es ste:

Soneto

   Yo s que muero; y si no soy credo,
   es ms cierto el morir, como es ms cierto
   verme a tus pies, oh bella ingrata!, muerto,
   antes que de adorarte arrepentido.
   Podr yo verme en la regin de olvido,
   de vida y gloria y de favor desierto,
   y all verse podr en mi pecho abierto
   cmo tu hermoso rostro est esculpido.
   Que esta reliquia guardo para el duro
   trance que me amenaza mi porfa,
   que en tu mismo rigor se fortalece.
   Ay de aquel que navega, el cielo escuro,
   por mar no usado y peligrosa va,
   adonde norte o puerto no se ofrece!

Tambin alab este segundo soneto Anselmo, como haba hecho el primero, y
desta manera iba aadiendo eslabn a eslabn a la cadena con que se
enlazaba y trababa su deshonra, pues cuando ms Lotario le deshonraba,
entonces le deca que estaba ms honrado; y, con esto, todos los escalones
que Camila bajaba hacia el centro de su menosprecio, los suba, en la
opinin de su marido, hacia la cumbre de la virtud y de su buena fama.
Sucedi en esto que, hallndose una vez, entre otras, sola Camila con su
doncella, le dijo:

-Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en cun poco he sabido estimarme,
pues siquiera no hice que con el tiempo comprara Lotario la entera posesin
que le di tan presto de mi voluntad. Temo que ha de estimar mi presteza o
ligereza, sin que eche de ver la fuerza que l me hizo para no poder
resistirle.

-No te d pena eso, seora ma -respondi Leonela-, que no est la monta,
ni es causa para menguar la estimacin, darse lo que se da presto, si, en
efecto, lo que se da es bueno, y ello por s digno de estimarse. Y aun
suele decirse que el que luego da, da dos veces.

-Tambin se suele decir -dijo Camila- que lo que cuesta poco se estima en
menos.

-No corre por ti esa razn -respondi Leonela-, porque el amor, segn he
odo decir, unas veces vuela y otras anda, con ste corre y con aqul va
despacio, a unos entibia y a otros abrasa, a unos hiere y a otros mata, en
un mesmo punto comienza la carrera de sus deseos y en aquel mesmo punto la
acaba y concluye, por la maana suele poner el cerco a una fortaleza y a la
noche la tiene rendida, porque no hay fuerza que le resista. Y, siendo as,
de qu te espantas, o de qu temes, si lo mismo debe de haber acontecido a
Lotario, habiendo tomado el amor por instrumento de rendirnos la ausencia
de mi seor? Y era forzoso que en ella se concluyese lo que el amor tena
determinado, sin dar tiempo al tiempo para que Anselmo le tuviese de
volver, y con su presencia quedase imperfecta la obra. Porque el amor no
tiene otro mejor ministro para ejecutar lo que desea que es la ocasin: de
la ocasin se sirve en todos sus hechos, principalmente en los principios.
Todo esto s yo muy bien, ms de experiencia que de odas, y algn da te
lo dir, seora, que yo tambin soy de carne y de sangre moza. Cuanto ms,
seora Camila, que no te entregaste ni diste tan luego, que primero no
hubieses visto en los ojos, en los suspiros, en las razones y en las
promesas y ddivas de Lotario toda su alma, viendo en ella y en sus
virtudes cun digno era Lotario de ser amado. Pues si esto es ans, no te
asalten la imaginacin esos escrupulosos y melindrosos pensamientos, sino
asegrate que Lotario te estima como t le estimas a l, y vive con
contento y satisfacin de que, ya que caste en el lazo amoroso, es el que
te aprieta de valor y de estima. Y que no slo tiene las cuatro eses que
dicen que han de tener los buenos enamorados, sino todo un ABC entero: si
no, escchame y vers como te le digo de coro. l es, segn yo veo y a m
me parece, agradecido, bueno, caballero, dadivoso, enamorado, firme,
gallardo, honrado, ilustre, leal, mozo, noble, onesto, principal,
quantioso, rico, y las eses que dicen; y luego, tcito, verdadero. La X no
le cuadra, porque es letra spera; la Y ya est dicha; la Z, zelador de tu
honra.

Rise Camila del ABC de su doncella, y tvola por ms pltica en las cosas
de amor que ella deca; y as lo confes ella, descubriendo a Camila como
trataba amores con un mancebo bien nacido, de la mesma ciudad; de lo cual
se turb Camila, temiendo que era aqul camino por donde su honra poda
correr riesgo. Apurla si pasaban sus plticas a ms que serlo. Ella, con
poca vergenza y mucha desenvoltura, le respondi que s pasaban; porque es
cosa ya cierta que los descuidos de las seoras quitan la vergenza a las
criadas, las cuales, cuando ven a las amas echar traspis, no se les da
nada a ellas de cojear, ni de que lo sepan.

No pudo hacer otra cosa Camila sino rogar a Leonela no dijese nada de su
hecho al que deca ser su amante, y que tratase sus cosas con secreto,
porque no viniesen a noticia de Anselmo ni de Lotario. Leonela respondi
que as lo hara, mas cumplilo de manera que hizo cierto el temor de
Camila de que por ella haba de perder su crdito. Porque la deshonesta y
atrevida Leonela, despus que vio que el proceder de su ama no era el que
sola, atrevise a entrar y poner dentro de casa a su amante, confiada que,
aunque su seora le viese, no haba de osar descubrille; que este dao
acarrean, entre otros, los pecados de las seoras: que se hacen esclavas de
sus mesmas criadas y se obligan a encubrirles sus deshonestidades y
vilezas, como aconteci con Camila; que, aunque vio una y muchas veces que
su Leonela estaba con su galn en un aposento de su casa, no slo no la
osaba reir, mas dbale lugar a que lo encerrase, y quitbale todos los
estorbos, para que no fuese visto de su marido.

Pero no los pudo quitar que Lotario no le viese una vez salir, al romper
del alba; el cual, sin conocer quin era, pens primero que deba de ser
alguna fantasma; mas, cuando le vio caminar, embozarse y encubrirse con
cuidado y recato, cay de su simple pensamiento y dio en otro, que fuera la
perdicin de todos si Camila no lo remediara. Pens Lotario que aquel
hombre que haba visto salir tan a deshora de casa de Anselmo no haba
entrado en ella por Leonela, ni aun se acord si Leonela era en el mundo;
slo crey que Camila, de la misma manera que haba sido fcil y ligera con
l, lo era para otro; que estas aadiduras trae consigo la maldad de la
mujer mala: que pierde el crdito de su honra con el mesmo a quien se
entreg rogada y persuadida, y cree que con mayor facilidad se entrega a
otros, y da infalible crdito a cualquiera sospecha que desto le venga. Y
no parece sino que le falt a Lotario en este punto todo su buen
entendimiento, y se le fueron de la memoria todos sus advertidos discursos,
pues, sin hacer alguno que bueno fuese, ni aun razonable, sin ms ni ms,
antes que Anselmo se levantase, impaciente y ciego de la celosa rabia que
las entraas le roa, muriendo por vengarse de Camila, que en ninguna cosa
le haba ofendido, se fue a Anselmo y le dijo:

-Sbete, Anselmo, que ha muchos das que he andado peleando conmigo mesmo,
hacindome fuerza a no decirte lo que ya no es posible ni justo que ms te
encubra. Sbete que la fortaleza de Camila est ya rendida y sujeta a todo
aquello que yo quisiere hacer della; y si he tardado en descubrirte esta
verdad, ha sido por ver si era algn liviano antojo suyo, o si lo haca por
probarme y ver si eran con propsito firme tratados los amores que, con tu
licencia, con ella he comenzado. Cre, ansimismo, que ella, si fuera la que
deba y la que entrambos pensbamos, ya te hubiera dado cuenta de mi
solicitud, pero, habiendo visto que se tarda, conozco que son verdaderas
las promesas que me ha dado de que, cuando otra vez hagas ausencia de tu
casa, me hablar en la recmara, donde est el repuesto de tus alhajas -y
era la verdad, que all le sola hablar Camila-; y no quiero que
precipitosamente corras a hacer alguna venganza, pues no est an cometido
el pecado sino con pensamiento, y podra ser que, desde ste hasta el
tiempo de ponerle por obra, se mudase el de Camila y naciese en su lugar el
arrepentimiento. Y as, ya que, en todo o en parte, has seguido siempre mis
consejos, sigue y guarda uno que ahora te dir, para que sin engao y con
medroso advertimento te satisfagas de aquello que ms vieres que te
convenga. Finge que te ausentas por dos o tres das, como otras veces
sueles, y haz de manera que te quedes escondido en tu recmara, pues los
tapices que all hay y otras cosas con que te puedas encubrir te ofrecen
mucha comodidad, y entonces vers por tus mismos ojos, y yo por los mos,
lo que Camila quiere; y si fuere la maldad que se puede temer antes que
esperar, con silencio, sagacidad y discrecin podrs ser el verdugo de tu
agravio.

Absorto, suspenso y admirado qued Anselmo con las razones de Lotario,
porque le cogieron en tiempo donde menos las esperaba or, porque ya tena
a Camila por vencedora de los fingidos asaltos de Lotario y comenzaba a
gozar la gloria del vencimiento. Callando estuvo por un buen espacio,
mirando al suelo sin mover pestaa, y al cabo dijo:

-T lo has hecho, Lotario, como yo esperaba de tu amistad; en todo he de
seguir tu consejo: haz lo que quisieres y guarda aquel secreto que ves que
conviene en caso tan no pensado.

Prometiselo Lotario, y, en apartndose dl, se arrepinti totalmente de
cuanto le haba dicho, viendo cun neciamente haba andado, pues pudiera l
vengarse de Camila, y no por camino tan cruel y tan deshonrado. Maldeca su
entendimiento, afeaba su ligera determinacin, y no saba qu medio tomarse
para deshacer lo hecho, o para dalle alguna razonable salida. Al fin,
acord de dar cuenta de todo a Camila; y, como no faltaba lugar para
poderlo hacer, aquel mismo da la hall sola, y ella, as como vio que le
poda hablar, le dijo.

-Sabed, amigo Lotario, que tengo una pena en el corazn que me le aprieta
de suerte que parece que quiere reventar en el pecho, y ha de ser maravilla
si no lo hace, pues ha llegado la desvergenza de Leonela a tanto, que cada
noche encierra a un galn suyo en esta casa y se est con l hasta el da,
tan a costa de mi crdito cuanto le quedar campo abierto de juzgarlo al
que le viere salir a horas tan inusitadas de mi casa. Y lo que me fatiga es
que no la puedo castigar ni reir: que el ser ella secretario de nuestros
tratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos, y temo que
de aqu ha de nacer algn mal suceso.

Al principio que Camila esto deca crey Lotario que era artificio para
desmentille que el hombre que haba visto salir era de Leonela, y no suyo;
pero, vindola llorar y afligirse, y pedirle remedio, vino a creer la
verdad, y, en creyndola, acab de estar confuso y arrepentido del todo.
Pero, con todo esto, respondi a Camila que no tuviese pena, que l
ordenara remedio para atajar la insolencia de Leonela. Djole asimismo lo
que, instigado de la furiosa rabia de los celos, haba dicho a Anselmo, y
cmo estaba concertado de esconderse en la recmara, para ver desde all a
la clara la poca lealtad que ella le guardaba. Pidile perdn desta locura,
y consejo para poder remedialla y salir bien de tan revuelto laberinto como
su mal discurso le haba puesto.

Espantada qued Camila de or lo que Lotario le deca, y con mucho enojo y
muchas y discretas razones le ri y afe su mal pensamiento y la simple y
mala determinacin que haba tenido. Pero, como naturalmente tiene la mujer
ingenio presto para el bien y para el mal ms que el varn, puesto que le
va faltando cuando de propsito se pone a hacer discursos, luego al
instante hall Camila el modo de remediar tan al parecer inremediable
negocio, y dijo a Lotario que procurase que otro da se escondiese Anselmo
donde deca, porque ella pensaba sacar de su escondimiento comodidad para
que desde all en adelante los dos se gozasen sin sobresalto alguno; y, sin
declararle del todo su pensamiento, le advirti que tuviese cuidado que, en
estando Anselmo escondido, l viniese cuando Leonela le llamase, y que a
cuanto ella le dijese le respondiese como respondiera aunque no supiera que
Anselmo le escuchaba. Porfi Lotario que le acabase de declarar su
intencin, porque con ms seguridad y aviso guardase todo lo que viese ser
necesario.

-Digo -dijo Camila- que no hay ms que guardar, si no fuere responderme
como yo os preguntare (no queriendo Camila darle antes cuenta de lo que
pensaba hacer, temerosa que no quisiese seguir el parecer que a ella tan
bueno le pareca, y siguiese o buscase otros que no podran ser tan
buenos).

Con esto, se fue Lotario; y Anselmo, otro da, con la escusa de ir aquella
aldea de su amigo, se parti y volvi a esconderse: que lo pudo hacer con
comodidad, porque de industria se la dieron Camila y Leonela.
Escondido, pues, Anselmo, con aquel sobresalto que se puede imaginar que
tendra el que esperaba ver por sus ojos hacer notoma de las entraas de
su honra, base a pique de perder el sumo bien que l pensaba que tena en
su querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y Leonela que Anselmo estaba
escondido, entraron en la recmara; y apenas hubo puesto los pies en ella
Camilia, cuando, dando un grande suspiro, dijo:

-Ay, Leonela amiga! No sera mejor que, antes que llegase a poner en
ejecucin lo que no quiero que sepas, porque no procures estorbarlo, que
tomases la daga de Anselmo, que te he pedido, y pasases con ella este
infame pecho mo? Pero no hagas tal, que no ser razn que yo lleve la pena
de la ajena culpa. Primero quiero saber qu es lo que vieron en m los
atrevidos y deshonestos ojos de Lotario que fuese causa de darle
atrevimiento a descubrirme un tan mal deseo como es el que me ha
descubierto, en desprecio de su amigo y en deshonra ma. Ponte, Leonela, a
esa ventana y llmale, que, sin duda alguna, l debe de estar en la calle,
esperando poner en efeto su mala intencin. Pero primero se pondr la cruel
cuanto honrada ma.

-Ay, seora ma! -respondi la sagaz y advertida Leonela-, y qu es lo
que quieres hacer con esta daga? Quieres por ventura quitarte la vida o
quitrsela a Lotario? Que cualquiera destas cosas que quieras ha de
redundar en prdida de tu crdito y fama. Mejor es que disimules tu
agravio, y no des lugar a que este mal hombre entre ahora en esta casa y
nos halle solas. Mira, seora, que somos flacas mujeres, y l es hombre y
determinado; y, como viene con aquel mal propsito, ciego y apasionado,
quiz antes que t pongas en ejecucin el tuyo, har l lo que te estara
ms mal que quitarte la vida. Mal haya mi seor Anselmo, que tanto mal ha
querido dar a este desuellacaras en su casa! Y ya, seora, que le mates,
como yo pienso que quieres hacer, qu hemos de hacer dl despus de
muerto?

-Qu, amiga? -respondi Camila-: dejarmosle para que Anselmo le
entierre, pues ser justo que tenga por descanso el trabajo que tomare en
poner debajo de la tierra su misma infamia. Llmale, acaba, que todo el
tiempo que tardo en tomar la debida venganza de mi agravio parece que
ofendo a la lealtad que a mi esposo debo.

Todo esto escuchaba Anselmo, y, a cada palabra que Camila deca, se le
mudaban los pensamientos; mas, cuando entendi que estaba resuelta en matar
a Lotario, quiso salir y descubrirse, porque tal cosa no se hiciese; pero
detvole el deseo de ver en qu paraba tanta gallarda y honesta
resolucin, con propsito de salir a tiempo que la estorbase.

Tomle en esto a Camila un fuerte desmayo, y, arrojndose encima de una
cama que all estaba, comenz Leonela a llorar muy amargamente y a decir:
-Ay, desdichada de m si fuese tan sin ventura que se me muriese aqu
entre mis brazos la flor de la honestidad del mundo, la corona de las
buenas mujeres, el ejemplo de la castidad...!

Con otras cosas a stas semejantes, que ninguno la escuchara que no la
tuviera por la ms lastimada y leal doncella del mundo, y a su seora por
otra nueva y perseguida Penlope. Poco tard en volver de su desmayo
Camila; y, al volver en s, dijo:

-Por qu no vas, Leonela, a llamar al ms leal amigo de amigo que vio el
sol o cubri la noche? Acaba, corre, aguija, camina, no se esfogue con la
tardanza el fuego de la clera que tengo, y se pase en amenazas y
maldiciones la justa venganza que espero.

-Ya voy a llamarle, seora ma -dijo Leonela-, mas hasme de dar primero
esa daga, porque no hagas cosa, en tanto que falto, que dejes con ella que
llorar toda la vida a todos los que bien te quieren.

-Ve segura, Leonela amiga, que no har -respondi Camila-; porque, ya que
sea atrevida y simple a tu parecer en volver por mi honra, no lo he de ser
tanto como aquella Lucrecia de quien dicen que se mat sin haber cometido
error alguno, y sin haber muerto primero a quien tuvo la causa de su
desgracia. Yo morir, si muero, pero ha de ser vengada y satisfecha del que
me ha dado ocasin de venir a este lugar a llorar sus atrevimientos,
nacidos tan sin culpa ma.

Mucho se hizo de rogar Leonela antes que saliese a llamar a Lotario, pero,
en fin, sali; y, entre tanto que volva, qued Camilia diciendo, como que
hablaba consigo misma:

-Vlame Dios! No fuera ms acertado haber despedido a Lotario, como
otras muchas veces lo he hecho, que no ponerle en condicin, como ya le he
puesto, que me tenga por deshonesta y mala, siquiera este tiempo que he de
tardar en desengaarle? Mejor fuera, sin duda; pero no quedara yo vengada,
ni la honra de mi marido satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a paso
llano se volviera a salir de donde sus malos pensamientos le entraron.
Pague el traidor con la vida lo que intent con tan lascivo deseo: sepa el
mundo, si acaso llegare a saberlo, de que Camila no slo guard la lealtad
a su esposo, sino que le dio venganza del que se atrevi a ofendelle. Mas,
con todo, creo que fuera mejor dar cuenta desto a Anselmo, pero ya se la
apunt a dar en la carta que le escrib al aldea, y creo que el no acudir
l al remedio del dao que all le seal, debi de ser que, de puro bueno
y confiado, no quiso ni pudo creer que en el pecho de su tan firme amigo
pudiese caber gnero de pensamiento que contra su honra fuese; ni aun yo lo
cre despus, por muchos das, ni lo creyera jams, si su insolencia no
llegara a tanto, que las manifiestas ddivas y las largas promesas y las
continuas lgrimas no me lo manifestaran. Mas, para qu hago yo ahora
estos discursos? Tiene, por ventura, una resulucin gallarda necesidad de
consejo alguno? No, por cierto. Afuera, pues, traidores; aqu, venganzas!
Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe, y suceda lo que sucediere!
Limpia entr en poder del que el cielo me dio por mo, limpia he de salir
dl; y, cuando mucho, saldr baada en mi casta sangre, y en la impura del
ms falso amigo que vio la amistad en el mundo.

Y, diciendo esto, se paseaba por la sala con la daga desenvainada, dando
tan desconcertados y desaforados pasos, y haciendo tales ademanes, que no
pareca sino que le faltaba el juicio, y que no era mujer delicada, sino un
rufin desesperado.

Todo lo miraba Anselmo, cubierto detrs de unos tapices donde se haba
escondido, y de todo se admiraba, y ya le pareca que lo que haba visto y
odo era bastante satisfacin para mayores sospechas; y ya quisiera que la
prueba de venir Lotario faltara, temeroso de algn mal repentino suceso. Y,
estando ya para manifestarse y salir, para abrazar y desengaar a su
esposa, se detuvo porque vio que Leonela volva con Lotario de la mano; y,
as como Camila le vio, haciendo con la daga en el suelo una gran raya
delante della, le dijo:

-Lotario, advierte lo que te digo: si a dicha te atrevieres a pasar desta
raya que ves, ni aun llegar a ella, en el punto que viere que lo intentas,
en ese mismo me pasar el pecho con esta daga que en las manos tengo. Y,
antes que a esto me respondas palabra, quiero que otras algunas me
escuches; que despus responders lo que ms te agradare. Lo primero,
quiero, Lotario, que me digas si conoces a Anselmo, mi marido, y en qu
opinin le tienes; y lo segundo, quiero saber tambin si me conoces a m.
Respndeme a esto, y no te turbes, ni pienses mucho lo que has de
responder, pues no son dificultades las que te pregunto.

No era tan ignorante Lotario que, desde el primer punto que Camila le dijo
que hiciese esconder a Anselmo, no hubiese dado en la cuenta de lo que ella
pensaba hacer; y as, correspondi con su intencin tan discretamente, y
tan a tiempo, que hicieran los dos pasar aquella mentira por ms que cierta
verdad; y as, respondi a Camila desta manera:

-No pens yo, hermosa Camila, que me llamabas para preguntarme cosas tan
fuera de la intencin con que yo aqu vengo. Si lo haces por dilatarme la
prometida merced, desde ms lejos pudieras entretenerla, porque tanto ms
fatiga el bien deseado cuanto la esperanza est ms cerca de poseello;
pero, porque no digas que no respondo a tus preguntas, digo que conozco a
tu esposo Anselmo, y nos conocemos los dos desde nuestros ms tiernos aos;
y no quiero decir lo que t tan bien sabes de nuestra amistad, por no me
hacer testigo del agravio que el amor hace que le haga, poderosa disculpa
de mayores yerros. A ti te conozco y tengo en la misma posesin que l te
tiene; que, a no ser as, por menos prendas que las tuyas no haba yo de ir
contra lo que debo a ser quien soy y contra las santas leyes de la
verdadera amistad, ahora por tan poderoso enemigo como el amor por m
rompidas y violadas.

-Si eso confiesas -respondi Camila-, enemigo mortal de todo aquello que
justamente merece ser amado, con qu rostro osas parecer ante quien sabes
que es el espejo donde se mira aquel en quien t te debieras mirar, para
que vieras con cun poca ocasin le agravias? Pero ya cayo, ay, desdichada
de m!, en la cuenta de quin te ha hecho tener tan poca con lo que a ti
mismo debes, que debe de haber sido alguna desenvoltura ma, que no quiero
llamarla deshonestidad, pues no habr procedido de deliberada
determinacin, sino de algn descuido de los que las mujeres que piensan
que no tienen de quin recatarse suelen hacer inadvertidamente. Si no,
dime: cundo, oh traidor!, respond a tus ruegos con alguna palabra o
seal que pudiese despertar en ti alguna sombra de esperanza de cumplir tus
infames deseos? Cundo tus amorosas palabras no fueron deshechas y
reprehendidas de las mas con rigor y con aspereza? Cundo tus muchas
promesas y mayores ddivas fueron de m credas, ni admitidas? Pero, por
parecerme que alguno no puede perseverar en el intento amoroso luengo
tiempo, si no es sustentado de alguna esperanza, quiero atribuirme a m la
culpa de tu impertinencia, pues, sin duda, algn descuido mo ha sustentado
tanto tiempo tu cuidado; y as, quiero castigarme y darme la pena que tu
culpa merece. Y, porque vieses que, siendo conmigo tan inhumana, no era
posible dejar de serlo contigo, quise traerte a ser testigo del sacrificio
que pienso hacer a la ofendida honra de mi tan honrado marido, agraviado de
ti con el mayor cuidado que te ha sido posible, y de m tambin con el poco
recato que he tenido del huir la ocasin, si alguna te di, para favorecer y
canonizar tus malas intenciones. Torno a decir que la sospecha que tengo
que algn descuido mo engendr en ti tan desvariados pensamientos es la
que ms me fatiga, y la que yo ms deseo castigar con mis propias manos,
porque, castigndome otro verdugo, quiz sera ms pblica mi culpa; pero,
antes que esto haga, quiero matar muriendo, y llevar conmigo quien me acabe
de satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo all,
dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no se
dobla al que en trminos tan desesperados me ha puesto.

Y, diciendo estas razones, con una increble fuerza y ligereza arremeti a
Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclavrsela
en el pecho, que casi l estuvo en duda si aquellas demostraciones eran
falsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de su
fuerza para estorbar que Camila no le diese. La cual tan vivamente finga
aquel estrao embuste y fealdad que, por dalle color de verdad, la quiso
matizar con su misma sangre; porque, viendo que no poda haber a Lotario, o
fingiendo que no poda, dijo:

-Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan justo deseo, a lo
menos, no ser tan poderosa que, en parte, me quite que no le satisfaga.
Y, haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la tena
asida, la sac, y, guiando su punta por parte que pudiese herir no
profundamente, se la entr y escondi por ms arriba de la islilla del lado
izquierdo, junto al hombro, y luego se dej caer en el suelo, como
desmayada.

Estaban Leonela y Lotario suspensos y atnitos de tal suceso, y todava
dudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra y
baada en su sangre. Acudi Lotario con mucha presteza, despavorido y sin
aliento, a sacar la daga, y, en ver la pequea herida, sali del temor que
hasta entonces tena, y de nuevo se admir de la sagacidad, prudencia y
mucha discrecin de la hermosa Camila; y, por acudir con lo que a l le
tocaba, comenz a hacer una larga y triste lamentacin sobre el cuerpo de
Camila, como si estuviera difunta, echndose muchas maldiciones, no slo a
l, sino al que haba sido causa de habelle puesto en aquel trmino. Y,
como saba que le escuchaba su amigo Anselmo, deca cosas que el que le
oyera le tuviera mucha ms lstima que a Camila, aunque por muerta la
juzgara.

Leonela la tom en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotario
fuese a buscar quien secretamente a Camila curase; pedale asimismo consejo
y parecer de lo que diran a Anselmo de aquella herida de su seora, si
acaso viniese antes que estuviese sana. l respondi que dijesen lo que
quisiesen, que l no estaba para dar consejo que de provecho fuese; slo le
dijo que procurase tomarle la sangre, porque l se iba adonde gentes no le
viesen. Y, con muestras de mucho dolor y sentimiento, se sali de casa; y,
cuando se vio solo y en parte donde nadie le vea, no cesaba de hacerse
cruces, maravillndose de la industria de Camila y de los ademanes tan
proprios de Leonela. Consideraba cun enterado haba de quedar Anselmo de
que tena por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con l para
celebrar los dos la mentira y la verdad ms disimulada que jams pudiera
imaginarse.

Leonela tom, como se ha dicho, la sangre a su seora, que no era ms de
aquello que bast para acreditar su embuste; y, lavando con un poco de vino
la herida, se la at lo mejor que supo, diciendo tales razones, en tanto
que la curaba, que, aunque no hubieran precedido otras, bastaran a hacer
creer a Anselmo que tena en Camila un simulacro de la honestidad.
Juntronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llamndose cobarde y
de poco nimo, pues le haba faltado al tiempo que fuera ms necesario
tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida tena. Peda consejo a
su doncella si dara, o no, todo aquel suceso a su querido esposo; la cual
le dijo que no se lo dijese, porque le pondra en obligacin de vengarse de
Lotario, lo cual no podra ser sin mucho riesgo suyo, y que la buena mujer
estaba obligada a no dar ocasin a su marido a que riese, sino a quitalle
todas aquellas que le fuese posible.

Respondi Camila que le pareca muy bien su parecer y que ella le
seguira; pero que en todo caso convena buscar qu decir a Anselmo de la
causa de aquella herida, que l no podra dejar de ver; a lo que Leonela
responda que ella, ni aun burlando, no saba mentir.

-Pues yo, hermana -replic Camila-, qu tengo de saber, que no me
atrever a forjar ni sustentar una mentira, si me fuese en ello la vida? Y
si es que no hemos de saber dar salida a esto, mejor ser decirle la verdad
desnuda, que no que nos alcance en mentirosa cuenta.

-No tengas pena, seora: de aqu a maana -respondi Leonela- yo pensar
qu le digamos, y quiz que, por ser la herida donde es, la podrs
encubrir sin que l la vea, y el cielo ser servido de favorecer a nuestros
tan justos y tan honrados pensamientos. Sosigate, seora ma, y procura
sosegar tu alteracin, porque mi seor no te halle sobresaltada, y lo dems
djalo a mi cargo, y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos.
Atentsimo haba estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia
de la muerte de su honra; la cual con tan estraos y eficaces afectos la
representaron los personajes della, que pareci que se haban transformado
en la misma verdad de lo que fingan. Deseaba mucho la noche, y el tener
lugar para salir de su casa, y ir a verse con su buen amigo Lotario,
congratulndose con l de la margarita preciosa que haba hallado en el
desengao de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos de darle
lugar y comodidad a que saliese, y l, sin perdella, sali y luego fue a
buscar a Lotario, el cual hallado, no se puede buenamente contar los
abrazos que le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas que
dio a Camila. Todo lo cual escuch Lotario sin poder dar muestras de alguna
alegra, porque se le representaba a la memoria cun engaado estaba su
amigo y cun injustamente l le agraviaba. Y, aunque Anselmo vea que
Lotario no se alegraba, crea ser la causa por haber dejado a Camila herida
y haber l sido la causa; y as, entre otras razones, le dijo que no
tuviese pena del suceso de Camila, porque, sin duda, la herida era ligera,
pues quedaban de concierto de encubrrsela a l; y que, segn esto, no
haba de qu temer, sino que de all adelante se gozase y alegrase con l,
pues por su industria y medio l se vea levantado a la ms alta felicidad
que acertara desearse, y quera que no fuesen otros sus entretenimientos
que en hacer versos en alabanza de Camila, que la hiciesen eterna en la
memoria de los siglos venideros. Lotario alab su buena determinacin y
dijo que l, por su parte, ayudara a levantar tan ilustre edificio.
Con esto qued Anselmo el hombre ms sabrosamente engaado que pudo haber
en el mundo: l mismo llev por la mano a su casa, creyendo que llevaba el
instrumento de su gloria, toda la perdicin de su fama. Recebale Camila
con rostro, al parecer, torcido, aunque con alma risuea. Dur este engao
algunos das, hasta que, al cabo de pocos meses, volvi Fortuna su rueda y
sali a plaza la maldad con tanto artificio hasta all cubierta, y a
Anselmo le cost la vida su impertinente curiosidad.





Captulo XXXV. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente


Poco ms quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchn donde
reposaba don Quijote sali Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:

-Acudid, seores, presto y socorred a mi seor, que anda envuelto en la ms
reida y trabada batalla que mis ojos han visto. Vive Dios, que ha dado
una cuchillada al gigante enemigo de la seora princesa Micomicona, que le
ha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!

-Qu dices, hermano? -dijo el cura, dejando de leer lo que de la novela
quedaba-. Estis en vos, Sancho? Cmo diablos puede ser eso que decs,
estando el gigante dos mil leguas de aqu?

En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote deca a
voces:

-Tente, ladrn, malandrn, folln, que aqu te tengo, y no te ha de valer
tu cimitarra!

Y pareca que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:

-No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a
ayudar a mi amo; aunque ya no ser menester, porque, sin duda alguna, el
gigante est ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, que
yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y cada a un lado,
que es tamaa como un gran cuero de vino.

-Que me maten -dijo a esta sazn el ventero- si don Quijote, o don diablo,
no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su
cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece
sangre a este buen hombre.

Y, con esto, entr en el aposento, y todos tras l, y hallaron a don
Quijote en el ms estrao traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era
tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrs
tena seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de
vello y no nada limpias; tena en la cabeza un bonetillo colorado,
grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tena revuelta la
manta de la cama, con quien tena ojeriza Sancho, y l se saba bien el
porqu; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba
cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente
estuviera peleando con algn gigante. Y es lo bueno que no tena los ojos
abiertos, porque estaba durmiendo y soando que estaba en batalla con el
gigante; que fue tan intensa la imaginacin de la aventura que iba a
fenecer, que le hizo soar que ya haba llegado al reino de Micomicn, y
que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y haba dado tantas cuchilladas
en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento
estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tom tanto enojo que
arremeti con don Quijote, y a puo cerrado le comenz a dar tantos golpes
que si Cardenio y el cura no se le quitaran, l acabara la guerra del
gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que
el barbero trujo un gran caldero de agua fra del pozo y se le ech por
todo el cuerpo de golpe, con lo cual despert don Quijote; mas no con tanto
acuerdo que echase de ver de la manera que estaba.

Dorotea, que vio cun corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a
ver la batalla de su ayudador y de su contrario.

Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no
la hallaba, dijo:

-Ya yo s que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este
mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos,
sin saber quin me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece
por aqu esta cabeza que vi cortar por mis mismsimos ojos, y la sangre
corra del cuerpo como de una fuente.

-Qu sangre ni qu fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? -dijo el
ventero-. No vees, ladrn, que la sangre y la fuente no es otra cosa que
estos cueros que aqu estn horadados y el vino tinto que nada en este
aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horad?
-No s nada -respondi Sancho-; slo s que vendr a ser tan desdichado
que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal
en el agua.

Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenan las
promesas que su amo le haba hecho. El ventero se desesperaba de ver la
flema del escudero y el maleficio del seor, y juraba que no haba de ser
como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le haban de
valer los previlegios de su caballera para dejar de pagar lo uno y lo
otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se haban de echar a
los rotos cueros.

Tena el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya haba
acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se
hinc de rodillas delante del cura, diciendo:

-Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa seora, vivir, de hoy ms,
segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo tambin, de
hoy ms, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del alto
Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he
cumplido.

-No lo dije yo? -dijo oyendo esto Sancho-. S que no estaba yo borracho:
mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! Ciertos son los toros:
mi condado est de molde!

Quin no haba de rer con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos
rean sino el ventero, que se daba a Satans. Pero, en fin, tanto hicieron
el barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con don
Quijote en la cama, el cual se qued dormido, con muestras de grandsimo
cansancio. Dejronle dormir, y salironse al portal de la venta a consolar
a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque ms
tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la
repentina muerte de sus cueros. Y la ventera deca en voz y en grito:
-En mal punto y en hora menguada entr en mi casa este caballero andante,
que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada
se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para l y
para su escudero, y un rocn y un jumento, diciendo que era caballero
aventurero (que mala ventura le d Dios a l y a cuantos aventureros hay en
el mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que as estaba
escrito en los aranceles de la caballera andantesca. Y ahora, por su
respeto, vino estotro seor y me llev mi cola, y hmela vuelto con ms de
dos cuartillos de dao, toda pelada, que no puede servir para lo que la
quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros y
derramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre. Pues no se piense;
que, por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han
de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamara yo como me llamo ni sera
hija de quien soy!

Estas y otras razones tales deca la ventera con grande enojo, y ayudbala
su buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando se
sonrea. El cura lo soseg todo, prometiendo de satisfacerles su prdida lo
mejor que pudiese, as de los cueros como del vino, y principalmente del
menoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacan. Dorotea consol a
Sancho Panza dicindole que cada y cuando que pareciese haber sido verdad
que su amo hubiese descabezado al gigante, le prometa, en vindose
pacfica en su reino, de darle el mejor condado que en l hubiese.
Consolse con esto Sancho, y asegur a la princesa que tuviese por cierto
que l haba visto la cabeza del gigante, y que, por ms seas, tena una
barba que le llegaba a la cintura; y que si no pareca, era porque todo
cuanto en aquella casa pasaba era por va de encantamento, como l lo haba
probado otra vez que haba posado en ella. Dorotea dijo que as lo crea, y
que no tuviese pena, que todo se hara bien y sucedera a pedir de boca.
Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que
faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los dems le rogaron la acabase.
l, que a todos quiso dar gusto, y por el que l tena de leerla, prosigui
el cuento, que as deca:

Sucedi, pues, que, por la satisfacin que Anselmo tena de la bondad de
Camila, viva una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, haca
mal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revs de la voluntad que
le tena; y, para ms confirmacin de su hecho, pidi licencia Lotario para
no venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con su
vista Camila receba; mas el engaado Anselmo le dijo que en ninguna manera
tal hiciese. Y, desta manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador de
su deshonra, creyendo que lo era de su gusto.

En esto, el que tena Leonela de verse cualificada, no de con sus amores,
lleg a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras l a suelta rienda,
fiada en que su seora la encubra, y aun la adverta del modo que con poco
recelo pudiese ponerle en ejecucin. En fin, una noche sinti Anselmo pasos
en el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quin los daba, sinti
que le detenan la puerta, cosa que le puso ms voluntad de abrirla; y
tanta fuerza hizo, que la abri, y entr dentro a tiempo que vio que un
hombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza a
alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonela
se abraz con l, dicindole:

-Sosigate, seor mo, y no te alborotes, ni sigas al que de aqu salt;
es cosa ma, y tanto, que es mi esposo.

No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sac la daga y quiso
herir a Leonela, dicindole que le dijese la verdad, si no, que la matara.
Ella, con el miedo, sin saber lo que se deca, le dijo:

-No me mates, seor, que yo te dir cosas de ms importancia de las que
puedes imaginar.

-Dilas luego -dijo Anselmo-; si no, muerta eres.

-Por ahora ser imposible -dijo Leonela-, segn estoy de turbada; djame
hasta maana, que entonces sabrs de m lo que te ha de admirar; y est
seguro que el que salt por esta ventana es un mancebo desta ciudad, que me
ha dado la mano de ser mi esposo.

Sosegse con esto Anselmo y quiso aguardar el trmino que se le peda,
porque no pensaba or cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondad
tan satisfecho y seguro; y as, se sali del aposento y dej encerrada en
l a Leonela, dicindole que de all no saldra hasta que le dijese lo que
tena que decirle.

Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que con
su doncella le haba pasado, y la palabra que le haba dado de decirle
grandes cosas y de importancia. Si se turb Camila o no, no hay para qu
decirlo, porque fue tanto el temor que cobr, creyendo verdaderamente -y
era de creer- que Leonela haba de decir a Anselmo todo lo que saba de su
poca fe, que no tuvo nimo para esperar si su sospecha sala falsa o no. Y
aquella mesma noche, cuando le pareci que Anselmo dorma, junt las
mejores joyas que tena y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida,
sali de casa y se fue a la de Lotario, a quien cont lo que pasaba, y le
pidi que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmo
pudiesen estar seguros. La confusin en que Camila puso a Lotario fue tal,
que no le saba responder palabra, ni menos saba resolverse en lo que
hara.

En fin, acord de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora una
su hermana. Consinti Camila en ello, y, con la presteza que el caso peda,
la llev Lotario y la dej en el monesterio, y l, ansimesmo, se ausent
luego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.

Cuando amaneci, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado,
con el deseo que tena de saber lo que Leonela quera decirle, se levant y
fue adonde la haba dejado encerrada. Abri y entr en el aposento, pero no
hall en l a Leonela: slo hall puestas unas sbanas audadas a la
ventana, indicio y seal que por all se haba descolgado e ido. Volvi
luego muy triste a decrselo a Camila, y, no hallndola en la cama ni en
toda la casa, qued asombrado.Pregunt a los criados de casa por ella, pero
nadie le supo dar razn de lo que peda.

Acert acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos y que
dellos faltaban las ms de sus joyas, y con esto acab de caer en la cuenta
de su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, ans
como estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuenta
de su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le hall, y sus criados
le dijeron que aquella noche haba faltado de casa y haba llevado consigo
todos los dineros que tena, pens perder el juicio. Y, para acabar de
concluir con todo, volvindose a su casa, no hall en ella ninguno de
cuantos criados ni criadas tena, sino la casa desierta y sola.

No saba qu pensar, qu decir, ni qu hacer, y poco a poco se le iba
volviendo el juicio. Contemplbase y mirbase en un instante sin mujer, sin
amigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubra, y
sobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdicin.

Resolvise, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de su
amigo, donde haba estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella
desventura. Cerr las puertas de su casa, subi a caballo, y con desmayado
aliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosado
de sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un
rbol, a cuyo tronco se dej caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, y
all se estuvo hasta casi que anocheca; y aquella hora vio que vena un
hombre a caballo de la ciudad, y, despus de haberle saludado, le pregunt
qu nuevas haba en Florencia. El ciudadano respondi:

-Las ms estraas que muchos das ha se han odo en ella; porque se dice
pblicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que viva
a San Juan, se llev esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco
parece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche la hall el
gobernador descolgndose con una sbana por las ventanas de la casa de
Anselmo. En efeto, no s puntualmente cmo pas el negocio; slo s que
toda la ciudad est admirada deste suceso, porque no se poda esperar tal
hecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta,
que los llamaban los dos amigos.

-Sbese, por ventura -dijo Anselmo-, el camino que llevan Lotario y
Camila?

-Ni por pienso -dijo el ciudadano-, puesto que el gobernador ha usado de
mucha diligencia en buscarlos

-A Dios vais, seor -dijo Anselmo.

-Con l quedis -respondi el ciudadano, y fuese.

Con tan desdichadas nuevas, casi casi lleg a trminos Anselmo, no slo de
perder el juicio, sino de acabar la vida. Levantse como pudo y lleg a
casa de su amigo, que an no saba su desgracia; mas, como le vio llegar
amarillo, consumido y seco, entendi que de algn grave mal vena fatigado.
Pidi luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir.
Hzose as, y dejronle acostado y solo, porque l as lo quiso, y aun que
le cerrasen la puerta. Vindose, pues, solo, comenz a cargar tanto la
imaginacin de su desventura, que claramente conoci que se le iba acabando
la vida; y as, orden de dejar noticia de la causa de su estraa muerte;
y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quera, le
falt el aliento y dej la vida en las manos del dolor que le caus su
curiosidad impertinente.

Viendo el seor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, acord
de entrar a saber si pasaba adelante su indisposicin, y hallle tendido
boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete,
sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y l tena an la
pluma en la mano. Llegse el husped a l, habindole llamado primero; y,
trabndole por la mano, viendo que no le responda y hallndole fro, vio
que estaba muerto. Admirse y congojse en gran manera, y llam a la gente
de casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente,
ley el papel, que conoci que de su mesma mano estaba escrito, el cual
contena estas razones:

Un necio e impertinente deseo me quit la vida. Si las nuevas de mi muerte
llegaren a los odos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estaba
ella obligada a hacer milagros, ni yo tena necesidad de querer que ella
los hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay para
qu...

Hasta aqu escribi Anselmo, por donde se ech de ver que en aquel punto,
sin poder acabar la razn, se le acab la vida. Otro da dio aviso su amigo
a los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya saban su desgracia,
y el monesterio donde Camila estaba, casi en el trmino de acompaar a su
esposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas por
las que supo del ausente amigo. Dcese que, aunque se vio viuda, no quiso
salir del monesterio, ni, menos, hacer profesin de monja, hasta que, no de
all a muchos das, le vinieron nuevas que Lotario haba muerto en una
batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitn Gonzalo
Fernndez de Crdoba en el reino de Npoles, donde haba ido a parar el
tarde arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesin, y acab
en breves das la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolas.
ste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.

-Bien -dijo el cura- me parece esta novela, pero no me puedo persuadir que
esto sea verdad; y si es fingido, fingi mal el autor, porque no se puede
imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experiencia
como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galn y una dama, pudirase
llevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y, en lo que
toca al modo de contarle, no me descontenta.





Captulo XXXVI. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote
tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta
le sucedieron


Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:

-Esta que viene es una hermosa tropa de huspedes: si ellos paran aqu,
gaudeamus tenemos.

-Qu gente es? -dijo Cardenio.

-Cuatro hombres -respondi el ventero- vienen a caballo, a la jineta, con
lanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una
mujer vestida de blanco, en un silln, ansimesmo cubierto el rostro, y
otros dos mozos de a pie.

-Vienen muy cerca? -pregunt el cura.

-Tan cerca -respondi el ventero-, que ya llegan.

Oyendo esto Dorotea, se cubri el rostro, y Cardenio se entr en el
aposento de don Quijote; y casi no haban tenido lugar para esto, cuando
entraron en la venta todos los que el ventero haba dicho; y, apendose los
cuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposicin eran, fueron a
apear a la mujer que en el silln vena; y, tomndola uno dellos en sus
brazos, la sent en una silla que estaba a la entrada del aposento donde
Cardenio se haba escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos se
haban quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; slo que, al
sentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dej caer los
brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los
caballos a la caballeriza.

Viendo esto el cura, deseoso de saber qu gente era aquella que con tal
traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellos
le pregunt lo que ya deseaba; el cual le respondi:

-Pardiez, seor, yo no sabr deciros qu gente sea sta; slo s que
muestra ser muy principal, especialmente aquel que lleg a tomar en sus
brazos a aquella seora que habis visto; y esto dgolo porque todos los
dems le tienen respeto, y no se hace otra cosa ms de la que l ordena y
manda.

-Y la seora, quin es? -pregunt el cura.

-Tampoco sabr decir eso -respondi el mozo-, porque en todo el camino no
la he visto el rostro; suspirar s la he odo muchas veces, y dar unos
gemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es de
maravillar que no sepamos ms de lo que habemos dicho, porque mi compaero
y yo no ha ms de dos das que los acompaamos; porque, habindolos
encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que vinisemos con
ellos hasta el Andaluca, ofrecindose a pagrnoslo muy bien.

-Y habis odo nombrar a alguno dellos? -pregunt el cura.

-No, por cierto -respondi el mozo-, porque todos caminan con tanto
silencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los
suspiros y sollozos de la pobre seora, que nos mueven a lstima; y sin
duda tenemos credo que ella va forzada dondequiera que va, y, segn se
puede colegir por su hbito, ella es monja, o va a serlo, que es lo ms
cierto, y quiz porque no le debe de nacer de voluntad el monjo, va
triste, como parece.

-Todo podra ser -dijo el cura.

Y, dejndolos, se volvi adonde estaba Dorotea, la cual, como haba odo
suspirar a la embozada, movida de natural compasin, se lleg a ella y le
dijo:

-Qu mal sents, seora ma? Mirad si es alguno de quien las mujeres
suelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco una
buena voluntad de serviros.

A todo esto callaba la lastimada seora; y, aunque Dorotea torn con
mayores ofrecimientos, todava se estaba en su silencio, hasta que lleg el
caballero embozado que dijo el mozo que los dems obedecan, y dijo a
Dorotea:

-No os cansis, seora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por
costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuris que os
responda, si no queris or alguna mentira de su boca.

-Jams la dije -dijo a esta sazn la que hasta all haba estado callando-;
antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en
tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seis el testigo, pues mi
pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.

Oy estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba
tan junto de quien las deca que sola la puerta del aposento de don Quijote
estaba en medio; y, as como las oy, dando una gran voz dijo:

-Vlgame Dios! Qu es esto que oigo? Qu voz es esta que ha llegado a
mis odos?

Volvi la cabeza a estos gritos aquella seora, toda sobresaltada, y, no
viendo quin las daba, se levant en pie y fuese a entrar en el aposento;
lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A
ella, con la turbacin y desasosiego, se le cay el tafetn con que traa
cubierto el rostro, y descubri una hermosura incomparable y un rostro
milagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba
rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahnco,
que pareca persona fuera de juicio; cuyas seales, sin saber por qu las
haca, pusieron gran lstima en Dorotea y en cuantos la miraban. Tenala el
caballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado en
tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caa, como, en
efeto, se le cay del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada con
la seora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tena era su esposo
don Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo ntimo de
sus entraas un luengo y tristsimo ''ay!'', se dej caer de espaldas
desmayada; y, a no hallarse all junto el barbero, que la recogi en los
brazos, ella diera consigo en el suelo.

Acudi luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,
y as como la descubri la conoci don Fernando, que era el que estaba
abrazado con la otra, y qued como muerto en verla; pero no porque dejase,
con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de
sus brazos; la cual haba conocido en el suspiro a Cardenio, y l la haba
conocido a ella. Oy asimesmo Cardenio el ay! que dio Dorotea cuando se
cay desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, sali del aposento
despavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tena abrazada a
Luscinda. Tambin don Fernando conoci luego a Cardenio; y todos tres,
Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber lo
que les haba acontecido.

Callaban todos y mirbanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando a
Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero
rompi el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:

-Dejadme, seor don Fernando, por lo que debis a ser quien sois, ya que
por otro respeto no lo hagis; dejadme llegar al muro de quien yo soy
yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras
importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras ddivas.
Notad cmo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha
puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabis por mil costosas
experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.
Sean, pues, parte tan claros desengaos para que volvis, ya que no podis
hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme con
l la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la dar por
bien empleada: quiz con mi muerte quedar satisfecho de la fe que le
mantuve hasta el ltimo trance de la vida.

Haba en este entretanto vuelto Dorotea en s, y haba estado escuchando
todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento de
quin ella era; que, viendo que don Fernando an no la dejaba de los
brazos, ni responda a sus razones, esforzndose lo ms que pudo, se
levant y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando mucha
cantidad de hermosas y lastimeras lgrimas, as le comenz a decir:

-Si ya no es, seor mo, que los rayos deste sol que en tus brazos
eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrs echado de
ver que la que a tus pies est arrodillada es la sin ventura, hasta que t
quieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien
t, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder
llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los lmites de la honestidad, vivi
vida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,
justos y amorosos sentimientos, abri las puertas de su recato y te entreg
las llaves de su libertad: ddiva de ti tan mal agradecida, cual lo muestra
bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte
yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querra que cayese
en tu imaginacin pensar que he venido aqu con pasos de mi deshonra,
habindome trado slo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.
T quisiste que yo fuese tuya, y quisstelo de manera que, aunque ahora
quieras que no lo sea, no ser posible que t dejes de ser mo. Mira, seor
mo, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas
la incomparable voluntad que te tengo. T no puedes ser de la hermosa
Luscinda, porque eres mo, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y
ms fcil te ser, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien
te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. T
solicitaste mi descuido, t rogaste a mi entereza, t no ignoraste mi
calidad, t sabes bien de la manera que me entregu a toda tu voluntad: no
te queda lugar ni acogida de llamarte a engao. Y si esto es as, como lo
es, y t eres tan cristiano como caballero, por qu por tantos rodeos
dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los
principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y
legtima esposa, quireme, a lo menos, y admteme por tu esclava; que, como
yo est en tu poder, me tendr por dichosa y bien afortunada. No permitas,
con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra;
no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios
que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece
que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la ma, considera que
pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este
camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en
las ilustres decendencias; cuanto ms, que la verdadera nobleza consiste en
la virtud, y si sta a ti te falta, negndome lo que tan justamente me
debes, yo quedar con ms ventajas de noble que las que t tienes. En fin,
seor, lo que ltimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tu
esposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si
ya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo ser la
firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien t llamaste por testigo de
lo que me prometas. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha
de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegras, volviendo por
esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.

Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento y
lgrimas, que los mismos que acompaaban a don Fernando, y cuantos
presentes estaban, la acompaaron en ellas. Escuchla don Fernando sin
replicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos
sollozos y suspiros, que bien haba de ser corazn de bronce el que con
muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirndola estaba Luscinda, no
menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discrecin y
hermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras de
consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenan.
El cual, lleno de confusin y espanto, al cabo de un buen espacio que
atentamente estuvo mirando a Dorotea, abri los brazos y, dejando libre a
Luscinda, dijo:

-Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener nimo para
negar tantas verdades juntas.

Con el desmayo que Luscinda haba tenido, as como la dej don Fernando,
iba a caer en el suelo; mas, hallndose Cardenio all junto, que a las
espaldas de don Fernando se haba puesto porque no le conociese,
prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudi a sostener a
Luscinda, y, cogindola entre sus brazos, le dijo:

-Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algn descanso, leal,
firme y hermosa seora ma, en ninguna parte creo yo que le tendrs ms
seguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te
recibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte ma.

A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado
a conocerle, primero por la voz, y asegurndose que l era con la vista,
casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningn honesto respeto, le ech
los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:

-Vos s, seor mo, sois el verdadero dueo desta vuestra captiva, aunque
ms lo impida la contraria suerte, y, aunque ms amenazas le hagan a esta
vida que en la vuestra se sustenta.

Estrao espectculo fue ste para don Fernando y para todos los
circunstantes, admirndose de tan no visto suceso. Parecile a Dorotea que
don Fernando haba perdido la color del rostro y que haca ademn de querer
vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la
espada; y, as como lo pens, con no vista presteza se abraz con l por
las rodillas, besndoselas y tenindole apretado, que no le dejaba mover,
y, sin cesar un punto de sus lgrimas, le deca:

-Qu es lo que piensas hacer, nico refugio mo, en este tan impensado
trance? T tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea est
en los brazos de su marido. Mira si te estar bien o te ser posible
deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendr querer levantar a
igualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en su
verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, baados de licor
amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te
ruego, y por quien t eres te suplico, que este tan notorio desengao no
slo no acreciente tu ira, sino que la menge en tal manera, que con
quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sin
impedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedrsele; y en
esto mostrars la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y ver el mundo
que tiene contigo ms fuerza la razn que el apetito.

En tanto que esto deca Dorotea, aunque Cardenio tena abrazada a Luscinda,
no quitaba los ojos de don Fernando, con determinacin de que, si le viese
hacer algn movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como
mejor pudiese a todos aquellos que en su dao se mostrasen, aunque le
costase la vida. Pero a esta sazn acudieron los amigos de don Fernando, y
el cura y el barbero, que a todo haban estado presentes, sin que faltase
el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicndole
tuviese por bien de mirar las lgrimas de Dorotea; y que, siendo verdad,
como sin duda ellos crean que lo era, lo que en sus razones haba dicho,
que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Que
considerase que, no acaso, como pareca, sino con particular providencia
del cielo, se haban todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; y
que advirtiese -dijo el cura- que sola la muerte poda apartar a Luscinda
de Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellos
tendran por felicsima su muerte; y que en los lazos inremediables era
suma cordura, forzndose y vencindose a s mismo, mostrar un generoso
pecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que el
cielo ya les haba concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad
de Dorotea, y vera que pocas o ninguna se le podan igualar, cuanto ms
hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo del
amor que le tena; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de
caballero y de cristiano, que no poda hacer otra cosa que cumplille la
palabra dada, y que, cumplindosela, cumplira con Dios y satisfara a las
gentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de la
hermosura, aunque est en sujeto humilde, como se acompae con la
honestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota de
menoscabo del que la levanta e iguala a s mismo; y, cuando se cumplen las
fuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de ser
culpado el que las sigue.

En efeto, a estas razones aadieron todos otras, tales y tantas, que el
valeroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre)
se abland y se dej vencer de la verdad, que l no pudiera negar aunque
quisiera; y la seal que dio de haberse rendido y entregado al buen parecer
que se le haba propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, dicindole:

-Levantaos, seora ma, que no es justo que est arrodillada a mis pies la
que yo tengo en mi alma; y si hasta aqu no he dado muestras de lo que
digo, quiz ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fe
con que me amis, os sepa estimar en lo que merecis. Lo que os ruego es
que no me reprehendis mi mal trmino y mi mucho descuido, pues la misma
ocasin y fuerza que me movi para acetaros por ma, esa misma me impeli
para procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved y mirad los
ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallaris disculpa de todos mis
yerros; y, pues ella hall y alcanz lo que deseaba, y yo he hallado en vos
lo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices aos con su
Cardenio, que yo rogar al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.

Y, diciendo esto, la torn a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, con
tan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que las
lgrimas no acabasen de dar indubitables seas de su amor y
arrepentimiento. No lo hicieron as las de Luscinda y Cardenio, y aun las
de casi todos los que all presentes estaban, porque comenzaron a derramar
tantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no pareca
sino que algn grave y mal caso a todos haba sucedido. Hasta Sancho Panza
lloraba, aunque despus dijo que no lloraba l sino por ver que Dorotea no
era, como l pensaba, la reina Micomicona, de quien l tantas mercedes
esperaba. Dur algn espacio, junto con el llanto, la admiracin en todos,
y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante don
Fernando, dndole gracias de la merced que les haba hecho con tan corteses
razones, que don Fernando no saba qu responderles; y as, los levant y
abraz con muestras de mucho amor y de mucha cortesa.

Pregunt luego a Dorotea le dijese cmo haba venido a aquel lugar tan
lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, cont todo lo que
antes haba contado a Cardenio, de lo cual gust tanto don Fernando y los
que con l venan, que quisieran que durara el cuento ms tiempo: tanta era
la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, as como hubo
acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le haba acontecido despus
que hall el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa de
Cardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de
sus padres no fuera impedido; y que as, se sali de su casa, despechado y
corrido, con determinacin de vengarse con ms comodidad; y que otro da
supo como Luscinda haba faltado de casa de sus padres, sin que nadie
supiese decir dnde se haba ido, y que, en resolucin, al cabo de algunos
meses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarse
en l toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, as como lo
supo, escogiendo para su compaa aquellos tres caballeros, vino al lugar
donde estaba, a la cual no haba querido hablar, temeroso que, en sabiendo
que l estaba all, haba de haber ms guarda en el monesterio; y as,
aguardando un da a que la portera estuviese abierta, dej a los dos a la
guarda de la puerta, y l, con otro, haban entrado en el monesterio
buscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con una
monja; y, arrebatndola, sin darle lugar a otra cosa, se haban venido con
ella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester para
traella. Todo lo cual haban podido hacer bien a su salvo, por estar el
monesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, as como
Luscinda se vio en su poder, perdi todos los sentidos; y que, despus de
vuelta en s, no haba hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar
palabra alguna; y que as, acompaados de silencio y de lgrimas, haban
llegado a aquella venta, que para l era haber llegado al cielo, donde se
rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.





Captulo XXXVII. Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona,
con otras graciosas aventuras


Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su nima, viendo que se
le desparecan e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la linda
princesa Micomicona se le haba vuelto en Dorotea, y el gigante en don
Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueo suelto, bien descuidado de
todo lo sucedido. No se poda asegurar Dorotea si era soado el bien que
posea. Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corra
por la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo por la merced
recebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallaba
tan a pique de perder el crdito y el alma; y, finalmente, cuantos en la
venta estaban, estaban contentos y gozosos del buen suceso que haban
tenido tan trabados y desesperados negocios.

Todo lo pona en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba el
parabin del bien alcanzado; pero quien ms jubilaba y se contentaba era la
ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le haban hecho de pagalle
todos los daos e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen
venido. Slo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el desventurado
y el triste; y as, con malencnico semblante, entr a su amo, el cual
acababa de despertar, a quien dijo:

-Bien puede vuestra merced, seor Triste Figura, dormir todo lo que
quisiere, sin cuidado de matar a ningn gigante, ni de volver a la princesa
su reino: que ya todo est hecho y concluido.

-Eso creo yo bien -respondi don Quijote-, porque he tenido con el gigante
la ms descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los das
de mi vida; y de un revs, zas!, le derrib la cabeza en el suelo, y fue
tanta la sangre que le sali, que los arroyos corran por la tierra como si
fueran de agua.

-Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor
-respondi Sancho-, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo
sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas
de vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la puta
que me pari, y llvelo todo Satans.

-Y qu es lo que dices, loco? -replic don Quijote-. Ests en tu seso?

-Levntese vuestra merced -dijo Sancho-, y ver el buen recado que ha
hecho, y lo que tenemos que pagar; y ver a la reina convertida en una dama
particular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos, le han
de admirar.

-No me maravillara de nada deso -replic don Quijote-, porque, si bien te
acuerdas, la otra vez que aqu estuvimos te dije yo que todo cuanto aqu
suceda eran cosas de encantamento, y no sera mucho que ahora fuese lo
mesmo.

-Todo lo creyera yo -respondi Sancho-, si tambin mi manteamiento fuera
cosa dese jaez, mas no lo fue, sino real y verdaderamente; y vi yo que el
ventero que aqu est hoy da tena del un cabo de la manta, y me empujaba
hacia el cielo con mucho donaire y bro, y con tanta risa como fuerza; y
donde interviene conocerse las personas, tengo para m, aunque simple y
pecador, que no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala
ventura.

-Ahora bien, Dios lo remediar -dijo don Quijote-. Dame de vestir y djame
salir all fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.

Diole de vestir Sancho, y, en el entretanto que se vesta, cont el cura a
don Fernando y a los dems las locuras de don Quijote, y del artificio que
haban usado para sacarle de la Pea Pobre, donde l se imaginaba estar por
desdenes de su seora. Contles asimismo casi todas las aventuras que
Sancho haba contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerles
lo que a todos pareca: ser el ms estrao gnero de locura que poda caber
en pensamiento desparatado. Dijo ms el cura: que, pues ya el buen suceso
de la seora Dorotea impida pasar con su disignio adelante, que era
menester inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra. Ofrecise
Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda hara y representara la
persona de Dorotea.

-No -dijo don Fernando-, no ha de ser as: que yo quiero que Dorotea
prosiga su invencin; que, como no sea muy lejos de aqu el lugar deste
buen caballero, yo holgar de que se procure su remedio.

-No est ms de dos jornadas de aqu.

-Pues, aunque estuviera ms, gustara yo de caminallas, a trueco de hacer
tan buena obra.

Sali, en esto, don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo,
aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y
arrimado a su tronco o lanzn. Suspendi a don Fernando y a los dems la
estraa presencia de don Quijote, viendo su rostro de media legua de
andadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su mesurado
continente, y estuvieron callando hasta ver lo que l deca, el cual, con
mucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la hermosa Dorotea, dijo:

-Estoy informado, hermosa seora, deste mi escudero que la vuestra grandeza
se ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran
seora que solades ser os habis vuelto en una particular doncella. Si
esto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso que yo
no os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni sabe de la
misa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas,
porque si l las hubiera ledo y pasado tan atentamente y con tanto espacio
como yo las pas y le, hallara a cada paso cmo otros caballeros de menor
fama que la ma haban acabado cosas ms dificultosas, no sindolo mucho
matar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha muchas horas que
yo me vi con l, y... quiero callar, porque no me digan que miento; pero el
tiempo, descubridor de todas las cosas, lo dir cuando menos lo pensemos.

-Vstesos vos con dos cueros, que no con un gigante -dijo a esta sazn el
ventero.

Al cual mand don Fernando que callase y no interrumpiese la pltica de don
Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosigui diciendo:

-Digo, en fin, alta y desheredada seora, que si por la causa que he dicho
vuestro padre ha hecho este metamorfseos en vuestra persona, que no le
deis crdito alguno, porque no hay ningn peligro en la tierra por quien no
se abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestro
enemigo en tierra, os pondr a vos la corona de la vuestra en la cabeza en
breves das.

No dijo ms don Quijote, y esper a que la princesa le respondiese, la
cual, como ya saba la determinacin de don Fernando de que se prosiguiese
adelante en el engao hasta llevar a su tierra a don Quijote, con mucho
donaire y gravedad, le respondi:

-Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo me
haba mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que
ayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en m ciertos
acaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor que yo pudiera
desearme, pero no por eso he dejado de ser la que antes y de tener los
mesmos pensamientos de valerme del valor de vuestro valeroso e invenerable
brazo que siempre he tenido. As que, seor mo, vuestra bondad vuelva la
honra al padre que me engendr, y tngale por hombre advertido y prudente,
pues con su ciencia hall camino tan fcil y tan verdadero para remediar mi
desgracia; que yo creo que si por vos, seor, no fuera, jams acertara a
tener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son buenos
testigos della los ms destos seores que estn presentes. Lo que resta es
que maana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podr hacer poca
jornada, y en lo dems del buen suceso que espero, lo dejar a Dios y al
valor de vuestro pecho.

Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyndolo don Quijote, se volvi a
Sancho, y, con muestras de mucho enojo, le dijo:

-Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en Espaa.
Dime, ladrn vagamundo, no me acabaste de decir ahora que esta princesa se
haba vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que
entiendo que cort a un gigante era la puta que te pari, con otros
disparates que me pusieron en la mayor confusin que jams he estado en
todos los das de mi vida? Voto... -y mir al cielo y apret los dientes-
que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera a todos
cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aqu
adelante, en el mundo!

-Vuestra merced se sosiegue, seor mo -respondi Sancho-, que bien podra
ser que yo me hubiese engaado en lo que toca a la mutacin de la seora
princesa Micomicona; pero, en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lo
menos, a la horadacin de los cueros y a lo de ser vino tinto la sangre, no
me engao, vive Dios!, porque los cueros all estn heridos, a la cabecera
del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago el
aposento; y si no, al frer de los huevos lo ver; quiero decir que lo ver
cuando aqu su merced del seor ventero le pida el menoscabo de todo. De lo
dems, de que la seora reina se est como se estaba, me regocijo en el
alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.

-Ahora yo te digo, Sancho -dijo don Quijote-, que eres un mentecato; y
perdname, y basta.

-Basta -dijo don Fernando-, y no se hable ms en esto; y, pues la seora
princesa dice que se camine maana, porque ya hoy es tarde, hgase as, y
esta noche la podremos pasar en buena conversacin hasta el venidero da,
donde todos acompaaremos al seor don Quijote, porque queremos ser
testigos de las valerosas e inauditas hazaas que ha de hacer en el
discurso desta grande empresa que a su cargo lleva.

-Yo soy el que tengo de serviros y acompaaros -respondi don Quijote-, y
agradezco mucho la merced que se me hace y la buena opinin que de m se
tiene, la cual procurar que salga verdadera, o me costar la vida, y aun
ms, si ms costarme puede.

Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron entre don
Quijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero que en
aquella sazn entr en la venta, el cual en su traje mostraba ser cristiano
recin venido de tierra de moros, porque vena vestido con una casaca de
pao azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzones
eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traa unos
borcegues datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahel que le
atravesaba el pecho. Entr luego tras l, encima de un jumento, una mujer a
la morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza; traa un
bonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los hombros a los
pies la cubra. Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de poco
ms de cuarenta aos, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barba
muy bien puesta. En resolucin, l mostraba en su apostura que si estuviera
bien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida.

Pidi, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no le
haba, mostr recebir pesadumbre; y, llegndose a la que en el traje
pareca mora, la ape en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija
y Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a
la mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta,
parecindole que as ella como el que la traa se congojaban por la falta
del aposento, le dijo:

-No os d mucha pena, seora ma, la incomodidad de regalo que aqu falta,
pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, si
gustredes de pasar con nosotras -sealando a Luscinda-, quiz en el
discurso de este camino habris hallado otros no tan buenos acogimientos.

No respondi nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse de
donde sentado se haba, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho,
inclinada la cabeza, dobl el cuerpo en seal de que lo agradeca. Por su
silencio imaginaron que, sin duda alguna, deba de ser mora, y que no saba
hablar cristiano. Lleg, en esto, el cautivo, que entendiendo en otra cosa
hasta entonces haba estado, y, viendo que todas tenan cercada a la que
con l vena, y que ella a cuanto le decan callaba, dijo:

-Seoras mas, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otra
ninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido,
ni responde, a lo que se le ha preguntado.

-No se le pregunta otra cosa ninguna -respondi Luscinda- sino ofrecelle
por esta noche nuestra compaa y parte del lugar donde nos acomodremos,
donde se le har el regalo que la comodidad ofreciere, con la voluntad que
obliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad,
especialmente siendo mujer a quien se sirve.

-Por ella y por m -respondi el captivo- os beso, seora ma, las manos, y
estimo mucho y en lo que es razn la merced ofrecida; que en tal ocasin, y
de tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que ha
de ser muy grande.

-Decidme, seor -dijo Dorotea-: esta seora es cristiana o mora? Porque el
traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querramos que fuese.

-Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grande
cristiana, porque tiene grandsimos deseos de serlo.

-Luego, no es baptizada? -replic Luscinda.

-No ha habido lugar para ello -respondi el captivo- despus que sali de
Argel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro de
muerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todas
las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios ser
servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su persona
merece, que es ms de lo que muestra su hbito y el mo.

Con estas razones puso gana en todos los que escuchndole estaban de
saber quin fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntar
por entonces, por ver que aquella sazn era ms para procurarles descanso
que para preguntarles sus vidas. Dorotea la tom por la mano y la llev a
sentar junto a s, y le rog que se quitase el embozo. Ella mir al
cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decan y lo que ella hara.
l, en lengua arbiga, le dijo que le pedan se quitase el embozo, y que lo
hiciese; y as, se lo quit, y descubri un rostro tan hermoso que Dorotea
la tuvo por ms hermosa que a Luscinda, y Luscinda por ms hermosa que a
Dorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podra
igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le
aventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa y
gracia de reconciliar los nimos y atraer las voluntades, luego se
rindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.

Pregunt don Fernando al captivo cmo se llamaba la mora, el cual respondi
que lela Zoraida; y, as como esto oy, ella entendi lo que le haban
preguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja y
donaire:

-No, no Zoraida: Mara, Mara! -dando a entender que se llamaba Mara y no
Zoraida.

Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieron
derramar ms de una lgrima a algunos de los que la escucharon,
especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas.
Abrazla Luscinda con mucho amor, dicindole:

-S, s: Mara, Mara.

A lo cual respondi la mora:

-S, s: Mara; Zoraida macange! -que quiere decir no.

Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que venan con don
Fernando, haba el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles de
cenar lo mejor que a l le fue posible. Llegada, pues, la hora, sentronse
todos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la haba redonda ni
cuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto que
l lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado la
seora Micomicona, pues l era su aguardador. Luego se sentaron Luscinda y
Zoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo y
los dems caballeros, y, al lado de las seoras, el cura y el barbero. Y
as, cenaron con mucho contento, y acrecentseles ms viendo que, dejando
de comer don Quijote, movido de otro semejante espritu que el que le movi
a hablar tanto como habl cuando cen con los cabreros, comenz a decir:

-Verdaderamente, si bien se considera, seores mos, grandes e inauditas
cosas ven los que profesan la orden de la andante caballera. Si no, cul
de los vivientes habr en el mundo que ahora por la puerta deste castillo
entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que
nosotros somos quien somos? Quin podr decir que esta seora que est a
mi lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel Caballero de
la Triste Figura que anda por ah en boca de la fama? Ahora no hay que
dudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos
que los hombres inventaron, y tanto ms se ha de tener en estima cuanto a
ms peligros est sujeto. Qutenseme delante los que dijeren que las letras
hacen ventaja a las armas, que les dir, y sean quien se fueren, que no
saben lo que dicen. Porque la razn que los tales suelen decir, y a lo que
ellos ms se atienen, es que los trabajos del espritu exceden a los del
cuerpo, y que las armas slo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su
ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester ms de buenas
fuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se
encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos
mucho entendimiento; o como si no trabajase el nimo del guerrero que tiene
a su cargo un ejrcito, o la defensa de una ciudad sitiada, as con el
espritu como con el cuerpo. Si no, vase si se alcanza con las fuerzas
corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, las
estratagemas, las dificultades, el prevenir los daos que se temen; que
todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte
alguna el cuerpo. Siendo pues ans, que las armas requieren espritu, como
las letras, veamos ahora cul de los dos espritus, el del letrado o el del
guerrero, trabaja ms. Y esto se vendr a conocer por el fin y paradero a
que cada uno se encamina, porque aquella intencin se ha de estimar en ms
que tiene por objeto ms noble fin. Es el fin y paradero de las letras...,
y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar
las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como ste ninguno otro se le
puede igualar; hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto
la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer
que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y digno
de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas
atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien
que los hombres pueden desear en esta vida. Y as, las primeras buenas
nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los
ngeles la noche que fue nuestro da, cuando cantaron en los aires:
''Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buena
voluntad''; y a la salutacin que el mejor maestro de la tierra y del cielo
ense a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen en
alguna casa, dijesen: ''Paz sea en esta casa''; y otras muchas veces les
dijo: ''Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros'', bien como
joya y prenda dada y dejada de tal mano; joya que sin ella, en la tierra ni
en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la
guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta
verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al
fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a
los del profesor de las armas, y vase cules son mayores.

De tal manera, y por tan buenos trminos, iba prosiguiendo en su pltica
don Quijote que oblig a que, por entonces, ninguno de los que escuchndole
estaban le tuviese por loco; antes, como todos los ms eran caballeros, a
quien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana; y l prosigui
diciendo:

-Digo, pues, que los trabajos del estudiante son stos: principalmente
pobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo el
estremo que pueda ser); y, en haber dicho que padece pobreza, me parece que
no haba que decir ms de su mala ventura, porque quien es pobre no tiene
cosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya en
fro, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso, no es tanta que
no coma, aunque sea un poco ms tarde de lo que se usa, aunque sea de las
sobras de los ricos; que es la mayor miseria del estudiante ste que entre
ellos llaman andar a la sopa; y no les falta algn ajeno brasero o
chimenea, que, si no callenta, a lo menos entibie su fro, y, en fin, la
noche duermen debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias,
conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos, la raridad
y poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buena
suerte les depara algn banquete. Por este camino que he pintado, spero y
dificultoso, tropezando aqu, cayendo all, levantndose acull, tornando a
caer ac, llegan al grado que desean; el cual alcanzado, a muchos hemos
visto que, habiendo pasado por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis,
como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que los hemos visto
mandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura,
su fro en refrigerio, su desnudez en galas, y su dormir en una estera en
reposar en holandas y damascos: premio justamente merecido de su virtud.
Pero, contrapuestos y comparados sus trabajos con los del mlite guerrero,
se quedan muy atrs en todo, como ahora dir.





Captulo XXXVIII. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de
las armas y las letras


Prosiguiendo don Quijote, dijo:

-Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es
ms rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno ms pobre en la misma
pobreza, porque est atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o
nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y
de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto
acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se
suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaa rasa,
con slo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vaco, tengo por
averiguado que debe de salir fro, contra toda naturaleza. Pues esperad que
espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades,
en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jams pecar de
estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y
revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sbanas.
Llguese, pues, a todo esto, el da y la hora de recebir el grado de su
ejercicio; llguese un da de batalla, que all le pondrn la borla en la
cabeza, hecha de hilas, para curarle algn balazo, que quiz le habr
pasado las sienes, o le dejar estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto
no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo,
podr ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea
menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de
todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras
veces. Pero, decidme, seores, si habis mirado en ello: cun menos son
los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda,
habis de responder que no tienen comparacin, ni se pueden reducir a
cuenta los muertos, y que se podrn contar los premiados vivos con tres
letras de guarismo. Todo esto es al revs en los letrados; porque, de
faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qu entretenerse.
As que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio.
Pero a esto se puede responder que es ms fcil premiar a dos mil letrados
que a treinta mil soldados, porque a aqullos se premian con darles
oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesin, y a stos no
se pueden premiar sino con la mesma hacienda del seor a quien sirven; y
esta imposibilidad fortifica ms la razn que tengo. Pero dejemos esto
aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la
preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora est
por averiguar, segn son las razones que cada una de su parte alega. Y,
entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podran
sustentar las armas, porque la guerra tambin tiene sus leyes y est sujeta
a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A
esto responden las armas que las leyes no se podrn sustentar sin ellas,
porque con las armas se defienden las repblicas, se conservan los reinos,
se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de
cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repblicas, los reinos,
las monarquas, las ciudades, los caminos de mar y tierra estaran sujetos
al rigor y a la confusin que trae consigo la guerra el tiempo que dura y
tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razn
averiguada que aquello que ms cuesta se estima y debe de estimar en ms.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,
hambre, desnudez, vguidos de cabeza, indigestiones de estmago, y otras
cosas a stas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar
uno por sus trminos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el
estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparacin, porque a cada
paso est a pique de perder la vida. Y qu temor de necesidad y pobreza
puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado,
que, hallndose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en
algn revelln o caballero, siente que los enemigos estn minando hacia la
parte donde l est, y no puede apartarse de all por ningn caso, ni huir
el peligro que de tan cerca le amenaza? Slo lo que puede hacer es dar
noticia a su capitn de lo que pasa, para que lo remedie con alguna
contramina, y l estarse quedo, temiendo y esperando cundo improvisamente
ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si
ste parece pequeo peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de
embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales
enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado ms espacio del que concede
dos pies de tabla del espoln; y, con todo esto, viendo que tiene delante
de s tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos caones de
artillera se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una
lanza, y viendo que al primer descuido de los pies ira a visitar los
profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrpido corazn,
llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta
arcabucera, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo
que ms es de admirar: que apenas uno ha cado donde no se podr levantar
hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si ste tambin
cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin
dar tiempo al tiempo de sus muertes: valenta y atrevimiento el mayor que
se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos
benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos
endemoniados instrumentos de la artillera, a cuyo inventor tengo para m
que en el infierno se le est dando el premio de su diablica invencin,
con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un
valeroso caballero, y que, sin saber cmo o por dnde, en la mitad del
coraje y bro que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quiz huy y se espant del resplandor
que hizo el fuego al disparar de la maldita mquina, y corta y acaba en un
instante los pensamientos y vida de quien la mereca gozar luengos siglos.
Y as, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber
tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es
esta en que ahora vivimos; porque, aunque a m ningn peligro me pone
miedo, todava me pone recelo pensar si la plvora y el estao me han de
quitar la ocasin de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y
filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el
cielo lo que fuere servido, que tanto ser ms estimado, si salgo con lo
que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los
caballeros andantes de los pasados siglos.

Todo este largo prembulo dijo don Quijote, en tanto que los dems cenaban,
olvidndose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le haba
dicho Sancho Panza que cenase, que despus habra lugar para decir todo lo
que quisiese. En los que escuchado le haban sobrevino nueva lstima de ver
que hombre que, al parecer, tena buen entendimiento y buen discurso en
todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente, en
tratndole de su negra y pizmienta caballera. El cura le dijo que tena
mucha razn en todo cuanto haba dicho en favor de las armas, y que l,
aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.

Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera, su
hija y Maritornes aderezaban el camaranchn de don Quijote de la Mancha,
donde haban determinado que aquella noche las mujeres solas en l se
recogiesen, don Fernando rog al cautivo les contase el discurso de su
vida, porque no podra ser sino que fuese peregrino y gustoso, segn las
muestras que haba comenzado a dar, viniendo en compaa de Zoraida. A lo
cual respondi el cautivo que de muy buena gana hara lo que se le mandaba,
y que slo tema que el cuento no haba de ser tal, que les diese el gusto
que l deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le
contara. El cura y todos los dems se lo agradecieron, y de nuevo se lo
rogaron; y l, vindose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos
adonde el mandar tena tanta fuerza.

-Y as, estn vuestras mercedes atentos, y oirn un discurso verdadero, a
quien podra ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado
artificio suelen componerse.

Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande
silencio; y l, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese,
con voz agradable y reposada, comenz a decir desta manera:





Captulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos


-En un lugar de las Montaas de Len tuvo principio mi linaje, con quien
fue ms agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque, en la
estrecheza de aquellos pueblos, todava alcanzaba mi padre fama de rico, y
verdaderamente lo fuera si as se diera maa a conservar su hacienda como
se la daba en gastalla. Y la condicin que tena de ser liberal y gastador
le procedi de haber sido soldado los aos de su joventud, que es escuela
la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco, prdigo; y si
algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven raras
veces. Pasaba mi padre los trminos de la liberalidad, y rayaba en los de
ser prdigo: cosa que no le es de ningn provecho al hombre casado, y que
tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi
padre tena eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir
estado. Viendo, pues, mi padre que, segn l deca, no poda irse a la mano
contra su condicin, quiso privarse del instrumento y causa que le haca
gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo
Alejandro pareciera estrecho.

Y as, llamndonos un da a todos tres a solas en un aposento, nos dijo
unas razones semejantes a las que ahora dir: ''Hijos, para deciros que os
quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender que
os quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a
conservar vuestra hacienda. Pues, para que entendis desde aqu adelante
que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro,
quiero hacer una cosa con vosotros que ha muchos das que la tengo pensada
y con madura consideracin dispuesta. Vosotros estis ya en edad de tomar
estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal que, cuando mayores, os
honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro
partes: las tres os dar a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin
exceder en cosa alguna, y con la otra me quedar yo para vivir y
sustentarme los das que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero
querra que, despus que cada uno tuviese en su poder la parte que le toca
de su hacienda, siguiese uno de los caminos que le dir. Hay un refrn en
nuestra Espaa, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por ser
sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo
digo dice: "Iglesia, o mar, o casa real", como si ms claramente dijera:
"Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitando
el arte de la mercanca, o entre a servir a los reyes en sus casas"; porque
dicen: "Ms vale migaja de rey que merced de seor". Digo esto porque
querra, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro
la mercanca, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso
entrar a servirle en su casa; que, ya que la guerra no d muchas riquezas,
suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho das, os dar toda
vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo veris por
la obra. Decidme ahora si queris seguir mi parecer y consejo en lo que os
he propuesto''. Y, mandndome a m, por ser el mayor, que respondiese,
despus de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que
gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros ramos mozos para saber
ganarla, vine a concluir en que cumplira su gusto, y que el mo era seguir
el ejercicio de las armas, sirviendo en l a Dios y a mi rey. El segundo
hermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogi el irse a las Indias,
llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yo
creo, el ms discreto, dijo que quera seguir la Iglesia, o irse a acabar
sus comenzados estudios a Salamanca. As como acabamos de concordarnos y
escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abraz a todos, y, con la
brevedad que dijo, puso por obra cuanto nos haba prometido; y, dando a
cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres mil
ducados, en dineros (porque un nuestro to compr toda la hacienda y la
pag de contado, porque no saliese del tronco de la casa), en un mesmo da
nos despedimos todos tres de nuestro buen padre; y, en aquel mesmo,
parecindome a m ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca
hacienda, hice con l que de mis tres mil tomase los dos mil ducados,
porque a m me bastaba el resto para acomodarme de lo que haba menester un
soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le dio mil
ducados: de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y ms
tres mil, que, a lo que parece, vala la hacienda que le cupo, que no quiso
vender, sino quedarse con ella en races. Digo, en fin, que nos despedimos
dl y de aquel nuestro to que he dicho, no sin mucho sentimiento y
lgrimas de todos, encargndonos que les hicisemos saber, todas las veces
que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, prsperos o adversos.
Prometmosselo, y, abrazndonos y echndonos su bendicin, el uno tom el
viaje de Salamanca, el otro de Sevilla y yo el de Alicante, adonde tuve
nuevas que haba una nave ginovesa que cargaba all lana para Gnova.

ste har veinte y dos aos que sal de casa de mi padre, y en todos
ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido dl ni de mis
hermanos nueva alguna. Y lo que en este discurso de tiempo he pasado lo
dir brevemente. Embarqume en Alicante, llegu con prspero viaje a
Gnova, fui desde all a Miln, donde me acomod de armas y de algunas
galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte; y,
estando ya de camino para Alejandra de la Palla, tuve nuevas que el gran
duque de Alba pasaba a Flandes. Mud propsito, fuime con l, servle en
las jornadas que hizo, hallme en la muerte de los condes de Eguemn y de
Hornos, alcanc a ser alfrez de un famoso capitn de Guadalajara, llamado
Diego de Urbina; y, a cabo de algn tiempo que llegu a Flandes, se tuvo
nuevas de la liga que la Santidad del Papa Po Quinto, de felice
recordacin, haba hecho con Venecia y con Espaa, contra el enemigo comn,
que es el Turco; el cual, en aquel mesmo tiempo, haba ganado con su armada
la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del dominio del veneciano: y
prdida lamentable y desdichada. Spose cierto que vena por general desta
liga el serensimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey
don Felipe. Divulgse el grandsimo aparato de guerra que se haca. Todo lo
cual me incit y conmovi el nimo y el deseo de verme en la jornada que se
esperaba; y, aunque tena barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la
primera ocasin que se ofreciese sera promovido a capitn, lo quise dejar
todo y venirme, como me vine, a Italia. Y quiso mi buena suerte que el
seor don Juan de Austria acababa de llegar a Gnova, que pasaba a Npoles
a juntarse con la armada de Venecia, como despus lo hizo en Mecina.

Digo, en fin, que yo me hall en aquella felicsima jornada, ya hecho
capitn de infantera, a cuyo honroso cargo me subi mi buena suerte, ms
que mis merecimientos. Y aquel da, que fue para la cristiandad tan
dichoso, porque en l se desenga el mundo y todas las naciones del error
en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar: en
aquel da, digo, donde qued el orgullo y soberbia otomana quebrantada,
entre tantos venturosos como all hubo (porque ms ventura tuvieron los
cristianos que all murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yo
solo fui el desdichado, pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en
los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que sigui a
tan famoso da con cadenas a los pies y esposas a las manos.

Y fue desta suerte: que, habiendo el Uchal, rey de Argel, atrevido y
venturoso cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres
caballeros quedaron vivos en ella, y stos malheridos, acudi la capitana
de Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi compaa; y, haciendo
lo que deba en ocasin semejante, salt en la galera contraria, la cual,
desvindose de la que la haba embestido, estorb que mis soldados me
siguiesen, y as, me hall solo entre mis enemigos, a quien no pude
resistir, por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y, como ya
habris, seores, odo decir que el Uchal se salv con toda su escuadra,
vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantos
alegres y el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince mil
cristianos los que aquel da alcanzaron la deseada libertad, que todos
venan al remo en la turquesca armada.

Llevronme a Costantinopla, donde el Gran Turco Selim hizo general de la
mar a mi amo, porque haba hecho su deber en la batalla, habiendo llevado
por muestra de su valor el estandarte de la religin de Malta. Hallme el
segundo ao, que fue el de setenta y dos, en Navarino, bogando en la
capitana de los tres fanales. Vi y not la ocasin que all se perdi de no
coger en el puerto toda el armada turquesca, porque todos los leventes y
jenzaros que en ella venan tuvieron por cierto que les haban de embestir
dentro del mesmo puerto, y tenan a punto su ropa y pasamaques, que son sus
zapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos: tanto
era el miedo que haban cobrado a nuestra armada. Pero el cielo lo orden
de otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestros
rega, sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite
Dios que tengamos siempre verdugos que nos castiguen.

En efeto, el Uchal se recogi a Modn, que es una isla que est junto a
Navarino, y, echando la gente en tierra, fortific la boca del puerto, y
estvose quedo hasta que el seor don Juan se volvi. En este viaje se tom
la galera que se llamaba La Presa, de quien era capitn un hijo de aquel
famoso cosario Barbarroja. Tomla la capitana de Npoles, llamada La Loba,
regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel
venturoso y jams vencido capitn don lvaro de Bazn, marqus de Santa
Cruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucedi en la presa de La Presa.
Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que,
as como los que venan al remo vieron que la galera Loba les iba entrando
y que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron de su
capitn, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen apriesa, y
pasndole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, que a poco
ms que pas del rbol ya haba pasado su nima al infierno: tal era, como
he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que ellos le tenan.

Volvimos a Constantinopla, y el ao siguiente, que fue el de setenta y
tres, se supo en ella cmo el seor don Juan haba ganado a Tnez, y
quitado aquel reino a los turcos y puesto en posesin dl a Muley Hamet,
cortando las esperanzas que de volver a reinar en l tena Muley Hamida, el
moro ms cruel y ms valiente que tuvo el mundo. Sinti mucho esta prdida
el Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen,
hizo paz con venecianos, que mucho ms que l la deseaban; y el ao
siguiente de setenta y cuatro acometi a la Goleta y al fuerte que junto a
Tnez haba dejado medio levantado el seor don Juan. En todos estos
trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, no
esperaba tenerla por rescate, porque tena determinado de no escribir las
nuevas de mi desgracia a mi padre.

Perdise, en fin, la Goleta; perdise el fuerte, sobre las cuales plazas
hubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros, y
alrabes de toda la Africa, ms de cuatrocientos mil, acompaado este tan
gran nmero de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y con
tantos gastadores, que con las manos y a puados de tierra pudieran cubrir
la Goleta y el fuerte. Perdise primero la Goleta, tenida hasta entonces
por inexpugnable; y no se perdi por culpa de sus defensores, los cuales
hicieron en su defensa todo aquello que deban y podan, sino porque la
experiencia mostr la facilidad con que se podan levantar trincheas en
aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos
no la hallaron a dos varas; y as, con muchos sacos de arena levantaron las
trincheas tan altas que sobrepujaban las murallas de la fuerza; y,
tirndoles a caballero, ninguno poda parar, ni asistir a la defensa. Fue
comn opinin que no se haban de encerrar los nuestros en la Goleta, sino
esperar en campaa al desembarcadero; y los que esto dicen hablan de lejos
y con poca experiencia de casos semejantes, porque si en la Goleta y en el
fuerte apenas haba siete mil soldados, cmo poda tan poco nmero, aunque
ms esforzados fuesen, salir a la campaa y quedar en las fuerzas, contra
tanto como era el de los enemigos?; y cmo es posible dejar de perderse
fuerza que no es socorrida, y ms cuando la cercan enemigos muchos y
porfiados, y en su mesma tierra? Pero a muchos les pareci, y as me
pareci a m, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a Espaa
en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella
gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que all sin provecho
se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla
ganado la felicsima del invictsimo Carlos Quinto; como si fuera menester
para hacerla eterna, como lo es y ser, que aquellas piedras la
sustentaran.

Perdise tambin el fuerte; pero furonle ganando los turcos palmo a
palmo, porque los soldados que lo defendan pelearon tan valerosa y
fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron en
veinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano de
trecientos que quedaron vivos, seal cierta y clara de su esfuerzo y valor,
y de lo bien que se haban defendido y guardado sus plazas. Rindise a
partido un pequeo fuerte o torre que estaba en mitad del estao, a cargo
de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron a
don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fue
posible por defender su fuerza; y sinti tanto el haberla perdido que de
pesar muri en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo.
Cautivaron ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio
Cervelln, caballero milans, grande ingeniero y valentsimo soldado.
Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fue
una Pagn de Oria, caballero del hbito de San Juan, de condicin generoso,
como lo mostr la summa liberalidad que us con su hermano, el famoso Juan
de Andrea de Oria; y lo que ms hizo lastimosa su muerte fue haber muerto a
manos de unos alrabes de quien se fi, viendo ya perdido el fuerte, que se
ofrecieron de llevarle en hbito de moro a Tabarca, que es un portezuelo o
casa que en aquellas riberas tienen los ginoveses que se ejercitan en la
pesquera del coral; los cuales alrabes le cortaron la cabeza y se la
trujeron al general de la armada turquesca, el cual cumpli con ellos
nuestro refrn castellano: "Que aunque la traicin aplace, el traidor se
aborrece"; y as, se dice que mand el general ahorcar a los que le
trujeron el presente, porque no se le haban trado vivo.

Entre los cristianos que en el fuerte se perdieron, fue uno llamado don
Pedro de Aguilar, natural no s de qu lugar del Andaluca, el cual haba
sido alfrez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento:
especialmente tena particular gracia en lo que llaman poesa. Dgolo
porque su suerte le trujo a mi galera y a mi banco, y a ser esclavo de mi
mesmo patrn; y, antes que nos partisemos de aquel puerto, hizo este
caballero dos sonetos, a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el otro
al fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los s de memoria y
creo que antes causarn gusto que pesadumbre.

En el punto que el cautivo nombr a don Pedro de Aguilar, don Fernando mir
a sus camaradas, y todos tres se sonrieron; y, cuando lleg a decir de los
sonetos, dijo el uno:

-Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico me diga qu se hizo ese
don Pedro de Aguilar que ha dicho.

-Lo que s es -respondi el cautivo- que, al cabo de dos aos que estuvo en
Constantinopla, se huy en traje de arnate con un griego espa, y no s si
vino en libertad, puesto que creo que s, porque de all a un ao vi yo al
griego en Constantinopla, y no le pude preguntar el suceso de aquel viaje.

-Pues lo fue -respondi el caballero-, porque ese don Pedro es mi hermano,
y est ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y con tres hijos.

-Gracias sean dadas a Dios -dijo el cautivo- por tantas mercedes como le
hizo; porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se
iguale a alcanzar la libertad perdida.

-Y ms -replic el caballero-, que yo s los sonetos que mi hermano hizo.

-Dgalos, pues, vuestra merced -dijo el cautivo-, que los sabr decir mejor
que yo.

-Que me place -respondi el caballero-; y el de la Goleta deca as:





Captulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo


Soneto

   Almas dichosas que del mortal velo
   libres y esentas, por el bien que obrastes,
   desde la baja tierra os levantastes
   a lo ms alto y lo mejor del cielo,
   y, ardiendo en ira y en honroso celo,
   de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
   que en propia y sangre ajena colorastes
   el mar vecino y arenoso suelo;
   primero que el valor falt la vida
   en los cansados brazos, que, muriendo,
   con ser vencidos, llevan la vitoria.
   Y esta vuestra mortal, triste cada
   entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
   fama que el mundo os da, y el cielo gloria.

-Desa mesma manera le s yo -dijo el cautivo.

-Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo -dijo el caballero-, dice as:

Soneto

   De entre esta tierra estril, derribada,
   destos terrones por el suelo echados,
   las almas santas de tres mil soldados
   subieron vivas a mejor morada,
   siendo primero, en vano, ejercitada
   la fuerza de sus brazos esforzados,
   hasta que, al fin, de pocos y cansados,
   dieron la vida al filo de la espada.
   Y ste es el suelo que continuo ha sido
   de mil memorias lamentables lleno
   en los pasados siglos y presentes.
   Mas no ms justas de su duro seno
   habrn al claro cielo almas subido,
   ni aun l sostuvo cuerpos tan valientes.

No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegr con las nuevas que de
su camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento, dijo:

-Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden en
desmantelar la Goleta, porque el fuerte qued tal, que no hubo qu poner
por tierra, y para hacerlo con ms brevedad y menos trabajo, la minaron por
tres partes; pero con ninguna se pudo volar lo que pareca menos fuerte,
que eran las murallas viejas; y todo aquello que haba quedado en pie de la
fortificacin nueva que haba hecho el Fratn, con mucha facilidad vino a
tierra. En resolucin, la armada volvi a Constantinopla, triunfante y
vencedora: y de all a pocos meses muri mi amo el Uchal, al cual llamaban
Uchal Fartax, que quiere decir, en lengua turquesca, el renegado tioso,
porque lo era; y es costumbre entre los turcos ponerse nombres de alguna
falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya. Y esto es porque no
hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que decienden de la casa
Otomana, y los dems, como tengo dicho, toman nombre y apellido ya de las
tachas del cuerpo y ya de las virtudes del nimo. Y este Tioso bog el
remo, siendo esclavo del Gran Seor, catorce aos, y a ms de los treinta y
cuatro de sus edad reneg, de despecho de que un turco, estando al remo,
le dio un bofetn, y por poderse vengar dej su fe; y fue tanto su valor
que, sin subir por los torpes medios y caminos que los ms privados del
Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y despus, a ser general de la
mar, que es el tercero cargo que hay en aquel seoro. Era calabrs de
nacin, y moralmente fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a
sus cautivos, que lleg a tener tres mil, los cuales, despus de su muerte,
se repartieron, como l lo dej en su testamento, entre el Gran Seor (que
tambin es hijo heredero de cuantos mueren, y entra a la parte con los ms
hijos que deja el difunto) y entre sus renegados; y yo cupe a un renegado
veneciano que, siendo grumete de una nave, le cautiv el Uchal, y le quiso
tanto, que fue uno de los ms regalados garzones suyos, y l vino a ser el
ms cruel renegado que jams se ha visto. Llambase Azn Ag, y lleg a ser
muy rico, y a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla, algo
contento, por estar tan cerca de Espaa, no porque pensase escribir a nadie
el desdichado suceso mo, sino por ver si me era ms favorable la suerte en
Argel que en Constantinopla, donde ya haba probado mil maneras de huirme,
y ninguna tuvo sazn ni ventura; y pensaba en Argel buscar otros medios de
alcanzar lo que tanto deseaba, porque jams me desampar la esperanza de
tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y pona por obra no
corresponda el suceso a la intencin, luego, sin abandonarme, finga y
buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese dbil y flaca.

Con esto entretena la vida, encerrado en una prisin o casa que los
turcos llaman bao, donde encierran los cautivos cristianos, as los que
son del rey como de algunos particulares; y los que llaman del almacn, que
es como decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las obras
pblicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy
dificultosa su libertad, que, como son del comn y no tienen amo
particular, no hay con quien tratar su rescate, aunque le tengan. En estos
baos, como tengo dicho, suelen llevar a sus cautivos algunos particulares
del pueblo, principalmente cuando son de rescate, porque all los tienen
holgados y seguros hasta que venga su rescate. Tambin los cautivos del rey
que son de rescate no salen al trabajo con la dems chusma, si no es cuando
se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que escriban por l con ms
ahnco, les hacen trabajar y ir por lea con los dems, que es un no
pequeo trabajo.

Yo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capitn,
puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovech nada
para que no me pusiesen en el nmero de los caballeros y gente de rescate.
Pusironme una cadena, ms por seal de rescate que por guardarme con ella;
y as, pasaba la vida en aquel bao, con otros muchos caballeros y gente
principal, sealados y tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y
desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos
fatigaba tanto como or y ver, a cada paso, las jams vistas ni odas
crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada da ahorcaba el suyo,
empalaba a ste, desorejaba aqul; y esto, por tan poca ocasin, y tan sin
ella, que los turcos conocan que lo haca no ms de por hacerlo, y por ser
natural condicin suya ser homicida de todo el gnero humano. Slo libr
bien con l un soldado espaol, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber
hecho cosas que quedarn en la memoria de aquellas gentes por muchos aos,
y todas por alcanzar libertad, jams le dio palo, ni se lo mand dar, ni le
dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temamos todos
que haba de ser empalado, y as lo temi l ms de una vez; y si no fuera
porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado
hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el
cuento de mi historia.

Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisin caan las ventanas de
la casa de un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las
de los moros, ms eran agujeros que ventanas, y aun stas se cubran con
celosas muy espesas y apretadas. Acaeci, pues, que un da, estando en un
terrado de nuestra prisin con otros tres compaeros, haciendo pruebas de
saltar con las cadenas, por entretener el tiempo, estando solos, porque
todos los dems cristianos haban salido a trabajar, alc acaso los ojos y
vi que por aquellas cerradas ventanillas que he dicho pareca una caa, y
al remate della puesto un lienzo atado, y la caa se estaba blandeando y
movindose, casi como si hiciera seas que llegsemos a tomarla. Miramos en
ello, y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse debajo de la caa, por
ver si la soltaban, o lo que hacan; pero, as como lleg, alzaron la caa
y la movieron a los dos lados, como si dijeran no con la cabeza. Volvise
el cristiano, y tornronla a bajar y hacer los mesmos movimientos que
primero. Fue otro de mis compaeros, y sucedile lo mesmo que al primero.
Finalmente, fue el tercero y avnole lo que al primero y al segundo. Viendo
yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y, as como llegu a ponerme
debajo de la caa, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del bao. Acud
luego a desatar el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro dl venan diez
cianis, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una
vale diez reales de los nuestros. Si me holgu con el hallazgo, no hay para
qu decirlo, pues fue tanto el contento como la admiracin de pensar de
donde poda venirnos aquel bien, especialmente a m, pues las muestras de
no haber querido soltar la caa sino a m claro decan que a m se haca la
merced. Tom mi buen dinero, quebr la caa, volvme al terradillo, mir la
ventana, y vi que por ella sala una muy blanca mano, que la abran y
cerraban muy apriesa. Con esto entendimos, o imaginamos, que alguna mujer
que en aquella casa viva nos deba de haber hecho aquel beneficio; y, en
seal de que lo agradecamos, hecimos zalemas a uso de moros, inclinando la
cabeza, doblando el cuerpo y poniendo los brazos sobre el pecho. De all a
poco sacaron por la mesma ventana una pequea cruz hecha de caas, y luego
la volvieron a entrar. Esta seal nos confirm en que alguna cristiana
deba de estar cautiva en aquella casa, y era la que el bien nos haca;
pero la blancura de la mano, y las ajorcas que en ella vimos, nos deshizo
este pensamiento, puesto que imaginamos que deba de ser cristiana
renegada, a quien de ordinario suelen tomar por legtimas mujeres sus
mesmos amos, y aun lo tienen a ventura, porque las estiman en ms que las
de su nacin.

En todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso; y as,
todo nuestro entretenimiento desde all adelante era mirar y tener por
norte a la ventana donde nos haba aparecido la estrella de la caa; pero
bien se pasaron quince das en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni otra
seal alguna. Y, aunque en este tiempo procuramos con toda solicitud saber
quin en aquella casa viva, y si haba en ella alguna cristiana renegada,
jams hubo quien nos dijese otra cosa, sino que all viva un moro
principal y rico, llamado Agi Morato, alcaide que haba sido de La Pata,
que es oficio entre ellos de mucha calidad. Mas, cuando ms descuidados
estbamos de que por all haban de llover ms cianis, vimos a deshora
parecer la caa, y otro lienzo en ella, con otro nudo ms crecido; y esto
fue a tiempo que estaba el bao, como la vez pasada, solo y sin gente.
Hecimos la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero que yo, de los
mismos tres que estbamos, pero a ninguno se rindi la caa sino a m,
porque, en llegando yo, la dejaron caer. Desat el nudo, y hall cuarenta
escudos de oro espaoles y un papel escrito en arbigo, y al cabo de lo
escrito hecha una grande cruz. Bes la cruz, tom los escudos, volvme al
terrado, hecimos todos nuestras zalemas, torn a parecer la mano, hice
seas que leera el papel, cerraron la ventana. Quedamos todos confusos y
alegres con lo sucedido; y, como ninguno de nosotros no entenda el
arbigo, era grande el deseo que tenamos de entender lo que el papel
contena, y mayor la dificultad de buscar quien lo leyese.

En fin, yo me determin de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que
se haba dado por grande amigo mo, y puesto prendas entre los dos, que le
obligaban a guardar el secreto que le encargase; porque suelen algunos
renegados, cuando tienen intencin de volverse a tierra de cristianos,
traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la
forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha
hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de huirse en la primera ocasin
que se le ofrezca. Algunos hay que procuran estas fees con buena intencin,
otros se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra
de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y
dicen que por aquellos papeles se ver el propsito con que venan, el cual
era de quedarse en tierra de cristianos, y que por eso venan en corso con
los dems turcos. Con esto se escapan de aquel primer mpetu, y se
reconcilian con la Iglesia, sin que se les haga dao; y, cuando veen la
suya, se vuelven a Berbera a ser lo que antes eran. Otros hay que usan
destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de
cristianos.

Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tena
firmas de todas nuestras camaradas, donde le acreditbamos cuanto era
posible; y si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe
que saba muy bien arbigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo; pero,
antes que del todo me declarase con l, le dije que me leyese aquel papel,
que acaso me haba hallado en un agujero de mi rancho. Abrile, y estuvo un
buen espacio mirndole y construyndole, murmurando entre los dientes.
Preguntle si lo entenda; djome que muy bien, y, que si quera que me lo
declarase palabra por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo
hiciese. Dmosle luego lo que peda, y l poco a poco lo fue traduciendo;
y, en acabando, dijo: ''Todo lo que va aqu en romance, sin faltar letra,
es lo que contiene este papel morisco; y hase de advertir que adonde dice
Lela Marin quiere decir Nuestra Seora la Virgen Mara''.

Lemos el papel, y deca as:

Cuando yo era nia, tena mi padre una esclava, la cual en mi lengua me
mostr la zal cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela Marin. La
cristiana muri, y yo s que no fue al fuego, sino con Al, porque despus
la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela
Marin, que me quera mucho. No s yo cmo vaya: muchos cristianos he visto
por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero sino t. Yo soy muy
hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar conmigo: mira t si
puedes hacer cmo nos vamos, y sers all mi marido, si quisieres, y si no
quisieres, no se me dar nada, que Lela Marin me dar con quien me case.
Yo escrib esto; mira a quin lo das a leer: no te fes de ningn moro,
porque son todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera que no te
descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe, me echar luego en un
pozo, y me cubrir de piedras. En la caa pondr un hilo: ata all la
respuesta; y si no tienes quien te escriba arbigo, dmelo por seas, que
Lela Marin har que te entienda. Ella y Al te guarden, y esa cruz que yo
beso muchas veces; que as me lo mand la cautiva.

Mirad, seores, si era razn que las razones deste papel nos admirasen y
alegrasen. Y as, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendi
que no acaso se haba hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de
nosotros se haba escrito; y as, nos rog que si era verdad lo que
sospechaba, que nos fisemos dl y se lo dijsemos, que l aventurara su
vida por nuestra libertad. Y, diciendo esto, sac del pecho un crucifijo de
metal, y con muchas lgrimas jur por el Dios que aquella imagen
representaba, en quien l, aunque pecador y malo, bien y fielmente crea,
de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisisemos descubrirle,
porque le pareca, y casi adevinaba que, por medio de aquella que aquel
papel haba escrito, haba l y todos nosotros de tener libertad, y verse
l en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa
Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado
por su ignorancia y pecado.

Con tantas lgrimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el
renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos en
declararle la verdad del caso; y as, le dimos cuenta de todo, sin
encubrirle nada. Mostrmosle la ventanilla por donde pareca la caa, y l
marc desde all la casa, y qued de tener especial y gran cuidado de
informarse quin en ella viva. Acordamos, ansimesmo, que sera bien
responder al billete de la mora; y, como tenamos quien lo supiese hacer,
luego al momento el renegado escribi las razones que yo le fui notando,
que puntualmente fueron las que dir, porque de todos los puntos
sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la
memoria, ni aun se me ir en tanto que tuviere vida.

En efeto, lo que a la mora se le respondi fue esto:

El verdadero Al te guarde, seora ma, y aquella bendita Marin, que es la
verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en corazn que te vayas a
tierra de cristianos, porque te quiere bien. Rugale t que se sirva de
darte a entender cmo podrs poner por obra lo que te manda, que ella es
tan buena que s har. De mi parte y de la de todos estos cristianos que
estn conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiremos, hasta
morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que pensares hacer, que yo te
responder siempre; que el grande Al nos ha dado un cristiano cautivo que
sabe hablar y escribir tu lengua tan bien como lo vers por este papel. As
que, sin tener miedo, nos puedes avisar de todo lo que quisieres. A lo que
dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de ser mi mujer, yo te
lo prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos cumplen lo que
prometen mejor que los moros. Al y Marin, su madre, sean en tu guarda,
seora ma.

Escrito y cerrado este papel, aguard dos das a que estuviese el bao
solo, como sola, y luego sal al paso acostumbrado del terradillo, por ver
si la caa pareca, que no tard mucho en asomar. As como la vi, aunque no
poda ver quin la pona, mostr el papel, como dando a entender que
pusiesen el hilo, pero ya vena puesto en la caa, al cual at el papel, y
de all a poco torn a parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de
paz del atadillo. Dejronla caer, y alc yo, y hall en el pao, en toda
suerte de moneda de plata y de oro, ms de cincuenta escudos, los cuales
cincuenta veces ms doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza de
tener libertad.

Aquella misma noche volvi nuestro renegado, y nos dijo que haba sabido
que en aquella casa viva el mesmo moro que a nosotros nos haban dicho que
se llamaba Agi Morato, riqusimo por todo estremo, el cual tena una sola
hija, heredera de toda su hacienda, y que era comn opinin en toda la
ciudad ser la ms hermosa mujer de la Berbera; y que muchos de los
virreyes que all venan la haban pedido por mujer, y que ella nunca se
haba querido casar; y que tambin supo que tuvo una cristiana cautiva, que
ya se haba muerto; todo lo cual concertaba con lo que vena en el papel.
Entramos luego en consejo con el renegado, en qu orden se tendra para
sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos, y, en fin, se
acord por entonces que espersemos el aviso segundo de Zoraida, que as se
llamaba la que ahora quiere llamarse Mara; porque bien vimos que ella, y
no otra alguna era la que haba de dar medio a todas aquellas dificultades.
Despus que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuvisemos pena, que
l perdera la vida o nos pondra en libertad.

Cuatro das estuvo el bao con gente, que fue ocasin que cuatro das
tardase en parecer la caa; al cabo de los cuales, en la acostumbrada
soledad del bao, pareci con el lienzo tan preado, que un felicsimo
parto prometa. Inclinse a m la caa y el lienzo, hall en l otro papel
y cien escudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba all el renegado,
dmosle a leer el papel dentro de nuestro rancho, el cual dijo que as
deca:

Yo no s, mi seor, cmo dar orden que nos vamos a Espaa, ni Lela Marin
me lo ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podr hacer es que
yo os dar por esta ventana muchsimos dineros de oro: rescataos vos con
ellos y vuestros amigos, y vaya uno en tierra de cristianos, y compre all
una barca y vuelva por los dems; y a m me hallarn en el jardn de mi
padre, que est a la puerta de Babazn, junto a la marina, donde tengo de
estar todo este verano con mi padre y con mis criados. De all, de noche,
me podris sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira que has de ser mi
marido, porque si no, yo pedir a Marin que te castigue. Si no te fas de
nadie que vaya por la barca, resctate t y ve, que yo s que volvers
mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura saber el jardn, y
cuando te pasees por ah sabr que est solo el bao, y te dar mucho
dinero. Al te guarde, seor mo.

Esto deca y contena el segundo papel. Lo cual visto por todos, cada uno
se ofreci a querer ser el rescatado, y prometi de ir y volver con toda
puntualidad, y tambin yo me ofrec a lo mismo; a todo lo cual se opuso el
renegado, diciendo que en ninguna manera consentira que ninguno saliese de
libertad hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia le haba
mostrado cun mal cumplan los libres las palabras que daban en el
cautiverio; porque muchas veces haban usado de aquel remedio algunos
principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia, o Mallorca,
con dineros para poder armar una barca y volver por los que le haban
rescatado, y nunca haban vuelto; porque la libertad alcanzada y el temor
de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las obligaciones
del mundo. Y, en confirmacin de la verdad que nos deca, nos cont
brevemente un caso que casi en aquella mesma sazn haba acaecido a unos
caballeros cristianos, el ms estrao que jams sucedi en aquellas partes,
donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de admiracin.

En efecto, l vino a decir que lo que se poda y deba hacer era que el
dinero que se haba de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a l
para comprar all en Argel una barca, con achaque de hacerse mercader y
tratante en Tetun y en aquella costa; y que, siendo l seor de la barca,
fcilmente se dara traza para sacarlos del bao y embarcarlos a todos.
Cuanto ms, que si la mora, como ella deca, daba dineros para rescatarlos
a todos, que, estando libres, era facilsima cosa aun embarcarse en la
mitad del da; y que la dificultad que se ofreca mayor era que los moros
no consienten que renegado alguno compre ni tenga barca, si no es bajel
grande para ir en corso, porque se temen que el que compra barca,
principalmente si es espaol, no la quiere sino para irse a tierra de
cristianos; pero que l facilitara este inconveniente con hacer que un
moro tagarino fuese a la parte con l en la compaa de la barca y en la
ganancia de las mercancas, y con esta sombra l vendra a ser seor de la
barca, con que daba por acabado todo lo dems.

Y, puesto que a m y a mis camaradas nos haba parecido mejor lo de enviar
por la barca a Mallorca, como la mora deca, no osamos contradecirle,
temerosos que, si no hacamos lo que l deca, nos haba de descubrir y
poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida,
por cuya vida diramos todos las nuestras. Y as, determinamos de ponernos
en las manos de Dios y en las del renegado, y en aquel mismo punto se le
respondi a Zoraida, dicindole que haramos todo cuanto nos aconsejaba,
porque lo haba advertido tan bien como si Lela Marin se lo hubiera dicho,
y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio, o ponello luego por obra.
Ofrecmele de nuevo de ser su esposo, y, con esto, otro da que acaeci a
estar solo el bao, en diversas veces, con la caa y el pao, nos dio dos
mil escudos de oro, y un papel donde deca que el primer jum, que es el
viernes, se iba al jardn de su padre, y que antes que se fuese nos dara
ms dinero, y que si aquello no bastase, que se lo avissemos, que nos
dara cuanto le pidisemos: que su padre tena tantos, que no lo echara
menos, cuanto ms, que ella tena la llaves de todo.

Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con
ochocientos me rescat yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a
la sazn se hallaba en Argel, el cual me rescat del rey, tomndome sobre
su palabra, dndola de que con el primer bajel que viniese de Valencia
pagara mi rescate; porque si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al
rey que haba muchos das que mi rescate estaba en Argel, y que el
mercader, por sus granjeras, lo haba callado. Finalmente, mi amo era tan
caviloso que en ninguna manera me atrev a que luego se desembolsase el
dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida se haba de ir
al jardn, nos dio otros mil escudos y nos avis de su partida, rogndome
que, si me rescatase, supiese luego el jardn de su padre, y que en todo
caso buscase ocasin de ir all y verla. Respondle en breves palabras que
as lo hara, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela Marin, con
todas aquellas oraciones que la cautiva le haba enseado.

Hecho esto, dieron orden en que los tres compaeros nuestros se
rescatasen, por facilitar la salida del bao, y porque, vindome a m
rescatado, y a ellos no, pues haba dinero, no se alborotasen y les
persuadiese el diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida;
que, puesto que el ser ellos quien eran me poda asegurar deste temor, con
todo eso, no quise poner el negocio en aventura, y as, los hice rescatar
por la misma orden que yo me rescat, entregando todo el dinero al
mercader, para que, con certeza y seguridad, pudiese hacer la fianza; al
cual nunca descubrimos nuestro trato y secreto, por el peligro que haba.





Captulo XLI. Donde todava prosigue el cautivo su suceso


No se pasaron quince das, cuando ya nuestro renegado tena comprada una
muy buena barca, capaz de ms de treinta personas: y, para asegurar su
hecho y dalle color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se
llamaba Sargel, que est treinta leguas de Argel hacia la parte de Orn, en
el cual hay mucha contratacin de higos pasos. Dos o tres veces hizo este
viaje, en compaa del tagarino que haba dicho. Tagarinos llaman en
Berbera a los moros de Aragn, y a los de Granada, mudjares; y en el
reino de Fez llaman a los mudjares elches, los cuales son la gente de
quien aquel rey ms se sirve en la guerra.

Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una caleta
que estaba no dos tiros de ballesta del jardn donde Zoraida esperaba; y
all, muy de propsito, se pona el renegado con los morillos que bogaban
el remo, o ya a hacer la zal, o a como por ensayarse de burlas a lo que
pensaba hacer de veras; y as, se iba al jardn de Zoraida y le peda
fruta, y su padre se la daba sin conocelle; y, aunque l quisiera hablar a
Zoraida, como l despus me dijo, y decille que l era el que por orden ma
le haba de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y segura,
nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ningn moro ni
turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. De cristianos
cautivos se dejan tratar y comunicar, aun ms de aquello que sera
razonable; y a m me hubiera pesado que l la hubiera hablado, que quiz la
alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero Dios,
que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro
renegado tena; el cual, viendo cun seguramente iba y vena a Sargel, y
que daba fondo cuando y como y adonde quera, y que el tagarino, su
compaero, no tena ms voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yo
estaba ya rescatado, y que slo faltaba buscar algunos cristianos que
bogasen el remo, me dijo que mirase yo cules quera traer conmigo, fuera
de los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer viernes, donde
tena determinado que fuese nuestra partida. Viendo esto, habl a doce
espaoles, todos valientes hombres del remo, y de aquellos que ms
libremente podan salir de la ciudad; y no fue poco hallar tantos en
aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso, y se haban
llevado toda la gente de remo, y stos no se hallaran, si no fuera que su
amo se qued aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que tena
en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que el primer
viernes en la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la
vuelta del jardn de Agi Morato, y que all me aguardasen hasta que yo
fuese. A cada uno di este aviso de por s, con orden que, aunque all
viesen a otros cristianos, no les dijesen sino que yo les haba mandado
esperar en aquel lugar.

Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que ms me
convena: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los
negocios, para que estuviese apercebida y sobre aviso, que no se
sobresaltase si de improviso la asaltsemos antes del tiempo que ella poda
imaginar que la barca de cristianos poda volver. Y as, determin de ir al
jardn y ver si podra hablarla; y, con ocasin de coger algunas yerbas, un
da, antes de mi partida, fui all, y la primera persona con quin encontr
fue con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la Berbera, y aun
en Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni
castellana, ni de otra nacin alguna, sino una mezcla de todas las lenguas
con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de
lenguaje me pregunt que qu buscaba en aquel su jardn, y de quin era.
Respondle que era esclavo de Arnate Mam (y esto, porque saba yo por muy
cierto que era un grandsimo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas,
para hacer ensalada. Preguntme, por el consiguiente, si era hombre de
rescate o no, y que cunto peda mi amo por m. Estando en todas estas
preguntas y respuestas, sali de la casa del jardn la bella Zoraida, la
cual ya haba mucho que me haba visto; y, como las moras en ninguna manera
hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como
ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba;
antes, luego cuando su padre vio que vena, y de espacio, la llam y mand
que llegase.

Demasiada cosa sera decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza, el
gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostr a mis ojos:
slo dir que ms perlas pendan de su hermossimo cuello, orejas y
cabellos, que cabellos tena en la cabeza. En las gargantas de los sus
pies, que descubiertas, a su usanza, traa, traa dos carcajes (que as se
llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de pursimo oro,
con tantos diamantes engastados, que ella me dijo despus que su padre los
estimaba en diez mil doblas, y las que traa en las muecas de las manos
valan otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la
mayor gala y bizarra de las moras es adornarse de ricas perlas y aljfar,
y as, hay ms perlas y aljfar entre moros que entre todas las dems
naciones; y el padre de Zoraida tena fama de tener muchas y de las mejores
que en Argel haba, y de tener asimismo ms de docientos mil escudos
espaoles, de todo lo cual era seora esta que ahora lo es ma. Si con todo
este adorno poda venir entonces hermosa, o no, por las reliquias que le
han quedado en tantos trabajos se podr conjeturar cul deba de ser en las
prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas mujeres tiene
das y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o acrecentarse; y es
natural cosa que las pasiones del nimo la levanten o abajen, puesto que
las ms veces la destruyen.

Digo, en fin, que entonces lleg en todo estremo aderezada y en todo
estremo hermosa, o, a lo menos, a m me pareci serlo la ms que hasta
entonces haba visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me haba
puesto, me pareca que tena delante de m una deidad del cielo, venida a
la tierra para mi gusto y para mi remedio. As como ella lleg, le dijo su
padre en su lengua como yo era cautivo de su amigo Arnate Mam, y que
vena a buscar ensalada. Ella tom la mano, y en aquella mezcla de lenguas
que tengo dicho me pregunt si era caballero y qu era la causa que no me
rescataba. Yo le respond que ya estaba rescatado, y que en el precio poda
echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues haba dado por m mil y
quinientos zoltans. A lo cual ella respondi: ''En verdad que si t fueras
de mi padre, que yo hiciera que no te diera l por otros dos tantos, porque
vosotros, cristianos, siempre ments en cuanto decs, y os hacis pobres
por engaar a los moros''. ''Bien podra ser eso, seora -le respond-, mas
en verdad que yo la he tratado con mi amo, y la trato y la tratar con
cuantas personas hay en el mundo''. ''Y cundo te vas?'', dijo Zoraida.
''Maana, creo yo -dije-, porque est aqu un bajel de Francia que se hace
maana a la vela, y pienso irme en l''. ''No es mejor -replic Zoraida-,
esperar a que vengan bajeles de Espaa, y irte con ellos, que no con los de
Francia, que no son vuestros amigos?'' ''No -respond yo-, aunque si como
hay nuevas que viene ya un bajel de Espaa, es verdad, todava yo le
aguardar, puesto que es ms cierto el partirme maana; porque el deseo que
tengo de verme en mi tierra, y con las personas que bien quiero, es tanto
que no me dejar esperar otra comodidad, si se tarda, por mejor que sea''.
''Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra -dijo Zoraida-, y por eso
deseas ir a verte con tu mujer''. ''No soy -respond yo- casado, mas tengo
dada la palabra de casarme en llegando all''. ''Y es hermosa la dama a
quien se la diste?'', dijo Zoraida. ''Tan hermosa es -respond yo- que para
encarecella y decirte la verdad, te parece a ti mucho''. Desto se riy muy
de veras su padre, y dijo: ''Gual, cristiano, que debe de ser muy hermosa
si se parece a mi hija, que es la ms hermosa de todo este reino. Si no,
mrala bien, y vers cmo te digo verdad''. Servanos de intrprete a las
ms de estas palabras y razones el padre de Zoraida, como ms ladino; que,
aunque ella hablaba la bastarda lengua que, como he dicho, all se usa, ms
declaraba su intencin por seas que por palabras.

Estando en estas y otras muchas razones, lleg un moro corriendo, y dijo,
a grandes voces, que por las bardas o paredes del jardn haban saltado
cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura.
Sobresaltse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida, porque es comn y casi
natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los
soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los
moros que a ellos estn sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos
suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: ''Hija, retrate a la casa
y encirrate, en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y t, cristiano,
busca tus yerbas, y vete en buen hora, y llvete Al con bien a tu
tierra''. Yo me inclin, y l se fue a buscar los turcos, dejndome solo
con Zoraida, que comenz a dar muestras de irse donde su padre la haba
mandado. Pero, apenas l se encubri con los rboles del jardn, cuando
ella, volvindose a m, llenos los ojos de lgrimas, me dijo: ''mexi,
cristiano, mexi''; que quiere decir: "Vaste, cristiano, vaste?" Yo la
respond: ''Seora, s, pero no en ninguna manera sin ti: el primero jum
me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos
a tierra de cristianos''.

Yo le dije esto de manera que ella me entendi muy bien a todas las
razones que entrambos pasamos; y, echndome un brazo al cuello, con
desmayados pasos comenz a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que
pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, que, yendo
los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al cuello,
su padre, que ya volva de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y
manera que bamos, y nosotros vimos que l nos haba visto; pero Zoraida,
advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes se lleg
ms a m y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas,
dando claras seales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo, di a
entender que la sostena contra mi voluntad. Su padre lleg corriendo
adonde estbamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le pregunt que
qu tena; pero, como ella no le respondiese, dijo su padre: ''Sin duda
alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha
desmayado''. Y, quitndola del mo, la arrim a su pecho; y ella, dando un
suspiro y an no enjutos los ojos de lgrimas, volvi a decir: ''mexi,
cristiano, mexi'': "Vete, cristiano, vete". A lo que su padre respondi:
''No importa, hija, que el cristiano se vaya, que ningn mal te ha hecho, y
los turcos ya son idos. No te sobresalte cosa alguna, pues ninguna hay que
pueda darte pesadumbre, pues, como ya te he dicho, los turcos, a mi ruego,
se volvieron por donde entraron''. ''Ellos, seor, la sobresaltaron, como
has dicho -dije yo a su padre-; mas, pues ella dice que yo me vaya, no la
quiero dar pesadumbre: qudate en paz, y, con tu licencia, volver, si
fuere menester, por yerbas a este jardn; que, segn dice mi amo, en
ninguno las hay mejores para ensalada que en l''. ''Todas las que
quisieres podrs volver -respondi Agi Morato-, que mi hija no dice esto
porque t ni ninguno de los cristianos la enojaban, sino que, por decir que
los turcos se fuesen, dijo que t te fueses, o porque ya era hora que
buscases tus yerbas''.

Con esto, me desped al punto de entrambos; y ella, arrancndosele el
alma, al parecer, se fue con su padre; y yo, con achaque de buscar las
yerbas, rode muy bien y a mi placer todo el jardn: mir bien las entradas
y salidas, y la fortaleza de la casa, y la comodidad que se poda ofrecer
para facilitar todo nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di cuenta de
cuanto haba pasado al renegado y a mis compaeros; y ya no vea la hora de
verme gozar sin sobresalto del bien que en la hermosa y bella Zoraida la
suerte me ofreca.

En fin, el tiempo se pas, y se lleg el da y plazo de nosotros tan
deseado; y, siguiendo todos el orden y parecer que, con discreta
consideracin y largo discurso, muchas veces habamos dado, tuvimos el buen
suceso que desebamos; porque el viernes que se sigui al da que yo con
Zoraida habl en el jardn, nuestro renegado, al anochecer, dio fondo con
la barca casi frontero de donde la hermossima Zoraida estaba. Ya los
cristianos que haban de bogar el remo estaban prevenidos y escondidos por
diversas partes de todos aquellos alrededores. Todos estaban suspensos y
alborozados, aguardndome, deseosos ya de embestir con el bajel que a los
ojos tenan; porque ellos no saban el concierto del renegado, sino que
pensaban que a fuerza de brazos haban de haber y ganar la libertad,
quitando la vida a los moros que dentro de la barca estaban.

Sucedi, pues, que, as como yo me mostr y mis compaeros, todos los
dems escondidos que nos vieron se vinieron llegando a nosotros. Esto era
ya a tiempo que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella campaa
ninguna persona pareca. Como estuvimos juntos, dudamos si sera mejor ir
primero por Zoraida, o rendir primero a los moros bagarinos que bogaban el
remo en la barca. Y, estando en esta duda, lleg a nosotros nuestro
renegado dicindonos que en qu nos detenamos, que ya era hora, y que
todos sus moros estaban descuidados, y los ms dellos durmiendo. Dijmosle
en lo que reparbamos, y l dijo que lo que ms importaba era rendir
primero el bajel, que se poda hacer con grandsima facilidad y sin peligro
alguno, y que luego podamos ir por Zoraida. Parecinos bien a todos lo que
deca, y as, sin detenernos ms, haciendo l la gua, llegamos al bajel,
y, saltando l dentro primero, meti mano a un alfanje, y dijo en morisco:
''Ninguno de vosotros se mueva de aqu, si no quiere que le cueste la
vida''. Ya, a este tiempo, haban entrado dentro casi todos los cristianos.
Los moros, que eran de poco nimo, viendo hablar de aquella manera a su
arrez, quedronse espantados, y sin ninguno de todos ellos echar mano a
las armas, que pocas o casi ningunas tenan, se dejaron, sin hablar alguna
palabra, maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo
hicieron, amenazando a los moros que si alzaban por alguna va o manera la
voz, que luego al punto los pasaran todos a cuchillo.

Hecho ya esto, quedndose en guardia dellos la mitad de los nuestros, los
que quedbamos, hacindonos asimismo el renegado la gua, fuimos al jardn
de Agi Morato, y quiso la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se
abri con tanta facilidad como si cerrada no estuviera; y as, con gran
quietud y silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. Estaba la
bellsima Zoraida aguardndonos a una ventana, y, as como sinti gente,
pregunt con voz baja si ramos nizarani, como si dijera o preguntara si
ramos cristianos. Yo le respond que s, y que bajase. Cuando ella me
conoci, no se detuvo un punto, porque, sin responderme palabra, baj en un
instante, abri la puerta y mostrse a todos tan hermosa y ricamente
vestida que no lo acierto a encarecer. Luego que yo la vi, le tom una
mano y la comenc a besar, y el renegado hizo lo mismo, y mis dos
camaradas; y los dems, que el caso no saban, hicieron lo que vieron que
nosotros hacamos, que no pareca sino que le dbamos las gracias y la
reconocamos por seora de nuestra libertad. El renegado le dijo en lengua
morisca si estaba su padre en el jardn. Ella respondi que s y que
dorma. ''Pues ser menester despertalle -replic el renegado-, y
llevrnosle con nosotros, y todo aquello que tiene de valor este hermoso
jardn.'' ''No -dijo ella-, a mi padre no se ha de tocar en ningn modo, y
en esta casa no hay otra cosa que lo que yo llevo, que es tanto, que bien
habr para que todos quedis ricos y contentos; y esperaros un poco y lo
veris''. Y, diciendo esto, se volvi a entrar, diciendo que muy presto
volvera; que nos estuvisemos quedos, sin hacer ningn ruido. Preguntle
al renegado lo que con ella haba pasado, el cual me lo cont, a quien yo
dije que en ninguna cosa se haba de hacer ms de lo que Zoraida quisiese;
la cual ya que volva cargada con un cofrecillo lleno de escudos de oro,
tantos, que apenas lo poda sustentar, quiso la mala suerte que su padre
despertase en el nterin y sintiese el ruido que andaba en el jardn; y,
asomndose a la ventana, luego conoci que todos los que en l estaban eran
cristianos; y, dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenz a decir
en arbigo: ''Cristianos, cristianos! Ladrones, ladrones!''; por los
cuales gritos nos vimos todos puestos en grandsima y temerosa confusin.
Pero el renegado, viendo el peligro en que estbamos, y lo mucho que le
importaba salir con aquella empresa antes de ser sentido, con grandsima
presteza, subi donde Agi Morato estaba, y juntamente con l fueron algunos
de nosotros; que yo no os desamparar a la Zoraida, que como desmayada se
haba dejado caer en mis brazos. En resolucin, los que subieron se dieron
tan buena maa que en un momento bajaron con Agi Morato, trayndole atadas
las manos y puesto un paizuelo en la boca, que no le dejaba hablar
palabra, amenazndole que el hablarla le haba de costar la vida. Cuando su
hija le vio, se cubri los ojos por no verle, y su padre qued espantado,
ignorando cun de su voluntad se haba puesto en nuestras manos. Mas,
entonces siendo ms necesarios los pies, con diligencia y presteza nos
pusimos en la barca; que ya los que en ella haban quedado nos esperaban,
temerosos de algn mal suceso nuestro.

Apenas seran dos horas pasadas de la noche, cuando ya estbamos todos en
la barca, en la cual se le quit al padre de Zoraida la atadura de las
manos y el pao de la boca; pero tornle a decir el renegado que no hablase
palabra, que le quitaran la vida. l, como vio all a su hija, comenz a
suspirar ternsimamente, y ms cuando vio que yo estrechamente la tena
abrazada, y que ella sin defender, quejarse ni esquivarse, se estaba queda;
pero, con todo esto, callaba, porque no pusiesen en efeto las muchas
amenazas que el renegado le haca. Vindose, pues, Zoraida ya en la barca,
y que queramos dar los remos al agua, y viendo all a su padre y a los
dems moros que atados estaban, le dijo al renegado que me dijese le
hiciese merced de soltar a aquellos moros y de dar libertad a su padre,
porque antes se arrojara en la mar que ver delante de sus ojos y por causa
suya llevar cautivo a un padre que tanto la haba querido. El renegado me
lo dijo; y yo respond que era muy contento; pero l respondi que no
convena, a causa que, si all los dejaban apellidaran luego la tierra y
alborotaran la ciudad, y seran causa que saliesen a buscallos con algunas
fragatas ligeras, y les tomasen la tierra y la mar, de manera que no
pudisemos escaparnos; que lo que se podra hacer era darles libertad en
llegando a la primera tierra de cristianos. En este parecer venimos todos,
y Zoraida, a quien se le dio cuenta, con las causas que nos movan a no
hacer luego lo que quera, tambin se satisfizo; y luego, con regocijado
silencio y alegre diligencia, cada uno de nuestros valientes remeros tom
su remo, y comenzamos, encomendndonos a Dios de todo corazn, a navegar la
vuelta de las islas de Mallorca, que es la tierra de cristianos ms cerca.

Pero, a causa de soplar un poco el viento tramontana y estar la mar algo
picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y fuenos forzoso
dejarnos ir tierra a tierra la vuelta de Orn, no sin mucha pesadumbre
nuestra, por no ser descubiertos del lugar de Sargel, que en aquella costa
cae sesenta millas de Argel. Y, asimismo, temamos encontrar por aquel
paraje alguna galeota de las que de ordinario vienen con mercanca de
Tetun, aunque cada uno por s, y todos juntos, presumamos de que, si se
encontraba galeota de mercanca, como no fuese de las que andan en corso,
que no slo no nos perderamos, mas que tomaramos bajel donde con ms
seguridad pudisemos acabar nuestro viaje. Iba Zoraida, en tanto que se
navegaba, puesta la cabeza entre mis manos, por no ver a su padre, y senta
yo que iba llamando a Lela Marin que nos ayudase.

Bien habramos navegado treinta millas, cuando nos amaneci, como tres
tiros de arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos desierta y sin
nadie que nos descubriese; pero, con todo eso, nos fuimos a fuerza de
brazos entrando un poco en la mar, que ya estaba algo ms sosegada; y,
habiendo entrado casi dos leguas, diose orden que se bogase a cuarteles en
tanto que comamos algo, que iba bien proveda la barca, puesto que los que
bogaban dijeron que no era aqul tiempo de tomar reposo alguno, que les
diesen de comer los que no bogaban, que ellos no queran soltar los remos
de las manos en manera alguna. Hzose ans, y en esto comenz a soplar un
viento largo, que nos oblig a hacer luego vela y a dejar el remo, y
enderezar a Orn, por no ser posible poder hacer otro viaje. Todo se hizo
con muchsima presteza; y as, a la vela, navegamos por ms de ocho millas
por hora, sin llevar otro temor alguno sino el de encontrar con bajel que
de corso fuese.

Dimos de comer a los moros bagarinos, y el renegado les consol
dicindoles como no iban cautivos, que en la primera ocasin les daran
libertad. Lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, el cual respondi:
''Cualquiera otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra liberalidad y
buen trmino, oh cristianos!, mas el darme libertad, no me tengis por tan
simple que lo imagine; que nunca os pusistes vosotros al peligro de
quitrmela para volverla tan liberalmente, especialmente sabiendo quin soy
yo, y el interese que se os puede seguir de drmela; el cual interese, si
le queris poner nombre, desde aqu os ofrezco todo aquello que quisiredes
por m y por esa desdichada hija ma, o si no, por ella sola, que es la
mayor y la mejor parte de mi alma''. En diciendo esto, comenz a llorar tan
amargamente que a todos nos movi a compasin, y forz a Zoraida que le
mirase; la cual, vindole llorar, as se enterneci que se levant de mis
pies y fue a abrazar a su padre, y, juntando su rostro con el suyo,
comenzaron los dos tan tierno llanto que muchos de los que all bamos le
acompaamos en l. Pero, cuando su padre la vio adornada de fiesta y con
tantas joyas sobre s, le dijo en su lengua: ''Qu es esto, hija, que ayer
al anochecer, antes que nos sucediese esta terrible desgracia en que nos
vemos, te vi con tus ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que hayas
tenido tiempo de vestirte y sin haberte dado alguna nueva alegre de
solenizalle con adornarte y pulirte, te veo compuesta con los mejores
vestidos que yo supe y pude darte cuando nos fue la ventura ms favorable?
Respndeme a esto, que me tiene ms suspenso y admirado que la misma
desgracia en que me hallo''.

Todo lo que el moro deca a su hija nos lo declaraba el renegado, y ella
no le responda palabra. Pero, cuando l vio a un lado de la barca el
cofrecillo donde ella sola tener sus joyas, el cual saba l bien que le
haba dejado en Argel, y no tradole al jardn, qued ms confuso, y
preguntle que cmo aquel cofre haba venido a nuestras manos, y qu era lo
que vena dentro. A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoraida le
respondiese, le respondi: ''No te canses, seor, en preguntar a Zoraida,
tu hija, tantas cosas, porque con una que yo te responda te satisfar a
todas; y as, quiero que sepas que ella es cristiana, y es la que ha sido
la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro cautiverio; ella va
aqu de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse en este
estado, como el que sale de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida
y de la pena a la gloria''. ''Es verdad lo que ste dice, hija?'', dijo el
moro. ''As es'', respondi Zoraida. ''Que, en efeto -replic el viejo-,
t eres cristiana, y la que ha puesto a su padre en poder de sus
enemigos?'' A lo cual respondi Zoraida: ''La que es cristiana yo soy, pero
no la que te ha puesto en este punto, porque nunca mi deseo se estendi a
dejarte ni a hacerte mal, sino a hacerme a m bien''. ''Y qu bien es el
que te has hecho, hija?'' ''Eso -respondi ella- pregntaselo t a Lela
Marin, que ella te lo sabr decir mejor que no yo''.

Apenas hubo odo esto el moro, cuando, con una increble presteza, se
arroj de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, si el
vestido largo y embarazoso que traa no le entretuviera un poco sobre el
agua. Dio voces Zoraida que le sacasen, y as, acudimos luego todos, y,
asindole de la almalafa, le sacamos medio ahogado y sin sentido, de que
recibi tanta pena Zoraida que, como si fuera ya muerto, haca sobre l un
tierno y doloroso llanto. Volvmosle boca abajo, volvi mucha agua, torn
en s al cabo de dos horas, en las cuales, habindose trocado el viento,
nos convino volver hacia tierra, y hacer fuerza de remos, por no embestir
en ella; mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala que se hace
al lado de un pequeo promontorio o cabo que de los moros es llamado el de
La Cava Ruma, que en nuestra lengua quiere decir La mala mujer cristiana;
y es tradicin entre los moros que en aquel lugar est enterrada la Cava,
por quien se perdi Espaa, porque cava en su lengua quiere decir mujer
mala, y ruma, cristiana; y aun tienen por mal agero llegar all a dar
fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella;
puesto que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de
nuestro remedio, segn andaba alterada la mar.

Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no dejamos jams los remos de la
mano; comimos de lo que el renegado haba provedo, y rogamos a Dios y a
Nuestra Seora, de todo nuestro corazn, que nos ayudase y favoreciese para
que felicemente disemos fin a tan dichoso principio. Diose orden, a
suplicacin de Zoraida, como echsemos en tierra a su padre y a todos los
dems moros que all atados venan, porque no le bastaba el nimo, ni lo
podan sufrir sus blandas entraas, ver delante de sus ojos atado a su
padre y aquellos de su tierra presos. Prometmosle de hacerlo as al tiempo
de la partida, pues no corra peligro el dejallos en aquel lugar, que era
despoblado. No fueron tan vanas nuestras oraciones que no fuesen odas del
cielo; que, en nuestro favor, luego volvi el viento, tranquilo el mar,
convidndonos a que tornsemos alegres a proseguir nuestro comenzado viaje.

Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, de
lo que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar al padre
de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: ''Por qu pensis,
cristianos, que esta mala hembra huelga de que me deis libertad? Pensis
que es por piedad que de m tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el
estorbo que le dar mi presencia cuando quiera poner en ejecucin sus malos
deseos; ni pensis que la ha movido a mudar religin entender ella que la
vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se
usa la deshonestidad ms libremente que en la nuestra''. Y, volvindose a
Zoraida, tenindole yo y otro cristiano de entrambos brazos asido, porque
algn desatino no hiciese, le dijo: ''Oh infame moza y mal aconsejada
muchacha! Adnde vas, ciega y desatinada, en poder destos perros,
naturales enemigos nuestros? Maldita sea la hora en que yo te engendr, y
malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!'' Pero, viendo yo
que llevaba trmino de no acabar tan presto, di priesa a ponelle en tierra,
y desde all, a voces, prosigui en sus maldiciones y lamentos, rogando a
Mahoma rogase a Al que nos destruyese, confundiese y acabase; y cuando,
por habernos hecho a la vela, no podimos or sus palabras, vimos sus obras,
que eran arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse por el
suelo; mas una vez esforz la voz de tal manera que podimos entender que
deca: ''Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono;
entrega a esos hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a
este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejar la vida, si t le
dejas!'' Todo lo cual escuchaba Zoraida, y todo lo senta y lloraba, y no
supo decirle ni respondelle palabra, sino: ''Plega a Al, padre mo, que
Lela Marin, que ha sido la causa de que yo sea cristiana, ella te consuele
en tu tristeza. Al sabe bien que no pude hacer otra cosa de la que he
hecho, y que estos cristianos no deben nada a mi voluntad, pues, aunque
quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me fuera imposible,
segn la priesa que me daba mi alma a poner por obra sta que a m me
parece tan buena como t, padre amado, la juzgas por mala''. Esto dijo, a
tiempo que ni su padre la oa, ni nosotros ya le veamos; y as, consolando
yo a Zoraida, atendimos todos a nuestro viaje, el cual nos le facilitaba el
proprio viento, de tal manera que bien tuvimos por cierto de vernos otro
da al amanecer en las riberas de Espaa.

Mas, como pocas veces, o nunca, viene el bien puro y sencillo, sin ser
acompaado o seguido de algn mal que le turbe o sobresalte, quiso nuestra
ventura, o quiz las maldiciones que el moro a su hija haba echado, que
siempre se han de temer de cualquier padre que sean; quiso, digo, que
estando ya engolfados y siendo ya casi pasadas tres horas de la noche,
yendo con la vela tendida de alto baja, frenillados los remos, porque el
prspero viento nos quitaba del trabajo de haberlos menester, con la luz de
la luna, que claramente resplandeca, vimos cerca de nosotros un bajel
redondo, que, con todas las velas tendidas, llevando un poco a orza el
timn, delante de nosotros atravesaba; y esto tan cerca, que nos fue
forzoso amainar por no embestirle, y ellos, asimesmo, hicieron fuerza de
timn para darnos lugar que passemos.

Habanse puesto a bordo del bajel a preguntarnos quin ramos, y adnde
navegbamos, y de dnde venamos; pero, por preguntarnos esto en lengua
francesa, dijo nuestro renegado: ''Ninguno responda; porque stos, sin
duda, son cosarios franceses, que hacen a toda ropa''. Por este
advertimiento, ninguno respondi palabra; y, habiendo pasado un poco
delante, que ya el bajel quedaba sotavento, de improviso soltaron dos
piezas de artillera, y, a lo que pareca, ambas venan con cadenas, porque
con una cortaron nuestro rbol por medio, y dieron con l y con la vela en
la mar; y al momento, disparando otra pieza, vino a dar la bala en mitad de
nuestra barca, de modo que la abri toda, sin hacer otro mal alguno; pero,
como nosotros nos vimos ir a fondo, comenzamos todos a grandes voces a
pedir socorro y a rogar a los del bajel que nos acogiesen, porque nos
anegbamos. Amainaron entonces, y, echando el esquife o barca a la mar,
entraron en l hasta doce franceses bien armados, con sus arcabuces y
cuerdas encendidas, y as llegaron junto al nuestro; y, viendo cun pocos
ramos y cmo el bajel se hunda, nos recogieron, diciendo que, por haber
usado de la descortesa de no respondelles, nos haba sucedido aquello.
Nuestro renegado tom el cofre de las riquezas de Zoraida, y dio con l en
la mar, sin que ninguno echase de ver en lo que haca. En resolucin, todos
pasamos con los franceses, los cuales, despus de haberse informado de todo
aquello que de nosotros saber quisieron, como si fueran nuestros capitales
enemigos, nos despojaron de todo cuanto tenamos, y a Zoraida le quitaron
hasta los carcajes que traa en los pies. Pero no me daba a m tanta
pesadumbre la que a Zoraida daban, como me la daba el temor que tena de
que haban de pasar del quitar de las riqusimas y preciossimas joyas al
quitar de la joya que ms vala y ella ms estimaba. Pero los deseos de
aquella gente no se estienden a ms que al dinero, y desto jams se vee
harta su codicia; lo cual entonces lleg a tanto, que aun hasta los
vestidos de cautivos nos quitaran si de algn provecho les fueran. Y hubo
parecer entre ellos de que a todos nos arrojasen a la mar envueltos en una
vela, porque tenan intencin de tratar en algunos puertos de Espaa con
nombre de que eran bretones, y si nos llevaban vivos, seran castigados,
siendo descubierto su hurto. Mas el capitn, que era el que haba despojado
a mi querida Zoraida, dijo que l se contentaba con la presa que tena, y
que no quera tocar en ningn puerto de Espaa, sino pasar el estrecho de
Gibraltar de noche, o como pudiese, y irse a la Rochela, de donde haba
salido; y as, tomaron por acuerdo de darnos el esquife de su navo, y todo
lo necesario para la corta navegacin que nos quedaba, como lo hicieron
otra da, ya a vista de tierra de Espaa, con la cual vista, todas nuestras
pesadumbres y pobrezas se nos olvidaron de todo punto, como si no hubieran
pasado por nosotros: tanto es el gusto de alcanzar la libertad perdida.

Cerca de medioda podra ser cuando nos echaron en la barca, dndonos dos
barriles de agua y algn bizcocho; y el capitn, movido no s de qu
misericordia, al embarcarse la hermossima Zoraida, le dio hasta cuarenta
escudos de oro, y no consinti que le quitasen sus soldados estos mesmos
vestidos que ahora tiene puestos. Entramos en el bajel; dmosles las
gracias por el bien que nos hacan, mostrndonos ms agradecidos que
quejosos; ellos se hicieron a lo largo, siguiendo la derrota del estrecho;
nosotros, sin mirar a otro norte que a la tierra que se nos mostraba
delante, nos dimos tanta priesa a bogar que al poner del sol estbamos tan
cerca que bien pudiramos, a nuestro parecer, llegar antes que fuera muy
noche; pero, por no parecer en aquella noche la luna y el cielo mostrarse
escuro, y por ignorar el paraje en que estbamos, no nos pareci cosa
segura embestir en tierra, como a muchos de nosotros les pareca, diciendo
que disemos en ella, aunque fuese en unas peas y lejos de poblado, porque
as aseguraramos el temor que de razn se deba tener que por all
anduviesen bajeles de cosarios de Tetun, los cuales anochecen en Berbera
y amanecen en las costas de Espaa, y hacen de ordinario presa, y se
vuelven a dormir a sus casas. Pero, de los contrarios pareceres, el que se
tom fue que nos llegsemos poco a poco, y que si el sosiego del mar lo
concediese, desembarcsemos donde pudisemos.

Hzose as, y poco antes de la media noche sera cuando llegamos al pie de
una disformsima y alta montaa, no tan junto al mar que no concediese un
poco de espacio para poder desembarcar cmodamente. Embestimos en la arena,
salimos a tierra, besamos el suelo, y, con lgrimas de muy alegrsimo
contento, dimos todos gracias a Dios, Seor Nuestro, por el bien tan
incomparable que nos haba hecho. Sacamos de la barca los bastimentos que
tena, tirmosla en tierra, y submonos un grandsimo trecho en la montaa,
porque an all estbamos, y an no podamos asegurar el pecho, ni
acabbamos de creer que era tierra de cristianos la que ya nos sostena.
Amaneci ms tarde, a mi parecer, de lo que quisiramos. Acabamos de
subir toda la montaa, por ver si desde all algn poblado se descubra, o
algunas cabaas de pastores; pero, aunque ms tendimos la vista, ni
poblado, ni persona, ni senda, ni camino descubrimos. Con todo esto,
determinamos de entrarnos la tierra adentro, pues no podra ser menos sino
que presto descubrisemos quien nos diese noticia della. Pero lo que a m
ms me fatigaba era el ver ir a pie a Zoraida por aquellas asperezas, que,
puesto que alguna vez la puse sobre mis hombros, ms le cansaba a ella mi
cansancio que la reposaba su reposo; y as, nunca ms quiso que yo aquel
trabajo tomase; y, con mucha paciencia y muestras de alegra, llevndola yo
siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua debamos de haber
andado, cuando lleg a nuestros odos el son de una pequea esquila, seal
clara que por all cerca haba ganado; y, mirando todos con atencin si
alguno se pareca, vimos al pie de un alcornoque un pastor mozo, que con
grande reposo y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo. Dimos
voces, y l, alzando la cabeza, se puso ligeramente en pie, y, a lo que
despus supimos, los primeros que a la vista se le ofrecieron fueron el
renegado y Zoraida, y, como l los vio en hbito de moros, pens que todos
los de la Berbera estaban sobre l; y, metindose con estraa ligereza por
el bosque adelante, comenz a dar los mayores gritos del mundo diciendo:
''Moros, moros hay en la tierra! Moros, moros! Arma, arma!''

Con estas voces quedamos todos confusos, y no sabamos qu hacernos; pero,
considerando que las voces del pastor haban de alborotar la tierra, y que
la caballera de la costa haba de venir luego a ver lo que era, acordamos
que el renegado se desnudase las ropas del turco y se vistiese un
gilecuelco o casaca de cautivo que uno de nosotros le dio luego, aunque se
qued en camisa; y as, encomendndonos a Dios, fuimos por el mismo camino
que vimos que el pastor llevaba, esperando siempre cundo haba de dar
sobre nosotros la caballera de la costa. Y no nos enga nuestro
pensamiento, porque, an no habran pasado dos horas cuando, habiendo ya
salido de aquellas malezas a un llano, descubrimos hasta cincuenta
caballeros, que con gran ligereza, corriendo a media rienda, a nosotros se
venan, y as como los vimos, nos estuvimos quedos aguardndolos; pero,
como ellos llegaron y vieron, en lugar de los moros que buscaban, tanto
pobre cristiano, quedaron confusos, y uno dellos nos pregunt si ramos
nosotros acaso la ocasin por que un pastor haba apellidado al arma.
''S'', dije yo; y, queriendo comenzar a decirle mi suceso, y de dnde
venamos y quin ramos, uno de los cristianos que con nosotros venan
conoci al jinete que nos haba hecho la pregunta, y dijo, sin dejarme a m
decir ms palabra: ''Gracias sean dadas a Dios, seores, que a tan buena
parte nos ha conducido!, porque, si yo no me engao, la tierra que pisamos
es la de Vlez Mlaga, si ya los aos de mi cautiverio no me han quitado de
la memoria el acordarme que vos, seor, que nos preguntis quin somos,
sois Pedro de Bustamante, to mo''. Apenas hubo dicho esto el cristiano
cautivo, cuando el jinete se arroj del caballo y vino a abrazar al mozo,
dicindole: ''Sobrino de mi alma y de mi vida, ya te conozco, y ya te he
llorado por muerto yo, y mi hermana, tu madre, y todos los tuyos, que an
viven; y Dios ha sido servido de darles vida para que gocen el placer de
verte: ya sabamos que estabas en Argel, y por las seales y muestras de
tus vestidos, y la de todos los desta compaa, comprehendo que habis
tenido milagrosa libertad''. ''As es -respondi el mozo-, y tiempo nos
quedar para controslo todo''.

Luego que los jinetes entendieron que ramos cristianos cautivos, se
apearon de sus caballos, y cada uno nos convidaba con el suyo para
llevarnos a la ciudad de Vlez Mlaga, que legua y media de all estaba.
Algunos dellos volvieron a llevar la barca a la ciudad, dicindoles dnde
la habamos dejado; otros nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en las
del caballo del to del cristiano. Salinos a recebir todo el pueblo, que
ya de alguno que se haba adelantado saban la nueva de nuestra venida. No
se admiraban de ver cautivos libres, ni moros cautivos, porque toda la
gente de aquella costa est hecha a ver a los unos y a los otros; pero
admirbanse de la hermosura de Zoraida, la cual en aquel instante y sazn
estaba en su punto, ans con el cansancio del camino como con la alegra de
verse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto de perderse; y esto le
haba sacado al rostro tales colores que, si no es que la aficin entonces
me engaaba, osar decir que ms hermosa criatura no haba en el mundo; a
lo menos, que yo la hubiese visto.

Fuimos derechos a la iglesia, a dar gracias a Dios por la merced recebida;
y, as como en ella entr Zoraida, dijo que all haba rostros que se
parecan a los de Lela Marin. Dijmosle que eran imgines suyas, y como
mejor se pudo le dio el renegado a entender lo que significaban, para que
ella las adorase como si verdaderamente fueran cada una dellas la misma
Lela Marin que la haba hablado. Ella, que tiene buen entendimiento y un
natural fcil y claro, entendi luego cuanto acerca de las imgenes se le
dijo. Desde all nos llevaron y repartieron a todos en diferentes casas del
pueblo; pero al renegado, Zoraida y a m nos llev el cristiano que vino
con nosotros, y en casa de sus padres, que medianamente eran acomodados de
los bienes de fortuna, y nos regalaron con tanto amor como a su mismo hijo.

Seis das estuvimos en Vlez, al cabo de los cuales el renegado, hecha su
informacin de cuanto le convena, se fue a la ciudad de Granada, a
reducirse por medio de la Santa Inquisicin al gremio santsimo de la
Iglesia; los dems cristianos libertados se fueron cada uno donde mejor le
pareci; solos quedamos Zoraida y yo, con solos los escudos que la cortesa
del francs le dio a Zoraida, de los cuales compr este animal en que ella
viene; y, sirvindola yo hasta agora de padre y escudero, y no de esposo,
vamos con intencin de ver si mi padre es vivo, o si alguno de mis hermanos
ha tenido ms prspera ventura que la ma, puesto que, por haberme hecho el
cielo compaero de Zoraida, me parece que ninguna otra suerte me pudiera
venir, por buena que fuera, que ms la estimara. La paciencia con que
Zoraida lleva las incomodidades que la pobreza trae consigo, y el deseo que
muestra tener de verse ya cristiana es tanto y tal, que me admira y me
mueve a servirla todo el tiempo de mi vida, puesto que el gusto que tengo
de verme suyo y de que ella sea ma me lo turba y deshace no saber si
hallar en mi tierra algn rincn donde recogella, y si habrn hecho el
tiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre y hermanos
que apenas halle quien me conozca, si ellos faltan. No tengo ms, seores,
que deciros de mi historia; la cual, si es agradable y peregrina, jzguenlo
vuestros buenos entendimientos; que de m s decir que quisiera habrosla
contado ms brevemente, puesto que el temor de enfadaros ms de cuatro
circustancias me ha quitado de la lengua.





Captulo XLII. Que trata de lo que ms sucedi en la venta y de otras
muchas cosas dignas de saberse


Call, en diciendo esto, el cautivo, a quien don Fernando dijo:

-Por cierto, seor capitn, el modo con que habis contado este estrao
suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estraeza del mesmo caso.
Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden
a quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido en
escuchalle, que, aunque nos hallara el da de maana entretenidos en el
mesmo cuento, holgramos que de nuevo se comenzara.

Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los dems se le ofrecieron, con
todo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosas
y tan verdaderas que el capitn se tuvo por bien satisfecho de sus
voluntades. Especialmente, le ofreci don Fernando que si quera volverse
con l, que l hara que el marqus, su hermano, fuese padrino del bautismo
de Zoraida, y que l, por su parte, le acomodara de manera que pudiese
entrar en su tierra con el autoridad y cmodo que a su persona se deba.
Todo lo agradeci cortessimamente el cautivo, pero no quiso acetar ninguno
de sus liberales ofrecimientos.

En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, lleg a la venta un
coche, con algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien la
ventera respondi que no haba en toda la venta un palmo desocupado.

-Pues, aunque eso sea -dijo uno de los de a caballo que haban entrado-, no
ha de faltar para el seor oidor que aqu viene.

A este nombre se turb la gspeda, y dijo:

-Seor, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su merced del
seor oidor la trae, que s debe de traer, entre en buen hora, que yo y mi
marido nos saldremos de nuestro aposento por acomodar a su merced.

-Sea en buen hora -dijo el escudero.

Pero, a este tiempo, ya haba salido del coche un hombre, que en el traje
mostr luego el oficio y cargo que tena, porque la ropa luenga, con las
mangas arrocadas, que vesta, mostraron ser oidor, como su criado haba
dicho. Traa de la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seis
aos, vestida de camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que a
todos puso en admiracin su vista; de suerte que, a no haber visto a
Dorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la venta estaban, creyeran que otra
tal hermosura como la desta doncella difcilmente pudiera hallarse. Hallse
don Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y, as como le vio, dijo:

-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo,
que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad
en el mundo que no d lugar a las armas y a las letras, y ms si las armas
y letras traen por gua y adalid a la fermosura, como la traen las letras
de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no slo abrirse y
manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse y
abajarse las montaas, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en
este paraso, que aqu hallar estrellas y soles que acompaen el cielo que
vuestra merced trae consigo; aqu hallar las armas en su punto y la
hermosura en su estremo.

Admirado qued el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien se puso a
mirar muy de propsito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras;
y, sin hallar ningunas con que respondelle, se torn a admirar de nuevo
cuando vio delante de s a Luscinda, Dorotea y a Zoraida, que, a las nuevas
de los nuevos gspedes y a las que la ventera les haba dado de la
hermosura de la doncella, haban venido a verla y a recebirla. Pero don
Fernando, Cardenio y el cura le hicieron ms llanos y ms cortesanos
ofrecimientos. En efecto, el seor oidor entr confuso, as de lo que vea
como de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron la bienllegada
a la hermosa doncella.

En resolucin, bien ech de ver el oidor que era gente principal toda la
que all estaba; pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote le
desatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos y
tanteado la comodidad de la venta, se orden lo que antes estaba ordenado:
que todas las mujeres se entrasen en el camaranchn ya referido, y que los
hombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y as, fue contento el oidor
que su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas seoras, lo que
ella hizo de muy buena gana. Y con parte de la estrecha cama del ventero, y
con la mitad de la que el oidor traa, se acomodaron aquella noche mejor de
lo que pensaban.

El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazn
y barruntos de que aqul era su hermano, pregunt a uno de los criados que
con l venan que cmo se llamaba y si saba de qu tierra era. El criado
le respondi que se llamaba el licenciado Juan Prez de Viedma, y que haba
odo decir que era de un lugar de las montaas de Len. Con esta relacin y
con lo que l haba visto se acab de confirmar de que aqul era su
hermano, que haba seguido las letras por consejo de su padre; y,
alborotado y contento, llamando aparte a don Fernando, a Cardenio y al
cura, les cont lo que pasaba, certificndoles que aquel oidor era su
hermano. Habale dicho tambin el criado como iba provedo por oidor a las
Indias, en la Audiencia de Mjico. Supo tambin como aquella doncella era
su hija, de cuyo parto haba muerto su madre, y que l haba quedado muy
rico con el dote que con la hija se le qued en casa. Pidiles consejo qu
modo tendra para descubrirse, o para conocer primero si, despus de
descubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le receba con
buenas entraas.

-Djeseme a m el hacer esa experiencia -dijo el cura-; cuanto ms, que no
hay pensar sino que vos, seor capitn, seris muy bien recebido; porque el
valor y prudencia que en su buen parecer descubre vuestro hermano no da
indicios de ser arrogante ni desconocido, ni que no ha de saber poner los
casos de la fortuna en su punto.

-Con todo eso -dijo el capitn- yo querra, no de improviso, sino por
rodeos, drmele a conocer.

-Ya os digo -respondi el cura- que yo lo trazar de modo que todos
quedemos satisfechos.

Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, eceto
el cautivo y las seoras, que cenaron de por s en su aposento. En la mitad
de la cena dijo el cura:

-Del mesmo nombre de vuestra merced, seor oidor, tuve yo una camarada en
Costantinopla, donde estuve cautivo algunos aos; la cual camarada era uno
de los valientes soldados y capitanes que haba en toda la infantera
espaola, pero tanto cuanto tena de esforzado y valeroso lo tena de
desdichado.

-Y cmo se llamaba ese capitn, seor mo? -pregunt el oidor.

-Llambase -respondi el cura- Ruy Prez de Viedma, y era natural de un
lugar de las montaas de Len, el cual me cont un caso que a su padre
con sus hermanos le haba sucedido, que, a no contrmelo un hombre tan
verdadero como l, lo tuviera por conseja de aquellas que las viejas
cuentan el invierno al fuego. Porque me dijo que su padre haba dividido su
hacienda entre tres hijos que tena, y les haba dado ciertos consejos,
mejores que los de Catn. Y s yo decir que el que l escogi de venir a la
guerra le haba sucedido tan bien que en pocos aos, por su valor y
esfuerzo, sin otro brazo que el de su mucha virtud, subi a ser capitn de
infantera, y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre de
campo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar y
tener buena, all la perdi, con perder la libertad en la felicsima
jornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo la
perd en la Goleta, y despus, por diferentes sucesos, nos hallamos
camaradas en Costantinopla. Desde all vino a Argel, donde s que le
sucedi uno de los ms estraos casos que en el mundo han sucedido.

De aqu fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, cont lo que con
Zoraida a su hermano haba sucedido; a todo lo cual estaba tan atento el
oidor, que ninguna vez haba sido tan oidor como entonces. Slo lleg el
cura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en la
barca venan, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora
haban quedado; de los cuales no haba sabido en qu haban parado, ni si
haban llegado a Espaa, o llevdolos los franceses a Francia.

Todo lo que el cura deca estaba escuchando, algo de all desviado, el
capitn, y notaba todos los movimientos que su hermano haca; el cual,
viendo que ya el cura haba llegado al fin de su cuento, dando un grande
suspiro y llenndosele los ojos de agua, dijo:

-Oh, seor, si supisedes las nuevas que me habis contado, y cmo me
tocan tan en parte que me es forzoso dar muestras dello con estas lgrimas
que, contra toda mi discrecin y recato, me salen por los ojos! Ese capitn
tan valeroso que decs es mi mayor hermano, el cual, como ms fuerte y de
ms altos pensamientos que yo ni otro hermano menor mo, escogi el honroso
y digno ejercicio de la guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestro
padre nos propuso, segn os dijo vuestra camarada en la conseja que, a
vuestro parecer, le ostes. Yo segu el de las letras, en las cuales Dios y
mi diligencia me han puesto en el grado que me veis. Mi menor hermano est
en el Pir, tan rico que con lo que ha enviado a mi padre y a m ha
satisfecho bien la parte que l se llev, y aun dado a las manos de mi
padre con que poder hartar su liberalidad natural; y yo, ansimesmo, he
podido con ms decencia y autoridad tratarme en mis estudios y llegar al
puesto en que me veo. Vive an mi padre, muriendo con el deseo de saber de
su hijo mayor, y pide a Dios con continuas oraciones no cierre la muerte
sus ojos hasta que l vea con vida a los de su hijo; del cual me maravillo,
siendo tan discreto, cmo en tantos trabajos y afliciones, o prsperos
sucesos, se haya descuidado de dar noticia de s a su padre; que si l lo
supiera, o alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagro
de la caa para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo agora me temo es de
pensar si aquellos franceses le habrn dado libertad, o le habrn muerto
por encubrir su hurto. Esto todo ser que yo prosiga mi viaje, no con aquel
contento con que le comenc, sino con toda melancola y tristeza. Oh buen
hermano mo, y quin supiera agora dnde estabas; que yo te fuera a buscar
y a librar de tus trabajos, aunque fuera a costa de los mos! Oh, quin
llevara nuevas a nuestro viejo padre de que tenas vida, aunque estuvieras
en las mazmorras ms escondidas de Berbera; que de all te sacaran sus
riquezas, las de mi hermano y las mas! Oh Zoraida hermosa y liberal,
quin pudiera pagar el bien que a un hermano hiciste!; quin pudiera
hallarse al renacer de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nos
dieran!

Estas y otras semejantes palabras deca el oidor, lleno de tanta compasin
con las nuevas que de su hermano le haban dado, que todos los que le oan
le acompaaban en dar muestras del sentimiento que tenan de su lstima.

Viendo, pues, el cura que tan bien haba salido con su intencin y con lo
que deseaba el capitn, no quiso tenerlos a todos ms tiempo tristes, y
as, se levant de la mesa, y, entrando donde estaba Zoraida, la tom por
la mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor.
Estaba esperando el capitn a ver lo que el cura quera hacer, que fue que,
tomndole a l asimesmo de la otra mano, con entrambos a dos se fue donde
el oidor y los dems caballeros estaban, y dijo:

-Cesen, seor oidor, vuestras lgrimas, y clmese vuestro deseo de todo el
bien que acertare a desearse, pues tenis delante a vuestro buen hermano y
a vuestra buena cuada. ste que aqu veis es el capitn Viedma, y sta, la
hermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron
en la estrecheza que veis, para que vos mostris la liberalidad de vuestro
buen pecho.

Acudi el capitn a abrazar a su hermano, y l le puso ambas manos en los
pechos por mirarle algo ms apartado; mas, cuando le acab de conocer, le
abraz tan estrechamente, derramando tan tiernas lgrimas de contento,que
los ms de los que presentes estaban le hubieron de acompaar en ellas. Las
palabras que entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron,
apenas creo que pueden pensarse, cuanto ms escribirse. All, en breves
razones, se dieron cuenta de sus sucesos; all mostraron puesta en su punto
la buena amistad de dos hermanos; all abraz el oidor a Zoraida; all la
ofreci su hacienda; all hizo que la abrazase su hija; all la cristiana
hermosa y la mora hermossima renovaron las lgrimas de todos.

All don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando estos tan
estraos sucesos, atribuyndolos todos a quimeras de la andante caballera.
All concertaron que el capitn y Zoraida se volviesen con su hermano a
Sevilla y avisasen a su padre de su hallazgo y libertad, para que, como
pudiese, viniese a hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le
ser al oidor posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas
que de all a un mes parta la flota de Sevilla a la Nueva Espaa, y
furale de grande incomodidad perder el viaje.

En resolucin, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso del
cautivo; y, como ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada,
acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote se
ofreci a hacer la guardia del castillo, porque de algn gigante o otro mal
andante folln no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro de
hermosura que en aquel castillo se encerraba. Agradecironselo los que le
conocan, y dieron al oidor cuenta del humor estrao de don Quijote, de que
no poco gusto recibi.

Slo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y slo
l se acomod mejor que todos, echndose sobre los aparejos de su jumento,
que le costaron tan caros como adelante se dir.

Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los dems acomoddose como
menos mal pudieron, don Quijote se sali fuera de la venta a hacer la
centinela del castillo, como lo haba prometido.

Sucedi, pues, que faltando poco por venir el alba, lleg a los odos de
las damas una voz tan entonada y tan buena, que les oblig a que todas le
prestasen atento odo, especialmente Dorotea, que despierta estaba, a cuyo
lado dorma doa Clara de Viedma, que ans se llamaba la hija del oidor.
Nadie poda imaginar quin era la persona que tan bien cantaba, y era una
voz sola, sin que la acompaase instrumento alguno. Unas veces les pareca
que cantaban en el patio; otras, que en la caballeriza; y, estando en esta
confusin muy atentas, lleg a la puerta del aposento Cardenio y dijo:

-Quien no duerme, escuche; que oirn una voz de un mozo de mulas, que de
tal manera canta que encanta.

-Ya lo omos, seor -respondi Dorotea.

Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atencin posible,
entendi que lo que se cantaba era esto:





Captulo XLIII. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas,
con otros estraos acaecimientos en la venta sucedidos]


   -Marinero soy de amor,
   y en su pilago profundo
   navego sin esperanza
   de llegar a puerto alguno.
   Siguiendo voy a una estrella
   que desde lejos descubro,
   ms bella y resplandeciente
   que cuantas vio Palinuro.
   Yo no s adnde me gua,
   y as, navego confuso,
   el alma a mirarla atenta,
   cuidadosa y con descuido.
   Recatos impertinentes,
   honestidad contra el uso,
   son nubes que me la encubren
   cuando ms verla procuro.
   Oh clara y luciente estrella,
   en cuya lumbre me apuro!;
   al punto que te me encubras,
   ser de mi muerte el punto.

Llegando el que cantaba a este punto, le pareci a Dorotea que no sera
bien que dejase Clara de or una tan buena voz; y as, movindola a una y a
otra parte, la despert dicindole:

-Perdname, nia, que te despierto, pues lo hago porque gustes de or la
mejor voz que quiz habrs odo en toda tu vida.

Clara despert toda soolienta, y de la primera vez no entendi lo que
Dorotea le deca; y, volvindoselo a preguntar, ella se lo volvi a decir,
por lo cual estuvo atenta Clara. Pero, apenas hubo odo dos versos que el
que cantaba iba prosiguiendo, cuando le tom un temblor tan estrao como si
de algn grave accidente de cuartana estuviera enferma, y, abrazndose
estrechamente con Teodora, le dijo:

-Ay seora de mi alma y de mi vida!, para qu me despertastes?; que el
mayor bien que la fortuna me poda hacer por ahora era tenerme cerrados los
ojos y los odos, para no ver ni or a ese desdichado msico.

-Qu es lo que dices, nia?; mira que dicen que el que canta es un mozo de
mulas.

-No es sino seor de lugares -respondi Clara-, y el que le tiene en mi
alma con tanta seguridad que si l no quiere dejalle, no le ser quitado
eternamente.

Admirada qued Dorotea de las sentidas razones de la muchacha, parecindole
que se aventajaban en mucho a la discrecin que sus pocos aos prometan; y
as, le dijo:

-Hablis de modo, seora Clara, que no puedo entenderos: declaraos ms y
decidme qu es lo que decs de alma y de lugares, y deste msico, cuya voz
tan inquieta os tiene. Pero no me digis nada por ahora, que no quiero
perder, por acudir a vuestro sobresalto, el gusto que recibo de or al que
canta; que me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.

-Sea en buen hora -respondi Clara.

Y, por no olle, se tap con las manos entrambos odos, de lo que tambin
se admir Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se cantaba, vio que
proseguan en esta manera:

   -Dulce esperanza ma,
   que, rompiendo imposibles y malezas,
   sigues firme la va
   que t mesma te finges y aderezas:
   no te desmaye el verte
   a cada paso junto al de tu muerte.
   No alcanzan perezosos
   honrados triunfos ni vitoria alguna,
   ni pueden ser dichosos
   los que, no contrastando a la fortuna,
   entregan, desvalidos,
   al ocio blando todos los sentidos.
   Que amor sus glorias venda
   caras, es gran razn, y es trato justo,
   pues no hay ms rica prenda
   que la que se quilata por su gusto;
   y es cosa manifiesta
   que no es de estima lo que poco cuesta.
   Amorosas porfas
   tal vez alcanzan imposibles cosas;
   y ans, aunque con las mas
   sigo de amor las ms dificultosas,
   no por eso recelo
   de no alcanzar desde la tierra el cielo.

Aqu dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara. Todo lo cual
encenda el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de tan suave canto
y de tan triste lloro. Y as, le volvi a preguntar qu era lo que le
quera decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no la
oyese, abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del odo
de Dorotea, que seguramente poda hablar sin ser de otro sentida, y as le
dijo:

-Este que canta, seora ma, es un hijo de un caballero natural del reino
de Aragn, seor de dos lugares, el cual viva frontero de la casa de mi
padre en la Corte; y, aunque mi padre tena las ventanas de su casa con
lienzos en el invierno y celosas en el verano, yo no s lo que fue, ni lo
que no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni s si en la
iglesia o en otra parte. Finalmente, l se enamor de m, y me lo dio a
entender desde las ventanas de su casa con tantas seas y con tantas
lgrimas, que yo le hube de creer, y aun querer, sin saber lo que me
quera. Entre las seas que me haca, era una de juntarse la una mano con
la otra, dndome a entender que se casara conmigo; y, aunque yo me
holgara mucho de que ans fuera, como sola y sin madre, no saba con quin
comunicallo, y as, lo dej estar sin dalle otro favor si no era, cuando
estaba mi padre fuera de casa y el suyo tambin, alzar un poco el lienzo o
la celosa y dejarme ver toda, de lo que l haca tanta fiesta, que daba
seales de volverse loco. Llegse en esto el tiempo de la partida de mi
padre, la cual l supo, y no de m, pues nunca pude decrselo. Cay malo, a
lo que yo entiendo, de pesadumbre; y as, el da que nos partimos nunca
pude verle para despedirme dl, siquiera con los ojos. Pero, a cabo de dos
das que caminbamos, al entrar de una posada, en un lugar una jornada de
aqu, le vi a la puerta del mesn, puesto en hbito de mozo de mulas, tan
al natural que si yo no le trujera tan retratado en mi alma fuera imposible
conocelle. Conocle, admirme y alegrme; l me mir a hurto de mi padre,
de quien l siempre se esconde cuando atraviesa por delante de m en los
caminos y en las posadas do llegamos; y, como yo s quin es, y considero
que por amor de m viene a pie y con tanto trabajo, murome de pesadumbre,
y adonde l pone los pies pongo yo los ojos. No s con qu intencin viene,
ni cmo ha podido escaparse de su padre, que le quiere estraordinariamente,
porque no tiene otro heredero, y porque l lo merece, como lo ver vuestra
merced cuando le vea. Y ms le s decir: que todo aquello que canta lo saca
de su cabeza; que he odo decir que es muy gran estudiante y poeta. Y hay
ms: que cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo toda y me
sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga en conocimiento de
nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra, y, con todo eso, le
quiero de manera que no he de poder vivir sin l. Esto es, seora ma, todo
lo que os puedo decir deste msico, cuya voz tanto os ha contentado; que en
sola ella echaris bien de ver que no es mozo de mulas, como decs, sino
seor de almas y lugares, como yo os he dicho.

-No digis ms, seora doa Clara -dijo a esta sazn Dorotea, y esto,
besndola mil veces-; no digis ms, digo, y esperad que venga el nuevo
da, que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que
tengan el felice fin que tan honestos principios merecen.

-Ay seora! -dijo doa Clara-, qu fin se puede esperar, si su padre es
tan principal y tan rico que le parecer que aun yo no puedo ser criada de
su hijo, cuanto ms esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo har
por cuanto hay en el mundo. No querra sino que este mozo se volviese y me
dejase; quiz con no velle y con la gran distancia del camino que llevamos
se me aliviara la pena que ahora llevo, aunque s decir que este remedio
que me imagino me ha de aprovechar bien poco. No s qu diablos ha sido
esto, ni por dnde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan
muchacha y l tan muchacho, que en verdad que creo que somos de una edad
mesma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis aos; que para el da de San
Miguel que vendr dice mi padre que los cumplo.

No pudo dejar de rerse Dorotea, oyendo cun como nia hablaba doa Clara,
a quien dijo:

-Reposemos, seora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecer Dios y
medraremos, o mal me andarn las manos.

Sosegronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio;
solamente no dorman la hija de la ventera y Maritornes, su criada, las
cuales, como ya saban el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba
fuera de la venta armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron las
dos de hacelle alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo
oyndole sus disparates.

Es, pues, el caso que en toda la venta no haba ventana que saliese al
campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera.
A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote
estaba a caballo, recostado sobre su lanzn, dando de cuando en cuando tan
dolientes y profundos suspiros que pareca, que con cada uno se le
arrancaba el alma. Y asimesmo oyeron que deca con voz blanda, regalada y
amorosa:

-Oh mi seora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate
de la discrecin, archivo del mejor donaire, depsito de la honestidad, y,
ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en
el mundo! Y qu far agora la tu merced? Si tendrs por ventura las
mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por slo servirte,
de su voluntad ha querido ponerse? Dame t nuevas della, oh luminaria de
las tres caras! Quiz con envidia de la suya la ests ahora mirando; que, o
pasendose por alguna galera de sus suntuosos palacios, o ya puesta de
pechos sobre algn balcn, est considerando cmo, salva su honestidad y
grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazn
padece, qu gloria ha de dar a mis penas, qu sosiego a mi cuidado y,
finalmente, qu vida a mi muerte y qu premio a mis servicios. Y t, sol,
que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salir
a ver a mi seora, as como la veas, suplcote que de mi parte la saludes;
pero gurdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, que
tendr ms celos de ti que t los tuviste de aquella ligera ingrata que
tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las riberas
de Peneo, que no me acuerdo bien por dnde corriste entonces celoso y
enamorado.

A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero
razonamiento, cuando la hija de la ventera le comenz a cecear y a
decirle:

-Seor mo, llguese ac la vuestra merced si es servido.

A cuyas seas y voz volvi don Quijote la cabeza, y vio, a la luz de la
luna, que entonces estaba en toda su claridad, cmo le llamaban del agujero
que a l le pareci ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las
tengan tan ricos castillos como l se imaginaba que era aquella venta; y
luego en el instante se le represent en su loca imaginacin que otra vez,
como la pasada, la doncella fermosa, hija de la seora de aquel castillo,
vencida de su amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por no
mostrarse descorts y desagradecido, volvi las riendas a Rocinante y se
lleg al agujero, y, as como vio a las dos mozas, dijo:

-Lstima os tengo, fermosa seora, de que hayades puesto vuestras amorosas
mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro
gran valor y gentileza; de lo que no debis dar culpa a este miserable
andante caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar su
voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la
hizo seora absoluta de su alma. Perdonadme, buena seora, y recogeos en
vuestro aposento, y no queris, con significarme ms vuestros deseos, que
yo me muestre ms desagradecido; y si del amor que me tenis hallis en m
otra cosa con que satisfaceros, que el mismo amor no sea, peddmela; que yo
os juro, por aquella ausente enemiga dulce ma, de drosla en continente,
si bien me pidisedes una guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todos
culebras, o ya los mesmos rayos del sol encerrados en una redoma.

-No ha menester nada deso mi seora, seor caballero -dijo a este punto
Maritornes.

-Pues, qu ha menester, discreta duea, vuestra seora? -respondi don
Quijote.

-Sola una de vuestras hermosas manos -dijo Maritornes-, por poder deshogar
con ella el gran deseo que a este agujero la ha trado, tan a peligro de su
honor que si su seor padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera
la oreja.

-Ya quisiera yo ver eso! -respondi don Quijote-; pero l se guardar bien
deso, si ya no quiere hacer el ms desastrado fin que padre hizo en el
mundo, por haber puesto las manos en los delicados miembros de su enamorada
hija.

Parecile a Maritornes que sin duda don Quijote dara la mano que le haban
pedido, y, proponiendo en su pensamiento lo que haba de hacer, se baj del
agujero y se fue a la caballeriza, donde tom el cabestro del jumento de
Sancho Panza, y con mucha presteza se volvi a su agujero, a tiempo que don
Quijote se haba puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar a
la ventana enrejada, donde se imaginaba estar la ferida doncella; y, al
darle la mano, dijo:

-Tomad, seora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los
malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra de
mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesin de todo mi
cuerpo. No os la doy para que la besis, sino para que miris la contestura
de sus nervios, la trabazn de sus msculos, la anchura y espaciosidad de
sus venas; de donde sacaris qu tal debe de ser la fuerza del brazo que
tal mano tiene.

-Ahora lo veremos -dijo Maritornes.

Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la ech a la mueca, y,
bajndose del agujero, at lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar
muy fuertemente. Don Quijote, que sinti la aspereza del cordel en su
mueca, dijo:

-Ms parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la
tratis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os
hace, ni es bien que en tan poca parte venguis el todo de vuestro enojo.
Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.

Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque,
as como Maritornes le at, ella y la otra se fueron, muertas de risa, y le
dejaron asido de manera que fue imposible soltarse.

Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el
brazo por el agujero y atado de la mueca, y al cerrojo de la puerta, con
grandsimo temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo o a
otro, haba de quedar colgado del brazo; y as, no osaba hacer movimiento
alguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se poda
esperar que estara sin moverse un siglo entero.

En resolucin, vindose don Quijote atado, y que ya las damas se haban
ido, se dio a imaginar que todo aquello se haca por va de encantamento,
como la vez pasada, cuando en aquel mesmo castillo le moli aquel moro
encantado del arriero; y maldeca entre s su poca discrecin y discurso,
pues, habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se haba
aventurado a entrar en l la segunda, siendo advertimiento de caballeros
andantes que, cuando han probado una aventura y no salido bien con ella, es
seal que no est para ellos guardada, sino para otros; y as, no tienen
necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo, por
ver si poda soltarse; mas l estaba tan bien asido, que todas sus pruebas
fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no
se moviese; y, aunque l quisiera sentarse y ponerse en la silla, no poda
sino estar en pie, o arrancarse la mano.

All fue el desear de la espada de Amads, contra quien no tena fuerza de
encantamento alguno; all fue el maldecir de su fortuna; all fue el
exagerar la falta que hara en el mundo su presencia el tiempo que all
estuviese encantado, que sin duda alguna se haba credo que lo estaba;
all el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; all fue el
llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueo y tendido
sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la
madre que lo haba parido; all llam a los sabios Lirgandeo y Alquife, que
le ayudasen; all invoc a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y,
finalmente, all le tom la maana, tan desesperado y confuso que bramaba
como un toro; porque no esperaba l que con el da se remediara su cuita,
porque la tena por eterna, tenindose por encantado. Y hacale creer esto
ver que Rocinante poco ni mucho se mova, y crea que de aquella suerte,
sin comer ni beber ni dormir, haban de estar l y su caballo, hasta que
aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro ms sabio
encantador le desencantase.

Pero engase mucho en su creencia, porque, apenas comenz a amanecer,
cuando llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y
aderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la
venta, que an estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual, visto por don
Quijote desde donde an no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante
y alta dijo:

-Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seis: no tenis para qu
llamar a las puertas deste castillo; que asaz de claro est que a tales
horas, o los que estn dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse
las fortalezas hasta que el sol est tendido por todo el suelo. Desviaos
afuera, y esperad que aclare el da, y entonces veremos si ser justo o no
que os abran.

-Qu diablos de fortaleza o castillo es ste -dijo uno-, para obligarnos a
guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran, que
somos caminantes que no queremos ms de dar cebada a nuestras cabalgaduras
y pasar adelante, porque vamos de priesa.

-Parceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? -respondi don
Quijote.

-No s de qu tenis talle -respondi el otro-, pero s que decs
disparates en llamar castillo a esta venta.

-Castillo es -replic don Quijote-, y aun de los mejores de toda esta
provincia; y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona en
la cabeza.

-Mejor fuera al revs -dijo el caminante-: el cetro en la cabeza y la
corona en la mano. Y ser, si a mano viene, que debe de estar dentro alguna
compaa de representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas y
cetros que decs, porque en una venta tan pequea, y adonde se guarda tanto
silencio como sta, no creo yo que se alojan personas dignas de corona y
cetro.

-Sabis poco del mundo -replic don Quijote-, pues ignoris los casos que
suelen acontecer en la caballera andante.

Cansbanse los compaeros que con el preguntante venan del coloquio que
con don Quijote pasaba, y as, tornaron a llamar con grande furia; y fue de
modo que el ventero despert, y aun todos cuantos en la venta estaban; y
as, se levant a preguntar quin llamaba. Sucedi en este tiempo que una
de las cabalgaduras en que venan los cuatro que llamaban se lleg a oler a
Rocinante, que, melanclico y triste, con las orejas cadas, sostena sin
moverse a su estirado seor; y como, en fin, era de carne, aunque pareca
de leo, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a
hacer caricias; y as, no se hubo movido tanto cuanto, cuando se desviaron
los juntos pies de don Quijote, y, resbalando de la silla, dieran con l en
el suelo, a no quedar colgado del brazo: cosa que le caus tanto dolor que
crey o que la mueca le cortaban, o que el brazo se le arrancaba; porque
l qued tan cerca del suelo que con los estremos de las puntas de los pies
besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como senta lo poco que
le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatigbase y estirbase
cuanto poda por alcanzar al suelo: bien as como los que estn en el
tormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son
causa de acrecentar su dolor, con el ahnco que ponen en estirarse,
engaados de la esperanza que se les representa, que con poco ms que se
estiren llegarn al suelo.





Captulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta


En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que, abriendo de
presto las puertas de la venta, sali el ventero, despavorido, a ver quin
tales gritos daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes,
que ya haba despertado a las mismas voces, imaginando lo que poda ser, se
fue al pajar y desat, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don
Quijote sostena, y l dio luego en el suelo, a vista del ventero y de los
caminantes, que, llegndose a l, le preguntaron qu tena, que tales voces
daba. l, sin responder palabra, se quit el cordel de la mueca, y,
levantndose en pie, subi sobre Rocinante, embraz su adarga, enristr su
lanzn, y, tomando buena parte del campo, volvi a medio galope, diciendo:

-Cualquiera que dijere que yo he sido con justo ttulo encantado, como mi
seora la princesa Micomicona me d licencia para ello, yo le desmiento, le
rieto y desafo a singular batalla.

Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote,
pero el ventero les quit de aquella admiracin, dicindoles que era don
Quijote, y que no haba que hacer caso dl, porque estaba fuera de juicio.

Preguntronle al ventero si acaso haba llegado a aquella venta un muchacho
de hasta edad de quince aos, que vena vestido como mozo de mulas, de
tales y tales seas, dando las mesmas que traa el amante de doa Clara. El
ventero respondi que haba tanta gente en la venta, que no haba echado de
ver en el que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche donde
haba venido el oidor, dijo:

-Aqu debe de estar sin duda, porque ste es el coche que l dicen que
sigue; qudese uno de nosotros a la puerta y entren los dems a buscarle; y
aun sera bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se
fuese por las bardas de los corrales.

-As se har -respondi uno dellos.

Y, entrndose los dos dentro, uno se qued a la puerta y el otro se fue a
rodear la venta; todo lo cual vea el ventero, y no saba atinar para qu
se hacan aquellas diligencias, puesto que bien crey que buscaban aquel
mozo cuyas seas le haban dado.

Ya a esta sazn aclaraba el da; y, as por esto como por el ruido que don
Quijote haba hecho, estaban todos despiertos y se levantaban,
especialmente doa Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan
cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, haban podido dormir
bien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro
caminantes haca caso dl, ni le respondan a su demanda, mora y rabiaba
de despecho y saa; y si l hallara en las ordenanzas de su caballera que
lcitamente poda el caballero andante tomar y emprender otra empresa,
habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que
haba prometido, l embistiera con todos, y les hiciera responder mal de su
grado. Pero, por parecerle no convenirle ni estarle bien comenzar nueva
empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y estarse
quedo, esperando a ver en qu paraban las diligencias de aquellos
caminantes; uno de los cuales hall al mancebo que buscaba, durmiendo al
lado de un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni
menos de que le hallase. El hombre le trab del brazo y le dijo:

-Por cierto, seor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hbito
que tenis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que
vuestra madre os cri.

Limpise el mozo los soolientos ojos y mir de espacio al que le tena
asido, y luego conoci que era criado de su padre, de que recibi tal
sobresalto, que no acert o no pudo hablarle palabra por un buen espacio. Y
el criado prosigui diciendo:

-Aqu no hay que hacer otra cosa, seor don Luis, sino prestar paciencia y
dar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi seor
la d al otro mundo, porque no se puede esperar otra cosa de la pena con
que queda por vuestra ausencia.

-Pues, cmo supo mi padre -dijo don Luis- que yo vena este camino y en
este traje?

-Un estudiante -respondi el criado- a quien distes cuenta de vuestros
pensamientos fue el que lo descubri, movido a lstima de las que vio que
haca vuestro padre al punto que os ech de menos; y as, despach a cuatro
de sus criados en vuestra busca, y todos estamos aqu a vuestro servicio,
ms contentos de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que
tornaremos, llevndoos a los ojos que tanto os quieren.

-Eso ser como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare -respondi don
Luis.

-Qu habis de querer, o qu ha de ordenar el cielo, fuera de consentir en
volveros?; porque no ha de ser posible otra cosa.

Todas estas razones que entre los dos pasaban oy el mozo de mulas junto a
quien don Luis estaba; y, levantndose de all, fue a decir lo que pasaba a
don Fernando y a Cardenio, y a los dems, que ya vestido se haban; a los
cuales dijo cmo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y las
razones que pasaban, y cmo le quera volver a casa de su padre, y el mozo
no quera. Y con esto, y con lo que dl saban de la buena voz que el cielo
le haba dado, vinieron todos en gran deseo de saber ms particularmente
quin era, y aun de ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer; y as, se
fueron hacia la parte donde an estaba hablando y porfiando con su criado.

Sala en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doa Clara, toda turbada;
y, llamando Dorotea a Cardenio aparte, le cont en breves razones la
historia del msico y de doa Clara, a quien l tambin dijo lo que pasaba
de la venida a buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tan
callando que lo dejase de or Clara; de lo que qued tan fuera de s que,
si Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en el suelo. Cardenio dijo a
Dorotea que se volviesen al aposento, que l procurara poner remedio en
todo, y ellas lo hicieron.

Ya estaban todos los cuatro que venan a buscar a don Luis dentro de la
venta y rodeados dl, persuadindole que luego, sin detenerse un punto,
volviese a consolar a su padre. l respondi que en ninguna manera lo poda
hacer hasta dar fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma.
Apretronle entonces los criados, dicindole que en ningn modo volveran
sin l, y que le llevaran, quisiese o no quisiese.

-Eso no haris vosotros -replic don Luis-, si no es llevndome muerto;
aunque, de cualquiera manera que me llevis, ser llevarme sin vida.

Ya a esta sazn haban acudido a la porfa todos los ms que en la venta
estaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, el
cura, el barbero y don Quijote, que ya le pareci que no haba necesidad de
guardar ms el castillo. Cardenio, como ya saba la historia del mozo,
pregunt a los que llevarle queran que qu les mova a querer llevar
contra su voluntad aquel muchacho.

-Muvenos -respondi uno de los cuatro- dar la vida a su padre, que por la
ausencia deste caballero queda a peligro de perderla.

A esto dijo don Luis:

-No hay para qu se d cuenta aqu de mis cosas: yo soy libre, y volver si
me diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.

-Harsela a vuestra merced la razn -respondi el hombre-; y, cuando ella

no bastare con vuestra merced, bastar con nosotros para hacer a lo que
venimos y lo que somos obligados.

-Sepamos qu es esto de raz -dijo a este tiempo el oidor.

Pero el hombre, que lo conoci, como vecino de su casa, respondi:

-No conoce vuestra merced, seor oidor, a este caballero, que es el hijo
de su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el hbito tan
indecente a su calidad como vuestra merced puede ver?

Mirle entonces el oidor ms atentamente y conocile; y, abrazndole, dijo:

-Qu nieras son stas, seor don Luis, o qu causas tan poderosas, que
os hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con
la calidad vuestra?

Al mozo se le vinieron las lgrimas a los ojos, y no pudo responder
palabra. El oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se hara
bien; y, tomando por la mano a don Luis, le apart a una parte y le
pregunt qu venida haba sido aqulla.

Y, en tanto que le haca esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la
puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huspedes que aquella
noche haban alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo
que los cuatro buscaban, haban intentado a irse sin pagar lo que deban;
mas el ventero, que atenda ms a su negocio que a los ajenos, les asi al
salir de la puerta y pidi su paga, y les afe su mala intencin con tales
palabras, que les movi a que le respondiesen con los puos; y as, le
comenzaron a dar tal mano, que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces
y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron a otro ms desocupado para
poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la ventera dijo:

-Socorra vuestra merced, seor caballero, por la virtud que Dios le dio, a
mi pobre padre, que dos malos hombres le estn moliendo como a cibera.

A lo cual respondi don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:

-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra peticin, porque estoy
impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una
en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podr hacer por serviros es
lo que ahora dir: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa
batalla lo mejor que pudiere, y que no se deje vencer en ningn modo, en
tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle
en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacar della.

-Pecadora de m! -dijo a esto Maritornes, que estaba delante-: primero que
vuestra merced alcance esa licencia que dice, estar ya mi seor en el otro
mundo.

-Dadme vos, seora, que yo alcance la licencia que digo -respondi don
Quijote-; que, como yo la tenga, poco har al caso que l est en el otro
mundo; que de all le sacar a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o,
por lo menos, os dar tal venganza de los que all le hubieren enviado, que
quedis ms que medianamente satisfechas.

Y sin decir ms se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidindole con
palabras caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida de
darle licencia de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, que
estaba puesto en una grave mengua. La princesa se la dio de buen talante, y
l luego, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada, acudi a la
puerta de la venta, adonde an todava traan los dos huspedes a mal traer
al ventero; pero, as como lleg, embaz y se estuvo quedo, aunque
Maritornes y la ventera le decan que en qu se detena, que socorriese a
su seor y marido.

-Detngome -dijo don Quijote- porque no me es lcito poner mano a la espada
contra gente escuderil; pero llamadme aqu a mi escudero Sancho, que a l
toca y atae esta defensa y venganza.

Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puadas y
mojicones muy en su punto, todo en dao del ventero y en rabia de
Maritornes, la ventera y su hija, que se desesperaban de ver la cobarda de
don Quijote, y de lo mal que lo pasaba su marido, seor y padre.

Pero dejmosle aqu, que no faltar quien le socorra, o si no, sufra y
calle el que se atreve a ms de a lo que sus fuerzas le prometen, y
volvmonos atrs cincuenta pasos, a ver qu fue lo que don Luis respondi
al oidor, que le dejamos aparte, preguntndole la causa de su venida a pie
y de tan vil traje vestido. A lo cual el mozo, asindole fuertemente de las
manos, como en seal de que algn gran dolor le apretaba el corazn, y
derramando lgrimas en grande abundancia, le dijo:

-Seor mo, yo no s deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso el
cielo y facilit nuestra vecindad que yo viese a mi seora doa Clara, hija
vuestra y seora ma, desde aquel instante la hice dueo de mi voluntad; y
si la vuestra, verdadero seor y padre mo, no lo impide, en este mesmo da
ha de ser mi esposa. Por ella dej la casa de mi padre, y por ella me puse
en este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al
blanco, o como el marinero al norte. Ella no sabe de mis deseos ms de lo
que ha podido entender de algunas veces que desde lejos ha visto llorar mis
ojos. Ya, seor, sabis la riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo
soy su nico heredero: si os parece que stas son partes para que os
aventuris a hacerme en todo venturoso, recebidme luego por vuestro hijo;
que si mi padre, llevado de otros disignios suyos, no gustare deste bien
que yo supe buscarme, ms fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las
cosas que las humanas voluntades.

Call, en diciendo esto, el enamorado mancebo, y el oidor qued en orle
suspenso, confuso y admirado, as de haber odo el modo y la discrecin con
que don Luis le haba descubierto su pensamiento, como de verse en punto
que no saba el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; y
as, no respondi otra cosa sino que se sosegase por entonces, y
entretuviese a sus criados, que por aquel da no le volviesen, porque se
tuviese tiempo para considerar lo que mejor a todos estuviese. Besle las
manos por fuerza don Luis, y aun se las ba con lgrimas, cosa que pudiera
enternecer un corazn de mrmol, no slo el del oidor, que, como discreto,
ya haba conocido cun bien le estaba a su hija aquel matrimonio; puesto
que, si fuera posible, lo quisiera efetuar con voluntad del padre de don
Luis, del cual saba que pretenda hacer de ttulo a su hijo.

Ya a esta sazn estaban en paz los huspedes con el ventero, pues, por
persuasin y buenas razones de don Quijote, ms que por amenazas, le haban
pagado todo lo que l quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de
la pltica del oidor y la resolucin de su amo, cuando el demonio, que no
duerme, orden que en aquel mesmo punto entr en la venta el barbero a
quien don Quijote quit el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos
del asno, que troc con los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento
a la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando no s qu de la
albarda, y as como la vio la conoci, y se atrevi a arremeter a Sancho,
diciendo:

-Ah don ladrn, que aqu os tengo! Venga mi baca y mi albarda, con todos
mis aparejos que me robastes!

Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oy los vituperios que le
decan, con la una mano asi de la albarda, y con la otra dio un mojicn al
barbero que le ba los dientes en sangre; pero no por esto dej el barbero
la presa que tena hecha en el albarda; antes, alz la voz de tal manera
que todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia, y deca:

-Aqu del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda, me quiere
matar este ladrn salteador de caminos!

-Ments -respondi Sancho-, que yo no soy salteador de caminos; que en
buena guerra gan mi seor don Quijote estos despojos.

Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cun bien se
defenda y ofenda su escudero, y tvole desde all adelante por hombre de
pro, y propuso en su corazn de armalle caballero en la primera ocasin que
se le ofreciese, por parecerle que sera en l bien empleada la orden de la
caballera. Entre otras cosas que el barbero deca en el discurso de la
pendencia, vino a decir:

-Seores, as esta albarda es ma como la muerte que debo a Dios, y as la
conozco como si la hubiera parido; y ah est mi asno en el establo, que no
me dejar mentir; si no, prubensela, y si no le viniere pintiparada, yo
quedar por infame. Y hay ms: que el mismo da que ella se me quit, me
quitaron tambin una baca de azfar nueva, que no se haba estrenado, que
era seora de un escudo.

Aqu no se pudo contener don Quijote sin responder: y, ponindose entre los
dos y apartndoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de
manifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo:

-Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que
est este buen escudero, pues llama baca a lo que fue, es y ser yelmo de
Mambrino, el cual se lo quit yo en buena guerra, y me hice seor dl con
ligtima y lcita posesin! En lo del albarda no me entremeto, que lo que
en ello sabr decir es que mi escudero Sancho me pidi licencia para quitar
los jaeces del caballo deste vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo;
yo se la di, y l los tom, y, de haberse convertido de jaez en albarda, no
sabr dar otra razn si no es la ordinaria: que como esas transformaciones
se ven en los sucesos de la caballera; para confirmacin de lo cual,
corre, Sancho hijo, y saca aqu el yelmo que este buen hombre dice ser
baca.

-Pardiez, seor -dijo Sancho-, si no tenemos otra prueba de nuestra
intencin que la que vuestra merced dice, tan baca es el yelmo de Malino
como el jaez deste buen hombre albarda!

-Haz lo que te mando -replic don Quijote-, que no todas las cosas deste
castillo han de ser guiadas por encantamento.

Sancho fue a do estaba la baca y la trujo; y, as como don Quijote la vio,
la tom en las manos y dijo:

-Miren vuestras mercedes con qu cara poda decir este escudero que sta es
baca, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballera que
profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quit, sin haber aadido en
l ni quitado cosa alguna.

-En eso no hay duda -dijo a esta sazn Sancho-, porque desde que mi seor
le gan hasta agora no ha hecho con l ms de una batalla, cuando libr a
los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara
entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.





Captulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y
de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad


-Qu les parece a vuestras mercedes, seores -dijo el barbero-, de lo que
afirman estos gentiles hombres, pues an porfan que sta no es baca,
sino yelmo?

-Y quien lo contrario dijere -dijo don Quijote-, le har yo conocer que
miente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tena tan bien conocido
el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la
burla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:

-Seor barbero, o quien sois, sabed que yo tambin soy de vuestro oficio, y
tengo ms ha de veinte aos carta de examen, y conozco muy bien de todos
los instrumentos de la barbera, sin que le falte uno; y ni ms ni menos
fui un tiempo en mi mocedad soldado, y s tambin qu es yelmo, y qu es
morrin, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, a
los gneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer,
remitindome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que est aqu
delante y que este buen seor tiene en las manos, no slo no es baca de
barbero, pero est tan lejos de serlo como est lejos lo blanco de lo negro
y la verdad de la mentira; tambin digo que ste, aunque es yelmo, no es
yelmo entero.

-No, por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es la
babera.

-As es -dijo el cura, que ya haba entendido la intencin de su amigo el
barbero.

Y lo mismo confirm Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor,
si no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara, por su
parte, a la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenan tan suspenso,
que poco o nada atenda a aquellos donaires.

-Vlame Dios! -dijo a esta sazn el barbero burlado-; que es posible que
tanta gente honrada diga que sta no es baca, sino yelmo? Cosa parece sta
que puede poner en admiracin a toda una Universidad, por discreta que sea.
Basta: si es que esta baca es yelmo, tambin debe de ser esta albarda jaez
de caballo, como este seor ha dicho.

-A m albarda me parece -dijo don Quijote-, pero ya he dicho que en eso no
me entremeto.

-De que sea albarda o jaez -dijo el cura- no est en ms de decirlo el
seor don Quijote; que en estas cosas de la caballera todos estos seores
y yo le damos la ventaja.

-Por Dios, seores mos -dijo don Quijote-, que son tantas y tan estraas
las cosas que en este castillo, en dos veces que en l he alojado, me han
sucedido, que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo que
acerca de lo que en l se contiene se preguntare, porque imagino que cuanto
en l se trata va por va de encantamento. La primera vez me fatig mucho
un moro encantado que en l hay, y a Sancho no le fue muy bien con otros
sus secuaces; y anoche estuve colgado deste brazo casi dos horas, sin saber
cmo ni cmo no vine a caer en aquella desgracia. As que, ponerme yo agora
en cosa de tanta confusin a dar mi parecer, ser caer en juicio temerario.
En lo que toca a lo que dicen que sta es baca, y no yelmo, ya yo tengo
respondido; pero, en lo de declarar si sa es albarda o jaez, no me atrevo
a dar sentencia difinitiva: slo lo dejo al buen parecer de vuestras
mercedes. Quiz por no ser armados caballeros, como yo lo soy, no tendrn
que ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendrn los
entendimientos libres, y podrn juzgar de las cosas deste castillo como
ellas son real y verdaderamente, y no como a m me parecan.

-No hay duda -respondi a esto don Fernando-, sino que el seor don Quijote
ha dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinicin deste caso; y,
porque vaya con ms fundamento, yo tomar en secreto los votos destos
seores, y de lo que resultare dar entera y clara noticia.

Para aquellos que la tenan del humor de don Quijote, era todo esto materia
de grandsima risa; pero, para los que le ignoraban, les pareca el mayor
disparate del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y a
don Luis ni ms ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso haban llegado
a la venta, que tenan parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo
eran. Pero el que ms se desesperaba era el barbero, cuya baca, all
delante de sus ojos, se le haba vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya
albarda pensaba sin duda alguna que se le haba de volver en jaez rico de
caballo; y los unos y los otros se rean de ver cmo andaba don Fernando
tomando los votos de unos en otros, hablndolos al odo para que en secreto
declarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien tanto se haba
peleado. Y, despus que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijote
conocan, dijo en alta voz:

-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos
pareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me
diga que es disparate el decir que sta sea albarda de jumento, sino jaez
de caballo, y aun de caballo castizo; y as, habris de tener paciencia,
porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, ste es jaez y no albarda, y
vos habis alegado y probado muy mal de vuestra parte.

-No la tenga yo en el cielo -dijo el sobrebarbero- si todos vuestras
mercedes no se engaan, y que as parezca mi nima ante Dios como ella me
parece a m albarda, y no jaez; pero all van leyes..., etctera; y no digo
ms; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de
pecar no.

No menos causaban risa las necedades que deca el barbero que los
disparates de don Quijote, el cual a esta sazn dijo:

-Aqu no hay ms que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a
quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.

Uno de los cuatro dijo:

-Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombres
de tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aqu estn, se
atrevan a decir y afirmar que sta no es baca, ni aqulla albarda; mas,
como veo que lo afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece de
misterio el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma
verdad y la misma experiencia; porque, voto a tal! -y arrojle redondo-,
que no me den a m a entender cuantos hoy viven en el mundo al revs de que
sta no sea baca de barbero y sta albarda de asno.

-Bien podra ser de borrica -dijo el cura.

-Tanto monta -dijo el criado-, que el caso no consiste en eso, sino en si
es o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.

Oyendo esto uno de los cuadrilleros que haban entrado, que haba odo la
pendencia y quistin, lleno de clera y de enfado, dijo:

-Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de
estar hecho uva.

-Ments como bellaco villano -respondi don Quijote.

Y, alzando el lanzn, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar
tal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejara
all tendido. El lanzn se hizo pedazos en el suelo, y los dems
cuadrilleros, que vieron tratar mal a su compaero, alzaron la voz pidiendo
favor a la Santa Hermandad.

El ventero, que era de la cuadrilla, entr al punto por su varilla y por su
espada, y se puso al lado de sus compaeros; los criados de don Luis
rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero,
viendo la casa revuelta, torn a asir de su albarda, y lo mismo hizo
Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremeti a los cuadrilleros.
Don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a l y acorriesen a don
Quijote, y a Cardenio, y a don Fernando, que todos favorecan a don
Quijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afliga,
Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y doa Clara
desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho mola al barbero; don
Luis, a quien un criado suyo se atrevi a asirle del brazo porque no se
fuese, le dio una puada que le ba los dientes en sangre; el oidor le
defenda, don Fernando tena debajo de sus pies a un cuadrillero,
midindole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero torn a reforzar
la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era
llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias,
cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusin de sangre. Y, en la mitad
deste caos, mquina y laberinto de cosas, se le represent en la memoria de
don Quijote que se vea metido de hoz y de coz en la discordia del campo de
Agramante; y as dijo, con voz que atronaba la venta:

-Tnganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; iganme todos, si
todos quieren quedar con vida!

A cuya gran voz, todos se pararon, y l prosigui diciendo:

-No os dije yo, seores, que este castillo era encantado, y que alguna
regin de demonios debe de habitar en l? En confirmacin de lo cual,
quiero que veis por vuestros ojos cmo se ha pasado aqu y trasladado
entre nosotros la discordia del campo de Agramante. Mirad cmo all se
pelea por la espada, aqu por el caballo, acull por el guila, ac por el
yelmo, y todos peleamos, y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra
merced, seor oidor, y vuestra merced, seor cura, y el uno sirva de rey
Agramante, y el otro de rey Sobrino, y pnganos en paz; porque por Dios
Todopoderoso que es gran bellaquera que tanta gente principal como aqu
estamos se mate por causas tan livianas.

Los cuadrilleros, que no entendan el frasis de don Quijote, y se vean
malparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no queran sosegarse;
el barbero s, porque en la pendencia tena deshechas las barbas y el
albarda; Sancho, a la ms mnima voz de su amo, obedeci como buen criado;
los cuatro criados de don Luis tambin se estuvieron quedos, viendo cun
poco les iba en no estarlo. Slo el ventero porfiaba que se haban de
castigar las insolencias de aquel loco, que a cada paso le alborotaba la
venta. Finalmente, el rumor se apacigu por entonces, la albarda se qued
por jaez hasta el da del juicio, y la baca por yelmo y la venta por
castillo en la imaginacin de don Quijote.

Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasin del oidor
y del cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento se
viniese con ellos; y, en tanto que l con ellos se avena, el oidor
comunic con don Fernando, Cardenio y el cura qu deba hacer en aquel
caso, contndoseles con las razones que don Luis le haba dicho. En fin,
fue acordado que don Fernando dijese a los criados de don Luis quin l era
y cmo era su gusto que don Luis se fuese con l al Andaluca, donde de su
hermano el marqus sera estimado como el valor de don Luis mereca; porque
desta manera se saba de la intencin de don Luis que no volvera por
aquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen pedazos. Entendida,
pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la intencin de don Luis,
determinaron entre ellos que los tres se volviesen a contar lo que pasaba a
su padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a no dejalle hasta
que ellos volviesen por l, o viese lo que su padre les ordenaba.

Desta manera se apacigu aquella mquina de pendencias, por la autoridad de
Agramante y prudencia del rey Sobrino; pero, vindose el enemigo de la
concordia y el mulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto que
haba granjeado de haberlos puesto a todos en tan confuso laberinto, acord
de probar otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos.

Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreodo la
calidad de los que con ellos se haban combatido, y se retiraron de la
pendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese, haban
de llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue el que fue molido
y pateado por don Fernando, le vino a la memoria que, entre algunos
mandamientos que traa para prender a algunos delincuentes, traa uno
contra don Quijote, a quien la Santa Hermandad haba mandado prender, por
la libertad que dio a los galeotes, y como Sancho, con mucha razn, haba
temido.

Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las seas que de don Quijote
traa venan bien, y, sacando del seno un pergamino, top con el que
buscaba; y, ponindosele a leer de espacio, porque no era buen lector, a
cada palabra que lea pona los ojos en don Quijote, y iba cotejando las
seas del mandamiento con el rostro de don Quijote, y hall que, sin duda
alguna, era el que el mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado,
cuando, recogiendo su pergamino, en la izquierda tom el mandamiento, y con
la derecha asi a don Quijote del cuello fuertemente, que no le dejaba
alentar, y a grandes voces deca:

-Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de veras,
lase este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador de
caminos.

Tom el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillero
deca, y cmo convena con las seas con don Quijote; el cual, vindose
tratar mal de aquel villano malandrn, puesta la clera en su punto y
crujindole los huesos de su cuerpo, como mejor pudo l, asi al
cuadrillero con entrambas manos de la garganta, que, a no ser socorrido de
sus compaeros, all dejara la vida antes que don Quijote la presa. El
ventero, que por fuerza haba de favorecer a los de su oficio, acudi luego
a dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido en pendencias, de
nuevo alz la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y su hija,
pidiendo favor al cielo y a los que all estaban. Sancho dijo, viendo lo
que pasaba:

-Vive el Seor, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos deste
castillo, pues no es posible vivir una hora con quietud en l!

Don Fernando desparti al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto de
entrambos, les desenclavij las manos, que el uno en el collar del sayo del
uno, y el otro en la garganta del otro, bien asidas tenan; pero no por
esto cesaban los cuadrilleros de pedir su preso, y que les ayudasen a
drsele atado y entregado a toda su voluntad, porque as convena al
servicio del rey y de la Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedan
socorro y favor para hacer aquella prisin de aquel robador y salteador de
sendas y de carreras. Rease de or decir estas razones don Quijote; y, con
mucho sosiego, dijo:

-Venid ac, gente soez y malnacida: saltear de caminos llamis al dar
libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables,
alzar los cados, remediar los menesterosos? Ah gente infame, digna por
vuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que
se encierra en la caballera andante, ni os d a entender el pecado e
ignorancia en que estis en no reverenciar la sombra, cuanto ms la
asistencia, de cualquier caballero andante! Venid ac, ladrones en
cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la
Santa Hermandad; decidme: quin fue el ignorante que firm mandamiento de
prisin contra un tal caballero como yo soy? Quin el que ignor que son
esentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es su
espada; sus fueros, sus bros; sus premticas, su voluntad? Quin fue el
mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo con
tantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballero
andante el da que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la
caballera? Qu caballero andante pag pecho, alcabala, chapn de la
reina, moneda forera, portazgo ni barca? Qu sastre le llev hechura de
vestido que le hiciese? Qu castellano le acogi en su castillo que le
hiciese pagar el escote? Qu rey no le asent a su mesa? Qu doncella no
se le aficion y se le entreg rendida, a todo su talante y voluntad? Y,
finalmente, qu caballero andante ha habido, hay ni habr en el mundo, que
no tenga bros para dar l solo cuatrocientos palos a cuatrocientos
cuadrilleros que se le pongan delante?





Captulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran
ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote


En tanto que don Quijote esto deca, estaba persuadiendo el cura a los
cuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo vean por sus
obras y por sus palabras, y que no tenan para qu llevar aquel negocio
adelante, pues, aunque le prendiesen y llevasen, luego le haban de dejar
por loco; a lo que respondi el del mandamiento que a l no tocaba juzgar
de la locura de don Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado,
y que una vez preso, siquiera le soltasen trecientas.

-Con todo eso -dijo el cura-, por esta vez no le habis de llevar, ni aun
l dejar llevarse, a lo que yo entiendo.

En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijote
hacer, que ms locos fueran que no l los cuadrilleros si no conocieran la
falta de don Quijote; y as, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de ser
medianeros de hacer las paces entre el barbero y Sancho Panza, que todava
asistan con gran rancor a su pendencia. Finalmente, ellos, como miembros
de justicia, mediaron la causa y fueron rbitros della, de tal modo que
ambas partes quedaron, si no del todo contentas, a lo menos en algo
satisfechas, porque se trocaron las albardas, y no las cinchas y jquimas;
y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin que
don Quijote lo entendiese, le dio por la baca ocho reales, y el barbero le
hizo una cdula del recibo y de no llamarse a engao por entonces, ni por
siempre jams amn.

Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las ms principales y de
ms tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen de volver los
tres, y que el uno quedase para acompaarle donde don Fernando le quera
llevar; y, como ya la buena suerte y mejor fortuna haba comenzado a romper
lanzas y a facilitar dificultades en favor de los amantes de la venta y de
los valientes della, quiso llevarlo al cabo y dar a todo felice suceso,
porque los criados se contentaron de cuanto don Luis quera; de que recibi
tanto contento doa Clara, que ninguno en aquella sazn la mirara al rostro
que no conociera el regocijo de su alma.

Zoraida, aunque no entenda bien todos los sucesos que haba visto, se
entristeca y alegraba a bulto, conforme vea y notaba los semblantes a
cada uno, especialmente de su espaol, en quien tena siempre puestos los
ojos y traa colgada el alma. El ventero, a quien no se le pas por alto
la ddiva y recompensa que el cura haba hecho al barbero, pidi el escote
de don Quijote, con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, jurando que
no saldra de la venta Rocinante, ni el jumento de Sancho, sin que se le
pagase primero hasta el ltimo ardite. Todo lo apacigu el cura, y lo pag
don Fernando, puesto que el oidor, de muy buena voluntad, haba tambin
ofrecido la paga; y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que ya
no pareca la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijote
haba dicho, sino la misma paz y quietud del tiempo de Otaviano; de todo lo
cual fue comn opinin que se deban dar las gracias a la buena intencin y
mucha elocuencia del seor cura y a la incomparable liberalidad de don
Fernando.

Vindose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias, as
de su escudero como suyas, le pareci que sera bien seguir su comenzado
viaje y dar fin a aquella grande aventura para que haba sido llamado y
escogido; y as, con resoluta determinacin se fue a poner de hinojos ante
Dorotea, la cual no le consinti que hablase palabra hasta que se
levantase; y l, por obedecella, se puso en pie y le dijo:

-Es comn proverbio, fermosa seora, que la diligencia es madre de la buena
ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que la
solicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunas
cosas se muestra ms esta verdad que en las de la guerra, adonde la
celeridad y presteza previene los discursos del enemigo, y alcanza la
vitoria antes que el contrario se ponga en defensa. Todo esto digo, alta y
preciosa seora, porque me parece que la estada nuestra en este castillo ya
es sin provecho, y podra sernos de tanto dao que lo echsemos de ver
algn da; porque, quin sabe si por ocultas espas y diligentes habr
sabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a destruille?; y,
dndole lugar el tiempo, se fortificase en algn inexpugnable castillo o
fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de mi
incansable brazo. As que, seora ma, prevengamos, como tengo dicho, con
nuestra diligencia sus designios, y partmonos luego a la buena ventura;
que no est ms de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tarde
de verme con vuestro contrario.

Call y no dijo ms don Quijote, y esper con mucho sosiego la respuesta de
la fermosa infanta; la cual, con ademn seoril y acomodado al estilo de
don Quijote, le respondi desta manera:

-Yo os agradezco, seor caballero, el deseo que mostris tener de
favorecerme en mi gran cuita, bien as como caballero, a quien es anejo y
concerniente favorecer los hurfanos y menesterosos; y quiera el cielo que
el vuestro y mi deseo se cumplan, para que veis que hay agradecidas
mujeres en el mundo. Y en lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo ms
voluntad que la vuestra: disponed vos de m a toda vuestra guisa y talante;
que la que una vez os entreg la defensa de su persona y puso en vuestras
manos la restauracin de sus seoros no ha de querer ir contra lo que la
vuestra prudencia ordenare.

-A la mano de Dios -dijo don Quijote-; pues as es que una seora se me
humilla, no quiero yo perder la ocasin de levantalla y ponella en su
heredado trono. La partida sea luego, porque me va poniendo espuelas al
deseo y al camino lo que suele decirse que en la tardanza est el peligro.
Y, pues no ha criado el cielo, ni visto el infierno, ninguno que me espante
ni acobarde, ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu jumento y el
palafrn de la reina, y despidmonos del castellano y destos seores, y
vamos de aqu luego al punto.

Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte y
a otra:

-Ay seor, seor, y cmo hay ms mal en el aldegela que se suena, con
perdn sea dicho de las tocadas honradas!

-Qu mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo,
que pueda sonarse en menoscabo mo, villano?

-Si vuestra merced se enoja -respondi Sancho-, yo callar, y dejar de
decir lo que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criado
decir a su seor.

-Di lo que quisieres -replic don Quijote-, como tus palabras no se
encaminen a ponerme miedo; que si t le tienes, haces como quien eres, y si
yo no le tengo, hago como quien soy.

-No es eso, pecador fui yo a Dios! -respondi Sancho-, sino que yo tengo
por cierto y por averiguado que esta seora que se dice ser reina del gran
reino Micomicn no lo es ms que mi madre; porque, a ser lo que ella dice,
no se anduviera hocicando con alguno de los que estn en la rueda, a vuelta
de cabeza y a cada traspuesta.

Parse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que su
esposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, haba cogido con
los labios parte del premio que merecan sus deseos (lo cual haba visto
Sancho, y parecindole que aquella desenvoltura ms era de dama cortesana
que de reina de tan gran reino), y no pudo ni quiso responder palabra a
Sancho, sino dejle proseguir en su pltica, y l fue diciendo:

-Esto digo, seor, porque, si al cabo de haber andado caminos y carreras, y
pasado malas noches y peores das, ha de venir a coger el fruto de nuestros
trabajos el que se est holgando en esta venta, no hay para qu darme
priesa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrn,
pues ser mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.

Oh, vlame Dios, y cun grande que fue el enojo que recibi don Quijote,
oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que,
con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos,
dijo:

-Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo,
deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! Tales palabras has osado
decir en mi presencia y en la destas nclitas seoras, y tales
deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginacin?
Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras,
almario de embustes, silo de bellaqueras, inventor de maldades, publicador
de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! Vete;
no parezcas delante de m, so pena de mi ira!

Y, diciendo esto, enarc las cejas, hinch los carrillos, mir a todas
partes, y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, seales todas
de la ira que encerraba en sus entraas. A cuyas palabras y furibundos
ademanes qued Sancho tan encogido y medroso, que se holgara que en aquel
instante se abriera debajo de sus pies la tierra y le tragara. Y no supo
qu hacerse, sino volver las espaldas y quitarse de la enojada presencia de
su seor. Pero la discreta Dorotea, que tan entendido tena ya el humor de
don Quijote, dijo, para templarle la ira:

-No os despechis, seor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces que
vuestro buen escudero ha dicho, porque quiz no las debe de decir sin
ocasin, ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puede
sospechar que levante testimonio a nadie; y as, se ha de creer, sin poner
duda en ello, que, como en este castillo, segn vos, seor caballero,
decs, todas las cosas van y suceden por modo de encantamento, podra ser,
digo, que Sancho hubiese visto por esta diablica va lo que l dice que
vio, tan en ofensa de mi honestidad.

-Por el omnipotente Dios juro -dijo a esta sazn don Quijote-, que la
vuestra grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visin se le puso
delante a este pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposible
verse de otro modo que por el de encantos no fuera; que s yo bien de la
bondad e inocencia deste desdichado, que no sabe levantar testimonios a
nadie.

-Ans es y ans ser -dijo don Fernando-; por lo cual debe vuestra merced,
seor don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su gracia, sicut
erat in principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio.

Don Quijote respondi que l le perdonaba, y el cura fue por Sancho, el
cual vino muy humilde, y, hincndose de rodillas, pidi la mano a su amo; y
l se la dio, y, despus de habrsela dejado besar, le ech la bendicin,
diciendo:

-Agora acabars de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchas
veces te he dicho de que todas las cosas deste castillo son hechas por va
de encantamento.

-As lo creo yo -dijo Sancho-, excepto aquello de la manta, que realmente
sucedi por va ordinaria.

-No lo creas -respondi don Quijote-; que si as fuera, yo te vengara
entonces, y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni vi en quin tomar
venganza de tu agravio.

Desearon saber todos qu era aquello de la manta, y el ventero lo cont,
punto por punto: la volatera de Sancho Panza, de que no poco se rieron
todos; y de que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara su
amo que era encantamento; puesto que jams lleg la sandez de Sancho a
tanto, que creyese no ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de engao
alguno, lo de haber sido manteado por personas de carne y hueso, y no por
fantasmas soadas ni imaginadas, como su seor lo crea y lo afirmaba.

Dos das eran ya pasados los que haba que toda aquella ilustre compaa
estaba en la venta; y, parecindoles que ya era tiempo de partirse, dieron
orden para que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando con
don Quijote a su aldea, con la invencin de la libertad de la reina
Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llevrsele, como deseaban, y
procurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que ordenaron fue que se
concertaron con un carretero de bueyes que acaso acert a pasar por all,
para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos
enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote; y
luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y los
cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del
cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quin de una manera y
quin de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la
que en aquel castillo haba visto.

Hecho esto, con grandsimo silencio se entraron adonde l estaba durmiendo
y descansando de las pasadas refriegas. Llegronse a l, que libre y seguro
de tal acontecimiento dorma, y, asindole fuertemente, le ataron muy bien
las manos y los pies, de modo que, cuando l despert con sobresalto, no
pudo menearse, ni hacer otra cosa ms que admirarse y suspenderse de ver
delante de s tan estraos visajes; y luego dio en la cuenta de lo que su
continua y desvariada imaginacin le representaba, y se crey que todas
aquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin
duda alguna, ya estaba encantado, pues no se poda menear ni defender: todo
a punto como haba pensado que sucedera el cura, trazador desta mquina.
Slo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mesmo juicio y en su
mesma figura; el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la mesma
enfermedad de su amo, no dej de conocer quin eran todas aquellas
contrahechas figuras; mas no os descoser su boca, hasta ver en qu paraba
aquel asalto y prisin de su amo, el cual tampoco hablaba palabra,
atendiendo a ver el paradero de su desgracia; que fue que, trayendo all la
jaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente que
no se pudieran romper a dos tirones.

Tomronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oy una voz
temerosa, todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el
otro, que deca:

-Oh Caballero de la Triste Figura!, no te d afincamiento la prisin en
que vas, porque as conviene para acabar ms presto la aventura en que tu
gran esfuerzo te puso; la cual se acabar cuando el furibundo len manchado
con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya despus de
humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoesco; de cuyo inaudito
consorcio saldrn a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitarn las
rumpantes garras del valeroso padre. Y esto ser antes que el seguidor de
la fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes imgines con
su rpido y natural curso. Y t, oh, el ms noble y obediente escudero que
tuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no te
desmaye ni descontente ver llevar ans delante de tus ojos mesmos a la flor
de la caballera andante; que presto, si al plasmador del mundo le place,
te vers tan alto y tan sublimado que no te conozcas, y no saldrn
defraudadas las promesas que te ha fecho tu buen seor. Y asegrote, de
parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo vers
por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero, que
conviene que vayas donde paris entrambos. Y, porque no me es lcito decir
otra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me s.

Y, al acabar de la profeca, alz la voz de punto, y diminuyla despus,
con tan tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron por
creer que era verdad lo que oan.

Qued don Quijote consolado con la escuchada profeca, porque luego coligi
de todo en todo la significacin de ella; y vio que le prometan el verse
ayuntados en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso,
de cuyo felice vientre saldran los cachorros, que eran sus hijos, para
gloria perpetua de la Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alz la
voz, y, dando un gran suspiro, dijo:

-Oh t, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!, rugote
que pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, que
no me deje perecer en esta prisin donde agora me llevan, hasta ver
cumplidas tan alegres e incomparables promesas como son las que aqu se me
han hecho; que, como esto sea, tendr por gloria las penas de mi crcel, y
por alivio estas cadenas que me cien, y no por duro campo de batalla este
lecho en que me acuestan, sino por cama blanda y tlamo dichoso. Y, en lo
que toca a la consolacin de Sancho Panza, mi escudero, yo confo de su
bondad y buen proceder que no me dejar en buena ni en mala suerte; porque,
cuando no suceda, por la suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar la
nsula, o otra cosa equivalente que le tengo prometida, por lo menos su
salario no podr perderse; que en mi testamento, que ya est hecho, dejo
declarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenos
servicios, sino a la posibilidad ma.

Sancho Panza se le inclin con mucho comedimiento, y le bes entrambas las
manos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas.

Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en el
carro de los bueyes.





Captulo XLVII. Del estrao modo con que fue encantado don Quijote de la
Mancha, con otros famosos sucesos


Cuando don Quijote se vio de aquella manera enjaulado y encima del carro,
dijo:

-Muchas y muy graves historias he yo ledo de caballeros andantes, pero
jams he ledo, ni visto, ni odo, que a los caballeros encantados los
lleven desta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardos
animales; porque siempre los suelen llevar por los aires, con estraa
ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube, o en algn carro de
fuego, o ya sobre algn hipogrifo o otra bestia semejante; pero que me
lleven a m agora sobre un carro de bueyes, vive Dios que me pone en
confusin! Pero quiz la caballera y los encantos destos nuestros tiempos
deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y tambin podra
ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha
resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballera aventurera, tambin
nuevamente se hayan inventado otros gneros de encantamentos y otros modos
de llevar a los encantados. Qu te parece desto, Sancho hijo?

-No s yo lo que me parece -respondi Sancho-, por no ser tan ledo como
vuestra merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osara
afirmar y jurar que estas visiones que por aqu andan, que no son del todo
catlicas.

-Catlicas? Mi padre! -respondi don Quijote-. Cmo han de ser catlicas
si son todos demonios que han tomado cuerpos fantsticos para venir a hacer
esto y a ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad, tcalos y
plpalos, y vers como no tienen cuerpo sino de aire, y como no consiste
ms de en la apariencia.

-Par Dios, seor -replic Sancho-, ya yo los he tocado; y este diablo que
aqu anda tan solcito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy
diferente de la que yo he odo decir que tienen los demonios; porque, segn
se dice, todos huelen a piedra azufre y a otros malos olores; pero ste
huele a mbar de media legua.

Deca esto Sancho por don Fernando, que, como tan seor, deba de oler a lo
que Sancho deca.

-No te maravilles deso, Sancho amigo -respondi don Quijote-, porque te
hago saber que los diablos saben mucho, y, puesto que traigan olores
consigo, ellos no huelen nada, porque son espritus, y si huelen, no pueden
oler cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la razn es que como ellos,
dondequiera que estn, traen el infierno consigo, y no pueden recebir
gnero de alivio alguno en sus tormentos, y el buen olor sea cosa que
deleita y contenta, no es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti te
parece que ese demonio que dices huele a mbar, o t te engaas, o l
quiere engaarte con hacer que no le tengas por demonio.

Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernando
y Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su
invencin, a quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviar
con la partida; y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a
Rocinante y enalbardase el jumento de Sancho; el cual lo hizo con mucha
presteza.

Ya en esto, el cura se haba concertado con los cuadrilleros que le
acompaasen hasta su lugar, dndoles un tanto cada da. Colg Cardenio del
arzn de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la baca,
y por seas mand a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas
a Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros con
sus escopetas. Pero, antes que se moviese el carro, sali la ventera, su
hija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban de
dolor de su desgracia; a quien don Quijote dijo:

-No lloris, mis buenas seoras, que todas estas desdichas son anexas a los
que profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades no me acontecieran,
no me tuviera yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros de
poco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en el
mundo quien se acuerde dellos. A los valerosos s, que tienen envidiosos de
su virtud y valenta a muchos prncipes y a muchos otros caballeros, que
procuran por malas vas destruir a los buenos. Pero, con todo eso, la
virtud es tan poderosa que, por s sola, a pesar de toda la nigromancia que
supo su primer inventor, Zoroastes, saldr vencedora de todo trance, y dar
de s luz en el mundo, como la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas
damas, si algn desaguisado, por descuido mo, os he fecho, que, de
voluntad y a sabiendas, jams le di a nadie; y rogad a Dios me saque destas
prisiones, donde algn mal intencionado encantador me ha puesto; que si de
ellas me veo libre, no se me caer de la memoria las mercedes que en este
castillo me habedes fecho, para gratificallas, servillas y recompensallas
como ellas merecen.

En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura y
el barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capitn y
de su hermano y todas aquellas contentas seoras, especialmente de Dorotea
y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos,
diciendo don Fernando al cura dnde haba de escribirle para avisarle en lo
que paraba don Quijote, asegurndole que no habra cosa que ms gusto le
diese que saberlo; y que l, asimesmo, le avisara de todo aquello que l
viese que podra darle gusto, as de su casamiento como del bautismo de
Zoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a su casa. El cura
ofreci de hacer cuanto se le mandaba, con toda puntualidad. Tornaron a
abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos ofrecimientos.

El ventero se lleg al cura y le dio unos papeles, dicindole que los haba
hallado en un aforro de la maleta donde se hall la Novela del curioso
impertinente, y que, pues su dueo no haba vuelto ms por all, que se los
llevase todos; que, pues l no saba leer, no los quera. El cura se lo
agradeci, y, abrindolos luego, vio que al principio de lo escrito deca:
Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendi ser alguna novela y
coligi que, pues la del Curioso impertinente haba sido buena, que tambin
lo sera aqulla, pues podra ser fuesen todas de un mesmo autor; y as, la
guard, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.

Subi a caballo, y tambin su amigo el barbero, con sus antifaces, porque
no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusironse a caminar tras el
carro. Y la orden que llevaban era sta: iba primero el carro, guindole su
dueo; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus
escopetas; segua luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a
Rocinante. Detrs de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus
poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y
reposado continente, no caminando ms de lo que permita el paso tardo de
los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos
los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia
como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.

Y as, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, que
llegaron a un valle, donde le pareci al boyero ser lugar acomodado para
reposar y dar pasto a los bueyes; y, comunicndolo con el cura, fue de
parecer el barbero que caminasen un poco ms, porque l saba, detrs de un
recuesto que cerca de all se mostraba, haba un valle de ms yerba y mucho
mejor que aquel donde parar queran. Tomse el parecer del barbero, y as,
tornaron a proseguir su camino.

En esto, volvi el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venan hasta
seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales
fueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los
bueyes, sino como quien iba sobre mulas de cannigos y con deseo de llegar
presto a sestear a la venta, que menos de una legua de all se pareca.
Llegaron los diligentes a los perezosos y saludronse cortsmente; y uno de
los que venan, que, en resolucin, era cannigo de Toledo y seor de los
dems que le acompaaban, viendo la concertada procesin del carro,
cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y ms a don Quijote,
enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar qu significaba llevar
aquel hombre de aquella manera; aunque ya se haba dado a entender, viendo
las insignias de los cuadrilleros, que deba de ser algn facinoroso
salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la Santa Hermandad. Uno
de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondi ans:

-Seor, lo que significa ir este caballero desta manera, dgalo l, porque
nosotros no lo sabemos.

Oy don Quijote la pltica, y dijo:

-Por dicha vuestras mercedes, seores caballeros, son versados y perictos
en esto de la caballera andante? Porque si lo son, comunicar con ellos
mis desgracias, y si no, no hay para qu me canse en decillas.

Y, a este tiempo, haban ya llegado el cura y el barbero, viendo que los
caminantes estaban en plticas con don Quijote de la Mancha, para responder
de modo que no fuese descubierto su artificio.

El cannigo, a lo que don Quijote dijo, respondi:

-En verdad, hermano, que s ms de libros de caballeras que de las Smulas
de Villalpando. Ans que, si no est ms que en esto, seguramente podis
comunicar conmigo lo que quisiredes.

-A la mano de Dios -replic don Quijote-. Pues as es, quiero, seor
caballero, que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y
fraude de malos encantadores; que la virtud ms es perseguida de los malos
que amada de los buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos
nombres jams la Fama se acord para eternizarlos en su memoria, sino de
aquellos que, a despecho y pesar de la mesma envidia, y de cuantos magos
cri Persia, bracmanes la India, ginosofistas la Etiopa, ha de poner su
nombre en el templo de la inmortalidad para que sirva de ejemplo y dechado
en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que
han de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las
armas.

-Dice verdad el seor don Quijote de la Mancha -dijo a esta sazn el cura-;
que l va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados, sino por
la mala intencin de aquellos a quien la virtud enfada y la valenta enoja.
ste es, seor, el Caballero de la Triste Figura, si ya le ostes nombrar
en algn tiempo, cuyas valerosas hazaas y grandes hechos sern escritas
en bronces duros y en eternos mrmoles, por ms que se canse la envidia en
escurecerlos y la malicia en ocultarlos.

Cuando el cannigo oy hablar al preso y al libre en semejante estilo,
estuvo por hacerse la cruz, de admirado, y no poda saber lo que le haba
acontencido; y en la mesma admiracin cayeron todos los que con l venan.
En esto, Sancho Panza, que se haba acercado a or la pltica, para
adobarlo todo, dijo:

-Ahora, seores, quiranme bien o quiranme mal por lo que dijere, el caso
de ello es que as va encantado mi seor don Quijote como mi madre; l
tiene su entero juicio, l come y bebe y hace sus necesidades como los
dems hombres, y como las haca ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto
ans, cmo quieren hacerme a m entender que va encantado? Pues yo he odo
decir a muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan,
y mi amo, si no le van a la mano, hablar ms que treinta procuradores.

Y, volvindose a mirar al cura, prosigui diciendo:

-Ah seor cura, seor cura! Pensaba vuestra merced que no le conozco, y
pensar que yo no calo y adivino adnde se encaminan estos nuevos
encantamentos? Pues sepa que le conozco, por ms que se encubra el rostro,
y sepa que le entiendo, por ms que disimule sus embustes. En fin, donde
reina la envidia no puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza la
liberalidad. !Mal haya el diablo!; que, si por su reverencia no fuera, sta
fuera ya la hora que mi seor estuviera casado con la infanta Micomicona, y
yo fuera conde, por lo menos, pues no se poda esperar otra cosa, as de la
bondad de mi seor el de la Triste Figura como de la grandeza de mis
servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ah: que la rueda
de la Fortuna anda ms lista que una rueda de molino, y que los que ayer
estaban en pinganitos hoy estn por el suelo. De mis hijos y de mi mujer me
pesa, pues cuando podan y deban esperar ver entrar a su padre por sus
puertas hecho gobernador o visorrey de alguna nsula o reino, le vern
entrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, seor cura, no es
ms de por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento
que a mi seor se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida esta
prisin de mi amo, y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienes
que mi seor don Quijote deja de hacer en este tiempo que est preso.

-Adbame esos candiles! -dijo a este punto el barbero-. Tambin vos,
Sancho, sois de la cofrada de vuestro amo? Vive el Seor, que voy viendo
que le habis de tener compaa en la jaula, y que habis de quedar tan
encantado como l, por lo que os toca de su humor y de su caballera! En
mal punto os empreastes de sus promesas, y en mal hora se os entr en los
cascos la nsula que tanto deseis.

-Yo no estoy preado de nadie -respondi Sancho-, ni soy hombre que me
dejara emprear, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo,
y no debo nada a nadie; y si nsulas deseo, otros desean otras cosas
peores; y cada uno es hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo
venir a ser papa, cuanto ms gobernador de una nsula, y ms pudiendo ganar
tantas mi seor que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cmo
habla, seor barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a
Pedro. Dgolo porque todos nos conocemos, y a m no se me ha de echar dado
falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y qudese
aqu, porque es peor meneallo.

No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus
simplicidades lo que l y el cura tanto procuraban encubrir; y, por este
mesmo temor, haba el cura dicho al cannigo que caminasen un poco delante:
que l le dira el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen
gusto. Hzolo as el cannigo, y adelantse con sus criados y con l:
estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condicin, vida,
locura y costumbres de don Quijote, contndole brevemente el principio y
causa de su desvaro, y todo el progreso de sus sucesos, hasta haberlo
puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban de llevarle a su
tierra, para ver si por algn medio hallaban remedio a su locura.
Admirronse de nuevo los criados y el cannigo de or la peregrina historia
de don Quijote, y, en acabndola de or, dijo:

-Verdaderamente, seor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales
en la repblica estos que llaman libros de caballeras; y, aunque he ledo,
llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los ms que
hay impresos, jams me he podido acomodar a leer ninguno del principio al
cabo, porque me parece que, cul ms, cul menos, todos ellos son una mesma
cosa, y no tiene ms ste que aqul, ni estotro que el otro. Y, segn a m
me parece, este gnero de escritura y composicin cae debajo de aquel de
las fbulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden
solamente a deleitar, y no a ensear: al contrario de lo que hacen las
fbulas aplogas, que deleitan y ensean juntamente. Y, puesto que el
principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no s yo cmo
puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates;
que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y
concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la imaginacin
le ponen delante; y toda cosa que tiene en s fealdad y descompostura no
nos puede causar contento alguno. Pues, qu hermosura puede haber, o qu
proporcin de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro o
fbula donde un mozo de diez y seis aos da una cuchillada a un gigante
como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeique; y
que, cuando nos quieren pintar una batalla, despus de haber dicho que hay
de la parte de los enemigos un milln de competientes, como sea contra
ellos el seor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de
entender que el tal caballero alcanz la vitoria por solo el valor de su
fuerte brazo? Pues, qu diremos de la facilidad con que una reina o
emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido
caballero? Qu ingenio, si no es del todo brbaro e inculto, podr
contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar
adelante, como nave con prspero viento, y hoy anochece en Lombarda, y
maana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en otras que ni
las descubri Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me respondiese
que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y que
as, no estn obligados a mirar en delicadezas ni verdades, responderles
ha yo que tanto la mentira es mejor cuanto ms parece verdadera, y tanto
ms agrada cuanto tiene ms de lo dudoso y posible. Hanse de casar las
fbulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren,
escribindose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las
grandezas, suspendiendo los nimos, admiren, suspendan, alborocen y
entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiracin y la alegra
juntas; y todas estas cosas no podr hacer el que huyere de la
verisimilitud y de la imitacin, en quien consiste la perfecin de lo que
se escribe. No he visto ningn libro de caballeras que haga un cuerpo de
fbula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al
principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con
tantos miembros, que ms parece que llevan intencin a formar una quimera o
un monstruo que a hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en el
estilo duros; en las hazaas, increbles; en los amores, lascivos; en las
cortesas, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones,
disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto
artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la repblica cristiana,
como a gente intil.

El cura le estuvo escuchando con grande atencin, y parecile hombre de
buen entendimiento, y que tena razn en cuanto deca; y as, le dijo que,
por ser l de su mesma opinin y tener ojeriza a los libros de caballeras,
haba quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contle el
escrutinio que dellos haba hecho, y los que haba condenado al fuego y
dejado con vida, de que no poco se ri el cannigo, y dijo que, con todo
cuanto mal haba dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena:
que era el sujeto que ofrecan para que un buen entendimiento pudiese
mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin
empacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo naufragios, tormentas,
rencuentros y batallas; pintando un capitn valeroso con todas las partes
que para ser tal se requieren, mostrndose prudente previniendo las
astucias de sus enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a
sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente
en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trgico
suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; all una hermossima
dama, honesta, discreta y recatada; aqu un caballero cristiano, valiente y
comedido; acull un desaforado brbaro fanfarrn; ac un prncipe corts,
valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos,
grandezas y mercedes de seores. Ya puede mostrarse astrlogo, ya
cosmgrafo excelente, ya msico, ya inteligente en las materias de estado,
y tal vez le vendr ocasin de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede
mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valenta de Aquiles,
las desgracias de Hctor, las traiciones de Sinn, la amistad de Eurialio,
la liberalidad de Alejandro, el valor de Csar, la clemencia y verdad de
Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catn; y, finalmente,
todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varn ilustre, ahora
ponindolas en uno solo, ahora dividindolas en muchos.

-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invencin,
que tire lo ms que fuere posible a la verdad, sin duda compondr una tela
de varios y hermosos lazos tejida, que, despus de acabada, tal perfecin y
hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los
escritos, que es ensear y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque
la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse
pico, lrico, trgico, cmico, con todas aquellas partes que encierran en
s las dulcsimas y agradables ciencias de la poesa y de la oratoria; que
la pica tambin puede escrebirse en prosa como en verso.





Captulo XLVIII. Donde prosigue el cannigo la materia de los libros de
caballeras, con otras cosas dignas de su ingenio


-As es como vuestra merced dice, seor cannigo -dijo el cura-, y por esta
causa son ms dignos de reprehensin los que hasta aqu han compuesto
semejantes libros sin tener advertencia a ningn buen discurso, ni al arte
y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son
en verso los dos prncipes de la poesa griega y latina.

-Yo, a lo menos -replic el cannigo-, he tenido cierta tentacin de hacer
un libro de caballeras, guardando en l todos los puntos que he
significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas ms de cien
hojas. Y para hacer la experiencia de si correspondan a mi estimacin, las
he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y
con otros ignorantes, que slo atienden al gusto de or disparates, y de
todos he hallado una agradable aprobacin; pero, con todo esto, no he
proseguido adelante, as por parecerme que hago cosa ajena de mi profesin,
como por ver que es ms el nmero de los simples que de los prudentes; y
que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los
muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo,
a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que ms me
le quit de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumento
que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa,
diciendo: ''Si estas que ahora se usan, as las imaginadas como las de
historia, todas o las ms son conocidos disparates y cosas que no llevan
pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y
las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las
componen y los actores que las representan dicen que as han de ser, porque
as las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y
siguen la fbula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos
que las entienden, y todos los dems se quedan ayunos de entender su
artificio, y que a ellos les est mejor ganar de comer con los muchos, que
no opinin con los pocos, deste modo vendr a ser un libro, al cabo de
haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendr a
ser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procurado
persuadir a los actores que se engaan en tener la opinin que tienen, y
que ms gente atraern y ms fama cobrarn representando comedias que hagan
el arte que no con las disparatadas, y estn tan asidos y encorporados en
su parecer, que no hay razn ni evidencia que dl los saque. Acurdome que
un da dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, no os acordis que ha
pocos aos que se representaron en Espaa tres tragedias que compuso un
famoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,
alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, as simples como
prudentes, as del vulgo como de los escogidos, y dieron ms dineros a los
representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que despus ac
se han hecho?'' ''Sin duda -respondi el autor que digo-, que debe de decir
vuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por sas digo
-le repliqu yo-; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si
por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo.
As que no est la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos
que no saben representar otra cosa. S, que no fue disparate La ingratitud
vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le hall en la del Mercader amante,
ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunos
entendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y para
ganancia de los que las han representado''. Y otras cosas aad a stas,
con que, a mi parecer, le dej algo confuso, pero no satisfecho ni
convencido para sacarle de su errado pensamiento.

-En materia ha tocado vuestra merced, seor cannigo -dijo a esta sazn el
cura-, que ha despertado en m un antiguo rancor que tengo con las comedias
que agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de
caballeras; porque, habiendo de ser la comedia, segn le parece a Tulio,
espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad,
las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de
necedades e imgenes de lascivia. Porque, qu mayor disparate puede ser en
el sujeto que tratamos que salir un nio en mantillas en la primera cena
del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y qu
mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo
rectrico, un paje consejero, un rey ganapn y una princesa fregona? Qu
dir, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o
podan suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que
la primera jornada comenz en Europa, la segunda en Asia, la tercera se
acab en Africa, y ans fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en
Amrica, y as se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si
es que la imitacin es lo principal que ha de tener la comedia, cmo es
posible que satisfaga a ningn mediano entendimiento que, fingiendo una
accin que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella
hace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, que
entr con la Cruz en Jerusaln, y el que gan la Casa Santa, como Godofre
de Bulln, habiendo infinitos aos de lo uno a lo otro; y fundndose la
comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarle
pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no con
trazas verismiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y
es lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lo
dems es buscar gulluras. Pues, qu si venimos a las comedias divinas?:
qu de milagros falsos fingen en ellas, qu de cosas apcrifas y mal
entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en las
humanas se atreven a hacer milagros, sin ms respeto ni consideracin que
parecerles que all estar bien el tal milagro y apariencia, como ellos
llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo
esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en
oprobrio de los ingenios espaoles; porque los estranjeros, que con mucha
puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por brbaros e
ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sera
bastante disculpa desto decir que el principal intento que las repblicas
bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan pblicas comedias, es para
entretener la comunidad con alguna honesta recreacin, y divertirla a veces
de los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues ste se
consigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para qu poner leyes,
ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan como
deban hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con
ellas se pretende. A lo cual respondera yo que este fin se conseguira
mucho mejor, sin comparacin alguna, con las comedias buenas que con las no
tales; porque, de haber odo la comedia artificiosa y bien ordenada,
saldra el oyente alegre con las burlas, enseado con las veras, admirado
de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz
con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que
todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el nimo del que la
escuchare, por rstico y torpe que sea; y de toda imposibilidad es
imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comedia
que todas estas partes tuviere mucho ms que aquella que careciere dellas,
como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora se
representan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque
algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben
estremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hecho
mercadera vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se
las compraran si no fuesen de aquel jaez; y as, el poeta procura
acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.
Y que esto sea verdad vase por muchas e infinitas comedias que ha
compuesto un felicsimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto
donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves
sentencias y, finalmente, tan llenas de elocucin y alteza de estilo, que
tiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los
representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de
la perfeccin que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen,
que despus de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y
ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por
haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de
algunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesaran, y aun otros muchos
ms que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y
discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (no
slo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen
representar en Espaa), sin la cual aprobacin, sello y firma, ninguna
justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera,
los comediantes tendran cuidado de enviar las comedias a la Corte, y con
seguridad podran representallas, y aquellos que las componen miraran con
ms cuidado y estudio lo que hacan, temorosos de haber de pasar sus obras
por el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se haran
buenas comedias y se conseguira felicsimamente lo que en ellas se
pretende: as el entretenimiento del pueblo, como la opinin de los
ingenios de Espaa, el inters y seguridad de los recitantes y el ahorro
del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, que
examinase los libros de caballeras que de nuevo se compusiesen, sin duda
podran salir algunos con la perfeccin que vuestra merced ha dicho,
enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la
elocuencia, dando ocasin que los libros viejos se escureciesen a la luz de
los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los
ociosos, sino de los ms ocupados; pues no es posible que est continuo el
arco armado, ni la condicin y flaqueza humana se pueda sustentar sin
alguna lcita recreacin.

A este punto de su coloquio llegaban el cannigo y el cura, cuando,
adelantndose el barbero, lleg a ellos, y dijo al cura:

-Aqu, seor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,
sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.

-As me lo parece a m -respondi el cura.

Y, dicindole al cannigo lo que pensaba hacer, l tambin quiso quedarse
con ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les
ofreca. Y, as por gozar dl como de la conversacin del cura, de quien ya
iba aficionado, y por saber ms por menudo las hazaas de don Quijote,
mand a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos de
all estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porque
l determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno de
sus criados respondi que el acmila del repuesto, que ya deba de estar en
la venta, traa recado bastante para no obligar a no tomar de la venta ms
que cebada.

-Pues as es -dijo el cannigo-, llvense all todas las cabalgaduras, y
haced volver la acmila.

En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que poda hablar a su amo sin la
continua asistencia del cura y el barbero, que tena por sospechosos, se
lleg a la jaula donde iba su amo, y le dijo:

-Seor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca
de su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aqu cubiertos los
rostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado esta
traza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra
merced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta
verdad, sguese que no va encantado, sino embado y tonto. Para prueba de
lo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me ha
de responder, tocar con la mano este engao y ver como no va encantado,
sino trastornado el juicio.

-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondi don Quijote-, que yo te
satisfar y responder a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos
que all van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros
compatriotos y conocidos, bien podr ser que parezca que son ellos mesmos;
pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera.
Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices,
debe de ser que los que me han encantado habrn tomado esa apariencia y
semejanza; porque es fcil a los encantadores tomar la figura que se les
antoja, y habrn tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasin
de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,
que no aciertes a salir dl, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y tambin lo
habrn hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar de
dnde me viene este dao; porque si, por una parte, t me dices que me
acompaan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veo
enjaulado, y s de m que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales,
no fueran bastantes para enjaularme, qu quieres que diga o piense sino
que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he ledo en todas
las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?
Ans que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que
dices, porque as son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a querer
preguntarme algo, di, que yo te responder, aunque me preguntes de aqu a
maana.

-Vlame Nuestra Seora! -respondi Sancho, dando una gran voz-. Y es
posible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo,
que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su
prisin y desgracia tiene ms parte la malicia que el encanto? Pero, pues
as es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no,
dgame, as Dios le saque desta tormenta, y as se vea en los brazos de mi
seora Dulcinea cuando menos se piense...

-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres; que
ya te he dicho que te responder con toda puntualidad.

-Eso pido -replic Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga, sin
aadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la
han de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra
merced las profesa, debajo de ttulo de caballeros andantes...

-Digo que no mentir en cosa alguna -respondi don Quijote-. Acaba ya de
preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y
prevenciones, Sancho.

-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y as, porque
hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso
despus que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta
jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como
suele decirse.

-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclrate ms, si quieres que te
responda derechamente.

-Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o
mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa
que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.

-Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. Scame
deste peligro, que no anda todo limpio!





Captulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo
con su seor don Quijote


-Ah -dijo Sancho-; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como
al alma y como a la vida. Venga ac, seor: podra negar lo que comnmente
suele decirse por ah cuando una persona est de mala voluntad: "No s qu
tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propsito a lo
que le preguntan, que no parece sino que est encantado"? De donde se viene
a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras
naturales que yo digo, estos tales estn encantados; pero no aquellos que
tienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come
cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.

-Verdad dices, Sancho -respondi don Quijote-, pero ya te he dicho que hay
muchas maneras de encantamentos, y podra ser que con el tiempo se hubiesen
mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo
lo que yo hago, aunque antes no lo hacan. De manera que contra el uso de
los tiempos no hay que argir ni de qu hacer consecuencias. Yo s y tengo
para m que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi
conciencia; que la formara muy grande si yo pensase que no estaba
encantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando
el socorro que podra dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi
ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.

-Pues, con todo eso -replic Sancho-, digo que, para mayor abundancia y
satisfacin, sera bien que vuestra merced probase a salir desta crcel,
que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, y
probase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que tambin parece que va
encantado, segn va de malenclico y triste; y, hecho esto, probsemos otra
vez la suerte de buscar ms aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo
nos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y
leal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere
vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con
lo que digo.

-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replic don
Quijote-; y cuando t veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te
obedecer en todo y por todo; pero t, Sancho, vers como te engaas en el
conocimiento de mi desgracia.

En estas plticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante
escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, el
cannigo y el barbero. Desunci luego los bueyes de la carreta el boyero, y
dejlos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya
frescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como
don Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el
cual rog al cura que permitiese que su seor saliese por un rato de la
jaula, porque si no le dejaban salir, no ira tan limpia aquella prisin
como requira la decencia de un tal caballero como su amo. Entendile el
cura, y dijo que de muy buena gana hara lo que le peda si no temiera que,
en vindose su seor en libertad, haba de hacer de las suyas, y irse donde
jams gentes le viesen.

-Yo le fo de la fuga -respondi Sancho.

-Y yo y todo -dijo el cannigo-; y ms si l me da la palabra, como
caballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.

-S doy -respondi don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; cuanto ms,
que el que est encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su
persona lo que quisiere, porque el que le encant le puede hacer que no se
mueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le har volver en
volandas. -Y que, pues esto era as, bien podan soltalle, y ms, siendo
tan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no poda
dejar de fatigalles el olfato, si de all no se desviaban.

Tomle la mano el cannigo, aunque las tena atadas, y, debajo de su buena
fe y palabra, le desenjaularon, de que l se alegr infinito y en grande
manera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todo
el cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, dndole dos palmadas
en las ancas, dijo:

-An espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos,
que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; t, con tu seor a
cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me ech al
mundo.

Y, diciendo esto, don Quijote se apart con Sancho en remota parte, de
donde vino ms aliviado y con ms deseos de poner en obra lo que su
escudero ordenase.

Mirbalo el cannigo, y admirbase de ver la estraeza de su grande locura,
y de que, en cuanto hablaba y responda, mostraba tener bonsimo
entendimiento: solamente vena a perder los estribos, como otras veces se
ha dicho, en tratndole de caballera. Y as, movido de compasin, despus
de haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del
cannigo, le dijo:

-Es posible, seor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la
amarga y ociosa letura de los libros de caballeras, que le hayan vuelto el
juicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas deste
jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo est la mesma mentira de la
verdad? Y cmo es posible que haya entendimiento humano que se d a
entender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella
turbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tanto
Felixmarte de Hircania, tanto palafrn, tanta doncella andante, tantas
sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras,
tanto gnero de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforados
encuentros, tanta bizarra de trajes, tantas princesas enamoradas, tantos
escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro,
tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casos
como los libros de caballeras contienen? De m s decir que, cuando los
leo, en tanto que no pongo la imaginacin en pensar que son todos mentira y
liviandad, me dan algn contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo que
son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con l en el fuego si
cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser
falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la comn naturaleza, y como
a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da
ocasin que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas
tantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se
atreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos,
como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues le
han trado a trminos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerle
sobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva algn len o algn tigre,
de lugar en lugar, para ganar con l dejando que le vean. Ea, seor don
Quijote, dulase de s mismo, y redzgase al gremio de la discrecin, y
sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el
felicsimo talento de su ingenio en otra letura que redunde en
aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todava,
llevado de su natural inclinacin, quisiere leer libros de hazaas y de
caballeras, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que all hallar
verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo
Lusitania; un Csar, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un
conde Fernn Gonzlez, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernndez,
Andaluca; un Diego Garca de Paredes, Estremadura; un Garci Prez de
Vargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de Len, Sevilla, cuya
lecin de sus valerosos hechos puede entretener, ensear, deleitar y
admirar a los ms altos ingenios que los leyeren. sta s ser letura digna
del buen entendimiento de vuestra merced, seor don Quijote mo, de la cual
saldr erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseado en la
bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sin
cobarda, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de la
Mancha; do, segn he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.

Atentsimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del cannigo; y,
cuando vio que ya haba puesto fin a ellas, despus de haberle estado un
buen espacio mirando, le dijo:

-Parceme, seor hidalgo, que la pltica de vuestra merced se ha encaminado
a querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo,
y que todos los libros de caballeras son falsos, mentirosos, daadores e
intiles para la repblica; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en
creerlos, y ms mal en imitarlos, habindome puesto a seguir la dursima
profesin de la caballera andante, que ellos ensean, negndome que no ha
habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros
caballeros de que las escrituras estn llenas.

-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo a
est sazn el cannigo.

A lo cual respondi don Quijote:

-Aadi tambin vuestra merced, diciendo que me haban hecho mucho dao
tales libros, pues me haban vuelto el juicio y pustome en una jaula, y
que me sera mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros ms
verdaderos y que mejor deleitan y ensean.

-As es -dijo el cannigo.

-Pues yo -replic don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y el
encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias
contra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que
el que la negase, como vuestra merced la niega, mereca la mesma pena que
vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque
querer dar a entender a nadie que Amads no fue en el mundo, ni todos los
otros caballeros aventureros de que estn colmadas las historias, ser
querer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfra, ni la tierra
sustenta; porque, qu ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir
a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoa, y lo
de Fierabrs con la puente de Mantible, que sucedi en el tiempo de
Carlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de da? Y si
es mentira, tambin lo debe de ser que no hubo Hctor, ni Aquiles, ni la
guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Arts de
Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su
reino por momentos. Y tambin se atrevern a decir que es mentirosa la
historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son
apcrifos los amores de don Tristn y la reina Iseo, como los de Ginebra y
Lanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la duea
Quintaona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaa.
Y es esto tan ans, que me acuerdo yo que me deca una mi agela de partes
de mi padre, cuando vea alguna duea con tocas reverendas: ''Aqulla,
nieto, se parece a la duea Quintaona''; de donde arguyo yo que la debi
de conocer ella o, por lo menos, debi de alcanzar a ver algn retrato
suyo. Pues, quin podr negar no ser verdadera la historia de Pierres y la
linda Magalona, pues aun hasta hoy da se vee en la armera de los reyes la
clavija con que volva al caballo de madera, sobre quien iba el valiente
Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timn de carreta? Y
junto a la clavija est la silla de Babieca, y en Roncesvalles est el
cuerno de Roldn, tamao como una grande viga: de donde se infiere que hubo
Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros
semejantes,

   dstos que dicen las gentes
   que a sus aventuras van.

Si no, dganme tambin que no es verdad que fue caballero andante el
valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoa y se combati en la
ciudad de Ras con el famoso seor de Charn, llamado mosn Pierres, y
despus, en la ciudad de Basilea, con mosn Enrique de Remestn, saliendo
de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras y
desafos que tambin acabaron en Borgoa los valientes espaoles Pedro
Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por lnea recta de
varn), venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niguenme, asimesmo,
que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, donde
se combati con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria;
digan que fueron burla las justas de Suero de Quiones, del Paso; las
empresas de mosn Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmn, caballero
castellano, con otras muchas hazaas hechas por caballeros cristianos,
dstos y de los reinos estranjeros, tan autnticas y verdaderas, que torno
a decir que el que las negase carecera de toda razn y buen discurso.

Admirado qued el cannigo de or la mezcla que don Quijote haca de
verdades y mentiras, y de ver la noticia que tena de todas aquellas cosas
tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballera; y as, le
respondi:

-No puedo yo negar, seor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que
vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros
andantes espaoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares de
Francia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el
arzobispo Turpn dellos escribe; porque la verdad dello es que fueron
caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares por
ser todos iguales en valor, en calidad y en valenta; a lo menos, si no lo
eran, era razn que lo fuesen y era como una religin de las que ahora se
usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesan
han de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y,
como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcntara, decan en aquel
tiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los que
para esta religin militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hay
duda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazaas que
dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra
merced dice del conde Pierres, y que est junto a la silla de Babieca en la
armera de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan
corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la
clavija, y ms siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.

-Pues all est, sin duda alguna -replic don Quijote-; y, por ms seas,
dicen que est metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.

-Todo puede ser -respondi el cannigo-; pero, por las rdenes que receb,
que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que est all, no
por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta
turbamulta de caballeros como por ah nos cuentan; ni es razn que un
hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de
tan buen entendimiento, se d a entender que son verdaderas tantas y tan
estraas locuras como las que estn escritas en los disparatados libros de
caballeras.





Captulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el cannigo
tuvieron, con otros sucesos


-Bueno est eso! -respondi don Quijote-. Los libros que estn impresos
con licencia de los reyes y con aprobacin de aquellos a quien se
remitieron, y que con gusto general son ledos y celebrados de los grandes
y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e
ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo gnero de
personas, de cualquier estado y condicin que sean, haban de ser
mentira?; y ms llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el
padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazaas,
punto por punto y da por da, que el tal caballero hizo, o caballeros
hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y crame que le
aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino lalos, y ver
el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dgame: hay mayor contento que
ver, como si dijsemos: aqu ahora se muestra delante de nosotros un gran
lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por l
muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos gneros de animales
feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristsima que
dice: ''T, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago ests
mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se
encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrjate en mitad de su
negro y encendido licor; porque si as no lo haces, no sers digno de ver
las altas maravillas que en s encierran y contienen los siete castillos de
las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' Y que, apenas el
caballero no ha acabado de or la voz temerosa, cuando, sin entrar ms en
cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun
sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendndose a Dios
y a su seora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata
ni sabe dnde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien
los Elseos no tienen que ver en ninguna cosa? All le parece que el cielo
es ms transparente, y que el sol luce con claridad ms nueva; ofrcesele a
los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos rboles compuesta,
que alegra a la vista su verdura, y entretiene los odos el dulce y no
aprendido canto de los pequeos, infinitos y pintados pajarillos que por
los intricados ramos van cruzando. Aqu descubre un arroyuelo, cuyas
frescas aguas, que lquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas
y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acull vee
una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mrmol compuesta; ac vee
otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con
las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden
desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de
contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte,
imitando a la naturaleza, parece que all la vence. Acull de improviso se
le descubre un fuerte castillo o vistoso alczar, cuyas murallas son de
macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos; finalmente,
l es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que est
formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubes, de perlas, de
oro y de esmeraldas, es de ms estimacin su hechura. Y hay ms que ver,
despus de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un
buen nmero de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese
ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sera nunca acabar; y
tomar luego la que pareca principal de todas por la mano al atrevido
caballero que se arroj en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle
palabra, dentro del rico alczar o castillo, y hacerle desnudar como su
madre le pari, y baarle con templadas aguas, y luego untarle todo con
olorosos ungentos, y vestirle una camisa de cendal delgadsimo, toda
olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantn sobre los
hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun
ms? Qu es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a
otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que queda
suspenso y admirado?; qu, el verle echar agua a manos, toda de mbar y de
olorosas flores distilada?; qu, el hacerle sentar sobre una silla de
marfil?; qu, verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso
silencio?; qu, el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente
guisados, que no sabe el apetito a cul deba de alargar la mano? Cul ser
or la msica que en tanto que come suena, sin saberse quin la canta ni
adnde suena? Y, despus de la comida acabada y las mesas alzadas,
quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quiz mondndose los
dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra
mucho ms hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado
del caballero, y comenzar a darle cuenta de qu castillo es aqul, y de
cmo ella est encantada en l, con otras cosas que suspenden al caballero
y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarme
ms en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea,
de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravilla
a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced crame, y, como otra vez le he
dicho, lea estos libros, y ver cmo le destierran la melancola que
tuviere, y le mejoran la condicin, si acaso la tiene mala. De m s decir
que, despus que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal,
bien criado, generoso, corts, atrevido, blando, paciente, sufridor de
trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi
encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,
favorecindome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos das
verme rey de algn reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y
liberalidad que mi pecho encierra. Que, ma fe, seor, el pobre est
inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque
en sumo grado la posea; y el agradecimiento que slo consiste en el deseo
es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querra que la
fortuna me ofreciese presto alguna ocasin donde me hiciese emperador, por
mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de
Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querra
darle un condado que le tengo muchos das ha prometido, sino que temo que
no ha de tener habilidad para gobernar su estado.

Casi estas ltimas palabras oy Sancho a su amo, a quien dijo:

-Trabaje vuestra merced, seor don Quijote, en darme ese condado, tan
prometido de vuestra merced como de m esperado, que yo le prometo que no
me falte a m habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he odo
decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de
los seores, y les dan un tanto cada ao, y ellos se tienen cuidado del
gobierno, y el seor se est a pierna tendida, gozando de la renta que le
dan, sin curarse de otra cosa;

y as har yo, y no reparar en tanto ms cuanto, sino que luego me
desistir de todo, y me gozar mi renta como un duque, y all se lo hayan.

-Eso, hermano Sancho -dijo el cannigo-, entindese en cuanto al gozar la
renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el seor del estado,
y aqu entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena
intencin de acertar; que si sta falta en los principios, siempre irn
errados los medios y los fines; y as suele Dios ayudar al buen deseo del
simple como desfavorecer al malo del discreto.

-No s esas filosofas -respondi Sancho Panza-; mas slo s que tan presto
tuviese yo el condado como sabra regirle; que tanta alma tengo yo como
otro, y tanto cuerpo como el que ms, y tan rey sera yo de mi estado como
cada uno del suyo; y, sindolo, hara lo que quisiese; y, haciendo lo que
quisiese, hara mi gusto; y, haciendo mi gusto, estara contento; y, en
estando uno contento, no tiene ms que desear; y, no teniendo ms que
desear, acabse; y el estado venga, y a Dios y vemonos, como dijo un ciego
a otro.

-No son malas filosofas sas, como t dices, Sancho; pero, con todo eso,
hay mucho que decir sobre esta materia de condados.

A lo cual replic don Quijote:

-Yo no s que haya ms que decir; slo me guo por el ejemplo que me da el
grande Amads de Gaula, que hizo a su escudero conde de la nsula Firme; y
as, puedo yo, sin escrpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que
es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.

Admirado qued el cannigo de los concertados disparates que don Quijote
haba dicho, del modo con que haba pintado la aventura del Caballero del
Lago, de la impresin que en l haban hecho las pensadas mentiras de los
libros que haba ledo; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,
que con tanto ahnco deseaba alcanzar el condado que su amo le haba
prometido.

Ya en esto, volvan los criados del cannigo, que a la venta haban ido por
la acmila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde
yerba del prado, a la sombra de unos rboles se sentaron, y comieron all,
porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho.
Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de
esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que all junto estaban
sonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas una
hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella
vena un cabrero dndole voces, y dicindole palabras a su uso, para que se
detuviese, o al rebao volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,
se vino a la gente, como a favorecerse della, y all se detuvo. Lleg el
cabrero, y, asindola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y
entendimiento, le dijo:

-Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cmo andis vos estos das de
pie cojo! Qu lobos os espantan, hija? No me diris qu es esto, hermosa?
Mas qu puede ser sino que sois hembra, y no podis estar sosegada; que
mal haya vuestra condicin, y la de todas aquellas a quien imitis! Volved,
volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaris ms segura en
vuestro aprisco, o con vuestras compaeras; que si vos que las habis de
guardar y encaminar andis tan sin gua y tan descaminada, en qu podrn
parar ellas?

Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron,
especialmente al cannigo, que le dijo:

-Por vida vuestra, hermano, que os soseguis un poco y no os acuciis en
volver tan presto esa cabra a su rebao; que, pues ella es hembra, como vos
decs, ha de seguir su natural distinto, por ms que vos os pongis a
estorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templaris la
clera, y en tanto, descansar la cabra.

Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo
fiambre, todo fue uno. Tomlo y agradecilo el cabrero; bebi y sosegse, y
luego dijo:

-No querra que por haber yo hablado con esta alimaa tan en seso, me
tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen
de misterio las palabras que le dije. Rstico soy, pero no tanto que no
entienda cmo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.

-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo s de esperiencia que los
montes cran letrados y las cabaas de los pastores encierran filsofos.

-A lo menos, seor -replic el cabrero-, acogen hombres escarmentados; y
para que creis esta verdad y la toquis con la mano, aunque parezca que
sin ser rogado me convido, si no os enfadis dello y queris, seores, un
breve espacio prestarme odo atento, os contar una verdad que acredite lo
que ese seor (sealando al cura) ha dicho, y la ma.

A esto respondi don Quijote:

-Por ver que tiene este caso un no s qu de sombra de aventura de
caballera, yo, por mi parte, os oir, hermano, de muy buena gana, y as lo
harn todos estos seores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser
amigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los
sentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento.
Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.

-Saco la ma -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,
donde pienso hartarme por tres das; porque he odo decir a mi seor don
Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le
ofreciere, hasta no poder ms, a causa que se les suele ofrecer entrar
acaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seis
das; y si el hombre no va harto, o bien provedas las alforjas, all se
podr quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.

-T ests en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete adonde quisieres, y
come lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y slo me falta dar al
alma su refaccin, como se la dar escuchando el cuento deste buen hombre.

-As las daremos todos a las nuestras -dijo el cannigo.

Y luego, rog al cabrero que diese principio a lo que prometido haba. El
cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos
tena, dicindole:

-Recustate junto a m, Manchada, que tiempo nos queda para volver a
nuestro apero.

Parece que lo entendi la cabra, porque, en sentndose su dueo, se tendi
ella junto a l con mucho sosiego, y, mirndole al rostro, daba a entender
que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenz su
historia desta manera:





Captulo LI. Que trata de lo que cont el cabrero a todos los que llevaban
a don Quijote


-Tres leguas deste valle est una aldea que, aunque pequea, es de las ms
ricas que hay en todos estos contornos; en la cual haba un labrador muy
honrado, y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, ms lo
era l por la virtud que tena que por la riqueza que alcanzaba. Mas lo que
le haca ms dichoso, segn l deca, era tener una hija de tan estremada
hermosura, rara discrecin, donaire y virtud, que el que la conoca y la
miraba se admiraba de ver las estremadas partes con que el cielo y la
naturaleza la haban enriquecido. Siendo nia fue hermosa, y siempre fue
creciendo en belleza, y en la edad de diez y seis aos fue hermossima. La
fama de su belleza se comenz a estender por todas las circunvecinas
aldeas, qu digo yo por las circunvecinas no ms, si se estendi a las
apartadas ciudades, y aun se entr por las salas de los reyes, y por los
odos de todo gnero de gente; que, como a cosa rara, o como a imagen de
milagros, de todas partes a verla venan? Guardbala su padre, y guardbase
ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una
doncella que las del recato proprio.

La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, as del
pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas l, como a
quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber
determinarse a quin la entregara de los infinitos que le importunaban. Y,
entre los muchos que tan buen deseo tenan, fui yo uno, a quien dieron
muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que el padre conoca
quien yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en sangre, en la edad
floreciente, en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado. Con
todas estas mismas partes la pidi tambin otro del mismo pueblo, que fue
causa de suspender y poner en balanza la voluntad del padre, a quien
pareca que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien empleada; y, por
salir desta confusin, determin decrselo a Leandra, que as se llama la
rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos ramos
iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su
gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren
poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas,
sino que se las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto.
No s yo el que tuvo Leandra; slo s que el padre nos entretuvo a
entrambos con la poca edad de su hija y con palabras generales, que ni le
obligaban, ni nos desobligaba tampoco. Llmase mi competidor Anselmo, y yo
Eugenio, porque vais con noticia de los nombres de las personas que en esta
tragedia se contienen, cuyo fin an est pendiente; pero bien se deja
entender que ser desastrado.

En esta sazn, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un
pobre labrador del mismo lugar; el cual Vicente vena de las Italias, y de
otras diversas partes, de ser soldado. Llevle de nuestro lugar, siendo
muchacho de hasta doce aos, un capitn que con su compaa por all acert
a pasar, y volvi el mozo de all a otros doce, vestido a la soldadesca,
pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de
acero. Hoy se pona una gala y maana otra; pero todas sutiles, pintadas,
de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y
dndole el ocio lugar es la misma malicia, lo not, y cont punto por punto
sus galas y preseas, y hall que los vestidos eran tres, de diferentes
colores, con sus ligas y medias; pero l haca tantos guisados e
invenciones dellas, que si no se los contaran, hubiera quien jurara que
haba hecho muestra de ms de diez pares de vestidos y de ms de veinte
plumajes. Y no parezca impertinencia y demasa esto que de los vestidos voy
contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia.

Sentbase en un poyo que debajo de un gran lamo est en nuestra plaza, y
all nos tena a todos la boca abierta, pendientes de las hazaas que nos
iba contando. No haba tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni
batalla donde no se hubiese hallado; haba muerto ms moros que tiene
Marruecos y Tnez, y entrado en ms singulares desafos, segn l deca,
que Gante y Luna, Diego Garca de Paredes y otros mil que nombraba; y de
todos haba salido con vitoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota
de sangre. Por otra parte, mostraba seales de heridas que, aunque no se
divisaban, nos haca entender que eran arcabuzazos dados en diferentes
rencuentros y faciones. Finalmente, con una no vista arrogancia, llamaba de
vos a sus iguales y a los mismos que le conocan, y deca que su padre era
su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser soldado, al mismo rey
no deba nada. Aadisele a estas arrogancias ser un poco msico y tocar
una guitarra a lo rasgado, de manera que decan algunos que la haca
hablar; pero no pararon aqu sus gracias, que tambin la tena de poeta, y
as, de cada niera que pasaba en el pueblo, compona un romance de legua
y media de escritura.

Este soldado, pues, que aqu he pintado, este Vicente de la Rosa, este
bravo, este galn, este msico, este poeta fue visto y mirado muchas veces
de Leandra, desde una ventana de su casa que tena la vista a la plaza.
Enamorla el oropel de sus vistosos trajes, encantronla sus romances, que
de cada uno que compona daba veinte traslados, llegaron a sus odos las
hazaas que l de s mismo haba referido, y, finalmente, que as el diablo
lo deba de tener ordenado, ella se vino a enamorar dl, antes que en l
naciese presuncin de solicitalla. Y, como en los casos de amor no hay
ninguno que con ms facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el
deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente; y,
primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la cuenta de su
deseo, ya ella le tena cumplido, habiendo dejado la casa de su querido y
amado padre, que madre no la tiene, y ausentdose de la aldea con el
soldado, que sali con ms triunfo desta empresa que de todas las muchas
que l se aplicaba.

Admir el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que dl noticia
tuvieron; yo qued suspenso, Anselmo, atnito, el padre triste, sus
parientes afrentados, solcita la justicia, los cuadrilleros listos;
tomronse los caminos, escudrironse los bosques y cuanto haba, y, al
cabo de tres das, hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un
monte, desnuda en camisa, sin muchos dineros y preciossimas joyas que de
su casa haba sacado. Volvironla a la presencia del lastimado padre;
preguntronle su desgracia; confes sin apremio que Vicente de la Roca la
haba engaado, y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadi que
dejase la casa de su padre; que l la llevara a la ms rica y ms viciosa
ciudad que haba en todo el universo mundo, que era Npoles; y que ella,
mal advertida y peor engaada, le haba credo; y, robando a su padre, se
le entreg la misma noche que haba faltado; y que l la llev a un spero
monte, y la encerr en aquella cueva donde la haban hallado. Cont tambin
como el soldado, sin quitalle su honor, le rob cuanto tena, y la dej en
aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiracin a todos.

Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirm con
tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase,
no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le haban dejado a
su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que
jams se cobre. El mismo da que pareci Leandra la despareci su padre de
nuestros ojos, y la llev a encerrar en un monesterio de una villa que est
aqu cerca, esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala opinin
en que su hija se puso. Los pocos aos de Leandra sirvieron de disculpa de
su culpa, a lo menos con aquellos que no les iba algn inters en que ella
fuese mala o buena; pero los que conocan su discrecin y mucho
entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura
y a la natural inclinacin de las mujeres, que, por la mayor parte, suele
ser desatinada y mal compuesta.

Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos sin
tener cosa que mirar que contento le diese; los mos en tinieblas, sin luz
que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra,
creca nuestra tristeza, apocbase nuestra paciencia, maldecamos las galas
del soldado y abominbamos del poco recato del padre de Leandra.
Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a
este valle, donde l, apacentando una gran cantidad de ovejas suyas
proprias, y yo un numeroso rebao de cabras, tambin mas, pasamos la vida
entre los rboles, dando vado a nuestras pasiones, o cantando juntos
alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas
comunicando con el cielo nuestras querellas.

A imitacin nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han
venido a estos speros montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y son
tantos, que parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia,
segn est colmo de pastores y de apriscos, y no hay parte en l donde no
se oiga el nombre de la hermosa Leandra. ste la maldice y la llama
antojadiza, varia y deshonesta; aqul la condena por fcil y ligera; tal la
absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura,
otro reniega de su condicin, y, en fin, todos la deshonran, y todos la
adoran, y de todos se estiende a tanto la locura, que hay quien se queje de
desdn sin haberla jams hablado, y aun quien se lamente y sienta la
rabiosa enfermedad de los celos, que ella jams dio a nadie; porque, como
ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de pea,
ni margen de arroyo, ni sombra de rbol que no est ocupada de algn pastor
que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra
dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan los montes, Leandra
murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados,
esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qu tememos. Entre estos
disparatados, el que muestra que menos y ms juicio tiene es mi competidor
Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, slo se
queja de ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con
versos donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro
camino ms fcil, y a mi parecer el ms acertado, que es decir mal de la
ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus
promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente, del poco discurso que
tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen. Y sta
fue la ocasin, seores, de las palabras y razones que dije a esta cabra
cuando aqu llegu; que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor
de todo mi apero. sta es la historia que promet contaros; si he sido en
el contarla prolijo, no ser en serviros corto: cerca de aqu tengo mi
majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrossimo queso, con otras
varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto agradables.





Captulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la
rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su
sudor


General gusto caus el cuento del cabrero a todos los que escuchado le
haban; especialmente le recibi el cannigo, que con estraa curiosidad
not la manera con que le haba contado, tan lejos de parecer rstico
cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y as, dijo que haba
dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se
ofrecieron a Eugenio; pero el que ms se mostr liberal en esto fue don
Quijote, que le dijo:

-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder
comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos
la tuvirades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna,
debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de
cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que
hicirades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las
leyes de la caballera, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho
desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Seor que no ha de
poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda ms la de
otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y
ayuda, como me obliga mi profesin, que no es otra si no es favorecer a los
desvalidos y menesterosos.

Mirle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,
admirse y pregunt al barbero, que cerca de s tena:

-Seor, quin es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?

-Quin ha de ser -respondi el barbero- sino el famoso don Quijote de la
Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las
doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?

-Eso me semeja -respondi el cabrero- a lo que se lee en los libros de
caballeros andantes, que hacan todo eso que de este hombre vuestra merced
dice; puesto que para m tengo, o que vuestra merced se burla, o que este
gentil hombre debe de tener vacos los aposentos de la cabeza.

-Sois un grandsimo bellaco -dijo a esta sazn don Quijote-; y vos sois el
vaco y el menguado, que yo estoy ms lleno que jams lo estuvo la muy
hideputa puta que os pari.

Y, diciendo y haciendo, arrebat de un pan que junto a s tena, y dio con
l al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remach las
narices; mas el cabrero, que no saba de burlas, viendo con cuntas veras
le maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a
todos aquellos que comiendo estaban, salt sobre don Quijote, y, asindole
del cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no
llegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con l encima
de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo
cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudi a subirse
sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de
Sancho, andaba buscando a gatas algn cuchillo de la mesa para hacer alguna
sanguinolenta venganza, pero estorbbanselo el cannigo y el cura; mas el
barbero hizo de suerte que el cabrero cogi debajo de s a don Quijote,
sobre el cual llovi tanto nmero de mojicones, que del rostro del pobre
caballero llova tanta sangre como del suyo.

Reventaban de risa el cannigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de
gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en
pendencia estn trabados; slo Sancho Panza se desesperaba, porque no se
poda desasir de un criado del cannigo, que le estorbaba que a su amo no
ayudase.

En resolucin, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes
que se carpan, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo
volver los rostros hacia donde les pareci que sonaba; pero el que ms se
alborot de orle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del
cabrero, harto contra su voluntad y ms que medianamente molido, le dijo:

-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido
valor y fuerzas para sujetar las mas, rugote que hagamos treguas, no ms
de por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros
odos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.

El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dej luego, y
don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se
oa, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de
blanco, a modo de diciplinantes.

Era el caso que aquel ao haban las nubes negado su roco a la tierra, y
por todos los lugares de aquella comarca se hacan procesiones, rogativas y
diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les
lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que all junto estaba
vena en procesin a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle
haba.

Don Quijote, que vio los estraos trajes de los diciplinantes, sin pasarle
por la memoria las muchas veces que los haba de haber visto, se imagin
que era cosa de aventura, y que a l solo tocaba, como a caballero andante,
el acometerla; y confirmle ms esta imaginacin pensar que una imagen que
traan cubierta de luto fuese alguna principal seora que llevaban por
fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cay
en las mientes, con gran ligereza arremeti a Rocinante, que paciendo
andaba, quitndole del arzn el freno y el adarga, y en un punto le
enfren, y, pidiendo a Sancho su espada, subi sobre Rocinante y embraz su
adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:

-Agora, valerosa compaa, veredes cunto importa que haya en el mundo
caballeros que profesen la orden de la andante caballera; agora digo que
veredes, en la libertad de aquella buena seora que all va cautiva, si se
han de estimar los caballeros andantes.

Y, en diciendo esto, apret los muslos a Rocinante, porque espuelas no las
tena, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta
verdadera historia que jams la diese Rocinante, se fue a encontrar con los
diciplinantes, bien que fueran el cura y el cannigo y barbero a detenelle;
mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le
daba, diciendo:

-Adnde va, seor don Quijote? Qu demonios lleva en el pecho, que le
incitan a ir contra nuestra fe catlica? Advierta, mal haya yo, que aqulla
es procesin de diciplinantes, y que aquella seora que llevan sobre la
peana es la imagen benditsima de la Virgen sin mancilla; mire, seor, lo
que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.

Fatigse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los
ensabanados y en librar a la seora enlutada, que no oy palabra; y, aunque
la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Lleg, pues, a la
procesin, y par a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco,
y, con turbada y ronca voz, dijo:

-Vosotros, que, quiz por no ser buenos, os encubrs los rostros, atended y
escuchad lo que deciros quiero.

Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de
los cuatro clrigos que cantaban las ledanas, viendo la estraa catadura
de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que
not y descubri en don Quijote, le respondi diciendo:

-Seor hermano, si nos quiere decir algo, dgalo presto, porque se van
estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razn que nos
detengamos a or cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se
diga.

-En una lo dir -replic don Quijote-, y es sta: que luego al punto dejis
libre a esa hermosa seora, cuyas lgrimas y triste semblante dan claras
muestras que la llevis contra su voluntad y que algn notorio desaguisado
le habedes fecho; y yo, que nac en el mundo para desfacer semejantes
agravios, no consentir que un solo paso adelante pase sin darle la deseada
libertad que merece.

En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote deba de
ser algn hombre loco, y tomronse a rer muy de gana; cuya risa fue poner
plvora a la clera de don Quijote, porque, sin decir ms palabra, sacando
la espada, arremeti a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando
la carga a sus compaeros, sali al encuentro de don Quijote, enarbolando
una horquilla o bastn con que sustentaba las andas en tanto que
descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tir don
Quijote, con que se la hizo dos partes, con el ltimo tercio, que le qued
en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo
lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que
el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.

Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, vindole cado, dio voces
a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero
encantado, que no haba hecho mal a nadie en todos los das de su vida.
Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver
que don Quijote no bulla pie ni mano; y as, creyendo que le haba muerto,
con priesa se alz la tnica a la cinta, y dio a huir por la campaa como
un gamo.

Ya en esto llegaron todos los de la compaa de don Quijote adonde l
estaba; y ms los de la procesin, que los vieron venir corriendo, y con
ellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron algn mal suceso, y
hicironse todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados los
capirotes, empuando las diciplinas, y los clrigos los ciriales, esperaban
el asalto con determinacin de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a
sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque
Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su seor,
haciendo sobre l el ms doloroso y risueo llanto del mundo, creyendo que
estaba muerto.

El cura fue conocido de otro cura que en la procesin vena, cuyo
conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El
primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quin era don
Quijote, y as l como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver si
estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lgrimas
en los ojos, deca:

-Oh flor de la caballera, que con solo un garrotazo acabaste la carrera
de tus tan bien gastados aos! Oh honra de tu linaje, honor y gloria de
toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando t en l, quedar
lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechoras!
Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de
servicio me tenas dada la mejor nsula que el mar cie y rodea! Oh
humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de
peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los
buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero
andante, que es todo lo que decir se puede!

Con las voces y gemidos de Sancho revivi don Quijote, y la primer palabra
que dijo fue:

-El que de vos vive ausente, dulcsima Dulcinea, a mayores miserias que
stas est sujeto. Aydame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro
encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo
todo este hombro hecho pedazos.

-Eso har yo de muy buena gana, seor mo -respondi Sancho-, y volvamos a
mi aldea en compaa destos seores, que su bien desean, y all daremos
orden de hacer otra salida que nos sea de ms provecho y fama.

-Bien dices, Sancho -respondi don Quijote-, y ser gran prudencia dejar
pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.

El cannigo y el cura y barbero le dijeron que hara muy bien en hacer lo
que deca; y as, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de
Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes vena. La
procesin volvi a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se
despidi de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura
les pag lo que se les deba. El cannigo pidi al cura le avisase el
suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si prosegua en ella, y con
esto tom licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron y
apartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el
bueno de Rocinante, que a todo lo que haba visto estaba con tanta
paciencia como su amo.

El boyero unci sus bueyes y acomod a don Quijote sobre un haz de heno, y
con su acostumbrada flema sigui el camino que el cura quiso, y a cabo de
seis das llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad
del da, que acert a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por
mitad de la cual atraves el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo
que en el carro vena, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron
maravillados, y un muchacho acudi corriendo a dar las nuevas a su ama y a
su sobrina de que su to y su seor vena flaco y amarillo, y tendido sobre
un montn de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de lstima fue or los
gritos que las dos buenas seoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las
maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballeras; todo
lo cual se renov cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.

A las nuevas desta venida de don Quijote, acudi la mujer de Sancho Panza,
que ya haba sabido que haba ido con l sirvindole de escudero, y, as
como vio a Sancho, lo primero que le pregunt fue que si vena bueno el
asno. Sancho respondi que vena mejor que su amo.

-Gracias sean dadas a Dios -replic ella-, que tanto bien me ha hecho; pero
contadme agora, amigo: qu bien habis sacado de vuestras escuderas?,
qu saboyana me traes a m?, qu zapaticos a vuestros hijos?

-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer ma, aunque traigo otras cosas de
ms momento y consideracin.

-Deso recibo yo mucho gusto -respondi la mujer-; mostradme esas cosas de
ms consideracin y ms momento, amigo mo, que las quiero ver, para que se
me alegre este corazn, que tan triste y descontento ha estado en todos los
siglos de vuestra ausencia.

-En casa os las mostrar, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta,
que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar
aventuras, vos me veris presto conde o gobernador de una nsula, y no de
las de por ah, sino la mejor que pueda hallarse.

-Quiralo as el cielo, marido mo; que bien lo habemos menester. Mas,
decidme: qu es eso de nsulas, que no lo entiendo?

-No es la miel para la boca del asno -respondi Sancho-; a su tiempo lo
vers, mujer, y aun te admirars de orte llamar Seora de todos tus
vasallos.

-Qu es lo que decs, Sancho, de seoras, nsulas y vasallos? -respondi
Juana Panza, que as se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran
parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de
sus maridos.

-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo
verdad, y cose la boca. Slo te sabr decir, as de paso, que no hay cosa
ms gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero
andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las ms que se hallan no
salen tan a gusto como el hombre querra, porque de ciento que se
encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Slo yo de
expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero,
con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes,
escudriando selvas, pisando peas, visitando castillos, alojando en ventas
a toda discrecin, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maraved.

Todas estas plticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en
tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y
le tendieron en su antiguo lecho. Mirbalas l con ojos atravesados, y no
acababa de entender en qu parte estaba. El cura encarg a la sobrina
tuviese gran cuenta con regalar a su to, y que estuviesen alerta de que
otra vez no se les escapase, contando lo que haba sido menester para
traelle a su casa. Aqu alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; all
se renovaron las maldiciones de los libros de caballeras, all pidieron al
cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas
mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas de
que se haban de ver sin su amo y to en el mesmo punto que tuviese alguna
mejora; y s fue como ellas se lo imaginaron.

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha
buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido
hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras autnticas; slo la fama
ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez
que sali de su casa, fue a Zaragoza, donde se hall en unas famosas justas
que en aquella ciudad hicieron, y all le pasaron cosas dignas de su valor
y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna,
ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo
mdico que tena en su poder una caja de plomo, que, segn l dijo, se
haba hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se
renovaba; en la cual caja se haban hallado unos pergaminos escritos con
letras gticas, pero en versos castellanos, que contenan muchas de sus
hazaas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la
figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del
mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y
costumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aqu pone el
fidedigno autor desta nueva y jams vista historia. El cual autor no pide a
los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le cost inquerir y
buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el
mesmo crdito que suelen dar los discretos a los libros de caballeras, que
tan validos andan en el mundo; que con esto se tendr por bien pagado y
satisfecho, y se animar a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo
menos de tanta invencin y pasatiempo.

Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se hall en
la caja de plomo eran stas:

   LOS ACADMICOS DE LA ARGAMASILLA,
   LUGAR DE LA MANCHA,
   EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO
   DON QUIJOTE DE LA MANCHA,

HOC SCRIPSERUNT:

   EL MONICONGO, ACADMICO DE LA ARGAMASILLA,
   A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

   El calvatrueno que adorn a la Mancha
   de ms despojos que Jasn decreta;
   el jicio que tuvo la veleta
   aguda donde fuera mejor ancha,
   el brazo que su fuerza tanto ensancha,
   que lleg del Catay hasta Gaeta,
   la musa ms horrenda y ms discreta
   que grab versos en la broncnea plancha,
   el que a cola dej los Amadises,
   y en muy poquito a Galaores tuvo,
   estribando en su amor y bizarra,
   el que hizo callar los Belianises,
   aquel que en Rocinante errando anduvo,
   yace debajo desta losa fra.

DEL PANIAGUADO, ACADMICO DE LA ARGAMASILLA,

In laudem Dulcineae del Toboso

Soneto

   Esta que veis de rostro amondongado,
   alta de pechos y ademn brioso,
   es Dulcinea, reina del Toboso,
   de quien fue el gran Quijote aficionado.
   Pis por ella el uno y otro lado
   de la gran Sierra Negra, y el famoso
   campo de Montel, hasta el herboso
   llano de Aranjez, a pie y cansado.
   Culpa de Rocinante, oh dura estrella!,
   que esta manchega dama, y este invito
   andante caballero, en tiernos aos,
   ella dej, muriendo, de ser bella;
   y l, aunque queda en mrmores escrito,
   no pudo huir de amor, iras y engaos.

   DEL CAPRICHOSO, DISCRETSIMO ACADMICO DE LA ARGAMASILLA,
   EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

   En el soberbio trono diamantino
   que con sangrientas plantas huella Marte,
   frentico, el Manchego su estandarte
   tremola con esfuerzo peregrino.
   Cuelga las armas y el acero fino
   con que destroza, asuela, raja y parte:
   nuevas proezas!, pero inventa el arte
   un nuevo estilo al nuevo paladino.
   Y si de su Amads se precia Gaula,
   por cuyos bravos descendientes Grecia
   triunf mil veces y su fama ensancha,
   hoy a Quijote le corona el aula
   do Belona preside, y dl se precia,
   ms que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.
   Nunca sus glorias el olvido mancha,
   pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
   excede a Brilladoro y a Bayardo.

   DEL BURLADOR, ACADMICO ARGAMASILLESCO,
   A SANCHO PANZA

Soneto

   DEL CACHIDIABLO, ACADMICO DE LA ARGAMASILLA,
   EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

   Aqu yace el caballero,
   bien molido y mal andante,
   a quien llev Rocinante
   por uno y otro sendero.
   Sancho Panza el majadero
   yace tambin junto a l,
   escudero el ms fel
   que vio el trato de escudero.

   DEL TIQUITOC, ACADMICO DE LA ARGAMASILLA,
   EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO

Epitafio

   Reposa aqu Dulcinea;
   y, aunque de carnes rolliza,
   la volvi en polvo y ceniza
   la muerte espantable y fea.
   Fue de castiza ralea,
   y tuvo asomos de dama;
   del gran Quijote fue llama,
   y fue gloria de su aldea.

stos fueron los versos que se pudieron leer; los dems, por estar
carcomida la letra, se entregaron a un acadmico para que por conjeturas
los declarase. Tinese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias
y mucho trabajo, y que tiene intencin de sacallos a luz, con esperanza de
la tercera salida de don Quijote.

Forsi altro canter con miglior plectio.

Finis










Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha


TASA

Yo, Hernando de Vallejo, escribano de Cmara del Rey nuestro seor, de los
que residen en su Consejo, doy fe que, habindose visto por los seores dl
un libro que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote
de la Mancha, Segunda parte, que con licencia de Su Majestad fue impreso,
le tasaron a cuatro maraveds cada pliego en papel, el cual tiene setenta y
tres pliegos, que al dicho respeto suma y monta docientos y noventa y dos
maraveds, y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen
del dicho libro, para que se sepa y entienda lo que por l se ha de pedir y
llevar, sin que se exceda en ello en manera alguna, como consta y parece
por el auto y decreto original sobre ello dado, y que queda en mi poder,
a que me refiero; y de mandamiento de los dichos seores del Consejo y de
pedimiento de la parte del dicho Miguel de Cervantes, di esta fee en
Madrid, a veinte y uno das del mes de otubre del mil y seiscientos y
quince aos.

Hernando de Vallejo.

FEE DE ERRATAS

Vi este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha,
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en l cosa digna de
notar que no corresponda a su original. Dada en Madrid, a veinte y uno de
otubre, mil y seiscientos y quince.

El licenciado Francisco Murcia de la Llana.

APROBACIONES

APROBACIN

Por comisin y mandado de los seores del Consejo, he hecho ver el libro
contenido en este memorial: no contiene cosa contra la fe ni buenas
costumbres, antes es libro de mucho entretenimiento lcito, mezclado de
mucha filosofa moral; pudesele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a
cinco de noviembre de mil seiscientos y quince.

Doctor Gutierre de Cetina.

APROBACIN

Por comisin y mandado de los seores del Consejo, he visto la Segunda
parte de don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra: no
contiene cosa contra nuestra santa fe catlica, ni buenas costumbres,
antes, muchas de honesta recreacin y apacible divertimiento, que los
antiguos juzgaron convenientes a sus repblicas, pues aun en la severa de
los lacedemonios levantaron estatua a la risa, y los de Tesalia la
dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido de Bosio, libro II De
signis Ecclesiae, cap. 10, alentando nimos marchitos y espritus
melanclicos, de que se acord Tulio en el primero De legibus, y el poeta
diciendo:

Interpone tuis interdum gaudia curis,

lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo
provechoso y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el
anzuelo de la reprehensin, y cumpliendo con el acertado asunto en que
pretende la expulsin de los libros de caballeras, pues con su buena
diligencia maosamente alimpiando de su contagiosa dolencia a estos reinos,
es obra muy digna de su grande ingenio, honra y lustre de nuestra nacin,
admiracin y invidia de las estraas. ste es mi parecer, salvo etc. En
Madrid, a 17 de marzo de 1615.

El maestro Josef de Valdivielso.

APROBACIN

Por comisin del seor doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta
villa de Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda
parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, por Miguel de
Cervantes Saavedra, y no hallo en l cosa indigna de un cristiano celo, ni
que disuene de la decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales;
antes, mucha erudicin y aprovechamiento, as en la continencia de su bien
seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballeras,
cuyo contagio haba cundido ms de lo que fuera justo, como en la lisura
del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectacin,
vicio con razn aborrecido de hombres cuerdos; y en la correcin de vicios
que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta
cordura las leyes de reprehensin cristiana, que aquel que fuere tocado de
la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente habr bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco
alguno, lo provechoso de la detestacin de su vicio, con que se hallar,
que es lo ms difcil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido
muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a propsito lo til con
lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo
imitar a Digenes en lo filsofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa
y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cnico, entregndose a
maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio
que tocan de su spera reprehensin, y por ventura descubren caminos para
seguirle, hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no
reprehensores, a lo menos maestros dl. Hcense odiosos a los bien
entendidos, con el pueblo pierden el crdito, si alguno tuvieron, para
admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo
tiempo estn dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes,
algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya
aplicacin, el atentado y docto mdico consigue el fin de resolverlas,
trmino que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del
hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de
Cervantes, as nuestra nacin como las estraas, pues como a milagro desean
ver el autor de libros que con general aplauso, as por su decoro y
decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido
Espaa, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en
veinte y cinco de febrero deste ao de seiscientos y quince, habiendo ido
el ilustrsimo seor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo
de Toledo, mi seor, a pagar la visita que a Su Ilustrsima hizo el
embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de
sus prncipes y los de Espaa, muchos caballeros franceses, de los que
vinieron acompaando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de
buenas letras, se llegaron a m y a otros capellanes del cardenal mi seor,
deseosos de saber qu libros de ingenio andaban ms validos; y, tocando
acaso en ste que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel
de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la
estimacin en que, as en Francia como en los reinos sus confinantes, se
tenan sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la
primera parte dsta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos,
que me ofrec llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil
demostraciones de vivos deseos. Preguntronme muy por menor su edad, su
profesin, calidad y cantidad. Hallme obligado a decir que era viejo,
soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondi estas formales palabras:
''Pues, a tal hombre no le tiene Espaa muy rico y sustentado del erario
pblico?'' Acudi otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con
mucha agudeza, y dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a
Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo l pobre,
haga rico a todo el mundo''. Bien creo que est, para censura, un poco
larga; alguno dir que toca los lmites de lisonjero elogio; mas la verdad
de lo que cortamente digo deshace en el crtico la sospecha y en m el
cuidado; adems que el da de hoy no se lisonjea a quien no tiene con qu
cebar el pico del adulador, que, aunque afectuosa y falsamente dice de
burlas, pretende ser remunerado de veras. En Madrid, a veinte y siete de
febrero de mil y seiscientos y quince.

El licenciado Mrquez Torres.

PRIVILEGIO

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha
relacin que habades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la
Mancha, de la cual hacades presentacin, y, por ser libro de historia
agradable y honesta, y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos
suplicastes os mandsemos dar licencia para le poder imprimir y privilegio
por veinte aos, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del
nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la
premtica por nos sobre ello fecha dispone, fue acordado que debamos
mandar dar esta nuestra cdula en la dicha razn, y nos tuvmoslo por bien.
Por la cual vos damos licencia y facultad para que, por tiempo y espacio de
diez aos, cumplidos primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el
da de la fecha de esta nuestra cdula en adelante, vos, o la persona que
para ello vuestro poder hobiere, y no otra alguna, podis imprimir y vender
el dicho libro que desuso se hace mencin; y por la presente damos licencia
y facultad a cualquier impresor de nuestros reinos que nombrredes para que
durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro
Consejo se vio, que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo,
nuestro escribano de Cmara, y uno de los que en l residen, con que antes
y primero que se venda lo traigis ante ellos, juntamente con el dicho
original, para que se vea si la dicha impresin est conforme a l, o
traigis fe en pblica forma cmo, por corretor por nos nombrado, se vio y
corrigi la dicha impresin por el dicho original, y ms al dicho impresor
que ans imprimiere el dicho libro no imprima el principio y primer pliego
dl, ni entregue ms de un solo libro con el original al autor y persona a
cuya costa lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de la dicha
correcin y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro est corregido y
tasado por los del nuestro Consejo, y estando hecho, y no de otra manera,
pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, en el cual imediatamente
ponga esta nuestra licencia y la aprobacin, tasa y erratas, ni lo podis
vender ni vendis vos ni otra persona alguna, hasta que est el dicho libro
en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas
en la dicha premtica y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen; y
ms, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia no le
pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya
perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que dl tuviere, y
ms incurra en pena de cincuenta mil maraveds por cada vez que lo
contrario hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra
Cmara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra
tercia parte par el que lo denunciare; y ms a los del nuestro Consejo,
presidentes, oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la
nuestra Casa y Corte y Chancilleras, y a otras cualesquiera justicias de
todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y seoros, y a
cada uno en su juridicin, ans a los que agora son como a los que sern de
aqu adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra cdula y merced, que
ans vos hacemos, y contra ella no vayan ni pasen en manera alguna, so pena
de la nuestra merced y de diez mil maraveds para la nuestra Cmara. Dada
en Madrid, a treinta das del mes de marzo de mil y seiscientos y quince
aos.

YO, EL REY.

Por mandado del Rey nuestro seor:

Pedro de Contreras.

PRLOGO AL LECTOR

Vlame Dios, y con cunta gana debes de estar esperando ahora, lector
ilustre, o quier plebeyo, este prlogo, creyendo hallar en l venganzas,
rias y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que
dicen que se engendr en Tordesillas y naci en Tarragona! Pues en verdad
que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan la
clera en los ms humildes pechos, en el mo ha de padecer excepcin esta
regla. Quisieras t que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido,
pero no me pasa por el pensamiento: castguele su pecado, con su pan se lo
coma y all se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note
de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el
tiempo, que no pasase por m, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna
taberna, sino en la ms alta ocasin que vieron los siglos pasados, los
presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en
los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimacin de
los que saben dnde se cobraron; que el soldado ms bien parece muerto en
la batalla que libre en la fuga; y es esto en m de manera, que si ahora me
propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en
aquella faccin prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme
hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos,
estrellas son que guan a los dems al cielo de la honra, y al de desear la
justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino
con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los aos.

He sentido tambin que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me
describa qu cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que
hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y,
siendo esto as, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningn sacerdote, y
ms si tiene por aadidura ser familiar del Santo Oficio; y si l lo dijo
por quien parece que lo dijo, engase de todo en todo: que del tal adoro
el ingenio, admiro las obras y la ocupacin continua y virtuosa. Pero, en
efecto, le agradezco a este seor autor el decir que mis novelas son ms
satricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no
tuvieran de todo.

Parceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los
trminos de mi modestia, sabiendo que no se ha aadir aflicin al afligido,
y que la que debe de tener este seor sin duda es grande, pues no osa
parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo
su patria, como si hubiera hecho alguna traicin de lesa majestad. Si, por
ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por
agraviado: que bien s lo que son tentaciones del demonio, y que una de las
mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y
imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros
cuanta fama; y, para confirmacin desto, quiero que en tu buen donaire y
gracia le cuentes este cuento:

Haba en Sevilla un loco que dio en el ms gracioso disparate y tema que
dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cauto de caa puntiagudo en el
fin, y, en cogiendo algn perro en la calle, o en cualquiera otra parte,
con el un pie le coga el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como
mejor poda le acomodaba el cauto en la parte que, soplndole, le pona
redondo como una pelota; y, en tenindolo desta suerte, le daba dos
palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que
siempre eran muchos: ''Pensarn vuestras mercedes ahora que es poco
trabajo hinchar un perro?''

Pensar vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Y si este cuento no le cuadrare, dirsle, lector amigo, ste, que tambin
es de loco y de perro:

Haba en Crdoba otro loco, que tena por costumbre de traer encima de la
cabeza un pedazo de losa de mrmol, o un canto no muy liviano, y, en
topando algn perro descuidado, se le pona junto, y a plomo dejaba caer
sobre l el peso. Amohinbase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no
paraba en tres calles. Sucedi, pues, que, entre los perros que descarg la
carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quera mucho su dueo. Baj
el canto, diole en la cabeza, alz el grito el molido perro, violo y
sintilo su amo, asi de una vara de medir, y sali al loco y no le dej
hueso sano; y cada palo que le daba deca: ''Perro ladrn, a mi podenco?
No viste, cruel, que era podenco mi perro?'' Y, repitindole el nombre de
podenco muchas veces, envi al loco hecho una alhea. Escarment el loco y
retirse, y en ms de un mes no sali a la plaza; al cabo del cual tiempo,
volvi con su invencin y con ms carga. Llegbase donde estaba el perro,
y, mirndole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a
descargar la piedra, deca: ''Este es podenco: guarda!'' En efeto, todos
cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, deca que eran
podencos; y as, no solt ms el canto.

Quiz de esta suerte le podr acontecer a este historiador: que no se
atrever a soltar ms la presa de su ingenio en libros que, en siendo
malos, son ms duros que las peas.

Dile tambin que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia
con su libro, no se me da un ardite, que, acomodndome al entrems famoso
de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi seor, y
Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y
liberalidad, bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me
tiene en pie, y vvame la suma caridad del ilustrsimo de Toledo, don
Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya emprentas en el mundo, y
siquiera se impriman contra m ms libros que tienen letras las Coplas de
Mingo Revulgo. Estos dos prncipes, sin que los solicite adulacin ma ni
otro gnero de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el
hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por ms dichoso y ms rico
que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La
honra pudela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar
a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud d alguna
luz de s, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza,
viene a ser estimada de los altos y nobles espritus, y, por el
consiguiente, favorecida.

Y no le digas ms, ni yo quiero decirte ms a ti, sino advertirte que
consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada
del mismo artfice y del mesmo pao que la primera, y que en ella te doy a
don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se
atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta
tambin que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras,
sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas,
aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la caresta, aun de las
malas, se estima en algo. Olvdaseme de decirte que esperes el Persiles,
que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.

DEDICATORIA, AL CONDE DE LEMOS

Enviando a Vuestra Excelencia los das pasados mis comedias, antes impresas
que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba
calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y
ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si l all
llega, me parece que habr hecho algn servicio a Vuestra Excelencia,
porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le enve
para quitar el hmago y la nusea que ha causado otro don Quijote, que, con
nombre de segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que
ms ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en
lengua chinesca habr un mes que me escribi una carta con un propio,
pidindome, o, por mejor decir, suplicndome se le enviase, porque quera
fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quera que el
libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con
esto, me deca que fuese yo a ser el rector del tal colegio.

Preguntle al portador si Su Majestad le haba dado para m alguna ayuda de
costa. Respondime que ni por pensamiento. ''Pues, hermano -le respond
yo-, vos os podis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a
las que vens despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan
largo viaje; adems que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y
emperador por emperador, y monarca por monarca, en Npoles tengo al grande
conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rectoras, me
sustenta, me ampara y hace ms merced que la que yo acierto a desear''.

Con esto le desped, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia
los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien dar fin dentro de
cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser o el ms malo o el mejor que
en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de
entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el ms malo,
porque, segn la opinin de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad
posible.

Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estar
Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de
Vuestra Excelencia. De Madrid, ltimo de otubre de mil seiscientos y
quince.

Criado de Vuestra Excelencia,

Miguel de Cervantes Saavedra.





Captulo Primero. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote
cerca de su enfermedad


Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera
salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes
sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero
no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargndolas
tuviesen cuenta con regalarle, dndole a comer cosas confortativas y
apropiadas para el corazn y el celebro, de donde proceda, segn buen
discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que as lo hacan, y lo
haran, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su
seor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de lo
cual recibieron los dos gran contento, por parecerles que haban acertado
en haberle trado encantado en el carro de los bueyes, como se cont en la
primera parte desta tan grande como puntual historia, en su ltimo
captulo. Y as, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de su
mejora, aunque tenan casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no
tocarle en ningn punto de la andante caballera, por no ponerse a peligro
de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.

Visitronle, en fin, y hallronle sentado en la cama, vestida una almilla
de bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y
amojamado, que no pareca sino hecho de carne momia. Fueron dl muy bien
recebidos, preguntronle por su salud, y l dio cuenta de s y de ella con
mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su pltica
vinieron a tratar en esto que llaman razn de estado y modos de gobierno,
enmendando este abuso y condenando aqul, reformando una costumbre y
desterrando otra, hacindose cada uno de los tres un nuevo legislador, un
Licurgo moderno o un Soln flamante; y de tal manera renovaron la
repblica, que no pareci sino que la haban puesto en una fragua, y sacado
otra de la que pusieron; y habl don Quijote con tanta discrecin en todas
las materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeron
indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.

Hallronse presentes a la pltica la sobrina y ama, y no se hartaban de dar
gracias a Dios de ver a su seor con tan buen entendimiento; pero el cura,
mudando el propsito primero, que era de no tocarle en cosa de caballeras,
quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era
falsa o verdadera, y as, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas
que haban venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tena por cierto
que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se saba su designio,
ni adnde haba de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que
casi cada ao nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y
Su Majestad haba hecho proveer las costas de Npoles y Sicilia y la isla
de Malta. A esto respondi don Quijote:

-Su Majestad ha hecho como prudentsimo guerrero en proveer sus estados con
tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi
consejo, aconsejrale yo que usara de una prevencin, de la cual Su
Majestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.

Apenas oy esto el cura, cuando dijo entre s:

-Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que te
despeas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu
simplicidad!

Mas el barbero, que ya haba dado en el mesmo pensamiento que el cura,
pregunt a don Quijote cul era la advertencia de la prevencin que deca
era bien se hiciese; quiz podra ser tal, que se pusiese en la lista de
los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los prncipes.

-El mo, seor rapador -dijo don Quijote-, no ser impertinente, sino
perteneciente.

-No lo digo por tanto -replic el barbero-, sino porque tiene mostrado la
esperiencia que todos o los ms arbitrios que se dan a Su Majestad, o son
imposibles, o disparatados, o en dao del rey o del reino.

-Pues el mo -respondi don Quijote- ni es imposible ni disparatado, sino
el ms fcil, el ms justo y el ms maero y breve que puede caber en
pensamiento de arbitrante alguno.

-Ya tarda en decirle vuestra merced, seor don Quijote -dijo el cura.

-No querra -dijo don Quijote- que le dijese yo aqu agora, y amaneciese
maana en los odos de los seores consejeros, y se llevase otro las
gracias y el premio de mi trabajo.

-Por m -dijo el barbero-, doy la palabra, para aqu y para delante de
Dios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a
hombre terrenal, juramento que aprend del romance del cura que en el
prefacio avis al rey del ladrn que le haba robado las cien doblas y la
su mula la andariega.

-No s historias -dijo don Quijote-, pero s que es bueno ese juramento, en
fee de que s que es hombre de bien el seor barbero.

-Cuando no lo fuera -dijo el cura-, yo le abono y salgo por l, que en este
caso no hablar ms que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.

-Y a vuestra merced, quin le fa, seor cura? -dijo don Quijote.

-Mi profesin -respondi el cura-, que es de guardar secreto.

-Cuerpo de tal! -dijo a esta sazn don Quijote-. Hay ms, sino mandar Su
Majestad por pblico pregn que se junten en la corte para un da sealado
todos los caballeros andantes que vagan por Espaa; que, aunque no viniesen
sino media docena, tal podra venir entre ellos, que solo bastase a
destruir toda la potestad del Turco? Estnme vuestras mercedes atentos, y
vayan conmigo. Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero
andante un ejrcito de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran
una sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, dganme: cuntas
historias estn llenas destas maravillas? Haba, en hora mala para m, que
no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belians, o alguno de
los del inumerable linaje de Amads de Gaula; que si alguno dstos hoy
viviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia!
Pero Dios mirar por su pueblo, y deparar alguno que, si no tan bravo como
los pasados andantes caballeros, a lo menos no les ser inferior en el
nimo; y Dios me entiende, y no digo ms.

-Ay! -dijo a este punto la sobrina-; que me maten si no quiere mi seor
volver a ser caballero andante!

A lo que dijo don Quijote:

-Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando l quisiere y
cuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.

A esta sazn dijo el barbero:

-Suplico a vuestras mercedes que se me d licencia para contar un cuento
breve que sucedi en Sevilla, que, por venir aqu como de molde, me da gana
de contarle.

Dio la licencia don Quijote, y el cura y los dems le prestaron atencin, y
l comenz desta manera:

-En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes
haban puesto all por falto de juicio. Era graduado en cnones por Osuna,
pero, aunque lo fuera por Salamanca, segn opinin de muchos, no dejara de
ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos aos de recogimiento, se
dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta
imaginacin escribi al arzobispo, suplicndole encarecidamente y con muy
concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que viva, pues
por la misericordia de Dios haba ya cobrado el juicio perdido; pero que
sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenan all, y, a
pesar de la verdad, queran que fuese loco hasta la muerte.

El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mand
a un capelln suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que
aquel licenciado le escriba, y que asimesmo hablase con el loco, y que si
le pareciese que tena juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hzolo as
el capelln, y el retor le dijo que aquel hombre an se estaba loco: que,
puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al
cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a
sus primeras discreciones, como se poda hacer la esperiencia hablndole.
Quiso hacerla el capelln, y, ponindole con el loco, habl con l una hora
y ms, y en todo aquel tiempo jams el loco dijo razn torcida ni
disparatada; antes, habl tan atentadamente, que el capelln fue forzado a
creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo
fue que el retor le tena ojeriza, por no perder los regalos que sus
parientes le hacan porque dijese que an estaba loco, y con lcidos
intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tena era su mucha
hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponan dolo y dudaban de la
merced que Nuestro Seor le haba hecho en volverle de bestia en hombre.
Finalmente, l habl de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y
desalmados a sus parientes, y a l tan discreto que el capelln se
determin a llevrsele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la
mano la verdad de aquel negocio.

Con esta buena fee, el buen capelln pidi al retor mandase dar los
vestidos con que all haba entrado el licenciado; volvi a decir el retor
que mirase lo que haca, porque, sin duda alguna, el licenciado an se
estaba loco. No sirvieron de nada para con el capelln las prevenciones y
advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeci el retor,
viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que
eran nuevos y decentes, y, como l se vio vestido de cuerdo y desnudo de
loco, suplic al capelln que por caridad le diese licencia para ir a
despedirse de sus compaeros los locos. El capelln dijo que l le quera
acompaar y ver los locos que en la casa haba. Subieron, en efeto, y con
ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a una
jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le
dijo: ''Hermano mo, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya
Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo
merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del
poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza
en l, que, pues a m me ha vuelto a mi primero estado, tambin le volver
a l si en l confa. Yo tendr cuidado de enviarle algunos regalos que
coma, y cmalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha
pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estmagos
vacos y los celebros llenos de aire. Esfurcese, esfurcese, que el
descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.

Todas estas razones del licenciado escuch otro loco que estaba en otra
jaula, frontero de la del furioso, y, levantndose de una estera vieja
donde estaba echado y desnudo en cueros, pregunt a grandes voces quin era
el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondi: ''Yo soy, hermano, el
que me voy; que ya no tengo necesidad de estar ms aqu, por lo que doy
infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''.
''Mirad lo que decs, licenciado, no os engae el diablo -replic el loco-;
sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraris la vuelta''.
''Yo s que estoy bueno -replic el licenciado-, y no habr para qu tornar
a andar estaciones''. ''Vos bueno? -dijo el loco-: agora bien, ello dir;
andad con Dios, pero yo os voto a Jpiter, cuya majestad yo represento en
la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacaros
desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella,
que quede memoria dl por todos los siglos del los siglos, amn. No sabes
t, licenciadillo menguado, que lo podr hacer, pues, como digo, soy
Jpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo
y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero
castigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en l ni en todo su
distrito y contorno por tres enteros aos, que se han de contar desde el
da y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. T libre, t
sano, t cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? As pienso llover
como pensar ahorcarme''.

A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos,
pero nuestro licenciado, volvindose a nuestro capelln y asindole de las
manos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, seor mo, ni haga caso de
lo que este loco ha dicho, que si l es Jpiter y no quisiere llover, yo,
que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, llover todas las veces
que se me antojare y fuere menester''. A lo que respondi el capelln:
''Con todo eso, seor Neptuno, no ser bien enojar al seor Jpiter:
vuestra merced se quede en su casa, que otro da, cuando haya ms comodidad
y ms espacio, volveremos por vuestra merced''. Rise el retor y los
presentes, por cuya risa se medio corri el capelln; desnudaron al
licenciado, quedse en casa y acabse el cuento.

-Pues, ste es el cuento, seor barbero -dijo don Quijote-, que, por venir
aqu como de molde, no poda dejar de contarle? Ah, seor rapista, seor
rapista, y cun ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y es posible
que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a
ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje
son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, seor barbero, no soy Neptuno, el
dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo;
slo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que est en no
renovar en s el felicsimo tiempo donde campeaba la orden de la andante
caballera. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto
bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a
su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo
de las doncellas, el socorro de los hurfanos y pupilos, el castigo de los
soberbios y el premio de los humildes. Los ms de los caballeros que agora
se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de
que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que
duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas
desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los
estribos, arrimado a su lanza, slo procure descabezar, como dicen, el
sueo, como lo hacan los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que,
saliendo deste bosque, entre en aquella montaa, y de all pise una estril
y desierta playa del mar, las ms veces proceloso y alterado, y, hallando
en ella y en su orilla un pequeo batel sin remos, vela, mstil ni jarcia
alguna, con intrpido corazn se arroje en l, entregndose a las
implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan
al abismo; y l, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos
se cata, se halla tres mil y ms leguas distante del lugar donde se
embarc, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas
dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, ya
triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de
la virtud, la arrogancia de la valenta y la terica de la prctica de las
armas, que slo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los
andantes caballeros. Si no, dganme: quin ms honesto y ms valiente que
el famoso Amads de Gaula?; quin ms discreto que Palmern de
Inglaterra?; quin ms acomodado y manual que Tirante el Blanco?; quin
ms galn que Lisuarte de Grecia?; quin ms acuchillado ni acuchillador
que don Belians?; quin ms intrpido que Perin de Gaula, o quin ms
acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quin ms sincero que
Esplandin?; quin mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; quin ms
bravo que Rodamonte?; quin ms prudente que el rey Sobrino?; quin ms
atrevido que Reinaldos?; quin ms invencible que Roldn?; y quin ms
gallardo y ms corts que Rugero, de quien decienden hoy los duques de
Ferrara, segn Turpn en su Cosmografa? Todos estos caballeros, y otros
muchos que pudiera decir, seor cura, fueron caballeros andantes, luz y
gloria de la caballera. Dstos, o tales como stos, quisiera yo que fueran
los de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y
ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con
esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capelln della; y si
su Jpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aqu estoy yo, que
llover cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el seor Baca que le
entiendo.

-En verdad, seor don Quijote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto,
y as me ayude Dios como fue buena mi intencin, y que no debe vuestra
merced sentirse.

-Si puedo sentirme o no -respondi don Quijote-, yo me lo s.

A esto dijo el cura:

-Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera
quedar con un escrpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo
que aqu el seor don Quijote ha dicho.

-Para otras cosas ms -respondi don Quijote- tiene licencia el seor cura;
y as, puede decir su escrpulo, porque no es de gusto andar con la
conciencia escrupulosa.

-Pues con ese beneplcito -respondi el cura-, digo que mi escrpulo es que
no me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros
andantes que vuestra merced, seor don Quijote, ha referido, hayan sido
real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino
que todo es ficcin, fbula y mentira, y sueos contados por hombres
despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.

-se es otro error -respondi don Quijote- en que han cado muchos, que no
creen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces,
con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad
este casi comn engao; pero algunas veces no he salido con mi intencin, y
otras s, sustentndola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es
tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amads de
Gaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de
barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones,
tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado a
Amads pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballeros
andantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensin que
tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazaas que
hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofa
sus faciones, sus colores y estaturas.

-Que tan grande le parece a vuestra merced, mi seor don Quijote -pregunt
el barbero-, deba de ser el gigante Morgante?

-En esto de gigantes -respondi don Quijote- hay diferentes opiniones, si
los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede
faltar un tomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contndonos la
historia de aquel filisteazo de Golas, que tena siete codos y medio de
altura, que es una desmesurada grandeza. Tambin en la isla de Sicilia se
han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que
fueron gigantes sus dueos, y tan grandes como grandes torres; que la
geometra saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabr decir con
certidumbre qu tamao tuviese Morgante, aunque imagino que no debi de ser
muy alto; y muveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace
mencin particular de sus hazaas que muchas veces dorma debajo de
techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro est que no era
desmesurada su grandeza.

-As es -dijo el cura.

El cual, gustando de orle decir tan grandes disparates, le pregunt que
qu senta acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbn y de don Roldn,
y de los dems Doce Pares de Francia, pues todos haban sido caballeros
andantes.

-De Reinaldos -respondi don Quijote- me atrevo a decir que era ancho de
rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y
colrico en demasa, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldn, o
Rotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias,
soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas,
algo estevado, moreno de rostro y barbitaheo, velloso en el cuerpo y de
vista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.

-Si no fue Roldn ms gentilhombre que vuestra merced ha dicho -replic el
cura-, no fue maravilla que la seora Anglica la Bella le desdease y
dejase por la gala, bro y donaire que deba de tener el morillo
barbiponiente a quien ella se entreg; y anduvo discreta de adamar antes la
blandura de Medoro que la aspereza de Roldn.

-Esa Anglica -respondi don Quijote-, seor cura, fue una doncella
destrada, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dej el mundo de sus
impertinencias como de la fama de su hermosura: despreci mil seores, mil
valientes y mil discretos, y contentse con un pajecillo barbilucio, sin
otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad que
guard a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no
atreverse, o por no querer cantar lo que a esta seora le sucedi despus
de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la
dej donde dijo:

Y como del Catay recibi el cetro,

quiz otro cantar con mejor plectro.

Y, sin duda, que esto fue como profeca; que los poetas tambin se llaman
vates, que quiere decir adivinos. Vese esta verdad clara, porque, despus
ac, un famoso poeta andaluz llor y cant sus lgrimas, y otro famoso y
nico poeta castellano cant su hermosura.

-Dgame, seor don Quijote -dijo a esta sazn el barbero-, no ha habido
algn poeta que haya hecho alguna stira a esa seora Anglica, entre
tantos como la han alabado?

-Bien creo yo -respondi don Quijote- que si Sacripante o Roldn fueran
poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y
natural de los poetas desdeados y no admitidos de sus damas fingidas -o
fingidas, en efeto, de aqullos a quien ellos escogieron por seoras de sus
pensamientos-, vengarse con stiras y libelos (venganza, por cierto,
indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticia
ningn verso infamatorio contra la seora Anglica, que trujo revuelto el
mundo.

-Milagro! -dijo el cura.

Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya haban dejado la
conversacin, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.





Captulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la
sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos


Cuenta la historia que las voces que oyeron don Quijote, el cura y el
barbero eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza,
que pugnaba por entrar a ver a don Quijote, y ellas le defendan la puerta:

-Qu quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que
vos sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi seor, y le lleva por
esos andurriales.

A lo que Sancho respondi:

-Ama de Satans, el sonsacado, y el destrado, y el llevado por esos
andurriales soy yo, que no tu amo; l me llev por esos mundos, y vosotras
os engais en la mitad del justo precio: l me sac de mi casa con
engaifas, prometindome una nsula, que hasta agora la espero.

-Malas nsulas te ahoguen -respondi la sobrina-, Sancho maldito. Y qu
son nsulas? Es alguna cosa de comer, golosazo, comiln, que t eres?

-No es de comer -replic Sancho-, sino de gobernar y regir mejor que cuatro
ciudades y que cuatro alcaldes de corte.

-Con todo eso -dijo el ama-, no entraris ac, saco de maldades y costal de
malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y
dejaos de pretender nsulas ni nsulos.

Grande gusto receban el cura y el barbero de or el coloquio de los tres;
pero don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algn
montn de maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estaran bien
a su crdito, le llam, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar.
Entr Sancho, y el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya
salud desesperaron, viendo cun puesto estaba en sus desvariados
pensamientos, y cun embebido en la simplicidad de sus malandantes
caballeras; y as, dijo el cura al barbero:

-Vos veris, compadre, cmo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale
otra vez a volar la ribera.

No pongo yo duda en eso -respondi el barbero-, pero no me maravillo tanto
de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan
credo tiene aquello de la nsula, que creo que no se lo sacarn del casco
cuantos desengaos pueden imaginarse.

-Dios los remedie -dijo el cura-, y estemos a la mira: veremos en lo que
para esta mquina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que
parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras
del seor, sin las necedades del criado, no valan un ardite.

-As es -dijo el barbero-, y holgara mucho saber qu tratarn ahora los
dos.

-Yo seguro -respondi el cura- que la sobrina o el ama nos lo cuenta
despus, que no son de condicin que dejarn de escucharlo.

En tanto, don Quijote se encerr con Sancho en su aposento; y, estando
solos, le dijo:

-Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqu
de tus casillas, sabiendo que yo no me qued en mis casas: juntos salimos,
juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte
ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a m me han molido
ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.

-Eso estaba puesto en razn -respondi Sancho-, porque, segn vuestra
merced dice, ms anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a
sus escuderos.

-Engaste, Sancho -dijo don Quijote-; segn aquello, quando caput
dolet..., etctera.

-No entiendo otra lengua que la ma -respondi Sancho.

-Quiero decir -dijo don Quijote- que, cuando la cabeza duele, todos los
miembros duelen; y as, siendo yo tu amo y seor, soy tu cabeza, y t mi
parte, pues eres mi criado; y, por esta razn, el mal que a m me toca, o
tocare, a ti te ha de doler, y a m el tuyo.

-As haba de ser -dijo Sancho-, pero cuando a m me manteaban como a
miembro, se estaba mi cabeza detrs de las bardas, mirndome volar por los
aires, sin sentir dolor alguno; y, pues los miembros estn obligados a
dolerse del mal de la cabeza, haba de estar obligada ella a dolerse
dellos.

-Querrs t decir agora, Sancho -respondi don Quijote-, que no me dola
yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses;
pues ms dolor senta yo entonces en mi espritu que t en tu cuerpo. Pero
dejemos esto aparte por agora, que tiempo habr donde lo ponderemos y
pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: qu es lo que dicen de m por
ese lugar? En qu opinin me tiene el vulgo, en qu los hidalgos y en qu
los caballeros? Qu dicen de mi valenta, qu de mis hazaas y qu de mi
cortesa? Qu se platica del asumpto que he tomado de resucitar y volver
al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me
digas lo que acerca desto ha llegado a tus odos; y esto me has de decir
sin aadir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de los vasallos leales
es decir la verdad a sus seores en su ser y figura propia, sin que la
adulacin la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que
sepas, Sancho, que si a los odos de los prncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correran, otras
edades seran tenidas por ms de hierro que la nuestra, que entiendo que,
de las que ahora se usan, es la dorada. Srvate este advertimiento, Sancho,
para que discreta y bienintencionadamente pongas en mis odos la verdad de
las cosas que supieres de lo que te he preguntado.

-Eso har yo de muy buena gana, seor mo -respondi Sancho-, con condicin
que vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo
diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a
mi noticia.

-En ninguna manera me enojar -respondi don Quijote-. Bien puedes, Sancho,
hablar libremente y sin rodeo alguno.

-Pues lo primero que digo -dijo-, es que el vulgo tiene a vuestra merced
por grandsimo loco, y a m por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que,
no contenindose vuestra merced en los lmites de la hidalgua, se ha
puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de
tierra y con un trapo atrs y otro adelante. Dicen los caballeros que no
querran que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos
hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las
medias negras con seda verde.

-Eso -dijo don Quijote- no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien
vestido, y jams remendado; roto, bien podra ser; y el roto, ms de las
armas que del tiempo.

-En lo que toca -prosigui Sancho- a la valenta, cortesa, hazaas y
asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: "loco,
pero gracioso"; otros, "valiente, pero desgraciado"; otros, "corts, pero
impertinente"; y por aqu van discurriendo en tantas cosas, que ni a
vuestra merced ni a m nos dejan hueso sano.

-Mira, Sancho -dijo don Quijote-: dondequiera que est la virtud en
eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que
pasaron dej de ser calumniado de la malicia. Julio Csar, animossimo,
prudentsimo y valentsimo capitn, fue notado de ambicioso y algn tanto
no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus
hazaas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dl que tuvo sus ciertos
puntos de borracho. De Hrcules, el de los muchos trabajos, se cuenta que
fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amads de Gaula, se murmura
que fue ms que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorn. As
que, oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos, bien pueden pasar
las mas, como no sean ms de las que has dicho.

-Ah est el toque, cuerpo de mi padre! -replic Sancho.

-Pues, hay ms? -pregunt don Quijote.

-An la cola falta por desollar -dijo Sancho-. Lo de hasta aqu son tortas
y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de
las caloas que le ponen, yo le traer aqu luego al momento quien se las
diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche lleg el hijo de
Bartolom Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y,
yndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia
de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la
Mancha; y dice que me mientan a m en ella con mi mesmo nombre de Sancho
Panza, y a la seora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos
nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cmo las pudo saber el
historiador que las escribi.

-Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser algn sabio
encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre
nada de lo que quieren escribir.

-Y cmo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (segn dice el
bachiller Sansn Carrasco, que as se llama el que dicho tengo) que el
autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!

-Ese nombre es de moro -respondi don Quijote.

-As ser -respondi Sancho-, porque por la mayor parte he odo decir que
los moros son amigos de berenjenas.

-T debes, Sancho -dijo don Quijote-, errarte en el sobrenombre de ese
Cide, que en arbigo quiere decir seor.

-Bien podra ser -replic Sancho-, mas, si vuestra merced gusta que yo le
haga venir aqu, ir por l en volandas.

-Harsme mucho placer, amigo -dijo don Quijote-, que me tiene suspenso lo
que me has dicho, y no comer bocado que bien me sepa hasta ser informado
de todo.

-Pues yo voy por l -respondi Sancho.

Y, dejando a su seor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvi de
all a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciossimo coloquio.





Captulo III. Del ridculo razonamiento que pas entre don Quijote, Sancho
Panza y el bachiller Sansn Carrasco


Pensativo adems qued don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de
quien esperaba or las nuevas de s mismo puestas en libro, como haba
dicho Sancho; y no se poda persuadir a que tal historia hubiese, pues an
no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que
haba muerto, y ya queran que anduviesen en estampa sus altas caballeras.
Con todo eso, imagin que algn sabio, o ya amigo o enemigo, por arte de
encantamento las habr dado a la estampa: si amigo, para engrandecerlas y
levantarlas sobre las ms sealadas de caballero andante; si enemigo, para
aniquilarlas y ponerlas debajo de las ms viles que de algn vil escudero
se hubiesen escrito, puesto -deca entre s- que nunca hazaas de escuderos
se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo
de caballero andante, por fuerza haba de ser grandlocua, alta, insigne,
magnfica y verdadera.

Con esto se consol algn tanto, pero desconsolle pensar que su autor era
moro, segn aquel nombre de Cide; y de los moros no se poda esperar verdad
alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temase no
hubiese tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase en
menoscabo y perjuicio de la honestidad de su seora Dulcinea del Toboso;
deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la haba
guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todas
calidades, teniendo a raya los mpetus de los naturales movimientos; y as,
envuelto y revuelto en estas y otras muchas imaginaciones, le hallaron
Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibi con mucha cortesa.

Era el bachiller, aunque se llamaba Sansn, no muy grande de cuerpo, aunque
muy gran socarrn, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento;
tendra hasta veinte y cuatro aos, carirredondo, de nariz chata y de
boca grande, seales todas de ser de condicin maliciosa y amigo de
donaires y de burlas, como lo mostr en viendo a don Quijote, ponindose
delante dl de rodillas, dicindole:

-Dme vuestra grandeza las manos, seor don Quijote de la Mancha; que, por
el hbito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras rdenes que las
cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los ms famosos caballeros
andantes que ha habido, ni aun habr, en toda la redondez de la tierra.
Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dej
escritas, y rebin haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de
arbigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las
gentes.

Hzole levantar don Quijote, y dijo:

-Desa manera, verdad es que hay historia ma, y que fue moro y sabio el
que la compuso?

-Es tan verdad, seor -dijo Sansn-, que tengo para m que el da de hoy
estn impresos ms de doce mil libros de la tal historia; si no, dgalo
Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se
est imprimiendo en Amberes, y a m se me trasluce que no ha de haber
nacin ni lengua donde no se traduzga.

-Una de las cosas -dijo a esta sazn don Quijote- que ms debe de dar
contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen
nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen
nombre porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualar.

-Si por buena fama y si por buen nombre va -dijo el bachiller-, solo
vuestra merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el
moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos
muy al vivo la gallarda de vuestra merced, el nimo grande en acometer los
peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento, as en las
desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores
tan platnicos de vuestra merced y de mi seora doa Dulcinea del Toboso.

-Nunca -dijo a este punto Sancho Panza- he odo llamar con don a mi seora
Dulcinea, sino solamente la seora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda
errada la historia.

-No es objecin de importancia sa -respondi Carrasco.

-No, por cierto -respondi don Quijote-; pero dgame vuestra merced, seor
bachiller: qu hazaas mas son las que ms se ponderan en esa historia?

-En eso -respondi el bachiller-, hay diferentes opiniones, como hay
diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento,
que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los
batanes; ste, a la descripcin de los dos ejrcitos, que despus
parecieron ser dos manadas de carneros; aqul encarece la del muerto que
llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la
libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes
benitos, con la pendencia del valeroso vizcano.

-Dgame, seor bachiller -dijo a esta sazn Sancho-: entra ah la aventura
de los yangeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antoj pedir
cotufas en el golfo?

-No se le qued nada -respondi Sansn- al sabio en el tintero: todo lo
dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en
la manta.

-En la manta no hice yo cabriolas -respondi Sancho-; en el aire s, y aun
ms de las que yo quisiera.

-A lo que yo imagino -dijo don Quijote-, no hay historia humana en el mundo
que no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballeras,
las cuales nunca pueden estar llenas de prsperos sucesos.

-Con todo eso -respondi el bachiller-, dicen algunos que han ledo la
historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della
algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al seor
don Quijote.

-Ah entra la verdad de la historia -dijo Sancho.

-Tambin pudieran callarlos por equidad -dijo don Quijote-, pues las
acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qu
escribirlas, si han de redundar en menosprecio del seor de la historia. A
fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente
Ulises como le describe Homero.

-As es -replic Sansn-, pero uno es escribir como poeta y otro como
historiador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron,
sino como deban ser; y el historiador las ha de escribir, no como deban
ser, sino como fueron, sin aadir ni quitar a la verdad cosa alguna.

-Pues si es que se anda a decir verdades ese seor moro -dijo Sancho-, a
buen seguro que entre los palos de mi seor se hallen los mos; porque
nunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasen
a m de todo el cuerpo; pero no hay de qu maravillarme, pues, como dice el
mismo seor mo, del dolor de la cabeza han de participar los miembros.

-Socarrn sois, Sancho -respondi don Quijote-. A fee que no os falta
memoria cuando vos queris tenerla.

-Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado -dijo
Sancho-, no lo consentirn los cardenales, que an se estn frescos en las
costillas.

-Callad, Sancho -dijo don Quijote-, y no interrumpis al seor bachiller, a
quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de m en la referida
historia.

-Y de m -dijo Sancho-, que tambin dicen que soy yo uno de los principales
presonajes della.

-Personajes que no presonajes, Sancho amigo -dijo Sansn.

-Otro reprochador de voquibles tenemos? -dijo Sancho-. Pues ndense a eso,
y no acabaremos en toda la vida.

-Mala me la d Dios, Sancho -respondi el bachiller-, si no sois vos la
segunda persona de la historia; y que hay tal, que precia ms oros hablar
a vos que al ms pintado de toda ella, puesto que tambin hay quien diga
que anduvistes demasiadamente de crdulo en creer que poda ser verdad el
gobierno de aquella nsula, ofrecida por el seor don Quijote, que est
presente.

-An hay sol en las bardas -dijo don Quijote-, y, mientras ms fuere
entrando en edad Sancho, con la esperiencia que dan los aos, estar ms
idneo y ms hbil para ser gobernador que no est agora.

-Por Dios, seor -dijo Sancho-, la isla que yo no gobernase con los aos
que tengo, no la gobernar con los aos de Matusaln. El dao est en que
la dicha nsula se entretiene, no s dnde, y no en faltarme a m el
caletre para gobernarla.

-Encomendadlo a Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que todo se har bien, y
quiz mejor de lo que vos pensis; que no se mueve la hoja en el rbol sin
la voluntad de Dios.

-As es verdad -dijo Sansn-, que si Dios quiere, no le faltarn a Sancho
mil islas que gobernar, cuanto ms una.

-Gobernador he visto por ah -dijo Sancho- que, a mi parecer, no llegan a
la suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman seora, y se sirven con
plata.

-sos no son gobernadores de nsulas -replic Sansn-, sino de otros
gobiernos ms manuales; que los que gobiernan nsulas, por lo menos han de
saber gramtica.

-Con la grama bien me avendra yo -dijo Sancho-, pero con la tica, ni me
tiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno en
las manos de Dios, que me eche a las partes donde ms de m se sirva, digo,
seor bachiller Sansn Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el
autor de la historia haya hablado de m de manera que no enfadan las cosas
que de m se cuentan; que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de m
cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos haban de or
los sordos.

-Eso fuera hacer milagros -respondi Sansn.

-Milagros o no milagros -dijo Sancho-, cada uno mire cmo habla o cmo
escribe de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene
al magn.

-Una de las tachas que ponen a la tal historia -dijo el bachiller- es que
su autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por
mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver
con la historia de su merced del seor don Quijote.

-Yo apostar -replic Sancho- que ha mezclado el hideperro berzas con
capachos.

-Ahora digo -dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi
historia, sino algn ignorante hablador, que, a tiento y sin algn
discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como haca Orbaneja,
el pintor de beda, al cual preguntndole qu pintaba, respondi: ''Lo que
saliere''. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que
era menester que con letras gticas escribiese junto a l: "ste es gallo".
Y as debe de ser de mi historia, que tendr necesidad de comento para
entenderla.

-Eso no -respondi Sansn-, porque es tan clara, que no hay cosa que
dificultar en ella: los nios la manosean, los mozos la leen, los hombres
la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan
leda y tan sabida de todo gnero de gentes, que, apenas han visto algn
rocn flaco, cuando dicen: "all va Rocinante". Y los que ms se han dado a
su letura son los pajes: no hay antecmara de seor donde no se halle un
Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; stos le embisten y aqullos
le piden. Finalmente, la tal historia es del ms gustoso y menos
perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda
ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un
pensamiento menos que catlico.

-A escribir de otra suerte -dijo don Quijote-, no fuera escribir verdades,
sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen haban de ser
quemados, como los que hacen moneda falsa; y no s yo qu le movi al autor
a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los
mos: sin duda se debi de atener al refrn: "De paja y de heno...",
etctera. Pues en verdad que en slo manifestar mis pensamientos, mis
sospiros, mis lgrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera
hacer un volumen mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas las
obras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, seor bachiller, es que
para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester
un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires
es de grandes ingenios: la ms discreta figura de la comedia es la del
bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. La
historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde est la
verdad est Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos
que as componen y arrojan libros de s como si fuesen buuelos.

-No hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.

-No hay duda en eso -replic don Quijote-; pero muchas veces acontece que
los que tenan mritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus
escritos, en dndolos a la estampa, la perdieron del todo, o la
menoscabaron en algo.

-La causa deso es -dijo Sansn- que, como las obras impresas se miran
despacio, fcilmente se veen sus faltas, y tanto ms se escudrian cuanto
es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,
los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las ms veces,
son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular
entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios
a la luz del mundo.

-Eso no es de maravillar -dijo don Quijote-, porque muchos telogos hay que
no son buenos para el plpito, y son bonsimos para conocer las faltas o
sobras de los que predican.

-Todo eso es as, seor don Quijote -dijo Carrasco-, pero quisiera yo que
los tales censuradores fueran ms misericordiosos y menos escrupulosos, sin
atenerse a los tomos del sol clarsimo de la obra de que murmuran; que si
aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto,
por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quiz podra
ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces
acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y as, digo que es
grandsimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda
imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos
los que le leyeren.

-El que de m trata -dijo don Quijote-, a pocos habr contentado.

-Antes es al revs; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitos
son los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta y
dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quin fue el
ladrn que hurt el rucio a Sancho, que all no se declara, y slo se
infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de all a poco le vemos a
caballo sobre el mesmo jumento, sin haber parecido. Tambin dicen que se le
olvid poner lo que Sancho hizo de aquellos cien escudos que hall en la
maleta en Sierra Morena, que nunca ms los nombra, y hay muchos que desean
saber qu hizo dellos, o en qu los gast, que es uno de los puntos
sustanciales que faltan en la obra.

-Sancho respondi:

-Yo, seor Sansn, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que
me ha tomado un desmayo de estmago, que si no le reparo con dos tragos de
lo aejo, me pondr en la espina de Santa Luca. En casa lo tengo, mi oslo
me aguarda; en acabando de comer, dar la vuelta, y satisfar a vuestra
merced y a todo el mundo de lo que preguntar quisieren, as de la prdida
del jumento como del gasto de los cien escudos.

Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.

Don Quijote pidi y rog al bachiller se quedase a hacer penitencia con l.
Tuvo el bachiller el envite: quedse, aadise al ordinaro un par de
pichones, tratse en la mesa de caballeras, siguile el humor Carrasco,
acabse el banquete, durmieron la siesta, volvi Sancho y renovse la
pltica pasada.





Captulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansn Carrasco de
sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse


Volvi Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento,
dijo:

-A lo que el seor Sansn dijo que se deseaba saber quin, o cmo, o cundo
se me hurt el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo
de la Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, despus de la
aventura sin ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a
Segovia, mi seor y yo nos metimos entre una espesura, adonde mi seor
arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas
refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de
pluma; especialmente yo dorm con tan pesado sueo, que quienquiera que fue
tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los
cuatro lados de la albarda, de manera que me dej a caballo sobre ella, y
me sac debajo de m al rucio, sin que yo lo sintiese.

-Eso es cosa fcil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedi a
Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invencin
le sac el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrn llamado
Brunelo.

-Amaneci -prosigui Sancho-, y, apenas me hube estremecido, cuando,
faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran cada; mir por el
jumento, y no le vi; acudironme lgrimas a los ojos, y hice una
lamentacin, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer
cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no s cuntos das, viniendo con
la seora princesa Micomicona, conoc mi asno, y que vena sobre l en
hbito de gitano aquel Gins de Pasamonte, aquel embustero y grandsimo
maleador que quitamos mi seor y yo de la cadena.

-No est en eso el yerro -replic Sansn-, sino en que, antes de haber
parecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo
rucio.

-A eso -dijo Sancho-, no s qu responder, sino que el historiador se
enga, o ya sera descuido del impresor.

-As es, sin duda -dijo Sansn-; pero, qu se hicieron los cien escudos?;
deshicironse?

Respondi Sancho:

-Yo los gast en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y
ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y
carreras que he andado sirviendo a mi seor don Quijote; que si, al cabo de
tanto tiempo, volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura
me esperaba; y si hay ms que saber de m, aqu estoy, que responder al
mismo rey en presona, y nadie tiene para qu meterse en si truje o no
truje, si gast o no gast; que si los palos que me dieron en estos viajes
se hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maraveds
cada uno, en otros cien escudos no haba para pagarme la mitad; y cada uno
meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo
negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas
veces.

-Yo tendr cuidado -dijo Carrasco- de acusar al autor de la historia que si
otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho,
que ser realzarla un buen coto ms de lo que ella se est.

-Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, seor bachiller? -pregunt don
Quijote.

-S debe de haber -respondi l-, pero ninguna debe de ser de la
importancia de las ya referidas.

-Y por ventura -dijo don Quijote-, promete el autor segunda parte?

-S promete -respondi Sansn-, pero dice que no ha hallado ni sabe quin
la tiene, y as, estamos en duda si saldr o no; y as por esto como porque
algunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las
cosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber
segunda parte; aunque algunos que son ms joviales que saturninos dicen:
"Vengan ms quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo
que fuere, que con eso nos contentamos".

-Y a qu se atiene el autor?

-A que -respondi Sansn-, en hallando que halle la historia, que l va
buscando con extraordinarias diligencias, la dar luego a la estampa,
llevado ms del inters que de darla se le sigue que de otra alabanza
alguna.

A lo que dijo Sancho:

-Al dinero y al inters mira el autor? Maravilla ser que acierte, porque
no har sino harbar, harbar, como sastre en vsperas de pascuas, y las
obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfecin que requieren.
Atienda ese seor moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi seor
le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos
diferentes, que pueda componer no slo segunda parte, sino ciento. Debe de
pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aqu en las pajas; pues
tnganos el pie al herrar, y ver del que cosqueamos. Lo que yo s decir es
que si mi seor tomase mi consejo, ya habamos de estar en esas campaas
deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los
buenos andantes caballeros.

No haba bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus
odos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tom don Quijote por
felicsimo agero, y determin de hacer de all a tres o cuatro das otra
salida; y, declarando su intento al bachiller, le pidi consejo por qu
parte comenzara su jornada; el cual le respondi que era su parecer que
fuese al reino de Aragn y a la ciudad de Zaragoza, adonde, de all a pocos
das, se haban de hacer unas solensimas justas por la fiesta de San
Jorge, en las cuales podra ganar fama sobre todos los caballeros
aragoneses, que sera ganarla sobre todos los del mundo. Alable ser
honradsima y valentsima su determinacin, y advirtile que anduviese ms
atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino de
todos aquellos que le haban de menester para que los amparase y socorriese
en sus desventuras.

-Deso es lo que yo reniego, seor Sansn -dijo a este punto Sancho-, que
as acomete mi seor a cien hombres armados como un muchacho goloso a media
docena de badeas. Cuerpo del mundo, seor bachiller! S, que tiempos hay
de acometer y tiempos de retirar; s, no ha de ser todo "Santiago, y
cierra, Espaa!" Y ms, que yo he odo decir, y creo que a mi seor mismo,
si mal no me acuerdo, que en los estremos de cobarde y de temerario est el
medio de la valenta; y si esto es as, no quiero que huya sin tener para
qu, ni que acometa cuando la demasa pide otra cosa. Pero, sobre todo,
aviso a mi seor que si me ha de llevar consigo, ha de ser con condicin
que l se lo ha de batallar todo, y que yo no he de estar obligado a otra
cosa que a mirar por su persona en lo que tocare a su limpieza y a su
regalo; que en esto yo le bailar el agua delante; pero pensar que tengo de
poner mano a la espada, aunque sea contra villanos malandrines de hacha y
capellina, es pensar en lo escusado. Yo, seor Sansn, no pienso granjear
fama de valiente, sino del mejor y ms leal escudero que jams sirvi a
caballero andante; y si mi seor don Quijote, obligado de mis muchos y
buenos servicios, quisiere darme alguna nsula de las muchas que su merced
dice que se ha de topar por ah, recibir mucha merced en ello; y cuando no
me la diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro sino de
Dios; y ms, que tan bien, y aun quiz mejor, me sabr el pan desgobernado
que siendo gobernador; y s yo por ventura si en esos gobiernos me tiene
aparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las
muelas? Sancho nac, y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, de
buenas a buenas, sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el
cielo alguna nsula, o otra cosa semejante, no soy tan necio que la
desechase; que tambin se dice: "Cuando te dieren la vaquilla, corre con la
soguilla"; y "Cuando viene el bien, mtelo en tu casa".

-Vos, hermano Sancho -dijo Carrasco-, habis hablado como un catedrtico;
pero, con todo eso, confiad en Dios y en el seor don Quijote, que os ha de
dar un reino, no que una nsula.

-Tanto es lo de ms como lo de menos -respondi Sancho-; aunque s decir al
seor Carrasco que no echara mi seor el reino que me diera en saco roto,
que yo he tomado el pulso a m mismo, y me hallo con salud para regir
reinos y gobernar nsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi seor.

-Mirad, Sancho -dijo Sansn-, que los oficios mudan las costumbres, y
podra ser que vindoos gobernador no conocisedes a la madre que os pari.

-Eso all se ha de entender -respondi Sancho- con los que nacieron en las
malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de
cristianos viejos, como yo los tengo. No, sino llegaos a mi condicin, que
sabr usar de desagradecimiento con alguno!

-Dios lo haga -dijo don Quijote-, y ello dir cuando el gobierno venga; que
ya me parece que le trayo entre los ojos.

Dicho esto, rog al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de
componerle unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su
seora Dulcinea del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada
verso haba de poner una letra de su nombre, de manera que al fin de los
versos, juntando las primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso.

El bachiller respondi que, puesto que l no era de los famosos poetas que
haba en Espaa, que decan que no eran sino tres y medio, que no dejara
de componer los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su
composicin, a causa que las letras que contenan el nombre eran diez y
siete; y que si haca cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara una
letra; y si de a cinco, a quien llaman dcimas o redondillas, faltaban tres
letras; pero, con todo eso, procurara embeber una letra lo mejor que
pudiese, de manera que en las cuatro castellanas se incluyese el nombre de
Dulcinea del Toboso.

-Ha de ser as en todo caso -dijo don Quijote-; que si all no va el nombre
patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se hicieron
los metros.

Quedaron en esto y en que la partida sera de all a ocho das. Encarg don
Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese
Nicols, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada y
valerosa determinacin. Todo lo prometi Carrasco. Con esto se despidi,
encargando a don Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos le
avisase, habiendo comodidad; y as, se despidieron, y Sancho fue a poner en
orden lo necesario para su jornada.





Captulo V. De la discreta y graciosa pltica que pas entre Sancho Panza y
su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordacin


(Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto captulo, dice
que le tiene por apcrifo, porque en l habla Sancho Panza con otro estilo
del que se poda prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles,
que no tiene por posible que l las supiese; pero que no quiso dejar de
traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio deba; y as, prosigui
diciendo:)

Lleg Sancho a su casa tan regocijado y alegre, que su mujer conoci su
alegra a tiro de ballesta; tanto, que la oblig a preguntarle:

-Qu tras, Sancho amigo, que tan alegre vens?

A lo que l respondi:

-Mujer ma, si Dios quisiera, bien me holgara yo de no estar tan contento
como muestro.

-No os entiendo, marido -replic ella-, y no s qu queris decir en eso de
que os holgredes, si Dios quisiera, de no estar contento; que, maguer
tonta, no s yo quin recibe gusto de no tenerle.

-Mirad, Teresa -respondi Sancho-: yo estoy alegre porque tengo determinado
de volver a servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la vez tercera
salir a buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir con l, porque lo quiere
as mi necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de pensar si podr
hallar otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me entristece el
haberme de apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer
a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues
lo poda hacer a poca costa y no ms de quererlo, claro est que mi alegra
fuera ms firme y valedera, pues que la que tengo va mezclada con la
tristeza del dejarte; as que, dije bien que holgara, si Dios quisiera, de
no estar contento.

-Mirad, Sancho -replic Teresa-: despus que os hicistes miembro de
caballero andante hablis de tan rodeada manera, que no hay quien os
entienda.

-Basta que me entienda Dios, mujer -respondi Sancho-, que l es el
entendedor de todas las cosas, y qudese esto aqu; y advertid, hermana,
que os conviene tener cuenta estos tres das con el rucio, de manera que
est para armas tomar: dobladle los piensos, requerid la albarda y las
dems jarcias, porque no vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener
dares y tomares con gigantes, con endriagos y con vestiglos, y a or
silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun todo esto fuera flores de
cantueso si no tuviramos que entender con yangeses y con moros
encantados.

-Bien creo yo, marido -replic Teresa-, que los escuderos andantes no comen
el pan de balde; y as, quedar rogando a Nuestro Seor os saque presto de
tanta mala ventura.

-Yo os digo, mujer -respondi Sancho-, que si no pensase antes de mucho
tiempo verme gobernador de una nsula, aqu me caera muerto.

-Eso no, marido mo -dijo Teresa-: viva la gallina, aunque sea con su
pepita; vivid vos, y llvese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo;
sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habis
vivido hasta ahora, y sin gobierno os iris, o os llevarn, a la sepultura
cuando Dios fuere servido. Como sos hay en el mundo que viven sin
gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el nmero de las
gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre; y como sta no falta a los
pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho: si por ventura os
viredes con algn gobierno, no os olvidis de m y de vuestros hijos.
Advertid que Sanchico tiene ya quince aos cabales, y es razn que vaya a
la escuela, si es que su to el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia.
Mirad tambin que Mari Sancha, vuestra hija, no se morir si la casamos;
que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseis
veros con gobierno; y, en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que
bien abarraganada.

-A buena fe -respondi Sancho- que si Dios me llega a tener algo qu de
gobierno, que tengo de casar, mujer ma, a Mari Sancha tan altamente que no
la alcancen sino con llamarla seora.

-Eso no, Sancho -respondi Teresa-: casadla con su igual, que es lo ms
acertado; que si de los zuecos la sacis a chapines, y de saya parda de
catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un t a una
doa tal y seora, no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de
caer en mil faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.

-Calla, boba -dijo Sancho-, que todo ser usarlo dos o tres aos; que
despus le vendr el seoro y la gravedad como de molde; y cuando no, qu
importa? Sase ella seora, y venga lo que viniere.

-Medos, Sancho, con vuestro estado -respondi Teresa-; no os queris alzar
a mayores, y advertid al refrn que dice: "Al hijo de tu vecino, lmpiale
las narices y mtele en tu casa". Por cierto, que sera gentil cosa casar
a nuestra Mara con un condazo, o con caballerote que, cuando se le
antojase, la pusiese como nueva, llamndola de villana, hija del
destripaterrones y de la pelarruecas! No en mis das, marido! Para eso,
por cierto, he criado yo a mi hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla
dejadlo a mi cargo; que ah est Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo
rollizo y sano, y que le conocemos, y s que no mira de mal ojo a la
mochacha; y con ste, que es nuestro igual, estar bien casada, y le
tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos, padres y hijos,
nietos y yernos, y andar la paz y la bendicin de Dios entre todos
nosotros; y no casrmela vos ahora en esas cortes y en esos palacios
grandes, adonde ni a ella la entiendan, ni ella se entienda.

-Ven ac, bestia y mujer de Barrabs -replic Sancho-: por qu quieres t
ahora, sin qu ni para qu, estorbarme que no case a mi hija con quien me
d nietos que se llamen seora? Mira, Teresa: siempre he odo decir a mis
mayores que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se
debe quejar si se le pasa. Y no sera bien que ahora, que est llamando a
nuestra puerta, se la cerremos; dejmonos llevar deste viento favorable que
nos sopla.

(Por este modo de hablar, y por lo que ms abajo dice Sancho, dijo el
tradutor desta historia que tena por apcrifo este captulo.)

-No te parece, animalia -prosigui Sancho-, que ser bien dar con mi
cuerpo en algn gobierno provechoso que nos saque el pie del lodo? Y csese
a Mari Sancha con quien yo quisiere, y vers cmo te llaman a ti doa
Teresa Panza, y te sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y
arambeles, a pesar y despecho de las hidalgas del pueblo. No, sino estaos
siempre en un ser, sin crecer ni menguar, como figura de paramento! Y en
esto no hablemos ms, que Sanchica ha de ser condesa, aunque t ms me
digas.

-Veis cuanto decs, marido? -respondi Teresa-. Pues, con todo eso, temo
que este condado de mi hija ha de ser su perdicin. Vos haced lo que
quisiredes, ora la hagis duquesa o princesa, pero sos decir que no ser
ello con voluntad ni consentimiento mo. Siempre, hermano, fui amiga de la
igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el
bautismo, nombre mondo y escueto, sin aadiduras ni cortapisas, ni
arrequives de dones ni donas; Cascajo se llam mi padre, y a m, por ser
vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a buena razn me haban de
llamar Teresa Cascajo. Pero all van reyes do quieren leyes, y con este
nombre me contento, sin que me le pongan un don encima, que pese tanto que
no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar
vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirn: ''Mirad qu
entonada va la pazpuerca!; ayer no se hartaba de estirar de un copo de
estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar
de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no
la conocisemos''. Si Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los
que tengo, no pienso dar ocasin de verme en tal aprieto. Vos, hermano,
idos a ser gobierno o nsulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi hija ni
yo, por el siglo de mi madre, que no nos hemos de mudar un paso de nuestra
aldea: la mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la doncella
honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con vuestro don Quijote a
vuestras aventuras, y dejadnos a nosotras con nuestras malas venturas, que
Dios nos las mejorar como seamos buenas; y yo no s, por cierto, quin le
puso a l don, que no tuvieron sus padres ni sus agelos.

-Ahora digo -replic Sancho- que tienes algn familiar en ese cuerpo.
Vlate Dios, la mujer, y qu de cosas has ensartado unas en otras, sin
tener pies ni cabeza! Qu tiene que ver el Cascajo, los broches, los
refranes y el entono con lo que yo digo? Ven ac, mentecata e ignorante
(que as te puedo llamar, pues no entiendes mis razones y vas huyendo de la
dicha): si yo dijera que mi hija se arrojara de una torre abajo, o que se
fuera por esos mundos, como se quiso ir la infanta doa Urraca, tenas
razn de no venir con mi gusto; pero si en dos paletas, y en menos de un
abrir y cerrar de ojos, te la chanto un don y una seora a cuestas, y te
la saco de los rastrojos, y te la pongo en toldo y en peana, y en un
estrado de ms almohadas de velludo que tuvieron moros en su linaje los
Almohadas de Marruecos, por qu no has de consentir y querer lo que yo
quiero?

-Sabis por qu, marido? -respondi Teresa-; por el refrn que dice:
"Quien te cubre, te descubre!" Por el pobre todos pasan los ojos como de
corrida, y en el rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre,
all es el murmurar y el maldecir, y el peor perseverar de los
maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como enjambres de
abejas.

-Mira, Teresa -respondi Sancho-, y escucha lo que agora quiero decirte;
quiz no lo habrs odo en todos los das de tu vida, y yo agora no hablo
de mo; que todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador
que la Cuaresma pasada predic en este pueblo, el cual, si mal no me
acuerdo, dijo que todas las cosas presentes que los ojos estn mirando se
presentan, estn y asisten en nuestra memoria mucho mejor y con ms
vehemencia que las cosas pasadas.

(Todas estas razones que aqu va diciendo Sancho son las segundas por quien
dice el tradutor que tiene por apcrifo este captulo, que exceden a la
capacidad de Sancho. El cual prosigui diciendo:)

-De donde nace que, cuando vemos alguna persona bien aderezada, y con ricos
vestidos compuesta, y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve
y convida a que la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel
instante nos represente alguna bajeza en que vimos a la tal persona; la
cual inominia, ahora sea de pobreza o de linaje, como ya pas, no es, y
slo es lo que vemos presente. Y si ste a quien la fortuna sac del
borrador de su bajeza (que por estas mesmas razones lo dijo el padre) a la
alteza de su prosperidad, fuere bien criado, liberal y corts con todos, y
no se pusiere en cuentos con aquellos que por antigedad son nobles, ten
por cierto, Teresa, que no habr quien se acuerde de lo que fue, sino que
reverencien lo que es, si no fueren los invidiosos, de quien ninguna
prspera fortuna est segura.

-Yo no os entiendo, marido -replic Teresa-: haced lo que quisiredes, y no
me quebris ms la cabeza con vuestras arengas y retricas. Y si estis
revuelto en hacer lo que decs...

-Resuelto has de decir, mujer -dijo Sancho-, y no revuelto.

-No os pongis a disputar, marido, conmigo -respondi Teresa-. Yo hablo
como Dios es servido, y no me meto en ms dibujos; y digo que si estis
porfiando en tener gobierno, que llevis con vos a vuestro hijo Sancho,
para que desde agora le enseis a tener gobierno, que bien es que los
hijos hereden y aprendan los oficios de sus padres.

-En teniendo gobierno -dijo Sancho-, enviar por l por la posta, y te
enviar dineros, que no me faltarn, pues nunca falta quien se los preste a
los gobernadores cuando no los tienen; y vstele de modo que disimule lo
que es y parezca lo que ha de ser.

-Enviad vos dinero -dijo Teresa-, que yo os lo vistir como un palmito.

-En efecto, quedamos de acuerdo -dijo Sancho- de que ha de ser condesa
nuestra hija.

-El da que yo la viere condesa -respondi Teresa-, se har cuenta que la
entierro, pero otra vez os digo que hagis lo que os diere gusto, que con
esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque
sean unos porros.

Y, en esto, comenz a llorar tan de veras como si ya viera muerta y
enterrada a Sanchica. Sancho la consol dicindole que, ya que la hubiese
de hacer condesa, la hara todo lo ms tarde que ser pudiese. Con esto se
acab su pltica, y Sancho volvi a ver a don Quijote para dar orden en su
partida.





Captulo VI. De lo que le pas a Don Quijote con su sobrina y con su ama, y
es uno de los importantes captulos de toda la historia


En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente
referida pltica, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote,
que por mil seales iban coligiendo que su to y seor quera desgarrarse
la vez tercera, y volver al ejercicio de su, para ellas, mal andante
caballera: procuraban por todas las vas posibles apartarle de tan mal
pensamiento, pero todo era predicar en desierto y majar en hierro fro. Con
todo esto, entre otras muchas razones que con l pasaron, le dijo el ama:

-En verdad, seor mo, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se est
quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como
nima en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo
llamo desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey,
que pongan remedio en ello.

A lo que respondi don Quijote:

-Ama, lo que Dios responder a tus quejas yo no lo s, ni lo que ha de
responder Su Majestad tampoco, y slo s que si yo fuera rey, me escusara
de responder a tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada da le
dan; que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros
muchos, es el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos; y
as, no querra yo que cosas mas le diesen pesadumbre.

A lo que dijo el ama:

-Dganos, seor: en la corte de Su Majestad, no hay caballeros?

-S -respondi don Quijote-, y muchos; y es razn que los haya, para adorno
de la grandeza de los prncipes y para ostentacin de la majestad real.

-Pues, no sera vuesa merced -replic ella- uno de los que a pie quedo
sirviesen a su rey y seor, estndose en la corte?

-Mira, amiga -respondi don Quijote-: no todos los caballeros pueden ser
cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros
andantes: de todos ha de haber en el mundo; y, aunque todos seamos
caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los
cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se
pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer
calor ni fro, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes
verdaderos, al sol, al fro, al aire, a las inclemencias del cielo, de
noche y de da, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros
mismos pies; y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su
mismo ser, y en todo trance y en toda ocasin los acometemos, sin mirar en
nieras, ni en las leyes de los desafos; si lleva, o no lleva, ms corta
la lanza, o la espada; si trae sobre s reliquias, o algn engao
encubierto; si se ha de partir y hacer tajadas el sol, o no, con otras
ceremonias deste jaez, que se usan en los desafos particulares de persona
a persona, que t no sabes y yo s. Y has de saber ms: que el buen
caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no slo
tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos
grandsimas torres, y que los brazos semejan rboles de gruesos y poderosos
navos, y cada ojo como una gran rueda de molino y ms ardiendo que un
horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil
continente y con intrpido corazn los ha de acometer y embestir, y, si
fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en un pequeo instante, aunque
viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado que dicen que son ms
duras que si fuesen de diamantes, y en lugar de espadas trujesen cuchillos
tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con puntas asimismo de
acero, como yo las he visto ms de dos veces. Todo esto he dicho, ama ma,
porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros; y sera razn
que no hubiese prncipe que no estimase en ms esta segunda, o, por mejor
decir, primera especie de caballeros andantes, que, segn leemos en sus
historias, tal ha habido entre ellos que ha sido la salud no slo de un
reino, sino de muchos.

-Ah, seor mo! -dijo a esta sazn la sobrina-; advierta vuestra merced
que todo eso que dice de los caballeros andantes es fbula y mentira, y sus
historias, ya que no las quemasen, merecan que a cada una se le echase un
sambenito, o alguna seal en que fuese conocida por infame y por gastadora
de las buenas costumbres.

-Por el Dios que me sustenta -dijo don Quijote-, que si no fueras mi
sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana, que haba de hacer un
tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el
mundo. Cmo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce
palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias de
los caballeros andantes? Qu dijera el seor Amads si lo tal oyera? Pero
a buen seguro que l te perdonara, porque fue el ms humilde y corts
caballero de su tiempo, y, dems, grande amparador de las doncellas; mas,
tal te pudiera haber odo que no te fuera bien dello, que no todos son
corteses ni bien mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni todos los
que se llaman caballeros lo son de todo en todo: que unos son de oro, otros
de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al
toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por
parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta mueren por
parecer hombres bajos; aqullos se llevantan o con la ambicin o con la
virtud, stos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester
aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras
de caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las
acciones.

-Vlame Dios! -dijo la sobrina-. Que sepa vuestra merced tanto, seor
to, que, si fuese menester en una necesidad, podra subir en un plpito e
irse a predicar por esas calles, y que, con todo esto, d en una ceguera
tan grande y en una sandez tan conocida, que se d a entender que es
valiente, siendo viejo, que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza
tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no
lo siendo; porque, aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres!

-Tienes mucha razn, sobrina, en lo que dices -respondi don Quijote-, y
cosas te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran; pero, por
no mezclar lo divino con lo humano, no las digo. Mirad, amigas: a cuatro
suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay
en el mundo, que son stas: unos, que tuvieron principios humildes, y se
fueron estendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que
tuvieron principios grandes, y los fueron conservando y los conservan y
mantienen en el ser que comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios
grandes, acabaron en punta, como pirmide, habiendo diminuido y aniquilado
su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta de la pirmide, que
respeto de su basa o asiento no es nada; otros hay, y stos son los ms,
que ni tuvieron principio bueno ni razonable medio, y as tendrn el fin,
sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria. De los
primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que agora
conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que, de un humilde y bajo
pastor que le dio principio, est en la cumbre que le vemos. Del segundo
linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, sern
ejemplo muchos prncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella,
sin aumentarla ni diminuirla, contenindose en los lmites de sus estados
pacficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay
millares de ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los
Csares de Roma, con toda la caterva, si es que se le puede dar este
nombre, de infinitos prncipes, monarcas, seores, medos, asirios, persas,
griegos y brbaros, todos estos linajes y seoros han acabado en punta y
en nonada, as ellos como los que les dieron principio, pues no ser
posible hallar agora ninguno de sus decendientes, y si le hallsemos, sera
en bajo y humilde estado. Del linaje plebeyo no tengo qu decir, sino que
sirve slo de acrecentar el nmero de los que viven, sin que merezcan otra
fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo dicho quiero que infiris,
bobas mas, que es grande la confusin que hay entre los linajes, y que
solos aqullos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud, y
en la riqueza y liberalidad de sus dueos. Dije virtudes, riquezas y
liberalidades, porque el grande que fuere vicioso ser vicioso grande, y el
rico no liberal ser un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no
le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas
comoquiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda
otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo
afable, bien criado, corts y comedido, y oficioso; no soberbio, no
arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo; que con dos maraveds
que con nimo alegre d al pobre se mostrar tan liberal como el que a
campana herida da limosna, y no habr quien le vea adornado de las
referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle
por de buena casta, y el no serlo sera milagro; y siempre la alabanza fue
premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos
caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y
honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo ms
armas que letras, y nac, segn me inclino a las armas, debajo de la
influencia del planeta Marte; as que, casi me es forzoso seguir por su
camino, y por l tengo de ir a pesar de todo el mundo, y ser en balde
cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la
fortuna ordena y la razn pide, y, sobre todo, mi voluntad desea. Pues con
saber, como s, los innumerables trabajos que son anejos al andante
caballera, s tambin los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y s
que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y
espacioso; y s que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del
vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto
y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no
tendr fin; y s, como dice el gran poeta castellano nuestro, que

Por estas asperezas se camina

de la inmortalidad al alto asiento,

do nunca arriba quien de all declina.

-Ay, desdichada de m -dijo la sobrina-, que tambin mi seor es poeta!.
Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostar que si quisiera ser albail, que
supiera fabricar una casa como una jaula.

Yo te prometo, sobrina -respondi don Quijote-, que si estos pensamientos
caballerescos no me llevasen tras s todos los sentidos, que no habra cosa
que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente
jaulas y palillos de dientes.

A este tiempo, llamaron a la puerta, y, preguntando quin llamaba,
respondi Sancho Panza que l era; y, apenas le hubo conocido el ama,
cuando corri a esconderse por no verle: tanto le aborreca. Abrile la
sobrina, sali a recebirle con los brazos abiertos su seor don Quijote, y
encerrronse los dos en su aposento, donde tuvieron otro coloquio, que no
le hace ventaja el pasado.





Captulo VII. De lo que pas don Quijote con su escudero, con otros
sucesos famossimos


Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su seor, cuando dio en
la cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta haba de
salir la resolucin de su tercera salida y tomando su manto, toda llena de
congoja y pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sansn Carrasco,
parecindole que, por ser bien hablado y amigo fresco de su seor, le
podra persuadir a que dejase tan desvariado propsito.

Hallle pasendose por el patio de su casa, y, vindole, se dej caer ante
sus pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan
doloridas y sobresaltadas, le dijo:

-Qu es esto, seora ama? Qu le ha acontecido, que parece que se le
quiere arrancar el alma?

-No es nada, seor Sansn mo, sino que mi amo se sale; slese sin duda!

-Y por dnde se sale, seora? -pregunt Sansn-. Hsele roto alguna parte
de su cuerpo?

-No se sale -respondi ella-, sino por la puerta de su locura. Quiero
decir, seor bachiller de mi nima, que quiere salir otra vez, que con sta
ser la tercera, a buscar por ese mundo lo que l llama venturas, que yo no
puedo entender cmo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron
atravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de
bueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde l se daba a entender que
estaba encantado; y vena tal el triste, que no le conociera la madre que
le pari: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los ltimos camaranchones
del celebro, que, para haberle de volver algn tanto en s, gast ms de
seiscientos huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que
no me dejaran mentir.

-Eso creo yo muy bien -respondi el bachiller-; que ellas son tan buenas,
tan gordas y tan bien criadas, que no dirn una cosa por otra, si
reventasen. En efecto, seora ama: no hay otra cosa, ni ha sucedido otro
desmn alguno, sino el que se teme que quiere hacer el seor don Quijote?

-No, seor -respondi ella.

-Pues no tenga pena -respondi el bachiller-, sino vyase en hora buena a
su casa, y tngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de
camino, vaya rezando la oracin de Santa Apolonia si es que la sabe, que yo
ir luego all, y ver maravillas.

-Cuitada de m! -replic el ama-; la oracin de Santa Apolonia dice
vuestra merced que rece?: eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas,
pero no lo ha sino de los cascos.

-Yo s lo que digo, seora ama: vyase y no se ponga a disputar conmigo,
pues sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay ms que bachillear
-respondi Carrasco.

Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a
comunicar con l lo que se dir a su tiempo.

En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho, pasaron las razones
que con mucha puntualidad y verdadera relacin cuenta la historia.

Dijo Sancho a su amo:

-Seor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced
adonde quisiere llevarme.

-Reducida has de decir, Sancho -dijo don Quijote-, que no relucida.

-Una o dos veces -respondi Sancho-, si mal no me acuerdo, he suplicado a
vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que
quiero decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: ''Sancho, o
diablo, no te entiendo''; y si yo no me declarare, entonces podr
emendarme; que yo soy tan fcil...

-No te entiendo, Sancho -dijo luego don Quijote-, pues no s qu quiere
decir soy tan fcil.

-Tan fcil quiere decir -respondi Sancho- soy tan as.

-Menos te entiendo agora -replic don Quijote.

-Pues si no me puede entender -respondi Sancho-, no s cmo lo diga: no s
ms, y Dios sea conmigo.

-Ya, ya caigo -respondi don Quijote- en ello: t quieres decir que eres
tan dcil, blando y maero que tomars lo que yo te dijere, y pasars por
lo que te enseare.

-Apostar yo -dijo Sancho- que desde el emprincipio me cal y me entendi,
sino que quiso turbarme por orme decir otras docientas patochadas.

-Podr ser -replic don Quijote-. Y, en efecto, qu dice Teresa?

-Teresa dice -dijo Sancho- que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que
hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues ms
vale un toma que dos te dar. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco,
y el que no le toma es loco.

-Y yo lo digo tambin -respondi don Quijote-. Decid, Sancho amigo; pas
adelante, que hablis hoy de perlas.

-Es el caso -replic Sancho- que, como vuestra merced mejor sabe, todos
estamos sujetos a la muerte, y que hoy somos y maana no, y que tan presto
se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este
mundo ms horas de vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es
sorda, y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va
depriesa y no la harn detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, ni
mitras, segn es pblica voz y fama, y segn nos lo dicen por esos
plpitos.

-Todo eso es verdad -dijo don Quijote-, pero no s dnde vas a parar.

-Voy a parar -dijo Sancho- en que vuesa merced me seale salario conocido
de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal
salario se me pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, que
llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mo me ayude Dios. En fin, yo quiero
saber lo que gano, poco o mucho que sea, que sobre un huevo pone la
gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se
pierde nada. Verdad sea que si sucediese, lo cual ni lo creo ni lo espero,
que vuesa merced me diese la nsula que me tiene prometida, no soy tan
ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querr que se aprecie
lo que montare la renta de la tal nsula, y se descuente de mi salario gata
por cantidad.

-Sancho amigo -respondi don Quijote-, a las veces, tan buena suele ser una
gata como una rata.

-Ya entiendo -dijo Sancho-: yo apostar que haba de decir rata, y no gata;
pero no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.

-Y tan entendido -respondi don Quijote- que he penetrado lo ltimo de tus
pensamientos, y s al blanco que tiras con las inumerables saetas de tus
refranes. Mira, Sancho: yo bien te sealara salario, si hubiera hallado en
alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me
descubriese y mostrase, por algn pequeo resquicio, qu es lo que solan
ganar cada mes, o cada ao; pero yo he ledo todas o las ms de sus
historias, y no me acuerdo haber ledo que ningn caballero andante haya
sealado conocido salario a su escudero. Slo s que todos servan a
merced, y que, cuando menos se lo pensaban, si a sus seores les haba
corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una nsula, o con otra
cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con ttulo y seora. Si con
estas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gustis de volver a servirme,
sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus trminos y quicios
la antigua usanza de la caballera andante es pensar en lo escusado. As
que, Sancho mo, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra Teresa mi
intencin; y si ella gustare y vos gustredes de estar a merced conmigo,
bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le
falta cebo, no le faltarn palomas. Y advertid, hijo, que vale ms buena
esperanza que ruin posesin, y buena queja que mala paga. Hablo de esta
manera, Sancho, por daros a entender que tambin como vos s yo arrojar
refranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no
queris venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios
quede con vos y os haga un santo; que a m no me faltarn escuderos ms
obedientes, ms solcitos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.

Cuando Sancho oy la firme resolucin de su amo se le anubl el cielo y se
le cayeron las alas del corazn, porque tena credo que su seor no se
ira sin l por todos los haberes del mundo; y as, estando suspenso y
pensativo, entr Sansn Carrasco y la sobrina, deseosos de or con qu
razones persuada a su seor que no tornarse a buscar las aventuras. Lleg
Sansn, socarrn famoso, y, abrazndole como la vez primera y con voz
levantada, le dijo:

-Oh flor de la andante caballera; oh luz resplandeciente de las armas; oh
honor y espejo de la nacin espaola! Plega a Dios todopoderoso, donde ms
largamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimento
y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus
deseos, ni jams se les cumpla lo que mal desearen.

Y, volvindose al ama, le dijo:

-Bien puede la seora ama no rezar ms la oracin de Santa Apolonia, que yo
s que es determinacin precisa de las esferas que el seor don Quijote
vuelva a ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargara mucho mi
conciencia si no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga ms
tiempo encogida y detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su
nimo valentsimo, porque defrauda con su tardanza el derecho de los
tuertos, el amparo de los hurfanos, la honra de las doncellas, el favor de
las viudas y el arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez, que tocan,
ataen, dependen y son anejas a la orden de la caballera andante. Ea,
seor don Quijote mo, hermoso y bravo, antes hoy que maana se ponga
vuestra merced y su grandeza en camino; y si alguna cosa faltare para
ponerle en ejecucin, aqu estoy yo para suplirla con mi persona y
hacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de escudero, lo
tendr a felicsima ventura!

A esta sazn, dijo don Quijote, volvindose a Sancho:

-No te dije yo, Sancho, que me haban de sobrar escuderos? Mira quin se
ofrece a serlo, sino el inaudito bachiller Sansn Carrasco, perpetuo
trastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano
de su persona, gil de sus miembros, callado, sufridor as del calor como
del fro, as de la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se
requieren para ser escudero de un caballero andante. Pero no permita el
cielo que, por seguir mi gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las
letras y el vaso de las ciencias, y tronque la palma eminente de las buenas
y liberales artes. Qudese el nuevo Sansn en su patria, y, honrndola,
honre juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquier
escudero estar contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo.

-S digno -respondi Sancho, enternecido y llenos de lgrimas los ojos; y
prosigui-: No se dir por m, seor mo: el pan comido y la compaa
deshecha; s, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe
todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quin fueron los Panzas, de quien
yo deciendo, y ms, que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, y
por ms buenas palabras, el deseo que vuestra merced tiene de hacerme
merced; y si me he puesto en cuentas de tanto ms cuanto acerca de mi
salario, ha sido por complacer a mi mujer; la cual, cuando toma la mano a
persuadir una cosa, no hay mazo que tanto apriete los aros de una cuba como
ella aprieta a que se haga lo que quiere; pero, en efeto, el hombre ha de
ser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy hombre dondequiera, que no lo
puedo negar, tambin lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y as,
no hay ms que hacer, sino que vuestra merced ordene su testamento con su
codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongmonos luego en camino,
porque no padezca el alma del seor Sansn, que dice que su conciencia le
lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo; y yo
de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien y
mejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los
pasados y presentes tiempos.

Admirado qued el bachiller de or el trmino y modo de hablar de Sancho
Panza; que, puesto que haba ledo la primera historia de su seor, nunca
crey que era tan gracioso como all le pintan; pero, oyndole decir ahora
testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento y
codicilo que no se pueda revocar, crey todo lo que dl haba ledo, y
confirmlo por uno de los ms solenes mentecatos de nuestros siglos; y dijo
entre s que tales dos locos como amo y mozo no se habran visto en el
mundo.

Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con
parecer y beneplcito del gran Carrasco, que por entonces era su orculo,
se orden que de all a tres das fuese su partida; en los cuales habra
lugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada de
encaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la haba de llevar.
Ofrecisela Sansn, porque saba no se la negara un amigo suyo que la
tena, puesto que estaba ms escura por el orn y el moho que clara y
limpia por el terso acero.

Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no
tuvieron cuento: mesaron sus cabellos, araaron sus rostros, y, al modo de
las endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la
muerte de su seor. El designo que tuvo Sansn, para persuadirle a que otra
vez saliese, fue hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo
del cura y del barbero, con quien l antes lo haba comunicado.

En resolucin, en aquellos tres das don Quijote y Sancho se acomodaron de
lo que les pareci convenirles; y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y
don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese,
sino el bachiller, que quiso acompaarles media legua del lugar, se
pusieron en camino del Toboso: don Quijote sobre su buen Rocinante, y
Sancho sobre su antiguo rucio, provedas las alforjas de cosas tocantes a
la buclica, y la bolsa de dineros que le dio don Quijote para lo que se
ofreciese. Abrazle Sansn, y suplicle le avisase de su buena o mala
suerte, para alegrarse con sta o entristecerse con aqulla, como las leyes
de su amistad pedan. Prometiselo don Quijote, dio Sansn la vuelta a su
lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso.





Captulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedi a don Quijote, yendo a ver
su seora Dulcinea del Toboso


''Bendito sea el poderoso Al! -dice Hamete Benengeli al comienzo deste
octavo captulo-. Bendito sea Al!'', repite tres veces; y dice que da
estas bendiciones por ver que tiene ya en campaa a don Quijote y a Sancho,
y que los letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde
este punto comienzan las hazaas y donaires de don Quijote y de su
escudero; persudeles que se les olviden las pasadas caballeras del
ingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que estn por venir, que desde
agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los
campos de Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto como l promete; y
as prosigue diciendo:

Solos quedaron don Quijote y Sancho, y, apenas se hubo apartado Sansn,
cuando comenz a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que de
entrambos, caballero y escudero, fue tenido a buena seal y por felicsimo
agero; aunque, si se ha de contar la verdad, ms fueron los sospiros y
rebuznos del rucio que los relinchos del rocn, de donde coligi Sancho que
su ventura haba de sobrepujar y ponerse encima de la de su seor,
fundndose no s si en astrologa judiciaria que l se saba, puesto que la
historia no lo declara; slo le oyeron decir que, cuando tropezaba o caa,
se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar o caer no se sacaba
otra cosa sino el zapato roto o las costillas quebradas; y, aunque tonto,
no andaba en esto muy fuera de camino. Djole don Quijote:

-Sancho amigo, la noche se nos va entrando a ms andar, y con ms escuridad
de la que habamos menester para alcanzar a ver con el da al Toboso,
adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y all
tomar la bendicin y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cual
licencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda
peligrosa aventura, porque ninguna cosa desta vida hace ms valientes a los
caballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.

-Yo as lo creo -respondi Sancho-; pero tengo por dificultoso que vuestra
merced pueda hablarla ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda
recebir su bendicin, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por
donde yo la vi la vez primera, cuando le llev la carta donde iban las
nuevas de las sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en el
corazn de Sierra Morena.

-Bardas de corral se te antojaron aqullas, Sancho -dijo don Quijote-,
adonde o por donde viste aquella jams bastantemente alabada gentileza y
hermosura? No deban de ser sino galeras o corredores, o lonjas, o como
las llaman, de ricos y reales palacios.

-Todo pudo ser -respondi Sancho-, pero a m bardas me parecieron, si no es
que soy falto de memoria.

-Con todo eso, vamos all, Sancho -replic don Quijote-, que como yo la
vea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o
verjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a
mis ojos alumbrar mi entendimiento y fortalecer mi corazn, de modo que
quede nico y sin igual en la discrecin y en la valenta.

-Pues en verdad, seor -respondi Sancho-, que cuando yo vi ese sol de la
seora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de
s rayos algunos, y debi de ser que, como su merced estaba ahechando aquel
trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el
rostro y se le escureci.

-Que todava das, Sancho -dijo don Quijote-, en decir, en pensar, en creer
y en porfiar que mi seora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester
y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas
principales que estn constituidas y guardadas para otros ejercicios y
entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad...! Mal
se te acuerdan a ti, oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde
nos pinta las labores que hacan all en sus moradas de cristal aquellas
cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a
labrar en el prado verde aquellas ricas telas que all el ingenioso poeta
nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y
desta manera deba de ser el de mi seora cuando t la viste; sino que la
envidia que algn mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que
me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen;
y as, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mis
hazaas, si por ventura ha sido su autor algn sabio mi enemigo, habr
puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras,
divertindose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la
continuacin de una verdadera historia. Oh envidia, raz de infinitos
males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no s
qu de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos,
rancores y rabias.

-Eso es lo que yo digo tambin -respondi Sancho-, y pienso que en esa
leyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros haba
visto debe de andar mi honra a coche ac, cinchado, y, como dicen, al
estricote, aqu y all, barriendo las calles. Pues, a fe de bueno, que no
he dicho yo mal de ningn encantador, ni tengo tantos bienes que pueda ser
envidiado; bien es verdad que soy algo malicioso, y que tengo mis ciertos
asomos de bellaco, pero todo lo cubre y tapa la gran capa de la simpleza
ma, siempre natural y nunca artificiosa. Y cuando otra cosa no tuviese
sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo
aquello que tiene y cree la Santa Iglesia Catlica Romana, y el ser enemigo
mortal, como lo soy, de los judos, deban los historiadores tener
misericordia de m y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que
quisieren; que desnudo nac, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque,
por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me
da un higo que digan de m todo lo que quisieren.

-Eso me parece, Sancho -dijo don Quijote-, a lo que sucedi a un famoso
poeta destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa stira contra
todas las damas cortesanas, no puso ni nombr en ella a una dama que se
poda dudar si lo era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista de
las dems, se quej al poeta, dicindole que qu haba visto en ella para
no ponerla en el nmero de las otras, y que alargase la stira, y la
pusiese en el ensanche; si no, que mirase para lo que haba nacido. Hzolo
as el poeta, y psola cual no digan dueas, y ella qued satisfecha, por
verse con fama, aunque infame. Tambin viene con esto lo que cuentan de
aquel pastor que puso fuego y abras el templo famoso de Diana, contado por
una de las siete maravillas del mundo, slo porque quedase vivo su nombre
en los siglos venideros; y, aunque se mand que nadie le nombrase, ni
hiciese por palabra o por escrito mencin de su nombre, porque no
consiguiese el fin de su deseo, todava se supo que se llamaba Erstrato.
Tambin alude a esto lo que sucedi al grande emperador Carlo Quinto con un
caballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la
Rotunda, que en la antigedad se llam el templo de todos los dioses, y
ahora, con mejor vocacin, se llama de todos los santos, y es el edificio
que ms entero ha quedado de los que alz la gentilidad en Roma, y es el
que ms conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia de sus
fundadores: l es de hechura de una media naranja, grandsimo en estremo,
y est muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana,
o, por mejor decir, claraboya redonda que est en su cima, desde la cual
mirando el emperador el edificio, estaba con l y a su lado un caballero
romano, declarndole los primores y sutilezas de aquella gran mquina y
memorable arquitetura; y, habindose quitado de la claraboya, dijo al
emperador: ''Mil veces, Sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con
vuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de m
fama eterna en el mundo''. ''Yo os agradezco -respondi el emperador- el no
haber puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aqu adelante no os pondr
yo en ocasin que volvis a hacer prueba de vuestra lealtad; y as, os
mando que jams me hablis, ni estis donde yo estuviere''. Y, tras estas
palabras, le hizo una gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de
alcanzar fama es activo en gran manera. Quin piensas t que arroj a
Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del
Tibre? Quin abras el brazo y la mano a Mucio? Quin impeli a Curcio a
lanzarse en la profunda sima ardiente que apareci en la mitad de Roma?
Quin, contra todos los ageros que en contra se le haban mostrado, hizo
pasar el Rubicn a Csar? Y, con ejemplos ms modernos, quin barren los
navos y dej en seco y aislados los valerosos espaoles guiados por el
cortessimo Corts en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y
diferentes hazaas son, fueron y sern obras de la fama, que los mortales
desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos
merecen, puesto que los cristianos, catlicos y andantes caballeros ms
habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en
las regiones etreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este
presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en
fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin sealado. As, oh
Sancho!, que nuestras obras no han de salir del lmite que nos tiene puesto
la religin cristiana, que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la
soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el
reposado continente y quietud del nimo; a la gula y al sueo, en el poco
comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia,
en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho seoras de nuestros
pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo,
buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos,
famosos caballeros. Ves aqu, Sancho, los medios por donde se alcanzan los
estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.

-Todo lo que vuestra merced hasta aqu me ha dicho -dijo Sancho- lo he
entendido muy bien, pero, con todo eso, querra que vuestra merced me
sorbiese una duda que agora en este punto me ha venido a la memoria.

-Asolviese quieres decir, Sancho -dijo don Quijote-. Di en buen hora, que
yo responder lo que supiere.

-Dgame, seor -prosigui Sancho-: esos Julios o Agostos, y todos esos
caballeros hazaosos que ha dicho, que ya son muertos, dnde estn agora?

-Los gentiles -respondi don Quijote- sin duda estn en el infierno; los
cristianos, si fueron buenos cristianos, o estn en el purgatorio o en el
cielo.

-Est bien -dijo Sancho-, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde estn
los cuerpos desos seorazos, tienen delante de s lmparas de plata, o
estn adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de
cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, de qu estn
adornadas?

A lo que respondi don Quijote:

-Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos:
las cenizas del cuerpo de Julio Csar se pusieron sobre una pirmide de
piedra de desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma La aguja de San
Pedro; al emperador Adriano le sirvi de sepultura un castillo tan grande
como una buena aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el
castillo de Santngel en Roma; la reina Artemisa sepult a su marido
Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas del
mundo; pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los
gentiles se adornaron con mortajas ni con otras ofrendas y seales que
mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.

-A eso voy -replic Sancho-. Y dgame agora: cul es ms: resucitar a un
muerto, o matar a un gigante?

-La respuesta est en la mano -respondi don Quijote-: ms es resucitar a
un muerto.

-Cogido le tengo -dijo Sancho-: luego la fama del que resucita muertos, da
vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante
de sus sepulturas arden lmparas, y estn llenas sus capillas de gentes
devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama ser, para este y
para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores
gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.

-Tambin confieso esa verdad -respondi don Quijote.

-Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto
-respondi Sancho-, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que,
con aprobacin y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lmparas,
velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que
aumentan la devocin y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los
santos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los
pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus
ms preciados altares...

-Qu quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? -dijo don
Quijote.

-Quiero decir -dijo Sancho- que nos demos a ser santos, y alcanzaremos ms
brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, seor, que ayer o
antes de ayer, que, segn ha poco se puede decir desta manera, canonizaron
o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que
cean y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas
y tocarlas, y estn en ms veneracin que est, segn dije, la espada de
Roldn en la armera del rey, nuestro seor, que Dios guarde. As que,
seor mo, ms vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea,
que valiente y andante caballero; mas alcanzan con Dios dos docenas de
diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o
a endrigos.

-Todo eso es as -respondi don Quijote-, pero no todos podemos ser
frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al
cielo: religin es la caballera; caballeros santos hay en la gloria.

-S -respondi Sancho-, pero yo he odo decir que hay ms frailes en el
cielo que caballeros andantes.

-Eso es -respondi don Quijote- porque es mayor el nmero de los religiosos
que el de los caballeros.

-Muchos son los andantes -dijo Sancho.

-Muchos -respondi don Quijote-, pero pocos los que merecen nombre de
caballeros.

En estas y otras semejantes plticas se les pas aquella noche y el da
siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le
pes a don Quijote. En fin, otro da, al anochecer, descubrieron la gran
ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espritus a don
Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no saba la casa de
Dulcinea, ni en su vida la haba visto, como no la haba visto su seor; de
modo que el uno por verla, y el otro por no haberla visto, estaban
alborotados, y no imaginaba Sancho qu haba de hacer cuando su dueo le
enviase al Toboso. Finalmente, orden don Quijote entrar en la ciudad
entrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entre
unas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el determinado punto,
entraron en la ciudad, donde les sucedi cosas que a cosas llegan.





Captulo IX. Donde se cuenta lo que en l se ver


Media noche era por filo, poco ms a menos, cuando don Quijote y Sancho
dejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado
silencio, porque todos sus vecinos dorman y reposaban a pierna tendida,
como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que
fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No
se oa en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los odos de
don Quijote y turbaban el corazn de Sancho. De cuando en cuando, rebuznaba
un jumento, gruan puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes
sonidos, se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el
enamorado caballero a mal agero; pero, con todo esto, dijo a Sancho:

-Sancho, hijo, gua al palacio de Dulcinea: quiz podr ser que la hallemos
despierta.

-A qu palacio tengo de guiar, cuerpo del sol -respondi Sancho-, que en
el que yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequea?

-Deba de estar retirada, entonces -respondi don Quijote-, en algn
pequeo apartamiento de su alczar, solazndose a solas con sus doncellas,
como es uso y costumbre de las altas seoras y princesas.

-Seor -dijo Sancho-, ya que vuestra merced quiere, a pesar mo, que sea
alczar la casa de mi seora Dulcinea, es hora sta por ventura de hallar
la puerta abierta? Y ser bien que demos aldabazos para que nos oyan y nos
abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? Vamos por dicha a
llamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que
llegan, y llaman, y entran a cualquier hora, por tarde que sea?

-Hallemos primero una por una el alczar -replic don Quijote-, que
entonces yo te dir, Sancho, lo que ser bien que hagamos. Y advierte,
Sancho, que yo veo poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aqu
se descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea.

-Pues gue vuestra merced -respondi Sancho-: quiz ser as; aunque yo lo
ver con los ojos y lo tocar con las manos, y as lo creer yo como creer
que es ahora de da.

Gui don Quijote, y, habiendo andado como docientos pasos, dio con el bulto
que haca la sombra, y vio una gran torre, y luego conoci que el tal
edificio no era alczar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:

-Con la iglesia hemos dado, Sancho.

-Ya lo veo -respondi Sancho-; y plega a Dios que no demos con nuestra
sepultura, que no es buena seal andar por los cimenterios a tales horas, y
ms, habiendo yo dicho a vuestra merced, si mal no me acuerdo, que la
casa desta seora ha de estar en una callejuela sin salida.

-Maldito seas de Dios, mentecato! -dijo don Quijote-. Adnde has t
hallado que los alczares y palacios reales estn edificados en callejuelas
sin salida?

-Seor -respondi Sancho-, en cada tierra su uso: quiz se usa aqu en el
Toboso edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y as,
suplico a vuestra merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que
se me ofrecen: podra ser que en algn rincn topase con ese alczar, que
le vea yo comido de perros, que as nos trae corridos y asendereados.

-Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi seora -dijo don Quijote-, y
tengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.

-Yo me reportar -respondi Sancho-; pero, con qu paciencia podr llevar
que quiera vuestra merced que de sola una vez que vi la casa de nuestra
ama, la haya de saber siempre y hallarla a media noche, no hallndola
vuestra merced, que la debe de haber visto millares de veces?

-T me hars desesperar, Sancho -dijo don Quijote-. Ven ac, hereje: no te
he dicho mil veces que en todos los das de mi vida no he visto a la sin
par Dulcinea, ni jams atraves los umbrales de su palacio, y que slo
estoy enamorado de odas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?

-Ahora lo oigo -respondi Sancho-; y digo que, pues vuestra merced no la ha
visto, ni yo tampoco...

-Eso no puede ser -replic don Quijote-; que, por lo menos, ya me has dicho
t que la viste ahechando trigo, cuando me trujiste la respuesta de la
carta que le envi contigo.

-No se atenga a eso, seor -respondi Sancho-, porque le hago saber que
tambin fue de odas la vista y la respuesta que le truje; porque, as s
yo quin es la seora Dulcinea como dar un puo en el cielo.

-Sancho, Sancho -respondi don Quijote-, tiempos hay de burlar, y tiempos
donde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni
hablado a la seora de mi alma has t de decir tambin que ni la has
hablado ni visto, siendo tan al revs como sabes.

Estando los dos en estas plticas, vieron que vena a pasar por donde
estaban uno con dos mulas, que, por el ruido que haca el arado, que
arrastraba por el suelo, juzgaron que deba de ser labrador, que habra
madrugado antes del da a ir a su labranza; y as fue la verdad. Vena el
labrador cantando aquel romance que dicen:

Mala la hubistes, franceses,

en esa de Roncesvalles.

-Que me maten, Sancho -dijo, en oyndole, don Quijote-, si nos ha de
suceder cosa buena esta noche. No oyes lo que viene cantando ese villano?

-S oigo -respondi Sancho-; pero, qu hace a nuestro propsito la caza de
Roncesvalles? As pudiera cantar el romance de Calanos, que todo fuera uno
para sucedernos bien o mal en nuestro negocio.

Lleg, en esto, el labrador, a quien don Quijote pregunt:

-Sabrisme decir, buen amigo, que buena ventura os d Dios, dnde son por
aqu los palacios de la sin par princesa doa Dulcinea del Toboso?

-Seor -respondi el mozo-, yo soy forastero y ha pocos das que estoy en
este pueblo, sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esa
casa frontera viven el cura y el sacristn del lugar; entrambos, o
cualquier dellos, sabr dar a vuestra merced razn desa seora princesa,
porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para m
tengo que en todo l no vive princesa alguna; muchas seoras, s,
principales, que cada una en su casa puede ser princesa.

-Pues entre sas -dijo don Quijote- debe de estar, amigo, sta por quien te
pregunto.

-Podra ser -respondi el mozo-; y adis, que ya viene el alba.

Y, dando a sus mulas, no atendi a ms preguntas. Sancho, que vio suspenso
a su seor y asaz mal contento, le dijo:

-Seor, ya se viene a ms andar el da, y no ser acertado dejar que nos
halle el sol en la calle; mejor ser que nos salgamos fuera de la ciudad, y
que vuestra merced se embosque en alguna floresta aqu cercana, y yo
volver de da, y no dejar ostugo en todo este lugar donde no busque la
casa, alczar o palacio de mi seora, y asaz sera de desdichado si no le
hallase; y, hallndole, hablar con su merced, y le dir dnde y cmo queda
vuestra merced esperando que le d orden y traza para verla, sin menoscabo
de su honra y fama.

-Has dicho, Sancho -dijo don Quijote-, mil sentencias encerradas en el
crculo de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco y
recibo de bonsima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque, que
t volvers, como dices, a buscar, a ver y hablar a mi seora, de cuya
discrecin y cortesa espero ms que milagrosos favores.

Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase la
mentira de la respuesta que de parte de Dulcinea le haba llevado a Sierra
Morena; y as, dio priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas del
lugar hallaron una floresta o bosque, donde don Quijote se embosc en tanto
que Sancho volva a la ciudad a hablar a Dulcinea; en cuya embajada le
sucedieron cosas que piden nueva atencin y nuevo crdito.





Captulo X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la
seora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridculos como verdaderos


Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este captulo
cuenta, dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no haba de
ser credo, porque las locuras de don Quijote llegaron aqu al trmino y
raya de las mayores que pueden imaginarse, y aun pasaron dos tiros de
ballesta ms all de las mayores. Finalmente, aunque con este miedo y
recelo, las escribi de la misma manera que l las hizo, sin aadir ni
quitar a la historia un tomo de la verdad, sin drsele nada por las
objeciones que podan ponerle de mentiroso. Y tuvo razn, porque la verdad
adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre
el agua.

Y as, prosiguiendo su historia, dice que, as como don Quijote se embosc
en la floresta, encinar o selva junto al gran Toboso, mand a Sancho volver
a la ciudad, y que no volviese a su presencia sin haber primero hablado de
su parte a su seora, pidindola fuese servida de dejarse ver de su cautivo
caballero, y se dignase de echarle su bendicin, para que pudiese esperar
por ella felicsimos sucesos de todos sus acometimientos y dificultosas
empresas. Encargse Sancho de hacerlo as como se le mandaba, y de traerle
tan buena respuesta como le trujo la vez primera.

-Anda, hijo -replic don Quijote-, y no te turbes cuando te vieres ante la
luz del sol de hermosura que vas a buscar. Dichoso t sobre todos los
escuderos del mundo! Ten memoria, y no se te pase della cmo te recibe: si
muda las colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se
desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada, si acaso
la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si est en pie,
mrala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite
la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en spera,
de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle, aunque
no est desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus acciones y
movimientos; porque si t me los relatares como ellos fueron, sacar yo lo
que ella tiene escondido en lo secreto de su corazn acerca de lo que al
fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que
entre los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran,
cuando de sus amores se trata, son certsimos correos que traen las nuevas
de lo que all en lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guete otra mejor
ventura que la ma, y vulvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo
y esperando en esta amarga soledad en que me dejas.

-Yo ir y volver presto -dijo Sancho-; y ensanche vuestra merced, seor
mo, ese corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que una
avellana, y considere que se suele decir que buen corazn quebranta mala
ventura, y que donde no hay tocinos, no hay estacas; y tambin se dice:
donde no piensa, salta la liebre. Dgolo porque si esta noche no hallamos
los palacios o alczares de mi seora, agora que es de da los pienso
hallar, cuando menos los piense, y hallados, djenme a m con ella.

-Por cierto, Sancho -dijo don Quijote-, que siempre traes tus refranes tan
a pelo de lo que tratamos cuanto me d Dios mejor ventura en lo que deseo.

Esto dicho, volvi Sancho las espaldas y vare su rucio, y don Quijote se
qued a caballo, descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su
lanza, lleno de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos,
yndonos con Sancho Panza, que no menos confuso y pensativo se apart de su
seor que l quedaba; y tanto, que, apenas hubo salido del bosque, cuando,
volviendo la cabeza y viendo que don Quijote no pareca, se ape del
jumento, y, sentndose al pie de un rbol, comenz a hablar consigo mesmo y
a decirse:

-Sepamos agora, Sancho hermano, adnde va vuesa merced. Va a buscar algn
jumento que se le haya perdido? ''No, por cierto''. Pues, qu va a buscar?
''Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol
de la hermosura y a todo el cielo junto''. Y adnde pensis hallar eso que
decs, Sancho? ''Adnde? En la gran ciudad del Toboso''. Y bien: y de
parte de quin la vais a buscar? ''De parte del famoso caballero don
Quijote de la Mancha, que desface los tuertos, y da de comer al que ha sed,
y de beber al que ha hambre''. Todo eso est muy bien. Y sabis su casa,
Sancho? ''Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbios
alczares''. Y habisla visto algn da por ventura? ''Ni yo ni mi amo la
habemos visto jams''. Y parceos que fuera acertado y bien hecho que si
los del Toboso supiesen que estis vos aqu con intencin de ir a
sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y os
moliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso sano? ''En
verdad que tendran mucha razn, cuando no considerasen que soy mandado, y
que mensajero sois, amigo, no merecis culpa, non''. No os fiis en eso,
Sancho, porque la gente manchega es tan colrica como honrada, y no
consiente cosquillas de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando mala
ventura. ''Oxte, puto! All dars, rayo! No, sino ndeme yo buscando
tres pies al gato por el gusto ajeno! Y ms, que as ser buscar a Dulcinea
por el Toboso como a Marica por Rvena, o al bachiller en Salamanca. El
diablo, el diablo me ha metido a m en esto, que otro no!''

Este soliloquio pas consigo Sancho, y lo que sac dl fue que volvi a
decirse:

-Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo de
cuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida.
Este mi amo, por mil seales, he visto que es un loco de atar, y aun
tambin yo no le quedo en zaga, pues soy ms mentecato que l, pues le sigo
y le sirvo, si es verdadero el refrn que dice: "Dime con quin andas,
decirte he quin eres", y el otro de "No con quien naces, sino con quien
paces". Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las ms veces toma
unas cosas por otras, y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco,
como se pareci cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las
mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ejrcitos de
enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no ser muy difcil hacerle
creer que una labradora, la primera que me topare por aqu, es la seora
Dulcinea; y, cuando l no lo crea, jurar yo; y si l jurare, tornar yo a
jurar; y si porfiare, porfiar yo ms, y de manera que tengo de tener la
ma siempre sobre el hito, venga lo que viniere. Quiz con esta porfa
acabar con l que no me enve otra vez a semejantes mensajeras, viendo
cun mal recado le traigo dellas, o quiz pensar, como yo imagino, que
algn mal encantador de estos que l dice que le quieren mal la habr
mudado la figura por hacerle mal y dao.

Con esto que pens Sancho Panza qued sosegado su espritu, y tuvo por bien
acabado su negocio, y detenindose all hasta la tarde, por dar lugar a que
don Quijote pensase que le haba tenido para ir y volver del Toboso; y
sucedile todo tan bien que, cuando se levant para subir en el rucio, vio
que del Toboso hacia donde l estaba venan tres labradoras sobre tres
pollinos, o pollinas, que el autor no lo declara, aunque ms se puede creer
que eran borricas, por ser ordinaria caballera de las aldeanas; pero, como
no va mucho en esto, no hay para qu detenernos en averiguarlo. En
resolucin: as como Sancho vio a las labradoras, a paso tirado volvi a
buscar a su seor don Quijote, y hallle suspirando y diciendo mil amorosas
lamentaciones. Como don Quijote le vio, le dijo:

-Qu hay, Sancho amigo? Podr sealar este da con piedra blanca, o con
negra?

-Mejor ser -respondi Sancho- que vuesa merced le seale con almagre, como
rtulos de ctedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.

-De ese modo -replic don Quijote-, buenas nuevas traes.

-Tan buenas -respondi Sancho-, que no tiene ms que hacer vuesa merced
sino picar a Rocinante y salir a lo raso a ver a la seora Dulcinea del
Toboso, que con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa merced.

-Santo Dios! Qu es lo que dices, Sancho amigo? -dijo don Quijote-. Mira
no me engaes, ni quieras con falsas alegras alegrar mis verdaderas
tristezas.

-Qu sacara yo de engaar a vuesa merced -respondi Sancho-, y ms
estando tan cerca de descubrir mi verdad? Pique, seor, y venga, y ver
venir a la princesa, nuestra ama, vestida y adornada, en fin, como quien
ella es. Sus doncellas y ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas de
perlas, todas son diamantes, todas rubes, todas telas de brocado de ms de
diez altos; los cabellos, sueltos por las espaldas, que son otros tantos
rayos del sol que andan jugando con el viento; y, sobre todo, vienen a
caballo sobre tres cananeas remendadas, que no hay ms que ver.

-Hacaneas querrs decir, Sancho.

-Poca diferencia hay -respondi Sancho- de cananeas a hacaneas; pero,
vengan sobre lo que vinieren, ellas vienen las ms galanas seoras que se
puedan desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi seora, que pasma los
sentidos.

-Vamos, Sancho hijo -respondi don Quijote-; y, en albricias destas no
esperadas como buenas nuevas, te mando el mejor despojo que ganare en la
primera aventura que tuviere, y si esto no te contenta, te mando las cras
que este ao me dieren las tres yeguas mas, que t sabes que quedan para
parir en el prado concejil de nuestro pueblo.

-A las cras me atengo -respondi Sancho-, porque de ser buenos los
despojos de la primera aventura no est muy cierto.

Ya en esto salieron de la selva, y descubrieron cerca a las tres aldeanas.
Tendi don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio
sino a las tres labradoras, turbse todo, y pregunt a Sancho si las haba
dejado fuera de la ciudad.

-Cmo fuera de la ciudad? -respondi-. Por ventura tiene vuesa merced los
ojos en el colodrillo, que no vee que son stas, las que aqu vienen,
resplandecientes como el mismo sol a medioda?

-Yo no veo, Sancho -dijo don Quijote-, sino a tres labradoras sobre tres
borricos.

-Agora me libre Dios del diablo! -respondi Sancho-. Y es posible que
tres hacaneas, o como se llaman, blancas como el ampo de la nieve, le
parezcan a vuesa merced borricos? Vive el Seor, que me pele estas barbas
si tal fuese verdad!

-Pues yo te digo, Sancho amigo -dijo don Quijote-, que es tan verdad que
son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y t Sancho Panza; a lo
menos, a m tales me parecen.

-Calle, seor -dijo Sancho-, no diga la tal palabra, sino despabile esos
ojos, y venga a hacer reverencia a la seora de sus pensamientos, que ya
llega cerca.

Y, diciendo esto, se adelant a recebir a las tres aldeanas; y, apendose
del rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras, y,
hincando ambas rodillas en el suelo, dijo:

-Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea
servida de recebir en su gracia y buen talente al cautivo caballero
vuestro, que all est hecho piedra mrmol, todo turbado y sin pulsos de
verse ante vuestra magnfica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y
l es el asendereado caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otro
nombre el Caballero de la Triste Figura.

A esta sazn, ya se haba puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y
miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina
y seora, y, como no descubra en ella sino una moza aldeana, y no de muy
buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado,
sin osar desplegar los labios. Las labradoras estaban asimismo atnitas,
viendo aquellos dos hombres tan diferentes hincados de rodillas, que no
dejaban pasar adelante a su compaera; pero, rompiendo el silencio la
detenida, toda desgraciada y mohna, dijo:

-Aprtense nora en tal del camino, y djenmos pasar, que vamos de priesa.

A lo que respondi Sancho:

-Oh princesa y seora universal del Toboso! Cmo vuestro magnnimo
corazn no se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia
a la coluna y sustento de la andante caballera?

Oyendo lo cual, otra de las dos dijo:

-Mas, jo, que te estrego, burra de mi suegro! Mirad con qu se vienen los
seoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aqu no supisemos
echar pullas como ellos! Vayan su camino, e djenmos hacer el nueso, y
serles ha sano.

-Levntate, Sancho -dijo a este punto don Quijote-, que ya veo que la
Fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde
pueda venir algn contento a esta nima mezquina que tengo en las carnes. Y
t, oh estremo del valor que puede desearse, trmino de la humana
gentileza, nico remedio deste afligido corazn que te adora!, ya que el
maligno encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos,
y para slo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual
hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya tambin el mo no le
ha cambiado en el de algn vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos,
no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisin
y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que
mi alma te adora.

-Tom que mi agelo! -respondi la aldeana-. Amiguita soy yo de or
resquebrajos! Aprtense y djenmos ir, y agradecrselo hemos.

Apartse Sancho y dejla ir, contentsimo de haber salido bien de su
enredo.

Apenas se vio libre la aldeana que haba hecho la figura de Dulcinea,
cuando, picando a su cananea con un aguijn que en un palo traa, dio a
correr por el prado adelante. Y, como la borrica senta la punta del
aguijn, que le fatigaba ms de lo ordinario, comenz a dar corcovos, de
manera que dio con la seora Dulcinea en tierra; lo cual visto por don
Quijote, acudi a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, que
tambin vino a la barriga de la pollina. Acomodada, pues, la albarda, y
quiriendo don Quijote levantar a su encantada seora en los brazos sobre la
jumenta, la seora, levantndose del suelo, le quit de aquel trabajo,
porque, hacindose algn tanto atrs, tom una corridica, y, puestas ambas
manos sobre las ancas de la pollina, dio con su cuerpo, ms ligero que un
halcn, sobre la albarda, y qued a horcajadas, como si fuera hombre; y
entonces dijo Sancho:

-Vive Roque, que es la seora nuestra ama ms ligera que un acotn, y que
puede ensear a subir a la jineta al ms diestro cordobs o mejicano! El
arzn trasero de la silla pas de un salto, y sin espuelas hace correr la
hacanea como una cebra. Y no le van en zaga sus doncellas; que todas corren
como el viento.

Y as era la verdad, porque, en vindose a caballo Dulcinea, todas picaron
tras ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atrs por espacio de
ms de media legua. Siguilas don Quijote con la vista, y, cuando vio que
no parecan, volvindose a Sancho, le dijo:

-Sancho, qu te parece cun malquisto soy de encantadores? Y mira hasta
dnde se estiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han
querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi seora. En
efecto, yo nac para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero
donde tomen la mira y asiesten las flechas de la mala fortuna. Y has
tambin de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores de haber
vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron
en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y juntamente
le quitaron lo que es tan suyo de las principales seoras, que es el buen
olor, por andar siempre entre mbares y entre flores. Porque te hago saber,
Sancho, que cuando lleg a subir a Dulcinea sobre su hacanea, segn t
dices, que a m me pareci borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me
encalabrin y atosig el alma.

-Oh canalla! -grit a esta sazn Sancho- Oh encantadores aciagos y
malintencionados, y quin os viera a todos ensartados por las agallas, como
sardinas en lercha! Mucho sabis, mucho podis y mucho ms hacis. Bastaros
debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi seora en
agallas alcornoqueas, y sus cabellos de oro pursimo en cerdas de cola de
buey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que
le tocrades en el olor; que por l siquiera sacramos lo que estaba
encubierto debajo de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca
yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual suba de punto y quilates un
lunar que tena sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete o
ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de ms de un palmo.

-A ese lunar -dijo don Quijote-, segn la correspondencia que tienen entre
s los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla
del muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro, pero muy
luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado.

-Pues yo s decir a vuestra merced -respondi Sancho- que le parecan all
como nacidos.

-Yo lo creo, amigo -replic don Quijote-, porque ninguna cosa puso la
naturaleza en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y as, si
tuviera cien lunares como el que dices, en ella no fueran lunares, sino
lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho: aquella que a m me
pareci albarda, que t aderezaste, era silla rasa o silln?

-No era -respondi Sancho- sino silla a la jineta, con una cubierta de
campo que vale la mitad de un reino, segn es de rica.

-Y que no viese yo todo eso, Sancho! -dijo don Quijote-. Ahora torno a
decir, y dir mil veces, que soy el ms desdichado de los hombres.

Harto tena que hacer el socarrn de Sancho en disimular la risa, oyendo
las sandeces de su amo, tan delicadamente engaado. Finalmente, despus de
otras muchas razones que entre los dos pasaron, volvieron a subir en sus
bestias, y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo
que pudiesen hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudad
cada ao suelen hacerse. Pero, antes que all llegasen, les sucedieron
cosas que, por muchas, grandes y nuevas, merecen ser escritas y ledas,
como se ver adelante.





Captulo XI. De la estraa aventura que le sucedi al valeroso don Quijote
con el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte


Pensativo adems iba don Quijote por su camino adelante, considerando la
mala burla que le haban hecho los encantadores, volviendo a su seora
Dulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qu remedio
tendra para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevaban
tan fuera de s, que, sin sentirlo, solt las riendas a Rocinante, el cual,
sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detena a pacer la
verde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento le
volvi Sancho Panza, dicindole:

-Seor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los
hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias:
vuestra merced se reporte, y vuelva en s, y coja las riendas a Rocinante,
y avive y despierte, y muestre aquella gallarda que conviene que tengan
los caballeros andantes. Qu diablos es esto? Qu descaecimiento es ste?
Estamos aqu, o en Francia? Mas que se lleve Satans a cuantas Dulcineas
hay en el mundo, pues vale ms la salud de un solo caballero andante que
todos los encantos y transformaciones de la tierra.

-Calla, Sancho -respondi don Quijote con voz no muy desmayada-; calla,
digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada seora, que de su
desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienen
los malos ha nacido su mala andanza.

-As lo digo yo -respondi Sancho-: quien la vido y la vee ahora, cul es
el corazn que no llora?

-Eso puedes t decir bien, Sancho -replic don Quijote-, pues la viste en
la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se estendi a turbarte
la vista ni a encubrirte su belleza: contra m solo y contra mis ojos se
endereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he cado, Sancho, en
una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no me
acuerdo, dijiste que tena los ojos de perlas, y los ojos que parecen de
perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de
Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales
arcos que les sirven de cejas; y esas perlas qutalas de los ojos y psalas
a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los
dientes.

-Todo puede ser -respondi Sancho-, porque tambin me turb a m su
hermosura como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendmoslo todo a Dios,
que l es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de
lgrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que
est sin mezcla de maldad, embuste y bellaquera. De una cosa me pesa,
seor mo, ms que de otras; que es pensar qu medio se ha de tener cuando
vuesa merced venza a algn gigante o otro caballero, y le mande que se vaya
a presentar ante la hermosura de la seora Dulcinea: adnde la ha de
hallar este pobre gigante, o este pobre y msero caballero vencido?
Parceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes, buscando a
mi seora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la calle, no la
conocern ms que a mi padre.

-Quiz, Sancho -respondi don Quijote-, no se estender el encantamento a
quitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y
caballeros; y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le enve,
haremos la experiencia si la ven o no, mandndoles que vuelvan a darme
relacin de lo que acerca desto les hubiere sucedido.

-Digo, seor -replic Sancho-, que me ha parecido bien lo que vuesa merced
ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que
deseamos; y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia ms
ser de vuesa merced que suya; pero, como la seora Dulcinea tenga salud y
contento, nosotros por ac nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que
pudiremos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de las
suyas, que l es el mejor mdico destas y de otras mayores enfermedades.

Responder quera don Quijote a Sancho Panza, pero estorbselo una carreta
que sali al travs del camino, cargada de los ms diversos y estraos
personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y
serva de carretero era un feo demonio. Vena la carreta descubierta al
cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreci a los
ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a
ella vena un ngel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un
emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la
Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su
arco, carcaj y saetas. Vena tambin un caballero armado de punta en
blanco, excepto que no traa morrin, ni celada, sino un sombrero lleno de
plumas de diversas colores; con stas venan otras personas de diferentes
trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera
alborot a don Quijote y puso miedo en el corazn de Sancho; mas luego se
alegr don Quijote, creyendo que se le ofreca alguna nueva y peligrosa
aventura, y con este pensamiento, y con nimo dispuesto de acometer
cualquier peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta y
amenazadora, dijo:

-Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quin
eres, a d vas y quin es la gente que llevas en tu carricoche, que ms
parece la barca de Carn que carreta de las que se usan.

A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondi:

-Seor, nosotros somos recitantes de la compaa de Angulo el Malo; hemos
hecho en un lugar que est detrs de aquella loma, esta maana, que es la
octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hmosle de hacer
esta tarde en aquel lugar que desde aqu se parece; y, por estar tan cerca
y escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos
vestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de
Muerte; el otro, de ngel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina;
el otro, de Soldado; aqul, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de
las principales figuras del auto, porque hago en esta compaa los primeros
papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregntemelo,
que yo le sabr responder con toda puntualidad; que, como soy demonio, todo
se me alcanza.

-Por la fe de caballero andante -respondi don Quijote-, que, as como vi
este carro, imagin que alguna grande aventura se me ofreca; y ahora digo
que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al
desengao. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si
mandis algo en que pueda seros de provecho, que lo har con buen nimo y
buen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la cartula, y en mi
mocedad se me iban los ojos tras la farndula.

Estando en estas plticas, quiso la suerte que llegase uno de la compaa,
que vena vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un
palo traa tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegndose a
don Quijote, comenz a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las
vejigas, y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visin
as alborot a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote,
tomando el freno entre los dientes, dio a correr por el campo con ms
ligereza que jams prometieron los huesos de su notoma. Sancho, que
consider el peligro en que iba su amo de ser derribado, salt del rucio,
y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a l lleg, ya estaba en
tierra, y junto a l, Rocinante, que, con su amo, vino al suelo: ordinario
fin y paradero de las lozanas de Rocinante y de sus atrevimientos.

Mas, apenas hubo dejado su caballera Sancho por acudir a don Quijote,
cuando el demonio bailador de las vejigas salt sobre el rucio, y,
sacudindole con ellas, el miedo y ruido, ms que el dolor de los golpes,
le hizo volar por la campaa hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta.
Miraba Sancho la carrera de su rucio y la cada de su amo, y no saba a
cul de las dos necesidades acudira primero; pero, en efecto, como buen
escudero y como buen criado, pudo ms con l el amor de su seor que el
cario de su jumento, puesto que cada vez que vea levantar las vejigas en
el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para l trtagos y sustos
de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a l en las
nias de los ojos que en el ms mnimo pelo de la cola de su asno. Con esta
perpleja tribulacin lleg donde estaba don Quijote, harto ms maltrecho de
lo que l quisiera, y, ayudndole a subir sobre Rocinante, le dijo:

-Seor, el Diablo se ha llevado al rucio.

-Qu diablo? -pregunt don Quijote.

-El de las vejigas -respondi Sancho.

-Pues yo le cobrar -replic don Quijote-, si bien se encerrase con l en
los ms hondos y escuros calabozos del infierno. Sgueme, Sancho, que la
carreta va despacio, y con las mulas della satisfar la prdida del rucio.

-No hay para qu hacer esa diligencia, seor -respondi Sancho-: vuestra
merced temple su clera, que, segn me parece, ya el Diablo ha dejado el
rucio, y vuelve a la querencia.

Y as era la verdad; porque, habiendo cado el Diablo con el rucio, por
imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y el
jumento se volvi a su amo.

-Con todo eso -dijo don Quijote-, ser bien castigar el descomedimiento de
aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo
emperador.

-Qutesele a vuestra merced eso de la imaginacin -replic Sancho-, y tome
mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente
favorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir
libre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y de
placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y ms
siendo de aquellos de las compaas reales y de ttulo, que todos, o los
ms, en sus trajes y compostura parecen unos prncipes.

-Pues con todo -respondi don Quijote-, no se me ha de ir el demonio
farsante alabando, aunque le favorezca todo el gnero humano.

Y, diciendo esto, volvi a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo.
Iba dando voces, diciendo:

-Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender
cmo se han de tratar los jumentos y alimaas que sirven de caballera a
los escuderos de los caballeros andantes.

Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron los
de la carreta; y, juzgando por las palabras la intencin del que las deca,
en un instante salt la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, el
Diablo carretero y el ngel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; y
todos se cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a don
Quijote en las puntas de sus guijarros. Don Quijote, que los vio puestos en
tan gallardo escuadrn, los brazos levantados con ademn de despedir
poderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y psose a pensar
de qu modo los acometera con menos peligro de su persona. En esto que se
detuvo, lleg Sancho, y, vindole en talle de acometer al bien formado
escuadrn, le dijo:

-Asaz de locura sera intentar tal empresa: considere vuesa merced, seor
mo, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en el
mundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y tambin
se ha de considerar que es ms temeridad que valenta acometer un hombre
solo a un ejrcito donde est la Muerte, y pelean en persona emperadores, y
a quien ayudan los buenos y los malos ngeles; y si esta consideracin no
le mueve a estarse quedo, muvale saber de cierto que, entre todos los que
all estn, aunque parecen reyes, prncipes y emperadores, no hay ningn
caballero andante.

-Ahora s -dijo don Quijote- has dado, Sancho, en el punto que puede y debe
mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada,
como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado
caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio que
a tu rucio se le ha hecho, que yo desde aqu te ayudar con voces y
advertimientos saludables.

-No hay para qu, seor -respondi Sancho-, tomar venganza de nadie, pues
no es de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto ms, que yo
acabar con mi asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, la
cual es de vivir pacficamente los das que los cielos me dieren de vida.

-Pues sa es tu determinacin -replic don Quijote-, Sancho bueno, Sancho
discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y
volvamos a buscar mejores y ms calificadas aventuras; que yo veo esta
tierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.

Volvi las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todo
su escuadrn volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y este
felice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, gracias
sean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, el
da siguiente, le sucedi otra con un enamorado y andante caballero, de no
menos suspensin que la pasada.





Captulo XII. De la estraa aventura que le sucedi al valeroso don
Quijote con el bravo Caballero de los Espejos


La noche que sigui al da del rencuentro de la Muerte la pasaron don
Quijote y su escudero debajo de unos altos y sombrosos rboles, habiendo, a
persuasin de Sancho, comido don Quijote de lo que vena en el repuesto del
rucio, y entre la cena dijo Sancho a su seor:

-Seor, qu tonto hubiera andado yo si hubiera escogido en albricias los
despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, antes que las
cras de las tres yeguas! En efecto, en efecto, ms vale pjaro en mano que
buitre volando.

-Todava -respondi don Quijote-, si t, Sancho, me dejaras acometer, como
yo quera, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro
de la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido, que yo se las quitara al
redropelo y te las pusiera en las manos.

-Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes -respondi
Sancho Panza- fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.

-As es verdad -replic don Quijote-, porque no fuera acertado que los
atavos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es
la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que ests bien, tenindola en
tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los
que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la
repblica, ponindonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo
las acciones de la vida humana, y ninguna comparacin hay que ms al vivo
nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los
comediantes. Si no, dime: no has visto t representar alguna comedia
adonde se introducen reyes, emperadores y pontfices, caballeros, damas y
otros diversos personajes? Uno hace el rufin, otro el embustero, ste el
mercader, aqul el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado
simple; y, acabada la comedia y desnudndose de los vestidos della, quedan
todos los recitantes iguales.

-S he visto -respondi Sancho.

-Pues lo mesmo -dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato deste
mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontfices, y,
finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia;
pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita
la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la
sepultura.

-Brava comparacin! -dijo Sancho-, aunque no tan nueva que yo no la haya
odo muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que,
mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, en
acabndose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en
una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

-Cada da, Sancho -dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple y ms
discreto.

-S, que algo se me ha de pegar de la discrecin de vuestra merced
-respondi Sancho-; que las tierras que de suyo son estriles y secas,
estercolndolas y cultivndolas, vienen a dar buenos frutos: quiero decir
que la conversacin de vuestra merced ha sido el estircol que sobre la
estril tierra de mi seco ingenio ha cado; la cultivacin, el tiempo que
ha que le sirvo y comunico; y con esto espero de dar frutos de m que sean
de bendicin, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la
buena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mo.

Rise don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecile ser
verdad lo que deca de su emienda, porque de cuando en cuando hablaba de
manera que le admiraba; puesto que todas o las ms veces que Sancho quera
hablar de oposicin y a lo cortesano, acababa su razn con despearse del
monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia; y en lo que l se
mostraba ms elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no
viniesen a pelo de lo que trataba, como se habr visto y se habr notado en
el discurso desta historia.

En estas y en otras plticas se les pas gran parte de la noche, y a Sancho
le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como l deca
cuando quera dormir, y, desaliando al rucio, le dio pasto abundoso y
libre. No quit la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de su
seor que, en el tiempo que anduviesen en campaa, o no durmiesen debajo de
techado, no desaliase a Rocinante: antigua usanza establecida y guardada
de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del arzn de la
silla; pero, quitar la silla al caballo?, guarda!; y as lo hizo Sancho,
y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad dl y de Rocinante
fue tan nica y tan trabada, que hay fama, por tradicin de padres a hijos,
que el autor desta verdadera historia hizo particulares captulos della;
mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se
debe, no los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste su
prosupuesto, y escribe que, as como las dos bestias se juntaban, acudan a
rascarse el uno al otro, y que, despus de cansados y satisfechos, cruzaba
Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otra
parte ms de media vara), y, mirando los dos atentamente al suelo, se
solan estar de aquella manera tres das; a lo menos, todo el tiempo que
les dejaban, o no les compela la hambre a buscar sustento.

Digo que dicen que dej el autor escrito que los haba comparado en la
amistad a la que tuvieron Niso y Euralo, y Plades y Orestes; y si esto es
as, se poda echar de ver, para universal admiracin, cun firme debi ser
la amistad destos dos pacficos animales, y para confusin de los hombres,
que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:

No hay amigo para amigo:

las caas se vuelven lanzas;

y el otro que cant:

De amigo a amigo la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber
comparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de las
bestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas
cosas de importancia, como son: de las cigeas, el cristel; de los perros,
el vmito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las
hormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad,
del caballo.

Finalmente, Sancho se qued dormido al pie de un alcornoque, y don Quijote
dormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de tiempo haba
pasado, cuando le despert un ruido que sinti a sus espaldas, y,
levantndose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dnde el ruido
proceda, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejndose
derribar de la silla, dijo al otro:

-Apate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer, este
sitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han menester
mis amorosos pensamientos.

El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y, al
arrojarse, hicieron ruido las armas de que vena armado, manifiesta seal
por donde conoci don Quijote que deba de ser caballero andante; y,
llegndose a Sancho, que dorma, le trab del brazo, y con no pequeo
trabajo le volvi en su acuerdo, y con voz baja le dijo:

-Hermano Sancho, aventura tenemos.

-Dios nos la d buena -respondi Sancho-; y adnde est, seor mo, su
merced de esa seora aventura?

-Adnde, Sancho? -replic don Quijote-; vuelve los ojos y mira, y vers
all tendido un andante caballero, que, a lo que a m se me trasluce, no
debe de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo y
tenderse en el suelo con algunas muestras de despecho, y al caer le
crujieron las armas.

-Pues en qu halla vuesa merced -dijo Sancho- que sta sea aventura?

-No quiero yo decir -respondi don Quijote- que sta sea aventura del todo,
sino principio della; que por aqu se comienzan las aventuras. Pero
escucha, que, a lo que parece, templando est un lad o vigela, y, segn
escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.

-A buena fe que es as -respondi Sancho-, y que debe de ser caballero
enamorado.

-No hay ninguno de los andantes que no lo sea -dijo don Quijote-. Y
escuchmosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si
es que canta; que de la abundancia del corazn habla la lengua.

Replicar quera Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque, que
no era muy mala mi muy buena, lo estorb; y, estando los dos atnitos,
oyeron que lo que cant fue este soneto:

  -Dadme, seora, un trmino que siga,
  conforme a vuestra voluntad cortado;
  que ser de la ma as estimado,
  que por jams un punto dl desdiga.
  Si gustis que callando mi fatiga
  muera, contadme ya por acabado:
  si queris que os la cuente en desusado
  modo, har que el mesmo amor la diga.
  A prueba de contrarios estoy hecho,
  de blanda cera y de diamante duro,
  y a las leyes de amor el ama ajusto.
  Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
  entallad o imprimid lo que os d gusto,
  que de guardarlo eternamente juro.

Con un ay!, arrancado, al parecer, de lo ntimo de su corazn, dio fin a
su canto el Caballero del Bosque, y, de all a un poco, con voz doliente y
lastimada, dijo:

-Oh la ms hermosa y la ms ingrata mujer del orbe! Cmo que ser
posible, serensima Casildea de Vandalia, que has de consentir que se
consuma y acabe en continuas peregrinaciones y en speros y duros trabajos
este tu cautivo caballero? No basta ya que he hecho que te confiesen por
la ms hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los
leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos, y, finalmente, todos
los caballeros de la Mancha?

-Eso no -dijo a esta sazn don Quijote-, que yo soy de la Mancha y nunca
tal he confesado, ni poda ni deba confesar una cosa tan perjudicial a la
belleza de mi seora; y este tal caballero ya vees t, Sancho, que
desvara. Pero, escuchemos: quiz se declarar ms.

-Si har -replic Sancho-, que trmino lleva de quejarse un mes arreo.

Pero no fue as, porque, habiendo entreodo el Caballero del Bosque que
hablaban cerca dl, sin pasar adelante en su lamentacin, se puso en pie, y
dijo con voz sonora y comedida:

-Quin va all? Qu gente? Es por ventura de la del nmero de los
contentos, o la del de los afligidos?

-De los afligidos -respondi don Quijote.

-Pues llguese a m -respondi el del Bosque-, y har cuenta que se llega
a la mesma tristeza y a la aflicin mesma.

Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se lleg a
l, y Sancho ni ms ni menos.

El caballero lamentador asi a don Quijote del brazo, diciendo:

-Sentaos aqu, seor caballero, que para entender que lo sois, y de los que
profesan la andante caballera, bstame el haberos hallado en este lugar,
donde la soledad y el sereno os hacen compaa, naturales lechos y propias
estancias de los caballeros andantes.

A lo que respondi don Quijote:

-Caballero soy, y de la profesin que decs; y, aunque en mi alma tienen su
propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso
se ha ahuyentado della la compasin que tengo de las ajenas desdichas. De
lo que contaste poco ha, coleg que las vuestras son enamoradas, quiero
decir, del amor que tenis a aquella hermosa ingrata que en vuestras
lamentaciones nombrastes.

Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en
buena paz y compaa, como si al romper del da no se hubieran de romper
las cabezas.

-Por ventura, seor caballero -pregunt el del Bosque a don Quijote-, sois
enamorado?

-Por desventura lo soy -respondi don Quijote-; aunque los daos que nacen
de los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias que
por desdichas.

-As es la verdad -replic el del Bosque-, si no nos turbasen la razn y el
entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.

-Nunca fui desdeado de mi seora -respondi don Quijote.

-No, por cierto -dijo Sancho, que all junto estaba-, porque es mi seora
como una borrega mansa: es ms blanda que una manteca.

-Es vuestro escudero ste? -pregunt el del Bosque.

-S es -respondi don Quijote.

-Nunca he visto yo escudero -replic el del Bosque- que se atreva a hablar
donde habla su seor; a lo menos, ah est ese mo, que es tan grande como
su padre, y no se probar que haya desplegado el labio donde yo hablo.

-Pues a fe -dijo Sancho-, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otro
tan..., y aun qudese aqu, que es peor meneallo.

El escudero del Bosque asi por el brazo a Sancho, dicindole:

-Vmonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto
quisiremos, y dejemos a estos seores amos nuestros que se den de las
astas, contndose las historias de sus amores; que a buen seguro que les ha
de coger el da en ellas y no las han de haber acabado.

-Sea en buena hora -dijo Sancho-; y yo le dir a vuestra merced quin soy,
para que vea si puedo entrar en docena con los ms hablantes escuderos.

Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pas un tan
gracioso coloquio como fue grave el que pas entre sus seores.





Captulo XIII. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con
el discreto, nuevo y suave coloquio que pas entre los dos escuderos


Divididos estaban caballeros y escuderos: stos contndose sus vidas, y
aqullos sus amores; pero la historia cuenta primero el razonamiento de los
mozos y luego prosigue el de los amos; y as, dice que, apartndose un poco
dellos, el del Bosque dijo a Sancho:

-Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, seor mo, estos que somos
escuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos el pan en el sudor
de nuestros rostros, que es una de las maldiciones que ech Dios a nuestros
primeros padres.

-Tambin se puede decir -aadi Sancho- que lo comemos en el yelo de
nuestros cuerpos; porque, quin ms calor y ms fro que los miserables
escuderos de la andante caballera? Y aun menos mal si comiramos, pues los
duelos, con pan son menos; pero tal vez hay que se nos pasa un da y dos
sin desayunarnos, si no es del viento que sopla.

-Todo eso se puede llevar y conllevar -dijo el del Bosque-, con la
esperanza que tenemos del premio; porque si demasiadamente no es
desgraciado el caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos, a
pocos lances se ver premiado con un hermoso gobierno de cualque nsula, o
con un condado de buen parecer.

Yo -replic Sancho- ya he dicho a mi amo que me contento con el gobierno de
alguna nsula; y l es tan noble y tan liberal, que me le ha prometido
muchas y diversas veces.

Yo -dijo el del Bosque-, con un canonicato quedar satisfecho de mis
servicios, y ya me le tiene mandado mi amo, y qu tal!

-Debe de ser -dijo Sancho- su amo de vuesa merced caballero a lo
eclesistico, y podr hacer esas mercedes a sus buenos escuderos; pero el
mo es meramente lego, aunque yo me acuerdo cuando le queran aconsejar
personas discretas, aunque, a mi parecer mal intencionadas, que procurase
ser arzobispo; pero l no quiso sino ser emperador, y yo estaba entonces
temblando si le vena en voluntad de ser de la Iglesia, por no hallarme
suficiente de tener beneficios por ella; porque le hago saber a vuesa
merced que, aunque parezco hombre, soy una bestia para ser de la Iglesia.

-Pues en verdad que lo yerra vuesa merced -dijo el del Bosque-, a causa que
los gobiernos insulanos no son todos de buena data. Algunos hay torcidos,
algunos pobres, algunos malencnicos, y finalmente, el ms erguido y bien
dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos y de incomodidades,
que pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo en suerte. Harto mejor
sera que los que profesamos esta maldita servidumbre nos retirsemos a
nuestras casas, y all nos entretuvisemos en ejercicios ms suaves, como
si dijsemos, cazando o pescando; que, qu escudero hay tan pobre en el
mundo, a quien le falte un rocn, y un par de galgos, y una caa de pescar,
con que entretenerse en su aldea?

-A m no me falta nada deso -respondi Sancho-: verdad es que no tengo
rocn, pero tengo un asno que vale dos veces ms que el caballo de mi amo.
Mala pascua me d Dios, y sea la primera que viniere, si le trocara por l,
aunque me diesen cuatro fanegas de cebada encima. A burla tendr vuesa
merced el valor de mi rucio, que rucio es el color de mi jumento. Pues
galgos no me haban de faltar, habindolos sobrados en mi pueblo; y ms,
que entonces es la caza ms gustosa cuando se hace a costa ajena.

-Real y verdaderamente -respondi el del Bosque-, seor escudero, que tengo
propuesto y determinado de dejar estas borracheras destos caballeros, y
retirarme a mi aldea, y criar mis hijitos, que tengo tres como tres
orientales perlas.

-Dos tengo yo -dijo Sancho-, que se pueden presentar al Papa en persona,
especialmente una muchacha a quien cro para condesa, si Dios fuere
servido, aunque a pesar de su madre.

-Y qu edad tiene esa seora que se cra para condesa? -pregunt el del
Bosque.

-Quince aos, dos ms a menos -respondi Sancho-, pero es tan grande como
una lanza, y tan fresca como una maana de abril, y tiene una fuerza de un
ganapn.

-Partes son sas -respondi el del Bosque- no slo para ser condesa, sino
para ser ninfa del verde bosque. Oh hideputa, puta, y qu rejo debe de
tener la bellaca!

A lo que respondi Sancho, algo mohno:

-Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo ser ninguna de las dos, Dios
quiriendo, mientras yo viviere. Y hblese ms comedidamente, que, para
haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma
cortesa, no me parecen muy concertadas esas palabras.

-Oh, qu mal se le entiende a vuesa merced -replic el del Bosque- de
achaque de alabanzas, seor escudero! Cmo y no sabe que cuando algn
caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona
hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: "Oh hideputa, puto, y
qu bien que lo ha hecho!?" Y aquello que parece vituperio, en aquel
trmino, es alabanza notable; y renegad vos, seor, de los hijos o hijas
que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.

-S reniego -respondi Sancho-, y dese modo y por esa misma razn poda
echar vuestra merced a m y hijos y a mi mujer toda una putera encima,
porque todo cuanto hacen y dicen son estremos dignos de semejantes
alabanzas, y para volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecado
mortal, que lo mesmo ser si me saca deste peligroso oficio de escudero, en
el cual he incurrido segunda vez, cebado y engaado de una bolsa con cien
ducados que me hall un da en el corazn de Sierra Morena, y el diablo me
pone ante los ojos aqu, all, ac no, sino acull, un talego lleno de
doblones, que me parece que a cada paso le toco con la mano, y me abrazo
con l, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y fundo rentas, y vivo como un
prncipe; y el rato que en esto pienso se me hacen fciles y llevaderos
cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien s que
tiene ms de loco que de caballero.

-Por eso -respondi el del Bosque- dicen que la codicia rompe el saco; y si
va a tratar dellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo, porque es de
aquellos que dicen: "Cuidados ajenos matan al asno"; pues, porque cobre
otro caballero el juicio que ha perdido, se hace el loco, y anda buscando
lo que no s si despus de hallado le ha de salir a los hocicos.

-Y es enamorado, por dicha?

-S -dijo el del Bosque-: de una tal Casildea de Vandalia, la ms cruda y
la ms asada seora que en todo el orbe puede hallarse; pero no cojea del
pie de la crudeza, que otros mayores embustes le gruen en las entraas, y
ello dir antes de muchas horas.

-No hay camino tan llano -replic Sancho- que no tenga algn tropezn o
barranco; en otras casas cuecen habas, y en la ma, a calderadas; ms
acompaados y paniaguados debe de tener la locura que la discrecin. Mas si
es verdad lo que comnmente se dice, que el tener compaeros en los
trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podr
consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mo.

-Tonto, pero valiente -respondi el del Bosque-, y ms bellaco que tonto y
que valiente.

-Eso no es el mo -respondi Sancho-: digo, que no tiene nada de bellaco;
antes tiene una alma como un cntaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien
a todos, ni tiene malicia alguna: un nio le har entender que es de noche
en la mitad del da; y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi
corazn, y no me amao a dejarle, por ms disparates que haga.

-Con todo eso, hermano y seor -dijo el del Bosque-, si el ciego gua al
ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es retirarnos con buen
comps de pies, y volvernos a nuestras querencias; que los que buscan
aventuras no siempre las hallan buenas.

Escupa Sancho a menudo, al parecer, un cierto gnero de saliva pegajosa y
algo seca; lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero,
dijo:

-Parceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas;
pero yo traigo un despegador pendiente del arzn de mi caballo, que es tal
como bueno.

Y, levantndose, volvi desde all a un poco con una gran bota de vino y
una empanada de media vara; y no es encarecimiento, porque era de un conejo
albar, tan grande que Sancho, al tocarla, entendi ser de algn cabrn, no
que de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:

-Y esto trae vuestra merced consigo, seor?

-Pues, qu se pensaba? -respondi el otro-. Soy yo por ventura algn
escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de mi
caballo que lleva consigo cuando va de camino un general.

Comi Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos de
suelta. Y dijo:

-Vuestra merced s que es escudero fiel y legal, moliente y corriente,
magnfico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aqu
por arte de encantamento, parcelo, a lo menos; y no como yo, mezquino y
malaventurado, que slo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duro
que pueden descalabrar con ello a un gigante, a quien hacen compaa cuatro
docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la
estrecheza de mi dueo, y a la opinin que tiene y orden que guarda de que
los caballeros andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas
secas y con las yerbas del campo.

-Por mi fe, hermano -replic el del Bosque-, que yo no tengo hecho el
estmago a tagarninas, ni a pirutanos, ni a races de los montes. All se
lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo
que ellos mandaren. Fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzn de la
silla, por s o por no; y es tan devota ma y quirola tanto, que pocos
ratos se pasan sin que la d mil besos y mil abrazos.

Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinndola,
puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en
acabando de beber, dej caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro,
dijo:

-Oh hideputa bellaco, y cmo es catlico!

-Veis ah -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho-, cmo
habis alabado este vino llamndole hideputa?

-Digo -respondi Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra
llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de
alabarle. Pero dgame, seor, por el siglo de lo que ms quiere: este vino
es de Ciudad Real?

-Bravo mojn! -respondi el del Bosque-. En verdad que no es de otra
parte, y que tiene algunos aos de ancianidad.

-A m con eso! -dijo Sancho-. No tomis menos, sino que se me fuera a m
por alto dar alcance a su conocimiento. No ser bueno, seor escudero, que
tenga yo un instinto tan grande y tan natural, en esto de conocer vinos,
que, en dndome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor,
y la dura, y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al
vino ataederas? Pero no hay de qu maravillarse, si tuve en mi linaje por
parte de mi padre los dos ms excelentes mojones que en luengos aos
conoci la Mancha; para prueba de lo cual les sucedi lo que ahora dir:
Dironles a los dos a probar del vino de una cuba, pidindoles su parecer
del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo prob con la
punta de la lengua, el otro no hizo ms de llegarlo a las narices. El
primero dijo que aquel vino saba a hierro, el segundo dijo que ms saba a
cordobn. El dueo dijo que la cuba estaba limpia, y que el tal vino no
tena adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobn.
Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que haban dicho.
Anduvo el tiempo, vendise el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en
ella una llave pequea, pendiente de una correa de cordobn. Porque vea
vuestra merced si quien viene desta ralea podr dar su parecer en
semejantes causas.

-Por eso digo -dijo el del Bosque- que nos dejemos de andar buscando
aventuras; y, pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvmonos a
nuestras chozas, que all nos hallar Dios, si l quiere.

-Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le servir; que despus todos nos
entenderemos.

Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que
tuvo necesidad el sueo de atarles las lenguas y templarles la sed, que
quitrsela fuera imposible; y as, asidos entrambos de la ya casi vaca
bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos,
donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque
pas con el de la Triste Figura.





Captulo XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque


Entre muchas razones que pasaron don Quijote y el Caballero de la Selva,
dice la historia que el del Bosque dijo a don Quijote:

-Finalmente, seor caballero, quiero que sepis que mi destino, o, por
mejor decir, mi eleccin, me trujo a enamorar de la sin par Casildea de
Vandalia. Llmola sin par porque no le tiene, as en la grandeza del cuerpo
como en el estremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues,
que voy contando, pag mis buenos pensamientos y comedidos deseos con
hacerme ocupar, como su madrina a Hrcules, en muchos y diversos peligros,
prometindome al fin de cada uno que en el fin del otro llegara el de mi
esperanza; pero as se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienen
cuento, ni yo s cul ha de ser el ltimo que d principio al cumplimiento
de mis buenos deseos. Una vez me mand que fuese a desafiar a aquella
famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte
como hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la ms movible y
voltaria mujer del mundo. Llegu, vila, y vencla, y hcela estar queda y a
raya, porque en ms de una semana no soplaron sino vientos nortes. Vez
tambin hubo que me mand fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los
valientes Toros de Guisando, empresa ms para encomendarse a ganapanes que
a caballeros. Otra vez me mand que me precipitase y sumiese en la sima de
Cabra, peligro inaudito y temeroso, y que le trujese particular relacin de
lo que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a la
Giralda, pes los Toros de Guisando, despeme en la sima y saqu a luz lo
escondido de su abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y sus
mandamientos y desdenes, vivos que vivos. En resolucin, ltimamente me ha
mandado que discurra por todas las provincias de Espaa y haga confesar a
todos los andantes caballeros que por ellas vagaren que ella sola es la ms
aventajada en hermosura de cuantas hoy viven, y que yo soy el ms valiente
y el ms bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya la
mayor parte de Espaa, y en ella he vencido muchos caballeros que se han
atrevido a contradecirme. Pero de lo que yo ms me precio y ufano es de
haber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso caballero don
Quijote de la Mancha, y hchole confesar que es ms hermosa mi Casildea que
su Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta que he vencido todos
los caballeros del mundo, porque el tal don Quijote que digo los ha vencido
a todos; y, habindole yo vencido a l, su gloria, su fama y su honra se ha
transferido y pasado a mi persona;

y tanto el vencedor es ms honrado,

cuanto ms el vencido es reputado;

as que, ya corren por mi cuenta y son mas las inumerables hazaas del ya
referido don Quijote.

Admirado qued don Quijote de or al Caballero del Bosque, y estuvo mil
veces por decirle que menta, y ya tuvo el ments en el pico de la lengua;
pero reportse lo mejor que pudo, por hacerle confesar por su propia boca
su mentira; y as, sosegadamente le dijo:

-De que vuesa merced, seor caballero, haya vencido a los ms caballeros
andantes de Espaa, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que haya
vencido a don Quijote de la Mancha, pngolo en duda. Podra ser que fuese
otro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.

-Cmo no? -replic el del Bosque-. Por el cielo que nos cubre, que pele
con don Quijote, y le venc y rend; y es un hombre alto de cuerpo, seco de
rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguilea y
algo corva, de bigotes grandes, negros y cados. Campea debajo del nombre
del Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador
llamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo
llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por seora de su voluntad a una tal
Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la ma, que,
por llamarse Casilda y ser de la Andaluca, yo la llamo Casildea de
Vandalia. Si todas estas seas no bastan para acreditar mi verdad, aqu
est mi espada, que la har dar crdito a la mesma incredulidad.

-Sosegaos, seor caballero -dijo don Quijote-, y escuchad lo que decir os
quiero. Habis de saber que ese don Quijote que decs es el mayor amigo que
en este mundo tengo, y tanto, que podr decir que le tengo en lugar de mi
misma persona, y que por las seas que dl me habis dado, tan puntuales y
ciertas, no puedo pensar sino que sea el mismo que habis vencido. Por otra
parte, veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo,
si ya no fuese que como l tiene muchos enemigos encantadores,
especialmente uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellos
tomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que sus
altas caballeras le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubierto
de la tierra. Y, para confirmacin desto, quiero tambin que sepis que los
tales encantadores sus contrarios no ha ms de dos das que transformaron
la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez y
baja, y desta manera habrn transformado a don Quijote; y si todo esto no
basta para enteraros en esta verdad que digo, aqu est el mesmo don
Quijote, que la sustentar con sus armas a pie, o a caballo, o de
cualquiera suerte que os agradare.

Y, diciendo esto, se levant en pie y se empu en la espada, esperando qu
resolucin tomara el Caballero del Bosque; el cual, con voz asimismo
sosegada, respondi y dijo:

-Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, seor don Quijote,
pudo venceros transformado, bien podr tener esperanza de rendiros en
vuestro propio ser. Mas, porque no es bien que los caballeros hagan sus
fechos de armas ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos el da,
para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condicin de nuestra
batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor, para que
haga dl todo lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo que
se le ordenare.

-Soy ms que contento desa condicin y convenencia -respondi don Quijote.

Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron
roncando y en la misma forma que estaban cuando les salte el sueo.
Despertronlos y mandronles que tuviesen a punto los caballos, porque, en
saliendo el sol, haban de hacer los dos una sangrienta, singular y
desigual batalla; a cuyas nuevas qued Sancho atnito y pasmado, temeroso
de la salud de su amo, por las valentas que haba odo decir del suyo al
escudero del Bosque; pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos
a buscar su ganado, que ya todos tres caballos y el rucio se haban olido,
y estaban todos juntos.

En el camino dijo el del Bosque a Sancho:

-Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de la
Andaluca, cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos mano
sobre mano en tanto que sus ahijados rien. Dgolo porque est advertido
que mientras nuestros dueos rieren, nosotros tambin hemos de pelear y
hacernos astillas.

-Esa costumbre, seor escudero -respondi Sancho-, all puede correr y
pasar con los rufianes y peleantes que dice, pero con los escuderos de los
caballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he odo decir a mi
amo semejante costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de la
andante caballera. Cuanto ms, que yo quiero que sea verdad y ordenanza
expresa el pelear los escuderos en tanto que sus seores pelean; pero yo no
quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere puesta a los tales
pacficos escuderos, que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, y
ms quiero pagar las tales libras, que s que me costarn menos que las
hilas que podr gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento por
partida y dividida en dos partes. Hay ms: que me imposibilita el reir el
no tener espada, pues en mi vida me la puse.

-Para eso s yo un buen remedio -dijo el del Bosque-: yo traigo aqu dos
talegas de lienzo, de un mesmo tamao: tomaris vos la una, y yo la otra, y
riiremos a talegazos, con armas iguales.

-Desa manera, sea en buena hora -respondi Sancho-, porque antes servir la
tal pelea de despolvorearnos que de herirnos.

-No ha de ser as -replic el otro-, porque se han de echar dentro de las
talegas, porque no se las lleve el aire, media docena de guijarros lindos y
pelados, que pesen tanto los unos como los otros, y desta manera nos
podremos atalegar sin hacernos mal ni dao.

-Mirad, cuerpo de mi padre -respondi Sancho-, qu martas cebollinas, o
qu copos de algodn cardado pone en las talegas, para no quedar molidos
los cascos y hechos alhea los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullos
de seda, sepa, seor mo, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y all
se lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado de
quitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se acaben
antes de llegar su sazn y trmino y que se cayan de maduras.

-Con todo -replic el del Bosque-, hemos de pelear siquiera media hora.

-Eso no -respondi Sancho-: no ser yo tan descorts ni tan desagradecido,
que con quien he comido y he bebido trabe cuestin alguna, por mnima que
sea; cuanto ms que, estando sin clera y sin enojo, quin diablos se ha
de amaar a reir a secas?

-Para eso -dijo el del Bosque- yo dar un suficiente remedio: y es que,
antes que comencemos la pelea, yo me llegar bonitamente a vuestra merced
y le dar tres o cuatro bofetadas, que d con l a mis pies, con las cuales
le har despertar la clera, aunque est con ms sueo que un lirn.

-Contra ese corte s yo otro -respondi Sancho-, que no le va en zaga:
coger yo un garrote, y, antes que vuestra merced llegue a despertarme la
clera, har yo dormir a garrotazos de tal suerte la suya, que no despierte
si no fuere en el otro mundo, en el cual se sabe que no soy yo hombre que
me dejo manosear el rostro de nadie; y cada uno mire por el virote, aunque
lo ms acertado sera dejar dormir su clera a cada uno, que no sabe nadie
el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve tresquilado; y Dios
bendijo la paz y maldijo las rias, porque si un gato acosado, encerrado y
apretado se vuelve en len, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que podr
volverme; y as, desde ahora intimo a vuestra merced, seor escudero, que
corra por su cuenta todo el mal y dao que de nuestra pendencia resultare.

-Est bien -replic el del Bosque-. Amanecer Dios y medraremos.

En esto, ya comenzaban a gorjear en los rboles mil suertes de pintados
pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos pareca que daban la
norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones
del oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus
cabellos un nmero infinito de lquidas perlas, en cuyo suave licor
bandose las yerbas, pareca asimesmo que ellas brotaban y llovan
blanco y menudo aljfar; los sauces destilaban man sabroso, reanse las
fuentes, murmuraban los arroyos, alegrbanse las selvas y enriquecanse los
prados con su venida. Mas, apenas dio lugar la claridad del da para ver y
diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreci a los ojos de
Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande que
casi le haca sombra a todo el cuerpo. Cuntase, en efecto, que era de
demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de verrugas, de color
amoratado, como de berenjena; bajbale dos dedos ms abajo de la boca; cuya
grandeza, color, verrugas y encorvamiento as le afeaban el rostro, que, en
vindole Sancho, comenz a herir de pie y de mano, como nio con alfereca,
y propuso en su corazn de dejarse dar docientas bofetadas antes que
despertar la clera para reir con aquel vestiglo.

Don Quijote mir a su contendor, y hallle ya puesta y calada la celada, de
modo que no le pudo ver el rostro, pero not que era hombre membrudo, y no
muy alto de cuerpo. Sobre las armas traa una sobrevista o casaca de una
tela, al parecer, de oro finsimo, sembradas por ella muchas lunas pequeas
de resplandecientes espejos, que le hacan en grandsima manera galn y
vistoso; volbanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes,
amarillas y blancas; la lanza, que tena arrimada a un rbol, era
grandsima y gruesa, y de un hierro acerado de ms de un palmo.

Todo lo mir y todo lo not don Quijote, y juzg de lo visto y mirado que
el ya dicho caballero deba de ser de grandes fuerzas; pero no por eso
temi, como Sancho Panza; antes, con gentil denuedo, dijo al Caballero de
los Espejos:

-Si la mucha gana de pelear, seor caballero, no os gasta la cortesa, por
ella os pido que alcis la visera un poco, porque yo vea si la gallarda de
vuestro rostro responde a la de vuestra disposicin.

-O vencido o vencedor que salgis desta empresa, seor caballero -respondi
el de los Espejos-, os quedar tiempo y espacio demasiado para verme; y si
ahora no satisfago a vuestro deseo, es por parecerme que hago notable
agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tardare
en alzarme la visera, sin haceros confesar lo que ya sabis que pretendo.

-Pues, en tanto que subimos a caballo -dijo don Quijote-, bien podis
decirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.

-A eso vos respondemos -dijo el de los Espejos- que parecis, como se
parece un huevo a otro, al mismo caballero que yo venc; pero, segn vos
decs que le persiguen encantadores, no osar afirmar si sois el contenido
o no.

-Eso me basta a m -respondi don Quijote- para que crea vuestro engao;
empero, para sacaros dl de todo punto, vengan nuestros caballos; que, en
menos tiempo que el que tardrades en alzaros la visera, si Dios, si mi
seora y mi brazo me valen, ver yo vuestro rostro, y vos veris que no soy
yo el vencido don Quijote que pensis.

Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvi las
riendas a Rocinante para tomar lo que convena del campo, para volver a
encontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos. Pero, no se
haba apartado don Quijote veinte pasos, cuando se oy llamar del de los
Espejos, y, partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo:

-Advertid, seor caballero, que la condicin de nuestra batalla es que el
vencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discrecin del vencedor.

-Ya la s -respondi don Quijote-; con tal que lo que se le impusiere y
mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los lmites de la
caballera.

-As se entiende -respondi el de los Espejos.

Ofrecironsele en esto a la vista de don Quijote las estraas narices del
escudero, y no se admir menos de verlas que Sancho; tanto, que le juzg
por algn monstro, o por hombre nuevo y de aquellos que no se usan en el
mundo. Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no quiso quedar
solo con el narigudo, temiendo que con solo un pasagonzalo con aquellas
narices en las suyas sera acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o
del miedo, tendido en el suelo, y fuese tras su amo, asido a una accin de
Rocinante; y, cuando le pareci que ya era tiempo que volviese, le dijo:

-Suplico a vuesa merced, seor mo, que antes que vuelva a encontrarse me
ayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podr ver ms a mi sabor,
mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro que vuesa merced ha de
hacer con este caballero.

-Antes creo, Sancho -dijo don Quijote-, que te quieres encaramar y subir en
andamio por ver sin peligro los toros.

-La verdad que diga -respondi Sancho-, las desaforadas narices de aquel
escudero me tienen atnito y lleno de espanto, y no me atrevo a estar junto
a l.

-Ellas son tales -dijo don Quijote-, que, a no ser yo quien soy, tambin me
asombraran; y as, ven: ayudarte he a subir donde dices.

En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque,
tom el de los Espejos del campo lo que le pareci necesario; y, creyendo
que lo mismo habra hecho don Quijote, sin esperar son de trompeta ni otra
seal que los avisase, volvi las riendas a su caballo -que no era ms
ligero ni de mejor parecer que Rocinante-, y, a todo su correr, que era un
mediano trote, iba a encontrar a su enemigo; pero, vindole ocupado en la
subida de Sancho, detuvo las riendas y parse en la mitad de la carrera, de
lo que el caballo qued agradecidsimo, a causa que ya no poda moverse.
Don Quijote, que le pareci que ya su enemigo vena volando, arrim
reciamente las espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante, y le hizo
aguijar de manera, que cuenta la historia que esta sola vez se conoci
haber corrido algo, porque todas las dems siempre fueron trotes
declarados; y con esta no vista furia lleg donde el de los Espejos estaba
hincando a su caballo las espuelas hasta los botones, sin que le pudiese
mover un solo dedo del lugar donde haba hecho estanco de su carrera.

En esta buena sazn y coyuntura hall don Quijote a su contrario embarazado
con su caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acert, o no tuvo
lugar de ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estos
inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno, encontr al de los
Espejos con tanta fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo por
las ancas del caballo, dando tal cada, que, sin mover pie ni mano, dio
seales de que estaba muerto.

Apenas le vio cado Sancho, cuando se desliz del alcornoque y a toda
priesa vino donde su seor estaba, el cual, apendose de Rocinante, fue
sobre el de los Espejos, y, quitndole las lazadas del yelmo para ver si
era muerto y para que le diese el aire si acaso estaba vivo; y vio...
Quin podr decir lo que vio, sin causar admiracin, maravilla y espanto a
los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura,
el mesmo aspecto, la misma fisonoma, la mesma efigie, la pespetiva mesma
del bachiller Sansn Carrasco; y, as como la vio, en altas voces dijo:

-Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! Aguija, hijo,
y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y los
encantadores!

Lleg Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenz a
hacerse mil cruces y a santiguarse otras tantas. En todo esto, no daba
muestras de estar vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote:

-Soy de parecer, seor mo, que, por s o por no, vuesa merced hinque y
meta la espada por la boca a este que parece el bachiller Sansn Carrasco;
quiz matar en l a alguno de sus enemigos los encantadores.

-No dices mal -dijo don Quijote-, porque de los enemigos, los menos.

Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho,
lleg el escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan feo le
haban hecho, y a grandes voces dijo:

-Mire vuesa merced lo que hace, seor don Quijote, que ese que tiene a los
pies es el bachiller Sansn Carrasco, su amigo, y yo soy su escudero.

Y, vindole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo:

-Y las narices?

A lo que l respondi:

-Aqu las tengo, en la faldriquera.

Y, echando mano a la derecha, sac unas narices de pasta y barniz, de
mscara, de la manifatura que quedan delineadas. Y, mirndole ms y ms
Sancho, con voz admirativa y grande, dijo:

-Santa Mara, y valme! ste no es Tom Cecial, mi vecino y mi compadre?

-Y cmo si lo soy! -respondi el ya desnarigado escudero-: Tom Cecial
soy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os dir los arcaduces, embustes
y enredos por donde soy aqu venido; y en tanto, pedid y suplicad al seor
vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni mate al caballero de los
Espejos, que a sus pies tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y mal
aconsejado del bachiller Sansn Carrasco, nuestro compatrioto.

En esto, volvi en s el de los Espejos, lo cual visto por don Quijote, le
puso la punta desnuda de su espada encima del rostro, y le dijo:

-Muerto sois, caballero, si no confesis que la sin par Dulcinea del Toboso
se aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y dems de esto
habis de prometer, si de esta contienda y cada quedrades con vida, de ir
a la ciudad del Toboso y presentaros en su presencia de mi parte, para que
haga de vos lo que ms en voluntad le viniere; y si os dejare en la
vuestra, asimismo habis de volver a buscarme, que el rastro de mis hazaas
os servir de gua que os traiga donde yo estuviere, y a decirme lo que con
ella hubiredes pasado; condiciones que, conforme a las que pusimos antes
de nuestra batalla, no salen de los trminos de la andante caballera.

-Confieso -dijo el cado caballero- que vale ms el zapato descosido y
sucio de la seora Dulcinea del Toboso que las barbas mal peinadas, aunque
limpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de su presencia a la
vuestra, y daros entera y particular cuenta de lo que me peds.

-Tambin habis de confesar y creer -aadi don Quijote- que aquel
caballero que vencistes no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino
otro que se le pareca, como yo confieso y creo que vos, aunque parecis el
bachiller Sansn Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en su
figura aqu me le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el
mpetu de mi clera, y para que use blandamente de la gloria del
vencimiento.

-Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creis, juzgis y sents
-respondi el derrengado caballero-. Dejadme levantar, os ruego, si es que
lo permite el golpe de mi cada, que asaz maltrecho me tiene.

Ayudle a levantar don Quijote y Tom Cecial, su escudero, del cual no
apartaba los ojos Sancho, preguntndole cosas cuyas respuestas le daban
manifiestas seales de que verdaderamente era el Tom Cecial que deca; mas
la aprehensin que en Sancho haba hecho lo que su amo dijo, de que los
encantadores haban mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del
bachiller Carrasco, no le dejaba dar crdito a la verdad que con los ojos
estaba mirando. Finalmente, se quedaron con este engao amo y mozo, y el de
los Espejos y su escudero, mohnos y malandantes, se apartaron de don
Quijote y Sancho, con intencin de buscar algn lugar donde bizmarle y
entablarle las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron a proseguir su
camino de Zaragoza, donde los deja la historia, por dar cuenta de quin era
el Caballero de los Espejos y su narigante escudero.





Captulo XV. Donde se cuenta y da noticia de quin era el Caballero de los
Espejos y su escudero


En estremo contento, ufano y vanaglorioso iba don Quijote por haber
alcanzado vitoria de tan valiente caballero como l se imaginaba que era el
de los Espejos, de cuya caballeresca palabra esperaba saber si el
encantamento de su seora pasaba adelante, pues era forzoso que el tal
vencido caballero volviese, so pena de no serlo, a darle razn de lo que
con ella le hubiese sucedido. Pero uno pensaba don Quijote y otro el de los
Espejos, puesto que por entonces no era otro su pensamiento sino buscar
donde bizmarse, como se ha dicho.

Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sansn Carrasco aconsej a
don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballeras, fue por haber
entrado primero en bureo con el cura y el barbero sobre qu medio se podra
tomar para reducir a don Quijote a que se estuviese en su casa quieto y
sosegado, sin que le alborotasen sus mal buscadas aventuras; de cuyo
consejo sali, por voto comn de todos y parecer particular de Carrasco,
que dejasen salir a don Quijote, pues el detenerle pareca imposible, y que
Sansn le saliese al camino como caballero andante, y trabase batalla con
l, pues no faltara sobre qu, y le venciese, tenindolo por cosa fcil, y
que fuese pacto y concierto que el vencido quedase a merced del vencedor; y
as vencido don Quijote, le haba de mandar el bachiller caballero se
volviese a su pueblo y casa, y no saliese della en dos aos, o hasta tanto
que por l le fuese mandado otra cosa; lo cual era claro que don Quijote
vencido cumplira indubitablemente, por no contravenir y faltar a las leyes
de la caballera, y podra ser que en el tiempo de su reclusin se le
olvidasen sus vanidades, o se diese lugar de buscar a su locura algn
conveniente remedio.

Aceptlo Carrasco, y ofrecisele por escudero Tom Cecial, compadre y
vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos. Armse Sansn
como queda referido y Tom Cecial acomod sobre sus naturales narices las
falsas y de mscara ya dichas, porque no fuese conocido de su compadre
cuando se viesen; y as, siguieron el mismo viaje que llevaba don Quijote,
y llegaron casi a hallarse en la aventura del carro de la Muerte. Y,
finalmente, dieron con ellos en el bosque, donde les sucedi todo lo que el
prudente ha ledo; y si no fuera por los pensamientos extraordinarios de
don Quijote, que se dio a entender que el bachiller no era el bachiller, el
seor bachiller quedara imposibilitado para siempre de graduarse de
licenciado, por no haber hallado nidos donde pens hallar pjaros.

Tom Cecial, que vio cun mal haba logrado sus deseos y el mal paradero
que haba tenido su camino, dijo al bachiller:

-Por cierto, seor Sansn Carrasco, que tenemos nuestro merecido: con
facilidad se piensa y se acomete una empresa, pero con dificultad las ms
veces se sale della. Don Quijote loco, nosotros cuerdos: l se va sano y
riendo, vuesa merced queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora, cul es
ms loco: el que lo es por no poder menos, o el que lo es por su voluntad?

A lo que respondi Sansn:

-La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza
lo ser siempre, y el que lo es de grado lo dejar de ser cuando quisiere.

-Pues as es -dijo Tom Cecial-, yo fui por mi voluntad loco cuando quise
hacerme escudero de vuestra merced, y por la misma quiero dejar de serlo y
volverme a mi casa.

-Eso os cumple -respondi Sansn-, porque pensar que yo he de volver a la
ma, hasta haber molido a palos a don Quijote, es pensar en lo escusado; y
no me llevar ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de
la venganza; que el dolor grande de mis costillas no me deja hacer ms
piadosos discursos.

En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde fue
ventura hallar un algebrista, con quien se cur el Sansn desgraciado. Tom
Cecial se volvi y le dej, y l qued imaginando su venganza; y la
historia vuelve a hablar dl a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora
con don Quijote.





Captulo XVI. De lo que sucedi a don Quijote con un discreto caballero de
la Mancha


Con la alegra, contento y ufanidad que se ha dicho, segua don Quijote su
jornada, imaginndose por la pasada vitoria ser el caballero andante ms
valiente que tena en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice
fin conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de all adelante; tena
en poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba de los
inumerables palos que en el discurso de sus caballeras le haban dado, ni
de la pedrada que le derrib la mitad de los dientes, ni del
desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas
de los yangeses. Finalmente, deca entre s que si l hallara arte, modo o
manera como desencantar a su seora Dulcinea, no invidiara a la mayor
ventura que alcanz o pudo alcanzar el ms venturoso caballero andante de
los pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho
le dijo:

-No es bueno, seor, que aun todava traigo entre los ojos las desaforadas
narices, y mayores de marca, de mi compadre Tom Cecial?

-Y crees t, Sancho, por ventura, que el Caballero de los Espejos era el
bachiller Carrasco; y su escudero, Tom Cecial, tu compadre?

-No s qu me diga a eso -respondi Sancho-; slo s que las seas que me
dio de mi casa, mujer y hijos no me las podra dar otro que l mesmo; y la
cara, quitadas las narices, era la misma de Tom Cecial, como yo se la he
visto muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el
tono de la habla era todo uno.

-Estemos a razn, Sancho -replic don Quijote-. Ven ac: en qu
consideracin puede caber que el bachiller Sansn Carrasco viniese como
caballero andante, armado de armas ofensivas y defensivas, a pelear
conmigo? He sido yo su enemigo por ventura? Hele dado yo jams ocasin
para tenerme ojeriza? Soy yo su rival, o hace l profesin de las armas,
para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?

-Pues, qu diremos, seor -respondi Sancho-, a esto de parecerse tanto
aquel caballero, sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y su escudero
a Tom Cecial, mi compadre? Y si ello es encantamento, como vuestra merced
ha dicho, no haba en el mundo otros dos a quien se parecieran?

-Todo es artificio y traza -respondi don Quijote- de los malignos magos
que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo haba de quedar vencedor en
la contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el rostro
de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entre
los filos de mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de
mi corazn, y desta manera quedase con vida el que con embelecos y falsas
procuraba quitarme la ma. Para prueba de lo cual ya sabes, oh Sancho!,
por experiencia que no te dejar mentir ni engaar, cun fcil sea a los
encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y de
lo feo hermoso, pues no ha dos das que viste por tus mismos ojos la
hermosura y gallarda de la sin par Dulcinea en toda su entereza y natural
conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con
cataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y ms, que el perverso
encantador que se atrevi a hacer una transformacin tan mala no es mucho
que haya hecho la de Sansn Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la
gloria del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo;
porque, en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor de
mi enemigo.

-Dios sabe la verdad de todo -respondi Sancho.

Y como l saba que la transformacin de Dulcinea haba sido traza y
embeleco suyo, no le satisfacan las quimeras de su amo; pero no le quiso
replicar, por no decir alguna palabra que descubriese su embuste.

En estas razones estaban cuando los alcanz un hombre que detrs dellos por
el mismo camino vena sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un
gabn de pao fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera
del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta,
asimismo de morado y verde. Traa un alfanje morisco pendiente de un ancho
tahal de verde y oro, y los borcegues eran de la labor del tahal; las
espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y
bruidas que, por hacer labor con todo el vestido, parecan mejor que si
fuera de oro puro. Cuando lleg a ellos, el caminante los salud
cortsmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don Quijote le
dijo:

-Seor galn, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y no
importa el darse priesa, merced recibira en que nos fusemos juntos.

-En verdad -respondi el de la yegua- que no me pasara tan de largo, si no
fuera por temor que con la compaa de mi yegua no se alborotara ese
caballo.

-Bien puede, seor -respondi a esta sazn Sancho-, bien puede tener las
riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el ms honesto y bien mirado
del mundo: jams en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez
que se desmand a hacerla la lastamos mi seor y yo con las setenas. Digo
otra vez que puede vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la
den entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.

Detuvo la rienda el caminante, admirndose de la apostura y rostro de don
Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el
arzn delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a
don Quijote, mucho ms miraba don Quijote al de lo verde, parecindole
hombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta aos; las canas, pocas,
y el rostro, aguileo; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el
traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas.

Lo que juzg de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejante
manera ni parecer de hombre no le haba visto jams: admirle la longura de
su caballo, la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro,
sus armas, su ademn y compostura: figura y retrato no visto por luengos
tiempos atrs en aquella tierra. Not bien don Quijote la atencin con que
el caminante le miraba, y leyle en la suspensin su deseo; y, como era tan
corts y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le
sali al camino, dicindole:

-Esta figura que vuesa merced en m ha visto, por ser tan nueva y tan fuera
de las que comnmente se usan, no me maravillara yo de que le hubiese
maravillado; pero dejar vuesa merced de estarlo cuando le diga, como le
digo, que soy caballero

destos que dicen las gentes

que a sus aventuras van.

Sal de mi patria, empe mi hacienda, dej mi regalo, y entregume en los
brazos de la Fortuna, que me llevasen donde ms fuese servida. Quise
resucitar la ya muerta andante caballera, y ha muchos das que, tropezando
aqu, cayendo all, despendome ac y levantndome acull, he cumplido
gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y
favoreciendo casadas, hurfanos y pupilos, propio y natural oficio de
caballeros andantes; y as, por mis valerosas, muchas y cristianas hazaas
he merecido andar ya en estampa en casi todas o las ms naciones del mundo.
Treinta mil volmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de
imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.
Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que
yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la
Triste Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso
decir yo tal vez las mas, y esto se entiende cuando no se halla presente
quien las diga; as que, seor gentilhombre, ni este caballo, esta lanza,
ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez
de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podr admirar de aqu adelante,
habiendo ya sabido quin soy y la profesin que hago.

Call en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, segn se tardaba en
responderle, pareca que no acertaba a hacerlo; pero de all a buen espacio
le dijo:

-Acertastes, seor caballero, a conocer por mi suspensin mi deseo; pero no
habis acertado a quitarme la maravilla que en m causa el haberos visto;
que, puesto que, como vos, seor, decs, que el saber ya quin sois me lo
podra quitar, no ha sido as; antes, agora que lo s, quedo ms suspenso y
maravillado. Cmo y es posible que hay hoy caballeros andantes en el
mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballeras? No me puedo
persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare
doncellas, ni honre casadas, ni socorra hurfanos, y no lo creyera si en
vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. Bendito sea el cielo!, que
con esa historia, que vuesa merced dice que est impresa, de sus altas y
verdaderas caballeras, se habrn puesto en olvido las innumerables de los
fingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en dao de
las buenas costumbres y tan en perjuicio y descrdito de las buenas
historias.

-Hay mucho que decir -respondi don Quijote- en razn de si son fingidas, o
no, las historias de los andantes caballeros.

-Pues, hay quien dude -respondi el Verde- que no son falsas las tales
historias?

-Yo lo dudo -respondi don Quijote-, y qudese esto aqu; que si nuestra
jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho
mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son
verdaderas.

Desta ltima razn de don Quijote tom barruntos el caminante de que don
Quijote deba de ser algn mentecato, y aguardaba que con otras lo
confirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, don
Quijote le rog le dijese quin era, pues l le haba dado parte de su
condicin y de su vida. A lo que respondi el del Verde Gabn:

-Yo, seor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un
lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy ms que
medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi
mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza
y pesca, pero no mantengo ni halcn ni galgos, sino algn perdign manso, o
algn hurn atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cules de romance
y cules de latn, de historia algunos y de devocin otros; los de
caballeras an no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo ms
los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento,
que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invencin, puesto
que dstos hay muy pocos en Espaa. Alguna vez como con mis vecinos y
amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y
no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de m se
murmure; no escudrio las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los
otros; oigo misa cada da; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer
alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazn a la
hipocresa y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazn
ms recatado; procuro poner en paz los que s que estn desavenidos; soy
devoto de nuestra Seora, y confo siempre en la misericordia infinita de
Dios nuestro Seor.

Atentsimo estuvo Sancho a la relacin de la vida y entretenimientos del
hidalgo; y, parecindole buena y santa y que quien la haca deba de hacer
milagros, se arroj del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo
derecho, y con devoto corazn y casi lgrimas le bes los pies una y muchas
veces. Visto lo cual por el hidalgo, le pregunt:

-Qu hacis, hermano? Qu besos son stos?

-Djenme besar -respondi Sancho-, porque me parece vuesa merced el primer
santo a la jineta que he visto en todos los das de mi vida.

-No soy santo -respondi el hidalgo-, sino gran pecador; vos s, hermano,
que debis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.

Volvi Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la
profunda malencola de su amo y causado nueva admiracin a don Diego.
Preguntle don Quijote que cuntos hijos tena, y djole que una de las
cosas en que ponan el sumo bien los antiguos filsofos, que carecieron del
verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los
de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.

-Yo, seor don Quijote -respondi el hidalgo-, tengo un hijo, que, a no
tenerle, quiz me juzgara por ms dichoso de lo que soy; y no porque l sea
malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Ser de edad de diez y
ocho aos: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina
y griega; y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, hallle tan
embebido en la de la poesa, si es que se puede llamar ciencia, que no es
posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara,
ni de la reina de todas, la teologa. Quisiera yo que fuera corona de su
linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las
virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en el
muladar. Todo el da se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en
tal verso de la Ilada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal
epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos
de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los
referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de
los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cario
que muestra tener a la poesa de romance, le tiene agora desvanecidos los
pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de
Salamanca, y pienso que son de justa literaria.

A todo lo cual respondi don Quijote:

-Los hijos, seor, son pedazos de las entraas de sus padres, y as, se han
de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan
vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeos por los pasos de la
virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para
que cuando grandes sean bculo de la vejez de sus padres y gloria de su
posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo
tengo por acertado, aunque el persuadirles no ser daoso; y cuando no se
ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que
le dio el cielo padres que se lo dejen, sera yo de parecer que le dejen
seguir aquella ciencia a que ms le vieren inclinado; y, aunque la de la
poesa es menos til que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar
a quien las posee. La poesa, seor hidalgo, a mi parecer, es como una
doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen
cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son
todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han
de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni
trada por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por
los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud,
que quien la sabe tratar la volver en oro pursimo de inestimable precio;
hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejndola correr en torpes
stiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera,
si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias
alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del
ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se
encierran. Y no pensis, seor, que yo llamo aqu vulgo solamente a la
gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea seor y
prncipe, puede y debe entrar en nmero de vulgo. Y as, el que con los
requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesa, ser famoso y
estimado su nombre en todas las naciones polticas del mundo. Y a lo que
decs, seor, que vuestro hijo no estima mucho la poesa de romance, doyme
a entender que no anda muy acertado en ello, y la razn es sta: el grande
Homero no escribi en latn, porque era griego, ni Virgilio no escribi en
griego, porque era latino. En resolucin, todos los poetas antiguos
escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las
estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto as,
razn sera se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no
se desestimase el poeta alemn porque escribe en su lengua, ni el
castellano, ni aun el vizcano, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo,
a lo que yo, seor, imagino, no debe de estar mal con la poesa de romance,
sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni
otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y
aun en esto puede haber yerro; porque, segn es opinin verdadera, el poeta
nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale
poeta; y, con aquella inclinacin que le dio el cielo, sin ms estudio ni
artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus in
nobis..., etctera. Tambin digo que el natural poeta que se ayudare del
arte ser mucho mejor y se aventajar al poeta que slo por saber el arte
quisiere serlo; la razn es porque el arte no se aventaja a la naturaleza,
sino perficinala; as que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte
con la naturaleza, sacarn un perfetsimo poeta. Sea, pues, la conclusin
de mi pltica, seor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por
donde su estrella le llama; que, siendo l tan buen estudiante como debe de
ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escaln de las esencias,
que es el de las lenguas, con ellas por s mesmo subir a la cumbre de las
letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y
espada, y as le adornan, honran y engrandecen, como las mitras a los
obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Ria vuesa
merced a su hijo si hiciere stiras que perjudiquen las honras ajenas, y
castguele, y rmpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio,
donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente l lo hizo,
albele: porque lcito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en
sus versos mal de los invidiosos, y as de los otros vicios, con que no
seale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una malicia,
se pondrn a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta
fuere casto en sus costumbres, lo ser tambin en sus versos; la pluma es
lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren,
tales sern sus escritos; y cuando los reyes y prncipes veen la milagrosa
ciencia de la poesa en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran,
los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del rbol a
quien no ofende el rayo, como en seal que no han de ser ofendidos de nadie
los que con tales coronas veen honrados y adornadas sus sienes.

Admirado qued el del Verde Gabn del razonamiento de don Quijote, y tanto,
que fue perdiendo de la opinin que con l tena, de ser mentecato. Pero, a
la mitad desta pltica, Sancho, por no ser muy de su gusto, se haba
desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que all junto
estaban ordeando unas ovejas; y, en esto, ya volva a renovar la pltica
el hidalgo, satisfecho en estremo de la discrecin y buen discurso de don
Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por
donde ellos iban vena un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que
deba de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llam a Sancho que
viniese a darle la celada. El cual Sancho, oyndose llamar, dej a los
pastores, y a toda priesa pic al rucio, y lleg donde su amo estaba, a
quien sucedi una espantosa y desatinada aventura.





Captulo XVII. De donde se declar el ltimo punto y estremo adonde lleg y
pudo llegar el inaudito nimo de don Quijote, con la felicemente acabada
aventura de los leones


Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le
trujese el yelmo, estaba l comprando unos requesones que los pastores le
vendan; y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qu hacer dellos,
ni en qu traerlos, y, por no perderlos, que ya los tena pagados, acord
de echarlos en la celada de su seor, y con este buen recado volvi a ver
lo que le quera; el cual, en llegando, le dijo:

-Dame, amigo, esa celada; que yo s poco de aventuras, o lo que all
descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis
armas.

El del Verde Gabn, que esto oy, tendi la vista por todas partes, y no
descubri otra cosa que un carro que hacia ellos vena, con dos o tres
banderas pequeas, que le dieron a entender que el tal carro deba de traer
moneda de Su Majestad, y as se lo dijo a don Quijote; pero l no le dio
crdito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese haban de
ser aventuras y ms aventuras, y as, respondi al hidalgo:

-Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me
aperciba, que s por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles,
y no s cundo, ni adnde, ni en qu tiempo, ni en qu figuras me han de
acometer.

Y, volvindose a Sancho, le pidi la celada; el cual, como no tuvo lugar de
sacar los requesones, le fue forzoso drsela como estaba. Tomla don
Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro vena, con toda priesa se
la encaj en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron,
comenz a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo
que recibi tal susto, que dijo a Sancho:

-Qu ser esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me
derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo,
en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que
agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso
sudor me ciega los ojos.

Call Sancho y diole un pao, y dio con l gracias a Dios de que su seor
no hubiese cado en el caso. Limpise don Quijote y quitse la celada por
ver qu cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo
aquellas gachas blancas dentro de la celada, las lleg a las narices, y en
olindolas dijo:

-Por vida de mi seora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aqu
me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.

A lo que, con gran flema y disimulacin, respondi Sancho:

-Si son requesones, dmelos vuesa merced, que yo me los comer... Pero
cmalos el diablo, que debi de ser el que ah los puso. Yo haba de tener
atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? Hallado le habis el
atrevido! A la fe, seor, a lo que Dios me da a entender, tambin debo yo
de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa
merced, y habrn puesto ah esa inmundicia para mover a clera su paciencia
y hacer que me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que esta
vez han dado salto en vago, que yo confo en el buen discurso de mi seor,
que habr considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa
que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estmago que en
la celada.

-Todo puede ser -dijo don Quijote.

Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,
despus de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada,
se la encaj; y, afirmndose bien en los estribos, requiriendo la espada y
asiendo la lanza, dijo:

-Ahora, venga lo que veniere, que aqu estoy con nimo de tomarme con el
mesmo Satans en persona.

Lleg en esto el carro de las banderas, en el cual no vena otra gente que
el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Psose don
Quijote delante y dijo:

-Adnde vais, hermanos? Qu carro es ste, qu llevis en l y qu
banderas son aqustas?

A lo que respondi el carretero:

-El carro es mo; lo que va en l son dos bravos leones enjaulados, que el
general de Orn enva a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas
son del rey nuestro seor, en seal que aqu va cosa suya.

-Y son grandes los leones? -pregunt don Quijote.

-Tan grandes -respondi el hombre que iba a la puerta del carro-, que no
han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a Espaa jams; y yo soy el
leonero, y he pasado otros, pero como stos, ninguno. Son hembra y macho;
el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrs; y ahora van
hambrientos porque no han comido hoy; y as, vuesa merced se desve, que es
menester llegar presto donde les demos de comer.

A lo que dijo don Quijote, sonrindose un poco:

-Leoncitos a m? A m leoncitos, y a tales horas? Pues, por Dios que han
de ver esos seores que ac los envan si soy yo hombre que se espanta de
leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y
echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaa les dar a conocer
quin es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores
que a m los envan.

-Ta, ta! -dijo a esta sazn entre s el hidalgo-, dado ha seal de quin
es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los
cascos y madurado los sesos.

Llegse en esto a l Sancho y djole:

-Seor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi seor don
Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aqu nos han de hacer
pedazos a todos.

-Pues, tan loco es vuestro amo -respondi el hidalgo-, que temis, y
creis que se ha de tomar con tan fieros animales?

-No es loco -respondi Sancho-, sino atrevido.

-Yo har que no lo sea -replic el hidalgo.

Y, llegndose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese
las jaulas, le dijo:

-Seor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que
prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la
quitan; porque la valenta que se entra en la juridicin de la temeridad,
ms tiene de locura que de fortaleza. Cuanto ms, que estos leones no
vienen contra vuesa merced, ni lo suean: van presentados a Su Majestad, y
no ser bien detenerlos ni impedirles su viaje.

-Vyase vuesa merced, seor hidalgo -respondi don Quijote-, a entender con
su perdign manso y con su hurn atrevido, y deje a cada uno hacer su
oficio. ste es el mo, y yo s si vienen a m, o no, estos seores leones.

Y, volvindose al leonero, le dijo:

-Voto a tal, don bellaco, que si no abrs luego luego las jaulas, que con
esta lanza os he de coser con el carro!

El carretero, que vio la determinacin de aquella armada fantasa, le dijo:

-Seor mo, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las
mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones,
porque si me las matan, quedar rematado para toda mi vida; que no tengo
otra hacienda sino este carro y estas mulas.

-Oh hombre de poca fe! -respondi don Quijote-, apate y desunce, y haz lo
que quisieres, que presto vers que trabajaste en vano y que pudieras
ahorrar desta diligencia.

Apese el carretero y desunci a gran priesa, y el leonero dijo a grandes
voces:

-Sanme testigos cuantos aqu estn cmo contra mi voluntad y forzado abro
las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este seor que todo el
mal y dao que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con ms
mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, seores, se pongan en cobro
antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer dao.

Otra vez le persuadi el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era
tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondi don Quijote que l
saba lo que haca. Respondile el hidalgo que lo mirase bien, que l
entenda que se engaaba.

-Ahora, seor -replic don Quijote-, si vuesa merced no quiere ser oyente
desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y pngase en
salvo.

Odo lo cual por Sancho, con lgrimas en los ojos le suplic desistiese de
tal empresa, en cuya comparacin haban sido tortas y pan pintado la de los
molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las
hazaas que haba acometido en todo el discurso de su vida.

-Mire, seor -deca Sancho-, que aqu no hay encanto ni cosa que lo valga;
que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una ua de
len verdadero, y saco por ella que el tal len, cuya debe de ser la tal
ua, es mayor que una montaa.

-El miedo, a lo menos -respondi don Quijote-, te le har parecer mayor
que la mitad del mundo. Retrate, Sancho, y djame; y si aqu muriere, ya
sabes nuestro antiguo concierto: acudirs a Dulcinea, y no te digo ms.

A stas aadi otras razones, con que quit las esperanzas de que no haba
de dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabn
oponrsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareci cordura
tomarse con un loco, que ya se lo haba parecido de todo punto don Quijote;
el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio
ocasin al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero
a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo ms que pudiesen,
antes que los leones se desembanastasen.

Lloraba Sancho la muerte de su seor, que aquella vez sin duda crea que
llegaba en las garras de los leones; maldeca su ventura, y llamaba
menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no
por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del
carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien
desviados, torn a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le haba
requerido e intimado, el cual respondi que lo oa, y que no se curase de
ms intimaciones y requirimientos, que todo sera de poco fruto, y que se
diese priesa.

En el espacio que tard el leonero en abrir la jaula primera, estuvo
considerando don Quijote si sera bien hacer la batalla antes a pie que a
caballo; y, en fin, se determin de hacerla a pie, temiendo que Rocinante
se espantara con la vista de los leones. Por esto salt del caballo,
arroj la lanza y embraz el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante
paso, con maravilloso denuedo y corazn valiente, se fue a poner delante
del carro, encomendndose a Dios de todo corazn, y luego a su seora
Dulcinea.

Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera
historia exclama y dice: ''Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso
don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes
del mundo, segundo y nuevo don Manuel de Len, que fue gloria y honra de
los espaoles caballeros! Con qu palabras contar esta tan espantosa
hazaa, o con qu razones la har creble a los siglos venideros, o qu
alabanzas habr que no te convengan y cuadren, aunque sean hiprboles sobre
todos los hiprboles? T a pie, t solo, t intrpido, t magnnimo, con
sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de
muy luciente y limpio acero, ests aguardando y atendiendo los dos ms
fieros leones que jams criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos
sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aqu en su punto
por faltarme palabras con que encarecerlos''.

Aqu ces la referida exclamacin del autor, y pas adelante, anudando el
hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a
don Quijote, y que no poda dejar de soltar al len macho, so pena de caer
en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abri de par en par la
primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el len, el cual pareci de
grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo
fue revolverse en la jaula, donde vena echado, y tender la garra, y
desperezarse todo; abri luego la boca y bostez muy despacio, y, con casi
dos palmos de lengua que sac fuera, se despolvore los ojos y se lav el
rostro; hecho esto, sac la cabeza fuera de la jaula y mir a todas partes
con los ojos hechos brasas, vista y ademn para poner espanto a la misma
temeridad. Slo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya
del carro y viniese con l a las manos, entre las cuales pensaba hacerle
pedazos.

Hasta aqu lleg el estremo de su jams vista locura. Pero el generoso
len, ms comedido que arrogante, no haciendo caso de nieras, ni de
bravatas, despus de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho,
volvi las espaldas y ense sus traseras partes a don Quijote, y con gran
flema y remanso se volvi a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote,
mand al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.

-Eso no har yo -respondi el leonero-, porque si yo le instigo, el primero
a quien har pedazos ser a m mismo. Vuesa merced, seor caballero, se
contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en gnero de
valenta, y no quiera tentar segunda fortuna. El len tiene abierta la
puerta: en su mano est salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta
ahora, no saldr en todo el da. La grandeza del corazn de vuesa merced ya
est bien declarada: ningn bravo peleante, segn a m se me alcanza, est
obligado a ms que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaa; y si el
contrario no acude, en l se queda la infamia, y el esperante gana la
corona del vencimiento.

-As es verdad -respondi don Quijote-: cierra, amigo, la puerta, y dame
por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aqu me has visto
hacer; conviene a saber: cmo t abriste al len, yo le esper, l no
sali; volvle a esperar, volvi a no salir y volvise acostar. No debo
ms, y encantos afuera, y Dios ayude a la razn y a la verdad, y a la
verdadera caballera; y cierra, como he dicho, en tanto que hago seas a
los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaa.

Hzolo as el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el
lienzo con que se haba limpiado el rostro de la lluvia de los requesones,
comenz a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada
paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a
ver la seal del blanco pao, dijo:

-Que me maten si mi seor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos
llama.

Detuvironse todos, y conocieron que el que haca las seas era don
Quijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron
acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que los
llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote
al carretero:

-Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y t,
Sancho, dale dos escudos de oro, para l y para el leonero, en recompensa
de lo que por m se han detenido.

-sos dar yo de muy buena gana -respondi Sancho-; pero, qu se han hecho
los leones? Son muertos, o vivos?

Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, cont el fin de la
contienda, exagerando, como l mejor pudo y supo, el valor de don Quijote,
de cuya vista el len, acobardado, no quiso ni os salir de la jaula,
puesto que haba tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y
que, por haber l dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al
len para que por fuerza saliese, como l quera que se irritase, mal de su
grado y contra toda su voluntad, haba permitido que la puerta se cerrase.

-Qu te parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. Hay encantos que valgan
contra la verdadera valenta? Bien podrn los encantadores quitarme la
ventura, pero el esfuerzo y el nimo, ser imposible.

Dio los escudos Sancho, unci el carretero, bes las manos el leonero a don
Quijote por la merced recebida, y prometile de contar aquella valerosa
hazaa al mismo rey, cuando en la corte se viese.

-Pues, si acaso Su Majestad preguntare quin la hizo, dirisle que el
Caballero de los Leones, que de aqu adelante quiero que en ste se
trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aqu he tenido del Caballero de
la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes
caballeros, que se mudaban los nombres cuando queran, o cuando les vena a
cuento.

Sigui su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabn
prosiguieron el suyo.

En todo este tiempo no haba hablado palabra don Diego de Miranda, todo
atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, parecindole
que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No haba an llegado
a su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera ledo,
cesara la admiracin en que lo ponan sus hechos y sus palabras, pues ya
supiera el gnero de su locura; pero, como no la saba, ya le tena por
cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien
dicho, y lo que haca, disparatado, temerario y tonto. Y deca entre s:

-Qu ms locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y
darse a entender que le ablandaban los cascos los encantadores? Y qu
mayor temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?

Destas imaginaciones y deste soliloquio le sac don Quijote, dicindole:

-Quin duda, seor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en
su opinin por un hombre disparatado y loco? Y no sera mucho que as
fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con
todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan
menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero,
a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con
felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero, armado de
resplandecientes armas, pasar la tela en alegres justas delante de las
damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios
militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir,
honran las cortes de sus prncipes; pero sobre todos stos parece mejor un
caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las
encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas
aventuras, con intencin de darles dichosa y bien afortunada cima, slo por
alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero
andante, socorriendo a una viuda en algn despoblado, que un cortesano
caballero, requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros
tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano;
autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con
el esplndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y
mustrese grande, liberal y magnfico, y buen cristiano, sobre todo, y
desta manera cumplir con sus precisas obligaciones. Pero el andante
caballero busque los rincones del mundo; ntrese en los ms intricados
laberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los pramos
despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el
invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren
leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscar
stos, acometer aqullos y vencerlos a todos son sus principales y
verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del nmero
de la andante caballera, no puedo dejar de acometer todo aquello que a m
me pareciere que cae debajo de la juridicin de mis ejercicios; y as, el
acometer los leones que ahora acomet derechamente me tocaba, puesto que
conoc ser temeridad esorbitante, porque bien s lo que es valenta, que es
una virtud que est puesta entre dos estremos viciosos, como son la
cobarda y la temeridad; pero menos mal ser que el que es valiente toque y
suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde;
que as como es ms fcil venir el prdigo a ser liberal que al avaro, as
es ms fcil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir
a la verdadera valenta; y, en esto de acometer aventuras, crame vuesa
merced, seor don Diego, que antes se ha de perder por carta de ms que de
menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen "el tal
caballero es temerario y atrevido" que no "el tal caballero es tmido y
cobarde".

-Digo, seor don Quijote -respondi don Diego-, que todo lo que vuesa
merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razn, y que
entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballera andante se
perdiesen, se hallaran en el pecho de vuesa merced como en su mismo
depsito y archivo. Y dmonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi
aldea y casa, donde descansar vuestra merced del pasado trabajo, que si no
ha sido del cuerpo, ha sido del espritu, que suele tal vez redundar en
cansancio del cuerpo.

-Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, seor don Diego- respondi
don Quijote.

Y, picando ms de lo que hasta entonces, seran como las dos de la tarde
cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote
llamaba el Caballero del Verde Gabn.





Captulo XVIII. De lo que sucedi a don Quijote en el castillo o casa del
Caballero del Verde Gabn, con otras cosas extravagantes


Hall don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea;
las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle;
la bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la
redonda, que, por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada
y transformada Dulcinea; y sospirando, y sin mirar lo que deca, ni delante
de quin estaba, dijo:

-Oh dulces prendas, por mi mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quera!

Oh tobosescas tinajas, que me habis trado a la memoria la dulce prenda
de mi mayor amargura!

Oyle decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego, que con su madre
haba salido a recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de ver la
estraa figura de don Quijote; el cual, apendose de Rocinante, fue con
mucha cortesa a pedirle las manos para besrselas, y don Diego dijo:

-Recebid, seora, con vuestro slito agrado al seor don Quijote de la
Mancha, que es el que tenis delante, andante caballero y el ms valiente y
el ms discreto que tiene el mundo.

La seora, que doa Cristina se llamaba, le recibi con muestras de mucho
amor y de mucha cortesa, y don Quijote se le ofreci con asaz de discretas
y comedidas razones. Casi los mismos comedimientos pas con el estudiante,
que, en oyndole hablar don Quijote, le tuvo por discreto y agudo.

Aqu pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego,
pintndonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y
rico; pero al traductor desta historia le pareci pasar estas y otras
semejantes menudencias en silencio, porque no venan bien con el propsito
principal de la historia, la cual ms tiene su fuerza en la verdad que en
las fras digresiones.

Entraron a don Quijote en una sala, desarmle Sancho, qued en valones y en
jubn de camuza, todo bisunto con la mugre de las armas: el cuello era
valona a lo estudiantil, sin almidn y sin randas; los borcegues eran
datilados, y encerados los zapatos. Cise su buena espada, que penda de
un tahal de lobos marinos; que es opinin que muchos aos fue enfermo de
los riones; cubrise un herreruelo de buen pao pardo; pero antes de todo,
con cinco calderos, o seis, de agua, que en la cantidad de los calderos hay
alguna diferencia, se lav la cabeza y rostro, y todava se qued el agua
de color de suero, merced a la golosina de Sancho y a la compra de sus
negros requesones, que tan blanco pusieron a su amo. Con los referidos
atavos, y con gentil donaire y gallarda, sali don Quijote a otra sala,
donde el estudiante le estaba esperando para entretenerle en tanto que las
mesas se ponan; que, por la venida de tan noble husped, quera la seora
doa Cristina mostrar que saba y poda regalar a los que a su casa
llegasen.

En tanto que don Quijote se estuvo desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que
as se llamaba el hijo de don Diego, de decir a su padre:

-Quin diremos, seor, que es este caballero que vuesa merced nos ha
trado a casa? Que el nombre, la figura, y el decir que es caballero
andante, a m y a mi madre nos tiene suspensos.

-No s lo que te diga, hijo -respondi don Diego-; slo te sabr decir que
le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan
discretas que borran y deshacen sus hechos: hblale t, y toma el pulso a
lo que sabe, y, pues eres discreto, juzga de su discrecin o tontera lo
que ms puesto en razn estuviere; aunque, para decir verdad, antes le
tengo por loco que por cuerdo.

Con esto, se fue don Lorenzo a entretener a don Quijote, como queda dicho,
y, entre otras plticas que los dos pasaron, dijo don Quijote a don
Lorenzo:

-El seor don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia
de la rara habilidad y sutil ingenio que vuestra merced tiene, y, sobre
todo, que es vuesa merced un gran poeta.

-Poeta, bien podr ser -respondi don Lorenzo-, pero grande, ni por
pensamiento. Verdad es que yo soy algn tanto aficionado a la poesa y a
leer los buenos poetas, pero no de manera que se me pueda dar el nombre de
grande que mi padre dice.

-No me parece mal esa humildad -respondi don Quijote-, porque no hay poeta
que no sea arrogante y piense de s que es el mayor poeta del mundo.

-No hay regla sin excepcin -respondi don Lorenzo-, y alguno habr que lo
sea y no lo piense.

-Pocos -respondi don Quijote-; pero dgame vuesa merced: qu versos son
los que agora trae entre manos, que me ha dicho el seor su padre que le
traen algo inquieto y pensativo? Y si es alguna glosa, a m se me entiende
algo de achaque de glosas, y holgara saberlos; y si es que son de justa
literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero
siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le
lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a
esta cuenta, ser el tercero, al modo de las licencias que se dan en las
universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.

-Hasta ahora -dijo entre s don Lorenzo-, no os podr yo juzgar por loco;
vamos adelante.

Y djole:

-Parceme que vuesa merced ha cursado las escuelas: qu ciencias ha odo?

-La de la caballera andante -respondi don Quijote-, que es tan buena como
la de la poesa, y aun dos deditos ms.

-No s qu ciencia sea sa -replic don Lorenzo-, y hasta ahora no ha
llegado a mi noticia.

-Es una ciencia -replic don Quijote- que encierra en s todas o las ms
ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito, y
saber las leyes de la justicia distributiva y comutativa, para dar a cada
uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha de ser telogo, para saber dar
razn de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera
que le fuere pedido; ha de ser mdico y principalmente herbolario, para
conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen
virtud de sanar las heridas, que no ha de andar el caballero andante a cada
triquete buscando quien se las cure; ha de ser astrlogo, para conocer por
las estrellas cuntas horas son pasadas de la noche, y en qu parte y en
qu clima del mundo se halla; ha de saber las matemticas, porque a cada
paso se le ofrecer tener necesidad dellas; y, dejando aparte que ha de
estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales, decendiendo a
otras menudencias, digo que ha de saber nadar como dicen que nadaba el peje
Nicols o Nicolao; ha de saber herrar un caballo y aderezar la silla y el
freno; y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama;
ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en
las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con
los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste
la vida el defenderla. De todas estas grandes y mnimas partes se compone
un buen caballero andante; porque vea vuesa merced, seor don Lorenzo, si
es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa,
y si se puede igualar a las ms estiradas que en los ginasios y escuelas se
ensean.

-Si eso es as -replic don Lorenzo-, yo digo que se aventaja esa ciencia a
todas.

-Cmo si es as? -respondi don Quijote.

Lo que yo quiero decir -dijo don Lorenzo- es que dudo que haya habido, ni
que los hay ahora, caballeros andantes y adornados de virtudes tantas.

-Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora -respondi don Quijote-:
que la mayor parte de la gente del mundo est de parecer de que no ha
habido en l caballeros andantes; y, por parecerme a m que si el cielo
milagrosamente no les da a entender la verdad de que los hubo y de que los
hay, cualquier trabajo que se tome ha de ser en vano, como muchas veces me
lo ha mostrado la experiencia, no quiero detenerme agora en sacar a vuesa
merced del error que con los muchos tiene; lo que pienso hacer es el rogar
al cielo le saque dl, y le d a entender cun provechosos y cun
necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y
cun tiles fueran en el presente si se usaran; pero triunfan ahora, por
pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo.

-Escapado se nos ha nuestro husped -dijo a esta sazn entre s don
Lorenzo-, pero, con todo eso, l es loco bizarro, y yo sera mentecato
flojo si as no lo creyese.

Aqu dieron fin a su pltica, porque los llamaron a comer. Pregunt don
Diego a su hijo qu haba sacado en limpio del ingenio del husped. A lo
que l respondi:

-No le sacarn del borrador de su locura cuantos mdicos y buenos
escribanos tiene el mundo: l es un entreverado loco, lleno de lcidos
intervalos.

Furonse a comer, y la comida fue tal como don Diego haba dicho en el
camino que la sola dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero
de lo que ms se content don Quijote fue del maravilloso silencio que en
toda la casa haba, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados,
pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don
Quijote pidi ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa
literaria; a lo que l respondi que, por no parecer de aquellos poetas que
cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los
vomitan,...

-...yo dir mi glosa, de la cual no espero premio alguno, que slo por
ejercitar el ingenio la he hecho.

-Un amigo y discreto -respondi don Quijote- era de parecer que no se haba
de cansar nadie en glosar versos; y la razn, deca l, era que jams la
glosa poda llegar al texto, y que muchas o las ms veces iba la glosa
fuera de la intencin y propsito de lo que peda lo que se glosaba; y ms,
que las leyes de la glosa eran demasiadamente estrechas: que no sufran
interrogantes, ni dijo, ni dir, ni hacer nombres de verbos, ni mudar el
sentido, con otras ataduras y estrechezas con que van atados los que
glosan, como vuestra merced debe de saber.

-Verdaderamente, seor don Quijote -dijo don Lorenzo-, que deseo coger a
vuestra merced en un mal latn continuado, y no puedo, porque se me desliza
de entre las manos como anguila.

-No entiendo -respondi don Quijote- lo que vuestra merced dice ni quiere
decir en eso del deslizarme.

-Yo me dar a entender -respondi don Lorenzo-; y por ahora est vuesa
merced atento a los versos glosados y a la glosa, que dicen desta manera:

   Si mi fue tornase a es,
   sin esperar ms ser,
   o viniese el tiempo ya
   de lo que ser despus...!

Glosa

   Al fin, como todo pasa,
   se pas el bien que me dio
   Fortuna, un tiempo no escasa,
   y nunca me le volvi,
   ni abundante, ni por tasa.
   Siglos ha ya que me vees,
   Fortuna, puesto a tus pies;
   vulveme a ser venturoso,
   que ser mi ser dichoso
   si mi fue tornase a es.
   No quiero otro gusto o gloria,
   otra palma o vencimiento,
   otro triunfo, otra vitoria,
   sino volver al contento
   que es pesar en mi memoria.
   Si t me vuelves all,
   Fortuna, templado est
   todo el rigor de mi fuego,
   y ms si este bien es luego,
   sin esperar ms ser.
   Cosas imposibles pido,
   pues volver el tiempo a ser
   despus que una vez ha sido,
   no hay en la tierra poder
   que a tanto se haya estendido.
   Corre el tiempo, vuela y va
   ligero, y no volver,
   y errara el que pidiese,
   o que el tiempo ya se fuese,
   o volviese el tiempo ya.
   Vivo en perpleja vida,
   ya esperando, ya temiendo:
   es muerte muy conocida,
   y es mucho mejor muriendo
   buscar al dolor salida.
   A m me fuera inters
   acabar, mas no lo es,
   pues, con discurso mejor,
   me da la vida el temor
   de lo que ser despus.

En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levant en pie don Quijote,
y, en voz levantada, que pareca grito, asiendo con su mano la derecha de
don Lorenzo, dijo:

-Viven los cielos donde ms altos estn, mancebo generoso, que sois el
mejor poeta del orbe, y que merecis estar laureado, no por Chipre ni por
Gaeta, como dijo un poeta, que Dios perdone, sino por las academias de
Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de Pars, Bolonia y
Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero,
Febo los asaetee y las Musas jams atraviesen los umbrales de sus casas.
Decidme, seor, si sois servido, algunos versos mayores, que quiero tomar
de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio.

No es bueno que dicen que se holg don Lorenzo de verse alabar de don
Quijote, aunque le tena por loco? Oh fuerza de la adulacin, a cunto te
estiendes, y cun dilatados lmites son los de tu juridicin agradable!
Esta verdad acredit don Lorenzo, pues concedi con la demanda y deseo de
don Quijote, dicindole este soneto a la fbula o historia de Pramo y
Tisbe:

Soneto

   El muro rompe la doncella hermosa
   que de Pramo abri el gallardo pecho:
   parte el Amor de Chipre, y va derecho
   a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
   Habla el silencio all, porque no osa
   la voz entrar por tan estrecho estrecho;
   las almas s, que amor suele de hecho
   facilitar la ms difcil cosa.
   Sali el deseo de comps, y el paso
   de la imprudente virgen solicita
   por su gusto su muerte; ved qu historia:
   que a entrambos en un punto, oh estrao caso!,
   los mata, los encubre y resucita
   una espada, un sepulcro, una memoria.

-Bendito sea Dios! -dijo don Quijote habiendo odo el soneto a don
Lorenzo-, que entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un
consumado poeta, como lo es vuesa merced, seor mo; que as me lo da a
entender el artificio deste soneto.

Cuatro das estuvo don Quijote regaladsimo en la casa de don Diego, al
cabo de los cuales le pidi licencia para irse, dicindole que le agradeca
la merced y buen tratamiento que en su casa haba recebido; pero que, por
no parecer bien que los caballeros andantes se den muchas horas a ocio y al
regalo, se quera ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras, de
quien tena noticia que aquella tierra abundaba, donde esperaba entretener
el tiempo hasta que llegase el da de las justas de Zaragoza, que era el de
su derecha derrota; y que primero haba de entrar en la cueva de
Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se
contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos
manantiales de las siete lagunas llamadas comnmente de Ruidera.

Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa determinacin, y le dijeron que
tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en grado le viniese, que le
serviran con la voluntad posible; que a ello les obligaba el valor de su
persona y la honrosa profesin suya.

Llegse, en fin, el da de su partida, tan alegre para don Quijote como
triste y aciago para Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la
abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver a la hambre que se
usa en las florestas, despoblados, y a la estrecheza de sus mal provedas
alforjas. Con todo esto, las llen y colm de lo ms necesario que le
pareci; y al despedirse dijo don Quijote a don Lorenzo:

-No s si he dicho a vuesa merced otra vez, y si lo he dicho lo vuelvo a
decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos para
llegar a la inacesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que hacer
otra cosa sino dejar a una parte la senda de la poesa, algo estrecha, y
tomar la estrechsima de la andante caballera, bastante para hacerle
emperador en daca las pajas.

Con estas razones acab don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y
ms con las que aadi, diciendo:

-Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al seor don Lorenzo, para ensearle
cmo se han de perdonar los sujetos, y supeditar y acocear los soberbios,
virtudes anejas a la profesin que yo profeso; pero, pues no lo pide su
poca edad, ni lo querrn consentir sus loables ejercicios, slo me contento
con advertirle a vuesa merced que, siendo poeta, podr ser famoso si se
gua ms por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni
madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del
entendimiento corre ms este engao.

De nuevo se admiraron padre y hijo de las entremetidas razones de don
Quijote, ya discretas y ya disparatadas, y del tema y tesn que llevaba de
acudir de todo en todo a la busca de sus desventuradas aventuras, que las
tena por fin y blanco de sus deseos. Reiterronse los ofrecimientos y
comedimientos, y, con la buena licencia de la seora del castillo, don
Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio, se partieron.





Captulo XIX. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros
en verdad graciosos sucesos


Poco trecho se haba alongado don Quijote del lugar de don Diego, cuando
encontr con dos como clrigos o como estudiantes y con dos labradores que
sobre cuatro bestias asnales venan caballeros. El uno de los estudiantes
traa, como en portamanteo, en un lienzo de bocac verde envuelto, al
parecer, un poco de grana blanca y dos pares de medias de cordellate; el
otro no traa otra cosa que dos espadas negras de esgrima, nuevas, y con
sus zapatillas. Los labradores traan otras cosas, que daban indicio y
seal que venan de alguna villa grande, donde las haban comprado, y las
llevaban a su aldea; y as estudiantes como labradores cayeron en la misma
admiracin en que caan todos aquellos que la vez primera vean a don
Quijote, y moran por saber qu hombre fuese aqul tan fuera del uso de los
otros hombres.

Saludles don Quijote, y, despus de saber el camino que llevaban, que era
el mesmo que l haca, les ofreci su compaa, y les pidi detuviesen el
paso, porque caminaban ms sus pollinas que su caballo; y, para obligarlos,
en breves razones les dijo quin era, y su oficio y profesin, que era de
caballero andante que iba a buscar las aventuras por todas las partes del
mundo. Djoles que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, y
por el apelativo, el Caballero de los Leones. Todo esto para los labradores
era hablarles en griego o en jerigonza, pero no para los estudiantes, que
luego entendieron la flaqueza del celebro de don Quijote; pero, con todo
eso, le miraban con admiracin y con respecto, y uno dellos le dijo:

-Si vuestra merced, seor caballero, no lleva camino determinado, como no
le suelen llevar los que buscan las aventuras, vuesa merced se venga con
nosotros: ver una de las mejores bodas y ms ricas que hasta el da de hoy
se habrn celebrado en la Mancha, ni en otras muchas leguas a la redonda.

Preguntle don Quijote si eran de algn prncipe, que as las ponderaba.

-No son -respondi el estudiante- sino de un labrador y una labradora: l,
el ms rico de toda esta tierra; y ella, la ms hermosa que han visto los
hombres. El aparato con que se han de hacer es estraordinario y nuevo,
porque se han de celebrar en un prado que est junto al pueblo de la novia,
a quien por excelencia llaman Quiteria la hermosa, y el desposado se llama
Camacho el rico; ella de edad de diez y ocho aos, y l de veinte y dos;
ambos para en uno, aunque algunos curiosos que tienen de memoria los
linajes de todo el mundo quieren decir que el de la hermosa Quiteria se
aventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto, que las riquezas son
poderosas de soldar muchas quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal y
hsele antojado de enramar y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerte
que el sol se ha de ver en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbas
verdes de que est cubierto el suelo. Tiene asimesmo maheridas danzas, as
de espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repique
y sacuda por estremo; de zapateadores no digo nada, que es un juicio los
que tiene muidos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras muchas que
he dejado de referir ha de hacer ms memorables estas bodas, sino las que
imagino que har en ellas el despechado Basilio. Es este Basilio un zagal
vecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual tena su casa pared y medio de
la de los padres de Quiteria, de donde tom ocasin el amor de renovar al
mundo los ya olvidados amores de Pramo y Tisbe, porque Basilio se enamor
de Quiteria desde sus tiernos y primeros aos, y ella fue correspondiendo a
su deseo con mil honestos favores, tanto, que se contaban por
entretenimiento en el pueblo los amores de los dos nios Basilio y
Quiteria. Fue creciendo la edad, y acord el padre de Quiteria de estorbar
a Basilio la ordinaria entrada que en su casa tena; y, por quitarse de
andar receloso y lleno de sospechas, orden de casar a su hija con el rico
Camacho, no parecindole ser bien casarla con Basilio, que no tena tantos
bienes de fortuna como de naturaleza; pues si va a decir las verdades sin
invidia, l es el ms gil mancebo que conocemos: gran tirador de barra,
luchador estremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta ms
que una cabra y birla a los bolos como por encantamento; canta como una
calandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juega
una espada como el ms pintado.

-Por esa sola gracia -dijo a esta sazn don Quijote-, mereca ese mancebo
no slo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra,
si fuera hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo
quisieran.

-A mi mujer con eso! -dijo Sancho Panza, que hasta entonces haba ido
callando y escuchando-, la cual no quiere sino que cada uno case con su
igual, atenindose al refrn que dicen "cada oveja con su pareja". Lo que
yo quisiera es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, se
casara con esa seora Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba a
decir al revs, los que estorban que se casen los que bien se quieren.

-Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar -dijo don Quijote-,
quitarase la elecin y juridicin a los padres de casar sus hijos con
quien y cuando deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger los
maridos, tal habra que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio
pasar por la calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese un
desbaratado espadachn; que el amor y la aficin con facilidad ciegan los
ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el del
matrimonio est muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento y
particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo,
y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compaa segura y
apacible con quien acompaarse; pues, por qu no har lo mesmo el que ha
de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y ms si la
compaa le ha de acompaar en la cama, en la mesa y en todas partes, como
es la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es mercadura que
una vez comprada se vuelve, o se trueca o cambia, porque es accidente
inseparable, que dura lo que dura la vida: es un lazo que si una vez le
echis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que si no le corta la
guadaa de la muerte, no hay desatarle. Muchas ms cosas pudiera decir en
esta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le queda
ms que decir al seor licenciado acerca de la historia de Basilio.

A lo que respondi el estudiante bachiller, o licenciado, como le llam don
Quijote, que:

-De todo no me queda ms que decir sino que desde el punto que Basilio supo
que la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca ms le han
visto rer ni hablar razn concertada, y siempre anda pensativo y triste,
hablando entre s mismo, con que da ciertas y claras seales de que se le
ha vuelto el juicio: come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, y
en lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, como
animal bruto; mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava los
ojos en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatua
vestida que el aire le mueve la ropa. En fin, l da tales muestras de tener
apasionado el corazn, que tememos todos los que le conocemos que el dar el
s maana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.

-Dios lo har mejor -dijo Sancho-; que Dios, que da la llaga, da la
medicina; nadie sabe lo que est por venir: de aqu a maana muchas horas
hay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover y
hacer sol, todo a un mesmo punto; tal se acuesta sano la noche, que no se
puede mover otro da. Y dganme, por ventura habr quien se alabe que
tiene echado un clavo a la rodaja de la Fortuna? No, por cierto; y entre el
s y el no de la mujer no me atrevera yo a poner una punta de alfiler,
porque no cabra. Denme a m que Quiteria quiera de buen corazn y de buena
voluntad a Basilio, que yo le dar a l un saco de buena ventura: que el
amor, segn yo he odo decir, mira con unos antojos que hacen parecer oro
al cobre, a la pobreza riqueza, y a las lagaas perlas.

-Adnde vas a parar, Sancho, que seas maldito? -dijo don Quijote-; que
cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino el
mesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, qu sabes t de clavos, ni de
rodajas, ni de otra cosa ninguna?

-Oh! Pues si no me entienden -respondi Sancho-, no es maravilla que mis
sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, y
s que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho; sino que vuesa
merced, seor mo, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.

-Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador del
buen lenguaje, que Dios te confunda.

-No se apunte vuestra merced conmigo -respondi Sancho-, pues sabe que no
me he criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si aado
o quito alguna letra a mis vocablos. S, que, vlgame Dios!, no hay para
qu obligar al sayagus a que hable como el toledano, y toledanos puede
haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido.

-As es -dijo el licenciado-, porque no pueden hablar tan bien los que se
cran en las Teneras y en Zocodover como los que se pasean casi todo el
da por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje
puro, el propio, el elegante y claro, est en los discretos cortesanos,
aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que no
lo son, y la discrecin es la gramtica del buen lenguaje, que se acompaa
con el uso. Yo, seores, por mis pecados, he estudiado Cnones en
Salamanca, y pcome algn tanto de decir mi razn con palabras claras,
llanas y significantes.

-Si no os picredes ms de saber ms menear las negras que llevis que la
lengua -dijo el otro estudiante-, vos llevrades el primero en licencias,
como llevastes cola.

-Mirad, bachiller -respondi el licenciado-: vos estis en la ms errada
opinin del mundo acerca de la destreza de la espada, tenindola por vana.

-Para m no es opinin, sino verdad asentada -replic Corchuelo-; y si
queris que os lo muestre con la experiencia, espadas trais, comodidad
hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompaadas de mi nimo, que no es
poco, os harn confesar que yo no me engao. Apeaos, y usad de vuestro
comps de pies, de vuestros crculos y vuestros ngulos y ciencia; que yo
espero de haceros ver estrellas a medioda con mi destreza moderna y zafia,
en quien espero, despus de Dios, que est por nacer hombre que me haga
volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo no le haga
perder tierra.

-En eso de volver, o no, las espaldas no me meto -replico el diestro-;
aunque podra ser que en la parte donde la vez primera clavsedes el pie,
all os abriesen la sepultura: quiero decir que all quedsedes muerto por
la despreciada destreza.

-Ahora se ver -respondi Corchuelo.

Y, apendose con gran presteza de su jumento, tir con furia de una de las
espadas que llevaba el licenciado en el suyo.

-No ha de ser as -dijo a este instante don Quijote-, que yo quiero ser el
maestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada cuestin.

Y, apendose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del
camino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo y
comps de pies, se iba contra Corchuelo, que contra l se vino, lanzando,
como decirse suele, fuego por los ojos. Los otros dos labradores del
acompaamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de aspetatores en la
mortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandobles
que tiraba Corchuelo eran sin nmero, ms espesas que hgado y ms menudas
que granizo. Arremeta como un len irritado, pero salale al encuentro un
tapaboca de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de su
furia le detena, y se la haca besar como si fuera reliquia, aunque no con
tanta devocin como las reliquias deben y suelen besarse.

Finalmente, el licenciado le cont a estocadas todos los botones de una
media sotanilla que traa vestida, hacindole tiras los faldamentos, como
colas de pulpo; derrible el sombrero dos veces, y cansle de manera que de
despecho, clera y rabia asi la espada por la empuadura, y arrojla por
el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que era
escribano, que fue por ella, dio despus por testimonio que la along de s
casi tres cuartos de legua; el cual testimonio sirve y ha servido para que
se conozca y vea con toda verdad cmo la fuerza es vencida del arte.

Sentse cansado Corchuelo, y llegndose a l Sancho, le dijo:

-Ma fe, seor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aqu adelante
no ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra,
pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a quien llaman diestros he
odo decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.

-Yo me contento -respondi Corchuelo- de haber cado de mi burra, y de que
me haya mostrado la experiencia la verdad, de quien tan lejos estaba.

Y, levantndose, abraz al licenciado, y quedaron ms amigos que de antes,
y no queriendo esperar al escribano, que haba ido por la espada, por
parecerle que tardara mucho; y as, determinaron seguir, por llegar
temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.

En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado las
excelencias de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantas
figuras y demostraciones matemticas, que todos quedaron enterados de la
bondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.

Era anochecido, pero antes que llegasen les pareci a todos que estaba
delante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes
estrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversos
instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y
sonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los rboles de una enramada,
que a mano haban puesto a la entrada del pueblo, estaban todos llenos de
luminarias, a quien no ofenda el viento, que entonces no soplaba sino tan
manso que no tena fuerza para mover las hojas de los rboles. Los msicos
eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel
agradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y otros tocando
la diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no pareca sino que
por todo aquel prado andaba corriendo la alegra y saltando el contento.

Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidad
pudiesen ver otro da las representaciones y danzas que se haban de hacer
en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y las
exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo
pidieron as el labrador como el bachiller; pero l dio por disculpa,
bastantsima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormir
por los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajo
de dorados techos; y con esto, se desvi un poco del camino, bien contra la
voluntad de Sancho, vinindosele a la memoria el buen alojamiento que haba
tenido en el castillo o casa de don Diego.





Captulo XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso
de Basilio el pobre


Apenas la blanca aurora haba dado lugar a que el luciente Febo, con el
ardor de sus calientes rayos, las lquidas perlas de sus cabellos de oro
enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso
en pie y llam a su escudero Sancho, que an todava roncaba; lo cual visto
por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:

-Oh t, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues
sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espritu, ni te
persiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otra
vez, y lo dir otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de
tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo
que has de hacer para comer otro da t y tu pequea y angustiada familia.
Ni la ambicin te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los
lmites de tus deseos no se estienden a ms que a pensar tu jumento; que el
de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga que
puso la naturaleza y la costumbre a los seores. Duerme el criado, y est
velando el seor, pensando cmo le ha de sustentar, mejorar y hacer
mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la
tierra con el conveniente roco no aflige al criado, sino al seor, que ha
de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvi en la fertilidad y
abundancia.

A todo esto no respondi Sancho, porque dorma, ni despertara tan presto si
don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en s. Despert,
en fin, sooliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:

-De la parte desta enramada, si no me engao, sale un tufo y olor harto ms
de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores
comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.

-Acaba, glotn -dijo don Quijote-; ven, iremos a ver estos desposorios, por
ver lo que hace el desdeado Basilio.

-Mas que haga lo que quisiere -respondi Sancho-: no fuera l pobre y
casrase con Quiteria. No hay ms sino tener un cuarto y querer alzarse
por las nubes? A la fe, seor, yo soy de parecer que el pobre debe de
contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostar
un brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es as,
como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las
joyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger el
tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de
barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la
taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el
conde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen
dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede
levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el
dinero.

-Por quien Dios es, Sancho -dijo a esta sazn don Quijote-, que concluyas
con tu arenga; que tengo para m que si te dejasen seguir en las que a cada
paso comienzas, no te quedara tiempo para comer ni para dormir, que todo
le gastaras en hablar.

-Si vuestra merced tuviera buena memoria -replic Sancho-, debirase
acordar de los captulos de nuestro concierto antes que esta ltima vez
salisemos de casa: uno dellos fue que me haba de dejar hablar todo
aquello que quisiese, con que no fuese contra el prjimo ni contra la
autoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenido
contra el tal captulo.

-Yo no me acuerdo, Sancho -respondi don Quijote-, del tal captulo; y,
puesto que sea as, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que
anoche omos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se
celebrarn en el frescor de la maana, y no en el calor de la tarde.

Hizo Sancho lo que su seor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante y
la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando
por la enramada.

Lo primero que se le ofreci a la vista de Sancho fue, espetado en un
asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se haba
de asar arda un mediano monte de lea, y seis ollas que alrededor de la
hoguera estaban no se haban hecho en la comn turquesa de las dems ollas,
porque eran seis medias tinajas, que cada una caba un rastro de carne: as
embeban y encerraban en s carneros enteros, sin echarse de ver, como si
fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que
estaban colgadas por los rboles para sepultarlas en las ollas no tenan
nmero; los pjaros y caza de diversos gneros eran infinitos, colgados de
los rboles para que el aire los enfriase.

Cont Sancho ms de sesenta zaques de ms de a dos arrobas cada uno, y
todos llenos, segn despus pareci, de generosos vinos; as haba rimeros
de pan blanqusimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras;
los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos
calderas de aceite, mayores que las de un tinte, servan de frer cosas de
masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullan en
otra caldera de preparada miel que all junto estaba.

Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos
diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban
doce tiernos y pequeos lechones, que, cosidos por encima, servan de darle
sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no pareca haberlas
comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una
grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rstico, pero tan
abundante que poda sustentar a un ejrcito.

Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se
aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quin
l tomara de bonsima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la
voluntad los zaques; y, ltimamente, las frutas de sartn, si es que se
podan llamar sartenes las tan orondas calderas; y as, sin poderlo sufrir
ni ser en su mano hacer otra cosa, se lleg a uno de los solcitos
cocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rog le dejase mojar
un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero
respondi:

-Hermano, este da no es de aquellos sobre quien tiene juridicin la
hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ah un cucharn,
y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.

-No veo ninguno -respondi Sancho.

-Esperad -dijo el cocinero-. Pecador de m, y qu melindroso y para poco
debis de ser!

Y, diciendo esto, asi de un caldero, y, encajndole en una de las medias
tinajas, sac en l tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:

-Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora
del yantar.

-No tengo en qu echarla -respondi Sancho.

-Pues llevaos -dijo el cocinero- la cuchara y todo, que la riqueza y el
contento de Camacho todo lo suple.

En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cmo,
por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce
hermossimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos
cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; los
cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por el
prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:

-Vivan Camacho y Quiteria: l tan rico como ella hermosa, y ella la ms
hermosa del mundo!

Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre s:

-Bien parece que stos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si la
hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su
Quiteria.

De all a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada
muchas y diferentes danzas, entre las cuales vena una de espadas, de hasta
veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y bro, todos vestidos de
delgado y blanqusimo lienzo, con sus paos de tocar, labrados de varias
colores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,
pregunt uno de los de las yeguas si se haba herido alguno de los
danzantes.

-Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.

Y luego comenz a enredarse con los dems compaeros, con tantas vueltas y
con tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes
danzas, ninguna le haba parecido tan bien como aqulla.

Tambin le pareci bien otra que entr de doncellas hermossimas, tan mozas
que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho aos,
vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y parte
sueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podan tener
competencia, sobre los cuales traan guirnaldas de jazmines, rosas,
amaranto y madreselva compuestas. Guibalas un venerable viejo y una
anciana matrona, pero ms ligeros y sueltos que sus aos prometan.
Hacales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en
los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las
mejores bailadoras del mundo.

Tras sta entr otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era
de ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era gua el
dios Cupido, y de la otra, el Inters; aqul, adornado de alas, arco,
aljaba y saetas; ste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.
Las ninfas que al Amor seguan traan a las espaldas, en pargamino blanco y
letras grandes, escritos sus nombres: poesa era el ttulo de la primera,
el de la segunda discrecin, el de la tercera buen linaje, el de la cuarta
valenta; del modo mesmo venan sealadas las que al Inters seguan: deca
liberalidad el ttulo de la primera, ddiva el de la segunda, tesoro el de
la tercera y el de la cuarta posesin pacfica. Delante de todos vena un
castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de
yedra y de camo teido de verde, tan al natural, que por poco espantaran
a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de sus
cuadros traa escrito: castillo del buen recato. Hacanles el son cuatro
diestros taedores de tamboril y flauta.

Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos
y flechaba el arco contra una doncella que se pona entre las almenas del
castillo, a la cual desta suerte dijo:

   -Yo soy el dios poderoso
   en el aire y en la tierra
   y en el ancho mar undoso,
   y en cuanto el abismo encierra
   en su bratro espantoso.
   Nunca conoc qu es miedo;
   todo cuanto quiero puedo,
   aunque quiera lo imposible,
   y en todo lo que es posible
   mando, quito, pongo y vedo.

Acab la copla, dispar una flecha por lo alto del castillo y retirse a
su puesto. Sali luego el Inters, y hizo otras dos mudanzas; callaron los
tamborinos, y l dijo:

   -Soy quien puede ms que Amor,
   y es Amor el que me gua;
   soy de la estirpe mejor
   que el cielo en la tierra cra,
   ms conocida y mayor.
   Soy el Inters, en quien
   pocos suelen obrar bien,
   y obrar sin m es gran milagro;
   y cual soy te me consagro,
   por siempre jams, amn.

Retirse el Inters, y hzose adelante la Poesa; la cual, despus de haber
hecho sus mudanzas como los dems, puestos los ojos en la doncella del
castillo, dijo:

   -En dulcsimos conceptos,
   la dulcsima Poesa,
   altos, graves y discretos,
   seora, el alma te enva
   envuelta entre mil sonetos.
   Si acaso no te importuna
   mi porfa, tu fortuna,
   de otras muchas invidiada,
   ser por m levantada
   sobre el cerco de la luna.

Desvise la Poesa, y de la parte del Inters sali la Liberalidad, y,
despus de hechas sus mudanzas, dijo:

   -Llaman Liberalidad
   al dar que el estremo huye
   de la prodigalidad,
   y del contrario, que arguye
   tibia y floja voluntad.
   Mas yo, por te engrandecer,
   de hoy ms, prdiga he de ser;
   que, aunque es vicio, es vicio honrado
   y de pecho enamorado,
   que en el dar se echa de ver.

Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos
escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos
elegantes y algunos ridculos, y slo tom de memoria don Quijote -que la
tena grande- los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y
deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el
Amor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero el
Inters quebraba en l alcancas doradas.

Finalmente, despus de haber bailado un buen espacio, el Inters sac un
bolsn, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que pareca estar
lleno de dineros, y, arrojndole al castillo, con el golpe se desencajaron
las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa
alguna. Lleg el Inters con las figuras de su vala, y, echndola una gran
cadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo
cual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademn de quitrsela; y
todas las demostraciones que hacan eran al son de los tamborinos, bailando
y danzando concertadamente. Pusironlos en paz los salvajes, los cuales con
mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y la
doncella se encerr en l como de nuevo, y con esto se acab la danza con
gran contento de los que la miraban.

Pregunt don Quijote a una de las ninfas que quin la haba compuesto y
ordenado. Respondile que un beneficiado de aquel pueblo, que tena gentil
caletre para semejantes invenciones.

-Yo apostar -dijo don Quijote- que debe de ser ms amigo de Camacho que de
Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener ms de satrico
que de vsperas: bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y
las riquezas de Camacho!

Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:

-El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.

-En fin -dijo don Quijote-, bien se parece, Sancho, que eres villano y de
aqullos que dicen: "Viva quien vence!"

-No s de los que soy -respondi Sancho-, pero bien s que nunca de ollas
de Basilio sacar yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las
de Camacho.

Y ensele el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una,
comenz a comer con mucho donaire y gana, y dijo:

-A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes,
y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como deca
una agela ma, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atena; y el da de hoy, mi seor don Quijote, antes se toma el pulso al
haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo
enalbardado. As que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas
son abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de
Basilio sern, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.

-Has acabado tu arenga, Sancho? -dijo don Quijote.

-Habrla acabado -respondi Sancho-, porque veo que vuestra merced recibe
pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra haba
cortada para tres das.

-Plega a Dios, Sancho -replic don Quijote-, que yo te vea mudo antes que
me muera.

-Al paso que llevamos -respondi Sancho-, antes que vuestra merced se muera
estar yo mascando barro, y entonces podr ser que est tan mudo que no
hable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el da del
Juicio.

-Aunque eso as suceda, oh Sancho! -respondi don Quijote-, nunca llegar
tu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablar
en tu vida; y ms, que est muy puesto en razn natural que primero llegue
el da de mi muerte que el de la tuya; y as, jams pienso verte mudo, ni
aun cuando ests bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.

-A buena fe, seor -respondi Sancho-, que no hay que fiar en la
descarnada, digo, en la muerte, la cual tambin come cordero como carnero;
y a nuestro cura he odo decir que con igual pie pisaba las altas torres de
los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta seora ms de
poder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y
de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es
segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta as la
seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y traga
cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta;
y, aunque no tiene barriga, da a entender que est hidrpica y sedienta de
beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua
fra.

-No ms, Sancho -dijo a este punto don Quijote-. Tente en buenas, y no te
dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus
rsticos trminos es lo que pudiera decir un buen predicador. Dgote,
Sancho que si como tienes buen natural y discrecin, pudieras tomar un
plpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...

-Bien predica quien bien vive -respondi Sancho-, y yo no s otras
tologas.

-Ni las has menester -dijo don Quijote-; pero yo no acabo de entender ni
alcanzar cmo, siendo el principio de la sabidura el temor de Dios, t,
que temes ms a un lagarto que a l, sabes tanto.

-Juzgue vuesa merced, seor, de sus caballeras -respondi Sancho-, y no se
meta en juzgar de los temores o valentas ajenas, que tan gentil temeroso
soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y djeme vuestra merced despabilar
esta espuma, que lo dems todas son palabras ociosas, de que nos han de
pedir cuenta en la otra vida.

Y, diciendo esto, comenz de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan
buenos alientos que despert los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si
no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.





Captulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos
sucesos


Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el captulo
antecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y dbanlas y causbanle
los de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a los
novios, que, rodeados de mil gneros de instrumentos y de invenciones,
venan acompaados del cura, y de la parentela de entrambos, y de toda la
gente ms lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Y
como Sancho vio a la novia, dijo:

-A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega.
Pardiez, que segn diviso, que las patenas que haba de traer son ricos
corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! Y
montas que la guarnicin es de tiras de lienzo, blanca!, voto a m que es
de raso!; pues, tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: no
medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelras
blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. Oh
hideputa, y qu cabellos; que, si no son postizos, no los he visto mas
luengos ni ms rubios en toda mi vida! No, sino ponedla tacha en el bro y
en el talle, y no la comparis a una palma que se mueve cargada de racimos
de dtiles, que lo mesmo parecen los dijes que trae pendientes de los
cabellos y de la garganta! Juro en mi nima que ella es una chapada moza, y
que puede pasar por los bancos de Flandes.

Rise don Quijote de las rsticas alabanzas de Sancho Panza; parecile que,
fuera de su seora Dulcinea del Toboso, no haba visto mujer ms hermosa
jams. Vena la hermosa Quiteria algo descolorida, y deba de ser de la
mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el da venidero
de sus bodas. banse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba,
adornado de alfombras y ramos, adonde se haban de hacer los desposorios, y
de donde haban de mirar las danzas y las invenciones; y, a la sazn que
llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que deca:

-Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.

A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las daba
un hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmes a
llamas. Vena coronado -como se vio luego- con una corona de funesto
ciprs; en las manos traa un bastn grande. En llegando ms cerca, fue
conocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,
esperando en qu haban de parar sus voces y sus palabras, temiendo algn
mal suceso de su venida en sazn semejante.

Lleg, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados,
hincando el bastn en el suelo, que tena el cuento de una punta de acero,
mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca,
estas razones dijo:

-Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que
profesamos, que viviendo yo, t no puedes tomar esposo; y juntamente no
ignoras que, por esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen los
bienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tu
honra convena; pero t, echando a las espaldas todas las obligaciones que
debes a mi buen deseo, quieres hacer seor de lo que es mo a otro, cuyas
riquezas le sirven no slo de buena fortuna, sino de bonsima ventura. Y
para que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como se
la quieren dar los cielos, yo, por mis manos, deshar el imposible o el
inconveniente que puede estorbrsela, quitndome a m de por medio. Viva,
viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y
muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cort las alas de su dicha y le
puso en la sepultura!

Y, diciendo esto, asi del bastn que tena hincado en el suelo, y,
quedndose la mitad dl en la tierra, mostr que serva de vaina a un
mediano estoque que en l se ocultaba; y, puesta la que se poda llamar
empuadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado propsito se
arroj sobre l, y en un punto mostr la punta sangrienta a las espaldas,
con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste baado en su sangre y
tendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado.

Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria y
lastimosa desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudi a
favorecerle y le tom en sus brazos, y hall que an no haba espirado.
Quisironle sacar el estoque, pero el cura, que estaba presente, fue de
parecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sacrsele y el
espirar sera todo a un tiempo. Pero, volviendo un poco en s Basilio, con
voz doliente y desmayada dijo:

-Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este ltimo y forzoso trance la
mano de esposa, an pensara que mi temeridad tendra desculpa, pues en
ella alcanc el bien de ser tuyo.

El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antes
que a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdn de
sus pecados y de su desesperada determinacin. A lo cual replic Basilio
que en ninguna manera se confesara si primero Quiteria no le daba la mano
de ser su esposa: que aquel contento le adobara la voluntad y le dara
aliento para confesarse.

En oyendo don Quijote la peticin del herido, en altas voces dijo que
Basilio peda una cosa muy justa y puesta en razn, y adems, muy hacedera,
y que el seor Camacho quedara tan honrado recibiendo a la seora Quiteria
viuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:

-Aqu no ha de haber ms de un s, que no tenga otro efecto que el
pronunciarle, pues el tlamo de estas bodas ha de ser la sepultura.

Todo lo oa Camacho, y todo le tena suspenso y confuso, sin saber qu
hacer ni qu decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas,
pidindole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porque
su alma no se perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron,
y aun forzaron, a decir que si Quiteria quera drsela, que l se
contentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de sus
deseos.

Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con lgrimas,
y otros con eficaces razones, la persuadan que diese la mano al pobre
Basilio; y ella, ms dura que un mrmol y ms sesga que una estatua,
mostraba que ni saba ni poda, ni quera responder palabra; ni la
respondiera si el cura no la dijera que se determinase presto en lo que
haba de hacer, porque tena Basilio ya el alma en los dientes, y no daba
lugar a esperar inresolutas determinaciones.

Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al
parecer triste y pesarosa, lleg donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos,
el aliento corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre de
Quiteria, dando muestras de morir como gentil, y no como cristiano. Lleg,
en fin, Quiteria, y, puesta de rodillas, le pidi la mano por seas, y no
por palabras. Desencaj los ojos Basilio, y, mirndola atentamente, le
dijo:

-Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de
servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas
para llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender
el dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra
de la muerte! Lo que te suplico es, oh fatal estrella ma!, que la mano
que me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engaarme de
nuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me
la entregas y me la das como a tu legtimo esposo; pues no es razn que en
un trance como ste me engaes, ni uses de fingimientos con quien tantas
verdades ha tratado contigo.

Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensaban
que cada desmayo se haba de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta
y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:

-Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y as, con la ms
libre que tengo te doy la mano de legtima esposa, y recibo la tuya, si es
que me la das de tu libre albedro, sin que la turbe ni contraste la
calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.

-S doy -respondi Basilio-, no turbado ni confuso, sino con el claro
entendimiento que el cielo quiso darme; y as, me doy y me entrego por tu
esposo.

-Y yo por tu esposa -respondi Quiteria-, ahora vivas largos aos, ahora te
lleven de mis brazos a la sepultura.

-Para estar tan herido este mancebo -dijo a este punto Sancho Panza-, mucho
habla; hganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a mi
parecer, ms la tiene en la lengua que en los dientes.

Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y
lloroso, los ech la bendicin y pidi al cielo diese buen poso al alma del
nuevo desposado; el cual, as como recibi la bendicin, con presta
ligereza se levant en pie, y con no vista desenvoltura se sac el estoque,
a quien serva de vaina su cuerpo.

Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, ms simples
que curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:

-Milagro, milagro!

Pero Basilio replic:

-No "milagro, milagro", sino industria, industria!

El cura, desatentado y atnito, acudi con ambas manos a tentar la herida,
y hall que la cuchilla haba pasado, no por la carne y costillas de
Basilio, sino por un can hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel
lugar bien acomodado tena; preparada la sangre, segn despus se supo, de
modo que no se helase.

Finalmente, el cura y Camacho, con todos los ms circunstantes, se tuvieron
por burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de la
burla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engaoso,
no haba de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual
coligieron todos que de consentimiento y sabidura de los dos se haba
trazado aquel caso, de lo que qued Camacho y sus valedores tan corridos
que remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas espadas,
arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casi
otras tantas. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanza
sobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se haca dar lugar de todos.
Sancho, a quien jams pluguieron ni solazaron semejantes fechuras, se
acogi a las tinajas, donde haba sacado su agradable espuma, parecindole
aquel lugar como sagrado, que haba de ser tenido en respeto. Don Quijote,
a grandes voces, deca:

-Teneos, seores, teneos, que no es razn tomis venganza de los agravios
que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma
cosa, y as como en la guerra es cosa lcita y acostumbrada usar de ardides
y estratagemas para vencer al enemigo, as en las contiendas y competencias
amorosas se tienen por buenos los embustes y maraas que se hacen para
conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la
cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y
favorable disposicin de los cielos. Camacho es rico, y podr comprar su
gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene ms desta oveja, y no
se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Dios
junta no podr separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha de
pasar por la punta desta lanza.

Y, en esto, la blandi tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor en
todos los que no le conocan, y tan intensamente se fij en la imaginacin
de Camacho el desdn de Quiteria, que se la borr de la memoria en un
instante; y as, tuvieron lugar con l las persuasiones del cura, que era
varn prudente y bien intencionado, con las cuales qued Camacho y los de
su parcialidad pacficos y sosegados; en seal de lo cual volvieron las
espadas a sus lugares, culpando ms a la facilidad de Quiteria que a la
industria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si Quiteria quera bien
a Basilio doncella, tambin le quisiera casada, y que deba de dar gracias
al cielo, ms por habrsela quitado que por habrsela dado.

Consolado, pues, y pacfico Camacho y los de su mesnada, todos los de la de
Basilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no senta la
burla, ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante como
si realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni su
esposa ni secuaces; y as, se fueron a la aldea de Basilio, que tambin los
pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, como
los ricos tienen quien los lisonjee y acompae.

Llevarnse consigo a don Quijote, estimndole por hombre de valor y de pelo
en pecho. A slo Sancho se le escureci el alma, por verse imposibilitado
de aguardar la esplndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta la
noche; y as, asenderado y triste, sigui a su seor, que con la cuadrilla
de Basilio iba, y as se dej atrs las ollas de Egipto, aunque las llevaba
en el alma, cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el caldero
llevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perda; y
as, congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio,
sigui las huellas de Rocinante.





Captulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de
Montesinos, que est en el corazn de la Mancha, a quien dio felice cima el
valeroso don Quijote de la Mancha


Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don
Quijote, obligados de las muestras que haba dado defendiendo su causa, y
al par de la valenta le graduaron la discrecin, tenindole por un Cid en
las armas y por un Cicern en la elocuencia. El buen Sancho se refocil
tres das a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue traza
comunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industria
de Basilio, esperando della el mesmo suceso que se haba visto; bien es
verdad que confes que haba dado parte de su pensamiento a algunos de sus
amigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intencin y abonasen
su engao.

-No se pueden ni deben llamar engaos -dijo don Quijote- los que ponen la
mira en virtuosos fines.

Y que el de casarse los enamorados era el fin de ms excelencia,
advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la
continua necesidad, porque el amor es todo alegra, regocijo y contento, y
ms cuando el amante est en posesin de la cosa amada, contra quien son
enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo esto
deca con intencin de que se dejase el seor Basilio de ejercitar las
habilidades que sabe, que, aunque le daban fama, no le daban dineros, y que
atendiese a granjear hacienda por medios lcitos e industriosos, que nunca
faltan a los prudentes y aplicados.

-El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en
tener mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se la
matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser
coronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por
s sola, atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a
seuelo gustoso se le abaten las guilas reales y los pjaros altaneros;
pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y la estrecheza,
tambin la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapia; y
la que est a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de su
marido. Mirad, discreto Basilio -aadi don Quijote-: opinin fue de no s
qu sabio que no haba en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba
por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la
suya, y as vivira contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venido
en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevera a dar consejo al que
me lo pidiese del modo que haba de buscar la mujer con quien se quisiese
casar. Lo primero, le aconsejara que mirase ms a la fama que a la
hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser
buena, sino con parecerlo; que mucho ms daan a las honras de las mujeres
las desenvolturas y libertades pblicas que las maldades secretas. Si traes
buena mujer a tu casa, fcil cosa sera conservarla, y aun mejorarla, en
aquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondr el enmendarla:
que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro. Yo no digo que sea
imposible, pero tngolo por dificultoso.

Oa todo esto Sancho, y dijo entre s:

-Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decir
que podra yo tomar un plpito en las manos y irme por ese mundo adelante
predicando lindezas; y yo digo dl que cuando comienza a enhilar sentencias
y a dar consejos, no slo puede tomar plpito en las manos, sino dos en
cada dedo, y andarse por esas plazas a qu quieres boca? Vlate el diablo
por caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi nima que
slo poda saber aquello que tocaba a sus caballeras, pero no hay cosa
donde no pique y deje de meter su cucharada.

Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyle su seor, y preguntle:

-Qu murmuras, Sancho?

-No digo nada, ni murmuro de nada -respondi Sancho-; slo estaba diciendo
entre m que quisiera haber odo lo que vuesa merced aqu ha dicho antes
que me casara, que quiz dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".

-Tan mala es tu Teresa, Sancho? -dijo don Quijote.

-No es muy mala -respondi Sancho-, pero no es muy buena; a lo menos, no es
tan buena como yo quisiera.

-Mal haces, Sancho -dijo don Quijote-, en decir mal de tu mujer, que, en
efecto, es madre de tus hijos.

-No nos debemos nada -respondi Sancho-, que tambin ella dice mal de m
cuando se le antoja, especialmente cuando est celosa, que entonces sfrala
el mesmo Satans.

Finalmente, tres das estuvieron con los novios, donde fueron regalados y
servidos como cuerpos de rey. Pidi don Quijote al diestro licenciado le
diese una gua que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tena
gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las
maravillas que de ella se decan por todos aquellos contornos. El
licenciado le dijo que le dara a un primo suyo, famoso estudiante y muy
aficionado a leer libros de caballeras, el cual con mucha voluntad le
pondra a la boca de la mesma cueva, y le enseara las lagunas de Ruidera,
famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda Espaa; y djole que
llevara con l gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que saba
hacer libros para imprimir y para dirigirlos a prncipes. Finalmente, el
primo vino con una pollina preada, cuya albarda cubra un gayado tapete o
arpillera. Ensill Sancho a Rocinante y aderez al rucio, provey sus
alforjas, a las cuales acompaaron las del primo, asimismo bien provedas,
y, encomendndose a Dios y despedindose de todos, se pusieron en camino,
tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.

En el camino pregunt don Quijote al primo de qu gnero y calidad eran sus
ejercicios, su profesin y estudios; a lo que l respondi que su
profesin era ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer libros
para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento
para la repblica; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pinta
setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde
podan sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los
caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando,
como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.

-Porque doy al celoso, al desdeado, al olvidado y al ausente las que les
convienen, que les vendrn ms justas que pecadoras. Otro libro tengo
tambin, a quien he de llamar Metamorfseos, o Ovidio espaol, de invencin
nueva y rara; porque en l, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quin
fue la Giralda de Sevilla y el ngel de la Madalena, quin el Cao de
Vecinguerra, de Crdoba, quines los Toros de Guisando, la Sierra Morena,
las fuentes de Leganitos y Lavapis, en Madrid, no olvidndome de la del
Piojo, de la del Cao Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegoras,
metforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y ensean a un
mismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro,
que trata de la invencin de las cosas, que es de grande erudicin y
estudio, a causa que las cosas que se dej de decir Polidoro de gran
sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvidsele a
Virgilio de declararnos quin fue el primero que tuvo catarro en el mundo,
y el primero que tom las unciones para curarse del morbo glico, y yo lo
declaro al pie de la letra, y lo autorizo con ms de veinte y cinco
autores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser til
el tal libro a todo el mundo.

Sancho, que haba estado muy atento a la narracin del primo, le dijo:

-Dgame, seor, as Dios le d buena manderecha en la impresin de sus
libros: sabrame decir, que s sabr, pues todo lo sabe, quin fue el
primero que se rasc en la cabeza, que yo para m tengo que debi de ser
nuestro padre Adn?

-S sera -respondi el primo-, porque Adn no hay duda sino que tuvo
cabeza y cabellos; y, siendo esto as, y siendo el primer hombre del mundo,
alguna vez se rascara.

-As lo creo yo -respondi Sancho-; pero dgame ahora: quin fue el primer
volteador del mundo?

-En verdad, hermano -respondi el primo-, que no me sabr determinar por
ahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiar, en volviendo adonde tengo mis
libros, y yo os satisfar cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser sta
la postrera.

-Pues mire, seor -replic Sancho-, no tome trabajo en esto, que ahora he
cado en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteador
del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino
volteando hasta los abismos.

-Tienes razn, amigo -dijo el primo.

Y dijo don Quijote:

-Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has odo decir.

-Calle, seor -replic Sancho-, que a buena fe que si me doy a preguntar y
a responder, que no acabe de aqu a maana. S, que para preguntar
necedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de
vecinos.

-Ms has dicho, Sancho, de lo que sabes -dijo don Quijote-; que hay algunos
que se cansan en saber y averiguar cosas que, despus de sabidas y
averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

En estas y otras gustosas plticas se les pas aquel da, y a la noche se
albergaron en una pequea aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que
desde all a la cueva de Montesinos no haba ms de dos leguas, y que si
llevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, para
atarse y descolgarse en su profundidad.

Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, haba de ver dnde paraba;
y as, compraron casi cien brazas de soga, y otro da, a las dos de la
tarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de
cambroneras y cabrahgos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas,
que de todo en todo la ciegan y encubren. En vindola, se apearon el primo,
Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortsimamente con
las sogas; y, en tanto que le fajaban y cean, le dijo Sancho:

-Mire vuestra merced, seor mo, lo que hace: no se quiera sepultar en
vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algn
pozo. S, que a vuestra merced no le toca ni atae ser el escudriador
desta que debe de ser peor que mazmorra.

-Ata y calla -respondi don Quijote-, que tal empresa como aqusta, Sancho
amigo, para m estaba guardada.

Y entonces dijo la gua:

-Suplico a vuesa merced, seor don Quijote, que mire bien y especule con
cien ojos lo que hay all dentro: quiz habr cosas que las ponga yo en el
libro de mis Transformaciones.

-En manos est el pandero que le sabr bien taer -respondi Sancho Panza.

Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote -que no fue sobre el arns,
sino sobre el jubn de armar-, dijo don Quijote:

-Inadvertidos hemos andado en no habernos provedo de algn esquiln
pequeo, que fuera atado junto a m en esta mesma soga, con cuyo sonido se
entendiera que todava bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, a
la mano de Dios, que me gue.

Y luego se hinc de rodillas y hizo una oracin en voz baja al cielo,
pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer,
peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:

-Oh seora de mis acciones y movimientos, clarsima y sin par Dulcinea del
Toboso! Si es posible que lleguen a tus odos las plegarias y rogaciones
deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches,
que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que
tanto le he menester. Yo voy a despearme, a empozarme y a hundirme en el
abismo que aqu se me representa, slo porque conozca el mundo que si t me
favoreces, no habr imposible a quien yo no acometa y acabe.

Y, en diciendo esto, se acerc a la sima; vio no ser posible descolgarse,
ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas,
y as, poniendo mano a la espada, comenz a derribar y a cortar de aquellas
malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo
salieron por ella una infinidad de grandsimos cuervos y grajos, tan
espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si l
fuera tan agorero como catlico cristiano, lo tuviera a mala seal y
escusara de encerrarse en lugar semejante.

Finalmente se levant, y, viendo que no salan ms cuervos ni otras aves
noturnas, como fueron murcilagos, que asimismo entre los cuervos salieron,
dndole soga el primo y Sancho, se dej calar al fondo de la caverna
espantosa; y, al entrar, echndole Sancho su bendicin y haciendo sobre l
mil cruces, dijo:

-Dios te gue y la Pea de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor,
nata y espuma de los caballeros andantes! All vas, valentn del mundo,
corazn de acero, brazos de bronce! Dios te gue, otra vez, y te vuelva
libre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte en
esta escuridad que buscas!

Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.

Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y ms soga, y ellos se la
daban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salan,
dejaron de orse, ya ellos tenan descolgadas las cien brazas de soga, y
fueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podan dar
ms cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual
espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno,
seal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y,
creyndolo as, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa por
desengaarse, pero, llegando, a su parecer, a poco ms de las ochenta
brazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a las
diez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho,
dicindole:

-Sea vuestra merced muy bien vuelto, seor mo, que ya pensbamos que se
quedaba all para casta.

Pero no responda palabra don Quijote; y, sacndole del todo, vieron que
traa cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendironle en el
suelo y deslironle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvieron
y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvi
en s, desperezndose, bien como si de algn grave y profundo sueo
despertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:

-Dios os lo perdone, amigos; que me habis quitado de la ms sabrosa y
agradable vida y vista que ningn humano ha visto ni pasado. En efecto,
ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra
y sueo, o se marchitan como la flor del campo. Oh desdichado Montesinos!
Oh mal ferido Durandarte! Oh sin ventura Belerma! Oh lloroso Guadiana, y
vosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostris en vuestras aguas las que
lloraron vuestros hermosos ojos!

Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las deca
como si con dolor inmenso las sacara de las entraas. Suplicronle les
diese a entender lo que deca, y les dijese lo que en aquel infierno haba
visto.

-Infierno le llamis? -dijo don Quijote-; pues no le llamis ans, porque
no lo merece, como luego veris.

Pidi que le diesen algo de comer, que traa grandsima hambre. Tendieron
la arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de sus
alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaa, merendaron y
cenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:

-No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.





Captulo XXIII. De las admirables cosas que el estremado don Quijote cont
que haba visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y
grandeza hace que se tenga esta aventura por apcrifa


Las cuatro de la tarde seran cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz
escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor y
pesadumbre, contase a sus dos clarsimos oyentes lo que en la cueva de
Montesinos haba visto. Y comenz en el modo siguiente:

-A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la
derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella
un gran carro con sus mulas. ntrale una pequea luz por unos resquicios o
agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra.
Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohno de
verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura regin
abajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y as, determin entrarme
en ella y descansar un poco. Di voces, pidindoos que no descolgsedes ms
soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de orme. Fui recogiendo
la soga que envibades, y, haciendo della una rosca o rimero, me sent
sobre l, pensativo adems, considerando lo que hacer deba para calar al
fondo, no teniendo quin me sustentase; y, estando en este pensamiento y
confusin, de repente y sin procurarlo, me salte un sueo profundsimo; y,
cuando menos lo pensaba, sin saber cmo ni cmo no, despert dl y me hall
en la mitad del ms bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la
naturaleza ni imaginar la ms discreta imaginacin humana. Despabil los
ojos, limpimelos, y vi que no dorma, sino que realmente estaba despierto;
con todo esto, me tent la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que all estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el
tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre m haca, me
certificaron que yo era all entonces el que soy aqu ahora. Ofreciseme
luego a la vista un real y suntuoso palacio o alczar, cuyos muros y
paredes parecan de transparente y claro cristal fabricados; del cual
abrindose dos grandes puertas, vi que por ellas sala y haca m se vena
un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el
suelo le arrastraba: ceale los hombros y los pechos una beca de colegial,
de raso verde; cubrale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba,
cansima, le pasaba de la cintura; no traa arma ninguna, sino un rosario
de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo
como huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y la
anchsima presencia, cada cosa de por s y todas juntas, me suspendieron y
admiraron. Llegse a m, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente,
y luego decirme: ''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la
Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte,
para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva
por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaa slo guardada
para ser acometida de tu invencible corazn y de tu nimo stupendo. Ven
conmigo, seor clarsimo, que te quiero mostrar las maravillas que este
transparente alczar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor
perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre''.
Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunt si fue verdad lo que
en el mundo de ac arriba se contaba: que l haba sacado de la mitad del
pecho, con una pequea daga, el corazn de su grande amigo Durandarte y
llevdole a la Seora Belerma, como l se lo mand al punto de su muerte.
Respondime que en todo decan verdad, sino en la daga, porque no fue daga,
ni pequea, sino un pual buido, ms agudo que una lezna.

-Deba de ser -dijo a este punto Sancho- el tal pual de Ramn de Hoces, el
sevillano.

-No s -prosigui don Quijote-, pero no sera dese pualero, porque Ramn
de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteci esta desgracia, ha
muchos aos; y esta averiguacin no es de importancia, ni turba ni altera
la verdad y contesto de la historia.

-As es -respondi el primo-; prosiga vuestra merced, seor don Quijote,
que le escucho con el mayor gusto del mundo.

-No con menor lo cuento yo -respondi don Quijote-; y as, digo que el
venerable Montesinos me meti en el cristalino palacio, donde en una sala
baja, fresqusima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de
mrmol, con gran maestra fabricado, sobre el cual vi a un caballero
tendido de largo a largo, no de bronce, ni de mrmol, ni de jaspe hecho,
como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros
huesos. Tena la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa,
seal de tener muchas fuerzas su dueo) puesta sobre el lado del corazn,
y, antes que preguntase nada a Montesinos, vindome suspenso mirando al del
sepulcro, me dijo: ''ste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los
caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tinele aqu encantado,
como me tiene a m y a otros muchos y muchas, Merln, aquel francs
encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que no
fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto ms que el diablo.
El cmo o para qu nos encant nadie lo sabe, y ello dir andando los
tiempos, que no estn muy lejos, segn imagino. Lo que a m me admira es
que s, tan cierto como ahora es de da, que Durandarte acab los de su
vida en mis brazos, y que despus de muerto le saqu el corazn con mis
propias manos; y en verdad que deba de pesar dos libras, porque, segn los
naturales, el que tiene mayor corazn es dotado de mayor valenta del que
le tiene pequeo. Pues siendo esto as, y que realmente muri este
caballero, cmo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si
estuviese vivo?'' Esto dicho, el msero Durandarte, dando una gran voz,
dijo:

   ''Oh, mi primo Montesinos!
   Lo postrero que os rogaba,
   que cuando yo fuere muerto,
   y mi nima arrancada,
   que llevis mi corazn
   adonde Belerma estaba,
   sacndomele del pecho,
   ya con pual, ya con daga.''

Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el
lastimado caballero, y, con lgrimas en los ojos, le dijo: ''Ya, seor
Durandarte, carsimo primo mo, ya hice lo que me mandastes en el aciago
da de nuestra prdida: yo os saqu el corazn lo mejor que pude, sin que
os dejase una mnima parte en el pecho; yo le limpi con un paizuelo de
puntas; yo part con l de carrera para Francia, habindoos primero puesto
en el seno de la tierra, con tantas lgrimas, que fueron bastantes a
lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenan, de haberos
andado en las entraas; y, por ms seas, primo de mi alma, en el primero
lugar que top, saliendo de Roncesvalles, ech un poco de sal en vuestro
corazn, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado,
a la presencia de la seora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y con
Guadiana, vuestro escudero, y con la duea Ruidera y sus siete hijas y dos
sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aqu
encantados el sabio Merln ha muchos aos; y, aunque pasan de quinientos,
no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas y
sobrinas, las cuales llorando, por compasin que debi de tener Merln
dellas, las convirti en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de
los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de
Ruidera; las siete son de los reyes de Espaa, y las dos sobrinas, de los
caballeros de una orden santsima, que llaman de San Juan. Guadiana,
vuestro escudero, plaendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un
ro llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando lleg a la superficie de la
tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sinti de ver
que os dejaba, que se sumergi en las entraas de la tierra; pero, como no
es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale
y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus
aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se
llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por
dondequiera que va muestra su tristeza y melancola, y no se precia de
criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos,
bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, oh primo
mo!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondis, imagino que no
me dais crdito, o no me os, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo
sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de
alivio a vuestro dolor, no os le aumentarn en ninguna manera. Sabed que
tenis aqu en vuestra presencia, y abrid los ojos y verislo, aquel gran
caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merln, aquel
don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en
los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante
caballera, por cuyo medio y favor podra ser que nosotros fusemos
desencantados; que las grandes hazaas para los grandes hombres estn
guardadas''. ''Y cuando as no sea -respondi el lastimado Durandarte con
voz desmayada y baja-, cuando as no sea, oh primo!, digo, paciencia y
barajar''. Y, volvindose de lado, torn a su acostumbrado silencio, sin
hablar ms palabra. Oyronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompaados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volv la cabeza, y
vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesin de dos
hileras de hermossimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes
blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras
vena una seora, que en la gravedad lo pareca, asimismo vestida de negro,
con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante
era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la
nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes,
que tal vez los descubra, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque
eran blancos como unas peladas almendras; traa en las manos un lienzo
delgado, y entre l, a lo que pude divisar, un corazn de carne momia,
segn vena seco y amojamado. Djome Montesinos como toda aquella gente de
la procesin eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que all con sus
dos seores estaban encantados, y que la ltima, que traa el corazn entre
el lienzo y en las manos, era la seora Belerma, la cual con sus doncellas
cuatro das en la semana hacan aquella procesin y cantaban, o, por mejor
decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazn de su
primo; y que si me haba parecido algo fea, o no tan hermosa como tena la
fama, era la causa las malas noches y peores das que en aquel encantamento
pasaba, como lo poda ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza.
''Y no toma ocasin su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil,
ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun aos, que no le
tiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazn por el
que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la
desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la
igualara en hermosura, donaire y bro la gran Dulcinea del Toboso, tan
celebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo''. ''Cepos
quedos! -dije yo entonces-, seor don Montesinos: cuente vuesa merced su
historia como debe, que ya sabe que toda comparacin es odiosa, y as, no
hay para qu comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso es
quien es, y la seora doa Belerma es quien es, y quien ha sido, y qudese
aqu''. A lo que l me respondi: ''Seor don Quijote, perdneme vuesa
merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenas
igualara la seora Dulcinea a la seora Belerma, pues me bastaba a m haber
entendido, por no s qu barruntos, que vuesa merced es su caballero, para
que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''.
Con esta satisfacin que me dio el gran Montesinos se quiet mi corazn del
sobresalto que receb en or que a mi seora la comparaban con Belerma.

-Y aun me maravillo yo -dijo Sancho- de cmo vuestra merced no se subi
sobre el vejote, y le moli a coces todos los huesos, y le pel las barbas,
sin dejarle pelo en ellas.

-No, Sancho amigo -respondi don Quijote-, no me estaba a m bien hacer
eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque
no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y estn encantados;
yo s bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y
respuestas que entre los dos pasamos.

A esta sazn dijo el primo:

-Yo no s, seor don Quijote, cmo vuestra merced en tan poco espacio de
tiempo como ha que est all bajo, haya visto tantas cosas y hablado y
respondido tanto.

-Cunto ha que baj? -pregunt don Quijote.

-Poco ms de una hora -respondi Sancho.

-Eso no puede ser -replic don Quijote-, porque all me anocheci y
amaneci, y torn a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi
cuenta, tres das he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la
vista nuestra.

-Verdad debe de decir mi seor -dijo Sancho-, que, como todas las cosas que
le han sucedido son por encantamento, quiz lo que a nosotros nos parece un
hora, debe de parecer all tres das con sus noches.

-As ser -respondi don Quijote.

-Y ha comido vuestra merced en todo este tiempo, seor mo? -pregunt el
primo.

-No me he desayunado de bocado -respondi don Quijote-, ni aun he tenido
hambre, ni por pensamiento.

-Y los encantados, comen? -dijo el primo.

-No comen -respondi don Quijote-, ni tienen escrementos mayores; aunque es
opinin que les crecen las uas, las barbas y los cabellos.

-Y duermen, por ventura, los encantados, seor? -pregunt Sancho.

-No, por cierto -respondi don Quijote-; a lo menos, en estos tres das que
yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.

-Aqu encaja bien el refrn -dijo Sancho- de dime con quin andas, decirte
he quin eres: ndase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes,
mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero
perdneme vuestra merced, seor mo, si le digo que de todo cuanto aqu ha
dicho, llveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.

-Cmo no? -dijo el primo-, pues haba de mentir el seor don Quijote,
que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto
milln de mentiras?

-Yo no creo que mi seor miente -respondi Sancho.

-Si no, qu crees? -le pregunt don Quijote.

-Creo -respondi Sancho- que aquel Merln, o aquellos encantadores que
encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y
comunicado all bajo, le encajaron en el magn o la memoria toda esa
mquina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.

-Todo eso pudiera ser, Sancho -replic don Quijote-, pero no es as, porque
lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqu con mis mismas
manos. Pero, qu dirs cuando te diga yo ahora cmo, entre otras infinitas
cosas y maravillas que me mostr Montesinos, las cuales despacio y a sus
tiempos te las ir contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser
todas deste lugar, me mostr tres labradoras que por aquellos amensimos
campos iban saltando y brincando como cabras; y, apenas las hube visto,
cuando conoc ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos
aquellas mismas labradoras que venan con ella, que hablamos a la salida
del Toboso? Pregunt a Montesinos si las conoca, respondime que no, pero
que l imaginaba que deban de ser algunas seoras principales encantadas,
que pocos das haba que en aquellos prados haban parecido; y que no me
maravillase desto, porque all estaban otras muchas seoras de los pasados
y presentes siglos, encantadas en diferentes y estraas figuras, entre las
cuales conoca l a la reina Ginebra y su duea Quintaona, escanciando el
vino a Lanzarote,

cuando de Bretaa vino.

Cuando Sancho Panza oy decir esto a su amo, pens perder el juicio, o
morirse de risa; que, como l saba la verdad del fingido encanto de
Dulcinea, de quien l haba sido el encantador y el levantador de tal
testimonio, acab de conocer indubitablemente que su seor estaba fuera de
juicio y loco de todo punto; y as, le dijo:

-En mala coyuntura y en peor sazn y en aciago da baj vuestra merced,
caro patrn mo, al otro mundo, y en mal punto se encontr con el seor
Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced ac
arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le haba dado, hablando
sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores
disparates que pueden imaginarse.

-Como te conozco, Sancho -respondi don Quijote-, no hago caso de tus
palabras.

-Ni yo tampoco de las de vuestra merced -replic Sancho-, siquiera me
hiera, siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le pienso
decir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero dgame vuestra merced,
ahora que estamos en paz: cmo o en qu conoci a la seora nuestra ama? Y
si la habl, qu dijo, y qu le respondi?

-Conocla -respondi don Quijote- en que trae los mesmos vestidos que traa
cuando t me le mostraste. Hablla, pero no me respondi palabra; antes, me
volvi las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzara
una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos que
no me cansase en ello, porque sera en balde, y ms porque se llegaba la
hora donde me convena volver a salir de la sima. Djome asimesmo que,
andando el tiempo, se me dara aviso cmo haban de ser desencantados l, y
Belerma y Durandarte, con todos los que all estaban; pero lo que ms pena
me dio, de las que all vi y not, fue que, estndome diciendo Montesinos
estas razones, se lleg a m por un lado, sin que yo la viese venir, una de
las dos compaeras de la sin ventura Dulcinea, y, llenos los ojos de
lgrimas, con turbada y baja voz, me dijo: ''Mi seora Dulcinea del Toboso
besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga de
hacerla saber cmo est; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo
suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea servido de
prestarle sobre este faldelln que aqu traigo, de cotona, nuevo, media
docena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabra
de volvrselos con mucha brevedad''. Suspendime y admirme el tal recado,
y, volvindome al seor Montesinos, le pregunt: ''Es posible, seor
Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?'' A lo que l
me respondi: ''Crame vuestra merced, seor don Quijote de la Mancha, que
sta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y a
todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y, pues la seora
Dulcinea del Toboso enva a pedir esos seis reales, y la prenda es buena,
segn parece, no hay sino drselos; que, sin duda, debe de estar puesta en
algn grande aprieto''. ''Prenda, no la tomar yo -le respond-, ni menos
le dar lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales''; los cuales
le di (que fueron los que t, Sancho, me diste el otro da para dar limosna
a los pobres que topase por los caminos), y le dije: ''Decid, amiga ma, a
vuesa seora que a m me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera
ser un Fcar para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo
tener salud careciendo de su agradable vista y discreta conversacin, y que
le suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarse
ver y tratar deste su cautivo servidor y asendereado caballero. Dirisle
tambin que, cuando menos se lo piense, oir decir como yo he hecho un
juramento y voto, a modo de aquel que hizo el marqus de Mantua, de vengar
a su sobrino Baldovinos, cuando le hall para espirar en mitad de la
montia, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas que
all aadi, hasta vengarle; y as le har yo de no sosegar, y de andar las
siete partidas del mundo, con ms puntualidad que las anduvo el infante don
Pedro de Portugal, hasta desencantarla''. ''Todo eso, y ms, debe vuestra
merced a mi seora'', me respondi la doncella. Y, tomando los cuatro
reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se
levant dos varas de medir en el aire.

-Oh santo Dios! -dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho-. Es
posible que tal hay en el mundo, y que tengan en l tanta fuerza los
encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi seor
en una tan disparatada locura? Oh seor, seor, por quien Dios es, que
vuestra merced mire por s y vuelva por su honra, y no d crdito a esas
vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!

-Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera -dijo don Quijote-; y,
como no ests experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que
tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andar el tiempo,
como otra vez he dicho, y yo te contar algunas de las que all abajo he
visto, que te harn creer las que aqu he contado, cuya verdad ni admite
rplica ni disputa.





Captulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como
necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia


Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribi
su primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al captulo de la
aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dl estaban escritas, de
mano del mesmo Hamete, estas mismas razones:

''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don
Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente captulo queda
escrito: la razn es que todas las aventuras hasta aqu sucedidas han sido
contingibles y verismiles, pero sta desta cueva no le hallo entrada
alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los trminos
razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el ms
verdadero hidalgo y el ms noble caballero de sus tiempos, no es posible;
que no dijera l una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero
que l la cont y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no
pudo fabricar en tan breve espacio tan gran mquina de disparates; y si
esta aventura parece apcrifa, yo no tengo la culpa; y as, sin afirmarla
por falsa o verdadera, la escribo. T, letor, pues eres prudente, juzga lo
que te pareciere, que yo no debo ni puedo ms; puesto que se tiene por
cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrat della, y dijo
que l la haba inventado, por parecerle que convena y cuadraba bien con
las aventuras que haba ledo en sus historias''.

Y luego prosigue, diciendo:

Espantse el primo, as del atrevimiento de Sancho Panza como de la
paciencia de su amo, y juzg que del contento que tena de haber visto a su
seora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le naca aquella condicin
blanda que entonces mostraba; porque, si as no fuera, palabras y razones
le dijo Sancho, que merecan molerle a palos; porque realmente le pareci
que haba andado atrevidillo con su seor, a quien le dijo:

-Yo, seor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadsima la jornada
que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.
La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.
La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,
con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirn
para el Ovidio espaol que traigo entre manos. La tercera, entender la
antigedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del
emperador Carlomagno, segn puede colegirse de las palabras que vuesa
merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio
que estuvo hablando con l Montesinos, l despert diciendo: ''Paciencia y
barajar''; y esta razn y modo de hablar no la pudo aprender encantado,
sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador
Carlomagno. Y esta averiguacin me viene pintiparada para el otro libro que
voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invencin
de las antigedades; y creo que en el suyo no se acord de poner la de los
naipes, como la pondr yo ahora, que ser de mucha importancia, y ms
alegando autor tan grave y tan verdadero como es el seor Durandarte. La
cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del ro Guadiana,
hasta ahora ignorado de las gentes.

-Vuestra merced tiene razn -dijo don Quijote-, pero querra yo saber, ya
que Dios le haga merced de que se le d licencia para imprimir esos sus
libros, que lo dudo, a quin piensa dirigirlos.

-Seores y grandes hay en Espaa a quien puedan dirigirse -dijo el primo.

-No muchos -respondi don Quijote-; y no porque no lo merezcan, sino que no
quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfacin que parece se debe al
trabajo y cortesa de sus autores. Un prncipe conozco yo que puede suplir
la falta de los dems, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,
quiz despertara la invidia en ms de cuatro generosos pechos; pero qudese
esto aqu para otro tiempo ms cmodo, y vamos a buscar adonde recogernos
esta noche.

-No lejos de aqu -respondi el primo- est una ermita, donde hace su
habitacin un ermitao, que dicen ha sido soldado, y est en opinin de ser
un buen cristiano, y muy discreto y caritativo adems. Junto con la ermita
tiene una pequea casa, que l ha labrado a su costa; pero, con todo,
aunque chica, es capaz de recibir huspedes.

-Tiene por ventura gallinas el tal ermitao? -pregunt Sancho.

-Pocos ermitaos estn sin ellas -respondi don Quijote-, porque no son los
que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestan
de hojas de palma y coman races de la tierra. Y no se entienda que por
decir bien de aqullos no lo digo de aqustos, sino que quiero decir que al
rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;
pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los
juzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipcrita que se
finge bueno que el pblico pecador.

Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban vena un hombre a
pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que vena cargado de
lanzas y de alabardas. Cuando lleg a ellos, los salud y pas de largo.
Don Quijote le dijo:

-Buen hombre, deteneos, que parece que vais con ms diligencia que ese
macho ha menester.

-No me puedo detener, seor -respondi el hombre-, porque las armas que
veis que aqu llevo han de servir maana; y as, me es forzoso el no
detenerme, y a Dios. Pero si quisiredes saber para qu las llevo, en la
venta que est ms arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es
que hacis este mesmo camino, all me hallaris, donde os contar
maravillas. Y a Dios otra vez.

Y de tal manera aguij el macho, que no tuvo lugar don Quijote de
preguntarle qu maravillas eran las que pensaba decirles; y, como l era
algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, orden
que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin
tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.

Hzose as, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de
la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a
don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oy esto Sancho
Panza, cuando encamin el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don
Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que orden que el
ermitao no estuviese en casa; que as se lo dijo una sotaermitao que en
la ermita hallaron. Pidironle de lo caro; respondi que su seor no lo
tena, pero que si queran agua barata, que se la dara de muy buena gana.

-Si yo la tuviera de agua -respondi Sancho-, pozos hay en el camino,
donde la hubiera satisfecho. Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa
de don Diego, y cuntas veces os tengo de echar menos!

Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho
toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;
y as, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto
un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, deban
de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque
traa puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la
camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso
de corte; la edad llegara a diez y ocho o diez y nueve aos; alegre de
rostro, y, al parecer, gil de su persona. Iba cantando seguidillas, para
entretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a l, acababa de cantar
una, que el primo tom de memoria, que dicen que deca:

   A la guerra me lleva
   mi necesidad;
   si tuviera dineros,
   no fuera, en verdad.

El primero que le habl fue don Quijote, dicindole:

-Muy a la ligera camina vuesa merced, seor galn. Y adnde bueno?
Sepamos, si es que gusta decirlo.

A lo que el mozo respondi:

-El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adnde voy
es a la guerra.

-Cmo la pobreza? -pregunt don Quijote-; que por el calor bien puede ser.

-Seor -replic el mancebo-, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de
terciopelo, compaeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me
podr honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qu comprar otros; y,
as por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas
compaas de infantera que no estn doce leguas de aqu, donde asentar mi
plaza, y no faltarn bagajes en que caminar de all adelante hasta el
embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y ms quiero tener por amo y
por seor al rey, y servirle en la guerra, que no a un peln en la corte.

-Y lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? -pregunt el primo.

-Si yo hubiera servido a algn grande de Espaa, o algn principal
personaje -respondi el mozo-, a buen seguro que yo la llevara, que eso
tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alfrez o
capitanes, o con algn buen entretenimiento; pero yo, desventurado, serv
siempre a catarriberas y a gente advenediza, de racin y quitacin tan
msera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consuma la mitad
della; y sera tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna
siquiera razonable ventura.

-Y dgame, por su vida, amigo -pregunt don Quijote-: es posible que en
los aos que sirvi no ha podido alcanzar alguna librea?

-Dos me han dado -respondi el paje-; pero, as como el que se sale de
alguna religin antes de profesar le quitan el hbito y le vuelven sus
vestidos, as me volvan a m los mos mis amos, que, acabados los negocios
a que venan a la corte, se volvan a sus casas y recogan las libreas que
por sola ostentacin haban dado.

-Notable espilorchera, como dice el italiano -dijo don Quijote-; pero, con
todo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena
intencin como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra ms honrada ni
de ms provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y seor
natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se
alcanzan, si no ms riquezas, a lo menos, ms honra que por las letras,
como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado ms
mayorazgos las letras que las armas, todava llevan un no s qu los de las
armas a los de las letras, con un s s qu de esplendor que se halla en
ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir llvelo
en la memoria, que le ser de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y es
que, aparte la imaginacin de los sucesos adversos que le podrn venir, que
el peor de todos es la muerte, y como sta sea buena, el mejor de todos es
el morir. Preguntronle a Julio Csar, aquel valeroso emperador romano,
cul era la mejor muerte; respondi que la impensada, la de repente y no
prevista; y, aunque respondi como gentil y ajeno del conocimiento del
verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento
humano; que, puesto caso que os maten en la primera faccin y refriega, o
ya de un tiro de artillera, o volado de una mina, qu importa? Todo es
morir, y acabse la obra; y, segn Terencio, ms bien parece el soldado
muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama
el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le est el oler a
plvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,
aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podr
coger sin honra, y tal, que no os la podr menoscabar la pobreza; cuanto
ms, que ya se va dando orden cmo se entretengan y remedien los soldados
viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen
hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no
pueden servir, y, echndolos de casa con ttulo de libres, los hacen
esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y
por ahora no os quiero decir ms, sino que subis a las ancas deste mi
caballo hasta la venta, y all cenaris conmigo, y por la maana seguiris
el camino, que os le d Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.

El paje no acept el convite de las ancas, aunque s el de cenar con l en
la venta; y, a esta sazn, dicen que dijo Sancho entre s:

-Vlate Dios por seor! Y es posible que hombre que sabe decir tales,
tantas y tan buenas cosas como aqu ha dicho, diga que ha visto los
disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,
ello dir.

Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anocheca, y no sin gusto de
Sancho, por ver que su seor la juzg por verdadera venta, y no por
castillo, como sola. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote pregunt
al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondi
que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus
jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor
lugar de la caballeriza.





Captulo XXV. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del
titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino


No se le coca el pan a don Quijote, como suele decirse, hasta or y saber
las maravillas prometidas del hombre condutor de las armas. Fuele a buscar
donde el ventero le haba dicho que estaba, y hallle, y djole que en todo
caso le dijese luego lo que le haba de decir despus, acerca de lo que le
haba preguntado en el camino. El hombre le respondi:

-Ms despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas:
djeme vuestra merced, seor bueno, acabar de dar recado a mi bestia, que
yo le dir cosas que le admiren.

-No quede por eso -respondi don Quijote-, que yo os ayudar a todo.

Y as lo hizo, ahechndole la cebada y limpiando el pesebre, humildad que
oblig al hombre a contarle con buena voluntad lo que le peda; y,
sentndose en un poyo y don Quijote junto a l, teniendo por senado y
auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al ventero, comenz a decir
desta manera:

-Sabrn vuesas mercedes que en un lugar que est cuatro leguas y media
desta venta sucedi que a un regidor dl, por industria y engao de una
muchacha criada suya, y esto es largo de contar, le falt un asno, y,
aunque el tal regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue
posible. Quince das seran pasados, segn es pblica voz y fama,- que el
asno faltaba, cuando, estando en la plaza el regidor perdidoso, otro
regidor del mismo pueblo le dijo: ''Dadme albricias, compadre, que vuestro
jumento ha parecido''. ''Yo os las mando y buenas, compadre -respondi el
otro-, pero sepamos dnde ha parecido''. ''En el monte -respondi el
hallador-, le vi esta maana, sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco
que era una compasin miralle. Qusele antecoger delante de m y trarosle,
pero est ya tan montaraz y tan hurao, que, cuando lleg a l, se fue
huyendo y se entr en lo ms escondido del monte. Si queris que volvamos
los dos a buscarle, dejadme poner esta borrica en mi casa, que luego
vuelvo''. ''Mucho placer me haris -dijo el del jumento-, e yo procurar
pagroslo en la mesma moneda''. Con estas circunstancias todas, y de la
mesma manera que yo lo voy contando, lo cuentan todos aquellos que estn
enterados en la verdad deste caso. En resolucin, los dos regidores, a pie
y mano a mano, se fueron al monte, y, llegando al lugar y sitio donde
pensaron hallar el asno, no le hallaron, ni pareci por todos aquellos
contornos, aunque ms le buscaron. Viendo, pues, que no pareca, dijo el
regidor que le haba visto al otro: ''Mirad, compadre: una traza me ha
venido al pensamiento, con la cual sin duda alguna podremos descubrir este
animal, aunque est metido en las entraas de la tierra, no que del monte;
y es que yo s rebuznar maravillosamente; y si vos sabis algn tanto, dad
el hecho por concluido''. ''Algn tanto decs, compadre? -dijo el otro-;
por Dios, que no d la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos asnos''.
''Ahora lo veremos -respondi el regidor segundo-, porque tengo determinado
que os vais vos por una parte del monte y yo por otra, de modo que le
rodeemos y andemos todo, y de trecho en trecho rebuznaris vos y rebuznar
yo, y no podr ser menos sino que el asno nos oya y nos responda, si es que
est en el monte''. A lo que respondi el dueo del jumento: ''Digo,
compadre, que la traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio''. Y,
dividindose los dos segn el acuerdo, sucedi que casi a un mesmo tiempo
rebuznaron, y cada uno engaado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse,
pensando que ya el jumento haba parecido; y, en vindose, dijo el
perdidoso: ''Es posible, compadre, que no fue mi asno el que rebuzn?''
''No fue, sino yo'', respondi el otro. ''Ahora digo -dijo el dueo-, que
de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca al
rebuznar, porque en mi vida he visto ni odo cosa ms propia''. ''Esas
alabanzas y encarecimiento -respondi el de la traza-, mejor os ataen y
tocan a vos que a m, compadre; que por el Dios que me cri que podis dar
dos rebuznos de ventaja al mayor y ms perito rebuznador del mundo; porque
el sonido que tenis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y comps;
los dejos, muchos y apresurados, y, en resolucin, yo me doy por vencido y
os rindo la palma y doy la bandera desta rara habilidad''. ''Ahora digo
-respondi el dueo-, que me tendr y estimar en ms de aqu adelante, y
pensar que s alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que, puesto que
pensara que rebuznaba bien, nunca entend que llegaba el estremo que
decs''. ''Tambin dir yo ahora -respondi el segundo- que hay raras
habilidades perdidas en el mundo, y que son mal empleadas en aquellos que
no saben aprovecharse dellas''. ''Las nuestras -respondi el dueo-, si no
es en casos semejantes como el que traemos entre manos, no nos pueden
servir en otros, y aun en ste plega a Dios que nos sean de provecho''.
Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a cada paso
se engaaban y volvan a juntarse, hasta que se dieron por contraseo que,
para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras
otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte
sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por seas. Mas, cmo haba
de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo ms escondido del
bosque, comido de lobos? Y, en vindole, dijo su dueo: ''Ya me maravillaba
yo de que l no responda, pues a no estar muerto, l rebuznara si nos
oyera, o no fuera asno; pero, a trueco de haberos odo rebuznar con tanta
gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo que he tenido en
buscarle, aunque le he hallado muerto''. ''En buena mano est, compadre
-respondi el otro-, pues si bien canta el abad, no le va en zaga el
monacillo''. Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron a su aldea,
adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto les haba
acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro en el
rebuznar; todo lo cual se supo y se estendi por los lugares circunvecinos.
Y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar rencillas y
discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes
quimeras de nonada, orden e hizo que las gentes de los otros pueblos, en
viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznase, como dndoles en rostro con el
rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en
manos y en bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el
rebuzno de en uno en otro pueblo, de manera que son conocidos los naturales
del pueblo del rebuzno, como son conocidos y diferenciados los negros de
los blancos; y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas
veces con mano armada y formado escuadrn han salido contra los burladores
los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni
temor ni vergenza. Yo creo que maana o esotro da han de salir en campaa
los de mi pueblo, que son los del rebuzno, contra otro lugar que est a dos
leguas del nuestro, que es uno de los que ms nos persiguen: y, por salir
bien apercebidos, llevo compradas estas lanzas y alabardas que habis
visto. Y stas son las maravillas que dije que os haba de contar, y si no
os lo han parecido, no s otras.

Y con esto dio fin a su pltica el buen hombre; y, en esto, entr por la
puerta de la venta un hombre todo vestido de camuza, medias, greguescos y
jubn, y con voz levantada dijo:

-Seor husped, hay posada? Que viene aqu el mono adivino y el retablo de
la libertad de Melisendra.

-Cuerpo de tal -dijo el ventero-, que aqu est el seor mase Pedro! Buena
noche se nos apareja.

Olvidbaseme de decir como el tal mase Pedro traa cubierto el ojo
izquierdo, y casi medio carrillo, con un parche de tafetn verde, seal que
todo aquel lado deba de estar enfermo; y el ventero prosigui, diciendo:

-Sea bien venido vuestra merced, seor mase Pedro. Adnde est el mono y
el retablo, que no los veo?

-Ya llegan cerca -respondi el todo camuza-, sino que yo me he adelantado,
a saber si hay posada.

-Al mismo duque de Alba se la quitara para drsela al seor mase Pedro
-respondi el ventero-; llegue el mono y el retablo, que gente hay esta
noche en la venta que pagar el verle y las habilidades del mono.

-Sea en buen hora -respondi el del parche-, que yo moderar el precio, y
con sola la costa me dar por bien pagado; y yo vuelvo a hacer que camine
la carreta donde viene el mono y el retablo.

Y luego se volvi a salir de la venta.

Pregunt luego don Quijote al ventero qu mase Pedro era aqul, y qu
retablo y qu mono traa. A lo que respondi el ventero:

-ste es un famoso titerero, que ha muchos das que anda por esta Mancha de
Aragn enseando un retablo de Melisendra, libertada por el famoso don
Gaiferos, que es una de las mejores y ms bien representadas historias que
de muchos aos a esta parte en este reino se han visto. Trae asimismo
consigo un mono de la ms rara habilidad que se vio entre monos, ni se
imagin entre hombres, porque si le preguntan algo, est atento a lo que le
preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo, y, llegndosele al
odo, le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara
luego; y de las cosas pasadas dice mucho ms que de las que estn por
venir; y, aunque no todas veces acierta en todas, en las ms no yerra, de
modo que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo. Dos reales lleva
por cada pregunta, si es que el mono responde; quiero decir, si responde el
amo por l, despus de haberle hablado al odo; y as, se cree que el tal
maese Pedro esta riqusimo; y es hombre galante, como dicen en Italia y bon
compao, y dase la mejor vida del mundo; habla ms que seis y bebe ms que
doce, todo a costa de su lengua y de su mono y de su retablo.

En esto, volvi maese Pedro, y en una carreta vena el retablo, y el mono,
grande y sin cola, con las posaderas de fieltro, pero no de mala cara; y,
apenas le vio don Quijote, cuando le pregunt:

-Dgame vuestra merced, seor adivino: qu peje pillamo? Qu ha de ser de
nosotros?. Y vea aqu mis dos reales.

Y mand a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondi por el
mono, y dijo:

-Seor, este animal no responde ni da noticia de las cosas que estn por
venir; de las pasadas sabe algo, y de las presentes, algn tanto.

-Voto a Rus -dijo Sancho-, no d yo un ardite porque me digan lo que por
m ha pasado!; porque, quin lo puede saber mejor que yo mesmo? Y pagar yo
porque me digan lo que s, sera una gran necedad; pero, pues sabe las
cosas presentes, he aqu mis dos reales, y dgame el seor monsimo qu
hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en qu se entretiene.

No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo:

-No quiero recebir adelantados los premios, sin que hayan precedido los
servicios.

Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un
brinco se le puso el mono en l, y, llegando la boca al odo, daba diente
con diente muy apriesa; y, habiendo hecho este ademn por espacio de un
credo, de otro brinco se puso en el suelo, y al punto, con grandsima
priesa, se fue maese Pedro a poner de rodillas ante don Quijote, y,
abrazndole las piernas, dijo:

-Estas piernas abrazo, bien as como si abrazara las dos colunas de
Hrcules, oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante
caballera!; oh no jams como se debe alabado caballero don Quijote de la
Mancha, nimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los
cados, bculo y consuelo de todos los desdichados!

Qued pasmado don Quijote, absorto Sancho, suspenso el primo, atnito el
paje, abobado el del rebuzno, confuso el ventero, y, finalmente, espantados
todos los que oyeron las razones del titerero, el cual prosigui diciendo:

-Y t, oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero y del mejor caballero del
mundo, algrate, que tu buena mujer Teresa est buena, y sta es la hora en
que ella est rastrillando una libra de lino, y, por ms seas, tiene a su
lado izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen porqu de vino, con que
se entretiene en su trabajo.

-Eso creo yo muy bien -respondi Sancho-, porque es ella una
bienaventurada, y, a no ser celosa, no la trocara yo por la giganta
Andandona, que, segn mi seor, fue una mujer muy cabal y muy de pro; y es
mi Teresa de aquellas que no se dejan mal pasar, aunque sea a costa de sus
herederos.

-Ahora digo -dijo a esta sazn don Quijote-, que el que lee mucho y anda
mucho, vee mucho y sabe mucho. Digo esto porque, qu persuasin fuera
bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo
he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de
la Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha estendido algn
tanto en mis alabanzas; pero comoquiera que yo me sea, doy gracias al
cielo, que me dot de un nimo blando y compasivo, inclinado siempre a
hacer bien a todos, y mal a ninguno.

-Si yo tuviera dineros -dijo el paje-, preguntara al seor mono qu me ha
de suceder en la peregrinacin que llevo.

A lo que respondi maese Pedro, que ya se haba levantado de los pies de
don Quijote:

-Ya he dicho que esta bestezuela no responde a lo por venir; que si
respondiera, no importara no haber dineros; que, por servicio del seor don
Quijote, que est presente, dejara yo todos los intereses del mundo. Y
agora, porque se lo debo, y por darle gusto, quiero armar mi retablo y dar
placer a cuantos estn en la venta, sin paga alguna.

Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera, seal el lugar donde se
poda poner el retablo, que en un punto fue hecho.

Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por
parecerle no ser a propsito que un mono adivinase, ni las de por venir, ni
las pasadas cosas; y as, en tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se
retir don Quijote con Sancho a un rincn de la caballeriza, donde, sin ser
odos de nadie, le dijo:

-Mira, Sancho, yo he considerado bien la estraa habilidad deste mono, y
hallo por mi cuenta que sin duda este maese Pedro, su amo, debe de tener
hecho pacto, tcito o espreso, con el demonio.

-Si el patio es espeso y del demonio -dijo Sancho-, sin duda debe de ser
muy sucio patio; pero, de qu provecho le es al tal maese Pedro tener esos
patios?

-No me entiendes, Sancho: no quiero decir sino que debe de tener hecho
algn concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono, con
que gane de comer, y despus que est rico le dar su alma, que es lo que
este universal enemigo pretende. Y hceme creer esto el ver que el mono no
responde sino a las cosas pasadas o presentes, y la sabidura del diablo no
se puede estender a ms, que las por venir no las sabe si no es por
conjeturas, y no todas veces; que a solo Dios est reservado conocer los
tiempos y los momentos, y para l no hay pasado ni porvenir, que todo es
presente. Y, siendo esto as, como lo es, est claro que este mono habla
con el estilo del diablo; y estoy maravillado cmo no le han acusado al
Santo Oficio, y examindole y sacdole de cuajo en virtud de quin adivina;
porque cierto est que este mono no es astrlogo, ni su amo ni l alzan, ni
saben alzar, estas figuras que llaman judiciarias, que tanto ahora se usan
en Espaa, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no
presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo,
echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la
ciencia. De una seora s yo que pregunt a uno destos figureros que si una
perrilla de falda pequea, que tena, si se empreara y parira, y cuntos
y de qu color seran los perros que pariese. A lo que el seor judiciario,
despus de haber alzado la figura, respondi que la perrica se empreara,
y parira tres perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de
mezcla, con tal condicin que la tal perra se cubriese entre las once y
doce del da, o de la noche, y que fuese en lunes o en sbado; y lo que
sucedi fue que de all a dos das se mora la perra de ahta, y el seor
levantador qued acreditado en el lugar por acertadsimo judiciario, como
lo quedan todos o los ms levantadores.

-Con todo eso, querra -dijo Sancho- que vuestra merced dijese a maese
Pedro preguntase a su mono si es verdad lo que a vuestra merced le pas en
la cueva de Montesinos; que yo para m tengo, con perdn de vuestra merced,
que todo fue embeleco y mentira, o por lo menos, cosas soadas.

-Todo podra ser -respondi don Quijote-, pero yo har lo que me aconsejas,
puesto que me ha de quedar un no s qu de escrpulo.

Estando en esto, lleg maese Pedro a buscar a don Quijote y decirle que ya
estaba en orden el retablo; que su merced viniese a verle, porque lo
mereca. Don Quijote le comunic su pensamiento, y le rog preguntase luego
a su mono le dijese si ciertas cosas que haba pasado en la cueva de
Montesinos haban sido soadas o verdaderas; porque a l le pareca que
tenan de todo. A lo que maese Pedro, sin responder palabra, volvi a traer
el mono, y, puesto delante de don Quijote y de Sancho, dijo:

-Mirad, seor mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le
pasaron en una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas o verdaderas.

Y, hacindole la acostumbrada seal, el mono se le subi en el hombro
izquierdo, y, hablndole, al parecer, en el odo, dijo luego maese Pedro:

-El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio, o pas, en la
dicha cueva son falsas, y parte verismiles; y que esto es lo que sabe, y
no otra cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere
saber ms, que el viernes venidero responder a todo lo que se le
preguntare, que por ahora se le ha acabado la virtud, que no le vendr
hasta el viernes, como dicho tiene.

-No lo deca yo -dijo Sancho-, que no se me poda asentar que todo lo que
vuesa merced, seor mo, ha dicho de los acontecimientos de la cueva era
verdad, ni aun la mitad?

-Los sucesos lo dirn, Sancho -respondi don Quijote-; que el tiempo,
descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no las saque a la
luz del sol, aunque est escondida en los senos de la tierra. Y, por hora,
baste esto, y vmonos a ver el retablo del buen maese Pedro, que para m
tengo que debe de tener alguna novedad.

-Cmo alguna? -respondi maese Pedro-: sesenta mil encierra en s este mi
retablo; dgole a vuesa merced, mi seor don Quijote, que es una de las
cosas ms de ver que hoy tiene el mundo, y operibus credite, et non verbis;
y manos a labor, que se hace tarde y tenemos mucho que hacer y que decir y
que mostrar.

Obedecironle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo
puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera
encendidas, que le hacan vistoso y resplandeciente. En llegando, se meti
maese Pedro dentro dl, que era el que haba de manejar las figuras del
artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir
de intrprete y declarador de los misterios del tal retablo: tena una
varilla en la mano, con que sealaba las figuras que salan.

Puestos, pues, todos cuantos haba en la venta, y algunos en pie, frontero
del retablo, y acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los
mejores lugares, el trujamn comenz a decir lo que oir y ver el que le
oyere o viere el captulo siguiente.





Captulo XXVI. Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con
otras cosas en verdad harto buenas


Callaron todos, tirios y troyanos; quiero decir, pendientes estaban todos
los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas,
cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y
dispararse mucha artillera, cuyo rumor pas en tiempo breve, y luego alz
la voz el muchacho, y dijo:

-Esta verdadera historia que aqu a vuesas mercedes se representa es sacada
al pie de la letra de las cornicas francesas y de los romances espaoles
que andan en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Trata
de la libertad que dio el seor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que
estaba cautiva en Espaa, en poder de moros, en la ciudad de Sansuea, que
as se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesas
mercedes all cmo est jugando a las tablas don Gaiferos, segn aquello
que se canta:

   Jugando est a las tablas don Gaiferos,
   que ya de Melisendra est olvidado.

Y aquel personaje que all asoma, con corona en la cabeza y ceptro en las
manos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, el
cual, mohno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reir; y
adviertan con la vehemencia y ahnco que le rie, que no parece sino que le
quiere dar con el ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores que
dicen que se los dio, y muy bien dados; y, despus de haberle dicho muchas
cosas acerca del peligro que corra su honra en no procurar la libertad de
su esposa, dicen que le dijo:

"Harto os he dicho: miradlo".

Miren vuestras mercedes tambin cmo el emperador vuelve las espaldas y
deja despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente de
la clera, lejos de s el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, y
a don Roldn, su primo, pide prestada su espada Durindana, y cmo don
Roldn no se la quiere prestar, ofrecindole su compaa en la difcil
empresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar;
antes, dice que l solo es bastante para sacar a su esposa, si bien
estuviese metida en el ms hondo centro de la tierra; y, con esto, se entra
a armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos a
aquella torre que all parece, que se presupone que es una de las torres
del alczar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafera; y aquella dama que
en aquel balcn parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, que
desde all muchas veces se pona a mirar el camino de Francia, y, puesta la
imaginacin en Pars y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren
tambin un nuevo caso que ahora sucede, quiz no visto jams. No veen
aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se
llega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cmo la da un beso en
mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir, y a limpirselos
con la blanca manga de su camisa, y cmo se lamenta, y se arranca de pesar
sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. Miren
tambin cmo aquel grave moro que est en aquellos corredores es el rey
Marsilio de Sansuea; el cual, por haber visto la insolencia del moro,
puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mand luego prender, y
que le den docientos azotes, llevndole por las calles acostumbradas de la
ciudad,

   con chilladores delante
   y envaramiento detrs;

y veis aqu donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no
habiendo sido puesta en ejecucin la culpa; porque entre moros no hay
"traslado a la parte", ni "a prueba y estse", como entre nosotros.

-Nio, nio -dijo con voz alta a esta sazn don Quijote-, seguid vuestra
historia lnea recta, y no os metis en las curvas o transversales; que,
para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.

Tambin dijo maese Pedro desde dentro:

-Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese seor te manda, que
ser lo ms acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos,
que se suelen quebrar de sotiles.

-Yo lo har as -respondi el muchacho; y prosigui, diciendo-: Esta figura
que aqu parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma de
don Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamorado
moro, con mejor y ms sosegado semblante, se ha puesto a los miradores de
la torre, y habla con su esposo, creyendo que es algn pasajero, con quien
pas todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:

   Caballero, si a Francia ides,
   por Gaiferos preguntad;

las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el
fastidio; basta ver cmo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes
alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y
ms ahora que veemos se descuelga del balcn, para ponerse en las ancas del
caballo de su buen esposo. Mas, ay, sin ventura!, que se le ha asido una
punta del faldelln de uno de los hierros del balcn, y est pendiente en
el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cmo el piadoso cielo socorre
en las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si se
rasgar o no el rico faldelln, ase della, y mal su grado la hace bajar al
suelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, a
horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche los
brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se
caiga, a causa que no estaba la seora Melisendra acostumbrada a semejantes
caballeras. Veis tambin cmo los relinchos del caballo dan seales que va
contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su seor y en su
seora. Veis cmo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y
regocijados toman de Pars la va. Vais en paz, oh par sin par de
verdaderos amantes! Lleguis a salvamento a vuestra deseada patria, sin
que la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! Los ojos de vuestros
amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los das, que los de
Nstor sean, que os quedan de la vida!

Aqu alz otra vez la voz maese Pedro, y dijo:

-Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectacin es mala.

No respondi nada el intrprete; antes, prosigui, diciendo:

-No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la
bajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio,
el cual mand luego tocar al arma; y miren con qu priesa, que ya la ciudad
se hunde con el son de las campanas que en todas las torres de las
mezquitas suenan.

-Eso no! -dijo a esta sazn don Quijote-: en esto de las campanas anda muy
impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino
atabales, y un gnero de dulzainas que parecen nuestras chirimas; y esto
de sonar campanas en Sansuea sin duda que es un gran disparate.

Lo cual odo por maese Pedro, ces el tocar y dijo:

-No mire vuesa merced en nieras, seor don Quijote, ni quiera llevar las
cosas tan por el cabo que no se le halle. No se representan por ah, casi
de ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con
todo eso, corren felicsimamente su carrera, y se escuchan no slo con
aplauso, sino con admiracin y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que,
como yo llene mi talego, si quiere represente ms impropiedades que tiene
tomos el sol.

-As es la verdad -replic don Quijote.

Y el muchacho dijo:

-Miren cunta y cun lucida caballera sale de la ciudad en siguimiento de
los dos catlicos amantes, cuntas trompetas que suenan, cuntas dulzainas
que tocan y cuntos atabales y atambores que retumban. Tmome que los han
de alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que
sera un horrendo espetculo.

Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote,
parecile ser bien dar ayuda a los que huan; y, levantndose en pie, en
voz alta, dijo:

-No consentir yo en mis das y en mi presencia se le haga superchera a
tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos.
Deteneos, mal nacida canalla; no le sigis ni persigis; si no, conmigo
sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvain la espada, y de un brinco se puso junto
al retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenz a llover
cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a
otros, estropeando a ste, destrozando a aqul, y, entre otros muchos, tir
un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le
cercenara la cabeza con ms facilidad que si fuera hecha de masa de
mazapn. Daba voces maese Pedro, diciendo:

-Detngase vuesa merced, seor don Quijote, y advierta que estos que
derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de
pasta. Mire, pecador de m, que me destruye y echa a perder toda mi
hacienda!

Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles,
tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio con
todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus
jarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno,
partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotse el senado de los
oyentes, huyse el mono por los tejados de la ventana, temi el primo,
acobardse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandsimo,
porque, como l jur despus de pasada la borrasca, jams haba visto a su
seor con tan desatinada clera. Hecho, pues, el general destrozo del
retablo, sosegse un poco don Quijote y dijo:

-Quisiera yo tener aqu delante en este punto todos aquellos que no creen,
ni quieren creer, de cunto provecho sean en el mundo los caballeros
andantes: miren, si no me hallara yo aqu presente, qu fuera del buen don
Gaiferos y de la hermosa Melisendra; a buen seguro que sta fuera ya la
hora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algn
desaguisado. En resolucin, viva la andante caballera sobre cuantas cosas
hoy viven en la tierra!

-Vivan en hora buena -dijo a esta sazn con voz enfermiza maese Pedro-, y
muera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:

   Ayer fui seor de Espaa...
   y hoy no tengo una almena
   que pueda decir que es ma!

No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi seor de reyes y de
emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos
caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre
y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a
mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada
deste seor caballero, de quien se dice que ampara pupilos, y endereza
tuertos, y hace otras obras caritativas; y en m solo ha venido a
faltar su intencin generosa, que sean benditos y alabados los cielos, all
donde tienen ms levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste
Figura haba de ser aquel que haba de desfigurar las mas.

Enternecise Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y djole:

-No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazn; porque
te hago saber que es mi seor don Quijote tan catlico y escrupuloso
cristiano, que si l cae en la cuenta de que te ha hecho algn agravio, te
lo sabr y te lo querr pagar y satisfacer con muchas ventajas.

-Con que me pagase el seor don Quijote alguna parte de las hechuras que me
ha deshecho, quedara contento, y su merced asegurara su conciencia,
porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su
dueo y no lo restituye.

-As es -dijo don Quijote-, pero hasta ahora yo no s que tenga nada
vuestro, maese Pedro.

-Cmo no? -respondi maese Pedro-; y estas reliquias que estn por este
duro y estril suelo, quin las esparci y aniquil, sino la fuerza
invencible dese poderoso brazo?, y cyos eran sus cuerpos sino mos?, y
con quin me sustentaba yo sino con ellos?

-Ahora acabo de creer -dijo a este punto don Quijote- lo que otras muchas
veces he credo: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino
ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las
mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo,
seores que me os, que a m me pareci todo lo que aqu ha pasado que
pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don
Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno: por eso se me alter
la clera, y, por cumplir con mi profesin de caballero andante, quise dar
ayuda y favor a los que huan, y con este buen propsito hice lo que habis
visto; si me ha salido al revs, no es culpa ma, sino de los malos que me
persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de
malicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro lo que
quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pagrselo luego, en
buena y corriente moneda castellana.

Inclinsele maese Pedro, dicindole:

-No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijote
de la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y
menesterosos vagamundos; y aqu el seor ventero y el gran Sancho sern
medianeros y apreciadores, entre vuesa merced y m, de lo que valen o
podan valer las ya deshechas figuras.

El ventero y Sancho dijeron que as lo haran, y luego maese Pedro alz del
suelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:

-Ya se vee cun imposible es volver a este rey a su ser primero; y as, me
parece, salvo mejor juicio, que se me d por su muerte, fin y acabamiento
cuatro reales y medio.

-Adelante! -dijo don Quijote.

-Pues por esta abertura de arriba abajo -prosigui maese Pedro, tomando en
las manos al partido emperador Carlomagno-, no sera mucho que pidiese yo
cinco reales y un cuartillo.

-No es poco -dijo Sancho.

-Ni mucho -replic el ventero-; mdiese la partida y selensele cinco
reales.

-Dnsele todos cinco y cuartillo -dijo don Quijote-, que no est en un
cuartillo ms a menos la monta desta notable desgracia; y acabe presto
maese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de
hambre.

-Por esta figura -dijo maese Pedro- que est sin narices y un ojo menos,
que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales
y doce maraveds.

-Aun ah sera el diablo -dijo don Quijote-, si ya no estuviese Melisendra
con su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo en
que iban, a m me pareci que antes volaba que corra; y as, no hay para
qu venderme a m el gato por liebre, presentndome aqu a Melisendra
desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgndose en Francia
con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, seor
maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intencin sana. Y
prosiga.

Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volva a su
primer tema, no quiso que se le escapase; y as, le dijo:

-sta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la
servan; y as, con sesenta maraveds que me den por ella quedar contento
y bien pagado.

Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que
despus los moderaron los dos jueces rbitros, con satisfacin de las
partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, adems desto,
que luego lo desembols Sancho, pidi maese Pedro dos reales por el trabajo
de tomar el mono.

-Dselos, Sancho -dijo don Quijote-, no para tomar el mono, sino la mona; y
docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que
la seora doa Melisendra y el seor don Gaiferos estaban ya en Francia y
entre los suyos.

-Ninguno nos lo podr decir mejor que mi mono -dijo maese Pedro-, pero no
habr diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cario y la hambre le
han de forzar a que me busque esta noche, y amanecer Dios y vermonos.

En resolucin, la borrasca del retablo se acab y todos cenaron en paz y en
buena compaa, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.

Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y
ya despus de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo y
el paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir su
camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese
Pedro no quiso volver a entrar en ms dimes ni diretes con don Quijote, a
quien l conoca muy bien, y as, madrug antes que el sol, y, cogiendo las
reliquias de su retablo y a su mono, se fue tambin a buscar sus aventuras.
El ventero, que no conoca a don Quijote, tan admirado le tenan sus
locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pag muy bien, por orden
de su seor, y, despidindose dl, casi a las ocho del da dejaron la venta
y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir; que as conviene para dar
lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaracin desta famosa
historia.





Captulo XXVII. Donde se da cuenta quines eran maese Pedro y su mono, con
el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la
acab como l quisiera y como lo tena pensado


Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en
este captulo: ''Juro como catlico cristiano...''; a lo que su traductor
dice que el jurar Cide Hamete como catlico cristiano, siendo l moro, como
sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que, as como el catlico
cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que
dijere, as l la deca, como si jurara como cristiano catlico, en lo que
quera escribir de don Quijote, especialmente en decir quin era maese
Pedro, y quin el mono adivino que traa admirados todos aquellos pueblos
con sus adivinanzas.

Dice, pues, que bien se acordar, el que hubiere ledo la primera parte
desta historia, de aquel Gins de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes,
dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que despus le fue mal
agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este
Gins de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue
el que hurt a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el cmo ni
el cundo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qu
entender a muchos, que atribuan a poca memoria del autor la falta de
emprenta. Pero, en resolucin, Gins le hurt, estando sobre l durmiendo
Sancho Panza, usando de la traza y modo que us Brunelo cuando, estando
Sacripante sobre Albraca, le sac el caballo de entre las piernas, y
despus le cobr Sancho, como se ha contado. Este Gins, pues, temeroso de
no ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de sus
infinitas bellaqueras y delitos, que fueron tantos y tales, que l mismo
compuso un gran volumen contndolos, determin pasarse al reino de Aragn y
cubrirse el ojo izquierdo, acomodndose al oficio de titerero; que esto y
el jugar de manos lo saba hacer por estremo.

Sucedi, pues, que de unos cristianos ya libres que venan de Berbera
compr aquel mono, a quien ense que, en hacindole cierta seal, se le
subiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al odo. Hecho esto,
antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, se
informaba en el lugar ms cercano, o de quien l mejor poda, qu cosas
particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qu personas; y,
llevndolas bien en la memoria, lo primero que haca era mostrar su
retablo, el cual unas veces era de una historia, y otras de otra; pero
todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, propona las
habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y
lo presente; pero que en lo de por venir no se daba maa. Por la respuesta
de cada pregunta peda dos reales, y de algunas haca barato, segn tomaba
el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien l
saba los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada
por no pagarle, l haca la sea al mono, y luego deca que le haba dicho
tal y tal cosa, que vena de molde con lo sucedido. Con esto cobraba
crdito inefable, y andbanse todos tras l. Otras veces, como era tan
discreto, responda de manera que las respuestas venan bien con las
preguntas; y, como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cmo adevinaba
su mono, a todos haca monas, y llenaba sus esqueros.

As como entr en la venta, conoci a don Quijote y a Sancho, por cuyo
conocimiento le fue fcil poner en admiracin a don Quijote y a Sancho
Panza, y a todos los que en ella estaban; pero hubirale de costar caro si
don Quijote bajara un poco ms la mano cuando cort la cabeza al rey
Marsilio y destruy toda su caballera, como queda dicho en el antecedente
captulo.

Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.

Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, despus de haber salido
de la venta, determin de ver primero las riberas del ro Ebro y todos
aquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba
tiempo para todo el mucho que faltaba desde all a las justas. Con esta
intencin sigui su camino, por el cual anduvo dos das sin acontecerle
cosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de una
loma, oy un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Al
principio pens que algn tercio de soldados pasaba por aquella parte, y
por verlos pic a Rocinante y subi la loma arriba; y cuando estuvo en la
cumbre, vio al pie della, a su parecer, ms de docientos hombres armados de
diferentes suertes de armas, como si dijsemos lanzones, ballestas,
partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchas rodelas. Baj
del recuesto y acercse al escuadrn, tanto, que distintamente vio las
banderas, juzg de las colores y not las empresas que en ellas traan,
especialmente una que en un estandarte o jirn de raso blanco vena, en el
cual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeo sardesco, la cabeza
levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si
estuviera rebuznando; alrededor dl estaban escritos de letras grandes
estos dos versos:

   No rebuznaron en balde
   el uno y el otro alcalde.

Por esta insignia sac don Quijote que aquella gente deba de ser del
pueblo del rebuzno, y as se lo dijo a Sancho, declarndole lo que en el
estandarte vena escrito. Djole tambin que el que les haba dado noticia
de aquel caso se haba errado en decir que dos regidores haban sido los
que rebuznaron; pero que, segn los versos del estandarte, no haban sido
sino alcaldes. A lo que respondi Sancho Panza:

-Seor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores que
entonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y
as, se pueden llamar con entrambos ttulos; cuanto ms, que no hace al
caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores,
como ellos una por una hayan rebuznado; porque tan a pique est de rebuznar
un alcalde como un regidor.

Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido sala a pelear con
otro que le corra ms de lo justo y de lo que se deba a la buena
vecindad.

Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, que
nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrn le
recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. Don
Quijote, alzando la visera, con gentil bro y continente, lleg hasta el
estandarte del asno, y all se le pusieron alrededor todos los ms
principales del ejrcito, por verle, admirados con la admiracin
acostumbrada en que caan todos aquellos que la vez primera le miraban. Don
Quijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase ni
le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y, rompiendo el
suyo, alz la voz y dijo:

-Buenos seores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrumpis
un razonamiento que quiero haceros, hasta que veis que os disgusta y
enfada; que si esto sucede, con la ms mnima seal que me hagis pondr un
sello en mi boca y echar una mordaza a mi lengua.

Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le
escucharan. Don Quijote, con esta licencia, prosigui diciendo:

Yo, seores mos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas,
y cuya profesin la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los
menesterosos. Das ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os
mueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y,
habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro
negocio, hallo, segn las leyes del duelo, que estis engaados en teneros
por afrentados, porque ningn particular puede afrentar a un pueblo entero,
si no es retndole de traidor por junto, porque no sabe en particular quin
cometi la traicin por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don Diego
Ordez de Lara, que ret a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que
solo Vellido Dolfos haba cometido la traicin de matar a su rey; y as,
ret a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es
verdad que el seor don Diego anduvo algo demasiado, y aun pas muy
adelante de los lmites del reto, porque no tena para qu retar a los
muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni a
las otras menudencias que all se declaran; pero, vaya!, pues cuando la
clera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la
corrija. Siendo, pues, esto as, que uno solo no puede afrentar a reino,
provincia, ciudad, repblica ni pueblo entero, queda en limpio que no hay
para qu salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es;
porque, bueno sera que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja
con quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos,
jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ah en boca de
los muchachos y de gente de poco ms a menos! Bueno sera, por cierto, que
todos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen contino
hechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por pequea que fuese!
No, no, ni Dios lo permita o quiera. Los varones prudentes, las repblicas
bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las
espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por
defender la fe catlica; la segunda, por defender su vida, que es de ley
natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y
hacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si le
quisiremos aadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en
defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden
agregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomar
las armas; pero tomarlas por nieras y por cosas que antes son de risa y
pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo
razonable discurso; cuanto ms, que el tomar venganza injusta, que justa no
puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que
profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y
que amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algo
dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de
Dios que del mundo, y ms de carne que de espritu; porque Jesucristo, Dios
y hombre verdadero, que nunca minti, ni pudo ni puede mentir, siendo
legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y as,
no nos haba de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. As que, mis
seores, vuesas mercedes estn obligados por leyes divinas y humanas a
sosegarse.

-El diablo me lleve -dijo a esta sazn Sancho entre s- si este mi amo no
es tlogo; y si no lo es, que lo parece como un gevo a otro.

Tom un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todava le prestaban
silencio, quiso pasar adelante en su pltica, como pasara ni no se pusiere
en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detena, tom
la mano por l, diciendo:

-Mi seor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llam el Caballero de
la Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo
muy atentado, que sabe latn y romance como un bachiller, y en todo cuanto
trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y
ordenanzas de lo que llaman el duelo en la ua; y as, no hay ms que hacer
sino dejarse llevar por lo que l dijere, y sobre m si lo erraren; cuanto
ms, que ello se est dicho que es necedad correrse por slo or un
rebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando
que se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia y
propiedad que, en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, y
no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradsimos; y,
aunque por esta habilidad era invidiado de ms de cuatro de los estirados
de mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se vea que digo verdad,
esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar: que, una vez
aprendida, nunca se olvida.

Y luego, puesta la mano en las narices, comenz a rebuznar tan reciamente,
que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban junto
a l, creyendo que haca burla dellos, alz un varapalo que en la mano
tena, y diole tal golpe con l, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio con
Sancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho,
arremeti al que le haba dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantos
los que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendo
que llova sobre l un nublado de piedras, y que le amenazaban mil
encaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volvi las riendas a
Rocinante, y a todo lo que su galope pudo, se sali de entre ellos,
encomendndose de todo corazn a Dios, que de aquel peligro le librase,
temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le
saliese al pecho; y a cada punto recoga el aliento, por ver si le faltaba.

Pero los del escuadrn se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho
le pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en s, y le dejaron ir tras su
amo, no porque l tuviese sentido para regirle; pero el rucio sigui las
huellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues,
don Quijote buen trecho, volvi la cabeza y vio que Sancho vena, y
atendile, viendo que ninguno le segua.

Los del escuadrn se estuvieron all hasta la noche, y, por no haber salido
a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y
alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos,
levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.





Captulo XXVIII. De cosas que dice Benengeli que las sabr quien le leyere,
si las lee con atencin


Cuando el valiente huye, la superchera est descubierta, y es de varones
prudentes guardarse para mejor ocasin. Esta verdad se verific en don
Quijote, el cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malas
intenciones de aquel indignado escuadrn, puso pies en polvorosa, y, sin
acordarse de Sancho ni del peligro en que le dejaba, se apart tanto cuanto
le pareci que bastaba para estar seguro. Seguale Sancho, atravesado en su
jumento, como queda referido. Lleg, en fin, ya vuelto en su acuerdo, y al
llegar, se dej caer del rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso, todo
molido y todo apaleado. Apese don Quijote para catarle las feridas; pero,
como le hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz clera le dijo:

-Tan en hora mala supistes vos rebuznar, Sancho! Y dnde hallastes vos
ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A msica de rebuznos,
qu contrapunto se haba de llevar sino de varapalos? Y dad gracias a
Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per
signum crucis con un alfanje.

-No estoy para responder -respondi Sancho-, porque me parece que hablo por
las espaldas. Subamos y apartmonos de aqu, que yo pondr silencio en mis
rebuznos, pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen, y
dejan a sus buenos escuderos molidos como alhea, o como cibera, en poder
de sus enemigos.

-No huye el que se retira -respondi don Quijote-, porque has de saber,
Sancho, que la valenta que no se funda sobre la basa de la prudencia se
llama temeridad, y las hazaas del temerario ms se atribuyen a la buena
fortuna que a su nimo. Y as, yo confieso que me he retirado, pero no
huido; y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para
tiempos mejores, y desto estn las historias llenas, las cuales, por no
serte a ti de provecho ni a m de gusto, no te las refiero ahora.

En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de don Quijote, el cual
asimismo subi en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en una
alameda que hasta un cuarto de legua de all se pareca. De cuando en
cuando daba Sancho unos ayes profundsimos y unos gemidos dolorosos; y,
preguntndole don Quijote la causa de tan amargo sentimiento, respondi
que, desde la punta del espinazo hasta la nuca del celebro, le dola de
manera que le sacaba de sentido.

-La causa dese dolor debe de ser, sin duda -dijo don Quijote-, que, como
era el palo con que te dieron largo y tendido, te cogi todas las espaldas,
donde entran todas esas partes que te duelen; y si ms te cogiera, ms te
doliera.

-Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me ha sacado de una gran duda, y
que me la ha declarado por lindos trminos! Cuerpo de m! Tan encubierta
estaba la causa de mi dolor que ha sido menester decirme que me duele todo
todo aquello que alcanz el palo? Si me dolieran los tobillos, an pudiera
ser que se anduviera adivinando el porqu me dolan, pero dolerme lo que me
molieron no es mucho adivinar. A la fe, seor nuestro amo, el mal ajeno de
pelo cuelga, y cada da voy descubriendo tierra de lo poco que puedo
esperar de la compaa que con vuestra merced tengo; porque si esta vez me
ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de
marras y a otras muchacheras, que si ahora me han salido a las espaldas,
despus me saldrn a los ojos. Harto mejor hara yo, sino que soy un
brbaro, y no har nada que bueno sea en toda mi vida; harto mejor hara
yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa, y a mi mujer, y a mis hijos, y
sustentarla y criarlos con lo que Dios fue servido de darme, y no andarme
tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no las
tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues, tomadme el dormir! Contad,
hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisiredes ms, tomad otros
tantos, que en vuestra mano est escudillar, y tendeos a todo vuestro buen
talante; que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la
andante caballera, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero de
tales tontos como debieron ser todos los caballeros andantes pasados. De
los presentes no digo nada, que, por ser vuestra merced uno dellos, los
tengo respeto, y porque s que sabe vuesa merced un punto ms que el diablo
en cuanto habla y en cuanto piensa.

-Hara yo una buena apuesta con vos, Sancho -dijo don Quijote-: que ahora
que vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en
todo vuestro cuerpo. Hablad, hijo mo, todo aquello que os viniere al
pensamiento y a la boca; que, a trueco de que a vos no os duela nada,
tendr yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias. Y si
tanto deseis volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos, no permita
Dios que yo os lo impida; dineros tenis mos: mirad cunto ha que esta
tercera vez salimos de nuestro pueblo, y mirad lo que podis y debis ganar
cada mes, y pagaos de vuestra mano.

-Cuando yo serva -respondi Sancho- a Tom Carrasco, el padre del
bachiller Sansn Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos ducados
ganaba cada mes, amn de la comida; con vuestra merced no s lo que puedo
ganar, puesto que s que tiene ms trabajo el escudero del caballero
andante que el que sirve a un labrador; que, en resolucin, los que
servimos a labradores, por mucho que trabajemos de da, por mal que suceda,
a la noche cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no he dormido
despus que ha que sirvo a vuestra merced. Si no ha sido el tiempo breve
que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con la
espuma que saqu de las ollas de Camacho, y lo que com y beb y dorm en
casa de Basilio, todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al cielo
abierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustentndome con
rajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de
fuentes, de las que encontramos por esos andurriales donde andamos.

-Confieso -dijo don Quijote- que todo lo que dices, Sancho, sea verdad.
Cunto parece que os debo dar ms de lo que os daba Tom Carrasco?

-A mi parecer -dijo Sancho-, con dos reales ms que vuestra merced aadiese
cada mes me tendra por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mi
trabajo; pero, en cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuestra
merced me tiene hecha de darme el gobierno de una nsula, sera justo que
se me aadiesen otros seis reales, que por todos seran treinta.

-Est muy bien -replic don Quijote-; y, conforme al salario que vos os
habis sealado, 23 das ha que salimos de nuestro pueblo: contad, Sancho,
rata por cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho,
de vuestra mano.

-Oh, cuerpo de m! -dijo Sancho-, que va vuestra merced muy errado en esta
cuenta, porque en lo de la promesa de la nsula se ha de contar desde el
da que vuestra merced me la prometi hasta la presente hora en que
estamos.

-Pues, qu tanto ha, Sancho, que os la promet? -dijo don Quijote.

-Si yo mal no me acuerdo -respondi Sancho-, debe de haber ms de veinte
aos, tres das ms a menos.

Diose don Quijote una gran palmada en la frente, y comenz a rer muy de
gana, y dijo:

-Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras
salidas, sino dos meses apenas, y dices, Sancho, que ha veinte aos que te
promet la nsula? Ahora digo que quieres que se consuman en tus salarios
el dinero que tienes mo; y si esto es as, y t gustas dello, desde aqu
te lo doy, y buen provecho te haga; que, a trueco de verme sin tan mal
escudero, holgarme de quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricador
de las ordenanzas escuderiles de la andante caballera, dnde has visto
t, o ledo, que ningn escudero de caballero andante se haya puesto con su
seor en tanto ms cunto me habis de dar cada mes porque os sirva?
ntrate, ntrate, malandrn, folln y vestiglo, que todo lo pareces;
ntrate, digo, por el mare magnum de sus historias, y si hallares que algn
escudero haya dicho, ni pensado, lo que aqu has dicho, quiero que me le
claves en la frente, y, por aadidura, me hagas cuatro mamonas selladas en
mi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vulvete a tu
casa, porque un solo paso desde aqu no has de pasar ms adelante conmigo.
Oh pan mal conocido! Oh promesas mal colocadas! Oh hombre que tiene ms
de bestia que de persona! Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado, y
tal, que a pesar de tu mujer te llamaran seora, te despides? Ahora te
vas, cuando yo vena con intencin firme y valedera de hacerte seor de la
mejor nsula del mundo? En fin, como t has dicho otras veces, no es la
miel... etc. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando se
te acabe el curso de la vida; que para m tengo que antes llegar ella a su
ltimo trmino que t caigas y des en la cuenta de que eres bestia.

Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales
vituperios le deca, y compungise de manera que le vinieron las lgrimas a
los ojos, y con voz dolorida y enferma le dijo:

-Seor mo, yo confieso que para ser del todo asno no me falta ms de la
cola; si vuestra merced quiere ponrmela, yo la dar por bien puesta, y le
servir como jumento todos los das que me quedan de mi vida. Vuestra
merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que s poco, y que
si hablo mucho, ms procede de enfermedad que de malicia; mas, quien yerra
y se enmienda, a Dios se encomienda.

-Maravillrame yo, Sancho, si no mezclaras algn refrancico en tu coloquio.
Ahora bien, yo te perdono, con que te emiendes, y con que no te muestres de
aqu adelante tan amigo de tu inters, sino que procures ensanchar el
corazn, y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas,
que, aunque se tarda, no se imposibilita.

Sancho respondi que s hara, aunque sacase fuerzas de flaqueza.

Con esto, se metieron en la alameda, y don Quijote se acomod al pie de un
olmo, y Sancho al de una haya; que estos tales rboles y otros sus
semejantes siempre tienen pies, y no manos. Sancho pas la noche
penosamente, porque el varapalo se haca ms sentir con el sereno. Don
Quijote la pas en sus continuas memorias; pero, con todo eso, dieron los
ojos al sueo, y al salir del alba siguieron su camino buscando las riberas
del famoso Ebro, donde les sucedi lo que se contar en el captulo
venidero.





Captulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado


Por sus pasos contados y por contar, dos das despus que salieron de la
alameda, llegaron don Quijote y Sancho al ro Ebro, y el verle fue de gran
gusto a don Quijote, porque contempl y mir en l la amenidad de sus
riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia
de sus lquidos cristales, cuya alegre vista renov en su memoria mil
amorosos pensamientos. Especialmente fue y vino en lo que haba visto en la
cueva de Montesinos; que, puesto que el mono de maese Pedro le haba dicho
que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, l se atena ms a
las verdaderas que a las mentirosas, bien al revs de Sancho, que todas las
tena por la mesma mentira.

Yendo, pues, desta manera, se le ofreci a la vista un pequeo barco sin
remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco
de un rbol que en la ribera estaba. Mir don Quijote a todas partes, y no
vio persona alguna; y luego, sin ms ni ms, se ape de Rocinante y mand a
Sancho que lo mesmo hiciese del rucio, y que a entrambas bestias las atase
muy bien, juntas, al tronco de un lamo o sauce que all estaba. Preguntle
Sancho la causa de aquel sbito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondi
don Quijote:

-Has de saber, Sancho, que este barco que aqu est, derechamente y sin
poder ser otra cosa en contrario, me est llamando y convidando a que entre
en l, y vaya en l a dar socorro a algn caballero, o a otra necesitada y
principal persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita, porque
ste es estilo de los libros de las historias caballerescas y de los
encantadores que en ellas se entremeten y platican: cuando algn caballero
est puesto en algn trabajo, que no puede ser librado dl sino por la mano
de otro caballero, puesto que estn distantes el uno del otro dos o tres
mil leguas, y aun ms, o le arrebatan en una nube o le deparan un barco
donde se entre, y en menos de un abrir y cerrar de ojos le llevan, o por
los aires, o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda; as
que, oh Sancho!, este barco est puesto aqu para el mesmo efecto; y esto
es tan verdad como es ahora de da; y antes que ste se pase, ata juntos al
rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios, que nos gue, que no dejar de
embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.

-Pues as es -respondi Sancho-, y vuestra merced quiere dar a cada paso en
estos que no s si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la
cabeza, atendiendo al refrn "haz lo que tu amo te manda, y sintate con l
a la mesa"; pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de mi
conciencia, quiero advertir a vuestra merced que a m me parece que este
tal barco no es de los encantados, sino de algunos pescadores deste ro,
porque en l se pescan las mejores sabogas del mundo.

Esto deca, mientras ataba las bestias, Sancho, dejndolas a la protecin y
amparo de los encantadores, con harto dolor de su nima. Don Quijote le
dijo que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los
llevara a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendra cuenta de
sustentarlos.

-No entiendo eso de logicuos -dijo Sancho-, ni he odo tal vocablo en todos
los das de mi vida.

-Longincuos -respondi don Quijote- quiere decir apartados; y no es
maravilla que no lo entiendas, que no ests t obligado a saber latn, como
algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran.

-Ya estn atados -replic Sancho-. Qu hemos de hacer ahora?

-Qu? -respondi don Quijote-. Santiguarnos y levar ferro; quiero decir,
embarcarnos y cortar la amarra con que este barco est atado.

Y, dando un salto en l, siguindole Sancho, cort el cordel, y el barco se
fue apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos
varas dentro del ro, comenz a temblar, temiendo su perdicin; pero
ninguna cosa le dio ms pena que el or roznar al rucio y el ver que
Rocinante pugnaba por desatarse, y djole a su seor:

-El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura
ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. Oh carsimos amigos,
quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en
desengao, nos vuelva a vuestra presencia!

Y, en esto, comenz a llorar tan amargamente que don Quijote, mohno y
colrico, le dijo:

-De qu temes, cobarde criatura? De qu lloras, corazn de mantequillas?
Quin te persigue, o quin te acosa, nimo de ratn casero, o qu te
falta, menesteroso en la mitad de las entraas de la abundancia? Por dicha
vas caminando a pie y descalzo por las montaas rifeas, sino sentado en una
tabla, como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable ro, de donde
en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber
salido, y caminado, por lo menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo
tuviera aqu un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera
las que hemos caminado; aunque, o yo s poco, o ya hemos pasado, o
pasaremos presto, por la lnea equinocial, que divide y corta los dos
contrapuestos polos en igual distancia.

-Y cuando lleguemos a esa lea que vuestra merced dice -pregunt Sancho-,
cunto habremos caminado?

-Mucho -replic don Quijote-, porque de trecientos y sesenta grados que
contiene el globo, del agua y de la tierra, segn el cmputo de Ptolomeo,
que fue el mayor cosmgrafo que se sabe, la mitad habremos caminado,
llegando a la lnea que he dicho.

-Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me trae por testigo de lo que
dice a una gentil persona, puto y gafo, con la aadidura de men, o meo, o
no s cmo.

Rise don Quijote de la interpretacin que Sancho haba dado al nombre y al
cmputo y cuenta del cosmgrafo Ptolomeo, y djole:

-Sabrs, Sancho, que los espaoles y los que se embarcan en Cdiz para ir a
las Indias Orientales, una de las seales que tienen para entender que han
pasado la lnea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en el
navo se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el
bajel le hallarn, si le pesan a oro; y as, puedes, Sancho, pasear una
mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no,
pasado habemos.

-Yo no creo nada deso -respondi Sancho-, pero, con todo, har lo que vuesa
merced me manda, aunque no s para qu hay necesidad de hacer esas
experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado
de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde estn las alemaas
dos varas, porque all estn Rocinante y el rucio en el propio lugar do los
dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos
movemos ni andamos al paso de una hormiga.

-Haz, Sancho, la averiguacin que te he dicho, y no te cures de otra, que
t no sabes qu cosa sean coluros, lneas, paralelos, zodacos, clticas,
polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se
compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o
parte dellas, vieras claramente qu de paralelos hemos cortado, qu de
signos visto y qu de imgines hemos dejado atrs y vamos dejando ahora. Y
trnote a decir que te tientes y pesques, que yo para m tengo que ests
ms limpio que un pliego de papel liso y blanco.

Tentse Sancho, y, llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la
corva izquierda, alz la cabeza y mir a su amo, y dijo:

-O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni
con muchas leguas.

-Pues qu? -pregunt don Quijote-, has topado algo?

-Y aun algos! -respondi Sancho.

Y, sacudindose los dedos, se lav toda la mano en el ro, por el cual
sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le
moviese alguna inteligencia secreta, ni algn encantador escondido, sino el
mismo curso del agua, blando entonces y suave.

En esto, descubrieron unas grandes aceas que en la mitad del ro estaban;
y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:

-Vees? All, oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde
debe de estar algn caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa
malparada, para cuyo socorro soy aqu trado.

-Qu diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, seor?
-dijo Sancho-. No echa de ver que aqullas son aceas que estn en el ro,
donde se muele el trigo?

-Calla, Sancho -dijo don Quijote-; que, aunque parecen aceas, no lo son; y
ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural
los encantos. No quiero decir que las mudan de en uno en otro ser
realmente, sino que lo parece, como lo mostr la experiencia en la
transformacin de Dulcinea, nico refugio de mis esperanzas.

En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del ro, comenz a
caminar no tan lentamente como hasta all. Los molineros de las aceas, que
vieron venir aquel barco por el ro, y que se iba a embocar por el raudal
de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas a
detenerle, y, como salan enharinados, y cubiertos los rostros y los
vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces
grandes, diciendo:

-Demonios de hombres! Dnde vais? Vens desesperados? Qu queris,
ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?

-No te dije yo, Sancho -dijo a esta sazn don Quijote-, que habamos
llegado donde he de mostrar a d llega el valor de mi brazo? Mira qu de
malandrines y follones me salen al encuentro, mira cuntos vestiglos se me
oponen, mira cuntas feas cataduras nos hacen cocos... Pues ahora lo
veris, bellacos!

Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenz a amenazar a los
molineros, dicindoles:

-Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedro a
la persona que en esa vuestra fortaleza o prisin tenis oprimida, alta o
baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la
Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien est
reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.

Y, diciendo esto, ech mano a su espada y comenz a esgrimirla en el aire
contra los molineros; los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas
sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando
en el raudal y canal de las ruedas.

Psose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan
manifiesto peligro, como lo hizo, por la industria y presteza de los
molineros, que, oponindose con sus palos al barco, le detuvieron, pero no
de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con
Sancho al travs en el agua; pero vnole bien a don Quijote, que saba
nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llev al fondo dos
veces; y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los
sacaron como en peso a entrambos, all haba sido Troya para los dos.

Puestos, pues, en tierra, ms mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de
rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidi a Dios con
una larga y devota plegaria le librase de all adelante de los atrevidos
deseos y acometimientos de su seor.

Llegaron en esto los pescadores dueos del barco, a quien haban hecho
pedazos las ruedas de las aceas; y, vindole roto, acometieron a desnudar
a Sancho, y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego,
como si no hubiera pasado nada por l, dijo a los molineros y pescadores
que l pagara el barco de bonsima gana, con condicin que le diesen libre
y sin cautela a la persona o personas que en aquel su castillo estaban
oprimidas.

-Qu personas o qu castillo dice -respondi uno de los molineros-, hombre
sin juicio? Quireste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a
estas aceas?

-Basta! -dijo entre s don Quijote-. Aqu ser predicar en desierto
querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en
esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el
uno estorba lo que el otro intenta: el uno me depar el barco, y el otro
dio conmigo al travs. Dios lo remedie, que todo este mundo es mquinas y
trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo ms.

Y, alzando la voz, prosigui diciendo, y mirando a las aceas:

-Amigos, cualesquiera que seis, que en esa prisin quedis encerrados,
perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de
vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta
aventura.

En diciendo esto, se concert con los pescadores, y pag por el barco
cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:

-A dos barcadas como stas, daremos con todo el caudal al fondo.

Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras
tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de
entender a d se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les
deca; y, tenindolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceas,
y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias,
don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.





Captulo XXX. De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora


Asaz melanclicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y
escudero, especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal
del dinero, parecindole que todo lo que dl se quitaba era quitrselo a
l de las nias de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron
a caballo y se apartaron del famoso ro, don Quijote sepultado en los
pensamientos de sus amores, y Sancho en los de su acrecentamiento, que por
entonces le pareca que estaba bien lejos de tenerle; porque, maguer era
tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las ms,
eran disparates, y buscaba ocasin de que, sin entrar en cuentas ni en
despedimientos con su seor, un da se desgarrase y se fuese a su casa.
Pero la fortuna orden las cosas muy al revs de lo que l tema.

Sucedi, pues, que otro da, al poner del sol y al salir de una selva,
tendi don Quijote la vista por un verde prado, y en lo ltimo dl vio
gente, y, llegndose cerca, conoci que eran cazadores de altanera.
Llegse ms, y entre ellos vio una gallarda seora sobre un palafrn o
hacanea blanqusima, adornada de guarniciones verdes y con un silln de
plata. Vena la seora asimismo vestida de verde, tan bizarra y ricamente
que la misma bizarra vena transformada en ella. En la mano izquierda
traa un azor, seal que dio a entender a don Quijote ser aqulla alguna
gran seora, que deba serlo de todos aquellos cazadores, como era la
verdad; y as, dijo a Sancho:

-Corre, hijo Sancho, y di a aquella seora del palafrn y del azor que yo,
el Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura, y que si su
grandeza me da licencia, se las ir a besar, y a servirla en cuanto mis
fuerzas pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cmo hablas, y ten
cuenta de no encajar algn refrn de los tuyos en tu embajada.

-Hallado os le habis el encajador! -respondi Sancho-. A m con eso!
S, que no es sta la vez primera que he llevado embajadas a altas y
crecidas seoras en esta vida!

-Si no fue la que llevaste a la seora Dulcinea -replic don Quijote-, yo
no s que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder.

-As es verdad -respondi Sancho-, pero al buen pagador no le duelen
prendas, y en casa llena presto se guisa la cena; quiero decir que a m no
hay que decirme ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se me
alcanza un poco.

-Yo lo creo, Sancho -dijo don Quijote-; ve en buena hora, y Dios te gue.

Parti Sancho de carrera, sacando de su paso al rucio, y lleg donde la
bella cazadora estaba, y, apendose, puesto ante ella de hinojos, le dijo:

-Hermosa seora, aquel caballero que all se parece, llamado el Caballero
de los Leones, es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien llaman en su
casa Sancho Panza. Este tal Caballero de los Leones, que no ha mucho que se
llamaba el de la Triste Figura, enva por m a decir a vuestra grandeza sea
servida de darle licencia para que, con su propsito y beneplcito y
consentimiento, l venga a poner en obra su deseo, que no es otro, segn l
dice y yo pienso, que de servir a vuestra encumbrada altanera y fermosura;
que en drsela vuestra seora har cosa que redunde en su pro, y l
recibir sealadsima merced y contento.

-Por cierto, buen escudero -respondi la seora-, vos habis dado la
embajada vuestra con todas aquellas circunstancias que las tales embajadas
piden. Levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el
de la Triste Figura, de quien ya tenemos ac mucha noticia, no es justo que
est de hinojos; levantaos, amigo, y decid a vuestro seor que venga mucho
en hora buena a servirse de m y del duque mi marido, en una casa de placer
que aqu tenemos.

Levantse Sancho admirado, as de la hermosura de la buena seora como de
su mucha crianza y cortesa, y ms de lo que le haba dicho que tena
noticia de su seor el Caballero de la Triste Figura, y que si no le
haba llamado el de los Leones, deba de ser por habrsele puesto tan
nuevamente. Preguntle la duquesa, cuyo ttulo an no se sabe:

-Decidme, hermano escudero: este vuestro seor, no es uno de quien anda
impresa una historia que se llama del ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha, que tiene por seora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?

-El mesmo es, seora -respondi Sancho-; y aquel escudero suyo que anda, o
debe de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si
no es que me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la
estampa.

-De todo eso me huelgo yo mucho -dijo la duquesa-. Id, hermano Panza, y
decid a vuestro seor que l sea el bien llegado y el bien venido a mis
estados, y que ninguna cosa me pudiera venir que ms contento me diera.

Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grandsimo gusto volvi a su
amo, a quien cont todo lo que la gran seora le haba dicho, levantando
con sus rsticos trminos a los cielos su mucha fermosura, su gran donaire
y cortesa. Don Quijote se gallarde en la silla, psose bien en los
estribos, acomodse la visera, arremeti a Rocinante, y con gentil denuedo
fue a besar las manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, su
marido, le cont, en tanto que don Quijote llegaba, toda la embajada suya;
y los dos, por haber ledo la primera parte desta historia y haber
entendido por ella el disparatado humor de don Quijote, con grandsimo
gusto y con deseo de conocerle le atendan, con prosupuesto de seguirle el
humor y conceder con l en cuanto les dijese, tratndole como a caballero
andante los das que con ellos se detuviese, con todas las ceremonias
acostumbradas en los libros de caballeras, que ellos haban ledo, y aun
les eran muy aficionados.

En esto, lleg don Quijote, alzada la visera; y, dando muestras de apearse,
acudi Sancho a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado que, al
apearse del rucio, se le asi un pie en una soga del albarda, de tal modo
que no fue posible desenredarle, antes qued colgado dl, con la boca y los
pechos en el suelo. Don Quijote, que no tena en costumbre apearse sin que
le tuviesen el estribo, pensando que ya Sancho haba llegado a tenrsele,
descarg de golpe el cuerpo, y llevse tras s la silla de Rocinante, que
deba de estar mal cinchado, y la silla y l vinieron al suelo, no sin
vergenza suya y de muchas maldiciones que entre dientes ech al desdichado
de Sancho, que an todava tena el pie en la corma.

El duque mand a sus cazadores que acudiesen al caballero y al escudero,
los cuales levantaron a don Quijote maltrecho de la cada, y, renqueando y
como pudo, fue a hincar las rodillas ante los dos seores; pero el duque no
lo consinti en ninguna manera, antes, apendose de su caballo, fue a
abrazar a don Quijote, dicindole:

-A m me pesa, seor Caballero de la Triste Figura, que la primera que
vuesa merced ha hecho en mi tierra haya sido tan mala como se ha visto;
pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos.

-El que yo he tenido en veros, valeroso prncipe -respondi don Quijote-,
es imposible ser malo, aunque mi cada no parara hasta el profundo de los
abismos, pues de all me levantara y me sacara la gloria de haberos visto.
Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias
que ata y cincha una silla para que est firme; pero, comoquiera que yo me
halle, cado o levantado, a pie o a caballo, siempre estar al servicio
vuestro y al de mi seora la duquesa, digna consorte vuestra, y digna
seora de la hermosura y universal princesa de la cortesa.

-Pasito, mi seor don Quijote de la Mancha! -dijo el duque-, que adonde
est mi seora doa Dulcinea del Toboso no es razn que se alaben otras
fermosuras.

Ya estaba a esta sazn libre Sancho Panza del lazo, y, hallndose all
cerca, antes que su amo respondiese, dijo:

-No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi seora Dulcinea del
Toboso, pero donde menos se piensa se levanta la liebre; que yo he odo
decir que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de
barro, y el que hace un vaso hermoso tambin puede hacer dos, y tres y
ciento; dgolo porque mi seora la duquesa a fee que no va en zaga a mi ama
la seora Dulcinea del Toboso.

Volvise don Quijote a la duquesa y dijo:

-Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo
escudero ms hablador ni ms gracioso del que yo tengo, y l me sacar
verdadero si algunos das quisiere vuestra gran celsitud servirse de m.

A lo que respondi la duquesa:

-De que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es seal
que es discreto; que las gracias y los donaires, seor don Quijote, como
vuesa merced bien sabe, no asientan sobre ingenios torpes; y, pues el buen
Sancho es gracioso y donairoso, desde aqu le confirmo por discreto.

-Y hablador -aadi don Quijote.

-Tanto que mejor -dijo el duque-, porque muchas gracias no se pueden decir
con pocas palabras. Y, porque no se nos vaya el tiempo en ellas, venga el
gran Caballero de la Triste Figura...

-De los Leones ha de decir vuestra alteza -dijo Sancho-, que ya no hay
Triste Figura, ni figuro.

-Sea el de los Leones -prosigui el duque-. Digo que venga el seor
Caballero de los Leones a un castillo mo que est aqu cerca, donde se le
har el acogimiento que a tan alta persona se debe justamente, y el que yo
y la duquesa solemos hacer a todos los caballeros andantes que a l llegan.

Ya en esto, Sancho haba aderezado y cinchado bien la silla a Rocinante; y,
subiendo en l don Quijote, y el duque en un hermoso caballo, pusieron a la
duquesa en medio y encaminaron al castillo. Mand la duquesa a Sancho que
fuese junto a ella, porque gustaba infinito de or sus discreciones. No se
hizo de rogar Sancho, y entretejise entre los tres, y hizo cuarto en la
conversacin, con gran gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron a gran
ventura acoger en su castillo tal caballero andante y tal escudero andado.





Captulo XXXI. Que trata de muchas y grandes cosas


Suma era la alegra que llevaba consigo Sancho, vindose, a su parecer, en
privanza con la duquesa, porque se le figuraba que haba de hallar en su
castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre
aficionado a la buena vida; y as, tomaba la ocasin por la melena en esto
del regalarse cada y cuando que se le ofreca.

Cuenta, pues, la historia, que antes que a la casa de placer o castillo
llegasen, se adelant el duque y dio orden a todos sus criados del modo que
haban de tratar a don Quijote; el cual, como lleg con la duquesa a las
puertas del castillo, al instante salieron dl dos lacayos o palafreneros,
vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de finsimo
raso carmes, y, cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser odo ni visto,
le dijeron:

-Vaya la vuestra grandeza a apear a mi seora la duquesa.

Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre el
caso; pero, en efecto, venci la porfa de la duquesa, y no quiso decender
o bajar del palafrn sino en los brazos del duque, diciendo que no se
hallaba digna de dar a tan gran caballero tan intil carga. En fin, sali
el duque a apearla; y al entrar en un gran patio, llegaron dos hermosas
doncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un gran manto de
finsima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores del
patio de criados y criadas de aquellos seores, diciendo a grandes voces:

-Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!

Y todos, o los ms, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y
sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aqul fue el
primer da que de todo en todo conoci y crey ser caballero andante
verdadero, y no fantstico, vindose tratar del mesmo modo que l haba
ledo se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.

Sancho, desamparando al rucio, se cosi con la duquesa y se entr en el
castillo; y, remordindole la conciencia de que dejaba al jumento solo, se
lleg a una reverenda duea, que con otras a recebir a la duquesa haba
salido, y con voz baja le dijo:

-Seora Gonzlez, o como es su gracia de vuesa merced...

-Doa Rodrguez de Grijalba me llamo -respondi la duea-. Qu es lo que
mandis, hermano?

A lo que respondi Sancho:

-Querra que vuesa merced me la hiciese de salir a la puerta del castillo,
donde hallar un asno rucio mo; vuesa merced sea servida de mandarle
poner, o ponerle, en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco
medroso, y no se hallar a estar solo en ninguna de las maneras.

-Si tan discreto es el amo como el mozo -respondi la duea-, medradas
estamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien ac os
trujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las dueas desta casa no
estamos acostumbradas a semejantes haciendas.

-Pues en verdad -respondi Sancho- que he odo yo decir a mi seor, que es
zahor de las historias, contando aquella de Lanzarote,

   cuando de Bretaa vino,
   que damas curaban dl,
   y dueas del su rocino;

y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocn del
seor Lanzarote.

-Hermano, si sois juglar -replic la duea-, guardad vuestras gracias para
donde lo parezcan y se os paguen, que de mi no podris llevar sino una
higa.

-Aun bien -respondi Sancho- que ser bien madura, pues no perder vuesa
merced la qunola de sus aos por punto menos!

-Hijo de puta -dijo la duea, toda ya encendida en clera-, si soy vieja o
no, a Dios dar la cuenta, que no a vos, bellaco, harto de ajos.

Y esto dijo en voz tan alta, que lo oy la duquesa; y, volviendo y viendo a
la duea tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le pregunt con quin
las haba.

-Aqu las he -respondi la duea- con este buen hombre, que me ha pedido
encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que est
a la puerta del castillo, trayndome por ejemplo que as lo hicieron no s
dnde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueas a su
rocino, y, sobre todo, por buen trmino me ha llamado vieja.

-Eso tuviera yo por afrenta -respondi la duquesa-, ms que cuantas
pudieran decirme.

Y, hablando con Sancho, le dijo:

-Advertid, Sancho amigo, que doa Rodrguez es muy moza, y que aquellas
tocas ms las trae por autoridad y por la usanza que por los aos.

-Malos sean los que me quedan por vivir -respondi Sancho-, si lo dije por
tanto; slo lo dije porque es tan grande el cario que tengo a mi jumento,
que me pareci que no poda encomendarle a persona ms caritativa que a la
seora doa Rodrguez.

Don Quijote, que todo lo oa, le dijo:

-Plticas son stas, Sancho, para este lugar?

-Seor -respondi Sancho-, cada uno ha de hablar de su menester dondequiera
que estuviere; aqu se me acord del rucio, y aqu habl dl; y si en la
caballeriza se me acordara, all hablara.

A lo que dijo el duque:

-Sancho est muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio se
le dar recado a pedir de boca, y descuide Sancho, que se le tratar como a
su mesma persona.

Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote, llegaron a lo
alto y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riqusimas de
oro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas
industriadas y advertidas del duque y de la duquesa de lo que haban de
hacer, y de cmo haban de tratar a don Quijote, para que imaginase y viese
que le trataban como caballero andante. Qued don Quijote, despus de
desarmado, en sus estrechos greguescos y en su jubn de camuza, seco, alto,
tendido, con las quijadas, que por de dentro se besaba la una con la otra;
figura que, a no tener cuenta las doncellas que le servan con disimular la
risa -que fue una de las precisas rdenes que sus seores les haban dado-,
reventaran riendo.

Pidironle que se dejase desnudar para una camisa, pero nunca lo consinti,
diciendo que la honestidad pareca tan bien en los caballeros andantes como
la valenta. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerrndose
con l en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnud y visti la
camisa; y, vindose solo con Sancho, le dijo:

-Dime, truhn moderno y majadero antiguo: parcete bien deshonrar y
afrentar a una duea tan veneranda y tan digna de respeto como aqulla?
Tiempos eran aqullos para acordarte del rucio, o seores son stos para
dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueos? Por
quien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza de
manera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera tela
tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto ms es tenido el seor cuanto
tiene ms honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas
mayores que llevan los prncipes a los dems hombres es que se sirven de
criados tan buenos como ellos. No adviertes, angustiado de ti, y
malaventurado de m, que si veen que t eres un grosero villano, o un
mentecato gracioso, pensarn que yo soy algn echacuervos, o algn
caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo, huye, huye destos
inconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer
puntapi cae y da en truhn desgraciado. Enfrena la lengua, considera y
rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos
llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos de
salir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.

Sancho le prometi con muchas veras de coserse la boca, o morderse la
lengua, antes de hablar palabra que no fuese muy a propsito y bien
considerada, como l se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que
nunca por l se descubrira quin ellos eran.

Vistise don Quijote, psose su tahal con su espada, echse el mantn de
escarlata a cuestas, psose una montera de raso verde que las doncellas le
dieron, y con este adorno sali a la gran sala, adonde hall a las
doncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas con
aderezo de darle aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias y
ceremonias.

Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que ya
los seores le aguardaban. Cogironle en medio, y, lleno de pompa y
majestad, le llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa con
solos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la
sala a recebirle, y con ellos un grave eclesistico, destos que gobiernan
las casas de los prncipes; destos que, como no nacen prncipes, no
aciertan a ensear cmo lo han de ser los que lo son; destos que quieren
que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus nimos;
destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados,
les hacen ser miserables; destos tales, digo que deba de ser el grave
religioso que con los duques sali a recebir a don Quijote. Hicironse mil
corteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio, se
fueron a sentar a la mesa.

Convid el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque l lo
rehus, las importunaciones del duque fueron tantas que la hubo de tomar.
El eclesistico se sent frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.

A todo estaba presente Sancho, embobado y atnito de ver la honra que a su
seor aquellos prncipes le hacan; y, viendo las muchas ceremonias y
ruegos que pasaron entre el duque y don Quijote para hacerle sentar a la
cabecera de la mesa, dijo:

-Si sus mercedes me dan licencia, les contar un cuento que pas en mi
pueblo acerca desto de los asientos.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote tembl, creyendo sin duda
alguna que haba de decir alguna necedad. Mirle Sancho y entendile, y
dijo:

-No tema vuesa merced, seor mo, que yo me desmande, ni que diga cosa que
no venga muy a pelo, que no se me han olvidado los consejos que poco ha
vuesa merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.

-Yo no me acuerdo de nada, Sancho -respondi don Quijote-; di lo que
quisieres, como lo digas presto.

-Pues lo que quiero decir -dijo Sancho- es tan verdad, que mi seor don
Quijote, que est presente, no me dejar mentir.

-Por m -replic don Quijote-, miente t, Sancho, cuanto quisieres, que yo
no te ir a la mano, pero mira lo que vas a decir.

-Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo est el que repica, como
se ver por la obra.

-Bien ser -dijo don Quijote- que vuestras grandezas manden echar de aqu a
este tonto, que dir mil patochadas.

-Por vida del duque -dijo la duquesa-, que no se ha de apartar de m Sancho
un punto: quirole yo mucho, porque s que es muy discreto.

-Discretos das -dijo Sancho- viva vuestra santidad por el buen crdito que
de m tiene, aunque en m no lo haya. Y el cuento que quiero decir es ste:
Convid un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque vena de los
lamos de Medina del Campo, que cas con doa Menca de Quiones, que fue
hija de don Alonso de Maran, caballero del hbito de Santiago, que se
ahog en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia aos ha en nuestro
lugar, que, a lo que entiendo, mi seor don Quijote se hall en ella, de
donde sali herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el
herrero... No es verdad todo esto, seor nuestro amo? Dgalo, por su
vida, porque estos seores no me tengan por algn hablador mentiroso.

-Hasta ahora -dijo el eclesistico-, ms os tengo por hablador que por
mentiroso, pero de aqu adelante no s por lo que os tendr.

-T das tantos testigos, Sancho, y tantas seas, que no puedo dejar de
decir que debes de decir verdad. Pasa adelante y acorta el cuento, porque
llevas camino de no acabar en dos das.

-No ha de acortar tal -dijo la duquesa-, por hacerme a m placer; antes, le
ha de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis das; que
si tantos fuesen, seran para m los mejores que hubiese llevado en mi
vida.

-Digo, pues, seores mos -prosigui Sancho-, que este tal hidalgo, que yo
conozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de
ballesta, convid un labrador pobre, pero honrado.

-Adelante, hermano -dijo a esta sazn el religioso-, que camino llevis de
no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.

-A menos de la mitad parar, si Dios fuere servido -respondi Sancho-. Y
as, digo que, llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgo
convidador, que buen poso haya su nima, que ya es muerto, y por ms seas
dicen que hizo una muerte de un ngel, que yo no me hall presente, que
haba ido por aquel tiempo a segar a Tembleque...

-Por vida vuestra, hijo, que volvis presto de Tembleque, y que, sin
enterrar al hidalgo, si no queris hacer ms exequias, acabis vuestro
cuento.

-Es, pues, el caso -replic Sancho- que, estando los dos para asentarse a
la mesa, que parece que ahora los veo ms que nunca...

Gran gusto receban los duques del disgusto que mostraba tomar el buen
religioso de la dilacin y pausas con que Sancho contaba su cuento, y don
Quijote se estaba consumiendo en clera y en rabia.

-Digo, as -dijo Sancho-, que, estando, como he dicho, los dos para
sentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la
cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba tambin que el labrador la
tomase, porque en su casa se haba de hacer lo que l mandase; pero el
labrador, que presuma de corts y bien criado, jams quiso, hasta que el
hidalgo, mohno, ponindole ambas manos sobre los hombros, le hizo sentar
por fuerza, dicindole: ''Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo me
siente ser vuestra cabecera''. Y ste es el cuento, y en verdad que creo
que no ha sido aqu trado fuera de propsito.

Psose don Quijote de mil colores, que sobre lo moreno le jaspeaban y se le
parecan; los seores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase de
correrse, habiendo entendido la malicia de Sancho; y, por mudar de pltica
y hacer que Sancho no prosiguiese con otros disparates, pregunt la duquesa
a don Quijote que qu nuevas tena de la seora Dulcinea, y que si le haba
enviado aquellos das algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no
poda dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondi:

-Seora ma, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrn fin.
Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero adnde
la haban de hallar, si est encantada y vuelta en la ms fea labradora que
imaginar se puede?

-No s -dijo Sancho Panza-, a m me parece la ms hermosa criatura del
mundo; a lo menos, en la ligereza y en el brincar bien s yo que no dar
ella la ventaja a un volteador; a buena fe, seora duquesa, as salta desde
el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.

-Habisla visto vos encantada, Sancho? -pregunt el duque.

-Y cmo si la he visto! -respondi Sancho-. Pues, quin diablos sino yo
fue el primero que cay en el achaque del encantorio? Tan encantada est
como mi padre!

El eclesistico, que oy decir de gigantes, de follones y de encantos, cay
en la cuenta de que aqul deba de ser don Quijote de la Mancha, cuya
historia lea el duque de ordinario, y l se lo haba reprehendido muchas
veces, dicindole que era disparate leer tales disparates; y, enterndose
ser verdad lo que sospechaba, con mucha clera, hablando con el duque, le
dijo:

-Vuestra Excelencia, seor mo, tiene que dar cuenta a Nuestro Seor de lo
que hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama,
imagino yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere
que sea, dndole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y
vaciedades.

Y, volviendo la pltica a don Quijote, le dijo:

-Y a vos, alma de cntaro, quin os ha encajado en el celebro que sois
caballero andante y que vencis gigantes y prendis malandrines? Andad en
hora buena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros
hijos, si los tenis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando
por el mundo, papando viento y dando que rer a cuantos os conocen y no
conocen. En dnde, nora tal, habis vos hallado que hubo ni hay ahora
caballeros andantes? Dnde hay gigantes en Espaa, o malandrines en la
Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades
que de vos se cuentan?

Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable varn, y, viendo
que ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado y
alborotado rostro, se puso en pie y dijo...

Pero esta respuesta captulo por s merece.





Captulo XXXII. De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con
otros graves y graciosos sucesos


Levantado, pues, en pie don Quijote, temblando de los pies a la cabeza como
azogado, con presurosa y turbada lengua, dijo:

-El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo y el respeto que
siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa tienen y atan las
manos de mi justo enojo; y, as por lo que he dicho como por saber que
saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la
mujer, que son la lengua, entrar con la ma en igual batalla con vuesa
merced, de quien se deba esperar antes buenos consejos que infames
vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras
circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme
reprehendido en pblico y tan speramente ha pasado todos los lmites de la
buena reprehensin, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que
sobre la aspereza, y no es bien que, sin tener conocimiento del pecado que
se reprehende, llamar al pecador, sin ms ni ms, mentecato y tonto. Si no,
dgame vuesa merced: por cul de las mentecateras que en m ha visto me
condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el
gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los
tengo? No hay ms sino a troche moche entrarse por las casas ajenas a
gobernar sus dueos, y, habindose criado algunos en la estrecheza de algn
pupilaje, sin haber visto ms mundo que el que puede contenerse en veinte o
treinta leguas de distrito, meterse de rondn a dar leyes a la caballera y
a juzgar de los caballeros andantes? Por ventura es asumpto vano o es
tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los
regalos dl, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la
inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magnficos, los
generosos, los altamente nacidos, tuviralo por afrenta inreparable; pero
de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron
las sendas de la caballera, no se me da un ardite: caballero soy y
caballero he de morir si place al Altsimo. Unos van por el ancho campo de
la ambicin soberbia; otros, por el de la adulacin servil y baja; otros,
por el de la hipocresa engaosa, y algunos, por el de la verdadera
religin; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la
caballera andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la
honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado
insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no
ms de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, sindolo,
no soy de los enamorados viciosos, sino de los platnicos continentes. Mis
intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a
todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el
que desto trata merece ser llamado bobo, dganlo vuestras grandezas, duque
y duquesa excelentes.

-Bien, por Dios! -dijo Sancho-. No diga ms vuestra merced, seor y amo
mo, en su abono, porque no hay ms que decir, ni ms que pensar, ni ms
que perseverar en el mundo. Y ms, que, negando este seor, como ha negado,
que no ha habido en el mundo, ni los hay, caballeros andantes, qu mucho
que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho?

-Por ventura -dijo el eclesistico- sois vos, hermano, aquel Sancho Panza
que dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una nsula?

-S soy -respondi Sancho-; y soy quien la merece tan bien como otro
cualquiera; soy quien "jntate a los buenos y sers uno dellos", y soy yo
de aquellos "no con quien naces, sino con quien paces", y de los "quien a
buen rbol se arrima, buena sombra le cobija". Yo me he arrimado a buen
seor, y ha muchos meses que ando en su compaa, y he de ser otro como l,
Dios queriendo; y viva l y viva yo: que ni a l le faltarn imperios que
mandar ni a m nsulas que gobernar.

-No, por cierto, Sancho amigo -dijo a esta sazn el duque-, que yo, en
nombre del seor don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de
nones, de no pequea calidad.

-Hncate de rodillas, Sancho -dijo don Quijote-, y besa los pies a Su
Excelencia por la merced que te ha hecho.

Hzolo as Sancho; lo cual visto por el eclesistico, se levant de la
mesa, mohno adems, diciendo:

-Por el hbito que tengo, que estoy por decir que es tan sandio Vuestra
Excelencia como estos pecadores. Mirad si no han de ser ellos locos, pues
los cuerdos canonizan sus locuras! Qudese Vuestra Excelencia con ellos;
que, en tanto que estuvieren en casa, me estar yo en la ma, y me escusar
de reprehender lo que no puedo remediar.

Y, sin decir ms ni comer ms, se fue, sin que fuesen parte a detenerle los
ruegos de los duques; aunque el duque no le dijo mucho, impedido de la risa
que su impertinente clera le haba causado. Acab de rer y dijo a don
Quijote:

-Vuesa merced, seor Caballero de los Leones, ha respondido por s tan
altamente que no le queda cosa por satisfacer deste que, aunque parece
agravio, no lo es en ninguna manera; porque, as como no agravian las
mujeres, no agravian los eclesisticos, como vuesa merced mejor sabe.

-As es -respondi don Quijote-, y la causa es que el que no puede ser
agraviado no puede agraviar a nadie. Las mujeres, los nios y los
eclesisticos, como no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, no pueden
ser afrentados; porque entre el agravio y la afrenta hay esta diferencia,
como mejor Vuestra Excelencia sabe: la afrenta viene de parte de quien la
puede hacer, y la hace y la sustenta; el agravio puede venir de cualquier
parte, sin que afrente. Sea ejemplo: est uno en la calle descuidado,
llegan diez con mano armada, y, dndole de palos, pone mano a la espada y
hace su deber, pero la muchedumbre de los contrarios se le opone, y no le
deja salir con su intencin, que es de vengarse; este tal queda agraviado,
pero no afrentado. Y lo mesmo confirmar otro ejemplo: est uno vuelto de
espaldas, llega otro y dale de palos, y en dndoselos huye y no espera, y
el otro le sigue y no alcanza; este que recibi los palos, recibi agravio,
mas no afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada. Si el que le dio
los palos, aunque se los dio a hurtacordel, pusiera mano a su espada y se
estuviera quedo, haciendo rostro a su enemigo, quedara el apaleado
agraviado y afrentado juntamente: agraviado, porque le dieron a traicin;
afrentado, porque el que le dio sustent lo que haba hecho, sin volver las
espaldas y a pie quedo. Y as, segn las leyes del maldito duelo, yo puedo
estar agraviado, mas no afrentado; porque los nios no sienten, ni las
mujeres, ni pueden huir, ni tienen para qu esperar, y lo mesmo los
constituidos en la sacra religin, porque estos tres gneros de gente
carecen de armas ofensivas y defensivas; y as, aunque naturalmente estn
obligados a defenderse, no lo estn para ofender a nadie. Y, aunque poco ha
dije que yo poda estar agraviado, agora digo que no, en ninguna manera,
porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar; por las cuales
razones yo no debo sentir, ni siento, las que aquel buen hombre me ha
dicho; slo quisiera que esperara algn poco, para darle a entender en el
error en que est en pensar y decir que no ha habido, ni los hay,
caballeros andantes en el mundo; que si lo tal oyera Amads, o uno de los
infinitos de su linaje, yo s que no le fuera bien a su merced.

-Eso juro yo bien -dijo Sancho-: cuchillada le hubieran dado que le
abrieran de arriba abajo como una granada, o como a un meln muy maduro.
Bonitos eran ellos para sufrir semejantes cosquillas! Para mi santiguada,
que tengo por cierto que si Reinaldos de Montalbn hubiera odo estas
razones al hombrecito, tapaboca le hubiera dado que no hablara ms en tres
aos. No, sino tomrase con ellos y viera cmo escapaba de sus manos!

Pereca de risa la duquesa en oyendo hablar a Sancho, y en su opinin le
tena por ms gracioso y por ms loco que a su amo; y muchos hubo en aquel
tiempo que fueron deste mismo parecer. Finalmente, don Quijote se soseg, y
la comida se acab, y, en levantando los manteles, llegaron cuatro
doncellas, la una con una fuente de plata, y la otra con un aguamanil,
asimismo de plata, y la otra con dos blanqusimas y riqusimas toallas al
hombro, y la cuarta descubiertos los brazos hasta la mitad, y en sus
blancas manos -que sin duda eran blancas- una redonda pella de jabn
napolitano. Lleg la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura
encaj la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar
palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que deba ser usanza de
aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, y as tendi la suya
todo cuanto pudo, y al mismo punto comenz a llover el aguamanil, y la
doncella del jabn le manose las barbas con mucha priesa, levantando copos
de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no slo por las
barbas, mas por todo el rostro y por los ojos del obediente caballero,
tanto, que se los hicieron cerrar por fuerza.

El duque y la duquesa, que de nada desto eran sabidores, estaban esperando
en qu haba de parar tan extraordinario lavatorio. La doncella barbera,
cuando le tuvo con un palmo de jabonadura, fingi que se le haba acabado
el agua, y mand a la del aguamanil fuese por ella, que el seor don
Quijote esperara. Hzolo as, y qued don Quijote con la ms estraa
figura y ms para hacer rer que se pudiera imaginar.

Mirbanle todos los que presentes estaban, que eran muchos, y como le vean
con media vara de cuello, ms que medianamente moreno, los ojos cerrados y
las barbas llenas de jabn, fue gran maravilla y mucha discrecin poder
disimular la risa; las doncellas de la burla tenan los ojos bajos, sin
osar mirar a sus seores; a ellos les retozaba la clera y la risa en el
cuerpo, y no saban a qu acudir: o a castigar el atrevimiento de las
muchachas, o darles premio por el gusto que reciban de ver a don Quijote
de aquella suerte.

Finalmente, la doncella del aguamanil vino, y acabaron de lavar a don
Quijote, y luego la que traa las toallas le limpi y le enjug muy
reposadamente; y, hacindole todas cuatro a la par una grande y profunda
inclinacin y reverencia, se queran ir; pero el duque, porque don Quijote
no cayese en la burla, llam a la doncella de la fuente, dicindole:

-Venid y lavadme a m, y mirad que no se os acabe el agua.

La muchacha, aguda y diligente, lleg y puso la fuente al duque como a don
Quijote, y, dndose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y, dejndole
enjuto y limpio, haciendo reverencias se fueron. Despus se supo que haba
jurado el duque que si a l no le lavaran como a don Quijote, haba de
castigar su desenvoltura, lo cual haban enmendado discretamente con
haberle a l jabonado.

Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre s:

-Vlame Dios! Si ser tambin usanza en esta tierra lavar las barbas a
los escuderos como a los caballeros? Porque, en Dios y en mi nima que lo
he bien menester, y aun que si me las rapasen a navaja, lo tendra a ms
beneficio.

-Qu decs entre vos, Sancho? -pregunt la duquesa.

-Digo, seora -respondi l-, que en las cortes de los otros prncipes
siempre he odo decir que en levantando los manteles dan agua a las manos,
pero no leja a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho, por ver
mucho; aunque tambin dicen que el que larga vida vive mucho mal ha de
pasar, puesto que pasar por un lavatorio de stos antes es gusto que
trabajo.

-No tengis pena, amigo Sancho -dijo la duquesa-, que yo har que mis
doncellas os laven, y aun os metan en colada, si fuere menester.

-Con las barbas me contento -respondi Sancho-, por ahora a lo menos, que
andando el tiempo, Dios dijo lo que ser.

-Mirad, maestresala -dijo la duquesa-, lo que el buen Sancho pide, y
cumplidle su voluntad al pie de la letra.

El maestresala respondi que en todo sera servido el seor Sancho, y con
esto se fue a comer, y llev consigo a Sancho, quedndose a la mesa los
duques y don Quijote, hablando en muchas y diversas cosas; pero todas
tocantes al ejercicio de las armas y de la andante caballera.

La duquesa rog a don Quijote que le delinease y describiese, pues pareca
tener felice memoria, la hermosura y facciones de la seora Dulcinea del
Toboso; que, segn lo que la fama pregonaba de su belleza, tena por
entendido que deba de ser la ms bella criatura del orbe, y aun de toda la
Mancha. Sospir don Quijote, oyendo lo que la duquesa le mandaba, y dijo:

-Si yo pudiera sacar mi corazn y ponerle ante los ojos de vuestra
grandeza, aqu, sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi
lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque Vuestra Excelencia la
viera en l toda retratada; pero, para qu es ponerme yo ahora a delinear
y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par
Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los mos, empresa en
quien se deban ocupar los pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y
los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en tablas, en mrmoles y en
bronces, y la retrica ciceroniana y demostina para alabarla?

-Qu quiere decir demostina, seor don Quijote -pregunt la duquesa-, que
es vocablo que no le he odo en todos los das de mi vida?

-Retrica demostina -respondi don Quijote- es lo mismo que decir retrica
de Demstenes, como ciceroniana, de Cicern, que fueron los dos mayores
retricos del mundo.

-As es -dijo el duque-, y habis andado deslumbrada en la tal pregunta.
Pero, con todo eso, nos dara gran gusto el seor don Quijote si nos la
pintase; que a buen seguro que, aunque sea en rasguo y bosquejo, que ella
salga tal, que la tengan invidia las ms hermosas.

-S hiciera, por cierto -respondi don Quijote-, si no me la hubiera
borrado de la idea la desgracia que poco ha que le sucedi, que es tal, que
ms estoy para llorarla que para describirla; porque habrn de saber
vuestras grandezas que, yendo los das pasados a besarle las manos, y a
recebir su bendicin, beneplcito y licencia para esta tercera salida,
hall otra de la que buscaba: hallla encantada y convertida de princesa en
labradora, de hermosa en fea, de ngel en diablo, de olorosa en pestfera,
de bien hablada en rstica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas,
y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago.

-Vlame Dios! -dando una gran voz, dijo a este instante el duque-. Quin
ha sido el que tanto mal ha hecho al mundo? Quin ha quitado dl la
belleza que le alegraba, el donaire que le entretena y la honestidad que
le acreditaba?

-Quin? -respondi don Quijote-. Quin puede ser sino algn maligno
encantador de los muchos invidiosos que me persiguen? Esta raza maldita,
nacida en el mundo para escurecer y aniquilar las hazaas de los buenos, y
para dar luz y levantar los fechos de los malos. Perseguido me han
encantadores, encantadores me persiguen y encantadores me persiguirn hasta
dar conmigo y con mis altas caballeras en el profundo abismo del olvido; y
en aquella parte me daan y hieren donde veen que ms lo siento, porque
quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira,
y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. Otras
muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero
andante sin dama es como el rbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la
sombra sin cuerpo de quien se cause.

-No hay ms que decir -dijo la duquesa-; pero si, con todo eso, hemos de
dar crdito a la historia que del seor don Quijote de pocos das a esta
parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes,
della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la
seora Dulcinea, y que esta tal seora no es en el mundo, sino que es dama
fantstica, que vuesa merced la engendr y pari en su entendimiento, y la
pint con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.

-En eso hay mucho que decir -respondi don Quijote-. Dios sabe si hay
Dulcinea o no en el mundo, o si es fantstica o no es fantstica; y stas
no son de las cosas cuya averiguacin se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo
engendr ni par a mi seora, puesto que la contemplo como conviene que sea
una dama que contenga en s las partes que puedan hacerla famosa en todas
las del mundo, como son: hermosa, sin tacha, grave sin soberbia, amorosa
con honestidad, agradecida por corts, corts por bien criada, y,
finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece
y campea la hermosura con ms grados de perfecin que en las hermosas
humildemente nacidas.

-As es -dijo el duque-; pero hame de dar licencia el seor don Quijote
para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazaas he
ledo, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea, en
el Toboso o fuera dl, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced
nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las
Orianas, con las Alastrajareas, con las Madsimas, ni con otras deste jaez,
de quien estn llenas las historias que vuesa merced bien sabe.

-A eso puedo decir -respondi don Quijote- que Dulcinea es hija de sus
obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en ms se ha de estimar y
tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto ms, que
Dulcinea tiene un jirn que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro;
que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores
milagros se estiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en s
encerradas mayores venturas.

-Digo, seor don Quijote -dijo la duquesa-, que en todo cuanto vuestra
merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la
mano; y que yo desde aqu adelante creer y har creer a todos los de mi
casa, y aun al duque mi seor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el
Toboso, y que vive hoy da, y es hermosa, y principalmente nacida y
merecedora que un tal caballero como es el seor don Quijote la sirva; que
es lo ms que puedo ni s encarecer. Pero no puedo dejar de formar un
escrpulo, y tener algn no s qu de ojeriza contra Sancho Panza: el
escrpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza hall a
la tal seora Dulcinea, cuando de parte de vuestra merced le llev una
epstola, ahechando un costal de trigo, y, por ms seas, dice que era
rubin: cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.

A lo que respondi don Quijote:

-Seora ma, sabr la vuestra grandeza que todas o las ms cosas que a m
me suceden van fuera de los trminos ordinarios de las que a los otros
caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer
inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algn
encantador invidioso; y, como es cosa ya averiguada que todos o los ms
caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado,
otro de ser de tan impenetrables carnes que no pueda ser herido, como lo
fue el famoso Roldn, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta
que no poda ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto
haba de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma
alguna; y as, cuando Bernardo del Carpio le mat en Roncesvalles, viendo
que no le poda llagar con fierro, le levant del suelo entre los brazos y
le ahog, acordndose entonces de la muerte que dio Hrcules a Anten,
aquel feroz gigante que decan ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo
dicho, que podra ser que yo tuviese alguna gracia dstas, no del no
poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy
de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado,
que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera
poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero, pues
de aqul me libr, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me
empezca; y as, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar
de sus malas maas, vnganse en las cosas que ms quiero, y quieren
quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y as, creo
que, cuando mi escudero le llev mi embajada, se la convirtieron en villana
y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo
yo dicho que aquel trigo ni era rubin ni trigo, sino granos de perlas
orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes
cmo, viniendo poco ha por el Toboso, jams pude hallar los palacios de
Dulcinea; y que otro da, habindola visto Sancho, mi escudero, en su mesma
figura, que es la ms bella del orbe, a m me pareci una labradora tosca y
fea, y no nada bien razonada, siendo la discrecin del mundo; y, pues yo no
estoy encantado, ni lo puedo estar, segn buen discurso, ella es la
encantada, la ofendida y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han
vengado de m mis enemigos, y por ella vivir yo en perpetuas lgrimas,
hasta verla en su prstino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare
en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea; que, pues a m
me la mudaron, no es maravilla que a l se la cambiasen. Dulcinea es
principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso,
que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca
parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar ser famoso y nombrado en
los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y Espaa por la
Cava, aunque con mejor ttulo y fama. Por otra parte, quiero que entiendan
vuestras seoras que Sancho Panza es uno de los ms graciosos escuderos
que jams sirvi a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan
agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeo contento; tiene
malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por
bobo; duda de todo y crelo todo; cuando pienso que se va a despear de
tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo
no le trocara con otro escudero, aunque me diesen de aadidura una ciudad;
y as, estoy en duda si ser bien enviarle al gobierno de quien vuestra
grandeza le ha hecho merced; aunque veo en l una cierta aptitud para esto
de gobernar, que atusndole tantico el entendimiento, se saldra con
cualquiera gobierno, como el rey con sus alcabalas; y ms, que ya por
muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas
letras para ser uno gobernador, pues hay por ah ciento que apenas saber
leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque est en que tengan buena
intencin y deseen acertar en todo; que nunca les faltar quien les
aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores
caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejarale yo que
ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el
estmago, que saldrn a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la
nsula que gobernare.

A este punto llegaban de su coloquio el duque, la duquesa y don Quijote,
cuando oyeron muchas voces y gran rumor de gente en el palacio; y a deshora
entr Sancho en la sala, todo asustado, con un cernadero por babador, y
tras l muchos mozos, o, por mejor decir, pcaros de cocina y otra gente
menuda, y uno vena con un artesoncillo de agua, que en la color y poca
limpieza mostraba ser de fregar; seguale y perseguale el de la artesa, y
procuraba con toda solicitud ponrsela y encajrsela debajo de las barbas,
y otro pcaro mostraba querrselas lavar.

-Qu es esto, hermanos? -pregunt la duquesa-. Qu es esto? Qu queris
a ese buen hombre? Cmo y no consideris que est electo gobernador?

A lo que respondi el pcaro barbero:

-No quiere este seor dejarse lavar, como es usanza, y como se la lav el
duque mi seor y el seor su amo.

-S quiero -respondi Sancho con mucha clera-, pero querra que fuese con
toallas ms limpias, con leja mas clara y con manos no tan sucias; que no
hay tanta diferencia de m a mi amo, que a l le laven con agua de ngeles
y a m con leja de diablos. Las usanzas de las tierras y de los palacios
de los prncipes tanto son buenas cuanto no dan pesadumbre, pero la
costumbre del lavatorio que aqu se usa peor es que de diciplinantes. Yo
estoy limpio de barbas y no tengo necesidad de semejantes refrigerios; y el
que se llegare a lavarme ni a tocarme a un pelo de la cabeza, digo, de mi
barba, hablando con el debido acatamiento, le dar tal puada que le deje
el puo engastado en los cascos; que estas tales ceremonias y jabonaduras
ms parecen burlas que gasajos de huspedes.

Perecida de risa estaba la duquesa, viendo la clera y oyendo las razones
de Sancho, pero no dio mucho gusto a don Quijote verle tan mal adeliado
con la jaspeada toalla, y tan rodeado de tantos entretenidos de cocina; y
as, haciendo una profunda reverencia a los duques, como que les peda
licencia para hablar, con voz reposada dijo a la canalla:

-Hola, seores caballeros! Vuesas mercedes dejen al mancebo, y vulvanse
por donde vinieron, o por otra parte si se les antojare, que mi escudero es
limpio tanto como otro, y esas artesillas son para l estrechas y penantes
bcaros. Tomen mi consejo y djenle, porque ni l ni yo sabemos de achaque
de burlas.

Cogile la razn de la boca Sancho, y prosigui diciendo:

-No, sino llguense a hacer burla del mostrenco, que as lo sufrir como
ahora es de noche! Traigan aqu un peine, o lo que quisieren, y almohcenme
estas barbas, y si sacaren dellas cosa que ofenda a la limpieza, que me
trasquilen a cruces.

A esta sazn, sin dejar la risa, dijo la duquesa:

-Sancho Panza tiene razn en todo cuanto ha dicho, y la tendr en todo
cuanto dijere: l es limpio, y, como l dice, no tiene necesidad de
lavarse; y si nuestra usanza no le contenta, su alma en su palma, cuanto
ms, que vosotros, ministros de la limpieza, habis andado demasiadamente
de remisos y descuidados, y no s si diga atrevidos, a traer a tal
personaje y a tales barbas, en lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro y
de alemanas toallas, artesillas y dornajos de palo y rodillas de
aparadores. Pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no podis dejar, como
malandrines que sois, de mostrar la ojeriza que tenis con los escuderos de
los andantes caballeros.

Creyeron los apicarados ministros, y aun el maestresala, que vena con
ellos, que la duquesa hablaba de veras; y as, quitaron el cernadero del
pecho de Sancho, y todos confusos y casi corridos se fueron y le dejaron;
el cual, vindose fuera de aquel, a su parecer, sumo peligro, se fue a
hincar de rodillas ante la duquesa y dijo:

-De grandes seoras, grandes mercedes se esperan; esta que la vuestra
merced hoy me ha fecho no puede pagarse con menos, si no es con desear
verme armado caballero andante, para ocuparme todos los das de mi vida en
servir a tan alta seora. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy,
hijos tengo y de escudero sirvo: si con alguna destas cosas puedo servir a
vuestra grandeza, menos tardar yo en obedecer que vuestra seora en
mandar.

-Bien parece, Sancho -respondi la duquesa-, que habis aprendido a ser
corts en la escuela de la misma cortesa; bien parece, quiero decir, que
os habis criado a los pechos del seor don Quijote, que debe de ser la
nata de los comedimientos y la flor de las ceremonias, o cirimonias, como
vos decs. Bien haya tal seor y tal criado: el uno, por norte de la
andante caballera; y el otro, por estrella de la escuderil fidelidad.
Levantaos, Sancho amigo, que yo satisfar vuestras cortesas con hacer que
el duque mi seor, lo ms presto que pudiere, os cumpla la merced prometida
del gobierno.

Con esto ces la pltica, y don Quijote se fue a reposar la siesta, y la
duquesa pidi a Sancho que, si no tena mucha gana de dormir, viniese a
pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho
respondi que, aunque era verdad que tena por costumbre dormir cuatro o
cinco horas las siestas del verano, que, por servir a su bondad, l
procurara con todas sus fuerzas no dormir aquel da ninguna, y vendra
obediente a su mandado, y fuese. El duque dio nuevas rdenes como se
tratase a don Quijote como a caballero andante, sin salir un punto del
estilo como cuentan que se trataban los antiguos caballeros.





Captulo XXXIII. De la sabrosa pltica que la duquesa y sus doncellas
pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note


Cuenta, pues, la historia, que Sancho no durmi aquella siesta, sino que,
por cumplir su palabra, vino en comiendo a ver a la duquesa; la cual, con
el gusto que tena de orle, le hizo sentar junto a s en una silla baja,
aunque Sancho, de puro bien criado, no quera sentarse; pero la duquesa le
dijo que se sentase como gobernador y hablase como escudero, puesto que por
entrambas cosas mereca el mismo escao del Cid Ruy Daz Campeador.

Encogi Sancho los hombros, obedeci y sentse, y todas las doncellas y
dueas de la duquesa la rodearon, atentas, con grandsimo silencio, a
escuchar lo que dira; pero la duquesa fue la que habl primero, diciendo:

-Ahora que estamos solos, y que aqu no nos oye nadie, querra yo que el
seor gobernador me asolviese ciertas dudas que tengo, nacidas de la
historia que del gran don Quijote anda ya impresa; una de las cuales dudas
es que, pues el buen Sancho nunca vio a Dulcinea, digo, a la seora
Dulcinea del Toboso, ni le llev la carta del seor don Quijote, porque se
qued en el libro de memoria en Sierra Morena, cmo se atrevi a fingir la
respuesta, y aquello de que la hall ahechando trigo, siendo todo burla y
mentira, y tan en dao de la buena opinin de la sin par Dulcinea, y todas
que no vienen bien con la calidad y fidelidad de los buenos escuderos.

A estas razones, sin responder con alguna, se levant Sancho de la silla,
y, con pasos quedos, el cuerpo agobiado y el dedo puesto sobre los labios,
anduvo por toda la sala levantando los doseles; y luego, esto hecho, se
volvi a sentar y dijo:

-Ahora, seora ma, que he visto que no nos escucha nadie de solapa, fuera
de los circunstantes, sin temor ni sobresalto responder a lo que se me ha
preguntado, y a todo aquello que se me preguntare; y lo primero que digo es
que yo tengo a mi seor don Quijote por loco rematado, puesto que algunas
veces dice cosas que, a mi parecer, y aun de todos aquellos que le
escuchan, son tan discretas y por tan buen carril encaminadas, que el mesmo
Satans no las podra decir mejores; pero, con todo esto, verdaderamente y
sin escrpulo, a m se me ha asentado que es un mentecato. Pues, como yo
tengo esto en el magn, me atrevo a hacerle creer lo que no lleva pies ni
cabeza, como fue aquello de la respuesta de la carta, y lo de habr seis o
ocho das, que an no est en historia; conviene a saber: lo del encanto de
mi seora doa Dulcinea, que le he dado a entender que est encantada, no
siendo ms verdad que por los cerros de beda.

Rogle la duquesa que le contase aquel encantamento o burla, y Sancho se lo
cont todo del mesmo modo que haba pasado, de que no poco gusto recibieron
los oyentes; y, prosiguiendo en su pltica, dijo la duquesa:

-De lo que el buen Sancho me ha contado me anda brincando un escrpulo en
el alma y un cierto susurro llega a mis odos, que me dice: ''Pues don
Quijote de la Mancha es loco, menguado y mentecato, y Sancho Panza su
escudero lo conoce, y, con todo eso, le sirve y le sigue y va atenido a las
vanas promesas suyas, sin duda alguna debe de ser l ms loco y tonto que
su amo; y, siendo esto as, como lo es, mal contado te ser, seora
duquesa, si al tal Sancho Panza le das nsula que gobierne, porque el que
no sabe gobernarse a s, cmo sabr gobernar a otros?''

-Par Dios, seora -dijo Sancho-, que ese escrpulo viene con parto derecho;
pero dgale vuesa merced que hable claro, o como quisiere, que yo conozco
que dice verdad: que si yo fuera discreto, das ha que haba de haber
dejado a mi amo. Pero sta fue mi suerte, y sta mi malandanza; no puedo
ms, seguirle tengo: somos de un mismo lugar, he comido su pan, quirole
bien, es agradecido, diome sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel; y as,
es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadn.
Y si vuestra altanera no quisiere que se me d el prometido gobierno, de
menos me hizo Dios, y podra ser que el no drmele redundase en pro de mi
conciencia; que, maguera tonto, se me entiende aquel refrn de ''por su mal
le nacieron alas a la hormiga''; y aun podra ser que se fuese ms ana
Sancho escudero al cielo, que no Sancho gobernador. Tan buen pan hacen aqu
como en Francia; y de noche todos los gatos son pardos, y asaz de
desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado; y
no hay estmago que sea un palmo mayor que otro, el cual se puede llenar,
como suele decirse, de paja y de heno; y las avecitas del campo tienen a
Dios por su proveedor y despensero; y ms calientan cuatro varas de pao de
Cuenca que otras cuatro de lmiste de Segovia; y al dejar este mundo y
meternos la tierra adentro, por tan estrecha senda va el prncipe como el
jornalero, y no ocupa ms pies de tierra el cuerpo del Papa que el del
sacristn, aunque sea ms alto el uno que el otro; que al entrar en el hoyo
todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que nos
pese y a buenas noches. Y torno a decir que si vuestra seora no me
quisiere dar la nsula por tonto, yo sabr no drseme nada por discreto; y
yo he odo decir que detrs de la cruz est el diablo, y que no es oro todo
lo que reluce, y que de entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al
labrador Wamba para ser rey de Espaa, y de entre los brocados, pasatiempos
y riquezas sacaron a Rodrigo para ser comido de culebras, si es que las
trovas de los romances antiguos no mienten.

-Y cmo que no mienten! -dijo a esta sazn doa Rodrguez la duea, que
era una de las escuchantes-: que un romance hay que dice que metieron al
rey Rodrigo, vivo vivo, en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y
que de all a dos das dijo el rey desde dentro de la tumba, con voz
doliente y baja:

Ya me comen, ya me comen

por do ms pecado haba;

y, segn esto, mucha razn tiene este seor en decir que quiere ms ser ms
labrador que rey, si le han de comer sabandijas.

No pudo la duquesa tener la risa, oyendo la simplicidad de su duea, ni
dej de admirarse en or las razones y refranes de Sancho, a quien dijo:

-Ya sabe el buen Sancho que lo que una vez promete un caballero procura
cumplirlo, aunque le cueste la vida. El duque, mi seor y marido, aunque no
es de los andantes, no por eso deja de ser caballero, y as, cumplir la
palabra de la prometida nsula, a pesar de la invidia y de la malicia del
mundo. Est Sancho de buen nimo, que cuando menos lo piense se ver
sentado en la silla de su nsula y en la de su estado, y empuar su
gobierno, que con otro de brocado de tres altos lo deseche. Lo que yo le
encargo es que mire cmo gobierna sus vasallos, advirtiendo que todos son
leales y bien nacidos.

-Eso de gobernarlos bien -respondi Sancho- no hay para qu encargrmelo,
porque yo soy caritativo de mo y tengo compasin de los pobres; y a quien
cuece y amasa, no le hurtes hogaza; y para mi santiguada que no me han de
echar dado falso; soy perro viejo, y entiendo todo tus, tus, y s
despabilarme a sus tiempos, y no consiento que me anden musaraas ante los
ojos, porque s dnde me aprieta el zapato: dgolo porque los buenos
tendrn conmigo mano y concavidad, y los malos, ni pie ni entrada. Y
parceme a m que en esto de los gobiernos todo es comenzar, y podra ser
que a quince das de gobernador me comiese las manos tras el oficio y
supiese ms dl que de la labor del campo, en que me he criado.

-Vos tenis razn razn, Sancho -dijo la duquesa-, que nadie nace enseado,
y de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras. Pero,
volviendo a la pltica que poco ha tratbamos del encanto de la seora
Dulcinea, tengo por cosa cierta y ms que averiguada que aquella
imaginacin que Sancho tuvo de burlar a su seor y darle a entender que la
labradora era Dulcinea, y que si su seor no la conoca deba de ser por
estar encantada, toda fue invencin de alguno de los encantadores que al
seor don Quijote persiguen; porque real y verdaderamente yo s de buena
parte que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea
del Toboso, y que el buen Sancho, pensando ser el engaador, es el
engaado; y no hay poner ms duda en esta verdad que en las cosas que nunca
vimos; y sepa el seor Sancho Panza que tambin tenemos ac encantadores
que nos quieren bien, y nos dicen lo que pasa por el mundo, pura y
sencillamente, sin enredos ni mquinas; y crame Sancho que la villana
brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que est encantada como la madre
que la pari; y cuando menos nos pensemos, la habemos de ver en su propia
figura, y entonces saldr Sancho del engao en que vive.

-Bien puede ser todo eso -dijo Sancho Panza-; y agora quiero creer lo que
mi amo cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a
la seora Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y hbito que yo dije que la
haba visto cuando la encant por solo mi gusto; y todo debi de ser al
revs, como vuesa merced, seora ma, dice, porque de mi ruin ingenio no se
puede ni debe presumir que fabricase en un instante tan agudo embuste, ni
creo yo que mi amo es tan loco que con tan flaca y magra persuasin como la
ma creyese una cosa tan fuera de todo trmino. Pero, seora, no por esto
ser bien que vuestra bondad me tenga por malvolo, pues no est obligado
un porro como yo a taladrar los pensamientos y malicias de los psimos
encantadores: yo fing aquello por escaparme de las rias de mi seor don
Quijote, y no con intencin de ofenderle; y si ha salido al revs, Dios
est en el cielo, que juzga los corazones.

-As es la verdad -dijo la duquesa-; pero dgame agora, Sancho, qu es esto
que dice de la cueva de Montesinos, que gustara saberlo.

Entonces Sancho Panza le cont punto por punto lo que queda dicho acerca de
la tal aventura. Oyendo lo cual la duquesa, dijo:

-Deste suceso se puede inferir que, pues el gran don Quijote dice que vio
all a la mesma labradora que Sancho vio a la salida del Toboso, sin duda
es Dulcinea, y que andan por aqu los encantadores muy listos y
demasiadamente curiosos.

-Eso digo yo -dijo Sancho Panza-, que si mi seora Dulcinea del Toboso est
encantada, su dao; que yo no me tengo de tomar, yo, con los enemigos de mi
amo, que deben de ser muchos y malos. Verdad sea que la que yo vi fue una
labradora, y por labradora la tuve, y por tal labradora la juzgu; y si
aqulla era Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de correr por m, o
sobre ello, morena. No, sino ndense a cada triquete conmigo a dime y
direte, "Sancho lo dijo, Sancho lo hizo, Sancho torn y Sancho volvi",
como si Sancho fuese algn quienquiera, y no fuese el mismo Sancho Panza,
el que anda ya en libros por ese mundo adelante, segn me dijo Sansn
Carrasco, que, por lo menos, es persona bachillerada por Salamanca, y los
tales no pueden mentir si no es cuando se les antoja o les viene muy a
cuento; as que, no hay para qu nadie se tome conmigo, y pues que tengo
buena fama, y, segn o decir a mi seor, que ms vale el buen nombre que
las muchas riquezas, encjenme ese gobierno y vern maravillas; que quien
ha sido buen escudero ser buen gobernador.

-Todo cuanto aqu ha dicho el buen Sancho -dijo la duquesa- son sentencias
catonianas, o, por lo menos, sacadas de las mesmas entraas del mismo
Micael Verino, florentibus occidit annis. En fin, en fin, hablando a su
modo, debajo de mala capa suele haber buen bebedor.

-En verdad, seora -respondi Sancho-, que en mi vida he bebido de malicia;
con sed bien podra ser, porque no tengo nada de hipcrita: bebo cuando
tengo gana, y cuando no la tengo y cuando me lo dan, por no parecer o
melindroso o malcriado; que a un brindis de un amigo, qu corazn ha de
haber tan de mrmol que no haga la razn? Pero, aunque las calzo, no las
ensucio; cuanto ms, que los escuderos de los caballeros andantes, casi de
ordinario beben agua, porque siempre andan por florestas, selvas y prados,
montaas y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan por ella un
ojo.

-Yo lo creo as -respondi la duquesa-. Y por ahora, vyase Sancho a
reposar, que despus hablaremos ms largo y daremos orden como vaya presto
a encajarse, como l dice, aquel gobierno.

De nuevo le bes las manos Sancho a la duquesa, y le suplic le hiciese
merced de que se tuviese buena cuenta con su rucio, porque era la lumbre de
sus ojos.

-Qu rucio es ste? -pregunt la duquesa.

-Mi asno -respondi Sancho-, que por no nombrarle con este nombre, le suelo
llamar el rucio; y a esta seora duea le rogu, cuando entr en este
castillo, tuviese cuenta con l, y azorse de manera como si la hubiera
dicho que era fea o vieja, debiendo ser ms propio y natural de las dueas
pensar jumentos que autorizar las salas. Oh, vlame Dios, y cun mal
estaba con estas seoras un hidalgo de mi lugar!

-Sera algn villano -dijo doa Rodrguez, la duea-, que si l fuera
hidalgo y bien nacido, l las pusiera sobre el cuerno de la luna.

-Agora bien -dijo la duquesa-, no haya ms: calle doa Rodrguez y
sosiguese el seor Panza, y qudese a mi cargo el regalo del rucio; que,
por ser alhaja de Sancho, le pondr yo sobre las nias de mis ojos.

-En la caballeriza basta que est -respondi Sancho-, que sobre las nias
de los ojos de vuestra grandeza ni l ni yo somos dignos de estar slo un
momento, y as lo consintira yo como darme de pualadas; que, aunque dice
mi seor que en las cortesas antes se ha de perder por carta de ms que de
menos, en las jumentiles y as nias se ha de ir con el comps en la mano y
con medido trmino.

-Llvele -dijo la duquesa- Sancho al gobierno, y all le podr regalar como
quisiere, y aun jubilarle del trabajo.

-No piense vuesa merced, seora duquesa, que ha dicho mucho -dijo Sancho-;
que yo he visto ir ms de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el
mo no sera cosa nueva.

Las razones de Sancho renovaron en la duquesa la risa y el contento; y,
envindole a reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo que con l haba
pasado, y entre los dos dieron traza y orden de hacer una burla a don
Quijote que fuese famosa y viniese bien con el estilo caballeresco, en el
cual le hicieron muchas, tan propias y discretas, que son las mejores
aventuras que en esta grande historia se contienen.





Captulo XXXIV. Que cuenta de la noticia que se tuvo de cmo se haba de
desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras ms
famosas deste libro


Grande era el gusto que receban el duque y la duquesa de la conversacin
de don Quijote y de la de Sancho Panza; y, confirmndose en la intencin
que tenan de hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias
de aventuras, tomaron motivo de la que don Quijote ya les haba contado de
la cueva de Montesinos, para hacerle una que fuese famosa (pero de lo que
ms la duquesa se admiraba era que la simplicidad de Sancho fuese tanta que
hubiese venido a creer ser verdad infalible que Dulcinea del Toboso
estuviese encantada, habiendo sido l mesmo el encantador y el embustero de
aquel negocio); y as, habiendo dado orden a sus criados de todo lo que
haban de hacer, de all a seis das le llevaron a caza de montera, con
tanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado.
Dironle a don Quijote un vestido de monte y a Sancho otro verde, de
finsimo pao; pero don Quijote no se le quiso poner, diciendo que otro da
haba de volver al duro ejercicio de las armas y que no poda llevar
consigo guardarropas ni reposteras. Sancho s tom el que le dieron, con
intencin de venderle en la primera ocasin que pudiese.

Llegado, pues, el esperado da, armse don Quijote, vistise Sancho, y,
encima de su rucio, que no le quiso dejar aunque le daban un caballo, se
meti entre la tropa de los monteros. La duquesa sali bizarramente
aderezada, y don Quijote, de puro corts y comedido, tom la rienda de su
palafrn, aunque el duque no quera consentirlo, y, finalmente, llegaron a
un bosque que entre dos altsimas montaas estaba, donde, tomados los
puestos, paranzas y veredas, y repartida la gente por diferentes puestos,
se comenz la caza con grande estruendo, grita y vocera, de manera que
unos a otros no podan orse, as por el ladrido de los perros como por el
son de las bocinas.

Apese la duquesa, y, con un agudo venablo en las manos, se puso en un
puesto por donde ella saba que solan venir algunos jabales. Apese
asimismo el duque y don Quijote, y pusironse a sus lados; Sancho se puso
detrs de todos, sin apearse del rucio, a quien no osara desamparar, porque
no le sucediese algn desmn. Y, apenas haban sentado el pie y puesto en
ala con otros muchos criados suyos, cuando, acosado de los perros y seguido
de los cazadores, vieron que hacia ellos vena un desmesurado jabal,
crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca; y en
vindole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelant a
recebirle don Quijote. Lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero a todos
se adelantara la duquesa, si el duque no se lo estorbara. Slo Sancho, en
viendo al valiente animal, desampar al rucio y dio a correr cuanto pudo,
y, procurando subirse sobre una alta encina, no fue posible; antes, estando
ya a la mitad dl, asido de una rama, pugnando subir a la cima, fue tan
corto de ventura y tan desgraciado, que se desgaj la rama, y, al venir al
suelo, se qued en el aire, asido de un gancho de la encina, sin poder
llegar al suelo. Y, vindose as, y que el sayo verde se le rasgaba, y
parecindole que si aquel fiero animal all allegaba le poda alcanzar,
comenz a dar tantos gritos y a pedir socorro con tanto ahnco, que todos
los que le oan y no le vean creyeron que estaba entre los dientes de
alguna fiera.

Finalmente, el colmilludo jabal qued atravesado de las cuchillas de
muchos venablos que se le pusieron delante; y, volviendo la cabeza don
Quijote a los gritos de Sancho, que ya por ellos le haba conocido, viole
pendiente de la encina y la cabeza abajo, y al rucio junto a l, que no le
desampar en su calamidad; y dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho
Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal era la amistad y
buena fe que entre los dos se guardaban.

Lleg don Quijote y descolg a Sancho; el cual, vindose libre y en el
suelo, mir lo desgarrado del sayo de monte, y pesle en el alma; que pens
que tena en el vestido un mayorazgo. En esto, atravesaron al jabal
poderoso sobre una acmila, y, cubrindole con matas de romero y con ramas
de mirto, le llevaron, como en seal de vitoriosos despojos, a unas grandes
tiendas de campaa que en la mitad del bosque estaban puestas, donde
hallaron las mesas en orden y la comida aderezada, tan sumptuosa y grande,
que se echaba bien de ver en ella la grandeza y magnificencia de quien la
daba. Sancho, mostrando las llagas a la duquesa de su roto vestido, dijo:

-Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos, seguro estuviera mi sayo de
verse en este estremo. Yo no s qu gusto se recibe de esperar a un animal
que, si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida; yo me acuerdo
haber odo cantar un romance antiguo que dice:

   De los osos seas comido,
   como Favila el nombrado.

-se fue un rey godo -dijo don Quijote-, que, yendo a caza de montera, le
comi un oso.

-Eso es lo que yo digo -respondi Sancho-: que no querra yo que los
prncipes y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un
gusto que parece que no le haba de ser, pues consiste en matar a un animal
que no ha cometido delito alguno.

-Antes os engais, Sancho -respondi el duque-, porque el ejercicio de la
caza de monte es el ms conveniente y necesario para los reyes y prncipes
que otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella
estratagemas, astucias, insidias para vencer a su salvo al enemigo;
padcense en ella fros grandsimos y calores intolerables; menoscbase el
ocio y el sueo, corrobranse las fuerzas, agiltanse los miembros del que
la usa, y, en resolucin, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de
nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que l tiene es que no es para
todos, como lo es el de los otros gneros de caza, excepto el de la
volatera, que tambin es slo para reyes y grandes seores. As que, oh
Sancho!, mudad de opinin, y, cuando seis gobernador, ocupaos en la caza y
veris como os vale un pan por ciento.

-Eso no -respondi Sancho-: el buen gobernador, la pierna quebrada y en
casa. Bueno sera que viniesen los negociantes a buscarle fatigados y l
estuviese en el monte holgndose! As enhoramala andara el gobierno! Ma
fe, seor, la caza y los pasatiempos ms han de ser para los holgazanes que
para los gobernadores. En lo que yo pienso entretenerme es en jugar al
triunfo envidado las pascuas, y a los bolos los domingos y fiestas; que
esas cazas ni cazos no dicen con mi condicin ni hacen con mi conciencia.

-Plega a Dios, Sancho, que as sea, porque del dicho al hecho hay gran
trecho.

-Haya lo que hubiere -replic Sancho-, que al buen pagador no le duelen
prendas, y ms vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga, y tripas
llevan pies, que no pies a tripas; quiero decir que si Dios me ayuda, y yo
hago lo que debo con buena intencin, sin duda que gobernar mejor que un
gerifalte. No, sino pnganme el dedo en la boca y vern si aprieto o no!

-Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito -dijo don
Quijote-, y cundo ser el da, como otras muchas veces he dicho, donde yo
te vea hablar sin refranes una razn corriente y concertada! Vuestras
grandezas dejen a este tonto, seores mos, que les moler las almas, no
slo puestas entre dos, sino entre dos mil refranes, trados tan a sazn y
tan a tiempo cuanto le d Dios a l la salud, o a m si los querra
escuchar.

-Los refranes de Sancho Panza -dijo la duquesa-, puesto que son ms que los
del Comendador Griego, no por eso son en menos de estimar, por la brevedad
de las sentencias. De m s decir que me dan ms gusto que otros, aunque
sean mejor trados y con ms sazn acomodados.

Con estos y otros entretenidos razonamientos, salieron de la tienda al
bosque, y en requerir algunas paranzas, y presto, se les pas el da y se
les vino la noche, y no tan clara ni tan sesga como la sazn del tiempo
peda, que era en la mitad del verano; pero un cierto claroescuro que trujo
consigo ayud mucho a la intencin de los duques; y, as como comenz a
anochecer, un poco ms adelante del crepsculo, a deshora pareci que todo
el bosque por todas cuatro partes se arda, y luego se oyeron por aqu y
por all, y por ac y por acull, infinitas cornetas y otros instrumentos
de guerra, como de muchas tropas de caballera que por el bosque pasaba. La
luz del fuego, el son de los blicos instrumentos, casi cegaron y atronaron
los ojos y los odos de los circunstantes, y aun de todos los que en el
bosque estaban. Luego se oyeron infinitos leliles, al uso de moros cuando
entran en las batallas, sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores,
resonaron pfaros, casi todos a un tiempo, tan contino y tan apriesa, que
no tuviera sentido el que no quedara sin l al son confuso de tantos
intrumentos. Pasmse el duque, suspendise la duquesa, admirse don
Quijote, tembl Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mesmos sabidores
de la causa se espantaron. Con el temor les cogi el silencio, y un
postilln que en traje de demonio les pas por delante, tocando en voz de
corneta un hueco y desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso son
despeda.

-Hola, hermano correo! -dijo el duque-, quin sois, adnde vais, y qu
gente de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa?

A lo que respondi el correo con voz horrsona y desenfadada:

-Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha; la gente que
por aqu viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro
triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el
gallardo francs Montesinos, a dar orden a don Quijote de cmo ha de ser
desencantada la tal seora.

-Si vos furades diablo, como decs y como vuestra figura muestra, ya
hubirades conocido al tal caballero don Quijote de la Mancha, pues le
tenis delante.

-En Dios y en mi conciencia -respondi el Diablo- que no miraba en ello,
porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la
principal a que vena se me olvidaba.

-Sin duda -dijo Sancho- que este demonio debe de ser hombre de bien y buen
cristiano, porque, a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora
yo tengo para m que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.

Luego el Demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo:

-A ti, el Caballero de los Leones (que entre las garras dellos te vea yo),
me enva el desgraciado pero valiente caballero Montesinos, mandndome que
de su parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare, a causa
que trae consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de darte la
que es menester para desencantarla. Y, por no ser para ms mi venida, no ha
de ser ms mi estada: los demonios como yo queden contigo, y los ngeles
buenos con estos seores.

Y, en diciendo esto, toc el desaforado cuerno, y volvi las espaldas y
fuese, sin esperar respuesta de ninguno.

Renovse la admiracin en todos, especialmente en Sancho y don Quijote: en
Sancho, en ver que, a despecho de la verdad, queran que estuviese
encantada Dulcinea; en don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad o
no lo que le haba pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado en
estos pensamientos, el duque le dijo:

-Piensa vuestra merced esperar, seor don Quijote?

-Pues no? -respondi l-. Aqu esperar intrpido y fuerte, si me viniese
a embestir todo el infierno.

-Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, as esperar
yo aqu como en Flandes -dijo Sancho.

En esto, se cerr ms la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces por
el bosque, bien as como discurren por el cielo las exhalaciones secas de
la tierra, que parecen a nuestra vista estrellas que corren. Oyse asimismo
un espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que
suelen traer los carros de bueyes, de cuyo chirro spero y continuado se
dice que huyen los lobos y los osos, si los hay por donde pasan. Aadise a
toda esta tempestad otra que las aument todas, que fue que pareca
verdaderamente que a las cuatro partes del bosque se estaban dando a un
mismo tiempo cuatro rencuentros o batallas, porque all sonaba el duro
estruendo de espantosa artillera, acull se disparaban infinitas
escopetas, cerca casi sonaban las voces de los combatientes, lejos se
reiteraban los lililes agarenos.

Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las
trompetas, los tambores, la artillera, los arcabuces, y, sobre todo, el
temeroso ruido de los carros, formaban todos juntos un son tan confuso y
tan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo su
corazn para sufrirle; pero el de Sancho vino a tierra, y dio con l
desmayado en las faldas de la duquesa, la cual le recibi en ellas, y a
gran priesa mand que le echasen agua en el rostro. Hzose as, y l volvi
en su acuerdo, a tiempo que ya un carro de las rechinantes ruedas llegaba a
aquel puesto.

Tirbanle cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; en
cada cuerno traan atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del
carro vena hecho un asiento alto, sobre el cual vena sentado un venerable
viejo, con una barba ms blanca que la mesma nieve, y tan luenga que le
pasaba de la cintura; su vestidura era una ropa larga de negro bocac, que,
por venir el carro lleno de infinitas luces, se poda bien divisar y
discernir todo lo que en l vena. Guibanle dos feos demonios vestidos del
mesmo bocac, con tan feos rostros, que Sancho, habindolos visto una vez,
cerr los ojos por no verlos otra. Llegando, pues, el carro a igualar al
puesto, se levant de su alto asiento el viejo venerable, y, puesto en pie,
dando una gran voz, dijo:

-Yo soy el sabio Lirgandeo.

Y pas el carro adelante, sin hablar ms palabra. Tras ste pas otro carro
de la misma manera, con otro viejo entronizado; el cual, haciendo que el
carro se detuviese, con voz no menos grave que el otro, dijo:

-Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.

Y pas adelante.

Luego, por el mismo continente, lleg otro carro; pero el que vena sentado
en el trono no era viejo como los dems, sino hombrn robusto y de mala
catadura, el cual, al llegar, levantndose en pie, como los otros, dijo con
voz ms ronca y ms endiablada:

-Yo soy Arcalus el encantador, enemigo mortal de Amads de Gaula y de toda
su parentela.

Y pas adelante. Poco desviados de all hicieron alto estos tres carros, y
ces el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se oy otro, no ruido, sino
un son de una suave y concertada msica formado, con que Sancho se alegr,
y lo tuvo a buena seal; y as, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un
paso se apartaba:

-Seora, donde hay msica no puede haber cosa mala.

-Tampoco donde hay luces y claridad -respondi la duquesa.

A lo que replic Sancho:

-Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos
cercan, y bien podra ser que nos abrasasen, pero la msica siempre es
indicio de regocijos y de fiestas.

-Ello dir -dijo don Quijote, que todo lo escuchaba.

Y dijo bien, como se muestra en el captulo siguiente.





Captulo XXXV. Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del
desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos


Al comps de la agradable msica vieron que hacia ellos vena un carro de
los que llaman triunfales tirado de seis mulas pardas, encubertadas,
empero, de lienzo blanco, y sobre cada una vena un diciplinante de luz,
asimesmo vestido de blanco, con una hacha de cera grande encendida en la
mano. Era el carro dos veces, y aun tres, mayor que los pasados, y los
lados, y encima dl, ocupaban doce otros diciplinantes albos como la nieve,
todos con sus hachas encendidas, vista que admiraba y espantaba juntamente;
y en un levantado trono vena sentada una ninfa, vestida de mil velos de
tela de plata, brillando por todos ellos infinitas hojas de argentera de
oro, que la hacan, si no rica, a lo menos vistosamente vestida. Traa el
rostro cubierto con un transparente y delicado cendal, de modo que, sin
impedirlo sus lizos, por entre ellos se descubra un hermossimo rostro de
doncella, y las muchas luces daban lugar para distinguir la belleza y los
aos, que, al parecer, no llegaban a veinte ni bajaban de diez y siete.

Junto a ella vena una figura vestida de una ropa de las que llaman
rozagantes, hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; pero, al
punto que lleg el carro a estar frente a frente de los duques y de don
Quijote, ces la msica de las chirimas, y luego la de las arpas y lades
que en el carro sonaban; y, levantndose en pie la figura de la ropa, la
apart a entrambos lados, y, quitndose el velo del rostro, descubri
patentemente ser la mesma figura de la muerte, descarnada y fea, de que don
Quijote recibi pesadumbre y Sancho miedo, y los duques hicieron algn
sentimiento temeroso. Alzada y puesta en pie esta muerte viva, con voz algo
dormida y con lengua no muy despierta, comenz a decir desta manera:

   -Yo soy Merln, aquel que las historias
   dicen que tuve por mi padre al diablo
   (mentira autorizada de los tiempos),
   prncipe de la Mgica y monarca
   y archivo de la ciencia zorostrica,
   mulo a las edades y a los siglos
   que solapar pretenden las hazaas
   de los andantes bravos caballeros
   a quien yo tuve y tengo gran cario.
   Y, puesto que es de los encantadores,
   de los magos o mgicos contino
   dura la condicin, spera y fuerte,
   la ma es tierna, blanda y amorosa,
   y amiga de hacer bien a todas gentes.
   En las cavernas lbregas de Dite,
   donde estaba mi alma entretenida
   en formar ciertos rombos y carteres,
   lleg la voz doliente de la bella
   y sin par Dulcinea del Toboso.
   Supe su encantamento y su desgracia,
   y su trasformacin de gentil dama
   en rstica aldeana; condolme,
   y, encerrando mi espritu en el hueco
   desta espantosa y fiera notoma,
   despus de haber revuelto cien mil libros
   desta mi ciencia endemoniada y torpe,
   vengo a dar el remedio que conviene
   a tamao dolor, a mal tamao.
   Oh t, gloria y honor de cuantos visten
   las tnicas de acero y de diamante,
   luz y farol, sendero, norte y gua
   de aquellos que, dejando el torpe sueo
   y las ociosas plumas, se acomodan
   a usar el ejercicio intolerable
   de las sangrientas y pesadas armas!
   A ti digo oh varn, como se debe
   por jams alabado!, a ti, valiente
   juntamente y discreto don Quijote,
   de la Mancha esplendor, de Espaa estrella,
   que para recobrar su estado primo
   la sin par Dulcinea del Toboso,
   es menester que Sancho, tu escudero,
   se d tres mil azotes y trecientos
   en ambas sus valientes posaderas,
   al aire descubiertas, y de modo
   que le escuezan, le amarguen y le enfaden.
   Y en esto se resuelven todos cuantos
   de su desgracia han sido los autores,
   y a esto es mi venida, mis seores.

-Voto a tal! -dijo a esta sazn Sancho-. No digo yo tres mil azotes, pero
as me dar yo tres como tres pualadas. Vlate el diablo por modo de
desencantar! Yo no s qu tienen que ver mis posas con los encantos! Par
Dios que si el seor Merln no ha hallado otra manera como desencantar a la
seora Dulcinea del Toboso, encantada se podr ir a la sepultura!

-Tomaros he yo -dijo don Quijote-, don villano, harto de ajos, y amarraros
he a un rbol, desnudo como vuestra madre os pari; y no digo yo tres mil y
trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os dar, tan bien pegados
que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquis
palabra, que os arrancar el alma.

Oyendo lo cual Merln, dijo:

-No ha de ser as, porque los azotes que ha de recebir el buen Sancho han
de ser por su voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que l quisiere;
que no se le pone trmino sealado; pero permtesele que si l quisiere
redemir su vejacin por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se
los d ajena mano, aunque sea algo pesada.

-Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar -replic Sancho-: a m no me
ha de tocar alguna mano. Par yo, por ventura, a la seora Dulcinea del
Toboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El seor mi amo
s, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento
y arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas las
diligencias necesarias para su desencanto; pero, azotarme yo...?
Abernuncio!

Apenas acab de decir esto Sancho, cuando, levantndose en pie la argentada
ninfa que junto al espritu de Merln vena, quitndose el sutil velo del
rostro, le descubri tal, que a todos pareci mas que demasiadamente
hermoso, y, con un desenfado varonil y con una voz no muy adamada, hablando
derechamente con Sancho Panza, dijo:

-Oh malaventurado escudero, alma de cntaro, corazn de alcornoque, de
entraas guijeas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrn desuellacaras,
que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del
gnero humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres
de culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con
algn truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras
melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, que
no hay nio de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes,
admira, adarva, espanta a todas las entraas piadosas de los que lo
escuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el
discurso del tiempo. Pon, oh miserable y endurecido animal!, pon, digo,
esos tus ojos de machuelo espantadizo en las nias destos mos, comparados
a rutilantes estrellas, y verslos llorar hilo a hilo y madeja a madeja,
haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis mejillas.
Muvate, socarrn y malintencionado monstro, que la edad tan florida ma,
que an se est todava en el diez y... de los aos, pues tengo diez y
nueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza de
una rstica labradora; y si ahora no lo parezco, es merced particular que
me ha hecho el seor Merln, que est presente, slo porque te enternezca
mi belleza; que las lgrimas de una afligida hermosura vuelven en algodn
los riscos, y los tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestin
indmito, y saca de harn ese bro, que a slo comer y ms comer te
inclina, y pon en libertad la lisura de mis carnes, la mansedumbre de mi
condicin y la belleza de mi faz; y si por m no quieres ablandarte ni
reducirte a algn razonable trmino, hazlo por ese pobre caballero que a tu
lado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tiene
atravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que no espera sino
tu rgida o blanda repuesta, o para salirse por la boca, o para volverse al
estmago.

Tentse, oyendo esto, la garganta don Quijote y dijo, volvindose al duque:

-Por Dios, seor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aqu tengo el alma
atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.

-Qu decs vos a esto, Sancho? -pregunt la duquesa.

-Digo, seora -respondi Sancho-, lo que tengo dicho: que de los azotes,
abernuncio.

-Abrenuncio habis de decir, Sancho, y no como decs -dijo el duque.

-Djeme vuestra grandeza -respondi Sancho-, que no estoy agora para mirar
en sotilezas ni en letras ms a menos; porque me tienen tan turbado estos
azotes que me han de dar, o me tengo de dar, que no s lo que me digo, ni
lo que me hago. Pero querra yo saber de la seora mi seora doa Dulcina
del Toboso adnde aprendi el modo de rogar que tiene: viene a pedirme que
me abra las carnes a azotes, y llmame alma de cntaro y bestin indmito,
con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. Por ventura
son mis carnes de bronce, o vame a m algo en que se desencante o no? Qu
canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, anque
no los gasto, trae delante de s para ablandarme, sino un vituperio y otro,
sabiendo aquel refrn que dicen por ah, que un asno cargado de oro sube
ligero por una montaa, y que ddivas quebrantan peas, y a Dios rogando y
con el mazo dando, y que ms vale un "toma" que dos "te dar"? Pues el
seor mi amo, que haba de traerme la mano por el cerro y halagarme para
que yo me hiciese de lana y de algodn cardado, dice que si me coge me
amarrar desnudo a un rbol y me doblar la parada de los azotes; y haban
de considerar estos lastimados seores que no solamente piden que se azote
un escudero, sino un gobernador; como quien dice: "bebe con guindas".
Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y a
tener crianza, que no son todos los tiempos unos, ni estn los hombres
siempre de un buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo
verde roto, y vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella
tan ajena dello como de volverme cacique.

-Pues en verdad, amigo Sancho -dijo el duque-, que si no os ablandis ms
que una breva madura, que no habis de empuar el gobierno. Bueno sera
que yo enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entraas
pedernalinas, que no se doblega a las lgrimas de las afligidas doncellas,
ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios!
En resolucin, Sancho, o vos habis de ser azotado, o os han de azotar, o
no habis de ser gobernador.

-Seor -respondi Sancho-, no se me daran dos das de trmino para pensar
lo que me est mejor?

-No, en ninguna manera -dijo Merln-; aqu, en este instante y en este
lugar, ha de quedar asentado lo que ha de ser deste negocio, o Dulcinea
volver a la cueva de Montesinos y a su prstino estado de labradora, o ya,
en el ser que est, ser llevada a los Elseos Campos, donde estar
esperando se cumpla el nmero del vpulo.

-Ea, buen Sancho -dijo la duquesa-, buen nimo y buena correspondencia al
pan que habis comido del seor don Quijote, a quien todos debemos servir y
agradar, por su buena condicin y por sus altas caballeras. Dad el s,
hijo, desta azotaina, y vyase el diablo para diablo y el temor para
mezquino; que un buen corazn quebranta mala ventura, como vos bien sabis.

A estas razones respondi con stas disparatadas Sancho, que, hablando con
Merln, le pregunt:

-Dgame vuesa merced, seor Merln: cuando lleg aqu el diablo correo y
dio a mi amo un recado del seor Montesinos, mandndole de su parte que le
esperase aqu, porque vena a dar orden de que la seora doa Dulcinea del
Toboso se desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos, ni a sus
semejas.

A lo cual respondi Merln:

-El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandsimo bellaco: yo le
envi en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino mo,
porque Montesinos se est en su cueva entendiendo, o, por mejor decir,
esperando su desencanto, que an le falta la cola por desollar. Si os debe
algo, o tenis alguna cosa que negociar con l, yo os lo traer y pondr
donde vos ms quisiredes. Y, por agora, acabad de dar el s desta
diciplina, y creedme que os ser de mucho provecho, as para el alma como
para el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la haris; para el
cuerpo, porque yo s que sois de complexin sangunea, y no os podr hacer
dao sacaros un poco de sangre.

-Muchos mdicos hay en el mundo: hasta los encantadores son mdicos
-replic Sancho-; pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo,
digo que soy contento de darme los tres mil y trecientos azotes, con
condicin que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se
me ponga tasa en los das ni en el tiempo; y yo procurar salir de la deuda
lo ms presto que sea posible, porque goce el mundo de la hermosura de la
seora doa Dulcinea del Toboso, pues, segn parece, al revs de lo que yo
pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser tambin condicin que no he de
estar obligado a sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotes
fueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Iten, que si me errare en
el nmero, el seor Merln, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de
contarlos y de avisarme los que me faltan o los que me sobran.

-De las sobras no habr que avisar -respondi Merln-, porque, llegando al
cabal nmero, luego quedar de improviso desencantada la seora Dulcinea, y
vendr a buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias, y aun
premios, por la buena obra. As que no hay de qu tener escrpulo de las
sobras ni de las faltas, ni el cielo permita que yo engae a nadie, aunque
sea en un pelo de la cabeza.

-Ea, pues, a la mano de Dios! -dijo Sancho-. Yo consiento en mi mala
ventura; digo que yo acepto la penitencia con las condiciones apuntadas.

Apenas dijo estas ltimas palabras Sancho, cuando volvi a sonar la msica
de las chirimas y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y don
Quijote se colg del cuello de Sancho, dndole mil besos en la frente y en
las mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron
muestras de haber recebido grandsimo contento, y el carro comenz a
caminar; y, al pasar, la hermosa Dulcinea inclin la cabeza a los duques y
hizo una gran reverencia a Sancho.

Y ya, en esto, se vena a ms andar el alba, alegre y risuea: las
florecillas de los campos se descollaban y erguan, y los lquidos
cristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas,
iban a dar tributo a los ros que los esperaban. La tierra alegre, el cielo
claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por s y todos juntos, daban
manifiestas seales que el da, que al aurora vena pisando las faldas,
haba de ser sereno y claro. Y, satisfechos los duques de la caza y de
haber conseguido su intencin tan discreta y felicemente, se volvieron a su
castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas, que para ellos no
haba veras que ms gusto les diesen.





Captulo XXXVI. Donde se cuenta la estraa y jams imaginada aventura de la
duea Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho
Panza escribi a su mujer Teresa Panza


Tena un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cual
hizo la figura de Merln y acomod todo el aparato de la aventura pasada,
compuso los versos y hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con
intervencin de sus seores, orden otra del ms gracioso y estrao
artificio que puede imaginarse.

Pregunt la duquesa a Sancho otro da si haba comenzado la tarea de la
penitencia que haba de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que s,
y que aquella noche se haba dado cinco azotes. Preguntle la duquesa que
con qu se los haba dado. Respondi que con la mano.

-Eso -replic la duquesa- ms es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo
para m que el sabio Merln no estar contento con tanta blandura; menester
ser que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de
canelones, que se dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no se
ha de dar tan barata la libertad de una tan gran seora como lo es Dulcinea
por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se
hacen tibia y flojamente no tienen mrito ni valen nada.

A lo que respondi Sancho:

-Dme vuestra seora alguna diciplina o ramal conveniente, que yo me dar
con l como no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que,
aunque soy rstico, mis carnes tienen ms de algodn que de esparto, y no
ser bien que yo me descre por el provecho ajeno.

-Sea en buena hora -respondi la duquesa-: yo os dar maana una diciplina
que os venga muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes,
como si fueran sus hermanas propias.

A lo que dijo Sancho:

-Sepa vuestra alteza, seora ma de mi nima, que yo tengo escrita una
carta a mi mujer Teresa Panza, dndole cuenta de todo lo que me ha sucedido
despus que me apart della; aqu la tengo en el seno, que no le falta ms
de ponerle el sobreescrito; querra que vuestra discrecin la leyese,
porque me parece que va conforme a lo de gobernador, digo, al modo que
deben de escribir los gobernadores.

-Y quin la not? -pregunt la duquesa.

-Quin la haba de notar sino yo, pecador de m? -respondi Sancho.

-Y escribstesla vos? -dijo la duquesa.

-Ni por pienso -respondi Sancho-, porque yo no s leer ni escribir, puesto
que s firmar.

-Vemosla -dijo la duquesa-, que a buen seguro que vos mostris en ella la
calidad y suficiencia de vuestro ingenio.

Sac Sancho una carta abierta del seno, y, tomndola la duquesa, vio que
deca desta manera:

Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer

Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno me
tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenders t, Teresa ma, por
ahora; otra vez lo sabrs. Has de saber, Teresa, que tengo determinado que
andes en coche, que es lo que hace al caso, porque todo otro andar es andar
a gatas. Mujer de un gobernador eres, mira si te roer nadie los zancajos!
Ah te envo un vestido verde de cazador, que me dio mi seora la duquesa;
acomdale en modo que sirva de saya y cuerpos a nuestra hija. Don Quijote,
mi amo, segn he odo decir en esta tierra, es un loco cuerdo y un
mentecato gracioso, y que yo no le voy en zaga. Hemos estado en la cueva de
Montesinos, y el sabio Merln ha echado mano de m para el desencanto de
Dulcinea del Toboso, que por all se llama Aldonza Lorenzo: con tres mil y
trecientos azotes, menos cinco, que me he de dar, quedar desencantada como
la madre que la pari. No dirs desto nada a nadie, porque pon lo tuyo en
concejo, y unos dirn que es blanco y otros que es negro. De aqu a pocos
das me partir al gobierno, adonde voy con grandsimo deseo de hacer
dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este
mesmo deseo; tomarle el pulso, y avisarte si has de venir a estar conmigo
o no. El rucio est bueno, y se te encomienda mucho; y no le pienso dejar,
aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa mi seora te besa mil veces
las manos; vulvele el retorno con dos mil, que no hay cosa que menos
cueste ni valga ms barata, segn dice mi amo, que los buenos
comedimientos. No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otros
cien escudos, como la de marras, pero no te d pena, Teresa ma, que en
salvo est el que repica, y todo saldr en la colada del gobierno; sino que
me ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo, que me tengo de
comer las manos tras l; y si as fuese, no me costara muy barato, aunque
los estropeados y mancos ya se tienen su calonja en la limosna que piden;
as que, por una va o por otra, t has de ser rica, de buena ventura. Dios
te la d, como puede, y a m me guarde para servirte. Deste castillo, a
veinte de julio de 1614.

Tu marido el gobernador,

Sancho Panza.

En acabando la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho:

-En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: la una, en decir
o dar a entender que este gobierno se le han dado por los azotes que se ha
de dar, sabiendo l, que no lo puede negar, que cuando el duque, mi seor,
se le prometi, no se soaba haber azotes en el mundo; la otra es que se
muestra en ella muy codicioso, y no querra que organo fuese, porque la
codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justicia
desgobernada.

-Yo no lo digo por tanto, seora -respondi Sancho-; y si a vuesa merced le
parece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacer
otra nueva, y podra ser que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.

-No, no -replic la duquesa-, buena est sta, y quiero que el duque la
vea.

Con esto se fueron a un jardn, donde haban de comer aquel da. Mostr la
duquesa la carta de Sancho al duque, de que recibi grandsimo contento.
Comieron, y despus de alzado los manteles, y despus de haberse
entretenido un buen espacio con la sabrosa conversacin de Sancho, a
deshora se oy el son tristsimo de un pfaro y el de un ronco y
destemplado tambor. Todos mostraron alborotarse con la confusa, marcial y
triste armona, especialmente don Quijote, que no caba en su asiento de
puro alborotado; de Sancho no hay que decir sino que el miedo le llev a su
acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la duquesa, porque real y
verdaderamente el son que se escuchaba era tristsimo y malenclico.

Y, estando todos as suspensos, vieron entrar por el jardn adelante dos
hombres vestidos de luto, tan luego y tendido que les arrastraba por el
suelo; stos venan tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos de
negro. A su lado vena el pfaro, negro y pizmiento como los dems. Segua
a los tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, con
una negrsima loba, cuya falda era asimismo desaforada de grande. Por
encima de la loba le cea y atravesaba un ancho tahel, tambin negro, de
quien penda un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina negra. Vena
cubierto el rostro con un trasparente velo negro, por quien se entrepareca
una longsima barba, blanca como la nieve. Mova el paso al son de los
tambores con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo, su
negrura y su acompaamiento pudiera y pudo suspender a todos aquellos que
sin conocerle le miraron.

Lleg, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse de rodillas
ante el duque, que en pie, con los dems que all estaban, le atenda; pero
el duque en ninguna manera le consinti hablar hasta que se levantase.
Hzolo as el espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alz el antifaz del
rostro y hizo patente la ms horrenda, la ms larga, la ms blanca y ms
poblada barba que hasta entonces humanos ojos haban visto, y luego
desencaj y arranc del ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora, y,
poniendo los ojos en el duque, dijo:

-Altsimo y poderoso seor, a m me llaman Trifaldn el de la Barba Blanca;
soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la Duea
Dolorida, de parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y es
que la vuestra magnificencia sea servida de darla facultad y licencia para
entrar a decirle su cuita, que es una de las ms nuevas y ms admirables
que el ms cuitado pensamiento del orbe pueda haber pensado. Y primero
quiere saber si est en este vuestro castillo el valeroso y jams vencido
caballero don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene a pie y sin
desayunarse desde el reino de Candaya hasta este vuestro estado, cosa que
se puede y debe tener a milagro o a fuerza de encantamento. Ella queda a la
puerta desta fortaleza o casa de campo, y no aguarda para entrar sino
vuestro beneplcito. Dije.

Y tosi luego y manosese la barba de arriba abajo con entrambas manos, y
con mucho sosiego estuvo atendiendo la respuesta del duque, que fue:

-Ya, buen escudero Trifaldn de la Blanca Barba, ha muchos das que tenemos
noticia de la desgracia de mi seora la condesa Trifaldi, a quien los
encantadores la hacen llamar la Duea Dolorida; bien podis, estupendo
escudero, decirle que entre y que aqu est el valiente caballero don
Quijote de la Mancha, de cuya condicin generosa puede prometerse con
seguridad todo amparo y toda ayuda; y asimismo le podris decir de mi parte
que si mi favor le fuere necesario, no le ha de faltar, pues ya me tiene
obligado a drsele el ser caballero, a quien es anejo y concerniente
favorecer a toda suerte de mujeres, en especial a las dueas viudas,
menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su seora.

Oyendo lo cual Trifaldn, inclin la rodilla hasta el suelo, y, haciendo al
pfaro y tambores seal que tocasen, al mismo son y al mismo paso que haba
entrado, se volvi a salir del jardn, dejando a todos admirados de su
presencia y compostura. Y, volvindose el duque a don Quijote, le dijo:

-En fin, famoso caballero, no pueden las tinieblas de malicia ni de la
ignorancia encubrir y escurecer la luz del valor y de la virtud. Digo esto
porque apenas ha seis das que la vuestra bondad est en este castillo,
cuando ya os vienen a buscar de lueas y apartadas tierras, y no en
carrozas ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas; los tristes, los
afligidos, confiados que han de hallar en ese fortsimo brazo el remedio de
sus cuitas y trabajos, merced a vuestras grandes hazaas, que corren y
rodean todo lo descubierto de la tierra.

-Quisiera yo, seor duque -respondi don Quijote-, que estuviera aqu
presente aquel bendito religioso que a la mesa el otro da mostr tener tan
mal talante y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para que
viera por vista de ojos si los tales caballeros son necesarios en el mundo:
tocara, por lo menos, con la mano que los extraordinariamente afligidos y
desconsolados, en casos grandes y en desdichas inormes no van a buscar su
remedio a las casas de los letrados, ni a la de los sacristanes de las
aldeas, ni al caballero que nunca ha acertado a salir de los trminos de su
lugar, ni al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y
contarlas, que procura hacer obras y hazaas para que otros las cuenten y
las escriban; el remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, el
amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna suerte de
personas se halla mejor que en los caballeros andantes, y de serlo yo doy
infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier desmn y
trabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta duea
y pida lo que quisiere, que yo le librar su remedio en la fuerza de mi
brazo y en la intrpida resolucin de mi animoso espritu.





Captulo XXXVII. Donde se prosigue la famosa aventura de la duea Dolorida


En estremo se holgaron el duque y la duquesa de ver cun bien iba
respondiendo a su intencin don Quijote, y a esta sazn dijo Sancho:

-No querra yo que esta seora duea pusiese algn tropiezo a la promesa de
mi gobierno, porque yo he odo decir a un boticario toledano que hablaba
como un silguero que donde interviniesen dueas no poda suceder cosa
buena. Vlame Dios, y qu mal estaba con ellas el tal boticario! De lo que
yo saco que, pues todas las dueas son enfadosas e impertinentes, de
cualquiera calidad y condicin que sean, qu sern las que son doloridas,
como han dicho que es esta condesa Tres Faldas, o Tres Colas?; que en mi
tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno.

-Calla, Sancho amigo -dijo don Quijote-, que, pues esta seora duea de tan
luees tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas que el boticario
tena en su nmero, cuanto ms que sta es condesa, y cuando las condesas
sirven de dueas, ser sirviendo a reinas y a emperatrices, que en sus
casas son seorsimas que se sirven de otras dueas.

A esto respondi doa Rodrguez, que se hall presente:

-Dueas tiene mi seora la duquesa en su servicio, que pudieran ser
condesas si la fortuna quisiera, pero all van leyes do quieren reyes; y
nadie diga mal de las dueas, y ms de las antiguas y doncellas; que,
aunque yo no lo soy, bien se me alcanza y se me trasluce la ventaja que
hace una duea doncella a una duea viuda; y quien a nosotras trasquil,
las tijeras le quedaron en la mano.

-Con todo eso -replic Sancho-, hay tanto que trasquilar en las dueas,
segn mi barbero, cuanto ser mejor no menear el arroz, aunque se pegue.

-Siempre los escuderos -respondi doa Rodrguez- son enemigos nuestros;
que, como son duendes de las antesalas y nos veen a cada paso, los ratos
que no rezan, que son muchos, los gastan en murmurar de nosotras,
desenterrndonos los huesos y enterrndonos la fama. Pues mndoles yo a los
leos movibles, que, mal que les pese, hemos de vivir en el mundo, y en las
casas principales, aunque muramos de hambre y cubramos con un negro monjil
nuestras delicadas o no delicadas carnes, como quien cubre o tapa un
muladar con un tapiz en da de procesin. A fe que si me fuera dado, y el
tiempo lo pidiera, que yo diera a entender, no slo a los presentes, sino a
todo el mundo, cmo no hay virtud que no se encierre en una duea.

-Yo creo -dijo la duquesa- que mi buena doa Rodrguez tiene razn, y muy
grande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por s y por las dems
dueas, para confundir la mala opinin de aquel mal boticario, y
desarraigar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.

A lo que Sancho respondi:

-Despus que tengo humos de gobernador se me han quitado los vguidos de
escudero, y no se me da por cuantas dueas hay un cabrahgo.

Adelante pasaran con el coloquio dueesco, si no oyeran que el pfaro y los
tambores volvan a sonar, por donde entendieron que la duea Dolorida
entraba. Pregunt la duquesa al duque si sera bien ir a recebirla, pues
era condesa y persona principal.

-Por lo que tiene de condesa -respondi Sancho, antes que el duque
respondiese-, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero
por lo de duea, soy de parecer que no se muevan un paso.

-Quin te mete a ti en esto, Sancho? -dijo don Quijote.

-Quin, seor? -respondi Sancho-. Yo me meto, que puedo meterme, como
escudero que ha aprendido los trminos de la cortesa en la escuela de
vuesa merced, que es el ms corts y bien criado caballero que hay en toda
la cortesana; y en estas cosas, segn he odo decir a vuesa merced, tanto
se pierde por carta de ms como por carta de menos; y al buen entendedor,
pocas palabras.

-As es, como Sancho dice -dijo el duque-: veremos el talle de la condesa,
y por l tantearemos la cortesa que se le debe.

En esto, entraron los tambores y el pfaro, como la vez primera.

Y aqu, con este breve captulo, dio fin el autor, y comenz el otro,
siguiendo la mesma aventura, que es una de las ms notables de la historia.





Captulo XXXVIII. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la duea
Dolorida


Detrs de los tristes msicos comenzaron a entrar por el jardn adelante
hasta cantidad de doce dueas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de
unos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas
blancas de delgado canequ, tan luengas que slo el ribete del monjil
descubran. Tras ellas vena la condesa Trifaldi, a quien traa de la mano
el escudero Trifaldn de la Blanca Barba, vestida de finsima y negra
bayeta por frisar, que, a venir frisada, descubriera cada grano del grandor
de un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como llamarla
quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de
tres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemtica
figura con aquellos tres ngulos acutos que las tres puntas formaban, por
lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se
deba llamar la condesa Trifaldi, como si dijsemos la condesa de las Tres
Faldas; y as dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se
llama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos,
y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, por
ser costumbre en aquellas partes tomar los seores la denominacin de sus
nombres de la cosa o cosas en que ms sus estados abundan; empero esta
condesa, por favorecer la novedad de su falda, dej el Lobuna y tom el
Trifaldi.

Venan las doce dueas y la seora a paso de procesin, cubiertos los
rostros con unos velos negros y no trasparentes como el de Trifaldn, sino
tan apretados que ninguna cosa se traslucan.

As como acab de parecer el dueesco escuadrn, el duque, la duquesa y don
Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesin
miraban. Pararon las doce dueas y hicieron calle, por medio de la cual la
Dolorida se adelant, sin dejarla de la mano Trifaldn, viendo lo cual el
duque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos a
recebirla. Ella, puesta las rodillas en el suelo, con voz antes basta y
ronca que sutil y dilicada, dijo:

-Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesa a este su
criado; digo, a esta su criada, porque, segn soy de dolorida, no acertar
a responder a lo que debo, a causa que mi estraa y jams vista desdicha me
ha llevado el entendimiento no s adnde, y debe de ser muy lejos, pues
cuanto ms le busco menos le hallo.

-Sin l estara -respondi el duque-, seora condesa, el que no descubriese
por vuestra persona vuestro valor, el cual, sin ms ver, es merecedor de
toda la nata de la cortesa y de toda la flor de las bien criadas
ceremonias.

Y, levantndola de la mano, la llev a asentar en una silla junto a la
duquesa, la cual la recibi asimismo con mucho comedimiento.

Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la
Trifaldi y de alguna de sus muchas dueas, pero no fue posible hasta que
ellas de su grado y voluntad se descubrieron.

Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quin le haba de
romper, y fue la duea Dolorida con estas palabras:

-Confiada estoy, seor poderossimo, hermossima seora y discretsimos
circunstantes, que ha de hallar mi cuitsima en vuestros valerossimos
pechos acogimiento no menos plcido que generoso y doloroso, porque ella es
tal, que es bastante a enternecer los mrmoles, y a ablandar los diamantes,
y a molificar los aceros de los ms endurecidos corazones del mundo; pero,
antes que salga a la plaza de vuestros odos, por no decir orejas, quisiera
que me hicieran sabidora si est en este gremio, corro y compaa el
acendradsimo caballero don Quijote de la Manchsima y su escudersimo
Panza.

-El Panza -antes que otro respondiese, dijo Sancho- aqu esta, y el don
Quijotsimo asimismo; y as, podris, dolorossima duesima, decir lo que
quisieridsimis, que todos estamos prontos y aparejadsimos a ser vuestros
servidorsimos.

En esto se levant don Quijote, y, encaminando sus razones a la Dolorida
duea, dijo:

-Si vuestras cuitas, angustiada seora, se pueden prometer alguna esperanza
de remedio por algn valor o fuerzas de algn andante caballero, aqu estn
las mas, que, aunque flacas y breves, todas se emplearn en vuestro
servicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda
suerte de menesterosos, y, siendo esto as, como lo es, no habis menester,
seora, captar benevolencias ni buscar prembulos, sino, a la llana y sin
rodeos, decir vuestros males, que odos os escuchan que sabrn, si no
remediarlos, dolerse dellos.

Oyendo lo cual, la Dolorida duea hizo seal de querer arrojarse a los pies
de don Quijote, y aun se arroj, y, pugnando por abrazrselos, deca:

-Ante estos pies y piernas me arrojo, oh caballero invicto!, por ser los
que son basas y colunas de la andante caballera; estos pies quiero besar,
de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, oh valeroso
andante, cuyas verdaderas fazaas dejan atrs y escurecen las fabulosas de
los Amadises, Esplandianes y Belianises!

Y, dejando a don Quijote, se volvi a Sancho Panza, y, asindole de las
manos, le dijo:

-Oh t, el ms leal escudero que jams sirvi a caballero andante en los
presentes ni en los pasados siglos, ms luengo en bondad que la barba de
Trifaldn, mi acompaador, que est presente!, bien puedes preciarte que en
servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballeros
que han tratado las armas en el mundo. Conjrote, por lo que debes a tu
bondad fidelsima, me seas buen intercesor con tu dueo, para que luego
favorezca a esta humilsima y desdichadsima condesa.

A lo que respondi Sancho:

-De que sea mi bondad, seora ma, tan larga y grande como la barba de
vuestro escudero, a m me hace muy poco al caso; barbada y con bigotes
tenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de las
barbas de ac poco o nada me curo; pero, sin esas socalias ni plegarias,
yo rogar a mi amo, que s que me quiere bien, y ms agora que me ha
menester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todo
lo que pudiere. Vuesa merced desembale su cuita y cuntenosla, y deje
hacer, que todos nos entenderemos.

Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que haban
tomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre s la agudeza y
disimulacin de la Trifaldi, la cual, volvindose a sentar, dijo:

-Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar del
Sur, dos leguas ms all del cabo Comorn, fue seora la reina doa
Maguncia, viuda del rey Archipiela, su seor y marido, de cuyo matrimonio
tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cual
dicha infanta Antonomasia se cri y creci debajo de mi tutela y doctrina,
por ser yo la ms antigua y la ms principal duea de su madre. Sucedi,
pues, que, yendo das y viniendo das, la nia Antonomasia lleg a edad de
catorce aos, con tan gran perfecin de hermosura, que no la pudo subir ms
de punto la naturaleza. Pues digamos agora que la discrecin era mocosa!
As era discreta como bella, y era la ms bella del mundo, y lo es, si ya
los hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre
de la vida. Pero no habrn, que no han de permitir los cielos que se haga
tanto mal a la tierra como sera llevarse en agraz el racimo del ms
hermoso veduo del suelo. De esta hermosura, y no como se debe encarecida
de mi torpe lengua, se enamor un nmero infinito de prncipes, as
naturales como estranjeros, entre los cuales os levantar los pensamientos
al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,
confiado en su mocedad y en su bizarra, y en sus muchas habilidades y
gracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestras
grandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la haca
hablar, y ms que era poeta y gran bailarn, y saba hacer una jaula de
pjaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera en
estrema necesidad, que todas estas partes y gracias son bastantes a
derribar una montaa, no que una delicada doncella. Pero toda su gentileza
y buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna
parte para rendir la fortaleza de mi nia, si el ladrn desuellacaras no
usara del remedio de rendirme a m primero. Primero quiso el malandrn y
desalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para que
yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. En
resolucin: l me adul el entendimiento y me rindi la voluntad con no s
qu dijes y brincos que me dio, pero lo que ms me hizo postrar y dar
conmigo por el suelo fueron unas coplas que le o cantar una noche desde
una reja que caa a una callejuela donde l estaba, que, si mal no me
acuerdo, decan:

   De la dulce mi enemiga
   nace un mal que al alma hiere,
   y, por ms tormento, quiere
   que se sienta y no se diga.

Parecime la trova de perlas, y su voz de almbar, y despus ac, digo,
desde entonces, viendo el mal en que ca por estos y otros semejantes
versos, he considerado que de las buenas y concertadas repblicas se haban
de desterrar los poetas, como aconsejaba Platn, a lo menos, los lascivos,
porque escriben unas coplas, no como las del marqus de Mantua, que
entretienen y hacen llorar los nios y a las mujeres, sino unas agudezas
que, a modo de blandas espinas, os atraviesan el alma, y como rayos os
hieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cant:

   Ven, muerte, tan escondida
   que no te sienta venir,
   porque el placer del morir
   no me torne a dar la vida.

Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritos
suspenden. Pues, qu cuando se humillan a componer un gnero de verso que
en Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? All era
el brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de los
cuerpos y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y as, digo,
seores mos, que los tales trovadores con justo ttulo los deban
desterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sino
los simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera la
buena duea que deba, no me haban de mover sus trasnochados conceptos, ni
haba de creer ser verdad aquel decir: "Vivo muriendo, ardo en el yelo,
tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, prtome y qudome", con otros
imposibles desta ralea, de que estn sus escritos llenos. Pues, qu cuando
prometen el fnix de Arabia, la corona de Aridiana, los caballos del Sol,
del Sur las perlas, de Tbar el oro y de Pancaya el blsamo? Aqu es donde
ellos alargan ms la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jams
piensan ni pueden cumplir. Pero, dnde me divierto? Ay de m, desdichada!
Qu locura o qu desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo
tanto que decir de las mas? Ay de m, otra vez, sin ventura!, que no me
rindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las msicas,
sino mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el
camino y desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que ste es el
nombre del referido caballero; y as, siendo yo la medianera, l se hall
una y muy muchas veces en la estancia de la por m, y no por l, engaada
Antonomasia, debajo del ttulo de verdadero esposo; que, aunque pecadora,
no consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela de
sus zapatillas. No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante en
cualquier negocio destos que por m se tratare! Solamente hubo un dao en
este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo un
caballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho,
del reino. Algunos das estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mi
recato esta maraa, hasta que me pareci que la iba descubriendo a ms
andar no s qu hinchazn del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo
entrar en bureo a los tres, y sali dl que, antes que se saliese a luz el
mal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia,
en fe de una cdula que de ser su esposa la infanta le haba hecho, notada
por mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sansn no pudieran romperla.
Hicironse las diligencias, vio el vicario la cdula, tom el tal vicario
la confesin a la seora, confes de plano, mandla depositar en casa de un
alguacil de corte muy honrado...

A esta sazn, dijo Sancho:

-Tambin en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por lo
que puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero dse vuesa
merced priesa, seora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el fin
desta tan larga historia.

-S har -respondi la condesa.





Captulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable
historia


De cualquiera palabra que Sancho deca, la duquesa gustaba tanto como se
desesperaba don Quijote; y, mandndole que callase, la Dolorida prosigui
diciendo:

-En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se
estaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaracin,
el vicario sentenci en favor de don Clavijo, y se la entreg por su
legtima esposa, de lo que recibi tanto enojo la reina doa Maguncia,
madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres das la enterramos.

-Debi de morir, sin duda -dijo Sancho.

-Claro est! -respondi Trifaldn-, que en Candaya no se entierran las
personas vivas, sino las muertas.

-Ya se ha visto, seor escudero -replic Sancho-, enterrar un desmayado
creyendo ser muerto, y parecame a m que estaba la reina Maguncia obligada
a desmayarse antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian,
y no fue tan grande el disparate de la infanta que obligase a sentirle
tanto. Cuando se hubiera casado esa seora con algn paje suyo, o con otro
criado de su casa, como han hecho otras muchas, segn he odo decir, fuera
el dao sin remedio; pero el haberse casado con un caballero tan
gentilhombre y tan entendido como aqu nos le han pintado, en verdad en
verdad que, aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa; porque,
segn las reglas de mi seor, que est presente y no me dejar mentir, as
como se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer de los
caballeros, y ms si son andantes, los reyes y los emperadores.

-Razn tienes, Sancho -dijo don Quijote-, porque un caballero andante, como
tenga dos dedos de ventura, est en potencia propincua de ser el mayor
seor del mundo. Pero, pase adelante la seora Dolorida, que a m se me
trasluce que le falta por contar lo amargo desta hasta aqu dulce historia.

-Y cmo si queda lo amargo! -respondi la condesa-, y tan amargo que en su
comparacin son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. Muerta, pues, la
reina, y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierra
y apenas le dimos el ltimo vale, cuando,

quis talia fando temperet a lachrymis?,

puesto sobre un caballo de madera, pareci encima de la sepultura de la
reina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con ser
cruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de su
cormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de
la demasa de Antonomasia, los dej encantados sobre la mesma sepultura: a
ella, convertida en una jimia de bronce, y a l, en un espantoso cocodrilo
de un metal no conocido, y entre los dos est un padrn, asimismo de metal,
y en l escritas en lengua siraca unas letras que, habindose declarado en
la candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia: "No
cobrarn su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso
manchego venga conmigo a las manos en singular batalla, que para solo su
gran valor guardan los hados esta nunca vista aventura". Hecho esto, sac
de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asindome a m por los
cabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme cercen la cabeza.
Turbme, pegseme la voz a la garganta, qued mohna en todo estremo, pero,
con todo, me esforc lo ms que pude, y, con voz tembladora y doliente, le
dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecucin de tan
riguroso castigo. Finalmente, hizo traer ante s todas las dueas de
palacio, que fueron estas que estn presentes, y, despus de haber
exagerado nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueas, sus
malas maas y peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola tena,
dijo que no quera con pena capital castigarnos, sino con otras penas
dilatadas, que nos diesen una muerte civil y continua; y, en aquel mismo
momento y punto que acab de decir esto, sentimos todas que se nos abran
los poros de la cara, y que por toda ella nos punzaban como con puntas de
agujas. Acudimos luego con las manos a los rostros, y hallmonos de la
manera que ahora veris.

Y luego la Dolorida y las dems dueas alzaron los antifaces con que
cubiertas venan, y descubrieron los rostros, todos poblados de barbas,
cules rubias, cules negras, cules blancas y cules albarrazadas, de cuya
vista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don
Quijote y Sancho, y atnitos todos los presentes.

Y la Trifaldi prosigui:

-Desta manera nos castig aquel folln y malintencionado de Malambruno,
cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspereza destas
cerdas, que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje nos
hubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestras
caras con esta borra que nos cubre; porque si entramos en cuenta, seores
mos (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideracin de nuestra desgracia, y los mares que hasta
aqu han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y as, lo dir
sin lgrimas), digo, pues, que adnde podr ir una duea con barbas? Qu
padre o qu madre se doler della? Quin la dar ayuda? Pues, aun cuando
tiene la tez lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes y
mudas, apenas halla quien bien la quiera, qu har cuando descubra hecho
un bosque su rostro? Oh dueas y compaeras mas, en desdichado punto
nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!

Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.





Captulo XL. De cosas que ataen y tocan a esta aventura y a esta
memorable historia


Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como
sta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la
curiosidad que tuvo en contarnos las semnimas della, sin dejar cosa, por
menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta los
pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tcitas, aclara
las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los tomos del ms curioso
deseo manifiesta. Oh autor celebrrimo! Oh don Quijote dichoso! Oh
Dulcinea famosa! Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por
s vivis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los
vivientes.

Dice, pues, la historia que, as como Sancho vio desmayada a la Dolorida,
dijo:

-Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los
Panzas, que jams he odo ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su
pensamiento ha cabido, semejante aventura como sta. Vlgate mil satanases,
por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y no hallaste otro
gnero de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? Cmo y
no fuera mejor, y a ellas les estuviera ms a cuento, quitarles la mitad de
las narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles
barbas? Apostar yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.

-As es la verdad, seor -respondi una de las doce-, que no tenemos
hacienda para mondarnos; y as, hemos tomado algunas de nosotras por
remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y
aplicndolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como
fondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres que
andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros
menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueas de mi seora por jams
quisimos admitirlas, porque las ms oliscan a terceras, habiendo dejado de
ser primas; y si por el seor don Quijote no somos remediadas, con barbas
nos llevarn a la sepultura.

-Yo me pelara las mas -dijo don Quijote- en tierra de moros, si no
remediase las vuestras.

A este punto, volvi de su desmayo la Trifaldi y dijo:

-El retintn desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo lleg
a mis odos, y ha sido parte para que yo dl vuelva y cobre todos mis
sentidos; y as, de nuevo os suplico, andante nclito y seor indomable,
vuestra graciosa promesa se convierta en obra.

-Por m no quedar -respondi don Quijote-: ved, seora, qu es lo que
tengo de hacer, que el nimo est muy pronto para serviros.

-Es el caso -respondi la Dolorida -que desde aqu al reino de Candaya, si
se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos ms a menos; pero si se va por
el aire y por la lnea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Es
tambin de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al
caballero nuestro libertador, que l le enviara una cabalgadura harto
mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser
aquel mesmo caballo de madera sobre quien llev el valeroso Pierres robada
a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en
la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza
que parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, segn es
tradicin antigua, fue compuesto por aquel sabio Merln; prestsele a
Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y rob, como se
ha dicho, a la linda Magalona, llevndola a las ancas por el aire, dejando
embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino a
quien l quera, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hasta
ahora no sabemos que haya subido alguno en l. De all le ha sacado
Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dl en sus
viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy
est aqu y maana en Francia y otro da en Potos; y es lo bueno que el
tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por
los aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza
llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, segn camina llano y
reposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera
en l.

A esto dijo Sancho:

-Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires;
pero por la tierra, yo le cutir con cuantos portantes hay en el mundo.

Rironse todos, y la Dolorida prosigui:

-Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra
desgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estar en nuestra
presencia, porque l me signific que la seal que me dara por donde yo
entendiese que haba hallado el caballero que buscaba, sera enviarme el
caballo, donde fuese con comodidad y presteza.

-Y cuntos caben en ese caballo? -pregunt Sancho.

La Dolorida respondi:

-Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayor
parte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta
alguna robada doncella.

-Querra yo saber, seora Dolorida -dijo Sancho-, qu nombre tiene ese
caballo.

-El nombre -respondi la Dolorida- no es como el caballo de Belorofonte,
que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucfalo, ni
como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,
que fue el de Reinaldos de Montalbn, ni Frontino, como el de Rugero, ni
Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se
llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, ltimo rey de
los godos, entr en la batalla donde perdi la vida y el reino.

-Yo apostar -dijo Sancho- que, pues no le han dado ninguno desos famosos
nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrn dado el de mi amo,
Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.

-As es -respondi la barbada condesa-, pero todava le cuadra mucho,
porque se llama Clavileo el Algero, cuyo nombre conviene con el ser de
leo, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que
camina; y as, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso
Rocinante.

-No me descontenta el nombre -replic Sancho-, pero con qu freno o con
qu jquima se gobierna?

-Ya he dicho -respondi la Trifaldi- que con la clavija, que, volvindola a
una parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,
o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el
medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien
ordenadas.

-Ya lo querra ver -respondi Sancho-, pero pensar que tengo de subir en
l, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. Bueno es que
apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda ms blanda que la
mesma seda, y querran ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin
cojn ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las
barbas a nadie: cada cual se rape como ms le viniere a cuento, que yo no
pienso acompaar a mi seor en tan largo viaje. Cuanto ms, que yo no debo
de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el
desencanto de mi seora Dulcinea.

-S sois, amigo -respondi la Trifaldi-, y tanto, que, sin vuestra
presencia, entiendo que no haremos nada.

-Aqu del rey! -dijo Sancho-: qu tienen que ver los escuderos con las
aventuras de sus seores? Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban,
y hemos de llevar nosotros el trabajo? Cuerpo de m! Aun si dijesen los
historiadores: "El tal caballero acab la tal y tal aventura, pero con
ayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".
Pero, que escriban a secas: "Don Paralipomenn de las Tres Estrellas acab
la aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de su
escudero, que se hall presente a todo, como si no fuera en el mundo!
Ahora, seores, vuelvo a decir que mi seor se puede ir solo, y buen
provecho le haga, que yo me quedar aqu, en compaa de la duquesa mi
seora, y podra ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la
seora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos y
desocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.

-Con todo eso, le habis de acompaar si fuere necesario, buen Sancho,
porque os lo rogarn buenos; que no han de quedar por vuestro intil temor
tan poblados los rostros destas seoras; que, cierto, sera mal caso.

-Aqu del rey otra vez! -replic Sancho-. Cuando esta caridad se hiciera
por algunas doncellas recogidas, o por algunas nias de la doctrina,
pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra por
quitar las barbas a dueas, mal ao! Mas que las viese yo a todas con
barbas, desde la mayor hasta la menor, y de la ms melindrosa hasta la ms
repulgada.

-Mal estis con las dueas, Sancho amigo -dijo la duquesa-: mucho os vais
tras la opinin del boticario toledano. Pues a fe que no tenis razn; que
dueas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueas, que aqu est mi
doa Rodrguez, que no me dejar decir otra cosa.

-Mas que la diga vuestra excelencia -dijo Rodrguez-, que Dios sabe la
verdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampias que seamos las
dueas, tambin nos pari nuestra madre como a las otras mujeres; y, pues
Dios nos ech en el mundo, l sabe para qu, y a su misericordia me atengo,
y no a las barbas de nadie.

-Ahora bien, seora Rodrguez -dijo don Quijote-, y seora Trifaldi y
compaa, yo espero en el cielo que mirar con buenos ojos vuestras cuitas,
que Sancho har lo que yo le mandare, ya viniese Clavileo y ya me viese
con Malambruno; que yo s que no habra navaja que con ms facilidad rapase
a vuestras mercedes como mi espada rapara de los hombros la cabeza de
Malambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.

-Ay! -dijo a esta sazn la Dolorida-, con benignos ojos miren a vuestra
grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,
e infundan en vuestro nimo toda prosperidad y valenta para ser escudo y
amparo del vituperoso y abatido gnero dueesco, abominado de boticarios,
murmurado de escuderos y socaliado de pajes; que mal haya la bellaca que
en la flor de su edad no se meti primero a ser monja que a duea.
Desdichadas de nosotras las dueas, que, aunque vengamos por lnea recta,
de varn en varn, del mismo Hctor el troyano, no dejaran de echaros un
vos nuestras seoras, si pensasen por ello ser reinas! Oh gigante
Malambruno, que, aunque eres encantador, eres certsimo en tus promesas!,
envanos ya al sin par Clavileo, para que nuestra desdicha se acabe, que
si entra el calor y estas nuestras barbas duran, guay de nuestra ventura!

Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sac las lgrimas de los
ojos de todos los circunstantes, y aun arras los de Sancho, y propuso en
su corazn de acompaar a su seor hasta las ltimas partes del mundo, si
es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.





Captulo XLI. De la venida de Clavileo, con el fin desta dilatada aventura


Lleg en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso
caballo Clavileo viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote,
parecindole que, pues Malambruno se detena en enviarle, o que l no era
el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno
no osaba venir con l a singular batalla. Pero veis aqu cuando a deshora
entraron por el jardn cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que
sobre sus hombros traan un gran caballo de madera. Pusironle de pies en
el suelo, y uno de los salvajes dijo:

-Suba sobre esta mquina el que tuviere nimo para ello.

-Aqu -dijo Sancho- yo no subo, porque ni tengo nimo ni soy caballero.

Y el salvaje prosigui diciendo:

-Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fese del valeroso
Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra
malicia, ser ofendido; y no hay ms que torcer esta clavija que sobre el
cuello trae puesta, que l los llevar por los aires adonde los atiende
Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause
vguidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que ser
seal de haber dado fin a su viaje.

Esto dicho, dejando a Clavileo, con gentil continente se volvieron por
donde haban venido. La Dolorida, as como vio al caballo, casi con
lgrimas dijo a don Quijote:

-Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el
caballo est en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con
cada pelo dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no est en ms sino
en que subas en l con tu escudero y des felice principio a vuestro nuevo
viaje.

-Eso har yo, seora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor
talante, sin ponerme a tomar cojn, ni calzarme espuelas, por no detenerme:
tanta es la gana que tengo de veros a vos, seora, y a todas estas dueas
rasas y mondas.

-Eso no har yo -dijo Sancho-, ni de malo ni de buen talante, en ninguna
manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las
ancas, bien puede buscar mi seor otro escudero que le acompae, y estas
seoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar
de andar por los aires. Y qu dirn mis insulanos cuando sepan que su
gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa ms: que habiendo
tres mil y tantas leguas de aqu a Candaya, si el caballo se cansa o el
gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de aos, y ya ni
habr nsula ni nsulos en el mundo que me conozan; y, pues se dice
comnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la
vaquilla acudas con la soguilla, perdnenme las barbas destas seoras, que
bien se est San Pedro en Roma; quiero decir que bien me estoy en esta
casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo dueo tan gran bien espero
como es verme gobernador.

A lo que el duque dijo:

-Sancho amigo, la nsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva:
races tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la
arrancarn ni mudarn de donde est a tres tirones; y, pues vos sabis que
s yo que no hay ninguno gnero de oficio destos de mayor canta que no se
granjee con alguna suerte de cohecho, cul ms, cul menos, el que yo
quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro seor don Quijote a
dar cima y cabo a esta memorable aventura; que ahora volvis sobre
Clavileo con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortuna
os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesn en mesn y de venta en
venta, siempre que volviredes hallaris vuestra nsula donde la dejis, y
a vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que
siempre han tenido, y mi voluntad ser la mesma; y no pongis duda en esta
verdad, seor Sancho, que sera hacer notorio agravio al deseo que de
serviros tengo.

-No ms, seor -dijo Sancho-: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a
cuestas tantas cortesas; suba mi amo, tpenme estos ojos y encomindenme a
Dios, y avsenme si cuando vamos por esas altaneras podr encomendarme a
Nuestro Seor o invocar los ngeles que me favorezcan.

A lo que respondi Trifaldi:

-Sancho, bien podis encomendaros a Dios o a quien quisiredes, que
Malambruno, aunque es encantador, es cristiano, y hace sus encantamentos
con mucha sagacidad y con mucho tiento, sin meterse con nadie.

-Ea, pues -dijo Sancho-, Dios me ayude y la Santsima Trinidad de Gaeta!

-Desde la memorable aventura de los batanes -dijo don Quijote-, nunca he
visto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como
otros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el nimo. Pero
llegaos aqu, Sancho, que con licencia destos seores os quiero hablar
aparte dos palabras.

Y, apartando a Sancho entre unos rboles del jardn y asindole ambas las
manos, le dijo:

-Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios
cundo volveremos dl, ni la comodidad y espacio que nos darn los
negocios; as, querra que ahora te retirases en tu aposento, como que vas
a buscar alguna cosa necesaria para el camino, y, en un daca las pajas,
te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que ests
obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendrs, que el comenzar
las cosas es tenerlas medio acabadas.

-Par Dios -dijo Sancho-, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es
como aquello que dicen: "en priesa me vees y doncellez me demandas!"
Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced que
me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced
razn. Vamos ahora a rapar estas dueas, que a la vuelta yo le prometo a
vuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de mi
obligacin, que vuestra merced se contente, y no le digo ms.

Y don Quijote respondi:

-Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplirs,
porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verdico.

-No soy verde, sino moreno -dijo Sancho-, pero aunque fuera de mezcla,
cumpliera mi palabra.

Y con esto se volvieron a subir en Clavileo, y al subir dijo don Quijote:

-Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan luees tierras enva por
nosotros no ser para engaarnos, por la poca gloria que le puede redundar
de engaar a quien dl se fa; y, puesto que todo sucediese al revs de lo
que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaa no la podr
escurecer malicia alguna.

-Vamos, seor -dijo Sancho-, que las barbas y lgrimas destas seoras las
tengo clavadas en el corazn, y no comer bocado que bien me sepa hasta
verlas en su primera lisura. Suba vuesa merced y tpese primero, que si yo
tengo de ir a las ancas, claro est que primero sube el de la silla.

-As es la verdad -replic don Quijote.

Y, sacando un pauelo de la faldriquera, pidi a la Dolorida que le
cubriese muy bien los ojos, y, habindoselos cubierto, se volvi a
descubrir y dijo:

-Si mal no me acuerdo, yo he ledo en Virgilio aquello del Paladin de
Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa
Palas, el cual iba preado de caballeros armados, que despus fueron la
total ruina de Troya; y as, ser bien ver primero lo que Clavileo trae en
su estmago.

-No hay para qu -dijo la Dolorida-, que yo le fo y s que Malambruno no
tiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, seor don Quijote,
suba sin pavor alguno, y a mi dao si alguno le sucediere.

Parecile a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su
seguridad sera poner en detrimento su valenta; y as, sin ms altercar,
subi sobre Clavileo y le tent la clavija, que fcilmente se rodeaba; y,
como no tena estribos y le colgaban las piernas, no pareca sino figura de
tapiz flamenco pintada o tejida en algn romano triunfo. De mal talante y
poco a poco lleg a subir Sancho, y, acomodndose lo mejor que pudo en las
ancas, las hall algo duras y no nada blandas, y pidi al duque que, si
fuese posible, le acomodasen de algn cojn o de alguna almohada, aunque
fuese del estrado de su seora la duquesa, o del lecho de algn paje,
porque las ancas de aquel caballo ms parecan de mrmol que de leo.

A esto dijo la Trifaldi que ningn jaez ni ningn gnero de adorno sufra
sobre s Clavileo; que lo que poda hacer era ponerse a mujeriegas, y que
as no sentira tanto la dureza. Hzolo as Sancho, y, diciendo ''a Dios'',
se dej vendar los ojos, y, ya despus de vendados, se volvi a descubrir,
y, mirando a todos los del jardn tiernamente y con lgrimas, dijo que le
ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemaras, porque
Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se
viesen. A lo que dijo don Quijote:

-Ladrn, ests puesto en la horca por ventura, o en el ltimo trmino de
la vida, para usar de semejantes plegarias? No ests, desalmada y cobarde
criatura, en el mismo lugar que ocup la linda Magalona, del cual decendi,
no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las
historias? Y yo, que voy a tu lado, no puedo ponerme al del valeroso
Pierres, que oprimi este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cbrete,
cbrete, animal descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes,
a lo menos en presencia ma.

-Tpenme -respondi Sancho-; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni
que sea encomendado, qu mucho que tema no ande por aqu alguna regin de
diablos que den con nosotros en Peralvillo?

Cubrironse, y, sintiendo don Quijote que estaba como haba de estar, tent
la clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las
dueas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:

-Dios te gue, valeroso caballero!

-Dios sea contigo, escudero intrpido!

-Ya, ya vais por esos aires, rompindolos con ms velocidad que una saeta!

-Ya comenzis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os estn
mirando!

-Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! Mira no cayas, que ser peor
tu cada que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su
padre!

Oy Sancho las voces, y, apretndose con su amo y ciindole con los
brazos, le dijo:

-Seor, cmo dicen stos que vamos tan altos, si alcanzan ac sus voces, y
no parecen sino que estn aqu hablando junto a nosotros?

-No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volateras van
fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas vers y oirs lo que
quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no s
de qu te turbas ni te espantas, que osar jurar que en todos los das de
mi vida he subido en cabalgadura de paso ms llano: no parece sino que no
nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la
cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

-As es la verdad -respondi Sancho-, que por este lado me da un viento tan
recio, que parece que con mil fuelles me estn soplando.

Y as era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien
trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo,
que no le falt requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintindose, pues, soplar don Quijote, dijo:

-Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda regin del
aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los
relmpagos y los rayos se engendran en la tercera regin, y si es que desta
manera vamos subiendo, presto daremos en la regin del fuego, y no s yo
cmo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos,
pendientes de una caa, les calentaban los rostros. Sancho, que sinti el
calor, dijo:

-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque
una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, seor, por
descubrirme y ver en qu parte estamos.

-No hagas tal -respondi don Quijote-, y acurdate del verdadero cuento del
licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire,
caballero en una caa, cerrados los ojos, y en doce horas lleg a Roma, y
se ape en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el
fracaso y asalto y muerte de Borbn, y por la maana ya estaba de vuelta en
Madrid, donde dio cuenta de todo lo que haba visto; el cual asimismo dijo
que cuando iba por el aire le mand el diablo que abriese los ojos, y los
abri, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la
pudiera asir con la mano, y que no os mirar a la tierra por no
desvanecerse. As que, Sancho, no hay para qu descubrirnos; que, el que
nos lleva a cargo, l dar cuenta de nosotros, y quiz vamos tomando puntas
y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya,
como hace el sacre o nebl sobre la garza para cogerla, por ms que se
remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del
jardn, creme que debemos de haber hecho gran camino.

-No s lo que es -respondi Sancho Panza-, slo s decir que si la seora
Magallanes o Magalona se content destas ancas, que no deba de ser muy
tierna de carnes.

Todas estas plticas de los dos valientes oan el duque y la duquesa y los
del jardn, de que reciban estraordinario contento; y, queriendo dar
remate a la estraa y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileo le
pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de
cohetes tronadores, vol por los aires, con estrao ruido, y dio con don
Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados.

En este tiempo ya se haban desparecido del jardn todo el barbado
escuadrn de las dueas y la Trifaldi y todo, y los del jardn quedaron
como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron
maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atnitos de verse en el
mesmo jardn de donde haban partido y de ver tendido por tierra tanto
nmero de gente; y creci ms su admiracin cuando a un lado del jardn
vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos
cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual, con grandes
letras de oro, estaba escrito lo siguiente:

El nclito caballero don Quijote de la Mancha feneci y acab la aventura
de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la duea Dolorida, y
compaa, con slo intentarla.

Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas
de las dueas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y
Antonomasia en su prstino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil
vpulo, la blanca paloma se ver libre de los pestferos girifaltes que la
persiguen, y en brazos de su querido arrullador; que as est ordenado por
el sabio Merln, protoencantador de los encantadores.

Habiendo, pues, don Quijote ledo las letras del pergamino, claro entendi
que del desencanto de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo
de que con tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su
pasada tez los rostros de las venerables dueas, que ya no parecan, se fue
adonde el duque y la duquesa an no haban vuelto en s, y, trabando de la
mano al duque, le dijo:

-Ea, buen seor, buen nimo; buen nimo, que todo es nada! La aventura es
ya acabada sin dao de barras, como lo muestra claro el escrito que en
aquel padrn est puesto.

El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sueo recuerda, fue
volviendo en s, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el
jardn estaban cados, con tales muestras de maravilla y espanto, que casi
se podan dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien
saban fingir de burlas. Ley el duque el cartel con los ojos medio
cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote,
dicindole ser el ms buen caballero que en ningn siglo se hubiese visto.

Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qu rostro tena sin las
barbas, y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposicin
prometa, pero dijronle que, as como Clavileo baj ardiendo por los
aires y dio en el suelo, todo el escuadrn de las dueas, con la Trifaldi,
haba desaparecido, y que ya iban rapadas y sin caones. Pregunt la
duquesa a Sancho que cmo le haba ido en aquel largo viaje. A lo cual
Sancho respondi:

-Yo, seora, sent que bamos, segn mi seor me dijo, volando por la
regin del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a
quien ped licencia para descubrirme, no la consinti; mas yo, que tengo no
s qu briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide,
bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices apart tanto
cuanto el paizuelo que me tapaba los ojos, y por all mir hacia la
tierra, y parecime que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y
los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas; porque se
vea cun altos debamos de ir entonces.

A esto dijo la duquesa:

-Sancho amigo, mirad lo que decs, que, a lo que parece, vos no vistes la
tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y est claro que si la
tierra os pareci como un grano de mostaza, y cada hombre como una
avellana, un hombre solo haba de cubrir toda la tierra.

-As es verdad -respondi Sancho-, pero, con todo eso, la descubr por un
ladito, y la vi toda.

-Mirad, Sancho -dijo la duquesa-, que por un ladito no se vee el todo de lo
que se mira.

-Yo no s esas miradas -replic Sancho-: slo s que ser bien que vuestra
seora entienda que, pues volbamos por encantamento, por encantamento
poda yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los
mirara; y si esto no se me cree, tampoco creer vuestra merced cmo,
descubrindome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no haba
de m a l palmo y medio, y por lo que puedo jurar, seora ma, que es muy
grande adems. Y sucedi que bamos por parte donde estn las siete
cabrillas; y en Dios y en mi nima que, como yo en mi niez fui en mi
tierra cabrerizo, que as como las vi, me dio una gana de entretenerme con
ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo,
pues, y tomo, y qu hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi seor tampoco,
bonita y pasitamente me ape de Clavileo, y me entretuve con las
cabrillas, que son como unos alheles y como unas flores, casi tres cuartos
de hora, y Clavileo no se movi de un lugar, ni pas adelante.

-Y, en tanto que el buen Sancho se entretena con las cabras -pregunt el
duque-, en qu se entretena el seor don Quijote?

A lo que don Quijote respondi:

-Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural,
no es mucho que Sancho diga lo que dice. De m s decir que ni me descubr
por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas.
Bien es verdad que sent que pasaba por la regin del aire, y aun que
tocaba a la del fuego; pero que passemos de all no lo puedo creer, pues,
estando la regin del fuego entre el cielo de la luna y la ltima regin
del aire, no podamos llegar al cielo donde estn las siete cabrillas que
Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues no nos asuramos, o Sancho miente o
Sancho suea.

-Ni miento ni sueo -respondi Sancho-: si no, pregntenme las seas de las
tales cabras, y por ellas vern si digo verdad o no.

-Dgalas, pues, Sancho -dijo la duquesa.

-Son -respondi Sancho- las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules,
y la una de mezcla.

-Nueva manera de cabras es sa -dijo el duque-, y por esta nuestra regin
del suelo no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores.

-Bien claro est eso -dijo Sancho-; s, que diferencia ha de haber de las
cabras del cielo a las del suelo.

-Decidme, Sancho -pregunt el duque-: vistes all en entre esas cabras
algn cabrn?

-No, seor -respondi Sancho-, pero o decir que ninguno pasaba de los
cuernos de la luna.

No quisieron preguntarle ms de su viaje, porque les pareci que llevaba
Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto all
pasaba, sin haberse movido del jardn.

En resolucin, ste fue el fin de la aventura de la duea Dolorida, que dio
que rer a los duques, no slo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que
contar a Sancho siglos, si los viviera; y, llegndose don Quijote a Sancho,
al odo le dijo:

-Sancho, pues vos queris que se os crea lo que habis visto en el cielo,
yo quiero que vos me creis a m lo que vi en la cueva de Montesinos; y no
os digo ms.





Captulo XLII. De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que
fuese a gobernar la nsula, con otras cosas bien consideradas


Con el felice y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan
contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante,
viendo el acomodado sujeto que tenan para que se tuviesen por veras; y
as, habiendo dado la traza y rdenes que sus criados y sus vasallos haban
de guardar con Sancho en el gobierno de la nsula prometida, otro da, que
fue el que sucedi al vuelo de Clavileo, dijo el duque a Sancho que se
adeliase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le
estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humill y le dijo:

-Despus que baj del cielo, y despus que desde su alta cumbre mir la
tierra y la vi tan pequea, se templ en parte en m la gana que tena tan
grande de ser gobernador; porque, qu grandeza es mandar en un grano de
mostaza, o qu dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres
tamaos como avellanas, que, a mi parecer, no haba ms en toda la tierra?
Si vuestra seora fuese servido de darme una tantica parte del cielo,
aunque no fuese ms de media legua, la tomara de mejor gana que la mayor
nsula del mundo.

-Mirad, amigo Sancho -respondi el duque-: yo no puedo dar parte del cielo
a nadie, aunque no sea mayor que una ua, que a solo Dios estn reservadas
esas mercedes y gracias. Lo que puedo dar os doy, que es una nsula hecha y
derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera frtil y abundosa,
donde si vos os sabis dar maa, podis con las riquezas de la tierra
granjear las del cielo.

-Ahora bien -respondi Sancho-, venga esa nsula, que yo pugnar por ser
tal gobernador que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por
codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores,
sino por el deseo que tengo de probar a qu sabe el ser gobernador.

-Si una vez lo probis, Sancho -dijo el duque-, comeros heis las manos tras
el gobierno, por ser dulcsima cosa el mandar y ser obedecido. A buen
seguro que cuando vuestro dueo llegue a ser emperador, que lo ser sin
duda, segn van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y
que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado
de serlo.

-Seor -replic Sancho-, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un
hato de ganado.

-Con vos me entierren, Sancho, que sabis de todo -respondi el duque-, y
yo espero que seris tal gobernador como vuestro juicio promete, y qudese
esto aqu y advertid que maana en ese mesmo da habis de ir al gobierno
de la nsula, y esta tarde os acomodarn del traje conveniente que habis
de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.

-Vstanme -dijo Sancho- como quisieren, que de cualquier manera que vaya
vestido ser Sancho Panza.

-As es verdad -dijo el duque-, pero los trajes se han de acomodar con el
oficio o dignidad que se profesa, que no sera bien que un jurisperito se
vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iris
vestido parte de letrado y parte de capitn, porque en la nsula que os doy
tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.

-Letras -respondi Sancho-, pocas tengo, porque an no s el A, B, C; pero
bstame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las
armas manejar las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.

-Con tan buena memoria -dijo el duque-, no podr Sancho errar en nada.

En esto lleg don Quijote, y, sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que
Sancho se haba de partir a su gobierno, con licencia del duque le tom por
la mano y se fue con l a su estancia, con intencin de aconsejarle cmo se
haba de haber en su oficio.

Entrados, pues, en su aposento, cerr tras s la puerta, y hizo casi por
fuerza que Sancho se sentase junto a l, y con reposada voz le dijo:

-Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que, antes y primero que
yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recebir y
a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te tena librada
la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y t,
antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado de
tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan,
porfan, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cmo ni
cmo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y
aqu entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las
pretensiones. T, que para m, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar
ni trasnochar y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha
tocado de la andante caballera, sin ms ni ms te vees gobernador de una
nsula, como quien no dice nada. Todo esto digo, oh Sancho!, para que no
atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que des gracias al
cielo, que dispone suavemente las cosas, y despus las dars a la grandeza
que en s encierra la profesin de la caballera andante. Dispuesto, pues,
el corazn a creer lo que te he dicho, est, oh hijo!, atento a este tu
Catn, que quiere aconsejarte y ser norte y gua que te encamine y saque a
seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y
grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.
Primeramente, oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle est la
sabidura, y siendo sabio no podrs errar en nada. Lo segundo, has de poner
los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el ms
difcil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldr el no
hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces,
vendr a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideracin de haber
guardado puercos en tu tierra.

-As es la verdad -respondi Sancho-, pero fue cuando muchacho; pero
despus, algo hombrecillo, gansos fueron los que guard, que no puercos;
pero esto parceme a m que no hace al caso, que no todos los que gobiernan
vienen de casta de reyes.

-As es verdad -replic don Quijote-, por lo cual los no de principios
nobles deben acompaar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda
suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuracin
maliciosa, de quien no hay estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la
humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de
labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondr a correrte;
y prciate ms de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables
son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad
pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos,
que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias
de hacer hechos virtuosos, no hay para qu tener envidia a los que los
tienen de prncipes y seores, porque la sangre se hereda y la virtud se
aquista, y la virtud vale por s sola lo que la sangre no vale. Siendo esto
as, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando ests en tu nsula
alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de
acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfars al cielo, que gusta que
nadie se desprecie de lo que l hizo, y corresponders a lo que debes a la
naturaleza bien concertada. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es
bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estn sin las
propias), ensala, doctrnala y desbstala de su natural rudeza, porque
todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar
una mujer rstica y tonta. Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y
con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de
anzuelo y de caa de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en
verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de
dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagar con el cuatro
tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la
vida. Nunca te gues por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida
con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti ms compasin las
lgrimas del pobre, pero no ms justicia, que las informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y ddivas del rico, como
por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere
tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente,
que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso
doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la ddiva, sino con
el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algn pleito de algn tu
enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso.
No te ciegue la pasin propia en la causa ajena, que los yerros que en ella
hicieres, las ms veces, sern sin remedio; y si le tuvieren, ser a costa
de tu crdito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa veniere a
pedirte justicia, quita los ojos de sus lgrimas y tus odos de sus
gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres
que se anegue tu razn en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has
de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al
desdichado la pena del suplicio, sin la aadidura de las malas razones. Al
culpado que cayere debajo de tu juridicin considrale hombre miserable,
sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo
cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, mustratele
piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales,
ms resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la
justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, sern luengos
tus das, tu fama ser eterna, tus premios colmados, tu felicidad
indecible, casars tus hijos como quisieres, ttulos tendrn ellos y tus
nietos, vivirs en paz y beneplcito de las gentes, y en los ltimos pasos
de la vida te alcanzar el de la muerte, en vejez suave y madura, y
cerrarn tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.
Esto que hasta aqu te he dicho son documentos que han de adornar tu alma;
escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.





Captulo XLIII. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza


Quin oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por
persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el
progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en
tocndole en la caballera, y en los dems discursos mostraba tener claro y
desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus
obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en sta destos segundos
documentos que dio a Sancho, mostr tener gran donaire, y puso su
discrecin y su locura en un levantado punto.

Atentsimamente le escuchaba Sancho, y procuraba conservar en la memoria
sus consejos, como quien pensaba guardarlos y salir por ellos a buen parto
de la preez de su gobierno. Prosigui, pues, don Quijote, y dijo:

-En lo que toca a cmo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo
primero que te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uas, sin
dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a
entender que las uas largas les hermosean las manos, como si aquel
escremento y aadidura que se dejan de cortar fuese ua, siendo antes
garras de cerncalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso. No andes,
Sancho, desceido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de nimo
desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de
socarronera, como se juzg en la de Julio Csar. Toma con discrecin el
pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des librea a tus
criados, dsela honesta y provechosa ms que vistosa y bizarra, y reprtela
entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis
pajes, viste tres y otros tres pobres, y as tendrs pajes para el cielo y
para el suelo; y este nuevo modo de dar librea no la alcanzan los
vanagloriosos. No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu
villanera. Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca
que te escuchas a ti mismo, que toda afectacin es mala. Come poco y cena
ms poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del
estmago. S templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni
guarda secreto ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos
carrillos, ni de erutar delante de nadie.

-Eso de erutar no entiendo -dijo Sancho.

Y don Quijote le dijo:

-Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y ste es uno de los ms torpes
vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y as,
la gente curiosa se ha acogido al latn, y al regoldar dice erutar, y a los
regeldos, erutaciones; y, cuando algunos no entienden estos trminos,
importa poco, que el uso los ir introduciendo con el tiempo, que con
facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene
poder el vulgo y el uso.

-En verdad, seor -dijo Sancho-, que uno de los consejos y avisos que
pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo
hacer muy a menudo.

-Erutar, Sancho, que no regoldar -dijo don Quijote.

-Erutar dir de aqu adelante -respondi Sancho-, y a fee que no se me
olvide.

-Tambin, Sancho, no has de mezclar en tus plticas la muchedumbre de
refranes que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves,
muchas veces los traes tan por los cabellos, que ms parecen disparates que
sentencias.

-Eso Dios lo puede remediar -respondi Sancho-, porque s ms refranes que
un libro, y vinenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que rien por
salir unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que
encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendr cuenta de aqu adelante
de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena
presto se guisa la cena, y quien destaja no baraja, y a buen salvo est el
que repica, y el dar y el tener seso ha menester.

-Eso s, Sancho! -dijo don Quijote-: encaja, ensarta, enhila refranes,
que nadie te va a la mano! Castgame mi madre, y yo trmpogelas! Estoyte
diciendo que escuses refranes, y en un instante has echado aqu una letana
dellos, que as cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de
beda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrn trado a
propsito, pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la pltica
desmayada y baja. Cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo
sobre el arzn postrero, ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas
de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo que parezca que vas
sobre el rucio: que el andar a caballo a unos hace caballeros; a otros,
caballerizos. Sea moderado tu sueo, que el que no madruga con el sol, no
goza del da; y advierte, oh Sancho!, que la diligencia es madre de la
buena ventura, y la pereza, su contraria, jams lleg al trmino que pide
un buen deseo. Este ltimo consejo que ahora darte quiero, puesto que no
sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en la memoria, que
creo que no te ser de menos provecho que los que hasta aqu te he dado; y
es que jams te pongas a disputar de linajes, a lo menos, comparndolos
entre s, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser el mejor,
y del que abatieres sers aborrecido, y del que levantares en ninguna
manera premiado. Tu vestido ser calza entera, ropilla larga, herreruelo un
poco ms largo; greguescos, ni por pienso, que no les estn bien ni a los
caballeros ni a los gobernadores. Por ahora, esto se me ha ofrecido,
Sancho, que aconsejarte; andar el tiempo, y, segn las ocasiones, as
sern mis documentos, como t tengas cuidado de avisarme el estado en que
te hallares.

-Seor -respondi Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha
dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero de qu han de servir,
si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las
uas y de casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasar del magn,
pero esotros badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni
acordar ms dellos que de las nubes de antao, y as, ser menester que se
me den por escrito, que, puesto que no s leer ni escribir, yo se los dar
a mi confesor para que me los encaje y recapacite cuando fuere menester.

-Ah, pecador de m -respondi don Quijote-, y qu mal parece en los
gobernadores el no saber leer ni escribir!; porque has de saber, oh
Sancho!, que no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas:
o que fue hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o l tan travieso
y malo que no pudo entrar en el buen uso ni la buena doctrina. Gran falta
es la que llevas contigo, y as, querra que aprendieses a firmar siquiera.

-Bien s firmar mi nombre -respondi Sancho-, que cuando fui prioste en mi
lugar, aprend a hacer unas letras como de marca de fardo, que decan que
deca mi nombre; cuanto ms, que fingir que tengo tullida la mano derecha,
y har que firme otro por m; que para todo hay remedio, si no es para la
muerte; y, teniendo yo el mando y el palo, har lo que quisiere; cuanto
ms, que el que tiene el padre alcalde... Y, siendo yo gobernador, que es
ms que ser alcalde, llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y
calenme, que vendrn por lana y volvern trasquilados; y a quien Dios
quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan
en el mundo; y, sindolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como
lo pienso ser, no habr falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y
paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, deca una mi agela, y del
hombre arraigado no te vers vengado.

-Oh, maldito seas de Dios, Sancho! -dijo a esta sazn don Quijote-.
Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los
ests ensartando y dndome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro
que estos refranes te han de llevar un da a la horca; por ellos te han de
quitar el gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades.
Dime, dnde los hallas, ignorante, o cmo los aplicas, mentecato, que para
decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?

-Por Dios, seor nuestro amo -replic Sancho-, que vuesa merced se queja de
bien pocas cosas. A qu diablos se pudre de que yo me sirva de mi
hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y
ms refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venan aqu pintiparados, o
como peras en tabaque, pero no los dir, porque al buen callar llaman
Sancho.

-Ese Sancho no eres t -dijo don Quijote-, porque no slo no eres buen
callar, sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querra saber qu
cuatro refranes te ocurran ahora a la memoria que venan aqu a propsito,
que yo ando recorriendo la ma, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.

-Qu mejores -dijo Sancho- que "entre dos muelas cordales nunca pongas tus
pulgares", y "a idos de mi casa y qu queris con mi mujer, no hay
responder", y "si da el cntaro en la piedra o la piedra en el cntaro, mal
para el cntaro", todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su
gobernador ni con el que le manda, porque saldr lastimado, como el que
pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como
sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador no hay que
replicar, como al "salos de mi casa y qu queris con mi mujer". Pues lo
de la piedra en el cntaro un ciego lo ver. As que, es menester que el
que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo, porque no se diga
por l: "espantse la muerta de la degollada", y vuestra merced sabe bien
que ms sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.

-Eso no, Sancho -respondi don Quijote-, que el necio en su casa ni en la
ajena sabe nada, a causa que sobre el aumento de la necedad no asienta
ningn discreto edificio. Y dejemos esto aqu, Sancho, que si mal
gobernares, tuya ser la culpa, y ma la vergenza; mas consulome que he
hecho lo que deba en aconsejarte con las veras y con la discrecin a m
posible: con esto salgo de mi obligacin y de mi promesa. Dios te gue,
Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a m me saque del escrpulo que me
queda que has de dar con toda la nsula patas arriba, cosa que pudiera yo
escusar con descubrir al duque quin eres, dicindole que toda esa gordura
y esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes
y de malicias.

-Seor -replic Sancho-, si a vuestra merced le parece que no soy de pro
para este gobierno, desde aqu le suelto, que ms quiero un solo negro de
la ua de mi alma que a todo mi cuerpo; y as me sustentar Sancho a secas
con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones; y ms que,
mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los
pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, ver que slo vuestra
merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no s ms de gobiernos de
nsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de
llevar el diablo, ms me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al
infierno.

-Por Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que, por solas estas ltimas razones
que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil nsulas: buen
natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga; encomindate a Dios,
y procura no errar en la primera intencin; quiero decir que siempre tengas
intento y firme propsito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren,
porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y vmonos a comer, que
creo que ya estos seores nos aguardan.





Captulo XLIV. Cmo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraa
aventura que en el castillo sucedi a don Quijote


Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando Cide
Hamete a escribir este captulo, no le tradujo su intrprete como l le
haba escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de s mismo, por
haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de
don Quijote, por parecerle que siempre haba de hablar dl y de Sancho, sin
osar estenderse a otras digresiones y episodios ms graves y ms
entretenidos; y deca que el ir siempre atenido el entendimiento, la mano y
la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas
personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su
autor, y que, por huir deste inconveniente, haba usado en la primera parte
del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y
la del Capitn cautivo, que estn como separadas de la historia, puesto que
las dems que all se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que
no podan dejar de escribirse. Tambin pens, como l dice, que muchos,
llevados de la atencin que piden las hazaas de don Quijote, no la daran
a las novelas, y pasaran por ellas, o con priesa o con enfado, sin
advertir la gala y artificio que en s contienen, el cual se mostrara bien
al descubierto cuando, por s solas, sin arrimarse a las locuras de don
Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y as, en esta segunda
parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios
que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece; y
aun stos, limitadamente y con solas las palabras que bastan a
declararlos; y, pues se contiene y cierra en los estrechos lmites de la
narracin, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del
universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no
por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.

Y luego prosigue la historia diciendo que, en acabando de comer don
Quijote, el da que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio
escritos, para que l buscase quien se los leyese; pero, apenas se los hubo
dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunic
con la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio
de don Quijote; y as, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron
a Sancho con mucho acompaamiento al lugar que para l haba de ser nsula.

Acaeci, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque,
muy discreto y muy gracioso -que no puede haber gracia donde no hay
discrecin-, el cual haba hecho la persona de la condesa Trifaldi, con el
donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus
seores de cmo se haba de haber con Sancho, sali con su intento
maravillosamente. Digo, pues, que acaeci que, as como Sancho vio al tal
mayordomo, se le figur en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y,
volvindose a su seor, le dijo:

-Seor, o a m me ha de llevar el diablo de aqu de donde estoy, en justo
y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste
mayordomo del duque, que aqu est, es el mesmo de la Dolorida.

Mir don Quijote atentamente al mayordomo, y, habindole mirado, dijo a
Sancho:

-No hay para qu te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente,
que no s lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del
mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo,
implicara contradicin muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas
averiguaciones, que sera entrarnos en intricados laberintos. Creme,
amigo, que es menester rogar a Nuestro Seor muy de veras que nos libre a
los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.

-No es burla, seor -replic Sancho-, sino que denantes le o hablar, y no
pareci sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los odos. Ahora bien,
yo callar, pero no dejar de andar advertido de aqu adelante, a ver si
descubre otra seal que confirme o desfaga mi sospecha.

-As lo has de hacer, Sancho -dijo don Quijote-, y darsme aviso de todo lo
que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te
sucediere.

Sali, en fin, Sancho, acompaado de mucha gente, vestido a lo letrado, y
encima un gabn muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de
lo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detrs dl, por orden del duque,
iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volva
Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compaa
iba tan contento que no se trocara con el emperador de Alemaa.

Al despedirse de los duques, les bes las manos, y tom la bendicin de su
seor, que se la dio con lgrimas, y Sancho la recibi con pucheritos.

Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos
fanegas de risa, que te ha de causar el saber cmo se port en su cargo, y,
en tanto, atiende a saber lo que le pas a su amo aquella noche; que si con
ello no rieres, por lo menos desplegars los labios con risa de jimia,
porque los sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiracin, o
con risa.

Cuntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote
sinti su soledad; y si le fuera posible revocarle la comisin y quitarle
el gobierno, lo hiciera. Conoci la duquesa su melancola, y preguntle que
de qu estaba triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos,
dueas y doncellas haba en su casa que le serviran muy a satisfacin de
su deseo.

-Verdad es, seora ma -respondi don Quijote-, que siento la ausencia de
Sancho, pero no es sa la causa principal que me hace parecer que estoy
triste, y, de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace,
solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y, en lo
dems, suplico a Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y
permita que yo solo sea el que me sirva.

-En verdad -dijo la duquesa-, seor don Quijote, que no ha de ser as: que
le han de servir cuatro doncellas de las mas, hermosas como unas flores.

-Para m -respondi don Quijote- no sern ellas como flores, sino como
espinas que me puncen el alma. As entrarn ellas en mi aposento, ni cosa
que lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar
adelante el hacerme merced sin yo merecerla, djeme que yo me las haya
conmigo, y que yo me sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla
en medio de mis deseos y de mi honestidad; y no quiero perder esta
costumbre por la liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y,
en resolucin, antes dormir vestido que consentir que nadie me desnude.

-No ms, no ms, seor don Quijote -replic la duquesa-. Por m digo que
dar orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella;
no soy yo persona, que por m se ha de descabalar la decencia del seor don
Quijote; que, segn se me ha traslucido, la que ms campea entre sus muchas
virtudes es la de la honestidad. Desndese vuesa merced y vstase a sus
solas y a su modo, como y cuando quisiere, que no habr quien lo impida,
pues dentro de su aposento hallar los vasos necesarios al menester del que
duerme a puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad le obligue a que
la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre
estendido por toda la redondez de la tierra, pues mereci ser amada de tan
valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el
corazn de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus
diciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la belleza de tan gran
seora.

A lo cual dijo don Quijote:

-Vuestra altitud ha hablado como quien es, que en la boca de las buenas
seoras no ha de haber ninguna que sea mala; y ms venturosa y ms conocida
ser en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que por
todas las alabanzas que puedan darle los ms elocuentes de la tierra.

-Agora bien, seor don Quijote -replic la duquesa-, la hora de cenar se
llega, y el duque debe de esperar: venga vuesa merced y cenemos, y
acostarse temprano, que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto
que no haya causado algn molimiento.

-No siento ninguno, seora -respondi don Quijote-, porque osar jurar a
Vuestra Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia ms reposada ni de
mejor paso que Clavileo; y no s yo qu le pudo mover a Malambruno para
deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla as, sin ms
ni ms.

-A eso se puede imaginar -respondi la duquesa- que, arrepentido del mal
que haba hecho a la Trifaldi y compaa, y a otras personas, y de las
maldades que como hechicero y encantador deba de haber cometido, quiso
concluir con todos los instrumentos de su oficio, y, como a principal y que
ms le traa desasosegado, vagando de tierra en tierra, abras a Clavileo;
que con sus abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno el
valor del gran don Quijote de la Mancha.

De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando, don
Quijote se retir en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con
l a servirle: tanto se tema de encontrar ocasiones que le moviesen o
forzasen a perder el honesto decoro que a su seora Dulcinea guardaba,
siempre puesta en la imaginacin la bondad de Amads, flor y espejo de los
andantes caballeros. Cerr tras s la puerta, y a la luz de dos velas de
cera se desnud, y al descalzarse -oh desgracia indigna de tal persona!-
se le soltaron, no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpieza
de su polica, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que qued
hecha celosa. Afligise en estremo el buen seor, y diera l por tener
all un adarme de seda verde una onza de plata; digo seda verde porque las
medias eran verdes.

Aqu exclam Benengeli, y, escribiendo, dijo ''Oh pobreza, pobreza! No s
yo con qu razn se movi aquel gran poeta cordobs a llamarte

ddiva santa desagradecida!

Yo, aunque moro, bien s, por la comunicacin que he tenido con cristianos,
que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y
pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se
viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de
quien dice uno de sus mayores santos: "Tened todas las cosas como si no las
tuvisedes"; y a esto llaman pobreza de espritu; pero t, segunda pobreza,
que eres de la que yo hablo, por qu quieres estrellarte con los hidalgos
y bien nacidos ms que con la otra gente? Por qu los obligas a dar
pantalia a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean de
seda, otros de cerdas, y otros de vidro? Por qu sus cuellos, por la mayor
parte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?'' Y en esto
se echar de ver que es antiguo el uso del almidn y de los cuellos
abiertos. Y prosigui: ''Miserable del bien nacido que va dando pistos a
su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipcrita al palillo de
dientes con que sale a la calle despus de no haber comido cosa que le
obligue a limpirselos! Miserable de aquel, digo, que tiene la honra
espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del
zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de
su estmago!''

Todo esto se le renov a don Quijote en la soltura de sus puntos, pero
consolse con ver que Sancho le haba dejado unas botas de camino, que
pens ponerse otro da. Finalmente, l se recost pensativo y pesaroso, as
de la falta que Sancho le haca como de la inreparable desgracia de sus
medias, a quien tomara los puntos, aunque fuera con seda de otra color, que
es una de las mayores seales de miseria que un hidalgo puede dar en el
discurso de su prolija estrecheza. Mat las velas; haca calor y no poda
dormir; levantse del lecho y abri un poco la ventana de una reja que daba
sobre un hermoso jardn, y, al abrirla, sinti y oy que andaba y hablaba
gente en el jardn. Psose a escuchar atentamente. Levantaron la voz los de
abajo, tanto, que pudo or estas razones:

-No me porfes, oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto
que este forastero entr en este castillo y mis ojos le miraron, yo no s
cantar, sino llorar; cuanto ms, que el sueo de mi seora tiene ms de
ligero que de pesado, y no querra que nos hallase aqu por todo el tesoro
del mundo. Y, puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sera mi
canto si duerme y no despierta para orle este nuevo Eneas, que ha llegado
a mis regiones para dejarme escarnida.

-No des en eso, Altisidora amiga -respondieron-, que sin duda la duquesa y
cuantos hay en esa casa duermen, si no es el seor de tu corazn y el
despertador de tu alma, porque ahora sent que abra la ventana de la reja
de su estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada ma,
en tono bajo y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, le
echaremos la culpa al calor que hace.

-No est en eso el punto, oh Emerencia! -respondi la Altisidora-, sino en
que no querra que mi canto descubriese mi corazn y fuese juzgada de los
que no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella
antojadiza y liviana. Pero venga lo que viniere, que ms vale vergenza en
cara que mancilla en corazn.

Y, en esto, sinti tocar una arpa suavsimamente. Oyendo lo cual, qued don
Quijote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las
infinitas aventuras semejantes a aqulla, de ventanas, rejas y jardines,
msicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros
de caballeras haba ledo. Luego imagin que alguna doncella de la duquesa
estaba dl enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su
voluntad; temi no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse
vencer; y, encomendndose de todo buen nimo y buen talante a su seora
Dulcinea del Toboso, determin de escuchar la msica; y, para dar a
entender que all estaba, dio un fingido estornudo, de que no poco se
alegraron las doncellas, que otra cosa no deseaban sino que don Quijote las
oyese. Recorrida, pues, y afinada la arpa, Altisidora dio principio a este
romance:

   -Oh, t, que ests en tu lecho,
   entre sbanas de holanda,
   durmiendo a pierna tendida
   de la noche a la maana,
   caballero el ms valiente
   que ha producido la Mancha,
   ms honesto y ms bendito
   que el oro fino de Arabia!
   Oye a una triste doncella,
   bien crecida y mal lograda,
   que en la luz de tus dos soles
   se siente abrasar el alma.
   T buscas tus aventuras,
   y ajenas desdichas hallas;
   das las feridas, y niegas
   el remedio de sanarlas.
   Dime, valeroso joven,
   que Dios prospere tus ansias,
   si te criaste en la Libia,
   o en las montaas de Jaca;
   si sierpes te dieron leche;
   si, a dicha, fueron tus amas
   la aspereza de las selvas
   y el horror de las montaas.
   Muy bien puede Dulcinea,
   doncella rolliza y sana,
   preciarse de que ha rendido
   a una tigre y fiera brava.
   Por esto ser famosa
   desde Henares a Jarama,
   desde el Tajo a Manzanares,
   desde Pisuerga hasta Arlanza.
   Trocreme yo por ella,
   y diera encima una saya
   de las ms gayadas mas,
   que de oro le adornan franjas.
   Oh, quin se viera en tus brazos,
   o si no, junto a tu cama,
   rascndote la cabeza
   y matndote la caspa!
   Mucho pido, y no soy digna
   de merced tan sealada:
   los pies quisiera traerte,
   que a una humilde esto le basta.
   Oh, qu de cofias te diera,
   qu de escarpines de plata,
   qu de calzas de damasco,
   qu de herreruelos de holanda!
   Qu de finsimas perlas,
   cada cual como una agalla,
   que, a no tener compaeras,
   Las solas fueran llamadas!
   No mires de tu Tarpeya
   este incendio que me abrasa,
   Nern manchego del mundo,
   ni le avives con tu saa.
   Nia soy, pulcela tierna,
   mi edad de quince no pasa:
   catorce tengo y tres meses,
   te juro en Dios y en mi nima.
   No soy renca, ni soy coja,
   ni tengo nada de manca;
   los cabellos, como lirios,
   que, en pie, por el suelo arrastran.
   Y, aunque es mi boca aguilea
   y la nariz algo chata,
   ser mis dientes de topacios
   mi belleza al cielo ensalza.
   Mi voz, ya ves, si me escuchas,
   que a la que es ms dulce iguala,
   y soy de disposicin
   algo menos que mediana.
   Estas y otras gracias mas,
   son despojos de tu aljaba;
   desta casa soy doncella,
   y Altisidora me llaman.

Aqu dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenz el asombro del
requirido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre s:

-Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que
me mire que de m no se enamore...! Que tenga de ser tan corta de ventura
la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la
incomparable firmeza ma...! Qu la queris, reinas? A qu la persegus,
emperatrices? Para qu la acosis, doncellas de a catorce a quince aos?
Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que
Amor quiso darle en rendirle mi corazn y entregarle mi alma. Mirad,
caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y
para todas las dems soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras
acbar; para m sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la
gallarda y la bien nacida, y las dems, las feas, las necias, las livianas
y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arroj la
naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora; desesprese Madama, por
quien me aporrearon en el castillo del moro encantado, que yo tengo de ser
de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de
todas las potestades hechiceras de la tierra.

Y, con esto, cerr de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si
le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acost en su lecho, donde
le dejaremos por ahora, porque nos est llamando el gran Sancho Panza, que
quiere dar principio a su famoso gobierno.





Captulo XLV. De cmo el gran Sancho Panza tom la posesin de su nsula, y
del modo que comenz a gobernar


Oh perpetuo descubridor de los antpodas, hacha del mundo, ojo del cielo,
meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aqu, Febo all, tirador ac,
mdico acull, padre de la Poesa, inventor de la Msica: t que siempre
sales, y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, oh sol, con cuya
ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y
alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus
puntos en la narracin del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo
me siento tibio, desmazalado y confuso.

Digo, pues, que con todo su acompaamiento lleg Sancho a un lugar de hasta
mil vecinos, que era de los mejores que el duque tena. Dironle a entender
que se llamaba la nsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba
Baratario, o ya por el barato con que se le haba dado el gobierno. Al
llegar a las puertas de la villa, que era cercada, sali el regimiento del
pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron
muestras de general alegra, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia
mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas ridculas ceremonias, le
entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador
de la nsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y pequeez del nuevo gobernador tena
admirada a toda la gente que el busilis del cuento no saba, y aun a todos
los que lo saban, que eran muchos. Finalmente, en sacndole de la iglesia,
le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo
del duque le dijo:

-Es costumbre antigua en esta nsula, seor gobernador, que el que viene a
tomar posesin desta famosa nsula est obligado a responder a una pregunta
que se le hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta
el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y as, o
se alegra o se entristece con su venida.

En tanto que el mayordomo deca esto a Sancho, estaba l mirando unas
grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban
escritas; y, como l no saba leer, pregunt que qu eran aquellas pinturas
que en aquella pared estaban. Fuele respondido:

-Seor, all esta escrito y notado el da en que Vuestra Seora tom
posesin desta nsula, y dice el epitafio: Hoy da, a tantos de tal mes y
de tal ao, tom la posesin desta nsula el seor don Sancho Panza, que
muchos aos la goce.

-Y a quin llaman don Sancho Panza? -pregunt Sancho.

-A vuestra seora -respondi el mayordomo-, que en esta nsula no ha
entrado otro Panza sino el que est sentado en esa silla.

-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi
linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llam mi
padre, y Sancho mi agelo, y todos fueron Panzas, sin aadiduras de dones
ni donas; y yo imagino que en esta nsula debe de haber ms dones que
piedras; pero basta: Dios me entiende, y podr ser que, si el gobierno me
dura cuatro das, yo escardar estos dones, que, por la muchedumbre, deben
de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el seor
mayordomo, que yo responder lo mejor que supiere, ora se entristezca o no
se entristezca el pueblo.

A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de
labrador y el otro de sastre, porque traa unas tijeras en la mano, y el
sastre dijo:

-Seor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en
razn que este buen hombre lleg a mi tienda ayer (que yo, con perdn de
los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, ponindome
un pedazo de pao en las manos, me pregunt: ''Seor, habra en esto
pao harto para hacerme una caperuza?'' Yo, tanteando el pao, le respond
que s; l debise de imaginar, a lo que yo imagino, e imagin bien, que
sin duda yo le quera hurtar alguna parte del pao, fundndose en su
malicia y en la mala opinin de los sastres, y replicme que mirase si
habra para dos; adivinle el pensamiento y djele que s; y l, caballero
en su daada y primera intencin, fue aadiendo caperuzas, y yo aadiendo
ses, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de
venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me
pide que le pague o vuelva su pao.

-Es todo esto as, hermano? -pregunt Sancho.

-S, seor -respondi el hombre-, pero hgale vuestra merced que muestre
las cinco caperuzas que me ha hecho.

-De buena gana -respondi el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostr en ella cinco
caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

-He aqu las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en
mi conciencia que no me ha quedado nada del pao, y yo dar la obra a vista
de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo
pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:

-Parceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar
luego a juicio de buen varn; y as, yo doy por sentencia que el sastre
pierda las hechuras, y el labrador el pao, y las caperuzas se lleven a los
presos de la crcel, y no haya ms.

Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movi a admiracin a los
circunstantes, sta les provoc a risa; pero, en fin, se hizo lo que mand
el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno
traa una caaheja por bculo, y el sin bculo dijo:

-Seor, a este buen hombre le prest das ha diez escudos de oro en oro,
por hacerle placer y buena obra, con condicin que me los volviese cuando
se los pidiese; pasronse muchos das sin pedrselos, por no ponerle en
mayor necesidad de volvrmelos que la que l tena cuando yo se los prest;
pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y
muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que
nunca tales diez escudos le prest, y que si se los prest, que ya me los
ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no
me los ha vuelto; querra que vuestra merced le tomase juramento, y si
jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aqu y para delante de
Dios.

-Qu decs vos a esto, buen viejo del bculo? -dijo Sancho.

A lo que dijo el viejo:

-Yo, seor, confieso que me los prest, y baje vuestra merced esa vara; y,
pues l lo deja en mi juramento, yo jurar como se los he vuelto y pagado
real y verdaderamente.

Baj el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del bculo dio el bculo
al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara
mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad
que se le haban prestado aquellos diez escudos que se le pedan; pero que
l se los haba vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se
los volva a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador,
pregunt al acreedor qu responda a lo que deca su contrario; y dijo que
sin duda alguna su deudor deba de decir verdad, porque le tena por hombre
de bien y buen cristiano, y que a l se le deba de haber olvidado el cmo
y cundo se los haba vuelto, y que desde all en adelante jams le pidira
nada. Torn a tomar su bculo el deudor, y, bajando la cabeza, se sali del
juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin ms ni ms se iba, y viendo
tambin la paciencia del demandante, inclin la cabeza sobre el pecho, y,
ponindose el ndice de la mano derecha sobre las cejas y las narices,
estuvo como pensativo un pequeo espacio, y luego alz la cabeza y mand
que le llamasen al viejo del bculo, que ya se haba ido. Trujronsele, y,
en vindole Sancho, le dijo:

-Dadme, buen hombre, ese bculo, que le he menester.

-De muy buena gana -respondi el viejo-: hele aqu, seor.

Y psosele en la mano. Tomle Sancho, y, dndosele al otro viejo, le dijo:

-Andad con Dios, que ya vais pagado.

-Yo, seor? -respondi el viejo-. Pues, vale esta caaheja diez escudos
de oro?

-S -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora
se ver si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.

Y mand que all, delante de todos, se rompiese y abriese la caa. Hzose
as, y en el corazn della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos
admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomn.

Preguntronle de dnde haba colegido que en aquella caaheja estaban
aquellos diez escudos, y respondi que de haberle visto dar el viejo que
juraba, a su contrario, aquel bculo, en tanto que haca el juramento, y
jurar que se los haba dado real y verdaderamente, y que, en acabando de
jurar, le torn a pedir el bculo, le vino a la imaginacin que dentro dl
estaba la paga de lo que pedan. De donde se poda colegir que los que
gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus
juicios; y ms, que l haba odo contar otro caso como aqul al cura de su
lugar, y que l tena tan gran memoria, que, a no olvidrsele todo aquello
de que quera acordarse, no hubiera tal memoria en toda la nsula.
Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los
presentes quedaron admirados, y el que escriba las palabras, hechos y
movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendra y pondra
por tonto o por discreto.

Luego, acabado este pleito, entr en el juzgado una mujer asida fuertemente
de un hombre vestido de ganadero rico, la cual vena dando grandes voces,
diciendo:

-Justicia, seor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la
ir a buscar al cielo! Seor gobernador de mi nima, este mal hombre me ha
cogido en la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si
fuera trapo mal lavado, y, desdichada de m!, me ha llevado lo que yo
tena guardado ms de veinte y tres aos ha, defendindolo de moros y
cristianos, de naturales y estranjeros; y yo, siempre dura como un
alcornoque, conservndome entera como la salamanquesa en el fuego, o como
la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus
manos limpias a manosearme.

-Aun eso est por averiguar: si tiene limpias o no las manos este galn
-dijo Sancho.

Y, volvindose al hombre, le dijo qu deca y responda a la querella de
aquella mujer. El cual, todo turbado, respondi:

-Seores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta maana sala
deste lugar de vender, con perdn sea dicho, cuatro puercos, que me
llevaron de alcabalas y socalias poco menos de lo que ellos valan;
volvame a mi aldea, top en el camino a esta buena duea, y el diablo, que
todo lo aasca y todo lo cuece, hizo que yogsemos juntos; pagule lo
soficiente, y ella, mal contenta, asi de m, y no me ha dejado hasta
traerme a este puesto. Dice que la forc, y miente, para el juramento que
hago o pienso hacer; y sta es toda la verdad, sin faltar meaja.

Entonces el gobernador le pregunt si traa consigo algn dinero en plata;
l dijo que hasta veinte ducados tena en el seno, en una bolsa de cuero.
Mand que la sacase y se la entregase, as como estaba, a la querellante;
l lo hizo temblando; tomla la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y
rogando a Dios por la vida y salud del seor gobernador, que as miraba por
las hurfanas menesterosas y doncellas; y con esto se sali del juzgado,
llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero mir si era de
plata la moneda que llevaba dentro.

Apenas sali, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las
lgrimas, y los ojos y el corazn se iban tras su bolsa:

-Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera,
y volved aqu con ella.

Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego parti como un rayo y fue a
lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el
fin de aquel pleito, y de all a poco volvieron el hombre y la mujer ms
asidos y aferrados que la vez primera: ella la saya levantada y en el
regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitrsela; mas no era
posible, segn la mujer la defenda, la cual daba voces diciendo:

-Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, seor gobernador, la
poca vergenza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y
en mitad de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced
mand darme.

-Y hosla quitado? -pregunt el gobernador.

-Cmo quitar? -respondi la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que
me quiten la bolsa. Bonita es la nia! Otros gatos me han de echar a las
barbas, que no este desventurado y asqueroso! Tenazas y martillos, mazos y
escoplos no sern bastantes a sacrmela de las uas, ni aun garras de
leones: antes el nima de en mitad en mitad de las carnes!

-Ella tiene razn -dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas,
y confieso que las mas no son bastantes para quitrsela, y djola.

Entonces el gobernador dijo a la mujer:

-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.

Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvi al hombre, y dijo a la
esforzada y no forzada:

-Hermana ma, si el mismo aliento y valor que habis mostrado para defender
esta bolsa le mostrrades, y aun la mitad menos, para defender vuestro
cuerpo, las fuerzas de Hrcules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y
mucho de enhoramala, y no paris en toda esta nsula ni en seis leguas a la
redonda, so pena de docientos azotes. Andad luego digo, churrillera,
desvergonzada y embaidora!

Espantse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo
al hombre:

-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aqu
adelante, si no le queris perder, procurad que no os venga en voluntad de
yogar con nadie.

El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes
quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo
gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al
duque, que con gran deseo lo estaba esperando.

Y qudese aqu el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,
alborozado con la msica de Altisidora.





Captulo XLVI. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibi don
Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora


Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le haban
causado la msica de la enamorada doncella Altisidora. Acostse con ellos,
y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y
juntbansele los que le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el
tiempo, y no hay barranco que le detenga, corri caballero en las horas, y
con mucha presteza lleg la de la maana. Lo cual visto por don Quijote,
dej las blandas plumas, y, no nada perezoso, se visti su acamuzado
vestido y se calz sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus
medias; arrojse encima su mantn de escarlata y psose en la cabeza una
montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colg el
tahel de sus hombros con su buena y tajadora espada, asi un gran rosario
que consigo contino traa, y con gran prosopopeya y contoneo sali a la
antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como
esperndole; y, al pasar por una galera, estaban aposta esperndole
Altisidora y la otra doncella su amiga, y, as como Altisidora vio a don
Quijote, fingi desmayarse, y su amiga la recogi en sus faldas, y con gran
presteza la iba a desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, llegndose
a ellas, dijo:

-Ya s yo de qu proceden estos accidentes.

-No s yo de qu -respondi la amiga-, porque Altisidora es la doncella ms
sana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ay! en cuanto ha que
la conozco, que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si
es que todos son desagradecidos. Vyase vuesa merced, seor don Quijote,
que no volver en s esta pobre nia en tanto que vuesa merced aqu
estuviere.

A lo que respondi don Quijote:

-Haga vuesa merced, seora, que se me ponga un lad esta noche en mi
aposento, que yo consolar lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella;
que en los principios amorosos los desengaos prestos suelen ser remedios
calificados.

Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que all le viesen. No se
hubo bien apartado, cuando, volviendo en s la desmayada Altisidora, dijo a
su compaera:

-Menester ser que se le ponga el lad, que sin duda don Quijote quiere
darnos msica, y no ser mala, siendo suya.

Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del lad que
peda don Quijote, y ella, alegre sobremodo, concert con el duque y con
sus doncellas de hacerle una burla que fuese ms risuea que daosa, y con
mucho contento esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se haba
venido el da, el cual pasaron los duques en sabrosas plticas con don
Quijote. Y la duquesa aquel da real y verdaderamente despach a un paje
suyo, que haba hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a Teresa
Panza, con la carta de su marido Sancho Panza, y con el lo de ropa que
haba dejado para que se le enviase, encargndole le trujese buena
relacin de todo lo que con ella pasase.

Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, hall don Quijote una
vihuela en su aposento; templla, abri la reja, y sinti que andaba gente
en el jardn; y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinndola
lo mejor que supo, escupi y remondse el pecho, y luego, con una voz
ronquilla, aunque entonada, cant el siguiente romance, que l mismo aquel
da haba compuesto:

   -Suelen las fuerzas de amor
   sacar de quicio a las almas,
   tomando por instrumento
   la ociosidad descuidada.
   Suele el coser y el labrar,
   y el estar siempre ocupada,
   ser antdoto al veneno
   de las amorosas ansias.
   Las doncellas recogidas
   que aspiran a ser casadas,
   la honestidad es la dote
   y voz de sus alabanzas.
   Los andantes caballeros,
   y los que en la corte andan,
   requibranse con las libres,
   con las honestas se casan.
   Hay amores de levante,
   que entre huspedes se tratan,
   que llegan presto al poniente,
   porque en el partirse acaban.
   El amor recin venido,
   que hoy lleg y se va maana,
   las imgines no deja
   bien impresas en el alma.
   Pintura sobre pintura
   ni se muestra ni seala;
   y do hay primera belleza,
   la segunda no hace baza.
   Dulcinea del Toboso
   del alma en la tabla rasa
   tengo pintada de modo
   que es imposible borrarla.
   La firmeza en los amantes
   es la parte ms preciada,
   por quien hace amor milagros,
   y asimesmo los levanta.

Aqu llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y
la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de
improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a
plomo caa, descolgaron un cordel donde venan ms de cien cencerros
asidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo
traan cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los
cencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques haban sido
inventores de la burla, todava les sobresalt; y, temeroso, don Quijote
qued pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la
reja de su estancia, y, dando de una parte a otra, pareca que una regin
de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardan, y
andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de los
grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, que
no saba la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.

Levantse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenz a tirar
estocadas por la reja y a decir a grandes voces:

-Afuera, malignos encantadores! Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy
don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras
malas intenciones!

Y, volvindose a los gatos que andaban por el aposento, les tir muchas
cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por all se salieron, aunque uno,
vindose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le salt al rostro
y le asi de las narices con las uas y los dientes, por cuyo dolor don
Quijote comenz a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque
y la duquesa, y considerando lo que poda ser, con mucha presteza acudieron
a su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero
pugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron
con luces y vieron la desigual pelea; acudi el duque a despartirla, y don
Quijote dijo a voces:

-No me le quite nadie! Djenme mano a mano con este demonio, con este
hechicero, con este encantador, que yo le dar a entender de m a l quin
es don Quijote de la Mancha!

Pero el gato, no curndose destas amenazas, grua y apretaba. Mas, en fin,
el duque se le desarraig y le ech por la reja.

Qued don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy
despechado porque no le haban dejado fenecer la batalla que tan trabada
tena con aquel malandrn encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y
la misma Altisidora, con sus blanqusimas manos, le puso unas vendas por
todo lo herido; y, al ponrselas, con voz baja le dijo:

-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado
de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu
escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni t lo goces, ni llegues a tlamo con ella, a lo menos viviendo
yo, que te adoro.

A todo esto no respondi don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro, y luego se tendi en su lecho, agradeciendo a los duques la
merced, no porque l tena temor de aquella canalla gatesca, encantadora y
cencerruna, sino porque haba conocido la buena intencin con que haban
venido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos
del mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa le
saliera a don Quijote aquella aventura, que le cost cinco das de
encerramiento y de cama, donde le sucedi otra aventura ms gustosa que la
pasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a Sancho
Panza, que andaba muy solcito y muy gracioso en su gobierno.





Captulo XLVII. Donde se prosigue cmo se portaba Sancho Panza en su
gobierno


Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un
suntuoso palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y
limpsima mesa; y, as como Sancho entr en la sala, sonaron chirimas, y
salieron cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho recibi con mucha
gravedad.

Ces la msica, sentse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no haba
ms de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Psose a su lado en
pie un personaje, que despus mostr ser mdico, con una varilla de ballena
en la mano. Levantaron una riqusima y blanca toalla con que estaban
cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno
que pareca estudiante ech la bendicin, y un paje puso un babador randado
a Sancho; otro que haca el oficio de maestresala, lleg un plato de fruta
delante; pero, apenas hubo comido un bocado, cuando el de la varilla
tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandsima
celeridad; pero el maestresala le lleg otro de otro manjar. Iba a probarle
Sancho; pero, antes que llegase a l ni le gustase, ya la varilla haba
tocado en l, y un paje alzdole con tanta presteza como el de la fruta.
Visto lo cual por Sancho, qued suspenso, y, mirando a todos, pregunt si
se haba de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual
respondi el de la vara:

-No se ha de comer, seor gobernador, sino como es uso y costumbre en las
otras nsulas donde hay gobernadores. Yo, seor, soy mdico, y estoy
asalariado en esta nsula para serlo de los gobernadores della, y miro por
su salud mucho ms que por la ma, estudiando de noche y de da, y
tanteando la complexin del gobernador, para acertar a curarle cuando
cayere enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y
a dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que
imagino que le ha de hacer dao y ser nocivo al estmago; y as, mand
quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente hmeda, y el plato del
otro manjar tambin le mand quitar, por ser demasiadamente caliente y
tener muchas especies, que acrecientan la sed; y el que mucho bebe mata y
consume el hmedo radical, donde consiste la vida.

-Desa manera, aquel plato de perdices que estn all asadas, y, a mi
parecer, bien sazonadas, no me harn algn dao.

A lo que el mdico respondi:

-sas no comer el seor gobernador en tanto que yo tuviere vida.

-Pues, por qu? -dijo Sancho.

Y el mdico respondi:

-Porque nuestro maestro Hipcrates, norte y luz de la medicina, en un
aforismo suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere
decir: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malsima".

-Si eso es as -dijo Sancho-, vea el seor doctor de cuantos manjares hay
en esta mesa cul me har ms provecho y cul menos dao, y djeme comer
dl sin que me le apalee; porque, por vida del gobernador, y as Dios me le
deje gozar, que me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese
al seor doctor y l ms me diga, antes ser quitarme la vida que
aumentrmela.

-Vuestra merced tiene razn, seor gobernador -respondi el mdico-; y as,
es mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que
all estn, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera
asada y en adobo, an se pudiera probar, pero no hay para qu.

Y Sancho dijo:

-Aquel platonazo que est ms adelante vahando me parece que es olla
podrida, que por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas
hay, no podr dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.

-Absit! -dijo el mdico-. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no
hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. All las
ollas podridas para los cannigos, o para los retores de colegios, o para
las bodas labradorescas, y djennos libres las mesas de los gobernadores,
donde ha de asistir todo primor y toda atildadura; y la razn es porque
siempre y a doquiera y de quienquiera son ms estimadas las medicinas
simples que las compuestas, porque en las simples no se puede errar y en
las compuestas s, alterando la cantidad de las cosas de que son
compuestas; mas lo que yo s que ha de comer el seor gobernador ahora,
para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de cautillos de
suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le
asienten el estmago y le ayuden a la digestin.

Oyendo esto Sancho, se arrim sobre el espaldar de la silla y mir de hito
en hito al tal mdico, y con voz grave le pregunt cmo se llamaba y dnde
haba estudiado. A lo que l respondi:

-Yo, seor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agero, y soy
natural de un lugar llamado Tirteafuera, que est entre Caracuel y
Almodvar del Campo, a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la
universidad de Osuna.

A lo que respondi Sancho, todo encendido en clera:

-Pues, seor doctor Pedro Recio de Mal Agero, natural de Tirteafuera,
lugar que est a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodvar del
Campo, graduado en Osuna, quteseme luego delante, si no, voto al sol que
tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por l, no me ha de quedar
mdico en toda la nsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son
ignorantes; que a los mdicos sabios, prudentes y discretos los pondr
sobre mi cabeza y los honrar como a personas divinas. Y vuelvo a decir que
se me vaya, Pedro Recio, de aqu; si no, tomar esta silla donde estoy
sentado y se la estrellar en la cabeza; y pdanmelo en residencia, que yo
me descargar con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal mdico,
verdugo de la repblica. Y denme de comer, o si no, tmense su gobierno,
que oficio que no da de comer a su dueo no vale dos habas.

Alborotse el doctor, viendo tan colrico al gobernador, y quiso hacer
tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante son una corneta de
posta en la calle, y, asomndose el maestresala a la ventana, volvi
diciendo:

-Correo viene del duque mi seor; algn despacho debe de traer de
importancia.

Entr el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso
en las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien
mand leyese el sobreescrito, que deca as: A don Sancho Panza, gobernador
de la nsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario. Oyendo
lo cual, Sancho dijo:

-Quin es aqu mi secretario?

Y uno de los que presentes estaban respondi:

-Yo, seor, porque s leer y escribir, y soy vizcano.

-Con esa aadidura -dijo Sancho-, bien podis ser secretario del mismo
emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice.

Hzolo as el recin nacido secretario, y, habiendo ledo lo que deca,
dijo que era negocio para tratarle a solas. Mand Sancho despejar la sala,
y que no quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los dems y
el mdico se fueron; y luego el secretario ley la carta, que as deca:

A mi noticia ha llegado, seor don Sancho Panza, que unos enemigos mos y
desa nsula la han de dar un asalto furioso, no s qu noche; conviene
velar y estar alerta, porque no le tomen desapercebido. S tambin, por
espas verdaderas, que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas
para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y
mirad quin llega a hablaros, y no comis de cosa que os presentaren. Yo
tendr cuidado de socorreros si os viredes en trabajo, y en todo haris
como se espera de vuestro entendimiento. Deste lugar, a 16 de agosto, a las
cuatro de la maana.

Vuestro amigo,

El Duque.

Qued atnito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes; y,
volvindose al mayordomo, le dijo:

-Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al
doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser l, y de muerte
admincula y psima, como es la de la hambre.

-Tambin -dijo el maestresala- me parece a m que vuesa merced no coma de
todo lo que est en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y,
como suele decirse, detrs de la cruz est el diablo.

-No lo niego -respondi Sancho-, y por ahora denme un pedazo de pan y obra
de cuatro libras de uvas, que en ellas no podr venir veneno; porque, en
efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para
estas batallas que nos amenazan, menester ser estar bien mantenidos,
porque tripas llevan corazn, que no corazn tripas. Y vos, secretario,
responded al duque mi seor y decidle que se cumplir lo que manda como lo
manda, sin faltar punto; y daris de mi parte un besamanos a mi seora la
duquesa, y que le suplico no se le olvide de enviar con un propio mi carta
y mi lo a mi mujer Teresa Panza, que en ello recibir mucha merced, y
tendr cuidado de servirla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren; y de
camino podis encajar un besamanos a mi seor don Quijote de la Mancha,
porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen secretario y como buen
vizcano, podis aadir todo lo que quisiredes y ms viniere a cuento. Y
lcense estos manteles, y denme a m de comer, que yo me avendr con
cuantas espas y matadores y encantadores vinieren sobre m y sobre mi
nsula.

En esto entr un paje, y dijo:

-Aqu est un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra Seora en un
negocio, segn l dice, de mucha importancia.

-Estrao caso es ste -dijo Sancho- destos negociantes. Es posible que
sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como stas no son
en las que han de venir a negociar? Por ventura los que gobernamos, los
que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester
que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren
que seamos hechos de piedra marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me
dura el gobierno (que no durar, segn se me trasluce), que yo ponga en
pretina a ms de un negociante. Agora decid a ese buen hombre que entre;
pero advirtase primero no sea alguno de los espas, o matador mo.

-No, seor -respondi el paje-, porque parece una alma de cntaro, y yo s
poco, o l es tan bueno como el buen pan.

-No hay que temer -dijo el mayordomo-, que aqu estamos todos.

-Sera posible -dijo Sancho-, maestresala, que agora que no est aqu el
doctor Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia,
aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?

-Esta noche, a la cena, se satisfar la falta de la comida, y quedar
Vuestra Seora satisfecho y pagado -dijo el maestresala.

-Dios lo haga -respondi Sancho.

Y, en esto, entr el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil
leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo
fue:

-Quin es aqu el seor gobernador?

-Quin ha de ser -respondi el secretario-, sino el que est sentado en la
silla?

-Humllome, pues, a su presencia -dijo el labrador.

Y, ponindose de rodillas, le pidi la mano para besrsela. Negsela
Sancho, y mand que se levantase y dijese lo que quisiese. Hzolo as el
labrador, y luego dijo:

-Yo, seor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que est dos
leguas de Ciudad Real.

-Otro Tirteafuera tenemos! -dijo Sancho-. Decid, hermano, que lo que yo os
s decir es que s muy bien a Miguel Turra, y que no est muy lejos de mi
pueblo.

-Es, pues, el caso, seor -prosigui el labrador-, que yo, por la
misericordia de Dios, soy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia
Catlica Romana; tengo dos hijos estudiantes que el menor estudia para
bachiller y el mayor para licenciado; soy viudo, porque se muri mi mujer,
o, por mejor decir, me la mat un mal mdico, que la purg estando preada,
y si Dios fuera servido que saliera a luz el parto, y fuera hijo, yo le
pusiere a estudiar para doctor, porque no tuviera invidia a sus hermanos el
bachiller y el licenciado.

-De modo -dijo Sancho- que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la
hubieran muerto, vos no furades agora viudo.

-No, seor, en ninguna manera -respondi el labrador.

-Medrados estamos! -replic Sancho-. Adelante, hermano, que es hora de
dormir ms que de negociar.

-Digo, pues -dijo el labrador-, que este mi hijo que ha de ser bachiller se
enamor en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de
Andrs Perlerino, labrador riqusimo; y este nombre de Perlerines no les
viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son
perlticos, y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va
decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y, mirada por el
lado derecho, parece una flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque
le falta aquel ojo, que se le salt de viruelas; y, aunque los hoyos del
rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aqullos no
son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es
tan limpia que, por no ensuciar la cara, trae las narices, como dicen,
arremangadas, que no parece sino que van huyendo de la boca; y, con todo
esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca grande, y, a no
faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las
ms bien formadas. De los labios no tengo qu decir, porque son tan sutiles
y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos una
madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa
comnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y
aberenjenado; y perdneme el seor gobernador si por tan menudo voy
pintando las partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la
quiero bien y no me parece mal.

-Pintad lo que quisiredes -dijo Sancho-, que yo me voy recreando en la
pintura, y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para m que vuestro
retrato.

-Eso tengo yo por servir -respondi el labrador-, pero tiempo vendr en que
seamos, si ahora no somos. Y digo, seor, que si pudiera pintar su
gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiracin; pero no puede
ser, a causa de que ella est agobiada y encogida, y tiene las rodillas con
la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar,
diera con la cabeza en el techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a
mi bachiller, sino que no la puede estender, que est audada; y, con todo,
en las uas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechura.

-Est bien -dijo Sancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habis pintado
de los pies a la cabeza. Qu es lo que queris ahora? Y venid al punto sin
rodeos ni callejuelas, ni retazos ni aadiduras.

-Querra, seor -respondi el labrador-, que vuestra merced me hiciese
merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicndole sea
servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los
bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza; porque, para decir la
verdad, seor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay da que tres o
cuatro veces no le atormenten los malignos espritus; y de haber cado una
vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como pergamino, y los ojos algo
llorosos y manantiales; pero tiene una condicin de un ngel, y si no es
que se aporrea y se da de puadas l mesmo a s mesmo, fuera un bendito.

-Queris otra cosa, buen hombre? -replic Sancho.

-Otra cosa querra -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo;
pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no
pegue. Digo, seor, que querra que vuesa merced me diese trecientos o
seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda
de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por s, sin estar sujetos a
las impertinencias de los suegros.

-Mirad si queris otra cosa -dijo Sancho-, y no la dejis de decir por
empacho ni por vergenza.

-No, por cierto -respondi el labrador.

Y, apenas dijo esto, cuando, levantndose en pie el gobernador, asi de la
silla en que estaba sentado y dijo:

-Voto a tal, don patn rstico y mal mirado, que si no os apartis y
ascondis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la
cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, y a estas horas te
vienes a pedirme seiscientos ducados?; y dnde los tengo yo, hediondo?; y
por qu te los haba de dar, aunque los tuviera, socarrn y mentecato?; y
qu se me da a m de Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines?
Va de m, digo; si no, por vida del duque mi seor, que haga lo que tengo
dicho! T no debes de ser de Miguel Turra, sino algn socarrn que, para
tentarme, te ha enviado aqu el infierno. Dime, desalmado, an no ha da y
medio que tengo el gobierno, y ya quieres que tenga seiscientos ducados?

Hizo de seas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual
lo hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase
su clera, que el bellacn supo hacer muy bien su oficio.

Pero dejemos con su clera a Sancho, y ndese la paz en el corro, y
volvamos a don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las
gatescas heridas, de las cuales no san en ocho das, en uno de los cuales
le sucedi lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y
verdad que suele contar las cosas desta historia, por mnimas que sean.





Captulo XLVIII. De lo que le sucedi a don Quijote con doa Rodrguez, la
duea de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de
memoria eterna


Adems estaba mohno y malenclico el mal ferido don Quijote, vendado el
rostro y sealado, no por la mano de Dios, sino por las uas de un gato,
desdichas anejas a la andante caballera. Seis das estuvo sin salir en
pblico, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado,
pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sinti que
con una llave abran la puerta de su aposento, y luego imagin que la
enamorada doncella vena para sobresaltar su honestidad y ponerle en
condicin de faltar a la fee que guardar deba a su seora Dulcinea del
Toboso.

-No -dijo creyendo a su imaginacin, y esto, con voz que pudiera ser oda-;
no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de
adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazn y en lo
ms escondido de mis entraas, ora ests, seora ma, transformada en
cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y
sirgo compuestas, ora te tenga Merln, o Montesinos, donde ellos quisieren;
que, adondequiera eres ma, y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.

El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Psose en pie
sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una
galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por
los aruos; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual
traje pareca la ms extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.

Clav los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la
rendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendsima duea con
unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubran y enmantaban
desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traa una
media vela encendida, y con la derecha se haca sombra, porque no le diese
la luz en los ojos, a quien cubran unos muy grandes antojos. Vena pisando
quedito, y mova los pies blandamente.

Mirla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adelio y not su
silencio, pens que alguna bruja o maga vena en aquel traje a hacer en l
alguna mala fechura, y comenz a santiguarse con mucha priesa. Fuese
llegando la visin, y, cuando lleg a la mitad del aposento, alz los ojos
y vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si l
qued medroso en ver tal figura, ella qued espantada en ver la suya,
porque, as como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las
vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:

-Jess! Qu es lo que veo?

Y con el sobresalto se le cay la vela de las manos; y, vindose a escuras,
volvi las espaldas para irse, y con el miedo tropez en sus faldas y dio
consigo una gran cada. Don Quijote, temeroso, comenz a decir:

-Conjrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quin eres, y que me
digas qu es lo que de m quieres. Si eres alma en pena, dmelo, que yo
har por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy catlico
cristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tom la
orden de la caballera andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer
bien a las nimas de purgatorio se estiende.

La brumada duea, que oy conjurarse, por su temor coligi el de don
Quijote, y con voz afligida y baja le respondi:

-Seor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no
soy fantasma, ni visin, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de
haber pensado, sino doa Rodrguez, la duea de honor de mi seora la
duquesa, que, con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele
remediar, a vuestra merced vengo.

-Dgame, seora doa Rodrguez -dijo don Quijote-: por ventura viene
vuestra merced a hacer alguna tercera? Porque le hago saber que no soy de
provecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi seora Dulcinea del
Toboso. Digo, en fin, seora doa Rodrguez, que, como vuestra merced salve
y deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y
vuelva, y departiremos de todo lo que ms mandare y ms en gusto le
viniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.

-Yo recado de nadie, seor mo? -respondi la duea-. Mal me conoce
vuestra merced; s, que an no estoy en edad tan prolongada que me acoja a
semejantes nieras, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y
todos mis dientes y muelas en la boca, amn de unos pocos que me han
usurpado unos catarros, que en esta tierra de Aragn son tan ordinarios.
Pero espreme vuestra merced un poco; saldr a encender mi vela, y volver
en un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las del
mundo.

Y, sin esperar respuesta, se sali del aposento, donde qued don Quijote
sosegado y pensativo esperndola; pero luego le sobrevinieron mil
pensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecale ser mal hecho y
peor pensado ponerse en peligro de romper a su seora la fee prometida, y
decase a s mismo:

-Quin sabe si el diablo, que es sutil y maoso, querr engaarme agora
con una duea, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas,
marquesas ni condesas? Que yo he odo decir muchas veces y a muchos
discretos que, si l puede, antes os la dar roma que aguilea. Y quin
sabe si esta soledad, esta ocasin y este silencio despertar mis deseos
que duermen, y harn que al cabo de mis aos venga a caer donde nunca he
tropezado? Y, en casos semejantes, mejor es huir que esperar la batalla.
Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso;
que no es posible que una duea toquiblanca, larga y antojuna pueda mover
ni levantar pensamiento lascivo en el ms desalmado pecho del mundo. Por
ventura hay duea en la tierra que tenga buenas carnes? Por ventura hay
duea en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa?
Afuera, pues, caterva dueesca, intil para ningn humano regalo! Oh,
cun bien haca aquella seora de quien se dice que tena dos dueas de
bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que
estaban labrando, y tanto le servan para la autoridad de la sala aquellas
estatuas como las dueas verdaderas!

Y, diciendo esto, se arroj del lecho, con intencin de cerrar la puerta y
no dejar entrar a la seora Rodrguez; mas, cuando la lleg a cerrar, ya la
seora Rodrguez volva, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella
vio a don Quijote de ms cerca, envuelto en la colcha, con las vendas,
galocha o becoqun, temi de nuevo, y, retirndose atrs como dos pasos,
dijo:

-Estamos seguras, seor caballero? Porque no tengo a muy honesta seal
haberse vuesa merced levantado de su lecho.

-Eso mesmo es bien que yo pregunte, seora -respondi don Quijote-; y as,
pregunto si estar yo seguro de ser acometido y forzado.

-De quin o a quin peds, seor caballero, esa seguridad? -respondi la
duea.

-A vos y de vos la pido -replic don Quijote-, porque ni yo soy de mrmol
ni vos de bronce, ni ahora son las diez del da, sino media noche, y aun un
poco ms, segn imagino, y en una estancia ms cerrada y secreta que lo
debi de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas goz a la hermosa y
piadosa Dido. Pero dadme, seora, la mano, que yo no quiero otra seguridad
mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas
reverendsimas tocas.

Y, diciendo esto, bes su derecha mano, y le asi de la suya, que ella le
dio con las mesmas ceremonias.

Aqu hace Cide Hamete un parntesis, y dice que por Mahoma que diera, por
ver ir a los dos as asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor
almalafa de dos que tena.

Entrse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedse doa Rodrguez sentada
en una silla, algo desviada de la cama, no quitndose los antojos ni la
vela. Don Quijote se acorruc y se cubri todo, no dejando ms de el rostro
descubierto; y, habindose los dos sosegado, el primero que rompi el
silencio fue don Quijote, diciendo:

-Puede vuesa merced ahora, mi seora doa Rodrguez, descoserse y desbuchar
todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazn y lastimadas entraas,
que ser de m escuchada con castos odos, y socorrida con piadosas obras.

-As lo creo yo -respondi la duea-, que de la gentil y agradable
presencia de vuesa merced no se poda esperar sino tan cristiana respuesta.
Es, pues, el caso, seor don Quijote, que, aunque vuesa merced me vee
sentada en esta silla y en la mitad del reino de Aragn, y en hbito de
duea aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y de
linaje que atraviesan por l muchos de los mejores de aquella provincia;
pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antes
de tiempo, sin saber cmo ni cmo no, me trujeron a la corte, a Madrid,
donde por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres me
acomodaron a servir de doncella de labor a una principal seora; y quiero
hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguna
me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron
sirviendo y se volvieron a su tierra, y de all a pocos aos se debieron de
ir al cielo, porque eran adems buenos y catlicos cristianos. Qued
hurfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que
a las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que
diese yo ocasin a ello, se enamor de mi un escudero de casa, hombre ya en
das, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era
montas. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a
noticia de mi seora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos cas en paz
y en haz de la Santa Madre Iglesia Catlica Romana, de cuyo matrimonio
naci una hija para rematar con mi ventura, si alguna tena; no porque yo
muriese del parto, que le tuve derecho y en sazn, sino porque desde all a
poco muri mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora
lugar para contarle, yo s que vuestra merced se admirara.

Y, en esto, comenz a llorar tiernamente, y dijo:

-Perdneme vuestra merced, seor don Quijote, que no va ms en mi mano,
porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los
ojos de lgrimas. Vlame Dios, y con qu autoridad llevaba a mi seora a
las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces
no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las seoras
iban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de
contarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. Al
entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, vena a
salir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, as como
mi buen escudero le vio, volvi las riendas a la mula, dando seal de
volver a acompaarle. Mi seora, que iba a las ancas, con voz baja le
deca: ''-Qu hacis, desventurado? No veis que voy aqu?'' El alcalde,
de comedido, detuvo la rienda al caballo y djole: ''-Seguid, seor,
vuestro camino, que yo soy el que debo acompaar a mi seora doa
Casilda'', que as era el nombre de mi ama. Todava porfiaba mi marido, con
la gorra en la mano, a querer ir acompaando al alcalde, viendo lo cual mi
seora, llena de clera y enojo, sac un alfiler gordo, o creo que un
punzn, del estuche, y clavsele por los lomos, de manera que mi marido dio
una gran voz y torci el cuerpo, de suerte que dio con su seora en el
suelo. Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde
y los alguaciles; alborotse la Puerta de Guadalajara, digo, la gente
balda que en ella estaba; vnose a pie mi ama, y mi marido acudi en casa
de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las entraas.
Divulgse la cortesa de mi esposo, tanto, que los muchachos le corran por
las calles, y por esto y porque l era algn tanto corto de vista, mi
seora la duquesa le despidi, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo para
m que se le caus el mal de la muerte. Qued yo viuda y desamparada, y con
hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.
Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi seora la duquesa,
que estaba recin casada con el duque mi seor, quiso traerme consigo a
este reino de Aragn y a mi hija ni ms ni menos, adonde, yendo das y
viniendo das, creci mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta
como una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee
y escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De su
limpieza no digo nada: que el agua que corre no es ms limpia, y debe de
tener agora, si mal no me acuerdo, diez y seis aos, cinco meses y tres
das, uno ms a menos. En resolucin: de esta mi muchacha se enamor un
hijo de un labrador riqusimo que est en una aldea del duque mi seor, no
muy lejos de aqu. En efecto, no s cmo ni cmo no, ellos se juntaron, y,
debajo de la palabra de ser su esposo, burl a mi hija, y no se la quiere
cumplir; y, aunque el duque mi seor lo sabe, porque yo me he quejado a l,
no una, sino muchas veces, y peddole mande que el tal labrador se case con
mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere orme; y es la causa que,
como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por
fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar
pesadumbre en ningn modo. Querra, pues, seor mo, que vuesa merced
tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas,
pues, segn todo el mundo dice, vuesa merced naci en l para deshacerlos y
para enderezar los tuertos y amparar los miserables; y pngasele a vuesa
merced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, con
todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en mi
conciencia que de cuantas doncellas tiene mi seora, que no hay ninguna que
llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la
que tienen por ms desenvuelta y gallarda, puesta en comparacin de mi
hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced,
seor mo, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla
tiene ms de presuncin que de hermosura, y ms de desenvuelta que de
recogida, adems que no est muy sana: que tiene un cierto allento cansado,
que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi seora la
duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen odos.

-Qu tiene mi seora la duquesa, por vida ma, seora doa Rodrguez?
-pregunt don Quijote.

-Con ese conjuro -respondi la duea-, no puedo dejar de responder a lo que
se me pregunta con toda verdad. Vee vuesa merced, seor don Quijote, la
hermosura de mi seora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece
sino de una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de
carmn, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquella
gallarda con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece
sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo
puede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos fuentes que tiene en las
dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los
mdicos que est llena.

-Santa Mara! -dijo don Quijote-. Y es posible que mi seora la duquesa
tenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos;
pero, pues la seora doa Rodrguez lo dice, debe de ser as. Pero tales
fuentes, y en tales lugares, no deben de manar humor, sino mbar lquido.
Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de
ser cosa importante para salud.

Apenas acab don Quijote de decir esta razn, cuando con un gran golpe
abrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cay a
doa Rodrguez la vela de la mano, y qued la estancia como boca de lobo,
como suele decirse. Luego sinti la pobre duea que la asan de la garganta
con dos manos, tan fuertemente que no la dejaban gair, y que otra persona,
con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al
parecer, chinela, le comenz a dar tantos azotes, que era una compasin; y,
aunque don Quijote se la tena, no se meneaba del lecho, y no saba qu
poda ser aquello, y estbase quedo y callando, y aun temiendo no viniese
por l la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, en
dejando molida a la duea los callados verdugos (la cual no osaba
quejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolvindole de la sbana y de
la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejar
de defenderse a puadas, y todo esto en silencio admirable. Dur la batalla
casi media hora; salironse las fantasmas, recogi doa Rodrguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se sali por la puerta afuera, sin decir
palabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo,
se qued solo, donde le dejaremos deseoso de saber quin haba sido el
perverso encantador que tal le haba puesto. Pero ello se dir a su tiempo,
que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.





Captulo XLIX. De lo que le sucedi a Sancho Panza rondando su nsula


Dejamos al gran gobernador enojado y mohno con el labrador pintor y
socarrn, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se
burlaban de Sancho; pero l se las tena tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dijo a los que con l estaban, y al doctor Pedro Recio,
que, como se acab el secreto de la carta del duque, haba vuelto a entrar
en la sala:

-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de
ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los
negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo slo a su negocio, venga lo que viniere; y si el
pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es
aqul el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y
murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes.
Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures; espera sazn y
coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la del dormir,
que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que
naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la ma, merced
al seor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que est delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que as se la d Dios a
l y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos mdicos, que la de
los buenos, palmas y lauros merecen.

Todos los que conocan a Sancho Panza se admiraban, oyndole hablar tan
elegantemente, y no saban a qu atribuirlo, sino a que los oficios y
cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el
doctor Pedro Recio Agero de Tirteafuera prometi de darle de cenar aquella
noche, aunque excediese de todos los aforismos de Hipcrates. Con esto
qued contento el gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche
y la hora de cenar; y, aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo,
sin moverse de un lugar, todava se lleg por l el tanto deseado, donde
le dieron de cenar un salpicn de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de
ternera algo entrada en das. Entregse en todo con ms gusto que si le
hubieran dado francolines de Miln, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdices de Morn, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volvindose al
doctor, le dijo:

-Mirad, seor doctor: de aqu adelante no os curis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque ser sacar a mi estmago de sus
quicios, el cual est acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a
nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los
recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede
hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras ms podridas
son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que l
quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradecer y se lo pagar algn
da; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos
y comamos en buena paz compaa, pues, cuando Dios amanece, para todos
amanece. Yo gobernar esta nsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y
todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo est en Cantillana, y que, si me dan ocasin, han de
ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.

-Por cierto, seor gobernador -dijo el maestresala-, que vuesa merced tiene
mucha razn en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta nsula que han de servir a vuestra merced con toda
puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en
estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar
cosa que en deservicio de vuesa merced redunde.

-Yo lo creo -respondi Sancho-, y seran ellos unos necios si otra cosa
hiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y
con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace ms al
caso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intencin limpiar esta
nsula de todo gnero de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal
entretenida; porque quiero que sepis, amigos, que la gente balda y
perezosa es en la repblica lo mesmo que los znganos en las colmenas, que
se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los
labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos
y, sobre todo, tener respeto a la religin y a la honra de los religiosos.
Qu os parece desto, amigos? Digo algo, o quibrome la cabeza?

-Dice tanto vuesa merced, seor gobernador -dijo el mayordomo-, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo
que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias
y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced
esperaban los que nos enviaron y los que aqu venimos. Cada da se veen
cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores
se hallan burlados.

Lleg la noche, y cen el gobernador, con licencia del seor doctor Recio.
Aderezronse de ronda; sali con el mayordomo, secretario y maestresala, y
el coronista que tena cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles
y escribanos, tantos que podan formar un mediano escuadrn. Iba Sancho en
medio, con su vara, que no haba ms que ver, y pocas calles andadas del
lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron all, y hallaron que eran
dos solos hombres los que rean, los cuales, viendo venir a la justicia,
se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:

-Aqu de Dios y del rey! Cmo y que se ha de sufrir que roben en poblado
en este pueblo, y que salga a saltear en l en la mitad de las calles?

-Sosegaos, hombre de bien -dijo Sancho-, y contadme qu es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.

El otro contrario dijo:

-Seor gobernador, yo la dir con toda brevedad. Vuestra merced sabr que
este gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que est aqu
frontero ms de mil reales, y sabe Dios cmo; y, hallndome yo presente,
juzgu ms de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me
dictaba la conciencia; alzse con la ganancia, y, cuando esperaba que me
haba de dar algn escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y
mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, l embols su
dinero y se sali de la casa. Yo vine despechado tras l, y con buenas y
corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe
que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis
padres no me le ensearon ni me le dejaron, y el socarrn, que no es ms
ladrn que Caco, ni ms fullero que Andradilla, no quera darme ms de
cuatro reales; porque vea vuestra merced, seor gobernador, qu poca
vergenza y qu poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que haba de saber con
cuntas entraba la romana.

-Qu decs vos a esto? -pregunt Sancho.

Y el otro respondi que era verdad cuanto su contrario deca, y no haba
querido darle ms de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los
que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que
les dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen
de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para
seal que l era hombre de bien y no ladrn, como deca, ninguna haba
mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son
tributarios de los mirones que los conocen.

-As es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, seor gobernador, qu es
lo que se ha de hacer destos hombres.

-Lo que se ha de hacer es esto -respondi Sancho-: vos, ganancioso, bueno,
o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y
ms, habis de desembolsar treinta para los pobres de la crcel; y vos, que
no tenis oficio ni beneficio y andis de nones en esta nsula, tomad luego
esos cien reales, y maana en todo el da salid desta nsula desterrado por
diez aos, so pena, si lo quebrantredes, los cumplis en la otra vida,
colgndoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y
ninguno me replique, que le asentar la mano.

Desembols el uno, recibi el otro, ste se sali de la nsula, y aqul se
fue a su casa, y el gobernador qued diciendo:

-Ahora, yo podr poco, o quitar estas casas de juego, que a m se me
trasluce que son muy perjudiciales.

-sta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podr vuesa merced quitar,
porque la tiene un gran personaje, y ms es sin comparacin lo que l
pierde al ao que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor
canta podr vuestra merced mostrar su poder, que son los que ms dao
hacen y ms insolencias encubren; que en las casas de los caballeros
principales y de los seores no se atreven los famosos fulleros a usar de
sus tretas; y, pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio comn,
mejor es que se juegue en casas principales que no en la de algn oficial,
donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.

-Agora, escribano -dijo Sancho-, yo s que hay mucho que decir en eso.

Y, en esto, lleg un corchete que traa asido a un mozo, y dijo:

-Seor gobernador, este mancebo vena hacia nosotros, y, as como columbr
la justicia, volvi las espaldas y comenz a correr como un gamo, seal que
debe de ser algn delincuente. Yo part tras l, y, si no fuera porque
tropez y cay, no le alcanzara jams.

-Por qu huas, hombre? -pregunt Sancho.

A lo que el mozo respondi:

-Seor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias
hacen.

-Qu oficio tienes?

-Tejedor.

-Y qu tejes?

-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.

-Graciosico me sois? De chocarrero os picis? Est bien! Y adnde
bades ahora?

-Seor, a tomar el aire.

-Y adnde se toma el aire en esta nsula?

-Adonde sopla.

-Bueno: respondis muy a propsito! Discreto sois, mancebo; pero haced
cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la
crcel. Asilde, hola, y llevadle, que yo har que duerma all sin aire
esta noche!

-Par Dios -dijo el mozo-, as me haga vuestra merced dormir en la crcel
como hacerme rey!

-Pues, por qu no te har yo dormir en la crcel? -respondi Sancho-. No
tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?

-Por ms poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no ser bastante
para hacerme dormir en la crcel.

-Cmo que no? -replic Sancho-. Llevalde luego donde ver por sus ojos el
desengao, aunque ms el alcaide quiera usar con l de su interesal
liberalidad; que yo le pondr pena de dos mil ducados si te deja salir un
paso de la crcel.

-Todo eso es cosa de risa -respondi el mozo-. El caso es que no me harn
dormir en la crcel cuantos hoy viven.

-Dime, demonio -dijo Sancho-, tienes algn ngel que te saque y que te
quite los grillos que te pienso mandar echar?

-Ahora, seor gobernador -respondi el mozo con muy buen donaire-, estemos
a razn y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar
a la crcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que l
lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y
estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaa, ser vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?

-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su
intencin.

-De modo -dijo Sancho- que no dejaris de dormir por otra cosa que por
vuestra voluntad, y no por contravenir a la ma.

-No, seor -dijo el mozo-, ni por pienso.

-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os
d buen sueo, que yo no quiero quitrosle; pero aconsjoos que de aqu
adelante no os burlis con la justicia, porque toparis con alguna que os
d con la burla en los cascos.

Fuese el mozo, y el gobernador prosigui con su ronda, y de all a poco
vinieron dos corchetes que traan a un hombre asido, y dijeron:

-Seor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,
que viene vestida en hbito de hombre.

Llegronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un
rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos ms aos, recogidos
los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil
perlas. Mirronla de arriba abajo, y vieron que vena con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafetn blanco y rapacejos de oro y aljfar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de
lo mesmo, suelta, debajo de la cual traa un jubn de tela finsima de oro
y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traa espada ceida,
sino una riqusima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.
Finalmente, la moza pareca bien a todos, y ninguno la conoci de cuantos
la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podan pensar quin
fuese, y los consabidores de las burlas que se haban de hacer a Sancho
fueron los que ms se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no vena
ordenado por ellos; y as, estaban dudosos, esperando en qu parara el
caso.

Sancho qued pasmado de la hermosura de la moza, y preguntle quin era,
adnde iba y qu ocasin le haba movido para vestirse en aquel hbito.
Ella, puestos los ojos en tierra con honestsima vergenza, respondi:

-No puedo, seor, decir tan en pblico lo que tanto me importaba fuera
secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrn ni persona
facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha
hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.

Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:

-Haga, seor gobernador, apartar la gente, porque esta seora con menos
empacho pueda decir lo que quisiere.

Mandlo as el gobernador; apartronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Vindose, pues, solos, la doncella prosigui
diciendo:

-Yo, seores, soy hija de Pedro Prez Mazorca, arrendador de las lanas
deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.

-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, seora, porque yo conozco muy
bien a Pedro Prez y s que no tiene hijo ninguno, ni varn ni hembra; y
ms, que decs que es vuestro padre, y luego aads que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.

-Ya yo haba dado en ello -dijo Sancho.

-Ahora, seores, yo estoy turbada, y no s lo que me digo -respondi la
doncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que
todos vuesas mercedes deben de conocer.

-An eso lleva camino -respondi el mayordomo-, que yo conozco a Diego de
la Llana, y s que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y
una hija, y que despus que enviud no ha habido nadie en todo este lugar
que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan
encerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice
que es en estremo hermosa.

-As es la verdad -respondi la doncella-, y esa hija soy yo; si la fama
miente o no en mi hermosura ya os habris, seores, desengaado, pues me
habis visto.

Y, en esto, comenz a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se
lleg al odo del maestresala y le dijo muy paso:

-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo
de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal,
anda fuera de su casa.

-No hay dudar en eso -respondi el maestresala-; y ms, que esa sospecha la
confirman sus lgrimas.

Sancho la consol con las mejores razones que l supo, y le pidi que sin
temor alguno les dijese lo que le haba sucedido; que todos procuraran
remediarlo con muchas veras y por todas las vas posibles.

-Es el caso, seores -respondi ella-, que mi padre me ha tenido encerrada
diez aos ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa
dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de da, y la luna y las estrellas de noche, ni s qu son
calles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mo, y de Pedro Prez el arrendador, que, por entrar de ordinario
en mi casa, se me antoj decir que era mi padre, por no declarar el mo.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia,
ha muchos das y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el
mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nac, parecindome que este deseo no
iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a s
mesmas. Cuando oa decir que corran toros y jugaban caas, y se
representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un ao menor que
yo, que me dijese qu cosas eran aqullas y otras muchas que yo no he
visto; l me lo declaraba por los mejores modos que saba, pero todo era
encenderme ms el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdicin, digo que yo rogu y ped a mi hermano, que nunca tal pidiera ni
tal rogara...

Y torn a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:

-Prosiga vuestra merced, seora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido,
que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lgrimas.

-Pocas me quedan por decir -respondi la doncella-, aunque muchas lgrimas
s que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo
otros descuentos que los semejantes.

Habase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y
lleg otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecile que no eran
lgrimas las que lloraba, sino aljfar o roco de los prados, y aun las
suba de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su
desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y
de sus suspiros. Desesperbase el gobernador de la tardanza que tena la
moza en dilatar su historia, y djole que acabase de tenerlos ms
suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre
interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:

-No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogu a mi
hermano que me vistiese en hbitos de hombre con uno de sus vestidos y que
me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;
l, importunado de mis ruegos, condecendi con mi deseo, y, ponindome este
vestido y l vestindose de otro mo, que le est como nacido, porque l no
tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermossima, esta noche,
debe de haber una hora, poco ms o menos, nos salimos de casa; y, guiados
de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y
cuando queramos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi
hermano me dijo: ''Hermana, sta debe de ser la ronda: aligera los pies y
pon alas en ellos, y vente tras m corriendo, porque no nos conozcan, que
nos ser mal contado''. Y, diciendo esto, volvi las espaldas y comenz, no
digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, ca, con el
sobresalto, y entonces lleg el ministro de la justicia que me trujo ante
vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante
tanta gente.

-En efecto, seora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desmn alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?

-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino slo el deseo de ver
mundo, que no se estenda a ms que a ver las calles de este lugar.

Y acab de confirmar ser verdad lo que la doncella deca llegar los
corchetes con su hermano preso, a quien alcanz uno dellos cuando se huy
de su hermana. No traa sino un faldelln rico y una mantellina de damasco
azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, segn eran
rubios y enrizados. Apartronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,
y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cmo vena en aquel traje, y
l, con no menos vergenza y empacho, cont lo mesmo que su hermana haba
contado, de que recibi gran gusto el enamorado maestresala. Pero el
gobernador les dijo:

-Por cierto, seores, que sta ha sido una gran rapacera, y para contar
esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas
lgrimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos
salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invencin, slo por
curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y no
gemidicos, y lloramicos, y darle.

-As es la verdad -respondi la doncella-, pero sepan vuesas mercedes que
la turbacin que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el
trmino que deba.

-No se ha perdido nada -respondi Sancho-. Vamos, y dejaremos a vuesas
mercedes en casa de su padre; quiz no los habr echado menos. Y, de aqu
adelante, no se muestren tan nios, ni tan deseosos de ver mundo, que la
doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina,
por andar se pierden ana; y la que es deseosa de ver, tambin tiene deseo
de ser vista. No digo ms.

El mancebo agradeci al gobernador la merced que quera hacerles de
volverlos a su casa, y as, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy
lejos de all. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja,
al momento baj una criada, que los estaba esperando, y les abri la
puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, as de su gentileza
y hermosura como del deseo que tenan de ver mundo, de noche y sin salir
del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.

Qued el maestresala traspasado su corazn, y propuso de luego otro da
pedrsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negara,
por ser l criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos
de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determin de ponerlo en pltica a
su tiempo, dndose a entender que a una hija de un gobernador ningn marido
se le poda negar.

Con esto, se acab la ronda de aquella noche, y de all a dos das el
gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se
ver adelante.





Captulo L. Donde se declara quin fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la duea y pellizcaron y araaron a don Quijote, con el suceso
que tuvo el paje que llev la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza


Dice Cide Hamete, puntualsimo escudriador de los tomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doa Rodrguez sali de su aposento para ir a
la estancia de don Quijote, otra duea que con ella dorma lo sinti, y
que, como todas las dueas son amigas de saber, entender y oler, se fue
tras ella, con tanto silencio, que la buena Rodrguez no lo ech de ver; y,
as como la duea la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no
faltase en ella la general costumbre que todas las dueas tienen de ser
chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su seora la duquesa, de
cmo doa Rodrguez quedaba en el aposento de don Quijote.

La duquesa se lo dijo al duque, y le pidi licencia para que ella y
Altisidora viniesen a ver lo que aquella duea quera con don Quijote; el
duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oan
todo lo que dentro hablaban; y, cuando oy la duquesa que Rodrguez haba
echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos
Altisidora; y as, llenas de clera y deseosas de venganza, entraron de
golpe en el aposento, y acrebillaron a don Quijote y vapularon a la duea
del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la
hermosura y presuncin de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la
ira y enciende el deseo de vengarse.

Cont la duquesa al duque lo que le haba pasado, de lo que se holg mucho,
y la duquesa, prosiguiendo con su intencin de burlarse y recibir
pasatiempo con don Quijote, despach al paje que haba hecho la figura de
Dulcinea en el concierto de su desencanto -que tena bien olvidado Sancho
Panza con la ocupacin de su gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la
carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos
presentados.

Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo
de servir a sus seores, parti de muy buena gana al lugar de Sancho; y,
antes de entrar en l, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres,
a quien pregunt si le sabran decir si en aquel lugar viva una mujer
llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levant en
pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:

-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi seor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.

-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque
le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.

-Eso har yo de muy buena gana, seor mo -respondi la moza, que mostraba
ser de edad de catorce aos, poco ms a menos.

Y, dejando la ropa que lavaba a otra compaera, sin tocarse ni calzarse,
que estaba en piernas y desgreada, salt delante de la cabalgadura del
paje, y dijo:

-Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo est nuestra casa, y mi
madre en ella, con harta pena por no haber sabido muchos das ha de mi
seor padre.

-Pues yo se las llevo tan buenas -dijo el paje- que tiene que dar bien
gracias a Dios por ellas.

Finalmente, saltando, corriendo y brincando, lleg al pueblo la muchacha,
y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:

-Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aqu un seor que trae cartas
y otras cosas de mi buen padre.

A cuyas voces sali Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con
una saya parda. Pareca, segn era de corta, que se la haban cortado por
vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte,
tiesa, nervuda y avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a
caballo, le dijo:

-Qu es esto, nia? Qu seor es ste?

-Es un servidor de mi seora doa Teresa Panza -respondi el paje.

Y, diciendo y haciendo, se arroj del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la seora Teresa, diciendo:

-Dme vuestra merced sus manos, mi seora doa Teresa, bien as como mujer
legtima y particular del seor don Sancho Panza, gobernador propio de la
nsula Barataria.

-Ay, seor mo, qutese de ah; no haga eso -respondi Teresa-, que yo no
soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y
mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!

-Vuesa merced -respondi el paje- es mujer dignsima de un gobernador
archidignsimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta
y este presente.

Y sac al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de
oro, y se la ech al cuello y dijo:

-Esta carta es del seor gobernador, y otra que traigo y estos corales son
de mi seora la duquesa, que a vuestra merced me enva.

Qued pasmada Teresa, y su hija ni ms ni menos, y la muchacha dijo:

-Que me maten si no anda por aqu nuestro seor amo don Quijote, que debe
de haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le haba
prometido.

-As es la verdad -respondi el paje-: que, por respeto del seor don
Quijote, es ahora el seor Sancho gobernador de la nsula Barataria, como
se ver por esta carta.

-Lamela vuesa merced, seor gentilhombre -dijo Teresa-, porque, aunque yo
s hilar, no s leer migaja.

-Ni yo tampoco -aadi Sanchica-; pero esprenme aqu, que yo ir a llamar
quien la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansn Carrasco, que
vendrn de muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.

-No hay para qu se llame a nadie, que yo no s hilar, pero s leer, y la
leer.

Y as, se la ley toda, que, por quedar ya referida, no se pone aqu; y
luego sac otra de la duquesa, que deca desta manera:

Amiga Teresa:

Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de
una nsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un
girifalte, de lo que yo estoy muy contenta, y el duque mi seor, por el
consiguiente; por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme engaado
en haberle escogido para el tal gobierno; porque quiero que sepa la seora
Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me
haga a m Dios como Sancho gobierna.

Ah le envo, querida ma, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te
querra ver muerta: tiempo vendr en que nos conozcamos y nos comuniquemos,
y Dios sabe lo que ser. Encomindeme a Sanchica, su hija, y dgale de mi
parte que se apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo
piense.

Dcenme que en ese lugar hay bellotas gordas: enveme hasta dos docenas,
que las estimar en mucho, por ser de su mano, y escrbame largo,
avisndome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna
cosa, no tiene que hacer ms que boquear: que su boca ser medida, y Dios
me la guarde. Deste lugar.

Su amiga, que bien la quiere,

La Duquesa.

-Ay -dijo Teresa en oyendo la carta-, y qu buena y qu llana y qu
humilde seora! Con estas tales seoras me entierren a m, y no las
hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no
las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasa como si
fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar
a una labradora; y veis aqu donde esta buena seora, con ser duquesa, me
llama amiga, y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el
ms alto campanario que hay en la Mancha. Y, en lo que toca a las bellotas,
seor mo, yo le enviar a su seora un celemn, que por gordas las pueden
venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a
que se regale este seor: pon en orden este caballo, y saca de la
caballeriza gevos, y corta tocino adunia, y dmosle de comer como a un
prncipe, que las buenas nuevas que nos ha trado y la buena cara que l
tiene lo merece todo; y, en tanto, saldr yo a dar a mis vecinas las nuevas
de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicols el barbero, que tan
amigos son y han sido de tu padre.

-S har, madre -respondi Sanchica-; pero mire que me ha de dar la mitad
desa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi seora la duquesa, que se la
haba de enviar a ella toda.

-Todo es para ti, hija -respondi Teresa-, pero djamela traer algunos
das al cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazn.

-Tambin se alegrarn -dijo el paje- cuando vean el lo que viene en este
portamanteo, que es un vestido de pao finsimo que el gobernador slo un
da llev a caza, el cual todo le enva para la seora Sanchica.

-Que me viva l mil aos -respondi Sanchica-, y el que lo trae, ni ms ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.

Salise en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al
cuello, y iba taendo en las cartas como si fuera en un pandero; y,
encontrndose acaso con el cura y Sansn Carrasco, comenz a bailar y a
decir:

-A fee que agora que no hay pariente pobre! Gobiernito tenemos! No, sino
tmese conmigo la ms pintada hidalga, que yo la pondr como nueva!

-Qu es esto, Teresa Panza? Qu locuras son stas, y qu papeles son
sos?

-No es otra la locura sino que stas son cartas de duquesas y de
gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos; las avemaras
y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

-De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decs.

-Ah lo podrn ver ellos -respondi Teresa.

Y dioles las cartas. Leylas el cura de modo que las oy Sansn Carrasco, y
Sansn y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que haban
ledo; y pregunt el bachiller quin haba trado aquellas cartas.
Respondi Teresa que se viniesen con ella a su casa y veran el mensajero,
que era un mancebo como un pino de oro, y que le traa otro presente que
vala ms de tanto. Quitle el cura los corales del cuello, y mirlos y
remirlos, y, certificndose que eran finos, torn a admirarse de nuevo, y
dijo:

-Por el hbito que tengo, que no s qu me diga ni qu me piense de estas
cartas y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos
corales, y por otra, leo que una duquesa enva a pedir dos docenas de
bellotas.

-Aderzame esas medidas! -dijo entonces Carrasco-. Agora bien, vamos a ver
al portador deste pliego, que dl nos informaremos de las dificultades que
se nos ofrecen.

Hicironlo as, y volvise Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un
poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para
empedrarle con gevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno
content mucho a los dos; y, despus de haberle saludado cortsmente, y l
a ellos, le pregunt Sansn les dijese nuevas as de don Quijote como de
Sancho Panza; que, puesto que haban ledo las cartas de Sancho y de la
seora duquesa, todava estaban confusos y no acababan de atinar qu sera
aquello del gobierno de Sancho, y ms de una nsula, siendo todas o las ms
que hay en el mar Mediterrneo de Su Majestad. A lo que el paje respondi:

-De que el seor Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de
que sea nsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que
sea un lugar de ms de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo
que mi seora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no -deca l-
enviar a pedir bellotas a una labradora, pero que le aconteca enviar a
pedir un peine prestado a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras
mercedes que las seoras de Aragn, aunque son tan principales, no son tan
puntuosas y levantadas como las seoras castellanas; con ms llaneza tratan
con las gentes.

Estando en la mitad destas plticas, salt Sanchica con un halda de gevos,
y pregunt al paje:

-Dgame, seor: mi seor padre trae por ventura calzas atacadas despus
que es gobernador?

-No he mirado en ello -respondi el paje-, pero s debe de traer.

-Ay Dios mo -replic Sanchica-, y que ser de ver a mi padre con
pedorreras! No es bueno sino que desde que nac tengo deseo de ver a mi
padre con calzas atacadas?

-Como con esas cosas le ver vuestra merced si vive -respondi el paje-.
Par Dios, trminos lleva de caminar con papahgo, con solos dos meses que
le dure el gobierno.

Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba
socarronamente, pero la fineza de los corales y el vestido de caza que
Sancho enviaba lo deshaca todo; que ya Teresa les haba mostrado el
vestido. Y no dejaron de rerse del deseo de Sanchica, y ms cuando Teresa
dijo:

-Seor cura, eche cata por ah si hay alguien que vaya a Madrid, o a
Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al
uso y de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de
honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me
enojo, me tengo de ir a esa corte, y echar un coche, como todas; que la que
tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.

-Y cmo, madre! -dijo Sanchica-. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que
maana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi seora madre en
aquel coche: ''Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cmo va
sentada y tendida en el coche, como si fuera una papesa!'' Pero pisen ellos
los lodos, y ndeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. Mal
ao y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y ndeme yo
caliente, y rase la gente! Digo bien, madre ma?

-Y cmo que dices bien, hija! -respondi Teresa-. Y todas estas venturas,
y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y vers t, hija,
cmo no para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas;
y, como yo he odo decir muchas veces a tu buen padre, que as como lo es
tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con
soguilla: cuando te dieren un gobierno, cgele; cuando te dieren un
condado, agrrale, y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena ddiva,
envsala. No, sino dormos, y no respondis a las venturas y buenas dichas
que estn llamando a la puerta de vuestra casa!

-Y qu se me da a m -aadi Sanchica- que diga el que quisiere cuando me
vea entonada y fantasiosa: "Viose el perro en bragas de cerro...", y lo
dems?

Oyendo lo cual el cura, dijo:

-Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron
cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto
que no los derrame a todas horas y en todas las plticas que tienen.

-As es la verdad -dijo el paje-, que el seor gobernador Sancho a cada
paso los dice, y, aunque muchos no vienen a propsito, todava dan gusto, y
mi seora la duquesa y el duque los celebran mucho.

-Que todava se afirma vuestra merced, seor mo -dijo el bachiller-, ser
verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le
enve presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes
y hemos ledo las cartas, no lo creemos, y pensamos que sta es una de las
cosas de don Quijote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas
por encantamento; y as, estoy por decir que quiero tocar y palpar a
vuestra merced, por ver si es embajador fantstico o hombre de carne y
hueso.

-Seores, yo no s ms de m -respondi el paje- sino que soy embajador
verdadero, y que el seor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis
seores duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he
odo decir que en l se porta valentsimamente el tal Sancho Panza; si en
esto hay encantamento o no, vuestras mercedes lo disputen all entre ellos,
que yo no s otra cosa, para el juramento que hago, que es por vida de mis
padres, que los tengo vivos y los amo y los quiero mucho.

-Bien podr ello ser as -replic el bachiller-, pero dubitat Augustinus.

-Dude quien dudare -respondi el paje-, la verdad es la que he dicho, y
esta que ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua;
y si no, operibus credite, et non verbis: vngase alguno de vuesas mercedes
conmigo, y vern con los ojos lo que no creen por los odos.

-Esa ida a m toca -dijo Sanchica-: llveme vuestra merced, seor, a las
ancas de su rocn, que yo ir de muy buena gana a ver a mi seor padre.

-Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino
acompaadas de carrozas y literas y de gran nmero de sirvientes.

-Par Dios -respondi Sancha-, tan bin me vaya yo sobre una pollina como
sobre un coche. Hallado la habis la melindrosa!

-Calla, mochacha -dijo Teresa-, que no sabes lo que te dices, y este seor
est en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha,
y cuando gobernador, seora, y no s si diga algo.

-Ms dice la seora Teresa de lo que piensa -dijo el paje-; y denme de
comer y despchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.

A lo que dijo el cura:

-Vuestra merced se vendr a hacer penitencia conmigo, que la seora Teresa
ms tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen husped.

Rehuslo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el
cura le llev consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de
espacio por don Quijote y sus hazaas.

El bachiller se ofreci de escribir las cartas a Teresa de la respuesta,
pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tena
por algo burln; y as, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que saba
escribir, el cual le escribi dos cartas, una para su marido y otra para la
duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta
grande historia se ponen, como se ver adelante.





Captulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos
tales como buenos


Amaneci el da que se sigui a la noche de la ronda del gobernador, la
cual el maestresala pas sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro,
bro y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocup lo que della
faltaba en escribir a sus seores lo que Sancho Panza haca y deca, tan
admirado de sus hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus
palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos.

Levantse, en fin, el seor gobernador, y, por orden del doctor Pedro
Recio, le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de
agua fra, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de
uvas; pero, viendo que aquello era ms fuerza que voluntad, pas por ello,
con harto dolor de su alma y fatiga de su estmago, hacindole creer Pedro
Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo
que ms convena a las personas constituidas en mandos y en oficios graves,
donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las
del entendimiento.

Con esta sofistera padeca hambre Sancho, y tal, que en su secreto
maldeca el gobierno y aun a quien se le haba dado; pero, con su hambre y
con su conserva, se puso a juzgar aquel da, y lo primero que se le ofreci
fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el
mayordomo y los dems aclitos, que fue:

-Seor, un caudaloso ro divida dos trminos de un mismo seoro (y est
vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo
dificultoso). Digo, pues, que sobre este ro estaba una puente, y al cabo
della, una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario
haba cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueo del ro, de la
puente y del seoro, que era en esta forma: "Si alguno pasare por esta
puente de una parte a otra, ha de jurar primero adnde y a qu va; y si
jurare verdad, djenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado
en la horca que all se muestra, sin remisin alguna". Sabida esta ley y la
rigurosa condicin della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se
echaba de ver que decan verdad, y los jueces los dejaban pasar
libremente. Sucedi, pues, que, tomando juramento a un hombre, jur y dijo
que para el juramento que haca, que iba a morir en aquella horca que all
estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron:
''Si a este hombre le dejamos pasar libremente, minti en su juramento, y,
conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, l jur que iba a morir
en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser
libre''. Pdese a vuesa merced, seor gobernador, qu harn los jueces del
tal hombre; que aun hasta agora estn dudosos y suspensos. Y, habiendo
tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me
enviaron a m a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer
en tan intricado y dudoso caso.

A lo que respondi Sancho:

-Por cierto que esos seores jueces que a m os envan lo pudieran haber
escusado, porque yo soy un hombre que tengo ms de mostrenco que de agudo;
pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le
entienda: quiz podra ser que diese en el hito.

Volvi otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero haba dicho,
y Sancho dijo:

-A mi parecer, este negocio en dos paletas le declarar yo, y es as: el
tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, jur
verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no
le ahorcan, jur mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.

-As es como el seor gobernador dice -dijo el mensajero-; y cuanto a la
entereza y entendimiento del caso, no hay ms que pedir ni que dudar.

-Digo yo, pues, agora -replic Sancho- que deste hombre aquella parte que
jur verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta
manera se cumplir al pie de la letra la condicin del pasaje.

-Pues, seor gobernador -replic el preguntador-, ser necesario que el tal
hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por
fuerza ha de morir, y as no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide,
y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.

-Venid ac, seor buen hombre -respondi Sancho-; este pasajero que decs,
o yo soy un porro, o l tiene la misma razn para morir que para vivir y
pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena
igualmente; y, siendo esto as, como lo es, soy de parecer que digis a
esos seores que a m os enviaron que, pues estn en un fil las razones de
condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es
alabado ms el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre, si
supiera firmar; y yo en este caso no he hablado de mo, sino que se me vino
a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote
la noche antes que viniese a ser gobernador desta nsula: que fue que,
cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la
misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este
caso como de molde.

As es -respondi el mayordomo-, y tengo para m que el mismo Licurgo, que
dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el
gran Panza ha dado. Y acbese con esto la audiencia desta maana, y yo dar
orden como el seor gobernador coma muy a su gusto.

-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-: denme de comer, y lluevan casos
y dudas sobre m, que yo las despabilar en el aire.

Cumpli su palabra el mayordomo, parecindole ser cargo de conciencia matar
de hambre a tan discreto gobernador; y ms, que pensaba concluir con l
aquella misma noche hacindole la burla ltima que traa en comisin de
hacerle.

Sucedi, pues, que, habiendo comido aquel da contra las reglas y aforismos
del doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entr un correo con
una carta de don Quijote para el gobernador. Mand Sancho al secretario que
la leyese para s, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de
secreto, la leyese en voz alta. Hzolo as el secretario, y, repasndola
primero, dijo:

-Bien se puede leer en voz alta, que lo que el seor don Quijote escribe a
vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice
as:

Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la nsula
Barataria

Cuando esperaba or nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo,
las o de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al
cielo, el cual del estircol sabe levantar los pobres, y de los tontos
hacer discretos. Dcenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres
hombre como si fueses bestia, segn es la humildad con que te tratas; y
quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por
la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazn; porque el buen
adorno de la persona que est puesta en graves cargos ha de ser conforme a
lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condicin le
inclina. Vstete bien, que un palo compuesto no parece palo. No digo que
traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que
te adornes con el hbito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y
bien compuesto.

Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer
dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo
he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no
hay cosa que ms fatigue el corazn de los pobres que la hambre y la
caresta.

No hagas muchas pragmticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,
sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmticas que no se
guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el
prncipe que tuvo discrecin y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para
hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen
a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espant, y con
el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.

S padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre
riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos,
que en esto est el punto de la discrecin. Visita las crceles, las
carniceras y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales
es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de
su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos,
y es espantajo a las placeras, por la misma razn. No te muestres, aunque
por ventura lo seas -lo cual yo no creo-, codicioso, mujeriego ni glotn;
porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinacin
determinada, por all te darn batera, hasta derribarte en el profundo de
la perdicin.

Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por
escrito antes que de aqu partieses a tu gobierno, y vers como hallas en
ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y
dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a
tus seores y mustrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la
soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es
agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que tambin lo ser a
Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.

La seora duquesa despach un propio con tu vestido y otro presente a tu
mujer Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.

Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedi
no muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores
que me maltraten, tambin los hay que me defiendan.

Avsame si el mayordomo que est contigo tuvo que ver en las acciones de la
Trifaldi, como t sospechaste, y de todo lo que te sucediere me irs dando
aviso, pues es tan corto el camino; cuanto ms, que yo pienso dejar presto
esta vida ociosa en que estoy, pues no nac para ella.

Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia
destos seores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin
en fin, tengo de cumplir antes con mi profesin que con su gusto, conforme
a lo que suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. Dgote este
latn porque me doy a entender que, despus que eres gobernador, lo habrs
aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lstima.

Tu amigo,

Don Quijote de la Mancha.

Oy Sancho la carta con mucha atencin, y fue celebrada y tenida por
discreta de los que la oyeron; y luego Sancho se levant de la mesa, y,
llamando al secretario, se encerr con l en su estancia, y, sin dilatarlo
ms, quiso responder luego a su seor don Quijote, y dijo al secretario
que, sin aadir ni quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que l le
dijese, y as lo hizo; y la carta de la respuesta fue del tenor siguiente:

Carta de Sancho Panza a don Quijote de la Mancha

La ocupacin de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme
la cabeza, ni aun para cortarme las uas; y as, las traigo tan crecidas
cual Dios lo remedie. Digo esto, seor mo de mi alma, porque vuesa merced
no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en
este gobierno, en el cual tengo ms hambre que cuando andbamos los dos por
las selvas y por los despoblados.

Escribime el duque, mi seor, el otro da, dndome aviso que haban
entrado en esta nsula ciertas espas para matarme, y hasta agora yo no he
descubierto otra que un cierto doctor que est en este lugar asalariado
para matar a cuantos gobernadores aqu vinieren: llmase el doctor Pedro
Recio, y es natural de Tirteafuera: porque vea vuesa merced qu nombre
para no temer que he de morir a sus manos! Este tal doctor dice l mismo de
s mismo que l no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las
previene, para que no vengan; y las medecinas que usa son dieta y ms
dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor
mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, l me va matando de hambre, y
yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pens venir a este gobierno a
comer caliente y a beber fro, y a recrear el cuerpo entre sbanas de
holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia, como si
fuera ermitao; y, como no la hago de mi voluntad, pienso que, al cabo al
cabo, me ha de llevar el diablo.

Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en
qu va esto; porque aqu me han dicho que los gobernadores que a esta
nsula suelen venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han
prestado los del pueblo muchos dineros, y que sta es ordinaria usanza en
los dems que van a gobiernos, no solamente en ste.

Anoche, andando de ronda, top una muy hermosa doncella en traje de varn y
un hermano suyo en hbito de mujer; de la moza se enamor mi maestresala, y
la escogi en su imaginacin para su mujer, segn l ha dicho, y yo escog
al mozo para mi yerno; hoy los dos pondremos en pltica nuestros
pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana,
hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere.

Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hall una
tendera que venda avellanas nuevas, y averigle que haba mezclado con
una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliqulas
todas para los nios de la doctrina, que las sabran bien distinguir, y
sentencila que por quince das no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo
hice valerosamente; lo que s decir a vuestra merced es que es fama en este
pueblo que no hay gente ms mala que las placeras, porque todas son
desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo as lo creo, por las que he
visto en otros pueblos.

De que mi seora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y
envidole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y
procurar de mostrarme agradecido a su tiempo: bsele vuestra merced las
manos de mi parte, diciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto,
como lo ver por la obra.

No querra que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis
seores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro est que ha de
redundar en mi dao, y no ser bien que, pues se me da a m por consejo que
sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le
tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.

Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechoras que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores;
yo lo sabr cuando nos veamos.

Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no s qu enve, si no
es algunos cautos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta
nsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscar qu enviar de
haldas o de mangas.

Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y
enveme la carta,que tengo grandsimo deseo de saber del estado de mi casa,
de mi mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal
intencionados encantadores, y a m me saque con bien y en paz deste
gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, segn me trata
el doctor Pedro Recio.

Criado de vuestra merced,

Sancho Panza, el Gobernador.

Cerr la carta el secretario y despach luego al correo; y, juntndose los
burladores de Sancho, dieron orden entre s cmo despacharle del gobierno;
y aquella tarde la pas Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que l imaginaba ser nsula, y orden que no hubiese
regatones de los bastimentos en la repblica, y que pudiesen meter en ella
vino de las partes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de
donde era, para ponerle el precio segn su estimacin, bondad y fama, y el
que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello.

Moder el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corra con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los
criados, que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso
gravsimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni
de noche ni de da. Orden que ningn ciego cantase milagro en coplas si no
trujese testimonio autntico de ser verdadero, por parecerle que los ms
que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos.

Hizo y cre un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para
que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y
de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En
resolucin: l orden cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel
lugar, y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.





Captulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda duea Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doa Rodrguez


Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruos, le
pareci que la vida que en aquel castillo tena era contra toda la orden de
caballera que profesaba, y as, determin de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba
ganar el arns que en las tales fiestas se conquista.

Y, estando un da a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intencin y pedir la licencia, veis aqu a deshora entrar por la puerta de
la gran sala dos mujeres, como despus pareci, cubiertas de luto de los
pies a la cabeza, y la una dellas, llegndose a don Quijote, se le ech a
los pies tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de don
Quijote, y daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos,
que puso en confusin a todos los que la oan y miraban; y, aunque los
duques pensaron que sera alguna burla que sus criados queran hacer a don
Quijote, todava, viendo con el ahnco que la mujer suspiraba, gema y
lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, la
levant del suelo y hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre la
faz llorosa.

Ella lo hizo as, y mostr ser lo que jams se pudiera pensar, porque
descubri el rostro de doa Rodrguez, la duea de casa, y la otra enlutada
era su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admirronse todos
aquellos que la conocan, y ms los duques que ninguno; que, puesto que la
tenan por boba y de buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras.
Finalmente, doa Rodrguez, volvindose a los seores, les dijo:

-Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco
con este caballero, porque as conviene para salir con bien del negocio en
que me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.

El duque dijo que l se la daba, y que departiese con el seor don Quijote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don
Quijote, dijo:

-Das ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazn y
alevosa que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que
es esta desdichada que aqu est presente, y vos me habedes prometido de
volver por ella, enderezndole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha
llegado a mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las
buenas venturas que Dios os depare; y as, querra que, antes que os
escurrisedes por esos caminos, desafisedes a este rstico indmito, y le
hicisedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
dio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensar
que el duque mi seor me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, por
la ocasin que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada. Y con esto,
Nuestro Seor d a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.

A cuyas razones respondi don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:

-Buena duea, templad vuestras lgrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra
hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fcil en creer
promesas de enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de
prometer y muy pesadas de cumplir; y as, con licencia del duque mi seor,
yo me partir luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallar, y le
desafiar, y le matar cada y cuando que se escusare de cumplir la
prometida palabra; que el principal asumpto de mi profesin es perdonar a
los humildes y castigar a los soberbios; quiero decir: acorrer a los
miserables y destruir a los rigurosos.

-No es menester -respondi el duque- que vuesa merced se ponga en trabajo
de buscar al rstico de quien esta buena duea se queja, ni es menester
tampoco que vuesa merced me pida a m licencia para desafiarle; que yo le
doy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafo, y que
le acete, y venga a responder por s a este mi castillo, donde a entrambos
dar campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, como
estn obligados a guardarla todos aquellos prncipes que dan campo franco a
los que se combaten en los trminos de sus seoros.

-Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza -replic don
Quijote-, desde aqu digo que por esta vez renuncio a mi hidalgua, y me
allano y ajusto con la llaneza del daador, y me hago igual con l,
habilitndole para poder combatir conmigo; y as, aunque ausente, le
desafo y repto, en razn de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le ha de cumplir la palabra
que le dio de ser su legtimo esposo, o morir en la demanda.

Y luego, descalzndose un guante, le arroj en mitad de la sala, y el duque
le alz, diciendo que, como ya haba dicho, l acetaba el tal desafo en
nombre de su vasallo, y sealaba el plazo de all a seis das; y el campo,
en la plaza de aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los
caballeros: lanza y escudo, y arns tranzado, con todas las dems piezas,
sin engao, superchera o supersticin alguna, examinadas y vistas por los
jueces del campo.

-Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena duea y esta mala
doncella pongan el derecho de su justicia en manos del seor don Quijote;
que de otra manera no se har nada, ni llegar a debida ejecucin el tal
desafo.

-Yo s pongo -respondi la duea.

-Y yo tambin -aadi la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal
talante.

Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que haba
de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y orden la duquesa que de
all adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a seoras
aventureras que venan a pedir justicia a su casa; y as, les dieron cuarto
aparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las dems
criadas, que no saban en qu haba de parar la sandez y desenvoltura de
doa Rodrguez y de su malandante hija.

Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la
comida, veis aqu donde entr por la sala el paje que llev las cartas y
presentes a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya
llegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que le
haba sucedido en su viaje; y, preguntndoselo, respondi el paje que no lo
poda decir tan en pblico ni con breves palabras: que sus excelencias
fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen
con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de la
duquesa. La una deca en el sobreescrito: Carta para mi seora la duquesa
tal, de no s dnde, y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador de la
nsula Barataria, que Dios prospere ms aos que a m. No se le coca el
pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abrindola y
ledo para s, y viendo que la poda leer en voz alta para que el duque y
los circunstantes la oyesen, ley desta manera:

Carta de Teresa Panza a la Duquesa

Mucho contento me dio, seora ma, la carta que vuesa grandeza me escribi,
que en verdad que la tena bien deseada. La sarta de corales es muy buena,
y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra seora
haya hecho gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo
este lugar, puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase
Nicols el barbero, y Sansn Carrasco el bachiller; pero a m no se me da
nada; que, como ello sea as, como lo es, diga cada uno lo que quisiere;
aunque, si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco
yo lo creyera, porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro,
y que, sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para qu
gobierno pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como vee que lo han
menester sus hijos.

Yo, seora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de
meter este buen da en mi casa, yndome a la corte a tenderme en un coche,
para quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y as, suplico a vuesa
excelencia mande a mi marido me enve algn dinerillo, y que sea algo qu,
porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la
carne, la libra, a treinta maraveds, que es un juicio; y si quisiere que
no vaya, que me lo avise con tiempo, porque me estn bullendo los pies por
ponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi
hija andamos orondas y pomposas en la corte, vendr a ser conocido mi
marido por m ms que yo por l, siendo forzoso que pregunten muchos:
''-Quin son estas seoras deste coche?'' Y un criado mo responder: ''-La
mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de la nsula Barataria''; y
desta manera ser conocido Sancho, y yo ser estimada, y a Roma por todo.

Psame, cuanto pesarme puede, que este ao no se han cogido bellotas en
este pueblo; con todo eso, envo a vuesa alteza hasta medio celemn, que
una a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hall ms
mayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.

No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendr cuidado
de la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar
deste lugar, donde quedo rogando a Nuestro Seor guarde a vuestra grandeza,
y a m no olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las
manos.

La que tiene ms deseo de ver a vuestra seora que de escribirla, su
criada,

Teresa Panza.

Grande fue el gusto que todos recibieron de or la carta de Teresa Panza,
principalmente los duques, y la duquesa pidi parecer a don Quijote si
sera bien abrir la carta que vena para el gobernador, que imaginaba deba
de ser bonsima. Don Quijote dijo que l la abrira por darles gusto, y as
lo hizo, y vio que deca desta manera:

Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido

Tu carta recib, Sancho mo de mi alma, y yo te prometo y juro como
catlica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de
contento. Mira, hermano: cuando yo llegu a or que eres gobernador, me
pens all caer muerta de puro gozo, que ya sabes t que dicen que as mata
la alegra sbita como el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron
las aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que me enviaste tena
delante, y los corales que me envi mi seora la duquesa al cuello, y las
cartas en las manos, y el portador dellas all presente, y, con todo eso,
crea y pensaba que era todo sueo lo que vea y lo que tocaba; porque,
quin poda pensar que un pastor de cabras haba de venir a ser gobernador
de nsulas? Ya sabes t, amigo, que deca mi madre que era menester vivir
mucho para ver mucho: dgolo porque pienso ver ms si vivo ms; porque no
pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que,
aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y
manejan dineros. Mi seora la duquesa te dir el deseo que tengo de ir a la
corte; mrate en ello, y avsame de tu gusto, que yo procurar honrarte en
ella andando en coche.

El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristn no pueden creer que
eres gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento,
como son todas las de don Quijote tu amo; y dice Sansn que ha de ir a
buscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura de
los cascos; yo no hago sino rerme, y mirar mi sarta, y dar traza del
vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija.

Unas bellotas envi a mi seora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envame t algunas sartas de perlas, si se usan en esa nsula.

Las nuevas deste lugar son que la Berrueca cas a su hija con un pintor de
mala mano, que lleg a este pueblo a pintar lo que saliese; mandle el
Concejo pintar las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,
pidi dos ducados, dironselos adelantados, trabaj ocho das, al cabo de
los cuales no pint nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas;
volvi el dinero, y, con todo eso, se cas a ttulo de buen oficial; verdad
es que ya ha dejado el pincel y tomado el azada, y va al campo como
gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona,
con intencin de hacerse clrigo; spolo Minguilla, la nieta de Mingo
Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de casamiento;
malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dl, pero l lo niega a
pies juntillas.

Hogao no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este
pueblo. Por aqu pas una compaa de soldados; llevronse de camino tres
mozas deste pueblo; no te quiero decir quin son: quiz volvern, y no
faltar quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.

Sanchica hace puntas de randas; gana cada da ocho maraveds horros, que
los va echando en una alcanca para ayuda a su ajuar; pero ahora que es
hija de un gobernador, t le dars la dote sin que ella lo trabaje. La
fuente de la plaza se sec; un rayo cay en la picota, y all me las den
todas.

Espero respuesta dsta y la resolucin de mi ida a la corte; y, con esto,
Dios te me guarde ms aos que a m o tantos, porque no querra dejarte sin
m en este mundo.

Tu mujer,

Teresa Panza.

Las cartas fueron solenizadas, redas, estimadas y admiradas; y, para
acabar de echar el sello, lleg el correo, el que traa la que Sancho
enviaba a don Quijote, que asimesmo se ley pblicamente, la cual puso en
duda la sandez del gobernador.

Retirse la duquesa, para saber del paje lo que le haba sucedido en el
lugar de Sancho, el cual se lo cont muy por estenso, sin dejar
circunstancia que no refiriese; diole las bellotas, y ms un queso que
Teresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de Tronchn
Recibilo la duquesa con grandsimo gusto, con el cual la dejaremos, por
contar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo de
todos los insulanos gobernadores.





Captulo LIII. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho
Panza


''Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado
es pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo,
a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al esto, el esto al
otoo, y el otoo al invierno, y el invierno a la primavera, y as torna a
andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su
fin ligera ms que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra,
que no tiene trminos que la limiten''. Esto dice Cide Hamete, filsofo
mahomtico; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida
presente, y de la duracin de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de
fe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aqu, nuestro autor lo
dice por la presteza con que se acab, se consumi, se deshizo, se fue como
en sombra y humo el gobierno de Sancho.

El cual, estando la sptima noche de los das de su gobierno en su cama, no
harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer
estatutos y pragmticas, cuando el sueo, a despecho y pesar de la hambre,
le comenzaba a cerrar los prpados, oy tan gran ruido de campanas y de
voces, que no pareca sino que toda la nsula se hunda. Sentse en la
cama, y estuvo atento y escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que
poda ser la causa de tan grande alboroto; pero no slo no lo supo, pero,
aadindose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y
atambores, qued ms confuso y lleno de temor y espanto; y, levantndose en
pie, se puso unas chinelas, por la humedad del suelo, y, sin ponerse
sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese, sali a la puerta de su
aposento, a tiempo cuando vio venir por unos corredores ms de veinte
personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas
desenvainadas, gritando todos a grandes voces:

-Arma, arma, seor gobernador, arma!; que han entrado infinitos enemigos
en la nsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.

Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atnito y
embelesado de lo que oa y vea; y, cuando llegaron a l, uno le dijo:

-rmese luego vuestra seora, si no quiere perderse y que toda esta
nsula se pierda!

-Qu me tengo de armar -respondi Sancho-, ni qu s yo de armas ni de
socorros? Estas cosas mejor ser dejarlas para mi amo don Quijote, que en
dos paletas las despachar y pondr en cobro; que yo, pecador fui a Dios,
no se me entiende nada destas priesas.

-Ah, seor gobernador! -dijo otro-. Qu relente es se? rmese vuesa
merced, que aqu le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa
plaza, y sea nuestra gua y nuestro capitn, pues de derecho le toca el
serlo, siendo nuestro gobernador.

-rmenme norabuena -replic Sancho.

Y al momento le trujeron dos paveses, que venan provedos dellos, y le
pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavs
delante y otro detrs, y, por unas concavidades que traan hechas, le
sacaron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo que
qued emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar las
rodillas ni menearse un solo paso. Pusironle en las manos una lanza, a la
cual se arrim para poder tenerse en pie. Cuando as le tuvieron, le
dijeron que caminase, y los guiase y animase a todos; que, siendo l su
norte, su lanterna y su lucero, tendran buen fin sus negocios.

-Cmo tengo de caminar, desventurado yo -respondi Sancho-, que no puedo
jugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas
que tan cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en
brazos y ponerme, atravesado o en pie, en algn postigo, que yo le
guardar, o con esta lanza o con mi cuerpo.

-Ande, seor gobernador -dijo otro-, que ms el miedo que las tablas le
impiden el paso; acabe y menese, que es tarde, y los enemigos crecen, y
las voces se aumentan y el peligro carga.

Por cuyas persuasiones y vituperios prob el pobre gobernador a moverse, y
fue dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pens que se haba hecho
pedazos. Qued como galpago encerrado y cubierto con sus conchas, o como
medio tocino metido entre dos artesas, o bien as como barca que da al
travs en la arena; y no por verle cado aquella gente burladora le
tuvieron compasin alguna; antes, apagando las antorchas, tornaron a
reforzar las voces, y a reiterar el arma! con tan gran priesa, pasando por
encima del pobre Sancho, dndole infinitas cuchilladas sobre los paveses,
que si l no se recogiera y encogiera, metiendo la cabeza entre los
paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en aquella
estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazn se encomendaba a
Dios que de aquel peligro le sacase.

Unos tropezaban en l, otros caan, y tal hubo que se puso encima un buen
espacio, y desde all, como desde atalaya, gobernaba los ejrcitos, y a
grandes voces deca:

-Aqu de los nuestros, que por esta parte cargan ms los enemigos! Aquel
portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen!
Vengan alcancas, pez y resina en calderas de aceite ardiendo!
Trinchense las calles con colchones!

En fin, l nombraba con todo ahnco todas las baratijas e instrumentos y
pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el
molido Sancho, que lo escuchaba y sufra todo, deca entre s:

-Oh, si mi Seor fuese servido que se acabase ya de perder esta nsula, y
me viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!

Oy el cielo su peticin, y, cuando menos lo esperaba, oy voces que
decan:

-Vitoria, vitoria! Los enemigos van de vencida! Ea, seor gobernador,
levntese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los
despojos que se han tomado a los enemigos, por el valor dese invencible
brazo!

-Levntenme -dijo con voz doliente el dolorido Sancho.

Ayudronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:

-El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo
no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algn
amigo, si es que le tengo, que me d un trago de vino, que me seco, y me
enjugue este sudor, que me hago agua.

Limpironle, trujronle el vino, deslironle los paveses, sentse sobre su
lecho y desmayse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a
los de la burla de habrsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en s
Sancho les templ la pena que les haba dado su desmayo. Pregunt qu hora
era, respondironle que ya amaneca. Call, y, sin decir otra cosa, comenz
a vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en
qu haba de parar la priesa con que se vesta. Vistise, en fin, y poco a
poco, porque estaba molido y no poda ir mucho a mucho, se fue a la
caballeriza, siguindole todos los que all se hallaban, y, llegndose al
rucio, le abraz y le dio un beso de paz en la frente, y, no sin lgrimas
en los ojos, le dijo:

-Venid vos ac, compaero mo y amigo mo, y conllevador de mis trabajos y
miserias: cuando yo me avena con vos y no tena otros pensamientos que los
que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar
vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis das y mis aos; pero,
despus que os dej y me sub sobre las torres de la ambicin y de la
soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos
y cuatro mil desasosiegos.

Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el
asno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran
pena y pesar subi sobre l, y, encaminando sus palabras y razones al
mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a
otros muchos que all presentes estaban, dijo:

-Abrid camino, seores mos, y dejadme volver a mi antigua libertad;
dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta
muerte presente. Yo no nac para ser gobernador, ni para defender nsulas
ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende
a m de arar y cavar, podar y ensarmentar las vias, que de dar leyes ni de
defender provincias ni reinos. Bien se est San Pedro en Roma: quiero
decir, que bien se est cada uno usando el oficio para que fue nacido.
Mejor me est a m una hoz en la mano que un cetro de gobernador; ms
quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un mdico
impertinente que me mate de hambre; y ms quiero recostarme a la sombra de
una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el
invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujecin del gobierno entre
sbanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se
queden con Dios, y digan al duque mi seor que, desnudo nac, desnudo me
hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entr en este
gobierno y sin ella salgo, bien al revs de como suelen salir los
gobernadores de otras nsulas. Y aprtense: djenme ir, que me voy a
bizmar; que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los
enemigos que esta noche se han paseado sobre m.

-No ha de ser as, seor gobernador -dijo el doctor Recio-, que yo le dar
a vuesa merced una bebida contra cadas y molimientos, que luego le vuelva
en su prstina entereza y vigor; y, en lo de la comida, yo prometo a vuesa
merced de enmendarme, dejndole comer abundantemente de todo aquello que
quisiere.

-Tarde piache! -respondi Sancho-. As dejar de irme como volverme turco.
No son estas burlas para dos veces. Por Dios que as me quede en ste, ni
admita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al
cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos,
y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de
todo el mundo. Qudense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me
levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pjaros, y
volvmonos a andar por el suelo con pie llano, que, si no le adornaren
zapatos picados de cordobn, no le faltarn alpargatas toscas de cuerda.
Cada oveja con su pareja, y nadie tienda ms la pierna de cuanto fuere
larga la sbana; y djenme pasar, que se me hace tarde.

A lo que el mayordomo dijo:

-Seor gobernador, de muy buena gana dejramos ir a vuesa merced, puesto
que nos pesar mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano proceder
obligan a desearle; pero ya se sabe que todo gobernador est obligado,
antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero
residencia: dla vuesa merced de los diez das que ha que tiene el
gobierno, y vyase a la paz de Dios.

-Nadie me la puede pedir -respondi Sancho-, si no es quien ordenare el
duque mi seor; yo voy a verme con l, y a l se la dar de molde; cuanto
ms que, saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra seal para
dar a entender que he gobernado como un ngel.

-Par Dios que tiene razn el gran Sancho -dijo el doctor Recio-, y que soy
de parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de
verle.

Todos vinieron en ello, y le dejaron ir, ofrecindole primero compaa y
todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad
de su viaje. Sancho dijo que no quera ms de un poco de cebada para el
rucio y medio queso y medio pan para l; que, pues el camino era tan corto,
no haba menester mayor ni mejor repostera. Abrazronle todos, y l,
llorando, abraz a todos, y los dej admirados, as de sus razones como de
su determinacin tan resoluta y tan discreta.





Captulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra
alguna


Resolvironse el duque y la duquesa de que el desafo que don Quijote hizo
a su vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que el
mozo estaba en Flandes, adonde se haba ido huyendo, por no tener por
suegra a doa Rodrguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascn,
que se llamaba Tosilos, industrindole primero muy bien de todo lo que
haba de hacer.

De all a dos das dijo el duque a don Quijote como desde all a cuatro
vendra su contrario, y se presentara en el campo, armado como caballero,
y sustentara como la doncella menta por mitad de la barba, y aun por toda
la barba entera, si se afirmaba que l le hubiese dado palabra de
casamiento. Don Quijote recibi mucho gusto con las tales nuevas, y se
prometi a s mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran ventura
habrsele ofrecido ocasin donde aquellos seores pudiesen ver hasta dnde
se estenda el valor de su poderoso brazo; y as, con alborozo y contento,
esperaba los cuatro das, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo,
cuatrocientos siglos.

Dejmoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a
acompaar a Sancho, que entre alegre y triste vena caminando sobre el
rucio a buscar a su amo, cuya compaa le agradaba ms que ser gobernador
de todas las nsulas del mundo.

Sucedi, pues, que, no habindose alongado mucho de la nsula del su
gobierno -que l nunca se puso a averiguar si era nsula, ciudad, villa o
lugar la que gobernaba-, vio que por el camino por donde l iba venan seis
peregrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna
cantando, los cuales, en llegando a l, se pusieron en ala, y, levantando
las voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no
pudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna,
por donde entendi que era limosna la que en su canto pedan; y como l,
segn dice Cide Hamete, era caritativo adems, sac de sus alforjas medio
pan y medio queso, de que vena provedo, y diselo, dicindoles por seas
que no tena otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana, y
dijeron:

-Guelte! Guelte!

-No entiendo -respondi Sancho- qu es lo que me peds, buena gente.

Entonces uno de ellos sac una bolsa del seno y mostrsela a Sancho, por
donde entendi que le pedan dineros; y l, ponindose el dedo pulgar en la
garganta y estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no tena
ostugo de moneda, y, picando al rucio, rompi por ellos; y, al pasar,
habindole estado mirando uno dellos con mucha atencin, arremeti a l,
echndole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo:

-Vlame Dios! Qu es lo que veo? Es posible que tengo en mis brazos al
mi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? S tengo, sin duda, porque
yo ni duermo, ni estoy ahora borracho.

Admirse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del
estranjero peregrino, y, despus de haberle estado mirando sin hablar
palabra, con mucha atencin, nunca pudo conocerle; pero, viendo su
suspensin el peregrino, le dijo:

-Cmo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino
Ricote el morisco, tendero de tu lugar?

Entonces Sancho le mir con ms atencin y comenz a rafigurarle, y ,
finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, le
ech los brazos al cuello, y le dijo:

-Quin diablos te haba de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que
traes? Dime: quin te ha hecho franchote, y cmo tienes atrevimiento de
volver a Espaa, donde si te cogen y conocen tendrs harta mala ventura?

-Si t no me descubres, Sancho -respondi el peregrino-, seguro estoy que
en este traje no habr nadie que me conozca; y apartmonos del camino a
aquella alameda que all parece, donde quieren comer y reposar mis
compaeros, y all comers con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendr
lugar de contarte lo que me ha sucedido despus que me part de nuestro
lugar, por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a los
desdichados de mi nacin amenazaba, segn oste.

Hzolo as Sancho, y, hablando Ricote a los dems peregrinos, se apartaron
a la alameda que se pareca, bien desviados del camino real. Arrojaron los
bordones, quitronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos
ellos eran mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre
entrado en aos. Todos traan alforjas, y todas, segn pareci, venan bien
provedas, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos
leguas.

Tendironse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre
ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamn,
que si no se dejaban mascar, no defendan el ser chupados. Pusieron
asimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho de
huevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas,
aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que
ms campe en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, que
cada uno sac la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se haba
transformado de morisco en alemn o en tudesco, sac la suya, que en
grandeza poda competir con las cinco.

Comenzaron a comer con grandsimo gusto y muy de espacio, saborendose con
cada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de
cada cosa, y luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y las
botas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el
cielo, no pareca sino que ponan en l la puntera; y desta manera,
meneando las cabezas a un lado y a otro, seales que acreditaban el gusto
que receban, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus estmagos
las entraas de las vasijas.

Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dola; antes, por cumplir con
el refrn, que l muy bien saba, de "cuando a Roma fueres, haz como
vieres", pidi a Ricote la bota, y tom su puntera como los dems, y no
con menos gusto que ellos.

Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no
fue posible, porque ya estaban ms enjutas y secas que un esparto, cosa que
puso mustia la alegra que hasta all haban mostrado. De cuando en cuando,
juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y deca:

-Espaol y tudesqui, tuto uno: bon compao.

Y Sancho responda: Bon compao, jura Di!

Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de
nada de lo que le haba sucedido en su gobierno; porque sobre el rato y
tiempo cuando se come y bebe, poca jurisdicin suelen tener los cuidados.
Finalmente, el acabrsele el vino fue principio de un sueo que dio a
todos, quedndose dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricote
y Sancho quedaron alerta, porque haban comido ms y bebido menos; y,
apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a los
peregrinos sepultados en dulce sueo; y Ricote, sin tropezar nada en su
lengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones:

-Bien sabes, oh Sancho Panza, vecino y amigo mo!, como el pregn y bando
que Su Majestad mand publicar contra los de mi nacin puso terror y
espanto en todos nosotros; a lo menos, en m le puso de suerte que me
parece que antes del tiempo que se nos conceda para que hicisemos
ausencia de Espaa, ya tena el rigor de la pena ejecutado en mi persona y
en la de mis hijos. Orden, pues, a mi parecer como prudente, bien as como
el que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y se
provee de otra donde mudarse; orden, digo, de salir yo solo, sin mi
familia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin la
priesa con que los dems salieron; porque bien vi, y vieron todos nuestros
ancianos, que aquellos pregones no eran slo amenazas, como algunos decan,
sino verdaderas leyes, que se haban de poner en ejecucin a su determinado
tiempo; y forzbame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatados
intentos que los nuestros tenan, y tales, que me parece que fue
inspiracin divina la que movi a Su Majestad a poner en efecto tan
gallarda resolucin, no porque todos fusemos culpados, que algunos haba
cristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podan oponer
a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo
los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razn fuimos castigados
con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al
nuestro, la ms terrible que se nos poda dar. Doquiera que estamos
lloramos por Espaa, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria
natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura
desea, y en Berbera, y en todas las partes de frica, donde esperbamos
ser recebidos, acogidos y regalados, all es donde ms nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el
deseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a Espaa, que los ms de
aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y
dejan all sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la
tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el
amor de la patria. Sal, como digo, de nuestro pueblo, entr en Francia, y,
aunque all nos hacan buen acogimiento, quise verlo todo. Pas a Italia y
llegu a Alemania, y all me pareci que se poda vivir con ms libertad,
porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como
quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.
Dej tomada casa en un pueblo junto a Augusta; juntme con estos
peregrinos, que tienen por costumbre de venir a Espaa muchos dellos, cada
ao, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por
certsima granjera y conocida ganancia. ndanla casi toda, y no hay pueblo
ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con un
real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con ms de cien
escudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o
entre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden,
los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de
los puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intencin, Sancho,
sacar el tesoro que dej enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podr
hacer sin peligro y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer,
que s que est en Argel, y dar traza como traerlas a algn puerto de
Francia, y desde all llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios
quisiere hacer de nosotros; que, en resolucin, Sancho, yo s cierto que la
Ricota mi hija y Francisca Ricota, mi mujer, son catlicas cristianas, y,
aunque yo no lo soy tanto, todava tengo ms de cristiano que de moro, y
ruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me d a conocer
cmo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por qu se
fue mi mujer y mi hija antes a Berbera que a Francia, adonde poda vivir
como cristiana.

A lo que respondi Sancho:

-Mira, Ricote, eso no debi estar en su mano, porque las llev Juan
Tiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo
ms bien parado, y ste decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar
lo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que haban quitado a tu
cuado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por
registrar.

-Bien puede ser eso -replic Ricote-, pero yo s, Sancho, que no tocaron a
mi encierro, porque yo no les descubr dnde estaba, temeroso de algn
desmn; y as, si t, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y
a encubrirlo, yo te dar docientos escudos, con que podrs remediar tus
necesidades, que ya sabes que s yo que las tienes muchas.

-Yo lo hiciera -respondi Sancho-, pero no soy nada codicioso; que, a
serlo, un oficio dej yo esta maana de las manos, donde pudiera hacer las
paredes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata;
y, as por esto como por parecerme hara traicin a mi rey en dar favor a
sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos, me
dieras aqu de contado cuatrocientos.

-Y qu oficio es el que has dejado, Sancho? -pregunt Ricote.

-He dejado de ser gobernador de una nsula -respondi Sancho-, y tal, que a
buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.

-Y dnde est esa nsula? -pregunt Ricote.

-Adnde? -respondi Sancho-. Dos leguas de aqu, y se llama la nsula
Barataria.

-Calla, Sancho -dijo Ricote-, que las nsulas estn all dentro de la mar;
que no hay nsulas en la tierra firme.

-Cmo no? -replic Sancho-. Dgote, Ricote amigo, que esta maana me part
della, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario;
pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los
gobernadores.

-Y qu has ganado en el gobierno? -pregunt Ricote.

-He ganado -respondi Sancho- el haber conocido que no soy bueno para
gobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en
los tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueo, y aun el
sustento; porque en las nsulas deben de comer poco los gobernadores,
especialmente si tienen mdicos que miren por su salud.

-Yo no te entiendo, Sancho -dijo Ricote-, pero parceme que todo lo que
dices es disparate; que, quin te haba de dar a ti nsulas que
gobernases? Faltaban hombres en el mundo ms hbiles para gobernadores que
t eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo,
como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dej escondido; que en
verdad que es tanto, que se puede llamar tesoro, y te dar con que vivas,
como te he dicho.

-Ya te he dicho, Ricote -replic Sancho-, que no quiero; contntate que por
m no sers descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y djame
seguir el mo; que yo s que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su
dueo.

-No quiero porfiar, Sancho -dijo Ricote-, pero dime: hallstete en nuestro
lugar, cuando se parti dl mi mujer, mi hija y mi cuado?

-S hall -respondi Sancho-, y ste decir que sali tu hija tan hermosa
que salieron a verla cuantos haba en el pueblo, y todos decan que era la
ms bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y
conocidas, y a cuantos llegaban a verla, y a todos peda la encomendasen a
Dios y a Nuestra Seora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a m
me hizo llorar, que no suelo ser muy llorn. Y a fee que muchos tuvieron
deseo de esconderla y salir a quitrsela en el camino; pero el miedo de ir
contra el mandado del rey los detuvo. Principalmente se mostr ms
apasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que t conoces,
que dicen que la quera mucho, y despus que ella se parti, nunca ms l
ha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos que iba tras ella para
robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.

-Siempre tuve yo mala sospecha -dijo Ricote- de que ese caballero adamaba a
mi hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el
saber que la quera bien; que ya habrs odo decir, Sancho, que las
moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos,
y mi hija, que, a lo que yo creo, atenda a ser ms cristiana que
enamorada, no se curara de las solicitudes de ese seor mayorazgo.

-Dios lo haga -replic Sancho-, que a entrambos les estara mal. Y djame
partir de aqu, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde est mi
seor don Quijote.

-Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compaeros se rebullen, y
tambin es hora que prosigamos nuestro camino.

Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subi en su rucio, y Ricote se
arrim a su bordn, y se apartaron.





Captulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay
ms que ver


El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel da
llegase al castillo del duque, puesto que lleg media legua dl, donde le
tom la noche, algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio
mucha pesadumbre; y as, se apart del camino con intencin de esperar la
maana; y quiso su corta y desventurada suerte que, buscando lugar donde
mejor acomodarse, cayeron l y el rucio en una honda y escursima sima que
entre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, se
encomend a Dios de todo corazn, pensando que no haba de parar hasta el
profundo de los abismos. Y no fue as, porque a poco ms de tres estados
dio fondo el rucio, y l se hall encima dl, sin haber recebido lisin ni
dao alguno.

Tentse todo el cuerpo, y recogi el aliento, por ver si estaba sano o
agujereado por alguna parte; y, vindose bueno, entero y catlico de salud,
no se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Seor de la merced que le haba
hecho, porque sin duda pens que estaba hecho mil pedazos. Tent asimismo
con las manos por las paredes de la sima, por ver si sera posible salir
della sin ayuda de nadie; pero todas las hall rasas y sin asidero alguno,
de lo que Sancho se congoj mucho, especialmente cuando oy que el rucio se
quejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio,
que, a la verdad, no estaba muy bien parado.

-Ay -dijo entonces Sancho Panza-, y cun no pensados sucesos suelen
suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! Quin dijera
que el que ayer se vio entronizado gobernador de una nsula, mandando a sus
sirvientes y a sus vasallos, hoy se haba de ver sepultado en una sima, sin
haber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su
socorro? Aqu habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos
morimos antes, l de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, no
ser yo tan venturoso como lo fue mi seor don Quijote de la Mancha cuando
decendi y baj a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde hall quien
le regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesa
puesta y a cama hecha. All vio l visiones hermosas y apacibles, y yo ver
aqu, a lo que creo, sapos y culebras. Desdichado de m, y en qu han
parado mis locuras y fantasas! De aqu sacarn mis huesos, cuando el cielo
sea servido que me descubran, mondos, blancos y rados, y los de mi buen
rucio con ellos, por donde quiz se echar de ver quin somos, a lo menos
de los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apart de su asno, ni
su asno de Sancho Panza. Otra vez digo: miserables de nosotros, que no ha
querido nuestra corta suerte que murisemos en nuestra patria y entre los
nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara
quien dello se doliera, y en la hora ltima de nuestro pasamiento nos
cerrara los ojos! Oh compaero y amigo mo, qu mal pago te he dado de tus
buenos servicios! Perdname y pide a la fortuna, en el mejor modo que
supieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los
dos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no
parezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.

Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sin
responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobre
se hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables
quejas y lamentaciones, vino el da, con cuya claridad y resplandor vio
Sancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser
ayudado, y comenz a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oa; pero
todas sus voces eran dadas en desierto, pues por todos aquellos contornos
no haba persona que pudiese escucharle, y entonces se acab de dar por
muerto.

Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomod de modo que le puso
en pie, que apenas se poda tener; y, sacando de las alforjas, que tambin
haban corrido la mesma fortuna de la cada, un pedazo de pan, lo dio a su
jumento, que no le supo mal, y djole Sancho, como si lo entendiera:

-Todos los duelos con pan son buenos.

En esto, descubri a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por l
una persona, si se agobiaba y encoga. Acudi a l Sancho Panza, y,
agazapndose, se entr por l y vio que por de dentro era espacioso y
largo, y pdolo ver, porque por lo que se poda llamar techo entraba un
rayo de sol que lo descubra todo. Vio tambin que se dilataba y alargaba
por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volvi a salir adonde estaba
el jumento, y con una piedra comenz a desmoronar la tierra del agujero, de
modo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar el
asno, como lo hizo; y, cogindole del cabestro, comenz a caminar por
aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. A
veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.

-Vlame Dios todopoderoso! -deca entre s-. Esta que para m es
desventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. l s que
tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por
palacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza a
algn florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabado
de nimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de
abrir otra sima ms profunda que la otra, que acabe de tragarme. Bien
vengas mal, si vienes solo!

Desta manera y con estos pensamientos le pareci que habra caminado poco
ms de media legua, al cabo de la cual descubri una confusa claridad, que
pareci ser ya de da, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de
tener fin abierto aquel, para l, camino de la otra vida.

Aqu le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote,
que, alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que haba de
hacer con el robador de la honra de la hija de doa Rodrguez, a quien
pensaba enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le tenan fecho.

Sucedi, pues, que, salindose una maana a imponerse y ensayarse en lo que
haba de hacer en el trance en que otro da pensaba verse, dando un repeln
o arremetida a Rocinante, lleg a poner los pies tan junto a una cueva,
que, a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella.
En fin, le detuvo y no cay, y, llegndose algo ms cerca, sin apearse,
mir aquella hondura; y, estndola mirando, oy grandes voces dentro; y,
escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba deca:

-Ah de arriba! Hay algn cristiano que me escuche, o algn caballero
caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado
desgobernado gobernador?

Parecile a don Quijote que oa la voz de Sancho Panza, de que qued
suspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:

-Quin est all bajo? Quin se queja?

-Quin puede estar aqu, o quin se ha de quejar -respondieron-, sino el
asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala
andanza, de la nsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don
Quijote de la Mancha?

Oyendo lo cual don Quijote, se le dobl la admiracin y se le acrecent el
pasmo, vinindosele al pensamiento que Sancho Panza deba de ser muerto, y
que estaba all penando su alma, y llevado desta imaginacin dijo:

-Conjrote por todo aquello que puedo conjurarte como catlico cristiano,
que me digas quin eres; y si eres alma en pena, dime qu quieres que haga
por ti; que, pues es mi profesin favorecer y acorrer a los necesitados
deste mundo, tambin lo ser para acorrer y ayudar a los menesterosos del
otro mundo, que no pueden ayudarse por s propios.

-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser mi
seor don Quijote de la Mancha, y aun en el rgano de la voz no es otro,
sin duda.

-Don Quijote soy -replic don Quijote-, el que profeso socorrer y ayudar en
sus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quin eres, que
me tienes atnito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has
muerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de
Dios, ests en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la
Iglesia Catlica Romana bastantes a sacarte de las penas en que ests, y
yo, que lo solicitar con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda
alcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quin eres.

-Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa merced
quisiere, juro, seor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero
Sancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los das de mi vida; sino
que, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester ms
espacio para decirlas, anoche ca en esta sima donde yago, el rucio
conmigo, que no me dejar mentir, pues, por ms seas, est aqu conmigo.

Y hay ms: que no parece sino que el jumento entendi lo que Sancho dijo,
porque al momento comenz a rebuznar, tan recio, que toda la cueva
retumbaba.

-Famoso testigo! -dijo don Quijote-. El rebuzno conozco como si le
pariera, y tu voz oigo, Sancho mo. Esprame; ir al castillo del duque,
que est aqu cerca, y traer quien te saque desta sima, donde tus pecados
te deben de haber puesto.

-Vaya vuesa merced -dijo Sancho-, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya
no lo puedo llevar el estar aqu sepultado en vida, y me estoy muriendo de
miedo.

Dejle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de
Sancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que
deba de haber cado por la correspondencia de aquella gruta que de tiempos
inmemoriales estaba all hecha; pero no podan pensar cmo haba dejado el
gobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen,
llevaron sogas y maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo,
sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol.
Viole un estudiante, y dijo:

-Desta manera haban de salir de sus gobiernos todos los malos
gobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de
hambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.

Oylo Sancho, y dijo:

-Ocho das o diez ha, hermano murmurador, que entr a gobernar la nsula
que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en
ellos me han perseguido mdicos, y enemigos me han brumado los gesos; ni
he tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto
as, como lo es, no mereca yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el
hombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le est bien a
cada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua no
beber", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me
entiende, y basta, y no digo ms, aunque pudiera.

-No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que ser
nunca acabar: ven t con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es
querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner
puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dl que
ha sido un ladrn, y si sale pobre, que ha sido un para poco y un
mentecato.

-A buen seguro -respondi Sancho- que por esta vez antes me han de tener
por tonto que por ladrn.

En estas plticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al
castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa
esperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque
sin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque
deca que haba pasado muy mala noche en la posada; y luego subi a ver a
sus seores, ante los cuales, puesto de rodillas, dijo:

-Yo, seores, porque lo quiso as vuestra grandeza, sin ningn merecimiento
mo, fui a gobernar vuestra nsula Barataria, en la cual entr desnudo, y
desnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos
he tenido delante, que dirn lo que quisieren. He declarado dudas,
sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido as el
doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, mdico insulano y
gobernadoresco. Acometironnos enemigos de noche, y, habindonos puesto en
grande aprieto, dicen los de la nsula que salieron libres y con vitoria
por el valor de mi brazo, que tal salud les d Dios como ellos dicen
verdad. En resolucin, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae
consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no
las podrn llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de
mi aljaba; y as, antes que diese conmigo al travs el gobierno, he querido
yo dar con el gobierno al travs, y ayer de maana dej la nsula como la
hall: con las mismas calles, casas y tejados que tena cuando entr en
ella. No he pedido prestado a nadie, ni metdome en granjeras; y, aunque
pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que
no se haban de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Sal,
como digo, de la nsula sin otro acompaamiento que el de mi rucio; ca en
una sima, vneme por ella adelante, hasta que, esta maana, con la luz del
sol, vi la salida, pero no tan fcil que, a no depararme el cielo a mi
seor don Quijote, all me quedara hasta la fin del mundo. As que, mis
seores duque y duquesa, aqu est vuestro gobernador Sancho Panza, que ha
granjeado en solos diez das que ha tenido el gobierno a conocer que no se
le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una nsula, sino de todo el
mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies,
imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta t, y dmela t", doy
un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi seor don Quijote; que,
en fin, en l, aunque como el pan con sobresalto, hrtome, a lo menos, y
para m, como yo est harto, eso me hace que sea de zanahorias que de
perdices.

Con esto dio fin a su larga pltica Sancho, temiendo siempre don Quijote
que haba de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabar
con tan pocos, dio en su corazn gracias al cielo, y el duque abraz a
Sancho, y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto
el gobierno; pero que l hara de suerte que se le diese en su estado otro
oficio de menos carga y de ms provecho. Abrazle la duquesa asimismo, y
mand que le regalasen, porque daba seales de venir mal molido y peor
parado.





Captulo LVI. De la descomunal y nunca vista batalla que pas entre don
Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la
duea doa Rodrguez


No quedaron arrepentidos los duques de la burla hecha a Sancho Panza del
gobierno que le dieron; y ms, que aquel mismo da vino su mayordomo, y les
cont punto por punto, todas casi, las palabras y acciones que Sancho haba
dicho y hecho en aquellos das, y finalmente les encareci el asalto de la
nsula, y el miedo de Sancho, y su salida, de que no pequeo gusto
recibieron.

Despus desto, cuenta la historia que se lleg el da de la batalla
aplazada, y, habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayo
Tosilos cmo se haba de avenir con don Quijote para vencerle sin matarle
ni herirle, orden que se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a don
Quijote que no permita la cristiandad, de que l se preciaba, que aquella
batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las vidas, y que se contentase
con que le daba campo franco en su tierra, puesto que iba contra el decreto
del Santo Concilio, que prohbe los tales desafos, y no quisiese llevar
por todo rigor aquel trance tan fuerte.

Don Quijote dijo que Su Excelencia dispusiese las cosas de aquel negocio
como ms fuese servido; que l le obedecera en todo. Llegado, pues, el
temeroso da, y habiendo mandado el duque que delante de la plaza del
castillo se hiciese un espacioso cadahalso, donde estuviesen los jueces del
campo y las dueas, madre y hija, demandantes, haba acudido de todos los
lugares y aldeas circunvecinas infinita gente, a ver la novedad de aquella
batalla; que nunca otra tal no haban visto, ni odo decir en aquella
tierra los que vivan ni los que haban muerto.

El primero que entr en el campo y estacada fue el maestro de las
ceremonias, que tante el campo, y le pase todo, porque en l no hubiese
algn engao, ni cosa encubierta donde se tropezase y cayese; luego
entraron las dueas y se sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantos
hasta los ojos y aun hasta los pechos, con muestras de no pequeo
sentimiento. Presente don Quijote en la estacada, de all a poco,
acompaado de muchas trompetas, asom por una parte de la plaza, sobre un
poderoso caballo, hundindola toda, el grande lacayo Tosilos, calada la
visera y todo encambronado, con unas fuertes y lucientes armas. El caballo
mostraba ser frisn, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie le
penda una arroba de lana.

Vena el valeroso combatiente bien informado del duque su seor de cmo se
haba de portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que en
ninguna manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro por
escusar el peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le
encontrase. Pase la plaza, y, llegando donde las dueas estaban, se puso
algn tanto a mirar a la que por esposo le peda. Llam el maese de campo a
don Quijote, que ya se haba presentado en la plaza, y junto con Tosilos
habl a las dueas, preguntndoles si consentan que volviese por su
derecho don Quijote de la Mancha. Ellas dijeron que s, y que todo lo que
en aquel caso hiciese lo daban por bien hecho, por firme y por valedero.

Ya en este tiempo estaban el duque y la duquesa puestos en una galera que
caa sobre la estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente, que
esperaba ver el riguroso trance nunca visto. Fue condicin de los
combatientes que si don Quijote venca, su contrario se haba de casar con
la hija de doa Rodrguez; y si l fuese vencido, quedaba libre su
contendor de la palabra que se le peda, sin dar otra satisfacin alguna.

Partiles el maestro de las ceremonias el sol, y puso a los dos cada uno en
el puesto donde haban de estar. Sonaron los atambores, llen el aire el
son de las trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra; estaban
suspensos los corazones de la mirante turba, temiendo unos y esperando
otros el bueno o el mal suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote,
encomendndose de todo su corazn a Dios Nuestro Seor y a la seora
Dulcinea del Toboso, estaba aguardando que se le diese seal precisa de la
arremetida; empero, nuestro lacayo tena diferentes pensamientos: no
pensaba l sino en lo que agora dir:

Parece ser que, cuando estuvo mirando a su enemiga, le pareci la ms
hermosa mujer que haba visto en toda su vida, y el nio ceguezuelo, a
quien suelen llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder la
ocasin que se le ofreci de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la
lista de sus trofeos; y as, llegndose a l bonitamente, sin que nadie le
viese, le envas al pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado
izquierdo, y le pas el corazn de parte a parte; y pdolo hacer bien al
seguro, porque el Amor es invisible, y entra y sale por do quiere, sin que
nadie le pida cuenta de sus hechos.

Digo, pues, que, cuando dieron la seal de la arremetida, estaba nuestro
lacayo transportado, pensando en la hermosura de la que ya haba hecho
seora de su libertad, y as, no atendi al son de la trompeta, como hizo
don Quijote, que, apenas la hubo odo, cuando arremeti, y, a todo el
correr que permita Rocinante, parti contra su enemigo; y, vindole partir
su buen escudero Sancho, dijo a grandes voces:

-Dios te gue, nata y flor de los andantes caballeros! Dios te d la
vitoria, pues llevas la razn de tu parte!

Y, aunque Tosilos vio venir contra s a don Quijote, no se movi un paso de
su puesto; antes, con grandes voces, llam al maese de campo, el cual
venido a ver lo que quera, le dijo:

-Seor, esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con
aquella seora?

-As es -le fue respondido.

-Pues yo -dijo el lacayo- soy temeroso de mi conciencia, y pondrala en
gran cargo si pasase adelante en esta batalla; y as, digo que yo me doy
por vencido y que quiero casarme luego con aquella seora.

Qued admirado el maese de campo de las razones de Tosilos; y, como era uno
de los sabidores de la mquina de aquel caso, no le supo responder palabra.
Detvose don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no
le acometa. El duque no saba la ocasin porque no se pasaba adelante en
la batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos deca,
de lo que qued suspenso y colrico en estremo.

En tanto que esto pasaba, Tosilos se lleg adonde doa Rodrguez estaba, y
dijo a grandes voces:

-Yo, seora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por
pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la
muerte.

Oy esto el valeroso don Quijote, y dijo:

-Pues esto as es, yo quedo libre y suelto de mi promesa: csense en hora
buena, y, pues Dios Nuestro Seor se la dio, San Pedro se la bendiga.

El duque haba bajado a la plaza del castillo, y, llegndose a Tosilos, le
dijo:

-Es verdad, caballero, que os dais por vencido, y que, instigado de
vuestra temerosa conciencia, os queris casar con esta doncella?

-S, seor -respondi Tosilos.

-l hace muy bien -dijo a esta sazn Sancho Panza-, porque lo que has de
dar al mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.

base Tosilos desenlazando la celada, y rogaba que apriesa le ayudasen,
porque le iban faltando los espritus del aliento, y no poda verse
encerrado tanto tiempo en la estrecheza de aquel aposento. Quitronsela
apriesa, y qued descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cual
doa Rodrguez y su hija, dando grandes voces, dijeron:

-ste es engao, engao es ste! A Tosilos, el lacayo del duque mi seor,
nos han puesto en lugar de mi verdadero esposo! Justicia de Dios y del
Rey, de tanta malicia, por no decir bellaquera!

-No vos acuitis, seoras -dijo don Quijote-, que ni sta es malicia ni es
bellaquera; y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malos
encantadores que me persiguen, los cuales, invidiosos de que yo alcanzase
la gloria deste vencimiento, han convertido el rostro de vuestro esposo en
el de este que decs que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesar
de la malicia de mis enemigos, casaos con l, que sin duda es el mismo que
vos deseis alcanzar por esposo.

El duque, que esto oy, estuvo por romper en risa toda su clera, y dijo:

-Son tan extraordinarias las cosas que suceden al seor don Quijote que
estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid y
maa: dilatemos el casamiento quince das, si quieren, y tengamos encerrado
a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podra ser que
volviese a su prstina figura; que no ha de durar tanto el rancor que los
encantadores tienen al seor don Quijote, y ms, yndoles tan poco en usar
estos embelecos y transformaciones.

-Oh seor! -dijo Sancho-, que ya tienen estos malandrines por uso y
costumbre de mudar las cosas, de unas en otras, que tocan a mi amo. Un
caballero que venci los das pasados, llamado el de los Espejos, le
volvieron en la figura del bachiller Sansn Carrasco, natural de nuestro
pueblo y grande amigo nuestro, y a mi seora Dulcinea del Toboso la han
vuelto en una rstica labradora; y as, imagino que este lacayo ha de morir
y vivir lacayo todos los das de su vida.

A lo que dijo la hija de Rodrguez:

-Sase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco; que
ms quiero ser mujer legtima de un lacayo que no amiga y burlada de un
caballero, puesto que el que a m me burl no lo es.

En resolucin, todos estos cuentos y sucesos pararon en que Tosilos se
recogiese, hasta ver en qu paraba su transformacin; aclamaron todos la
vitoria por don Quijote, y los ms quedaron tristes y melanclicos de ver
que no se haban hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien as
como los mochachos quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan,
porque le ha perdonado, o la parte, o la justicia. Fuese la gente,
volvironse el duque y don Quijote al castillo, encerraron a Tosilos,
quedaron doa Rodrguez y su hija contentsimas de ver que, por una va o
por otra, aquel caso haba de parar en casamiento, y Tosilos no esperaba
menos.





Captulo LVII. Que trata de cmo don Quijote se despidi del duque, y de lo
que le sucedi con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la
duquesa


Ya le pareci a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la
que en aquel castillo tena; que se imaginaba ser grande la falta que su
persona haca en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos
regalos y deleites que como a caballero andante aquellos seores le hacan,
y parecale que haba de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad
y encerramiento; y as, pidi un da licencia a los duques para partirse.
Dironsela, con muestras de que en gran manera les pesaba de que los
dejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer a Sancho Panza, el cual llor
con ellas, y dijo:

-Quin pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mi
mujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno haban de parar en
volverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de la
Mancha? Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondi a ser
quien es, enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habrselas enviado,
quedando yo pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela es
que esta ddiva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tena yo el
gobierno cuando ella las envi, y est puesto en razn que los que reciben
algn beneficio, aunque sea con nieras, se muestren agradecidos. En
efecto, yo entr desnudo en el gobierno y salgo desnudo dl; y as, podr
decir con segura conciencia, que no es poco: "Desnudo nac, desnudo me
hallo: ni pierdo ni gano".

Esto pasaba entre s Sancho el da de la partida; y, saliendo don Quijote,
habindose despedido la noche antes de los duques, una maana se present
armado en la plaza del castillo. Mirbanle de los corredores toda la gente
del castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobre
su rucio, con sus alforjas, maleta y repuesto, contentsimo, porque el
mayordomo del duque, el que fue la Trifaldi, le haba dado un bolsico con
docientos escudos de oro, para suplir los menesteres del camino, y esto an
no lo saba don Quijote.

Estando, como queda dicho, mirndole todos, a deshora, entre las otras
dueas y doncellas de la duquesa, que le miraban, alz la voz la
desenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero dijo:

   -Escucha, mal caballero;
   detn un poco las riendas;
   no fatigues las ijadas
   de tu mal regida bestia.
   Mira, falso, que no huyas
   de alguna serpiente fiera,
   sino de una corderilla
   que est muy lejos de oveja.
   T has burlado, monstruo horrendo,
   la ms hermosa doncella
   que Dana vio en sus montes,
   que Venus mir en sus selvas.
   Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
   Barrabs te acompae; all te avengas.
   T llevas, llevar impo!,
   en las garras de tus cerras
   las entraas de una humilde,
   como enamorada, tierna.
   Llvaste tres tocadores,
   y unas ligas, de unas piernas
   que al mrmol puro se igualan
   en lisas, blancas y negras.
   Llvaste dos mil suspiros,
   que, a ser de fuego, pudieran
   abrasar a dos mil Troyas,
   si dos mil Troyas hubiera.
   Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
   Barrabs te acompae; all te avengas.
   De ese Sancho, tu escudero,
   las entraas sean tan tercas
   y tan duras, que no salga
   de su encanto Dulcinea.
   De la culpa que t tienes
   lleve la triste la pena;
   que justos por pecadores
   tal vez pagan en mi tierra.
   Tus ms finas aventuras
   en desventuras se vuelvan,
   en sueos tus pasatiempos,
   en olvidos tus firmezas.
   Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
   Barrabs te acompae; all te avengas.
   Seas tenido por falso
   desde Sevilla a Marchena,
   desde Granada hasta Loja,
   de Londres a Inglaterra.
   Si jugares al reinado,
   los cientos, o la primera,
   los reyes huyan de ti;
   ases ni sietes no veas.
   Si te cortares los callos,
   sangre las heridas viertan,
   y qudente los raigones
   si te sacares las muelas.
   Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
   Barrabs te acompae; all te avengas.

En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimada
Altisidora, la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra,
volviendo el rostro a Sancho, le dijo:

-Por el siglo de tus pasados, Sancho mo, te conjuro que me digas una
verdad. Dime, llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que esta
enamorada doncella dice?

A lo que Sancho respondi:

-Los tres tocadores s llevo; pero las ligas, como por los cerros de beda.

Qued la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque la
tena por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a
semejantes desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creci
ms su admiracin. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:

-No me parece bien, seor caballero, que, habiendo recebido en este mi
castillo el buen acogimiento que en l se os ha hecho, os hayis atrevido a
llevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo ms las ligas de mi
doncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden a
vuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desafo a mortal batalla,
sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro,
como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entr con vos en batalla.

-No quiera Dios -respondi don Quijote- que yo desenvaine mi espada contra
vuestra ilustrsima persona, de quien tantas mercedes he recebido; los
tocadores volver, porque dice Sancho que los tiene; las ligas es
imposible, porque ni yo las he recebido ni l tampoco; y si esta vuestra
doncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo,
seor duque, jams he sido ladrn, ni lo pienso ser en toda mi vida, como
Dios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella dice, como
enamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y as, no tengo de qu pedirle
perdn ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico me tenga en mejor
opinin, y me d de nuevo licencia para seguir mi camino.

-Dosle Dios tan bueno -dijo la duquesa-, seor don Quijote, que siempre
oigamos buenas nuevas de vuestras fechuras. Y andad con Dios; que,
mientras ms os detenis, ms aumentis el fuego en los pechos de las
doncellas que os miran; y a la ma yo la castigar de modo, que de aqu
adelante no se desmande con la vista ni con las palabras.

-Una no ms quiero que me escuches, oh valeroso don Quijote! -dijo
entonces Altisidora-; y es que te pido perdn del latrocinio de las ligas,
porque, en Dios y en mi nima que las tengo puestas, y he cado en el
descuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.

-No lo dije yo? -dijo Sancho-. Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues,
a quererlos hacer, de paleta me haba venido la ocasin en mi gobierno.

Abaj la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos los
circunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, siguindole Sancho
sobre el rucio, se sali del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.





Captulo LVIII. Que trata de cmo menudearon sobre don Quijote aventuras
tantas, que no se daban vagar unas a otras


Cuando don Quijote se vio en la campaa rasa, libre y desembarazado de los
requiebros de Altisidora, le pareci que estaba en su centro, y que los
espritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus
caballeras, y, volvindose a Sancho, le dijo:

-La libertad, Sancho, es uno de los ms preciosos dones que a los hombres
dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la
tierra ni el mar encubre; por la libertad, as como por la honra, se puede
y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor
mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto
el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido;
pues en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de
nieve, me pareca a m que estaba metido entre las estrechezas de la
hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran mos;
que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes
recebidas son ataduras que no dejan campear al nimo libre. Venturoso
aqul a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligacin de
agradecerlo a otro que al mismo cielo!

-Con todo eso -dijo Sancho- que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se
quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en
una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como pctima y confortativo
la llevo puesta sobre el corazn, para lo que se ofreciere; que no siempre
hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con
algunas ventas donde nos apaleen.

En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero,
cuando vieron, habiendo andado poco ms de una legua, que encima de la
yerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una
docena de hombres, vestidos de labradores. Junto a s tenan unas como
sbanas blancas, con que cubran alguna cosa que debajo estaba; estaban
empinadas y tendidas, y de trecho a trecho puestas. Lleg don Quijote a los
que coman, y, saludndolos primero cortsmente, les pregunt que qu era
lo que aquellos lienzos cubran. Uno dellos le respondi:

-Seor, debajo destos lienzos estn unas imgines de relieve y entabladura
que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevmoslas
cubiertas, porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.

-Si sois servidos -respondi don Quijote-, holgara de verlas, pues
imgines que con tanto recato se llevan, sin duda deben de ser buenas.

-Y cmo si lo son! -dijo otro-. Si no, dgalo lo que cuesta: que en verdad
que no hay ninguna que no est en ms de cincuenta ducados; y, porque vea
vuestra merced esta verdad, espere vuestra merced, y verla ha por vista de
ojos.

Y, levantndose, dej de comer y fue a quitar la cubierta de la primera
imagen, que mostr ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente
enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que
suele pintarse. Toda la imagen pareca una ascua de oro, como suele
decirse. Vindola don Quijote, dijo:

-Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina:
llamse don San Jorge, y fue adems defendedor de doncellas. Veamos esta
otra.

Descubrila el hombre, y pareci ser la de San Martn puesto a caballo, que
parta la capa con el pobre; y, apenas la hubo visto don Quijote, cuando
dijo:

-Este caballero tambin fue de los aventureros cristianos, y creo que fue
ms liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que est
partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda deba de ser
entonces invierno, que, si no, l se la diera toda, segn era de
caritativo.

-No debi de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debi de atener al refrn
que dicen: que para dar y tener, seso es menester.

Rise don Quijote y pidi que quitasen otro lienzo, debajo del cual se
descubri la imagen del Patrn de las Espaas a caballo, la espada
ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y, en vindola, dijo
don Quijote:

-ste s que es caballero, y de las escuadras de Cristo; ste se llama don
San Diego Matamoros, uno de los ms valientes santos y caballeros que tuvo
el mundo y tiene agora el cielo.

Luego descubrieron otro lienzo, y pareci que encubra la cada de San
Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de
su conversin suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que
Cristo le hablaba y Pablo responda.

-ste -dijo don Quijote- fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios
Nuestro Seor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendr jams:
caballero andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte,
trabajador incansable en la via del Seor, doctor de las gentes, a quien
sirvieron de escuelas los cielos y de catedrtico y maestro que le ensease
el mismo Jesucristo.

No haba ms imgines, y as, mand don Quijote que las volviesen a cubrir,
y dijo a los que las llevaban:

-Por buen agero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque
estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio
de las armas; sino que la diferencia que hay entre m y ellos es que ellos
fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano.
Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece
fuerza, y yo hasta agora no s lo que conquisto a fuerza de mis trabajos;
pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorndose mi
ventura y adobndoseme el juicio, podra ser que encaminase mis pasos por
mejor camino del que llevo.

-Dios lo oiga y el pecado sea sordo -dijo Sancho a esta ocasin.

Admirronse los hombres, as de la figura como de las razones de don
Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir quera. Acabaron de
comer, cargaron con sus imgines, y, despidindose de don Quijote,
siguieron su viaje.

Qued Sancho de nuevo como si jams hubiera conocido a su seor, admirado
de lo que saba, parecindole que no deba de haber historia en el mundo ni
suceso que no lo tuviese cifrado en la ua y clavado en la memoria, y
djole:

-En verdad, seor nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puede
llamar aventura, ella ha sido de las ms suaves y dulces que en todo el
discurso de nuestra peregrinacin nos ha sucedido: della habemos salido sin
palos y sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos
batido la tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. Bendito sea
Dios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos.

-T dices bien, Sancho -dijo don Quijote-, pero has de advertir que no
todos los tiempos son unos, ni corren de una misma suerte, y esto que el
vulgo suele llamar comnmente ageros, que no se fundan sobre natural razn
alguna, del que es discreto han de ser tenidos y juzgar por buenos
acontecimientos. Levntase uno destos agoreros por la maana, sale de su
casa, encuntrase con un fraile de la orden del bienaventurado San
Francisco, y, como si hubiera encontrado con un grifo, vuelve las espaldas
y vulvese a su casa. Derrmasele al otro Mendoza la sal encima de la mesa,
y derrmasele a l la melancola por el corazn, como si estuviese obligada
la naturaleza a dar seales de las venideras desgracias con cosas tan de
poco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de andar en
puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipin a frica, tropieza
en saltando en tierra, tinenlo por mal agero sus soldados; pero l,
abrazndose con el suelo, dijo: ''No te me podrs huir, frica, porque te
tengo asida y entre mis brazos''. As que, Sancho, el haber encontrado con
estas imgines ha sido para m felicsimo acontecimiento.

-Yo as lo creo -respondi Sancho-, y querra que vuestra merced me dijese
qu es la causa por que dicen los espaoles cuando quieren dar alguna
batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: "Santiago, y cierra,
Espaa!" Est por ventura Espaa abierta, y de modo que es menester
cerrarla, o qu ceremonia es sta?

-Simplicsimo eres, Sancho -respondi don Quijote-; y mira que este gran
caballero de la cruz bermeja hselo dado Dios a Espaa por patrn y amparo
suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los
espaoles han tenido; y as, le invocan y llaman como a defensor suyo en
todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente
en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos
escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las
verdaderas historias espaolas se cuentan.

Mud Sancho pltica, y dijo a su amo:

-Maravillado estoy, seor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de
la duquesa: bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que
llaman Amor, que dicen que es un rapaz ceguezuelo que, con estar lagaoso,
o, por mejor decir, sin vista, si toma por blanco un corazn, por pequeo
que sea, le acierta y traspasa de parte a parte con sus flechas. He odo
decir tambin que en la vergenza y recato de las doncellas se despuntan y
embotan las amorosas saetas, pero en esta Altisidora ms parece que se
aguzan que despuntan.

-Advierte, Sancho -dijo don Quijote-, que el amor ni mira respetos ni
guarda trminos de razn en sus discursos, y tiene la misma condicin que
la muerte: que as acomete los altos alczares de los reyes como las
humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesin de una alma,
lo primero que hace es quitarle el temor y la vergenza; y as, sin ella
declar Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusin
que lstima.

-Crueldad notoria! -dijo Sancho-. Desagradecimiento inaudito! Yo de m s
decir que me rindiera y avasallara la ms mnima razn amorosa suya.
Hideputa, y qu corazn de mrmol, qu entraas de bronce y qu alma de
argamasa! Pero no puedo pensar qu es lo que vio esta doncella en vuestra
merced que as la rindiese y avasallase: qu gala, qu bro, qu donaire,
qu rostro, que cada cosa por s dstas, o todas juntas, le enamoraron; que
en verdad en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde
la punta del pie hasta el ltimo cabello de la cabeza, y que veo ms cosas
para espantar que para enamorar; y, habiendo yo tambin odo decir que la
hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestra
merced ninguna, no s yo de qu se enamor la pobre.

-Advierte, Sancho -respondi don Quijote-, que hay dos maneras de
hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra
en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la
liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden
estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en
la del cuerpo, suele nacer el amor con mpetu y con ventajas. Yo, Sancho,
bien veo que no soy hermoso, pero tambin conozco que no soy disforme; y
bstale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como
tenga los dotes del alma que te he dicho.

En estas razones y plticas se iban entrando por una selva que fuera del
camino estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se hall don Quijote
enredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos rboles a otros
estaban tendidas; y, sin poder imaginar qu pudiese ser aquello, dijo a
Sancho:

-Parceme, Sancho, que esto destas redes debe de ser una de las ms nuevas
aventuras que pueda imaginar. Que me maten si los encantadores que me
persiguen no quieren enredarme en ellas y detener mi camino, como en
venganza de la riguridad que con Altisidora he tenido. Pues mndoles yo
que, aunque estas redes, si como son hechas de hilo verde fueran de
dursimos diamantes, o ms fuertes que aqulla con que el celoso dios de
los herreros enred a Venus y a Marte, as la rompiera como si fuera de
juncos marinos o de hilachas de algodn.

Y, queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecieron
delante, saliendo de entre unos rboles, dos hermossimas pastoras; a lo
menos, vestidas como pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de fino
brocado, digo, que las sayas eran riqusimos faldellines de tab de oro.
Traan los cabellos sueltos por las espaldas, que en rubios podan competir
con los rayos del mismo sol; los cuales se coronaban con dos guirnaldas de
verde laurel y de rojo amaranto tejidas. La edad, al parecer, ni bajaba de
los quince ni pasaba de los diez y ocho.

Vista fue sta que admir a Sancho, suspendi a don Quijote, hizo parar al
sol en su carrera para verlas, y tuvo en maravilloso silencio a todos
cuatro. En fin, quien primero habl fue una de las dos zagalas, que dijo a
don Quijote:

-Detened, seor caballero, el paso, y no rompis las redes, que no para
dao vuestro, sino para nuestro pasatiempo, ah estn tendidas; y, porque
s que nos habis de preguntar para qu se han puesto y quin somos, os lo
quiero decir en breves palabras. En una aldea que est hasta dos leguas de
aqu, donde hay mucha gente principal y muchos hidalgos y ricos, entre
muchos amigos y parientes se concert que con sus hijos, mujeres y hijas,
vecinos, amigos y parientes, nos vinisemos a holgar a este sitio, que es
uno de los ms agradables de todos estos contornos, formando entre todos
una nueva y pastoril Arcadia, vistindonos las doncellas de zagalas y los
mancebos de pastores. Traemos estudiadas dos glogas, una del famoso poeta
Garcilaso, y otra del excelentsimo Camoes, en su misma lengua
portuguesa, las cuales hasta agora no hemos representado. Ayer fue el
primero da que aqu llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunas
tiendas, que dicen se llaman de campaa, en el margen de un abundoso arroyo
que todos estos prados fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes de
estos rboles para engaar los simples pajarillos, que, ojeados con nuestro
ruido, vinieren a dar en ellas. Si gustis, seor, de ser nuestro husped,
seris agasajado liberal y cortsmente; porque por agora en este sitio no
ha de entrar la pesadumbre ni la melancola.

Call y no dijo ms. A lo que respondi don Quijote:

-Por cierto, hermossima seora, que no debi de quedar ms suspenso ni
admirado Anten cuando vio al improviso baarse en las aguas a Diana, como
yo he quedado atnito en ver vuestra belleza. Alabo el asumpto de vuestros
entretenimientos, y el de vuestros ofrecimientos agradezco; y, si os puedo
servir, con seguridad de ser obedecidas me lo podis mandar; porque no es
sta la profesin ma, sino de mostrarme agradecido y bienhechor con todo
gnero de gente, en especial con la principal que vuestras personas
representa; y, si como estas redes, que deben de ocupar algn pequeo
espacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo nuevos mundos
por do pasar sin romperlas; y porque deis algn crdito a esta mi
exageracin, ved que os lo promete, por lo menos, don Quijote de la Mancha,
si es que ha llegado a vuestros odos este nombre.

-Ay, amiga de mi alma -dijo entonces la otra zagala-, y qu ventura tan
grande nos ha sucedido! Ves este seor que tenemos delante? Pues hgote
saber que es el ms valiente, y el ms enamorado, y el ms comedido que
tiene el mundo, si no es que nos miente y nos engaa una historia que de
sus hazaas anda impresa y yo he ledo. Yo apostar que este buen hombre
que viene consigo es un tal Sancho Panza, su escudero, a cuyas gracias no
hay ningunas que se le igualen.

-As es la verdad -dijo Sancho-: que yo soy ese gracioso y ese escudero que
vuestra merced dice, y este seor es mi amo, el mismo don Quijote de la
Mancha historiado y referido.

-Ay! -dijo la otra-. Supliqumosle, amiga, que se quede; que nuestros
padres y nuestros hermanos gustarn infinito dello, que tambin he odo yo
decir de su valor y de sus gracias lo mismo que t me has dicho, y, sobre
todo, dicen dl que es el ms firme y ms leal enamorado que se sabe, y que
su dama es una tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda Espaa la dan la
palma de la hermosura.

-Con razn se la dan -dijo don Quijote-, si ya no lo pone en duda vuestra
sin igual belleza. No os cansis, seoras, en detenerme, porque las
precisas obligaciones de mi profesin no me dejan reposar en ningn cabo.

Lleg, en esto, adonde los cuatro estaban un hermano de una de las dos
pastoras, vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas que a las de
las zagalas corresponda; contronle ellas que el que con ellas estaba era
el valeroso don Quijote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho, de
quien tena l ya noticia, por haber ledo su historia. Ofrecisele el
gallardo pastor, pidile que se viniese con l a sus tiendas; hbolo de
conceder don Quijote, y as lo hizo.

Lleg, en esto, el ojeo, llenronse las redes de pajarillos diferentes que,
engaados de la color de las redes, caan en el peligro de que iban
huyendo. Juntronse en aquel sitio ms de treinta personas, todas
bizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron
enteradas de quines eran don Quijote y su escudero, de que no poco
contento recibieron, porque ya tenan dl noticia por su historia.
Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y
limpias; honraron a don Quijote dndole el primer lugar en ellas; mirbanle
todos, y admirbanse de verle.

Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alz don Quijote la voz,
y dijo:

-Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen
que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, atenindome a lo
que suele decirse: que de los desagradecidos est lleno el infierno. Este
pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el
instante que tuve uso de razn; y si no puedo pagar las buenas obras que me
hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando
stos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas obras
que recibe, tambin las recompensara con otras, si pudiera; porque, por la
mayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan; y as, es Dios
sobre todos, porque es dador sobre todos y no pueden corresponder las
ddivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia; y
esta estrecheza y cortedad, en cierto modo, la suple el agradecimiento. Yo,
pues, agradecido a la merced que aqu se me ha hecho, no pudiendo
corresponder a la misma medida, contenindome en los estrechos lmites de
mi podero, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y as, digo
que sustentar dos das naturales en metad de ese camino real que va a
Zaragoza, que estas seoras zagalas contrahechas que aqu estn son las ms
hermosas doncellas y ms corteses que hay en el mundo, excetado slo a la
sin par Dulcinea del Toboso, nica seora de mis pensamientos, con paz sea
dicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Oyendo lo cual, Sancho, que con grande atencin le haba estado escuchando,
dando una gran voz, dijo:

-Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar
que este mi seor es loco? Digan vuestras mercedes, seores pastores: hay
cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo
que mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por ms fama que tenga de
valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aqu ha ofrecido?

Volvise don Quijote a Sancho, y, encendido el rostro y colrico, le dijo:

-Es posible, oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga
que no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no s qu ribetes de malicioso
y de bellaco? Quin te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy
discreto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si est
desensillado Rocinante: vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que, con
la razn que va de mi parte, puedes dar por vencidos a todos cuantos
quisieren contradecirla.

Y, con gran furia y muestras de enojo, se levant de la silla, dejando
admirados a los circunstantes, hacindoles dudar si le podan tener por
loco o por cuerdo. Finalmente, habindole persuadido que no se pusiese en
tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y que
no eran menester nuevas demostraciones para conocer su nimo valeroso, pues
bastaban las que en la historia de sus hechos se referan, con todo esto,
sali don Quijote con su intencin; y, puesto sobre Rocinante, embrazando
su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no
lejos del verde prado estaba. Siguile Sancho sobre su rucio, con toda la
gente del pastoral rebao, deseosos de ver en qu paraba su arrogante y
nunca visto ofrecimiento.

Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino -como os he dicho-, hiri el
aire con semejantes palabras:

-Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a
pie y de a caballo que por este camino pasis, o habis de pasar en estos
dos das siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante,
est aqu puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesas del
mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados
y bosques, dejando a un lado a la seora de mi alma Dulcinea del Toboso.
Por eso, el que fuere de parecer contrario, acuda, que aqu le espero.

Dos veces repiti estas mismas razones, y dos veces no fueron odas de
ningn aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor
en mejor, orden que de all a poco se descubriese por el camino
muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las
manos, caminando todos apiados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron
bien visto los que con don Quijote estaban, cuando, volviendo las espaldas,
se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les
poda suceder algn peligro; slo don Quijote, con intrpido corazn, se
estuvo quedo, y Sancho Panza se escud con las ancas de Rocinante.

Lleg el tropel de los lanceros, y uno dellos, que vena ms delante, a
grandes voces comenz a decir a don Quijote:

-Aprtate, hombre del diablo, del camino, que te harn pedazos estos
toros!

-Ea, canalla -respondi don Quijote-, para m no hay toros que valgan,
aunque sean de los ms bravos que cra Jarama en sus riberas! Confesad,
malandrines, as a carga cerrada, que es verdad lo que yo aqu he
publicado; si no, conmigo sois en batalla.

No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse,
aunque quisiera; y as, el tropel de los toros bravos y el de los mansos
cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar
los llevaban a un lugar donde otro da haban de correrse, pasaron sobre
don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en
tierra, echndole a rodar por el suelo. Qued molido Sancho, espantado don
Quijote, aporreado el rucio y no muy catlico Rocinante; pero, en fin, se
levantaron todos, y don Quijote, a gran priesa, tropezando aqu y cayendo
all, comenz a correr tras la vacada, diciendo a voces:

-Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera,
el cual no tiene condicin ni es de parecer de los que dicen que al enemigo
que huye, hacerle la puente de plata!

Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron ms
caso de sus amenazas que de las nubes de antao. Detvole el cansancio a
don Quijote, y, ms enojado que vengado, se sent en el camino, esperando a
que Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo
y mozo, y, sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y
con ms vergenza que gusto, siguieron su camino.





Captulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede
tener por aventura, que le sucedi a don Quijote


Al polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron del
descomedimiento de los toros, socorri una fuente clara y limpia que entre
una fresca arboleda hallaron, en el margen de la cual, dejando libres, sin
jquima y freno, al rucio y a Rocinante, los dos asendereados amo y mozo se
sentaron. Acudi Sancho a la repostera de su alforjas, y dellas sac de lo
que l sola llamar condumio; enjuagse la boca, lavse don Quijote el
rostro, con cuyo refrigerio cobraron aliento los espritus desalentados. No
coma don Quijote, de puro pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a los
manjares que delante tena, de puro comedido, y esperaba a que su seor
hiciese la salva; pero, viendo que, llevado de sus imaginaciones, no se
acordaba de llevar el pan a la boca, no abri la suya, y, atropellando por
todo gnero de crianza, comenz a embaular en el estmago el pan y queso
que se le ofreca.

-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que ms que a m
te importa, y djame morir a m a manos de mis pensamientos y a fuerzas de
mis desgracias. Yo, Sancho, nac para vivir muriendo, y t para morir
comiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considrame impreso en
historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de
prncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba
palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas
hazaas, me he visto esta maana pisado y acoceado y molido de los pies de
animales inmundos y soeces. Esta consideracin me embota los dientes,
entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo la
gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la ms
cruel de las muertes.

-Desa manera -dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa- no aprobar vuestra
merced aquel refrn que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lo
menos, no pienso matarme a m mismo; antes pienso hacer como el zapatero,
que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde l quiere;
yo tirar mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado
el cielo; y sepa, seor, que no hay mayor locura que la que toca en querer
desesperarse como vuestra merced, y crame, y despus de comido, chese a
dormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y ver como cuando
despierte se halla algo ms aliviado.

Hzolo as don Quijote, parecindole que las razones de Sancho ms eran de
filsofo que de mentecato, y djole:

-Si t, oh Sancho!, quisieses hacer por m lo que yo ahora te dir, seran
mis alivios ms ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que,
mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, t te desviases un poco lejos
de aqu, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, te
dieses trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y
tantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea; que es lstima no
pequea que aquella pobre seora est encantada por tu descuido y
negligencia.

-Hay mucho que decir en eso -dijo Sancho-. Durmamos, por ahora, entrambos,
y despus, Dios dijo lo que ser. Sepa vuestra merced que esto de azotarse
un hombre a sangre fra es cosa recia, y ms si caen los azotes sobre un
cuerpo mal sustentado y peor comido: tenga paciencia mi seora Dulcinea,
que, cuando menos se cate, me ver hecho una criba, de azotes; y hasta la
muerte, todo es vida; quiero decir que an yo la tengo, junto con el deseo
de cumplir con lo que he prometido.

Agradecindoselo don Quijote, comi algo, y Sancho mucho, y echronse a
dormir entrambos, dejando a su albedro y sin orden alguna pacer del
abundosa yerba de que aquel prado estaba lleno a los dos continuos
compaeros y amigos Rocinante y el rucio. Despertaron algo tarde, volvieron
a subir y a seguir su camino, dndose priesa para llegar a una venta que,
al parecer, una legua de all se descubra. Digo que era venta porque don
Quijote la llam as, fuera del uso que tena de llamar a todas las ventas
castillos.

Llegaron, pues, a ella; preguntaron al husped si haba posada. Fueles
respondido que s, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar en
Zaragoza. Aperonse y recogi Sancho su repostera en un aposento, de quien
el husped le dio la llave; llev las bestias a la caballeriza, echles sus
piensos, sali a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo,
le mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no le
hubiese parecido castillo aquella venta.

Llegse la hora del cenar; recogironse a su estancia; pregunt Sancho al
husped que qu tena para darles de cenar. A lo que el husped respondi
que su boca sera medida; y as, que pidiese lo que quisiese: que de las
pajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del mar
estaba proveda aquella venta.

-No es menester tanto -respondi Sancho-, que con un par de pollos que nos
asen tendremos lo suficiente, porque mi seor es delicado y come poco, y yo
no soy tragantn en demasa.

Respondile el husped que no tena pollos, porque los milanos los tenan
asolados.

-Pues mande el seor husped -dijo Sancho- asar una polla que sea tierna.

-Polla? Mi padre! -respondi el husped-. En verdad en verdad que envi
ayer a la ciudad a vender ms de cincuenta; pero, fuera de pollas, pida
vuestra merced lo que quisiere.

-Desa manera -dijo Sancho-, no faltar ternera o cabrito.

-En casa, por ahora -respondi el husped-, no lo hay, porque se ha
acabado; pero la semana que viene lo habr de sobra.

-Medrados estamos con eso! -respondi Sancho-. Yo pondr que se vienen a
resumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino y
huevos.

-Por Dios -respondi el husped-, que es gentil relente el que mi husped
tiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y quiere que
tenga huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y djese de
pedir gallinas.

-Resolvmonos, cuerpo de m -dijo Sancho-, y dgame finalmente lo que
tiene, y djese de discurrimientos, seor husped.

Dijo el ventero:

-Lo que real y verdaderamente tengo son dos uas de vaca que parecen manos
de ternera, o dos manos de ternera que parecen uas de vaca; estn cocidas
con sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora estn diciendo:
''Comme! Comme!''

-Por mas las marco desde aqu -dijo Sancho-; y nadie las toque, que yo las
pagar mejor que otro, porque para m ninguna otra cosa pudiera esperar de
ms gusto, y no se me dara nada que fuesen manos, como fuesen uas.

-Nadie las tocar -dijo el ventero-, porque otros huspedes que tengo, de
puro principales, traen consigo cocinero, despensero y repostera.

-Si por principales va -dijo Sancho-, ninguno ms que mi amo; pero el
oficio que l trae no permite despensas ni botilleras: ah nos tendemos en
mitad de un prado y nos hartamos de bellotas o de nsperos.

Esta fue la pltica que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasar
adelante en responderle; que ya le haba preguntado qu oficio o qu
ejercicio era el de su amo.

Llegse, pues, la hora del cenar, recogise a su estancia don Quijote,
trujo el husped la olla, as como estaba, y sentse a cenar muy de
propsito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijote
estaba, que no le divida ms que un sutil tabique, oy decir don Quijote:

-Por vida de vuestra merced, seor don Jernimo, que en tanto que trae la
cena leamos otro captulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Apenas oy su nombre don Quijote, cuando se puso en pie, y con odo alerto
escuch lo que dl trataban, y oy que el tal don Jernimo referido
respondi:

-Para qu quiere vuestra merced, seor don Juan, que leamos estos
disparates? Y el que hubiere ledo la primera parte de la historia de don
Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta
segunda.

-Con todo eso -dijo el don Juan-, ser bien leerla, pues no hay libro tan
malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a m en ste ms desplace es
que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.

Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alz la voz y dijo:

-Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puede
olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le har entender con armas iguales que
va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede
ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasn es la
firmeza, y su profesin, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza
alguna.

-Quin es el que nos responde? -respondieron del otro aposento.

-Quin ha de ser -respondi Sancho- sino el mismo don Quijote de la
Mancha, que har bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buen
pagador no le duelen prendas.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento
dos caballeros, que tales lo parecan, y uno dellos echando los brazos al
cuello de don Quijote, le dijo:

-Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre
puede no acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, seor, sois el
verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante
caballera, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y
aniquilar vuestras hazaas, como lo ha hecho el autor deste libro que aqu
os entrego.

Y, ponindole un libro en las manos, que traa su compaero, le tom don
Quijote, y, sin responder palabra, comenz a hojearle, y de all a un poco
se le volvi, diciendo:

-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de
reprehensin. La primera es algunas palabras que he ledo en el prlogo; la
otra, que el lenguaje es aragons, porque tal vez escribe sin artculos, y
la tercera, que ms le confirma por ignorante, es que yerra y se desva de
la verdad en lo ms principal de la historia; porque aqu dice que la mujer
de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutirrez, y no llama tal, sino
Teresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podr
temer que yerra en todas las dems de la historia.

A esto dijo Sancho:

-Donosa cosa de historiador! Por cierto, bien debe de estar en el cuento
de nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutirrez!
Torne a tomar el libro, seor, y mire si ando yo por ah y si me ha mudado
el nombre.

-Por lo que he odo hablar, amigo -dijo don Jernimo-, sin duda debis de
ser Sancho Panza, el escudero del seor don Quijote.

-S soy -respondi Sancho-, y me precio dello.

-Pues a fe -dijo el caballero- que no os trata este autor moderno con la
limpieza que en vuestra persona se muestra: pntaos comedor, y simple, y no
nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia
de vuestro amo se describe.

-Dios se lo perdone -dijo Sancho-. Dejrame en mi rincn, sin acordarse de
m, porque quien las sabe las tae, y bien se est San Pedro en Roma.

Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenar
con ellos, que bien saban que en aquella venta no haba cosas
pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido,
condecenci con su demanda y cen con ellos; quedse Sancho con la olla con
mero mixto imperio; sentse en cabecera de mesa, y con l el ventero, que
no menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uas aficionado.

En el discurso de la cena pregunt don Juan a don Quijote qu nuevas tena
de la seora Dulcinea del Toboso: si se haba casado, si estaba parida o
preada, o si, estando en su entereza, se acordaba -guardando su honestidad
y buen decoro- de los amorosos pensamientos del seor don Quijote. A lo que
l respondi:

-Dulcinea se est entera, y mis pensamientos, ms firmes que nunca; las
correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez
labradora transformada.

Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la seora Dulcinea,
y lo que le haba sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el
sabio Merln le haba dado para desencantarla, que fue la de los azotes de
Sancho.

Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de or contar a don
Quijote los estraos sucesos de su historia, y as quedaron admirados de
sus disparates como del elegante modo con que los contaba. Aqu le tenan
por discreto, y all se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse
qu grado le daran entre la discrecin y la locura.

Acab de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pas a la
estancia de su amo; y, en entrando, dijo:

-Que me maten, seores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen
quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querra que, ya que me llama
comiln, como vuesas mercedes dicen, no me llamase tambin borracho.

-S llama -dijo don Jernimo-, pero no me acuerdo en qu manera, aunque s
que son malsonantes las razones, y adems, mentirosas, segn yo echo de ver
en la fisonoma del buen Sancho que est presente.

-Cranme vuesas mercedes -dijo Sancho- que el Sancho y el don Quijote desa
historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide
Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y
enamorado; y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.

-Yo as lo creo -dijo don Juan-; y si fuera posible, se haba de mandar que
ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese
Cide Hamete, su primer autor, bien as como mand Alejandro que ninguno
fuese osado a retratarle sino Apeles.

-Retrteme el que quisiere -dijo don Quijote-, pero no me maltrate; que
muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.

-Ninguna -dijo don Juan- se le puede hacer al seor don Quijote de quien l
no se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a mi
parecer, es fuerte y grande.

En estas y otras plticas se pas gran parte de la noche; y, aunque don
Juan quisiera que don Quijote leyera ms del libro, por ver lo que
discantaba, no lo pudieron acabar con l, diciendo que l lo daba por ledo
y lo confirmaba por todo necio, y que no quera, si acaso llegase a noticia
de su autor que le haba tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le
haba ledo; pues de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han
de apartar, cuanto ms los ojos. Preguntronle que adnde llevaba
determinado su viaje. Respondi que a Zaragoza, a hallarse en las justas
del arns, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los aos. Djole
don Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quien
se quisiere, se haba hallado en ella en una sortija, falta de invencin,
pobre de letras, pobrsima de libreas, aunque rica de simplicidades.

-Por el mismo caso -respondi don Quijote-, no pondr los pies en Zaragoza,
y as sacar a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y
echarn de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que l dice.

-Har muy bien -dijo don Jernimo-; y otras justas hay en Barcelona, donde
podr el seor don Quijote mostrar su valor.

-As lo pienso hacer -dijo don Quijote-; y vuesas mercedes me den licencia,
pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el nmero de
sus mayores amigos y servidores.

-Y a m tambin -dijo Sancho-: quiz ser bueno para algo.

Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento,
dejando a don Juan y a don Jernimo admirados de ver la mezcla que haba
hecho de su discrecin y de su locura; y verdaderamente creyeron que stos
eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describa su autor
aragons.

Madrug don Quijote, y, dando golpes al tabique del otro aposento, se
despidi de sus huspedes. Pag Sancho al ventero magnficamente, y
aconsejle que alabase menos la provisin de su venta, o la tuviese ms
proveda.





Captulo LX. De lo que sucedi a don Quijote yendo a Barcelona


Era fresca la maana, y daba muestras de serlo asimesmo el da en que don
Quijote sali de la venta, informndose primero cul era el ms derecho
camino para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que
tena de sacar mentiroso aquel nuevo historiador que tanto decan que le
vituperaba.

Sucedi, pues, que en ms de seis das no le sucedi cosa digna de ponerse
en escritura, al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tom la
noche entre unas espesas encinas o alcornoques; que en esto no guarda la
puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele.

Aperonse de sus bestias amo y mozo, y, acomodndose a los troncos de los
rboles, Sancho, que haba merendado aquel da, se dej entrar de rondn
por las puertas del sueo; pero don Quijote, a quien desvelaban sus
imaginaciones mucho ms que la hambre, no poda pegar sus ojos; antes iba y
vena con el pensamiento por mil gneros de lugares. Ya le pareca hallarse
en la cueva de Montesinos; ya ver brincar y subir sobre su pollina a la
convertida en labradora Dulcinea; ya que le sonaban en los odos las
palabras del sabio Merln que le referan las condiciones y diligencias que
se haban de hacer y tener en el desencanto de Dulcinea. Desesperbase de
ver la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero, pues, a lo que crea,
solos cinco azotes se haba dado, nmero desigual y pequeo para los
infinitos que le faltaban; y desto recibi tanta pesadumbre y enojo, que
hizo este discurso:

-Si nudo gordiano cort el Magno Alejandro, diciendo: ''Tanto monta cortar
como desatar'', y no por eso dej de ser universal seor de toda la Asia,
ni ms ni menos podra suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si yo
azotase a Sancho a pesar suyo; que si la condicin deste remedio est en
que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, qu se me da a m que se
los d l, o que se los d otro, pues la sustancia est en que l los
reciba, lleguen por do llegaren?

Con esta imaginacin se lleg a Sancho, habiendo primero tomado las riendas
de Rocinante, y acomoddolas en modo que pudiese azotarle con ellas,
comenzle a quitar las cintas, que es opinin que no tena ms que la
delantera, en que se sustentaban los greguescos; pero, apenas hubo llegado,
cuando Sancho despert en todo su acuerdo, y dijo:

-Qu es esto? Quin me toca y desencinta?

-Yo soy -respondi don Quijote-, que vengo a suplir tus faltas y a remediar
mis trabajos: vngote a azotar, Sancho, y a descargar, en parte, la deuda a
que te obligaste. Dulcinea perece; t vives en descuido; yo muero deseando;
y as, desatcate por tu voluntad, que la ma es de darte en esta soledad,
por lo menos, dos mil azotes.

-Eso no -dijo Sancho-; vuesa merced se est quedo; si no, por Dios
verdadero que nos han de or los sordos. Los azotes a que yo me obligu han
de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme;
basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en
voluntad me viniere.

-No hay dejarlo a tu cortesa, Sancho -dijo don Quijote-, porque eres duro
de corazn, y, aunque villano, blando de carnes.

Y as, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza,
se puso en pie, y, arremetiendo a su amo, se abraz con l a brazo partido,
y, echndole una zancadilla, dio con l en el suelo boca arriba; psole
la rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos le tena las manos, de
modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le deca:

-Cmo, traidor? Contra tu amo y seor natural te desmandas? Con quien te
da su pan te atreves?

-Ni quito rey, ni pongo rey -respondi Sancho-, sino aydome a m, que soy
mi seor. Vuesa merced me prometa que se estar quedo, y no tratar de
azotarme por agora, que yo le dejar libre y desembarazado; donde no,

Aqu morirs, traidor,

enemigo de doa Sancha.

Prometiselo don Quijote, y jur por vida de sus pensamientos no tocarle en
el pelo de la ropa, y que dejara en toda su voluntad y albedro el
azotarse cuando quisiese.

Levantse Sancho, y desvise de aquel lugar un buen espacio; y, yendo a
arrimarse a otro rbol, sinti que le tocaban en la cabeza, y, alzando las
manos, top con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembl de miedo;
acudi a otro rbol, y sucedile lo mesmo. Dio voces llamando a don Quijote
que le favoreciese. Hzolo as don Quijote, y, preguntndole qu le haba
sucedido y de qu tena miedo, le respondi Sancho que todos aquellos
rboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tentlos don Quijote,
y cay luego en la cuenta de lo que poda ser, y djole a Sancho:

-No tienes de qu tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no
vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos rboles
estn ahorcados; que por aqu los suele ahorcar la justicia cuando los
coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a
entender que debo de estar cerca de Barcelona.

Y as era la verdad como l lo haba imaginado.

Al parecer alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos rboles, que
eran cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amaneca, y si los muertos los
haban espantado, no menos los atribularon ms de cuarenta bandoleros vivos
que de improviso les rodearon, dicindoles en lengua catalana que
estuviesen quedos, y se detuviesen, hasta que llegase su capitn.

Hallse don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un
rbol, y, finalmente, sin defensa alguna; y as, tuvo por bien de cruzar
las manos e inclinar la cabeza, guardndose para mejor sazn y coyuntura.

Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa
de cuantas en las alforjas y la maleta traa; y avnole bien a Sancho que
en una ventrera que tena ceida venan los escudos del duque y los que
haban sacado de su tierra, y, con todo eso, aquella buena gente le
escardara y le mirara hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera
escondido, si no llegara en aquella sazn su capitn, el cual mostr ser de
hasta edad de treinta y cuatro aos, robusto, ms que de mediana
proporcin, de mirar grave y color morena. Vena sobre un poderoso caballo,
vestida la acerada cota, y con cuatro pistoletes -que en aquella tierra se
llaman pedreales- a los lados. Vio que sus escuderos, que as llaman a los
que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a Sancho Panza; mandles que
no lo hiciesen, y fue luego obedecido; y as se escap la ventrera.
Admirle ver lanza arrimada al rbol, escudo en el suelo, y a don Quijote
armado y pensativo, con la ms triste y melanclica figura que pudiera
formar la misma tristeza. Llegse a l dicindole:

-No estis tan triste, buen hombre, porque no habis cado en las manos de
algn cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen ms de
compasivas que de rigurosas.

-No es mi tristeza -respondi don Quijote- haber cado en tu poder, oh
valeroso Roque, cuya fama no hay lmites en la tierra que la encierren!,
sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin
el freno, estando yo obligado, segn la orden de la andante caballera, que
profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela de m
mismo; porque te hago saber, oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi
caballo, con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy fcil rendirme,
porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazaas tiene
lleno todo el orbe.

Luego Roque Guinart conoci que la enfermedad de don Quijote tocaba ms en
locura que en valenta, y, aunque algunas veces le haba odo nombrar,
nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante
humor reinase en corazn de hombre; y holgse en estremo de haberle
encontrado, para tocar de cerca lo que de lejos dl haba odo; y as, le
dijo:

-Valeroso caballero, no os despechis ni tengis a siniestra fortuna sta
en que os hallis, que poda ser que en estos tropiezos vuestra torcida
suerte se enderezase; que el cielo, por estraos y nunca vistos rodeos, de
los hombres no imaginados, suele levantar los cados y enriquecer los
pobres.

Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un
ruido como de tropel de caballos, y no era sino un solo, sobre el cual
vena a toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte aos, vestido de
damasco verde, con pasamanos de oro, greguescos y saltaembarca, con
sombrero terciado, a la valona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y
espada doradas, una escopeta pequea en las manos y dos pistolas a los
lados. Al ruido volvi Roque la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual,
en llegando a l, dijo:

-En tu busca vena, oh valeroso Roque!, para hallar en ti, si no remedio,
a lo menos alivio en mi desdicha; y, por no tenerte suspenso, porque s que
no me has conocido, quiero decirte quin soy: y soy Claudia Jernima, hija
de Simn Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel
Torrellas, que asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario
bando; y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente
Torrellas se llama, o, a lo menos, se llamaba no ha dos horas. ste, pues,
por abreviar el cuento de mi desventura, te dir en breves palabras la que
me ha causado. Viome, requebrme, escuchle, enamorme, a hurto de mi
padre; porque no hay mujer, por retirada que est y recatada que sea, a
quien no le sobre tiempo para poner en ejecucin y efecto sus atropellados
deseos. Finalmente, l me prometi de ser mi esposo, y yo le di la palabra
de ser suya, sin que en obras passemos adelante. Supe ayer que, olvidado
de lo que me deba, se casaba con otra, y que esta maana iba a desposarse,
nueva que me turb el sentido y acab la paciencia; y, por no estar mi
padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y
apresurando el paso a este caballo, alcanc a don Vicente obra de una legua
de aqu; y, sin ponerme a dar quejas ni a or disculpas, le dispar estas
escopetas, y, por aadidura, estas dos pistolas; y, a lo que creo, le deb
de encerrar ms de dos balas en el cuerpo, abrindole puertas por donde
envuelta en su sangre saliese mi honra. All le dejo entre sus criados, que
no osaron ni pudieron ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me
pases a Francia, donde tengo parientes con quien viva, y asimesmo a rogarte
defiendas a mi padre, porque los muchos de don Vicente no se atrevan a
tomar en l desaforada venganza.

Roque, admirado de la gallarda, bizarra, buen talle y suceso de la
hermosa Claudia, le dijo:

-Ven, seora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo, que despus veremos lo
que ms te importare.

Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia haba dicho y
lo que Roque Guinart respondi, dijo:

-No tiene nadie para qu tomar trabajo en defender a esta seora, que lo
tomo yo a mi cargo: denme mi caballo y mis armas, y esprenme aqu, que yo
ir a buscar a ese caballero, y, muerto o vivo, le har cumplir la palabra
prometida a tanta belleza.

-Nadie dude de esto -dijo Sancho-, porque mi seor tiene muy buena mano
para casamentero, pues no ha muchos das que hizo casar a otro que tambin
negaba a otra doncella su palabra; y si no fuera porque los encantadores
que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, sta
fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera.

Roque, que atenda ms a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que en
las razones de amo y mozo, no las entendi; y, mandando a sus escuderos que
volviesen a Sancho todo cuanto le haban quitado del rucio, mandndoles
asimesmo que se retirasen a la parte donde aquella noche haban estado
alojados, y luego se parti con Claudia a toda priesa a buscar al herido, o
muerto, don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontr Claudia, y no
hallaron en l sino recin derramada sangre; pero, tendiendo la vista por
todas partes, descubrieron por un recuesto arriba alguna gente, y dironse
a entender, como era la verdad, que deba ser don Vicente, a quien sus
criados, o muerto o vivo, llevaban, o para curarle, o para enterrarle;
dironse priesa a alcanzarlos, que, como iban de espacio, con facilidad lo
hicieron.

Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y
debilitada voz rogaba que le dejasen all morir, porque el dolor de las
heridas no consenta que ms adelante pasase.

Arrojronse de los caballos Claudia y Roque, llegronse a l, temieron los
criados la presencia de Roque, y Claudia se turb en ver la de don Vicente;
y as, entre enternecida y rigurosa, se lleg a l, y asindole de las
manos, le dijo:

-Si t me dieras stas, conforme a nuestro concierto, nunca t te vieras en
este paso.

Abri los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia,
le dijo:

-Bien veo, hermosa y engaada seora, que t has sido la que me has muerto:
pena no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras,
jams quise ni supe ofenderte.

-Luego, no es verdad -dijo Claudia- que ibas esta maana a desposarte con
Leonora, la hija del rico Balvastro?

-No, por cierto -respondi don Vicente-; mi mala fortuna te debi de llevar
estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual, pues la dejo
en tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y, para
asegurarte desta verdad, aprieta la mano y recbeme por esposo, si
quisieres, que no tengo otra mayor satisfacin que darte del agravio que
piensas que de m has recebido.

Apretle la mano Claudia, y apretsele a ella el corazn, de manera que
sobre la sangre y pecho de don Vicente se qued desmayada, y a l le tom
un mortal parasismo. Confuso estaba Roque, y no saba qu hacerse.
Acudieron los criados a buscar agua que echarles en los rostros, y
trujronla, con que se los baaron. Volvi de su desmayo Claudia, pero no
de su parasismo don Vicente, porque se le acab la vida. Visto lo cual de
Claudia, habindose enterado que ya su dulce esposo no viva, rompi los
aires con suspiros, hiri los cielos con quejas, maltrat sus cabellos,
entregndolos al viento, afe su rostro con sus propias manos, con todas
las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho pudieran
imaginarse.

-Oh cruel e inconsiderada mujer -deca-, con qu facilidad te moviste a
poner en ejecucin tan mal pensamiento! Oh fuerza rabiosa de los celos, a
qu desesperado fin conducs a quien os da acogida en su pecho! Oh esposo
mo, cuya desdichada suerte, por ser prenda ma, te ha llevado del tlamo a
la sepultura!

Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las lgrimas de
los ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasin.
Lloraban los criados, desmaybase a cada paso Claudia, y todo aquel
circuito pareca campo de tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque
Guinart orden a los criados de don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar
de su padre, que estaba all cerca, para que le diesen sepultura. Claudia
dijo a Roque que querra irse a un monasterio donde era abadesa una ta
suya, en el cual pensaba acabar la vida, de otro mejor esposo y ms eterno
acompaada. Alable Roque su buen propsito, ofrecisele de acompaarla
hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los parientes y de todo
el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compaa Claudia, en ninguna
manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores razones que supo,
se despedi dl llorando. Los criados de don Vicente llevaron su cuerpo, y
Roque se volvi a los suyos, y este fin tuvieron los amores de Claudia
Jernima. Pero, qu mucho, si tejieron la trama de su lamentable historia
las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?

Hall Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les haba ordenado, y
a don Quijote entre ellos, sobre Rocinante, hacindoles una pltica en que
les persuada dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, as para el alma
como para el cuerpo; pero, como los ms eran gascones, gente rstica y
desbaratada, no les entraba bien la pltica de don Quijote. Llegado que fue
Roque, pregunt a Sancho Panza si le haban vuelto y restituido las alhajas
y preseas que los suyos del rucio le haban quitado. Sancho respondi que
s, sino que le faltaban tres tocadores, que valan tres ciudades.

-Qu es lo que dices, hombre? -dijo uno de los presentes-, que yo los
tengo, y no valen tres reales.

-As es -dijo don Quijote-, pero estmalos mi escudero en lo que ha dicho,
por habrmelos dado quien me los dio.

Mandselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en
ala, mand traer all delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo
aquello que desde la ltima reparticin haban robado; y, haciendo
brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reducindolo a dineros,
lo reparti por toda su compaa, con tanta legalidad y prudencia que no
pas un punto ni defraud nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con
lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don
Quijote:

-Si no se guardase esta puntualidad con stos, no se podra vivir con
ellos.

A lo que dijo Sancho:

-Segn lo que aqu he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que
se use aun entre los mesmos ladrones.

Oylo un escudero, y enarbol el mocho de un arcabuz, con el cual, sin
duda, le abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que
se detuviese. Pasmse Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto
que entre aquella gente estuviese.

Lleg, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por
centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos vena y dar
aviso a su mayor de lo que pasaba, y ste dijo:

-Seor, no lejos de aqu, por el camino que va a Barcelona, viene un gran
tropel de gente.

A lo que respondi Roque:

-Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros
buscamos?

-No, sino de los que buscamos -respondi el escudero.

-Pues salid todos -replic Roque-, y tradmelos aqu luego, sin que se os
escape ninguno.

Hicironlo as, y, quedndose solos don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron
a ver lo que los escuderos traan; y, en este entretanto, dijo Roque a don
Quijote:

-Nueva manera de vida le debe de parecer al seor don Quijote la nuestra,
nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que
as le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir ms
inquieto ni ms sobresaltado que el nuestro. A m me han puesto en l no s
qu deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los ms sosegados
corazones; yo, de mi natural, soy compasivo y bien intencionado; pero, como
tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, as da con
todas mis buenas inclinaciones en tierra, que persevero en este estado, a
despecho y pesar de lo que entiendo; y, como un abismo llama a otro y un
pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas de manera que no slo
las mas, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que,
aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la
esperanza de salir dl a puerto seguro.

Admirado qued don Quijote de or hablar a Roque tan buenas y concertadas
razones, porque l se pensaba que, entre los de oficios semejantes de
robar, matar y saltear no poda haber alguno que tuviese buen discurso, y
respondile:

-Seor Roque, el principio de la salud est en conocer la enfermedad y en
querer tomar el enfermo las medicinas que el mdico le ordena: vuestra
merced est enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor
decir, que es nuestro mdico, le aplicar medicinas que le sanen, las
cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro; y ms, que
los pecadores discretos estn ms cerca de enmendarse que los simples; y,
pues vuestra merced ha mostrado en sus razones su prudencia, no hay sino
tener buen nimo y esperar mejora de la enfermedad de su conciencia; y si
vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse con facilidad en el de su
salvacin, vngase conmigo, que yo le ensear a ser caballero andante,
donde se pasan tantos trabajos y desventuras que, tomndolas por
penitencia, en dos paletas le pondrn en el cielo.

Rise Roque del consejo de don Quijote, a quien, mudando pltica, cont el
trgico suceso de Claudia Jernima, de que le pes en estremo a Sancho, que
no le haba parecido mal la belleza, desenvoltura y bro de la moza.

Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos
caballeros a caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con
hasta seis criados, que a pie y a caballo las acompaaban, con otros dos
mozos de mulas que los caballeros traan. Cogironlos los escuderos en
medio, guardando vencidos y vencedores gran silencio, esperando a que el
gran Roque Guinart hablase, el cual pregunt a los caballeros que quin
eran y adnde iban, y qu dinero llevaban. Uno dellos le respondi:

-Seor, nosotros somos dos capitanes de infantera espaola; tenemos
nuestras compaas en Npoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que
dicen estn en Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta
docientos o trecientos escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y
contentos, pues la estrecheza ordinaria de los soldados no permite mayores
tesoros.

Pregunt Roque a los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele
respondido que iban a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos
podan llevar hasta sesenta reales. Quiso saber tambin quin iba en el
coche, y adnde, y el dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo:

-Mi seora doa Guiomar de Quiones, mujer del regente de la Vicara de
Npoles, con una hija pequea, una doncella y una duea, son las que van en
el coche; acompamosla seis criados, y los dineros son seiscientos
escudos.

-De modo -dijo Roque Guinart-, que ya tenemos aqu novecientos escudos y
sesenta reales; mis soldados deben de ser hasta sesenta; mrese a cmo le
cabe a cada uno, porque yo soy mal contador.

Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo:

-Viva Roque Guinart muchos aos, a pesar de los lladres que su perdicin
procuran!

Mostraron afligirse los capitanes, entristecise la seora regenta, y no se
holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscacin de sus bienes. Tvolos
as un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza,
que ya se poda conocer a tiro de arcabuz, y, volvindose a los capitanes,
dijo:

-Vuesas mercedes, seores capitanes, por cortesa, sean servidos de
prestarme sesenta escudos, y la seora regenta ochenta, para contentar
esta escuadra que me acompaa, porque el abad, de lo que canta yanta, y
luego pudense ir su camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto
que yo les dar, para que, si toparen otras de algunas escuadras mas que
tengo divididas por estos contornos, no les hagan dao; que no es mi
intencin de agraviar a soldados ni a mujer alguna, especialmente a las que
son principales.

Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes
agradecieron a Roque su cortesa y liberalidad, que, por tal la tuvieron,
en dejarles su mismo dinero. La seora doa Guiomar de Quiones se quiso
arrojar del coche para besar los pies y las manos del gran Roque, pero l
no lo consinti en ninguna manera; antes le pidi perdn del agravio que le
haca, forzado de cumplir con las obligaciones precisas de su mal oficio.
Mand la seora regenta a un criado suyo diese luego los ochenta escudos
que le haban repartido, y ya los capitanes haban desembolsado los
sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria, pero Roque les dijo que
se estuviesen quedos, y volvindose a los suyos, les dijo:

-Destos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte: los diez se den a
estos peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir
bien de esta aventura.

Y, trayndole aderezo de escribir, de que siempre andaba provedo, Roque
les dio por escrito un salvoconduto para los mayorales de sus escuadras, y,
despidindose dellos, los dej ir libres, y admirados de su nobleza, de su
gallarda disposicin y estrao proceder, tenindole ms por un Alejandro
Magno que por ladrn conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua
gascona y catalana:

-Este nuestro capitn ms es para frade que para bandolero: si de aqu
adelante quisiere mostrarse liberal salo con su hacienda y no con la
nuestra.

No lo dijo tan paso el desventurado que dejase de orlo Roque, el cual,
echando mano a la espada, le abri la cabeza casi en dos partes,
dicindole:

-Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos.

Pasmronse todos, y ninguno le os decir palabra: tanta era la obediencia
que le tenan.

Apartse Roque a una parte y escribi una carta a un su amigo, a Barcelona,
dndole aviso como estaba consigo el famoso don Quijote de la Mancha, aquel
caballero andante de quien tantas cosas se decan; y que le haca saber que
era el ms gracioso y el ms entendido hombre del mundo, y que de all a
cuatro das, que era el de San Juan Bautista, se le pondra en mitad de la
playa de la ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante, su caballo,
y a su escudero Sancho sobre un asno, y que diese noticia desto a sus
amigos los Niarros, para que con l se solazasen; que l quisiera que
carecieran deste gusto los Cadells, sus contrarios, pero que esto era
imposible, a causa que las locuras y discreciones de don Quijote y los
donaires de su escudero Sancho Panza no podan dejar de dar gusto general a
todo el mundo. Despach estas cartas con uno de sus escuderos, que, mudando
el traje de bandolero en el de un labrador, entr en Barcelona y la dio a
quien iba.





Captulo LXI. De lo que le sucedi a don Quijote en la entrada de
Barcelona, con otras cosas que tienen ms de lo verdadero que de lo
discreto


Tres das y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera
trecientos aos, no le faltara qu mirar y admirar en el modo de su vida:
aqu amanecan, acull coman; unas veces huan, sin saber de quin, y
otras esperaban, sin saber a quin. Dorman en pie, interrompiendo el
sueo, mudndose de un lugar a otro. Todo era poner espas, escuchar
centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traan pocos,
porque todos se servan de pedreales. Roque pasaba las noches apartado de
los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dnde estaba;
porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona haba echado sobre su
vida le traan inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo
que los mismos suyos, o le haban de matar, o entregar a la justicia: vida,
por cierto, miserable y enfadosa.

En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron
Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron
a su playa la vspera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque a don
Quijote y a Sancho, a quien dio los diez escudos prometidos, que hasta
entonces no se los haba dado, los dej, con mil ofrecimientos que de la
una a la otra parte se hicieron.

Volvise Roque; quedse don Quijote esperando el da, as, a caballo, como
estaba, y no tard mucho cuando comenz a descubrirse por los balcones del
Oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en
lugar de alegrar el odo; aunque al mesmo instante alegraron tambin el
odo el son de muchas chirimas y atabales, ruido de cascabeles, ''trapa,
trapa, aparta, aparta!'' de corredores, que, al parecer, de la ciudad
salan. Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una
rodela, por el ms bajo horizonte, poco a poco, se iba levantando.

Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar,
hasta entonces dellos no visto; pareciles espaciossimo y largo, harto ms
que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha haban visto; vieron las
galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se
descubrieron llenas de flmulas y gallardetes, que tremolaban al viento y
besaban y barran el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimas,
que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos.
Comenzaron a moverse y a hacer modo de escaramuza por las sosegadas aguas,
correspondindoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de la ciudad
sobre hermosos caballos y con vistosas libreas salan. Los soldados de las
galeras disparaban infinita artillera, a quien respondan los que estaban
en las murallas y fuertes de la ciudad, y la artillera gruesa con
espantoso estruendo rompa los vientos, a quien respondan los caones de
cruja de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro,
slo tal vez turbio del humo de la artillera, parece que iba infundiendo y
engendrando gusto sbito en todas las gentes.

No poda imaginar Sancho cmo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos
que por el mar se movan. En esto, llegaron corriendo, con grita, lililes
y algazara, los de las libreas adonde don Quijote suspenso y atnito
estaba, y uno dellos, que era el avisado de Roque, dijo en alta voz a don
Quijote:

-Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el
norte de toda la caballera andante, donde ms largamente se contiene. Bien
sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha: no el falso, no el
ficticio, no el apcrifo que en falsas historias estos das nos han
mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describi Cide
Hamete Benengeli, flor de los historiadores.

No respondi don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que la
respondiese, sino, volvindose y revolvindose con los dems que los
seguan, comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote;
el cual, volvindose a Sancho, dijo:

-stos bien nos han conocido: yo apostar que han ledo nuestra historia y
aun la del aragons recin impresa.

Volvi otra vez el caballero que habl a don Quijote, y djole:

-Vuesa merced, seor don Quijote, se venga con nosotros, que todos somos
sus servidores y grandes amigos de Roque Guinart.

A lo que don Quijote respondi:

-Si cortesas engendran cortesas, la vuestra, seor caballero, es hija o
parienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme do quisiredes, que yo
no tendr otra voluntad que la vuestra, y ms si la queris ocupar en
vuestro servicio.

Con palabras no menos comedidas que stas le respondi el caballero, y,
encerrndole todos en medio, al son de las chirimas y de los atabales, se
encaminaron con l a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo
malo ordena, y los muchachos, que son ms malos que el malo, dos dellos
traviesos y atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de
la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron
sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevas
espuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto, de manera que,
dando mil corcovos, dieron con sus dueos en tierra. Don Quijote, corrido y
afrentado, acudi a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho,
el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el
atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre
ms de otros mil que los seguan.

Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y msica
llegaron a la casa de su gua, que era grande y principal, en fin, como de
caballero rico; donde le dejaremos por agora, porque as lo quiere Cide
Hamete.





Captulo LXII. Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras
nieras que no pueden dejar de contarse


Don Antonio Moreno se llamaba el husped de don Quijote, caballero rico y
discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su
casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a
plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos
que valgan si son con dao de tercero. Lo primero que hizo fue hacer
desarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado
vestido -como ya otras veces le hemos descrito y pintado- a un balcn que
sala a una calle de las ms principales de la ciudad, a vista de las
gentes y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo
delante dl los de las libreas, como si para l solo, no para alegrar aquel
festivo da, se las hubieran puesto; y Sancho estaba contentsimo, por
parecerle que se haba hallado, sin saber cmo ni cmo no, otras bodas de
Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como el
del duque.

Comieron aquel da con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y
tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco y
pomposo, no caba en s de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos,
que de su boca andaban como colgados todos los criados de casa y todos
cuantos le oan. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:

-Ac tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas, que, si os sobran, las guardis en el seno para el otro
da.

-No, seor, no es as -respondi Sancho-, porque tengo ms de limpio que de
goloso, y mi seor don Quijote, que est delante, sabe bien que con un puo
de bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho das. Verdad es
que si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla;
quiero decir que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y
quienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio,
tngase por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara
a las barbas honradas que estn a la mesa.

-Por cierto -dijo don Quijote-, que la parsimonia y limpieza con que Sancho
come se puede escribir y grabar en lminas de bronce, para que quede en
memoria eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando l tiene
hambre, parece algo tragn, porque come apriesa y masca a dos carrillos;
pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue
gobernador aprendi a comer a lo melindroso: tanto, que coma con tenedor
las uvas y aun los granos de la granada.

-Cmo! -dijo don Antonio-. Gobernador ha sido Sancho?

-S -respondi Sancho-, y de una nsula llamada la Barataria. Diez das la
gobern a pedir de boca; en ellos perd el sosiego, y aprend a despreciar
todos los gobiernos del mundo; sal huyendo della, ca en una cueva, donde
me tuve por muerto, de la cual sal vivo por milagro.

Cont don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con que
dio gran gusto a los oyentes.

Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote,
se entr con l en un apartado aposento, en el cual no haba otra cosa de
adorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se
sostena, sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los
emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce.
Pasese don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas
veces la mesa, despus de lo cual dijo:

-Agora, seor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha
alguno, y est cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las
ms raras aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden,
con condicin que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los
ltimos retretes del secreto.

-As lo juro -respondi don Quijote-, y aun le echar una losa encima, para
ms seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, seor don Antonio
-que ya saba su nombre-, que est hablando con quien, aunque tiene odos
para or, no tiene lengua para hablar; as que, con seguridad puede vuestra
merced trasladar lo que tiene en su pecho en el mo y hacer cuenta que lo
ha arrojado en los abismos del silencio.

-En fee de esa promesa -respondi don Antonio-, quiero poner a vuestra
merced en admiracin con lo que viere y oyere, y darme a m algn alivio de
la pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son
para fiarse de todos.

Suspenso estaba don Quijote, esperando en qu haban de parar tantas
prevenciones. En esto, tomndole la mano don Antonio, se la pase por la
cabeza de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se
sostena, y luego dijo:

-Esta cabeza, seor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los
mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era
polaco de nacin y dicpulo del famoso Escotillo, de quien tantas
maravillas se cuentan; el cual estuvo aqu en mi casa, y por precio de mil
escudos que le di, labr esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de
responder a cuantas cosas al odo le preguntaren. Guard rumbos, pint
carcteres, observ astros, mir puntos, y, finalmente, la sac con la
perfecin que veremos maana, porque los viernes est muda, y hoy, que lo
es, nos ha de hacer esperar hasta maana. En este tiempo podr vuestra
merced prevenirse de lo que querr preguntar, que por esperiencia s que
dice verdad en cuanto responde.

Admirado qued don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo
por no creer a don Antonio; pero, por ver cun poco tiempo haba para hacer
la experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradeca el haberle
descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerr la puerta don
Antonio con llave, y furonse a la sala, donde los dems caballeros
estaban. En este tiempo les haba contado Sancho muchas de las aventuras y
sucesos que a su amo haban acontecido.

Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de ra,
vestido un balandrn de pao leonado, que pudiera hacer sudar en aquel
tiempo al mismo yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho
de modo que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no sobre
Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado.
Pusironle el balandrn, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieron
un pargamino, donde le escribieron con letras grandes: ste es don Quijote
de la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el rtulo los ojos de cuantos
venan a verle, y como lean: ste es don Quijote de la Mancha, admirbase
don Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conocan; y,
volvindose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:

-Grande es la prerrogativa que encierra en s la andante caballera, pues
hace conocido y famoso al que la profesa por todos los trminos de la
tierra; si no, mire vuestra merced, seor don Antonio, que hasta los
muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.

-As es, seor don Quijote -respondi don Antonio-, que, as como el fuego
no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser
conocida, y la que se alcanza por la profesin de las armas resplandece y
campea sobre todas las otras.

Acaeci, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un
castellano que ley el rtulo de las espaldas, alz la voz, diciendo:

-Vlgate el diablo por don Quijote de la Mancha! Cmo que hasta aqu has
llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu
eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura,
fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a
cuantos te tratan y comunican; si no, mrenlo por estos seores que te
acompaan. Vulvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu
mujer y tus hijos, y djate destas vaciedades que te carcomen el seso y te
desnatan el entendimiento.

-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos a
quien no os los pide. El seor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y
nosotros, que le acompaamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar
dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os metis donde no
os llaman.

-Pardiez, vuesa merced tiene razn -respondi el castellano-, que aconsejar
a este buen hombre es dar coces contra el aguijn; pero, con todo eso, me
da muy gran lstima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las
cosas este mentecato se le desage por la canal de su andante caballera; y
la enhoramala que vuesa merced dijo, sea para m y para todos mis
descendientes si de hoy ms, aunque viviese ms aos que Matusaln, diere
consejo a nadie, aunque me lo pida.

Apartse el consejero; sigui adelante el paseo; pero fue tanta la priesa
que los muchachos y toda la gente tena leyendo el rtulo, que se le hubo
de quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa.

Lleg la noche, volvironse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de
don Antonio, que era una seora principal y alegre, hermosa y discreta,
convid a otras sus amigas a que viniesen a honrar a su husped y a gustar
de sus nunca vistas locuras. Vinieron algunas, cense esplndidamente y
comenzse el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas haba dos
de gusto pcaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo
descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. stas
dieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no
slo el cuerpo, pero el nima. Era cosa de ver la figura de don Quijote,
largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y,
sobre todo, no nada ligero. Requebrbanle como a hurto las damiselas, y l,
tambin como a hurto, las desdeaba; pero, vindose apretar de requiebros,
alz la voz y dijo:

-Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos.
All os avenid, seoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los
mos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que
los suyos me avasallen y rindan.

Y, diciendo esto, se sent en mitad de la sala, en el suelo, molido y
quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en
peso a su lecho, y el primero que asi dl fue Sancho, dicindole:

-Nora en tal, seor nuestro amo, lo habis bailado! Pensis que todos los
valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo
que si lo pensis, que estis engaado; hombre hay que se atrever a matar
a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubirades de zapatear, yo
supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del
danzar, no doy puntada.

Con estas y otras razones dio que rer Sancho a los del sarao, y dio con su
amo en la cama, arropndole para que sudase la frialdad de su baile.

Otro da le pareci a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la
cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos
seoras que haban molido a don Quijote en el baile, que aquella propia
noche se haban quedado con la mujer de don Antonio, se encerr en la
estancia donde estaba la cabeza. Contles la propiedad que tena,
encargles el secreto y djoles que aqul era el primero da donde se haba
de probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si no eran los dos amigos
de don Antonio, ninguna otra persona saba el busilis del encanto, y aun si
don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, tambin
ellos cayeran en la admiracin en que los dems cayeron, sin ser posible
otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.

El primero que se lleg al odo de la cabeza fue el mismo don Antonio, y
djole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:

-Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: qu pensamientos tengo
yo agora?

Y la cabeza le respondi, sin mover los labios, con voz clara y distinta,
de modo que fue de todos entendida, esta razn:

-Yo no juzgo de pensamientos.

Oyendo lo cual, todos quedaron atnitos, y ms viendo que en todo el
aposento ni al derredor de la mesa no haba persona humana que responder
pudiese.

-Cuntos estamos aqu? -torn a preguntar don Antonio.

Y fuele respondido por el propio tenor, paso:

-Estis t y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un
caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que
Sancho Panza tiene por nombre.

Aqu s que fue el admirarse de nuevo, aqu s que fue el erizarse los
cabellos a todos de puro espanto! Y, apartndose don Antonio de la cabeza,
dijo:

-Esto me basta para darme a entender que no fui engaado del que te me
vendi, cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable
cabeza! Llegue otro y pregntele lo que quisiere.

Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la
primera que se lleg fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio,
y lo que le pregunt fue:

-Dime, cabeza, qu har yo para ser muy hermosa?

Y fuele respondido:

-S muy honesta.

-No te pregunto ms -dijo la preguntanta.

Lleg luego la compaera, y dijo:

-Querra saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.

Y respondironle:

-Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.

Apartse la casada diciendo:

-Esta respuesta no tena necesidad de pregunta, porque, en efecto, las
obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.

Luego lleg uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntle:

-Quin soy yo?

Y fuele respondido:

-T lo sabes.

-No te pregunto eso -respondi el caballero-, sino que me digas si me
conoces t.

-S conozco -le respondieron-, que eres don Pedro Noriz.

-No quiero saber ms, pues esto basta para entender, oh cabeza!, que lo
sabes todo.

Y, apartndose, lleg el otro amigo y preguntle:

-Dime, cabeza, qu deseos tiene mi hijo el mayorazgo?

-Ya yo he dicho -le respondieron- que yo no juzgo de deseos, pero, con todo
eso, te s decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.

-Eso es -dijo el caballero-: lo que veo por los ojos, con el dedo lo
sealo.

Y no pregunt ms. Llegse la mujer de don Antonio, y dijo:

-Yo no s, cabeza, qu preguntarte; slo querra saber de ti si gozar
muchos aos de buen marido.

Y respondironle:

-S gozars, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos
aos de vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.

Llegse luego don Quijote, y dijo:

-Dime t, el que respondes: fue verdad o fue sueo lo que yo cuento que me
pas en la cueva de Montesinos? Sern ciertos los azotes de Sancho mi
escudero? Tendr efeto el desencanto de Dulcinea?

-A lo de la cueva -respondieron- hay mucho que decir: de todo tiene; los
azotes de Sancho irn de espacio, el desencanto de Dulcinea llegar a
debida ejecucin.

-No quiero saber ms -dijo don Quijote-; que como yo vea a Dulcinea
desencantada, har cuenta que vienen de golpe todas las venturas que
acertare a desear.

El ltimo preguntante fue Sancho, y lo que pregunt fue:

-Por ventura, cabeza, tendr otro gobierno? Saldr de la estrecheza de
escudero? Volver a ver a mi mujer y a mis hijos?

A lo que le respondieron:

-Gobernars en tu casa; y si vuelves a ella, vers a tu mujer y a tus
hijos; y, dejando de servir, dejars de ser escudero.

-Bueno, par Dios! -dijo Sancho Panza-. Esto yo me lo dijera: no dijera ms
el profeta Perogrullo.

-Bestia -dijo don Quijote-, qu quieres que te respondan? No basta que
las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le
pregunta?

-S basta -respondi Sancho-, pero quisiera yo que se declarara ms y me
dijera ms.

Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acab la
admiracin en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio,
que el caso saban. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por
no tener suspenso al mundo, creyendo que algn hechicero y extraordinario
misterio en la tal cabeza se encerraba; y as, dice que don Antonio Moreno,
a imitacin de otra cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero,
hizo sta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes; y la
fbrica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada y
barnizada como jaspe, y el pie sobre que se sostena era de lo mesmo, con
cuatro garras de guila que dl salan, para mayor firmeza del peso. La
cabeza, que pareca medalla y figura de emperador romano, y de color de
bronce, estaba toda hueca, y ni ms ni menos la tabla de la mesa, en que se
encajaba tan justamente, que ninguna seal de juntura se pareca. El pie de
la tabla era ansimesmo hueco, que responda a la garganta y pechos de la
cabeza, y todo esto vena a responder a otro aposento que debajo de la
estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y
pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un can de hoja de
lata, muy justo, que de nadie poda ser visto. En el aposento de abajo
correspondiente al de arriba se pona el que haba de responder, pegada la
boca con el mesmo can, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de
arriba abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta
manera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio,
estudiante agudo y discreto, fue el respondiente; el cual, estando avisado
de su seor to de los que haban de entrar con l en aquel da en el
aposento de la cabeza, le fue fcil responder con presteza y puntualidad a
la primera pregunta; a las dems respondi por conjeturas, y, como
discreto, discretamente. Y dice ms Cide Hamete: que hasta diez o doce das
dur esta maravillosa mquina; pero que, divulgndose por la ciudad que don
Antonio tena en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban
responda, temiendo no llegase a los odos de las despiertas centinelas de
nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los seores inquisidores, le
mandaron que lo deshiciese y no pasase ms adelante, porque el vulgo
ignorante no se escandalizase; pero en la opinin de don Quijote y de
Sancho Panza, la cabeza qued por encantada y por respondona, ms a
satisfacin de don Quijote que de Sancho.

Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a
don Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr
sortija de all a seis das; que no tuvo efecto por la ocasin que se dir
adelante. Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie,
temiendo que, si iba a caballo, le haban de perseguir los mochachos, y
as, l y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a
pasearse.

Sucedi, pues, que, yendo por una calle, alz los ojos don Quijote, y vio
escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aqu se imprimen libros;
de lo que se content mucho, porque hasta entonces no haba visto emprenta
alguna, y deseaba saber cmo fuese. Entr dentro, con todo su
acompaamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en
sta, enmendar en aqulla, y, finalmente, toda aquella mquina que en las
emprentas grandes se muestra. Llegbase don Quijote a un cajn y preguntaba
qu era aqullo que all se haca; dbanle cuenta los oficiales, admirbase
y pasaba adelante. Lleg en otras a uno, y preguntle qu era lo que haca.
El oficial le respondi:

-Seor, este caballero que aqu est -y ensele a un hombre de muy buen
talle y parecer y de alguna gravedad- ha traducido un libro toscano en
nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la
estampa.

-Qu ttulo tiene el libro? -pregunt don Quijote.

-A lo que el autor respondi:

-Seor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.

-Y qu responde le bagatele en nuestro castellano? -pregunt don Quijote.

-Le bagatele -dijo el autor- es como si en castellano dijsemos los
juguetes; y, aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y
encierra en s cosas muy buenas y sustanciales.

-Yo -dijo don Quijote- s algn tanto de el toscano, y me precio de cantar
algunas estancias del Ariosto. Pero dgame vuesa merced, seor mo, y no
digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por
curiosidad no ms: ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piata?

-S, muchas veces -respondi el autor.

-Y cmo la traduce vuestra merced en castellano? -pregunt don Quijote.

-Cmo la haba de traducir -replic el autor-, sino diciendo olla?

-Cuerpo de tal -dijo don Quijote-, y qu adelante est vuesa merced en el
toscano idioma! Yo apostar una buena apuesta que adonde diga en el toscano
piache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga pi, dice
ms, y el su declara con arriba, y el gi con abajo.

-S declaro, por cierto -dijo el autor-, porque sas son sus propias
correspondencias.

-Osar yo jurar -dijo don Quijote- que no es vuesa merced conocido en el
mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables
trabajos. Qu de habilidades hay perdidas por ah! Qu de ingenios
arrinconados! Qu de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me
parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de
las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por
el revs, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las
escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de
lenguas fciles, ni arguye ingenio ni elocucin, como no le arguye el que
traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero
inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras
cosas peores se podra ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen.
Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor
Cristbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jurigui,
en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cul es la traducin o cul el
original. Pero dgame vuestra merced: este libro, imprmese por su cuenta,
o tiene ya vendido el privilegio a algn librero?

-Por mi cuenta lo imprimo -respondi el autor-, y pienso ganar mil ducados,
por lo menos, con esta primera impresin, que ha de ser de dos mil cuerpos,
y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.

-Bien est vuesa merced en la cuenta! -respondi don Quijote-. Bien parece
que no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las
correspondencias que hay de unos a otros; yo le prometo que, cuando se vea
cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se
espante, y ms si el libro es un poco avieso y no nada picante.

-Pues, qu? -dijo el autor-. Quiere vuesa merced que se lo d a un
librero, que me d por el privilegio tres maraveds, y an piensa que me
hace merced en drmelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el
mundo, que ya en l soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin l
no vale un cuatrn la buena fama.

-Dios le d a vuesa merced buena manderecha -respondi don Quijote.

Y pas adelante a otro cajn, donde vio que estaban corrigiendo un pliego
de un libro que se intitulaba Luz del alma; y,en vindole, dijo:

-Estos tales libros, aunque hay muchos deste gnero, son los que se deben
imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester
infinitas luces para tantos desalumbrados.

Pas adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y,
preguntando su ttulo, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del
Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de
Tordesillas.

-Ya yo tengo noticia deste libro -dijo don Quijote-, y en verdad y en mi
conciencia que pens que ya estaba quemado y hecho polvos, por
impertinente; pero su San Martn se le llegar, como a cada puerco, que las
historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan
a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto
son ms verdaderas.

Y, diciendo esto, con muestras de algn despecho, se sali de la emprenta.
Y aquel mesmo da orden don Antonio de llevarle a ver las galeras que en
la playa estaban, de que Sancho se regocij mucho, a causa que en su vida
las haba visto. Avis don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella
tarde haba de llevar a verlas a su husped el famoso don Quijote de la
Mancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenan
noticia; y lo que le sucedi en ellas se dir en el siguiente captulo.





Captulo LXIII. De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las
galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca


Grandes eran los discursos que don Quijote haca sobre la respuesta de la
encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos
paraban con la promesa, que l tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea.
All iba y vena, y se alegraba entre s mismo, creyendo que haba de ver
presto su cumplimiento; y Sancho, aunque aborreca el ser gobernador, como
queda dicho, todava deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta
mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas.

En resolucin, aquella tarde don Antonio Moreno, su husped, y sus dos
amigos, con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que
estaba avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y
Sancho, apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron
tienda, y sonaron las chirimas; arrojaron luego el esquife al agua,
cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmes, y, en
poniendo que puso los pies en l don Quijote, dispar la capitana el can
de cruja, y las otras galeras hicieron lo mesmo, y, al subir don Quijote
por la escala derecha, toda la chusma le salud como es usanza cuando una
persona principal entra en la galera, diciendo: ''Hu, hu, hu!'' tres
veces. Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era
un principal caballero valenciano; abraz a don Quijote, dicindole:

-Este da sealar yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que
pienso llevar en mi vida, habiendo visto al seor don Quijote de la Mancha:
tiempo y seal que nos muestra que en l se encierra y cifra todo el valor
del andante caballera.

Con otras no menos corteses razones le respondi don Quijote, alegre
sobremanera de verse tratar tan a lo seor. Entraron todos en la popa, que
estaba muy bien aderezada, y sentronse por los bandines, passe el cmitre
en cruja, y dio seal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se
hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, qued pasmado,
y ms cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a l le pareci que
todos los diablos andaban all trabajando; pero esto todo fueron tortas y
pan pintado para lo que ahora dir. Estaba Sancho sentado sobre el
estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya avisado de lo
que haba de hacer, asi de Sancho, y, levantndole en los brazos, toda la
chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando
y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta
priesa, que el pobre Sancho perdi la vista de los ojos, y sin duda pens
que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con l hasta volverle por
la siniestra banda y ponerle en la popa. Qued el pobre molido, y jadeando,
y trasudando, sin poder imaginar qu fue lo que sucedido le haba.

Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, pregunt al general si
eran ceremonias aqullas que se usaban con los primeros que entraban en las
galeras; porque si acaso lo fuese, l, que no tena intencin de profesar
en ellas, no quera hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que,
si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le haba de sacar el alma a
puntillazos; y, diciendo esto, se levant en pie y empu la espada.

A este instante abatieron tienda, y con grandsimo ruido dejaron caer la
entena de alto abajo. Pens Sancho que el cielo se desencajaba de sus
quicios y vena a dar sobre su cabeza; y, agobindola, lleno de miedo, la
puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que tambin
se estremeci y encogi de hombros y perdi la color del rostro. La chusma
iz la entena con la misma priesa y ruido que la haban amainado, y todo
esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo seal el cmitre
que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la cruja con el corbacho o
rebenque, comenz a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a
poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que
tales pens l que eran los remos, dijo entre s:

-stas s son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice.
Qu han hecho estos desdichados, que ans los azotan, y cmo este hombre
solo, que anda por aqu silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta
gente? Ahora yo digo que ste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.

Don Quijote, que vio la atencin con que Sancho miraba lo que pasaba, le
dijo:

-Ah Sancho amigo, y con qu brevedad y cun a poca costa os podades vos,
si quisisedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos
seores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena
de tantos, no sentirades vos mucho la vuestra; y ms, que podra ser que
el sabio Merln tomase en cuenta cada azote dstos, por ser dados de buena
mano, por diez de los que vos finalmente os habis de dar.

Preguntar quera el general qu azotes eran aqullos, o qu desencanto de
Dulcinea, cuando dijo el marinero:

-Seal hace Monju de que hay bajel de remos en la costa por la banda del
poniente.

Esto odo, salt el general en la cruja, y dijo:

-Ea hijos, no se nos vaya! Algn bergantn de cosarios de Argel debe de
ser ste que la atalaya nos seala.

Llegronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se
les ordenaba. Mand el general que las dos saliesen a la mar, y l con la
otra ira tierra a tierra, porque ans el bajel no se les escapara. Apret
la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que pareca
que volaban. Las que salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron
un bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince
bancos, y as era la verdad; el cual bajel, cuando descubri las galeras,
se puso en caza, con intencin y esperanza de escaparse por su ligereza;
pero avnole mal, porque la galera capitana era de los ms ligeros bajeles
que en la mar navegaban, y as le fue entrando, que claramente los del
bergantn conocieron que no podan escaparse; y as, el arrez quisiera que
dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capitn que
nuestras galeras rega. Pero la suerte, que de otra manera lo guiaba,
orden que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podan los del bajel
or las voces que desde ella les decan que se rindiesen, dos toraqus, que
es como decir dos turcos borrachos, que en el bergantn venan con estos
doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que
sobre nuestras arrumbadas venan. Viendo lo cual, jur el general de no
dejar con vida a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir
con toda furia, se le escap por debajo de la palamenta. Pas la galera
adelante un buen trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en
tanto que la galera volva, y de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en
caza; pero no les aprovech su diligencia tanto como les da su
atrevimiento, porque, alcanzndoles la capitana a poco ms de media milla,
les ech la palamenta encima y los cogi vivos a todos.

Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa
volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos
de ver lo que traan. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoci que
estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mand echar el esquife para
traerle, y mand amainar la entena para ahorcar luego luego al arrez y a
los dems turcos que en el bajel haba cogido, que seran hasta treinta y
seis personas, todos gallardos, y los ms, escopeteros turcos. Pregunt el
general quin era el arrez del bergantn y fuele respondido por uno de los
cautivos, en lengua castellana, que despus pareci ser renegado espaol:

-Este mancebo, seor, que aqu vees es nuestro arrez.

Y mostrle uno de los ms bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la
humana imaginacin. La edad, al parecer, no llegaba a veinte aos.
Preguntle el general:

-Dime, mal aconsejado perro, quin te movi a matarme mis soldados, pues
veas ser imposible el escaparte? Ese respeto se guarda a las capitanas?
No sabes t que no es valenta la temeridad? Las esperanzas dudosas han de
hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.

Responder quera el arrez; pero no pudo el general, por entonces, or la
respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con
el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.

-Buena ha estado la caza, seor general! -dijo el virrey.

-Y tan buena -respondi el general- cual la ver Vuestra Excelencia agora
colgada de esta entena.

-Cmo ans? -replic el virrey.

-Porque me han muerto -respondi el general-, contra toda ley y contra toda
razn y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras
venan, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a
este mozo, que es el arrez del bergantn.

Y ensele al que ya tena atadas las manos y echado el cordel a la
garganta, esperando la muerte.

Mirle el virrey, y, vindole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde,
dndole en aquel instante una carta de recomendacin su hermosura, le vino
deseo de escusar su muerte; y as, le pregunt:

-Dime, arrez, eres turco de nacin, o moro, o renegado?

A lo cual el mozo respondi, en lengua asimesmo castellana:

-Ni soy turco de nacin, ni moro, ni renegado.

-Pues, qu eres? -replic el virrey.

-Mujer cristiana -respondi el mancebo.

-Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Ms es cosa para
admirarla que para creerla.

-Suspended -dijo el mozo-, oh seores!, la ejecucin de mi muerte, que no
se perder mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os
cuente mi vida.

Quin fuera el de corazn tan duro que con estas razones no se ablandara,
o, a lo menos, hasta or las que el triste y lastimado mancebo decir
quera? El general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase
alcanzar perdn de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenz a
decir desta manera:

-De aquella nacin ms desdichada que prudente, sobre quien ha llovido
estos das un mar de desgracias, nac yo, de moriscos padres engendrada. En
la corriente de su desventura fui yo por dos tos mos llevada a Berbera,
sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y
no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y catlicas. No me
vali, con los que tenan a cargo nuestro miserable destierro, decir esta
verdad, ni mis tos quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por
invencin para quedarme en la tierra donde haba nacido, y as, por fuerza
ms que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre
discreto y cristiano, ni ms ni menos; mam la fe catlica en la leche;
crime con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jams, a mi
parecer, di seales de ser morisca. Al par y al paso destas virtudes, que
yo creo que lo son, creci mi hermosura, si es que tengo alguna; y, aunque
mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debi de ser tanto que no
tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar Gregorio,
hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene.
Cmo me vio, cmo nos hablamos, cmo se vio perdido por m y cmo yo no muy
ganada por l, sera largo de contar, y ms en tiempo que estoy temiendo
que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel
que me amenaza; y as, slo dir cmo en nuestro destierro quiso
acompaarme don Gregorio. Mezclse con los moriscos que de otros lugares
salieron, porque saba muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de
dos tos mos que consigo me traan; porque mi padre, prudente y prevenido,
as como oy el primer bando de nuestro destierro, se sali del lugar y se
fue a buscar alguno en los reinos estraos que nos acogiese. Dej
encerradas y enterradas, en una parte de quien yo sola tengo noticia,
muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados y
doblones de oro. Mandme que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna
manera, si acaso antes que l volviese nos desterraban. Hcelo as, y con
mis tos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
Berbera; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le
hiciramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la
fama se la dio de mis riquezas, que, en parte, fue ventura ma. Llamme
ante s, preguntme de qu parte de Espaa era y qu dineros y qu joyas
traa. Djele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en l
enterrados, pero que con facilidad se podran cobrar si yo misma volviese
por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura,
sino su codicia. Estando conmigo en estas plticas, le llegaron a decir
cmo vena conmigo uno de los ms gallardos y hermosos mancebos que se
poda imaginar. Luego entend que lo decan por don Gaspar Gregorio, cuya
belleza se deja atrs las mayores que encarecer se pueden. Turbme,
considerando el peligro que don Gregorio corra, porque entre aquellos
brbaros turcos en ms se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que
una mujer, por bellsima que sea. Mand luego el rey que se le trujesen
all delante para verle, y preguntme si era verdad lo que de aquel mozo le
decan. Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que s era;
pero que le haca saber que no era varn, sino mujer como yo, y que le
suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en
todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia.
Djome que fuese en buena hora, y que otro da hablaramos en el modo que
se poda tener para que yo volviese a Espaa a sacar el escondido tesoro.
Habl con don Gaspar, contle el peligro que corra el mostrar ser hombre;
vestle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el
cual, en vindole, qued admirado y hizo disignio de guardarla para hacer
presente della al Gran Seor; y, por huir del peligro que en el serrallo de
sus mujeres poda tener y temer de s mismo, la mand poner en casa de unas
principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron
luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se
deje a la consideracin de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego
traza el rey de que yo volviese a Espaa en este bergantn y que me
acompaasen dos turcos de nacin, que fueron los que mataron vuestros
soldados. Vino tambin conmigo este renegado espaol -sealando al que
haba hablado primero-, del cual s yo bien que es cristiano encubierto y
que viene con ms deseo de quedarse en Espaa que de volver a Berbera; la
dems chusma del bergantn son moros y turcos, que no sirven de ms que de
bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin guardar el
orden que traamos de que a m y a este renegado en la primer parte de
Espaa, en hbito de cristianos, de que venimos provedos, nos echasen en
tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si
pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en tierra, por algn acidente
que a los dos nos sucediese, podramos descubrir que quedaba el bergantn
en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche
descubrimos esta playa, y, sin tener noticia destas cuatro galeras,
fuimos descubiertos, y nos ha sucedido lo que habis visto. En resolucin:
don Gregorio queda en hbito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro
de perderse, y yo me veo atadas las manos, esperando, o, por mejor decir,
temiendo perder la vida, que ya me cansa. ste es, seores, el fin de mi
lamentable historia, tan verdadera como desdichada; lo que os ruego es que
me dejis morir como cristiana, pues, como ya he dicho, en ninguna cosa he
sido culpante de la culpa en que los de mi nacin han cado.

Y luego call, preados los ojos de tiernas lgrimas, a quien acompaaron
muchas de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin
hablarle palabra, se lleg a ella y le quit con sus manos el cordel que
las hermosas de la mora ligaba.

En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba,
tuvo clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entr en la galera
cuando entr el virrey; y, apenas dio fin a su pltica la morisca, cuando
l se arroj a sus pies, y, abrazado dellos, con interrumpidas palabras de
mil sollozos y suspiros, le dijo:

-Oh Ana Flix, desdichada hija ma! Yo soy tu padre Ricote, que volva a
buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma.

A cuyas palabras abri los ojos Sancho, y alz la cabeza (que inclinada
tena, pensando en la desgracia de su paseo), y, mirando al peregrino,
conoci ser el mismo Ricote que top el da que sali de su gobierno, y
confirmse que aqulla era su hija, la cual, ya desatada, abraz a su
padre, mezclando sus lgrimas con las suyas; el cual dijo al general y al
virrey:

-sta, seores, es mi hija, ms desdichada en sus sucesos que en su nombre.
Ana Flix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa tanto por su
hermosura como por mi riqueza. Yo sal de mi patria a buscar en reinos
estraos quien nos albergase y recogiese, y, habindole hallado en
Alemania, volv en este hbito de peregrino, en compaa de otros alemanes,
a buscar mi hija y a desenterrar muchas riquezas que dej escondidas. No
hall a mi hija; hall el tesoro, que conmigo traigo, y agora, por el
estrao rodeo que habis visto, he hallado el tesoro que ms me enriquece,
que es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y sus lgrimas y las mas,
por la integridad de vuestra justicia, pueden abrir puertas a la
misericordia, usadla con nosotros, que jams tuvimos pensamiento de
ofenderos, ni convenimos en ningn modo con la intencin de los nuestros,
que justamente han sido desterrados.

Entonces dijo Sancho:

-Bien conozco a Ricote, y s que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana
Flix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala
intencin, no me entremeto.

Admirados del estrao caso todos los presentes, el general dijo:

-Una por una vuestras lgrimas no me dejarn cumplir mi juramento: vivid,
hermosa Ana Flix, los aos de vida que os tiene determinados el cielo, y
lleven la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.

Y mand luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados
haban muerto; pero el virrey le pidi encarecidamente no los ahorcase,
pues ms locura que valenta haba sido la suya. Hizo el general lo que el
virrey le peda, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada.
Procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en
que quedaba. Ofreci Ricote para ello ms de dos mil ducados que en perlas
y en joyas tena. Dironse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que
dio el renegado espaol que se ha dicho, el cual se ofreci de volver a
Argel en algn barco pequeo, de hasta seis bancos, armado de remeros
cristianos, porque l saba dnde, cmo y cundo poda y deba desembarcar,
y asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general
y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar de los cristianos que haban
de bogar el remo; file Ana Flix, y Ricote, su padre, dijo que sala a dar
el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen.

Firmados, pues, en este parecer, se desembarc el virrey, y don Antonio
Moreno se llev consigo a la morisca y a su padre, encargndole el virrey
que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de su parte le
ofreca lo que en su casa hubiese para su regalo. Tanta fue la benevolencia
y caridad que la hermosura de Ana Flix infundi en su pecho.





Captulo LXIV. Que trata de la aventura que ms pesadumbre dio a don
Quijote de cuantas hasta entonces le haban sucedido


La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibi grandsimo
contento de ver a Ana Flix en su casa. Recibila con mucho agrado, as
enamorada de su belleza como de su discrecin, porque en lo uno y en lo
otro era estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana
taida, venan a verla.

Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que haban tomado en la
libertad de don Gregorio no era bueno, porque tena ms de peligroso que de
conveniente, y que sera mejor que le pusiesen a l en Berbera con sus
armas y caballo; que l le sacara a pesar de toda la morisma, como haba
hecho don Gaiferos a su esposa Melisendra.

-Advierta vuesa merced -dijo Sancho, oyendo esto- que el seor don Gaiferos
sac a sus esposa de tierra firme y la llev a Francia por tierra firme;
pero aqu, si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dnde traerle a
Espaa, pues est la mar en medio.

-Para todo hay remedio, si no es para la muerte -respondi don Quijote-;
pues, llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en l, aunque
todo el mundo lo impida.

-Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced -dijo Sancho-, pero del dicho
al hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy
hombre de bien y de muy buenas entraas.

Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso, se tomara el
espediente de que el gran don Quijote pasase en Berbera.

De all a dos das parti el renegado en un ligero barco de seis remos por
banda, armado de valentsima chusma; y de all a otros dos se partieron las
galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de
avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de
Ana Flix; qued el visorrey de hacerlo as como se lo peda.

Y una maana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas
sus armas, porque, como muchas veces deca, ellas eran sus arreos, y su
descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir haca l
un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traa
pintada una luna resplandeciente; el cual, llegndose a trecho que poda
ser odo, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:

-Insigne caballero y jams como se debe alabado don Quijote de la Mancha,
yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazaas quiz te le
habrn trado a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza
de tus brazos, en razn de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea
quien fuere, es sin comparacin ms hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la
cual verdad si t la confiesas de llano en llano, escusars tu muerte y el
trabajo que yo he de tomar en drtela; y si t peleares y yo te venciere,
no quiero otra satisfacin sino que, dejando las armas y abstenindote de
buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un ao,
donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en
provechoso sosiego, porque as conviene al aumento de tu hacienda y a la
salvacin de tu alma; y si t me vencieres, quedar a tu discrecin mi
cabeza, y sern tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasar a la
tuya la fama de mis hazaas. Mira lo que te est mejor, y respndeme luego,
porque hoy todo el da traigo de trmino para despachar este negocio.

Don Quijote qued suspenso y atnito, as de la arrogancia del Caballero de
la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba; y con reposo y ademn
severo le respondi:

-Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazaas hasta agora no han llegado a mi
noticia, yo osar jurar que jams habis visto a la ilustre Dulcinea; que
si visto la hubirades, yo s que procurrades no poneros en esta demanda,
porque su vista os desengaara de que no ha habido ni puede haber belleza
que con la suya comparar se pueda; y as, no dicindoos que ments, sino
que no acertis en lo propuesto, con las condiciones que habis referido,
aceto vuestro desafo, y luego, porque no se pase el da que trais
determinado; y slo exceto de las condiciones la de que se pase a m la
fama de vuestras hazaas, porque no s cules ni qu tales sean: con las
mas me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo
que quisiredes, que yo har lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San
Pedro se la bendiga.

Haban descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna, y dchoselo
al visorrey que estaba hablando con don Quijote de la Mancha. El visorrey,
creyendo sera alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o
por otro algn caballero de la ciudad, sali luego a la playa con don
Antonio y con otros muchos caballeros que le acompaaban, a tiempo cuando
don Quijote volva las riendas a Rocinante para tomar del campo lo
necesario.

Viendo, pues, el visorrey que daban los dos seales de volverse a
encontrar, se puso en medio, preguntndoles qu era la causa que les mova
a hacer tan de improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondi
que era precedencia de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas
que haba dicho a don Quijote, con la acetacin de las condiciones del
desafo hechas por entrambas partes. Llegse el visorrey a don Antonio, y
preguntle paso si saba quin era el tal Caballero de la Blanca Luna, o si
era alguna burla que queran hacer a don Quijote. Don Antonio le respondi
que ni saba quin era, ni si era de burlas ni de veras el tal desafo.
Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejara o no pasar
adelante en la batalla; pero, no pudindose persuadir a que fuese sino
burla, se apart diciendo:

-Seores caballeros, si aqu no hay otro remedio sino confesar o morir, y
el seor don Quijote est en sus trece y vuestra merced el de la Blanca
Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.

Agradeci el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey
la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual,
encomendndose al cielo de todo corazn y a su Dulcinea -como tena de
costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecan-, torn a tomar
otro poco ms del campo, porque vio que su contrario haca lo mesmo, y, sin
tocar trompeta ni otro instrumento blico que les diese seal de arremeter,
volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y, como
era ms ligero el de la Blanca Luna, lleg a don Quijote a dos tercios
andados de la carrera, y all le encontr con tan poderosa fuerza, sin
tocarle con la lanza (que la levant, al parecer, de propsito), que dio
con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa cada. Fue luego
sobre l, y, ponindole la lanza sobre la visera, le dijo:

-Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesis las condiciones de
nuestro desafo.

Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara
dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:

-Dulcinea del Toboso es la ms hermosa mujer del mundo, y yo el ms
desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude
esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y qutame la vida, pues me has
quitado la honra.

-Eso no har yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su
entereza la fama de la hermosura de la seora Dulcinea del Toboso, que slo
me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un ao, o
hasta el tiempo que por m le fuere mandado, como concertamos antes de
entrar en esta batalla.

Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que all
estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondi que como no le pidiese
cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo dems cumplira como
caballero puntual y verdadero.

Hecha esta confesin, volvi las riendas el de la Blanca Luna, y, haciendo
mesura con la cabeza al visorrey, a medio galope se entr en la ciudad.

Mand el visorrey a don Antonio que fuese tras l, y que en todas maneras
supiese quin era. Levantaron a don Quijote, descubrironle el rostro y
hallronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo
mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no saba qu
decirse ni qu hacerse: parecale que todo aquel suceso pasaba en sueos y
que toda aquella mquina era cosa de encantamento. Vea a su seor rendido
y obligado a no tomar armas en un ao; imaginaba la luz de la gloria de sus
hazaas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como
se deshace el humo con el viento. Tema si quedara o no contrecho
Rocinante, o deslocado su amo; que no fuera poca ventura si deslocado
quedara. Finalmente, con una silla de manos, que mand traer el visorrey,
le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvi tambin a ella, con deseo
de saber quin fuese el Caballero de la Blanca Luna, que de tan mal talante
haba dejado a don Quijote.





Captulo LXV. Donde se da noticia quin era el de la Blanca Luna, con la
libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos


Sigui don Antonio Moreno al Caballero de la Blanca Luna, y siguironle
tambin, y aun persiguironle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en
un mesn dentro de la ciudad. Entr el don Antonio con deseo de conocerle;
sali un escudero a recebirle y a desarmarle; encerrse en una sala baja, y
con l don Antonio, que no se le coca el pan hasta saber quin fuese.
Viendo, pues, el de la Blanca Luna que aquel caballero no le dejaba, le
dijo:

-Bien s, seor, a lo que vens, que es a saber quin soy; y, porque no hay
para qu negroslo, en tanto que este mi criado me desarma os lo dir, sin
faltar un punto a la verdad del caso. Sabed, seor, que a m me llaman el
bachiller Sansn Carrasco; soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha,
cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lstima todos cuantos le
conocemos, y entre los que ms se la han tenido he sido yo; y, creyendo que
est su salud en su reposo y en que se est en su tierra y en su casa, di
traza para hacerle estar en ella; y as, habr tres meses que le sal al
camino como caballero andante, llamndome el Caballero de los Espejos, con
intencin de pelear con l y vencerle, sin hacerle dao, poniendo por
condicin de nuestra pelea que el vencido quedase a discrecin del
vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por vencido,
era que se volviese a su lugar y que no saliese dl en todo un ao, en el
cual tiempo podra ser curado; pero la suerte lo orden de otra manera,
porque l me venci a m y me derrib del caballo, y as, no tuvo efecto mi
pensamiento: l prosigui su camino, y yo me volv, vencido, corrido y
molido de la cada, que fue adems peligrosa; pero no por esto se me quit
el deseo de volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto. Y como l
es tan puntual en guardar las rdenes de la andante caballera, sin duda
alguna guardar la que le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es,
seor, lo que pasa, sin que tenga que deciros otra cosa alguna; suplcoos
no me descubris ni le digis a don Quijote quin soy, porque tengan efecto
los buenos pensamientos mos y vuelva a cobrar su juicio un hombre que le
tiene bonsimo, como le dejen las sandeces de la caballera.

-Oh seor -dijo don Antonio-, Dios os perdone el agravio que habis hecho
a todo el mundo en querer volver cuerdo al ms gracioso loco que hay en l!
No veis, seor, que no podr llegar el provecho que cause la cordura de
don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaros? Pero yo
imagino que toda la industria del seor bachiller no ha de ser parte para
volver cuerdo a un hombre tan rematadamente loco; y si no fuese contra
caridad, dira que nunca sane don Quijote, porque con su salud, no
solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza, su escudero, que
cualquiera dellas puede volver a alegrar a la misma melancola. Con todo
esto, callar, y no le dir nada, por ver si salgo verdadero en sospechar
que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el seor Carrasco.

El cual respondi que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio, de
quien esperaba feliz suceso. Y, habindose ofrecido don Antonio de hacer lo
que ms le mandase, se despidi dl; y, hecho liar sus armas sobre un
macho, luego al mismo punto, sobre el caballo con que entr en la batalla,
se sali de la ciudad aquel mismo da y se volvi a su patria, sin
sucederle cosa que obligue a contarla en esta verdadera historia.

Cont don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le haba contado, de lo
que el visorrey no recibi mucho gusto, porque en el recogimiento de don
Quijote se perda el que podan tener todos aquellos que de sus locuras
tuviesen noticia.

Seis das estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal
acondicionado, yendo y viniendo con la imaginacin en el desdichado suceso
de su vencimiento. Consolbale Sancho, y, entre otras razones, le dijo:

-Seor mo, alce vuestra merced la cabeza y algrese, si puede, y d
gracias al cielo que, ya que le derrib en la tierra, no sali con alguna
costilla quebrada; y, pues sabe que donde las dan las toman, y que no
siempre hay tocinos donde hay estacas, d una higa al mdico, pues no le ha
menester para que le cure en esta enfermedad: volvmonos a nuestra casa y
dejmonos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos;
y, si bien se considera, yo soy aqu el ms perdidoso, aunque es vuestra
merced el ms mal parado. Yo, que dej con el gobierno los deseos de ser
ms gobernador, no dej la gana de ser conde, que jams tendr efecto si
vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de su caballera; y as,
vienen a volverse en humo mis esperanzas.

-Calla, Sancho, pues ves que mi reclusin y retirada no ha de pasar de un
ao; que luego volver a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar
reino que gane y algn condado que darte.

-Dios lo oiga -dijo Sancho-, y el pecado sea sordo, que siempre he odo
decir que ms vale buena esperanza que ruin posesin.

En esto estaban cuando entr don Antonio, diciendo con muestras de
grandsimo contento:

-Albricias, seor don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por
l est en la playa! Qu digo en la playa? Ya est en casa del visorrey, y
ser aqu al momento.

Alegrse algn tanto don Quijote, y dijo:

-En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al
revs, porque me obligara a pasar en Berbera, donde con la fuerza de mi
brazo diera libertad no slo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos
cautivos hay en Berbera. Pero, qu digo, miserable? No soy yo el
vencido? No soy yo el derribado? No soy yo el que no puede tomar arma en
un ao? Pues, qu prometo? De qu me alabo, si antes me conviene usar de
la rueca que de la espada?

-Djese deso, seor -dijo Sancho-: viva la gallina, aunque con su pepita,
que hoy por ti y maana por m; y en estas cosas de encuentros y porrazos
no hay tomarles tiento alguno, pues el que hoy cae puede levantarse
maana, si no es que se quiere estar en la cama; quiero decir que se deje
desmayar, sin cobrar nuevos bros para nuevas pendencias. Y levntese
vuestra merced agora para recebir a don Gregorio, que me parece que anda la
gente alborotada, y ya debe de estar en casa.

Y as era la verdad; porque, habiendo ya dado cuenta don Gregorio y el
renegado al visorrey de su ida y vuelta, deseoso don Gregorio de ver a Ana
Flix, vino con el renegado a casa de don Antonio; y, aunque don Gregorio,
cuando le sacaron de Argel, fue con hbitos de mujer, en el barco los troc
por los de un cautivo que sali consigo; pero en cualquiera que viniera,
mostrara ser persona para ser codiciada, servida y estimada, porque era
hermoso sobremanera, y la edad, al parecer, de diez y siete o diez y ocho
aos. Ricote y su hija salieron a recebirle: el padre con lgrimas y la
hija con honestidad. No se abrazaron unos a otros, porque donde hay mucho
amor no suele haber demasiada desenvoltura. Las dos bellezas juntas de don
Gregorio y Ana Flix admiraron en particular a todos juntos los que
presentes estaban. El silencio fue all el que habl por los dos amantes, y
los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos
pensamientos.

Cont el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don Gregorio;
cont don Gregorio los peligros y aprietos en que se haba visto con las
mujeres con quien haba quedado, no con largo razonamiento, sino con breves
palabras, donde mostr que su discrecin se adelantaba a sus aos.
Finalmente, Ricote pag y satisfizo liberalmente as al renegado como a los
que haban bogado al remo. Reincorporse y redjose el renegado con la
Iglesia, y, de miembro podrido, volvi limpio y sano con la penitencia y el
arrepentimiento.

De all a dos das trat el visorrey con don Antonio qu modo tendran para
que Ana Flix y su padre quedasen en Espaa, parecindoles no ser de
inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al
parecer, tan bien intencionado. Don Antonio se ofreci venir a la corte a
negociarlo, donde haba de venir forzosamente a otros negocios, dando a
entender que en ella, por medio del favor y de las ddivas, muchas cosas
dificultosas se acaban.

-No -dijo Ricote, que se hall presente a esta pltica- hay que esperar en
favores ni en ddivas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde
de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsin, no valen
ruegos, no promesas, no ddivas, no lstimas; porque, aunque es verdad que
l mezcla la misericordia con la justicia, como l vee que todo el cuerpo
de nuestra nacin est contaminado y podrido, usa con l antes del cauterio
que abrasa que del ungento que molifica; y as, con prudencia, con
sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus
fuertes hombros a debida ejecucin el peso desta gran mquina, sin que
nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido
deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque no se le
quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como raz escondida, que con
el tiempo venga despus a brotar, y a echar frutos venenosos en Espaa, ya
limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la
tena. Heroica resolucin del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en
haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!

-Una por una, yo har, puesto all, las diligencias posibles, y haga el
cielo lo que ms fuere servido -dijo don Antonio-. Don Gregorio se ir
conmigo a consolar la pena que sus padres deben tener por su ausencia; Ana
Flix se quedar con mi mujer en mi casa, o en un monasterio, y yo s que
el seor visorrey gustar se quede en la suya el buen Ricote, hasta ver
cmo yo negocio.

El visorrey consinti en todo lo propuesto, pero don Gregorio, sabiendo lo
que pasaba, dijo que en ninguna manera poda ni quera dejar a doa Ana
Flix; pero, teniendo intencin de ver a sus padres, y de dar traza de
volver por ella, vino en el decretado concierto. Quedse Ana Flix con la
mujer de don Antonio, y Ricote en casa del visorrey.

Llegse el da de la partida de don Antonio, y el de don Quijote y Sancho,
que fue de all a otros dos; que la cada no le concedi que ms presto se
pusiese en camino. Hubo lgrimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al
despedirse don Gregorio de Ana Flix. Ofrecile Ricote a don Gregorio mil
escudos, si los quera; pero l no tom ninguno, sino solos cinco que le
prest don Antonio, prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se
partieron los dos, y don Quijote y Sancho despus, como se ha dicho: don
Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con
las armas.





Captulo LXVI. Que trata de lo que ver el que lo leyere, o lo oir el que
lo escuchare leer


Al salir de Barcelona, volvi don Quijote a mirar el sitio donde haba
cado, y dijo:

-Aqu fue Troya! Aqu mi desdicha, y no mi cobarda, se llev mis
alcanzadas glorias; aqu us la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas;
aqu se escurecieron mis hazaas; aqu, finalmente, cay mi ventura para
jams levantarse!

Oyendo lo cual Sancho, dijo:

-Tan de valientes corazones es, seor mo, tener sufrimiento en las
desgracias como alegra en las prosperidades; y esto lo juzgo por m mismo,
que si cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a
pie, no estoy triste; porque he odo decir que esta que llaman por ah
Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y as, no
vee lo que hace, ni sabe a quin derriba, ni a quin ensalza.

-Muy filsofo ests, Sancho -respondi don Quijote-, muy a lo discreto
hablas: no s quin te lo ensea. Lo que te s decir es que no hay fortuna
en el mundo, ni las cosas que en l suceden, buenas o malas que sean,
vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aqu
viene lo que suele decirse: que cada uno es artfice de su ventura. Yo lo
he sido de la ma, pero no con la prudencia necesaria, y as, me han salido
al gallarn mis presunciones; pues debiera pensar que al poderoso grandor
del caballo del de la Blanca Luna no poda resistir la flaqueza de
Rocinante. Atrevme en fin, hice lo que puede, derribronme, y, aunque
perd la honra, no perd, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.
Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y con mis
manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero pedestre,
acreditar mis palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina, pues,
amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el ao del noviciado, con
cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de m
olvidado ejercicio de las armas.

-Seor -respondi Sancho-, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me
mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de
algn rbol, en lugar de un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del
rucio, levantados los pies del suelo, haremos las jornadas como vuestra
merced las pidiere y midiere; que pensar que tengo de caminar a pie y
hacerlas grandes es pensar en lo escusado.

-Bien has dicho, Sancho -respondi don Quijote-: culguense mis armas por
trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos en los rboles lo
que en el trofeo de las armas de Roldn estaba escrito:

Nadie las mueva

que estar no pueda con Roldn a prueba.

-Todo eso me parece de perlas -respondi Sancho-; y, si no fuera por la
falta que para el camino nos haba de hacer Rocinante, tambin fuera bien
dejarle colgado.

-Pues ni l ni las armas -replic don Quijote- quiero que se ahorquen,
porque no se diga que a buen servicio, mal galardn!

-Muy bien dice vuestra merced -respondi Sancho-, porque, segn opinin de
discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y, pues deste
suceso vuestra merced tiene la culpa, castguese a s mesmo, y no revienten
sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de
Rocinante, ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen ms de lo
justo.

En estas razones y plticas se les pas todo aquel da, y aun otros cuatro,
sin sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto da, a la entrada
de un lugar, hallaron a la puerta de un mesn mucha gente, que, por ser
fiesta, se estaba all solazando. Cuando llegaba a ellos don Quijote, un
labrador alz la voz diciendo:

-Alguno destos dos seores que aqu vienen, que no conocen las partes, dir
lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.

-S dir, por cierto -respondi don Quijote-, con toda rectitud, si es que
alcanzo a entenderla.

-Es, pues, el caso -dijo el labrador-, seor bueno, que un vecino deste
lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafi a correr a otro su vecino,
que no pesa ms que cinco. Fue la condicin que haban de correr una
carrera de cien pasos con pesos iguales; y, habindole preguntado al
desafiador cmo se haba de igualar el peso, dijo que el desafiado, que
pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y as se
igualaran las once arrobas del flaco con las once del gordo.

-Eso no -dijo a esta sazn Sancho, antes que don Quijote respondiese-. Y a
m, que ha pocos das que sal de ser gobernador y juez, como todo el mundo
sabe, toca averiguar estas dudas y dar parecer en todo pleito.

-Responde en buen hora -dijo don Quijote-, Sancho amigo, que yo no estoy
para dar migas a un gato, segn traigo alborotado y trastornado el juicio.

Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos
alrededor dl la boca abierta, esperando la sentencia de la suya:

-Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de
justicia alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede
escoger las armas, no es bien que ste las escoja tales que le impidan ni
estorben el salir vencedor; y as, es mi parecer que el gordo desafiador se
escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus
carnes, de aqu o de all de su cuerpo, como mejor le pareciere y
estuviere; y desta manera, quedando en cinco arrobas de peso, se igualar y
ajustar con las cinco de su contrario, y as podrn correr igualmente.

-Voto a tal -dijo un labrador que escuch la sentencia de Sancho- que este
seor ha hablado como un bendito y sentenciado como un cannigo! Pero a
buen seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus carnes,
cuanto ms seis arrobas.

-Lo mejor es que no corran -respondi otro-, porque el flaco no se muela
con el peso, ni el gordo se descarne; y chese la mitad de la apuesta en
vino, y llevemos estos seores a la taberna de lo caro, y sobre m la capa
cuando llueva.

-Yo, seores -respondi don Quijote-, os lo agradezco, pero no puedo
detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer
descorts y caminar ms que de paso.

Y as, dando de las espuelas a Rocinante, pas adelante, dejndolos
admirados de haber visto y notado as su estraa figura como la discrecin
de su criado, que por tal juzgaron a Sancho. Y otro de los labradores dijo:

-Si el criado es tan discreto, cul debe de ser el amo! Yo apostar que si
van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de
corte; que todo es burla, sino estudiar y ms estudiar, y tener favor y
ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la
mano o con una mitra en la cabeza.

Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y
descubierto; y otro da, siguiendo su camino, vieron que hacia ellos vena
un hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y una azcona o chuzo en la
mano, propio talle de correo de a pie; el cual, como lleg junto a don
Quijote, adelant el paso, y medio corriendo lleg a l, y, abrazndole por
el muslo derecho, que no alcanzaba a ms, le dijo, con muestras de mucha
alegra:

-Oh mi seor don Quijote de la Mancha, y qu gran contento ha de llegar al
corazn de mi seor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su
castillo, que todava se est en l con mi seora la duquesa!

-No os conozco, amigo -respondi don Quijote-, ni s quin sois, si vos no
me lo decs.

-Yo, seor don Quijote -respondi el correo-, soy Tosilos, el lacayo del
duque mi seor, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento
de la hija de doa Rodrguez.

-Vlame Dios! -dijo don Quijote-. Es posible que sois vos el que los
encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decs, por
defraudarme de la honra de aquella batalla?

-Calle, seor bueno -replic el cartero-, que no hubo encanto alguno ni
mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entr en la estacada como
Tosilos lacayo sal della. Yo pens casarme sin pelear, por haberme
parecido bien la moza, pero sucedime al revs mi pensamiento, pues, as
como vuestra merced se parti de nuestro castillo, el duque mi seor me
hizo dar cien palos por haber contravenido a las ordenanzas que me tena
dadas antes de entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es
ya monja, y doa Rodrguez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora a
Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey, que le enva mi amo. Si
vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aqu llevo una
calabaza llena de lo caro, con no s cuntas rajitas de queso de Tronchn,
que servirn de llamativo y despertador de la sed, si acaso est durmiendo.

-Quiero el envite -dijo Sancho-, y chese el resto de la cortesa, y
escancie el buen Tosilos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en
las Indias.

-En fin -dijo don Quijote-, t eres, Sancho, el mayor glotn del mundo y el
mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es
encantado, y este Tosilos contrahecho. Qudate con l y hrtate, que yo me
ir adelante poco a poco, esperndote a que vengas.

Rise el lacayo, desenvain su calabaza, desalforj sus rajas, y, sacando
un panecillo, l y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz
compaa despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas,
con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, slo porque
ola a queso. Dijo Tosilos a Sancho:

-Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.

-Cmo debe? -respondi Sancho-. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y
ms cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a l;
pero, qu aprovecha? Y ms agora que va rematado, porque va vencido del
Caballero de la Blanca Luna.

Rogle Tosilos le contase lo que le haba sucedido, pero Sancho le
respondi que era descortesa dejar que su amo le esperase; que otro da,
si se encontrasen, habra lugar par ello. Y, levantndose, despus de
haberse sacudido el sayo y las migajas de las barbas, antecogi al rucio,
y, diciendo ''a Dios'', dej a Tosilos y alcanz a su amo, que a la sombra
de un rbol le estaba esperando.





Captulo LXVII. De la resolucin que tom don Quijote de hacerse pastor y
seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el ao de su promesa, con
otros sucesos en verdad gustosos y buenos


Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado,
muchos ms le fatigaron despus de cado. A la sombra del rbol estaba,
como se ha dicho, y all, como moscas a la miel, le acudan y picaban
pensamientos: unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que
haba de hacer en su forzosa retirada. Lleg Sancho y alable la liberal
condicin del lacayo Tosilos.

-Es posible -le dijo don Quijote- que todava, oh Sancho!, pienses que
aqul sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber
visto a Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de
los Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que
me persiguen. Pero dime agora: preguntaste a ese Tosilos que dices qu ha
hecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en
las manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la
fatigaban?

-No eran -respondi Sancho- los que yo tena tales que me diesen lugar a
preguntar boberas. Cuerpo de m!, seor, est vuestra merced ahora en
trminos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?

-Mira, Sancho -dijo don Quijote-, mucha diferencia hay de las obras que se
hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que un
caballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que
sea desagradecido. Qusome bien, al parecer, Altisidora; diome los tres
tocadores que sabes, llor en mi partida, maldjome, vituperme, quejse, a
despecho de la vergenza, pblicamente: seales todas de que me adoraba,
que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve
esperanzas que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las mas las tengo
entregadas a Dulcinea, y los tesoros de los caballeros andantes son, como
los de los duendes, aparentes y falsos, y slo puedo darle estos acuerdos
que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quien
t agravias con la remisin que tienes en azotarte y en castigar esas
carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para los
gusanos que para el remedio de aquella pobre seora.

-Seor -respondi Sancho-, si va a decir la verdad, yo no me puedo
persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los
desencantos de los encantados, que es como si dijsemos: "Si os duele la
cabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osar jurar que en cuantas
historias vuesa merced ha ledo que tratan de la andante caballera no ha
visto algn desencantado por azotes; pero, por s o por no, yo me los dar,
cuando tenga gana y el tiempo me d comodidad para castigarme.

-Dios lo haga -respondi don Quijote-, y los cielos te den gracia para que
caigas en la cuenta y en la obligacin que te corre de ayudar a mi seora,
que lo es tuya, pues t eres mo.

En estas plticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio
y lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocile don Quijote;
dijo a Sancho:

-ste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos
pastores que en l queran renovar e imitar a la pastoral Arcadia,
pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitacin, si es que a ti te
parece bien, querra, oh Sancho!, que nos convirtisemos en pastores,
siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo comprar algunas ovejas,
y todas las dems cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y
llamndome yo el pastor Quijotiz, y t el pastor Pancino, nos andaremos por
los montes, por las selvas y por los prados, cantando aqu, endechando
all, bebiendo de los lquidos cristales de las fuentes, o ya de los
limpios arroyuelos, o de los caudalosos ros. Darnnos con abundantsima
mano de su dulcsimo fruto las encinas, asiento los troncos de los
dursimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil
colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz
la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el
canto, alegra el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos
hacernos eternos y famosos, no slo en los presentes, sino en los venideros
siglos.

-Pardiez -dijo Sancho-, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal gnero de
vida; y ms, que no la ha de haber an bien visto el bachiller Sansn
Carrasco y maese Nicols el barbero, cuando la han de querer seguir, y
hacerse pastores con nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad al
cura de entrar tambin en el aprisco, segn es de alegre y amigo de
holgarse.

-T has dicho muy bien -dijo don Quijote-; y podr llamarse el bachiller
Sansn Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrar sin duda, el
pastor Sansonino, o ya el pastor Carrascn; el barbero Nicols se podr
llamar Miculoso, como ya el antiguo Boscn se llam Nemoroso; al cura no s
qu nombre le pongamos, si no es algn derivativo de su nombre, llamndole
el pastor Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre
peras podremos escoger sus nombres; y, pues el de mi seora cuadra as al
de pastora como al de princesa, no hay para qu cansarme en buscar otro que
mejor le venga; t, Sancho, pondrs a la tuya el que quisieres.

-No pienso -respondi Sancho- ponerle otro alguno sino el de Teresona, que
le vendr bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama
Teresa; y ms, que, celebrndola yo en mis versos, vengo a descubrir mis
castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas.
El cura no ser bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere
el bachiller tenerla, su alma en su palma.

-Vlame Dios -dijo don Quijote-, y qu vida nos hemos de dar, Sancho
amigo! Qu de churumbelas han de llegar a nuestros odos, qu de gaitas
zamoranas, qu tamborines, y qu de sonajas, y qu de rabeles! Pues, qu
si destas diferencias de msicas resuena la de los albogues! All se ver
casi todos los instrumentos pastorales.

-Qu son albogues -pregunt Sancho-, que ni los he odo nombrar, ni los he
visto en toda mi vida?

-Albogues son -respondi don Quijote- unas chapas a modo de candeleros de
azfar, que, dando una con otra por lo vaco y hueco, hace un son, si no
muy agradable ni armnico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad
de la gaita y del tamborn; y este nombre albogues es morisco, como lo son
todos aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a
saber: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacn, alcanca,
y otros semejantes, que deben ser pocos ms; y solos tres tiene nuestra
lengua que son moriscos y acaban en i, y son: borcegu, zaquizam y
maraved. Alhel y alfaqu, tanto por el al primero como por el i en que
acaban, son conocidos por arbigos. Esto te he dicho, de paso, por
habrmelo reducido a la memoria la ocasin de haber nombrado albogues; y
hanos de ayudar mucho al parecer en perfecin este ejercicio el ser yo
algn tanto poeta, como t sabes, y el serlo tambin en estremo el
bachiller Sansn Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostar que debe
de tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga tambin maese
Nicols, no dudo en ello, porque todos, o los ms, son guitarristas y
copleros. Yo me quejar de ausencia; t te alabars de firme enamorado; el
pastor Carrascn, de desdeado; y el cura Curiambro, de lo que l ms puede
servirse, y as, andar la cosa que no haya ms que desear.

A lo que respondi Sancho:

-Yo soy, seor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el da en que en
tal ejercicio me vea. Oh, qu polidas cuchares tengo de hacer cuando
pastor me vea! Qu de migas, qu de natas, qu de guirnaldas y qu de
zarandajas pastoriles, que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no
dejarn de granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevar la
comida al hato. Pero, guarda!, que es de buen parecer, y hay pastores ms
maliciosos que simples, y no querra que fuese por lana y volviese
trasquilada; y tambin suelen andar los amores y los no buenos deseos por
los campos como por las ciudades, y por las pastorales chozas como por los
reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y ojos que no
veen, corazn que no quiebra; y ms vale salto de mata que ruego de hombres
buenos.

-No ms refranes, Sancho -dijo don Quijote-, pues cualquiera de los que has
dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he
aconsejado que no seas tan prdigo en refranes y que te vayas a la mano en
decirlos; pero parceme que es predicar en desierto, y "castgame mi madre,
y yo trmpogelas".

-Parceme -respondi Sancho- que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo
la sartn a la caldera: Qutate all ojinegra". Estme reprehendiendo que
no diga yo refranes, y ensrtalos vuesa merced de dos en dos.

-Mira, Sancho -respondi don Quijote-: yo traigo los refranes a propsito,
y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero treslos tan por los
cabellos, que los arrastras, y no los guas; y si no me acuerdo mal, otra
vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la
experiencia y especulacin de nuestros antiguos sabios; y el refrn que no
viene a propsito, antes es disparate que sentencia. Pero dejmonos desto,
y, pues ya viene la noche, retirmonos del camino real algn trecho, donde
pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que ser maana.

Retirronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a
quien se le representaban las estrechezas de la andante caballera usadas
en las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en
los castillos y casas, as de don Diego de Miranda como en las bodas del
rico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser
siempre de da ni siempre de noche, y as, pas aqulla durmiendo, y su amo
velando.





Captulo LXVIII. De la cerdosa aventura que le aconteci a don Quijote


Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en
parte que pudiese ser vista: que tal vez la seora Diana se va a pasear a
los antpodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumpli don
Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueo, sin dar lugar al
segundo; bien al revs de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba
el sueo desde la noche hasta la maana, en que se mostraba su buena
complexin y pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera que
despert a Sancho y le dijo:

-Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condicin: yo imagino que
eres hecho de mrmol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni
sentimiento alguno. Yo velo cuando t duermes, yo lloro cuando cantas, yo
me desmayo de ayuno cuanto t ests perezoso y desalentado de puro harto.
De buenos criados es conllevar las penas de sus seores y sentir sus
sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche,
la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia
entre nuestro sueo. Levntate, por tu vida, y desvate algn trecho de
aqu, y con buen nimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos
azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te
lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez,
porque s que los tienes pesados. Despus que te hayas dado, pasaremos lo
que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y t tu firmeza, dando desde
agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.

-Seor -respondi Sancho-, no soy yo religioso para que desde la mitad de
mi sueo me levante y me dicipline, ni menos me parece que del estremo del
dolor de los azotes se pueda pasar al de la msica. Vuesa merced me deje
dormir y no me apriete en lo del azotarme; que me har hacer juramento de
no tocarme jams al pelo del sayo, no que al de mis carnes.

-Oh alma endurecida! Oh escudero sin piedad! Oh pan mal empleado y
mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por m
te has visto gobernador, y por m te vees con esperanzas propincuas de ser
conde, o tener otro ttulo equivalente, y no tardar el cumplimiento de
ellas ms de cuanto tarde en pasar este ao; que yo post tenebras spero
lucem.

-No entiendo eso -replico Sancho-; slo entiendo que, en tanto que duermo,
ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que
invent el sueo, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que
quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el fro, fro
que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas
se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con
el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueo, segn he odo decir, y es
que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca
diferencia.

-Nunca te he odo hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan elegantemente como
ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrn que t algunas veces
sueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces".

-Ah, pesia tal -replic Sancho-, seor nuestro amo! No soy yo ahora el que
ensarta refranes, que tambin a vuestra merced se le caen de la boca de dos
en dos mejor que a m, sino que debe de haber entre los mos y los suyos
esta diferencia: que los de vuestra merced vendrn a tiempo y los mos a
deshora; pero, en efecto, todos son refranes.

En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un spero ruido, que
por todos aquellos valles se estenda. Levantse en pie don Quijote y puso
mano a la espada, y Sancho se agazap debajo del rucio, ponindose a los
lados el lo de las armas, y la albarda de su jumento, tan temblando de
miedo como alborotado don Quijote. De punto en punto iba creciendo el
ruido, y, llegndose cerca a los dos temerosos; a lo menos, al uno, que al
otro, ya se sabe su valenta.

Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a vender a una feria ms de
seiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas, y era tanto
el ruido que llevaban y el gruir y el bufar, que ensordecieron los odos
de don Quijote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser poda. Lleg de
tropel la estendida y gruidora piara, y, sin tener respeto a la autoridad
de don Quijote, ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos, deshaciendo
las trincheas de Sancho, y derribando no slo a don Quijote, sino llevando
por aadidura a Rocinante. El tropel, el gruir, la presteza con que
llegaron los animales inmundos, puso en confusin y por el suelo a la
albarda, a las armas, al rucio, a Rocinante, a Sancho y a don Quijote.

Levantse Sancho como mejor pudo, y pidi a su amo la espada, dicindole
que quera matar media docena de aquellos seores y descomedidos puercos,
que ya haba conocido que lo eran. Don Quijote le dijo:

-Djalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo
castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y
le piquen avispas y le hollen puercos.

-Tambin debe de ser castigo del cielo -respondi Sancho- que a los
escuderos de los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y
les embista la hambre. Si los escuderos furamos hijos de los caballeros a
quien servimos, o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos
alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generacin; pero, qu
tienen que ver los Panzas con los Quijotes? Ahora bien: tornmonos a
acomodar y durmamos lo poco que queda de la noche, y amanecer Dios y
medraremos.

-Duerme t, Sancho -respondi don Quijote-, que naciste para dormir; que
yo, que nac para velar, en el tiempo que falta de aqu al da, dar rienda
a mis pensamientos, y los desfogar en un madrigalete, que, sin que t lo
sepas, anoche compuse en la memoria.

-A m me parece -respondi Sancho- que los pensamientos que dan lugar a
hacer coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere,
que yo dormir cuanto pudiere.

Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se acurruc y durmi a sueo
suelto, sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase. Don
Quijote, arrimado a un tronco de una haya o de un alcornoque -que Cide
Hamete Benengeli no distingue el rbol que era-, al son de sus mesmos
suspiros, cant de esta suerte:

   -Amor, cuando yo pienso
   en el mal que me das, terrible y fuerte,
   voy corriendo a la muerte,
   pensando as acabar mi mal inmenso;
   mas, en llegando al paso
   que es puerto en este mar de mi tormento,
   tanta alegra siento,
   que la vida se esfuerza y no le paso.
   As el vivir me mata,
   que la muerte me torna a dar la vida.
   Oh condicin no oda,
   la que conmigo muerte y vida trata!

Cada verso dstos acompaaba con muchos suspiros y no pocas lgrimas, bien
como aqul cuyo corazn tena traspasado con el dolor del vencimiento y con
la ausencia de Dulcinea.

Llegse en esto el da, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho,
despert y esperezse, sacudindose y estirndose los perezosos miembros;
mir el destrozo que haban hecho los puercos en su repostera, y maldijo
la piara y aun ms adelante. Finalmente, volvieron los dos a su comenzado
camino, y al declinar de la tarde vieron que hacia ellos venan hasta diez
hombres de a caballo y cuatro o cinco de a pie. Sobresaltse el corazn
de don Quijote y azorse el de Sancho, porque la gente que se les llegaba
traa lanzas y adargas y vena muy a punto de guerra. Volvise don Quijote
a Sancho, y djole:

-Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas, y mi promesa no me hubiera
atado los brazos, esta mquina que sobre nosotros viene la tuviera yo por
tortas y pan pintado, pero podra ser fuese otra cosa de la que tememos.

Llegaron, en esto, los de a caballo, y arbolando las lanzas, sin hablar
palabra alguna rodearon a don Quijote y se las pusieron a las espaldas y
pechos, amenazndole de muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en la
boca, en seal de que callase, asi del freno de Rocinante y le sac del
camino; y los dems de a pie, antecogiendo a Sancho y al rucio, guardando
todos maravilloso silencio, siguieron los pasos del que llevaba a don
Quijote, el cual dos o tres veces quiso preguntar adnde le llevaban o qu
queran; pero, apenas comenzaba a mover los labios, cuando se los iban a
cerrar con los hierros de las lanzas; y a Sancho le aconteca lo mismo,
porque, apenas daba muestras de hablar, cuando uno de los de a pie, con un
aguijn, le punzaba, y al rucio ni ms ni menos como si hablar quisiera.
Cerr la noche, apresuraron el paso, creci en los dos presos el miedo, y
ms cuando oyeron que de cuando en cuando les decan:

-Caminad, trogloditas!

-Callad, brbaros!

-Pagad, antropfagos!

-No os quejis, scitas, ni abris los ojos, Polifemos matadores, leones
carniceros!

Y otros nombres semejantes a stos, con que atormentaban los odos de los
miserables amo y mozo. Sancho iba diciendo entre s:

-Nosotros tortolitas? Nosotros barberos ni estropajos? Nosotros
perritas, a quien dicen cita, cita? No me contentan nada estos nombres: a
mal viento va esta parva; todo el mal nos viene junto, como al perro los
palos, y ojal parase en ellos lo que amenaza esta aventura tan
desventurada!

Iba don Quijote embelesado, sin poder atinar con cuantos discursos haca
qu seran aquellos nombres llenos de vituperios que les ponan, de los
cuales sacaba en limpio no esperar ningn bien y temer mucho mal. Llegaron,
en esto, un hora casi de la noche, a un castillo, que bien conoci don
Quijote que era el del duque, donde haba poco que haban estado.

-Vleme Dios! -dijo, as como conoci la estancia- y qu ser esto? S
que en esta casa todo es cortesa y buen comedimiento, pero para los
vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.

Entraron al patio principal del castillo, y vironle aderezado y puesto de
manera que les acrecent la admiracin y les dobl el miedo, como se ver
en el siguiente captulo.





Captulo LXIX. Del ms raro y ms nuevo suceso que en todo el discurso
desta grande historia avino a don Quijote


Aperonse los de a caballo, y, junto con los de a pie, tomando en peso y
arrebatadamente a Sancho y a don Quijote, los entraron en el patio,
alrededor del cual ardan casi cien hachas, puestas en sus blandones, y,
por los corredores del patio, ms de quinientas luminarias; de modo que, a
pesar de la noche, que se mostraba algo escura, no se echaba de ver la
falta del da. En medio del patio se levantaba un tmulo como dos varas del
suelo, cubierto todo con un grandsimo dosel de terciopelo negro, alrededor
del cual, por sus gradas, ardan velas de cera blanca sobre ms de cien
candeleros de plata; encima del cual tmulo se mostraba un cuerpo muerto de
una tan hermosa doncella, que haca parecer con su hermosura hermosa a la
misma muerte. Tena la cabeza sobre una almohada de brocado, coronada con
una guirnalda de diversas y odorferas flores tejida, las manos cruzadas
sobre el pecho, y, entre ellas, un ramo de amarilla y vencedora palma.

A un lado del patio estaba puesto un teatro, y en dos sillas sentados dos
personajes, que, por tener coronas en la cabeza y ceptros en las manos,
daban seales de ser algunos reyes, ya verdaderos o ya fingidos. Al lado
deste teatro, adonde se suba por algunas gradas, estaban otras dos sillas,
sobre las cuales los que trujeron los presos sentaron a don Quijote y a
Sancho, todo esto callando y dndoles a entender con seales a los dos que
asimismo callasen; pero, sin que se lo sealaran, callaron ellos, porque la
admiracin de lo que estaban mirando les tena atadas las lenguas.

Subieron, en esto, al teatro, con mucho acompaamiento, dos principales
personajes, que luego fueron conocidos de don Quijote ser el duque y la
duquesa, sus huspedes, los cuales se sentaron en dos riqusimas sillas,
junto a los dos que parecan reyes. Quin no se haba de admirar con esto,
aadindose a ello haber conocido don Quijote que el cuerpo muerto que
estaba sobre el tmulo era el de la hermosa Altisidora?

Al subir el duque y la duquesa en el teatro, se levantaron don Quijote y
Sancho y les hicieron una profunda humillacin, y los duques hicieron lo
mesmo, inclinando algn tanto las cabezas.

Sali, en esto, de travs un ministro, y, llegndose a Sancho, le ech una
ropa de bocac negro encima, toda pintada con llamas de fuego, y,
quitndole la caperuza, le puso en la cabeza una coroza, al modo de las que
sacan los penitenciados por el Santo Oficio; y djole al odo que no
descosiese los labios, porque le echaran una mordaza, o le quitaran la
vida. Mirbase Sancho de arriba abajo, vease ardiendo en llamas, pero como
no le quemaban, no las estimaba en dos ardites. Quitse la coroza, viola
pintada de diablos, volvisela a poner, diciendo entre s:

-An bien, que ni ellas me abrasan ni ellos me llevan.

Mirbale tambin don Quijote, y, aunque el temor le tena suspensos los
sentidos, no dej de rerse de ver la figura de Sancho. Comenz, en esto, a
salir, al parecer, debajo del tmulo un son sumiso y agradable de flautas,
que, por no ser impedido de alguna humana voz, porque en aquel sitio el
mesmo silencio guardaba silencio a s mismo, se mostraba blando y amoroso.
Luego hizo de s improvisa muestra, junto a la almohada del, al parecer,
cadver, un hermoso mancebo vestido a lo romano, que, al son de una arpa,
que l mismo tocaba, cant con suavsima y clara voz estas dos estancias:

   -En tanto que en s vuelve Altisidora,
   muerta por la crueldad de don Quijote,
   y en tanto que en la corte encantadora
   se vistieren las damas de picote,
   y en tanto que a sus dueas mi seora
   vistiere de bayeta y de anascote,
   cantar su belleza y su desgracia,
   con mejor plectro que el cantor de Tracia.
   Y aun no se me figura que me toca
   aqueste oficio solamente en vida;
   mas, con la lengua muerta y fra en la boca,
   pienso mover la voz a ti debida.
   Libre mi alma de su estrecha roca,
   por el estigio lago conducida,
   celebrndote ir, y aquel sonido
   har parar las aguas del olvido.

-No ms -dijo a esta sazn uno de los dos que parecan reyes-: no ms,
cantor divino; que sera proceder en infinito representarnos ahora la
muerte y las gracias de la sin par Altisidora, no muerta, como el mundo
ignorante piensa, sino viva en las lenguas de la Fama, y en la pena que
para volverla a la perdida luz ha de pasar Sancho Panza, que est presente;
y as, oh t, Radamanto, que conmigo juzgas en las cavernas lbregas de
Lite!, pues sabes todo aquello que en los inescrutables hados est
determinado acerca de volver en s esta doncella, dilo y declralo luego,
porque no se nos dilate el bien que con su nueva vuelta esperamos.

Apenas hubo dicho esto Minos, juez y compaero de Radamanto, cuando,
levantndose en pie Radamanto, dijo:

-Ea, ministros de esta casa, altos y bajos, grandes y chicos, acudid unos
tras otros y sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas, y doce
pellizcos y seis alfilerazos en brazos y lomos, que en esta ceremonia
consiste la salud de Altisidora!

Oyendo lo cual Sancho Panza, rompi el silencio, y dijo:

-Voto a tal, as me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como
volverme moro! Cuerpo de m! Qu tiene que ver manosearme el rostro con
la resurrecin desta doncella? Regostse la vieja a los bledos. Encantan a
Dulcinea, y aztanme para que se desencante; murese Altisidora de males
que Dios quiso darle, y hanla de resucitar hacerme a m veinte y cuatro
mamonas, y acribarme el cuerpo a alfilerazos y acardenalarme los brazos a
pellizcos. Esas burlas, a un cuado, que yo soy perro viejo, y no hay
conmigo tus, tus!

-Morirs! -dijo en alta voz Radamanto-. Ablndate, tigre; humllate,
Nembrot soberbio, y sufre y calla, pues no te piden imposibles. Y no te
metas en averiguar las dificultades deste negocio: mamonado has de ser,
acrebillado te has de ver, pellizcado has de gemir. Ea, digo, ministros,
cumplid mi mandamiento; si no, por la fe de hombre de bien, que habis de
ver para lo que nacistes!

Parecieron, en esto, que por el patio venan, hasta seis dueas en
procesin, una tras otra, las cuatro con antojos, y todas levantadas las
manos derechas en alto, con cuatro dedos de muecas de fuera, para hacer
las manos ms largas, como ahora se usa. No las hubo visto Sancho, cuando,
bramando como un toro, dijo:

-Bien podr yo dejarme manosear de todo el mundo, pero consentir que me
toquen dueas, eso no! Gatenme el rostro, como hicieron a mi amo en este
mesmo castillo; traspsenme el cuerpo con puntas de dagas buidas;
atencenme los brazos con tenazas de fuego, que yo lo llevar en paciencia,
o servir a estos seores; pero que me toquen dueas no lo consentir, si
me llevase el diablo.

Rompi tambin el silencio don Quijote, diciendo a Sancho:

-Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos seores, y muchas gracias al cielo
por haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio della
desencantes los encantados y resucites los muertos.

Ya estaban las dueas cerca de Sancho, cuando l, ms blando y ms
persuadido, ponindose bien en la silla, dio rostro y barba a la primera,
la cual la hizo una mamona muy bien sellada, y luego una gran reverencia.

-Menos cortesa; menos mudas, seora duea -dijo Sancho-; que por Dios que
trais las manos oliendo a vinagrillo!

Finalmente, todas las dueas le sellaron, y otra mucha gente de casa le
pellizcaron; pero lo que l no pudo sufrir fue el punzamiento de los
alfileres; y as, se levant de la silla, al parecer mohno, y, asiendo de
una hacha encendida que junto a l estaba, dio tras las dueas, y tras
todos su verdugos, diciendo:

-Afuera, ministros infernales, que no soy yo de bronce, para no sentir tan
extraordinarios martirios!

En esto, Altisidora, que deba de estar cansada por haber estado tanto
tiempo supina, se volvi de un lado; visto lo cual por los circunstantes,
casi todos a una voz dijeron:

-Viva es Altisidora! Altisidora vive!

Mand Radamanto a Sancho que depusiese la ira, pues ya se haba alcanzado
el intento que se procuraba.

As como don Quijote vio rebullir a Altisidora, se fue a poner de rodillas
delante de Sancho, dicindole:

-Agora es tiempo, hijo de mis entraas, no que escudero mo, que te des
algunos de los azotes que ests obligado a dar por el desencanto de
Dulcinea. Ahora, digo, que es el tiempo donde tienes sazonada la virtud, y
con eficacia de obrar el bien que de ti se espera.

A lo que respondi Sancho:

-Esto me parece argado sobre argado, y no miel sobre hojuelas. Bueno sera
que tras pellizcos, mamonas y alfilerazos viniesen ahora los azotes. No
tienen ms que hacer sino tomar una gran piedra, y atrmela al cuello, y
dar conmigo en un pozo, de lo que a m no pesara mucho, si es que para
curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda. Djenme; si no,
por Dios que lo arroje y lo eche todo a trece, aunque no se venda.

Ya en esto, se haba sentado en el tmulo Altisidora, y al mismo instante
sonaron las chirimas, a quien acompaaron las flautas y las voces de
todos, que aclamaban:

-Viva Altisidora! Altisidora viva!

Levantronse los duques y los reyes Minos y Radamanto, y todos juntos, con
don Quijote y Sancho, fueron a recebir a Altisidora y a bajarla del tmulo;
la cual, haciendo de la desmayada, se inclin a los duques y a los reyes,
y, mirando de travs a don Quijote, le dijo:

-Dios te lo perdone, desamorado caballero, pues por tu crueldad he estado
en el otro mundo, a mi parecer, ms de mil aos; y a ti, oh el ms
compasivo escudero que contiene el orbe!, te agradezco la vida que poseo.
Dispn desde hoy ms, amigo Sancho, de seis camisas mas que te mando para
que hagas otras seis para ti; y, si no son todas sanas, a lo menos son
todas limpias.

Besle por ello las manos Sancho, con la coroza en la mano y las rodillas
en el suelo. Mand el duque que se la quitasen, y le volviesen su caperuza,
y le pusiesen el sayo, y le quitasen la ropa de las llamas. Suplic Sancho
al duque que le dejasen la ropa y mitra, que las quera llevar a su tierra,
por seal y memoria de aquel nunca visto suceso. La duquesa respondi que
s dejaran, que ya saba l cun grande amiga suya era. Mand el duque
despejar el patio, y que todos se recogiesen a sus estancias, y que a don
Quijote y a Sancho los llevasen a las que ellos ya se saban.





Captulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no
escusadas para la claridad desta historia


Durmi Sancho aquella noche en una carriola, en el mesmo aposento de don
Quijote, cosa que l quisiera escusarla, si pudiera, porque bien saba que
su amo no le haba de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se
hallaba en disposicin de hablar mucho, porque los dolores de los martirios
pasados los tena presentes, y no le dejaban libre la lengua, y vinirale
ms a cuento dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia
acompaado. Salile su temor tan verdadero y su sospecha tan cierta, que,
apenas hubo entrado su seor en el lecho, cuando dijo:

-Qu te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la
fuerza del desdn desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a
Altisidora, no con otras saetas, ni con otra espada, ni con otro
instrumento blico, ni con venenos mortferos, sino con la consideracin
del rigor y el desdn con que yo siempre la he tratado.

-Murirase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera -respondi
Sancho-, y dejrame a m en mi casa, pues ni yo la enamor ni la desde en
mi vida. Yo no s ni puedo pensar cmo sea que la salud de Altisidora,
doncella ms antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he
dicho, con los martirios de Sancho Panza. Agora s que vengo a conocer
clara y distintamente que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien
Dios me libre, pues yo no me s librar; con todo esto, suplico a vuestra
merced me deje dormir y no me pregunte ms, si no quiere que me arroje por
una ventana abajo.

-Duerme, Sancho amigo -respondi don Quijote-, si es que te dan lugar los
alfilerazos y pellizcos recebidos, y las mamonas hechas.

-Ningn dolor -replic Sancho- lleg a la afrenta de las mamonas, no por
otra cosa que por habrmelas hecho duea, que confundidas sean; y torno a
suplicar a vuesa merced me deje dormir, porque el sueo es alivio de las
miserias de los que las tienen despiertas.

Sea as -dijo don Quijote-, y Dios te acompae.

Durmironse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide
Hamete, autor desta grande historia, qu les movi a los duques a levantar
el edificio de la mquina referida. Y dice que, no habindosele olvidado al
bachiller Sansn Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y
derribado por don Quijote, cuyo vencimiento y cada borr y deshizo todos
sus designios, quiso volver a probar la mano, esperando mejor suceso que el
pasado; y as, informndose del paje que llev la carta y presente a Teresa
Panza, mujer de Sancho, adnde don Quijote quedaba, busc nuevas armas y
caballo, y puso en el escudo la blanca luna, llevndolo todo sobre un
macho, a quien guiaba un labrador, y no Tom Cecial, su antiguo escudero,
porque no fuese conocido de Sancho ni de don Quijote.

Lleg, pues, al castillo del duque, que le inform el camino y derrota que
don Quijote llevaba, con intento de hallarse en las justas de Zaragoza.
Djole asimismo las burlas que le haba hecho con la traza del desencanto
de Dulcinea, que haba de ser a costa de las posaderas de Sancho. En fin,
dio cuenta de la burla que Sancho haba hecho a su amo, dndole a entender
que Dulcinea estaba encantada y transformada en labradora, y cmo la
duquesa su mujer haba dado a entender a Sancho que l era el que se
engaaba, porque verdaderamente estaba encantada Dulcinea; de que no poco
se ri y admir el bachiller, considerando la agudeza y simplicidad de
Sancho, como del estremo de la locura de don Quijote.

Pidile el duque que si le hallase, y le venciese o no, se volviese por
all a darle cuenta del suceso. Hzolo as el bachiller; partise en su
busca, no le hall en Zaragoza, pas adelante y sucedile lo que queda
referido.

Volvise por el castillo del duque y contselo todo, con las condiciones de
la batalla, y que ya don Quijote volva a cumplir, como buen caballero
andante, la palabra de retirarse un ao en su aldea, en el cual tiempo
poda ser, dijo el bachiller, que sanase de su locura; que sta era la
intencin que le haba movido a hacer aquellas transformaciones, por ser
cosa de lstima que un hidalgo tan bien entendido como don Quijote fuese
loco. Con esto, se despidi del duque, y se volvi a su lugar, esperando en
l a don Quijote, que tras l vena.

De aqu tom ocasin el duque de hacerle aquella burla: tanto era lo que
gustaba de las cosas de Sancho y de don Quijote; y haciendo tomar los
caminos cerca y lejos del castillo por todas las partes que imagin que
podra volver don Quijote, con muchos criados suyos de a pie y de a
caballo, para que por fuerza o de grado le trujesen al castillo, si le
hallasen. Hallronle, dieron aviso al duque, el cual, ya prevenido de todo
lo que haba de hacer, as como tuvo noticia de su llegada, mand encender
las hachas y las luminarias del patio y poner a Altisidora sobre el tmulo,
con todos los aparatos que se han contado, tan al vivo, y tan bien hechos,
que de la verdad a ellos haba bien poca diferencia.

Y dice ms Cide Hamete: que tiene para s ser tan locos los burladores como
los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues
tanto ahnco ponan en burlarse de dos tontos.

Los cuales, el uno durmiendo a sueo suelto, y el otro velando a
pensamientos desatados, les tom el da y la gana de levantarse; que las
ociosas plumas, ni vencido ni vencedor, jams dieron gusto a don Quijote.

Altisidora -en la opinin de don Quijote, vuelta de muerte a vida-,
siguiendo el humor de sus seores, coronada con la misma guirnalda que en
el tmulo tena, y vestida una tunicela de tafetn blanco, sembrada de
flores de oro, y sueltos los cabellos por las espaldas, arrimada a un
bculo de negro y finsimo bano, entr en el aposento de don Quijote, con
cuya presencia turbado y confuso, se encogi y cubri casi todo con las
sbanas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que acertase a hacerle
cortesa ninguna. Sentse Altisidora en una silla, junto a su cabecera, y,
despus de haber dado un gran suspiro, con voz tierna y debilitada le dijo:

-Cuando las mujeres principales y las recatadas doncellas atropellan por la
honra, y dan licencia a la lengua que rompa por todo inconveniente, dando
noticia en pblico de los secretos que su corazn encierra, en estrecho
trmino se hallan. Yo, seor don Quijote de la Mancha, soy una dstas,
apretada, vencida y enamorada; pero, con todo esto, sufrida y honesta;
tanto que, por serlo tanto, revent mi alma por mi silencio y perd la
vida. Dos das ha que con la consideracin del rigor con que me has
tratado,

Oh ms duro que mrmol a mis quejas,

empedernido caballero!, he estado muerta, o, a lo menos, juzgada por tal de
los que me han visto; y si no fuera porque el Amor, condolindose de m,
deposit mi remedio en los martirios deste buen escudero, all me quedara
en el otro mundo.

-Bien pudiera el Amor -dijo Sancho- depositarlos en los de mi asno, que yo
se lo agradeciera. Pero dgame, seora, as el cielo la acomode con otro
ms blando amante que mi amo: qu es lo que vio en el otro mundo? Qu hay
en el infierno? Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener
aquel paradero.

-La verdad que os diga -respondi Altisidora-, yo no deb de morir del
todo, pues no entr en el infierno; que, si all entrara, una por una no
pudiera salir dl, aunque quisiera. La verdad es que llegu a la puerta,
adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en
calzas y en jubn, con valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas,
y con unas vueltas de lo mismo, que les servan de puos, con cuatro dedos
de brazo de fuera, porque pareciesen las manos ms largas, en las cuales
tenan unas palas de fuego; y lo que ms me admir fue que les servan, en
lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de viento y de borra, cosa
maravillosa y nueva; pero esto no me admir tanto como el ver que, siendo
natural de los jugadores el alegrarse los gananciosos y entristecerse los
que pierden, all en aquel juego todos gruan, todos regaaban y todos se
maldecan.

-Eso no es maravilla -respondi Sancho-, porque los diablos, jueguen o no
jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.

-As debe de ser -respondi Altisidora-; mas hay otra cosa que tambin me
admira, quiero decir me admir entonces, y fue que al primer voleo no
quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez; y as,
menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla. A uno dellos,
nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron
las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: ''Mirad qu
libro es se''. Y el diablo le respondi: ''sta es la Segunda parte de la
historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su
primer autor, sino por un aragons, que l dice ser natural de
Tordesillas''. ''Quitdmele de ah -respondi el otro diablo-, y metedle en
los abismos del infierno: no le vean ms mis ojos''. ''Tan malo es?'',
respondi el otro. ''Tan malo -replic el primero-, que si de propsito yo
mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara''. Prosiguieron su juego,
peloteando otros libros, y yo, por haber odo nombrar a don Quijote, a
quien tanto adamo y quiero, procur que se me quedase en la memoria esta
visin.

-Visin debi de ser, sin duda -dijo don Quijote-, porque no hay otro yo en
el mundo, y ya esa historia anda por ac de mano en mano, pero no para en
ninguna, porque todos la dan del pie. Yo no me he alterado en or que ando
como cuerpo fantstico por las tinieblas del abismo, ni por la claridad de
la tierra, porque no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere
buena, fiel y verdadera, tendr siglos de vida; pero si fuere mala, de su
parto a la sepultura no ser muy largo el camino.

Iba Altisidora a proseguir en quejarse de don Quijote, cuando le dijo don
Quijote:

-Muchas veces os he dicho, seora, que a m me pesa de que hayis colocado
en m vuestros pensamientos, pues de los mos antes pueden ser agradecidos
que remediados; yo nac para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si
los hubiera, me dedicaron para ella; y pensar que otra alguna hermosura ha
de ocupar el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente
desengao es ste para que os retiris en los lmites de vuestra
honestidad, pues nadie se puede obligar a lo imposible.

Oyendo lo cual Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo:

-Vive el Seor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de dtil, ms terco
y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si
arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! Pensis por ventura, don
vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que
habis visto esta noche ha sido fingido; que no soy yo mujer que por
semejantes camellos haba de dejar que me doliese un negro de la ua,
cuanto ms morirme.

-Eso creo yo muy bien -dijo Sancho-, que esto del morirse los enamorados es
cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, cralo Judas.

Estando en estas plticas, entr el msico, cantor y poeta que haba
cantado las dos ya referidas estancias, el cual, haciendo una gran
reverencia a don Quijote, dijo:

-Vuestra merced, seor caballero, me cuente y tenga en el nmero de sus
mayores servidores, porque ha muchos das que le soy muy aficionado, as
por su fama como por sus hazaas.

Don Quijote le respondi:

-Vuestra merced me diga quin es, porque mi cortesa responda a sus
merecimientos.

El mozo respondi que era el msico y panegrico de la noche antes.

-Por cierto -replic don Quijote-, que vuestra merced tiene estremada voz,
pero lo que cant no me parece que fue muy a propsito; porque, qu tienen
que ver las estancias de Garcilaso con la muerte desta seora?

-No se maraville vuestra merced deso -respondi el msico-, que ya entre
los intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como
quisiere, y hurte de quien quisiere, venga o no venga a pelo de su intento,
y ya no hay necedad que canten o escriban que no se atribuya a licencia
potica.

Responder quisiera don Quijote, pero estorbronlo el duque y la duquesa,
que entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce pltica,
en la cual dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de
nuevo admirados a los duques, as con su simplicidad como con su agudeza.
Don Quijote les suplic le diesen licencia para partirse aquel mismo da,
pues a los vencidos caballeros, como l, ms les convena habitar una
zahrda que no reales palacios. Dironsela de muy buena gana, y la duquesa
le pregunt si quedaba en su gracia Altisidora. l le respondi:

-Seora ma, sepa Vuestra Seora que todo el mal desta doncella nace de
ociosidad, cuyo remedio es la ocupacin honesta y continua. Ella me ha
dicho aqu que se usan randas en el infierno; y, pues ella las debe de
saber hacer, no las deje de la mano, que, ocupada en menear los palillos,
no se menearn en su imaginacin la imagen o imgines de lo que bien
quiere; y sta es la verdad, ste mi parecer y ste es mi consejo.

-Y el mo -aadi Sancho-, pues no he visto en toda mi vida randera que por
amor se haya muerto; que las doncellas ocupadas ms ponen sus pensamientos
en acabar sus tareas que en pensar en sus amores. Por m lo digo, pues,
mientras estoy cavando, no me acuerdo de mi oslo; digo, de mi Teresa
Panza, a quien quiero ms que a las pestaas de mis ojos.

-Vos decs muy bien, Sancho -dijo la duquesa-, y yo har que mi Altisidora
se ocupe de aqu adelante en hacer alguna labor blanca, que la sabe hacer
por estremo.

-No hay para qu, seora -respondi Altisidora-, usar dese remedio, pues la
consideracin de las crueldades que conmigo ha usado este malandrn
mostrenco me le borrarn de la memoria sin otro artificio alguno. Y, con
licencia de vuestra grandeza, me quiero quitar de aqu, por no ver delante
de mis ojos ya no su triste figura, sino su fea y abominable catadura.

-Eso me parece -dijo el duque- a lo que suele decirse:

   Porque aquel que dice injurias,
   cerca est de perdonar.

Hizo Altisidora muestra de limpiarse las lgrimas con un pauelo, y,
haciendo reverencia a sus seores, se sali del aposento.

-Mndote yo -dijo Sancho-, pobre doncella, mndote, digo, mala ventura,
pues las has habido con una alma de esparto y con un corazn de encina. A
fee que si las hubieras conmigo, que otro gallo te cantara!

Acabse la pltica, vistise don Quijote, comi con los duques, y partise
aquella tarde.





Captulo LXXI. De lo que a don Quijote le sucedi con su escudero Sancho
yendo a su aldea


Iba el vencido y asendereado don Quijote pensativo adems por una parte,
y muy alegre por otra. Causaba su tristeza el vencimiento; y la alegra, el
considerar en la virtud de Sancho, como lo haba mostrado en la resurrecin
de Altisidora, aunque con algn escrpulo se persuada a que la enamorada
doncella fuese muerta de veras. No iba nada Sancho alegre, porque le
entristeca ver que Altisidora no le haba cumplido la palabra de darle las
camisas; y, yendo y viniendo en esto, dijo a su amo:

-En verdad, seor, que soy el ms desgraciado mdico que se debe de hallar
en el mundo, en el cual hay fsicos que, con matar al enfermo que curan,
quieren ser pagados de su trabajo, que no es otro sino firmar una cedulilla
de algunas medicinas, que no las hace l, sino el boticario, y ctalo
cantusado; y a m, que la salud ajena me cuesta gotas de sangre, mamonas,
pellizcos, alfilerazos y azotes, no me dan un ardite. Pues yo les voto a
tal que si me traen a las manos otro algn enfermo, que, antes que le cure,
me han de untar las mas; que el abad de donde canta yanta, y no quiero
creer que me haya dado el cielo la virtud que tengo para que yo la
comunique con otros de bbilis, bbilis.

-T tienes razn, Sancho amigo -respondi don Quijote-, y halo hecho muy
mal Altisidora en no haberte dado las prometidas camisas; y, puesto que tu
virtud es gratis data, que no te ha costado estudio alguno, ms que estudio
es recebir martirios en tu persona. De m te s decir que si quisieras paga
por los azotes del desencanto de Dulcinea, ya te la hubiera dado tal como
buena; pero no s si vendr bien con la cura la paga, y no querra que
impidiese el premio a la medicina. Con todo eso, me parece que no se
perder nada en probarlo: mira, Sancho, el que quieres, y aztate luego, y
pgate de contado y de tu propia mano, pues tienes dineros mos.

A cuyos ofrecimientos abri Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dio
consentimiento en su corazn a azotarse de buena gana; y dijo a su amo:

-Agora bien, seor, yo quiero disponerme a dar gusto a vuestra merced en lo
que desea, con provecho mo; que el amor de mis hijos y de mi mujer me hace
que me muestre interesado. Dgame vuestra merced: cunto me dar por cada
azote que me diere?

-Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondi don Quijote-, conforme lo que
merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas
del Potos fueran poco para pagarte; toma t el tiento a lo que llevas mo,
y pon el precio a cada azote.

-Ellos -respondi Sancho- son tres mil y trecientos y tantos; de ellos me
he dado hasta cinco: quedan los dems; entren entre los tantos estos cinco,
y vengamos a los tres mil y trecientos, que a cuartillo cada uno, que no
llevar menos si todo el mundo me lo mandase, montan tres mil y trecientos
cuartillos, que son los tres mil, mil y quinientos medios reales, que hacen
setecientos y cincuenta reales; y los trecientos hacen ciento y cincuenta
medios reales, que vienen a hacer setenta y cinco reales, que, juntndose a
los setecientos y cincuenta, son por todos ochocientos y veinte y cinco
reales. stos desfalcar yo de los que tengo de vuestra merced, y entrar
en mi casa rico y contento, aunque bien azotado; porque no se toman
truchas..., y no digo ms.

-Oh Sancho bendito! Oh Sancho amable -respondi don Quijote-, y cun
obligados hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los das que el
cielo nos diere de vida! Si ella vuelve al ser perdido, que no es posible
sino que vuelva, su desdicha habr sido dicha, y mi vencimiento, felicsimo
triunfo. Y mira, Sancho, cundo quieres comenzar la diciplina, que porque
la abrevies te aado cien reales.

-Cundo? -replic Sancho-. Esta noche, sin falta. Procure vuestra merced
que la tengamos en el campo, al cielo abierto, que yo me abrir mis carnes.

Lleg la noche, esperada de don Quijote con la mayor ansia del mundo,
parecindole que las ruedas del carro de Apolo se haban quebrado, y que el
da se alargaba ms de lo acostumbrado, bien as como acontece a los
enamorados, que jams ajustan la cuenta de sus deseos. Finalmente, se
entraron entre unos amenos rboles que poco desviados del camino estaban,
donde, dejando vacas la silla y albarda de Rocinante y el rucio, se
tendieron sobre la verde yerba y cenaron del repuesto de Sancho; el cual,
haciendo del cabestro y de la jquima del rucio un poderoso y flexible
azote, se retir hasta veinte pasos de su amo, entre unas hayas. Don
Quijote, que le vio ir con denuedo y con bro, le dijo:

-Mira, amigo, que no te hagas pedazos; da lugar que unos azotes aguarden a
otros; no quieras apresurarte tanto en la carrera, que en la mitad della te
falte el aliento; quiero decir que no te des tan recio que te falte la vida
antes de llegar al nmero deseado. Y, porque no pierdas por carta de ms ni
de menos, yo estar desde aparte contando por este mi rosario los azotes
que te dieres. Favorzcate el cielo conforme tu buena intencin merece.

-Al buen pagador no le duelen prendas -respondi Sancho-: yo pienso darme
de manera que, sin matarme, me duela; que en esto debe de consistir la
sustancia deste milagro.

Desnudse luego de medio cuerpo arriba, y, arrebatando el cordel, comenz a
darse, y comenz don Quijote a contar los azotes.

Hasta seis o ocho se habra dado Sancho, cuando le pareci ser pesada la
burla y muy barato el precio della, y, detenindose un poco, dijo a su amo
que se llamaba a engao, porque mereca cada azote de aqullos ser pagado a
medio real, no que a cuartillo.

-Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes -le dijo don Quijote-, que yo doblo
la parada del precio.

-Dese modo -dijo Sancho-, a la mano de Dios, y lluevan azotes!

Pero el socarrn dej de drselos en las espaldas, y daba en los rboles,
con unos suspiros de cuando en cuando, que pareca que con cada uno dellos
se le arrancaba el alma. Tierna la de don Quijote, temeroso de que no se le
acabase la vida, y no consiguiese su deseo por la imprudencia de Sancho, le
dijo:

-Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio, que me parece
muy spera esta medicina, y ser bien dar tiempo al tiempo; que no se gan
Zamora en un hora. Ms de mil azotes, si yo no he contado mal, te has dado:
bastan por agora; que el asno, hablando a lo grosero, sufre la carga, mas
no la sobrecarga.

-No, no, seor -respondi Sancho-, no se ha de decir por m: "a dineros
pagados, brazos quebrados". Aprtese vuestra merced otro poco y djeme dar
otros mil azotes siquiera, que a dos levadas dstas habremos cumplido con
esta partida, y an nos sobrar ropa.

-Pues t te hallas con tan buena disposicin -dijo don Quijote-, el cielo
te ayude, y pgate, que yo me aparto.

Volvi Sancho a su tarea con tanto denuedo, que ya haba quitado las
cortezas a muchos rboles: tal era la riguridad con que se azotaba; y,
alzando una vez la voz, y dando un desaforado azote en una haya, dijo:

-Aqu morirs, Sansn, y cuantos con l son!

Acudi don Quijote luego al son de la lastimada voz y del golpe del
riguroso azote, y, asiendo del torcido cabestro que le serva de corbacho a
Sancho, le dijo:

-No permita la suerte, Sancho amigo, que por el gusto mo pierdas t la
vida, que ha de servir para sustentar a tu mujer y a tus hijos: espere
Dulcinea mejor coyuntura, que yo me contendr en los lmites de la
esperanza propincua, y esperar que cobres fuerzas nuevas, para que se
concluya este negocio a gusto de todos.

-Pues vuestra merced, seor mo, lo quiere as -respondi Sancho-, sea en
buena hora, y cheme su ferreruelo sobre estas espaldas, que estoy sudando
y no querra resfriarme; que los nuevos diciplinantes corren este peligro.

Hzolo as don Quijote, y, quedndose en pelota, abrig a Sancho, el cual
se durmi hasta que le despert el sol, y luego volvieron a proseguir su
camino, a quien dieron fin, por entonces, en un lugar que tres leguas de
all estaba. Aperonse en un mesn, que por tal le reconoci don Quijote, y
no por castillo de cava honda, torres, rastrillos y puente levadiza; que,
despus que le vencieron, con ms juicio en todas las cosas discurra, como
agora se dir. Alojronle en una sala baja, a quien servan de guadameciles
unas sargas viejas pintadas, como se usan en las aldeas. En una dellas
estaba pintada de malsima mano el robo de Elena, cuando el atrevido
husped se la llev a Menalao, y en otra estaba la historia de Dido y de
Eneas, ella sobre una alta torre, como que haca seas con una media sbana
al fugitivo husped, que por el mar, sobre una fragata o bergantn, se iba
huyendo.

Not en las dos historias que Elena no iba de muy mala gana, porque se rea
a socapa y a lo socarrn; pero la hermosa Dido mostraba verter lgrimas del
tamao de nueces por los ojos. Viendo lo cual don Quijote, dijo:

-Estas dos seoras fueron desdichadsimas, por no haber nacido en esta
edad, y yo sobre todos desdichado en no haber nacido en la suya: encontrara
a aquestos seores, ni fuera abrasada Troya, ni Cartago destruida, pues con
slo que yo matara a Paris se escusaran tantas desgracias.

-Yo apostar -dijo Sancho- que antes de mucho tiempo no ha de haber
bodegn, venta ni mesn, o tienda de barbero, donde no ande pintada la
historia de nuestras hazaas. Pero querra yo que la pintasen manos de otro
mejor pintor que el que ha pintado a stas.

-Tienes razn, Sancho -dijo don Quijote-, porque este pintor es como
Orbaneja, un pintor que estaba en beda; que, cuando le preguntaban qu
pintaba, responda: ''Lo que saliere''; y si por ventura pintaba un gallo,
escriba debajo: "ste es gallo", porque no pensasen que era zorra. Desta
manera me parece a m, Sancho, que debe de ser el pintor o escritor, que
todo es uno, que sac a luz la historia deste nuevo don Quijote que ha
salido: que pint o escribi lo que saliere; o habr sido como un poeta que
andaba los aos pasados en la corte, llamado Maulen, el cual responda de
repente a cuanto le preguntaban; y, preguntndole uno que qu quera decir
Deum de Deo, respondi: ''D donde diere''. Pero, dejando esto aparte, dime
si piensas, Sancho, darte otra tanda esta noche, y si quieres que sea
debajo de techado, o al cielo abierto.

-Pardiez, seor -respondi Sancho-, que para lo que yo pienso darme, eso se
me da en casa que en el campo; pero, con todo eso, querra que fuese entre
rboles, que parece que me acompaan y me ayudan a llevar mi trabajo
maravillosamente.

-Pues no ha de ser as, Sancho amigo -respondi don Quijote-, sino que para
que tomes fuerzas, lo hemos de guardar para nuestra aldea, que, a lo ms
tarde, llegaremos all despus de maana.

Sancho respondi que hiciese su gusto, pero que l quisiera concluir con
brevedad aquel negocio a sangre caliente y cuando estaba picado el molino,
porque en la tardanza suele estar muchas veces el peligro; y a Dios rogando
y con el mazo dando, y que ms vala un "toma" que dos "te dar", y el
pjaro en la mano que el buitre volando.

-No ms refranes, Sancho, por un solo Dios -dijo don Quijote-, que parece
que te vuelves al sicut erat; habla a lo llano, a lo liso, a lo no
intricado, como muchas veces te he dicho, y vers como te vale un pan por
ciento.

-No s qu mala ventura es esta ma -respondi Sancho-, que no s decir
razn sin refrn, ni refrn que no me parezca razn; pero yo me enmendar,
si pudiere.

Y, con esto, ces por entonces su pltica.





Captulo LXXII. De cmo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea


Todo aquel da, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesn don
Quijote y Sancho: el uno, para acabar en la campaa rasa la tanda de su
diciplina, y el otro, para ver el fin della, en el cual consista el de su
deseo. Lleg en esto al mesn un caminante a caballo, con tres o cuatro
criados, uno de los cuales dijo al que el seor dellos pareca:

-Aqu puede vuestra merced, seor don lvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la
posada parece limpia y fresca.

Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:

-Mira, Sancho: cuando yo hoje aquel libro de la segunda parte de mi
historia, me parece que de pasada top all este nombre de don lvaro
Tarfe.

-Bien podr ser -respondi Sancho-. Dejmosle apear, que despus se lo
preguntaremos.

El caballero se ape, y, frontero del aposento de don Quijote, la huspeda
le dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las que
tena la estancia de don Quijote. Psose el recin venido caballero a lo de
verano, y, salindose al portal del mesn, que era espacioso y fresco, por
el cual se paseaba don Quijote, le pregunt:

-Adnde bueno camina vuestra merced, seor gentilhombre?

Y don Quijote le respondi:

-A una aldea que est aqu cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced,
dnde camina?

-Yo, seor -respondi el caballero-, voy a Granada, que es mi patria.

-Y buena patria! -replic don Quijote-. Pero, dgame vuestra merced, por
cortesa, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo ms de
lo que buenamente podr decir.

-Mi nombre es don lvaro Tarfe -respondi el husped.

A lo que replic don Quijote:

-Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don lvaro
Tarfe que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote de
la Mancha, recin impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.

-El mismo soy -respondi el caballero-, y el tal don Quijote, sujeto
principal de la tal historia, fue grandsimo amigo mo, y yo fui el que le
sac de su tierra, o, a lo menos, le mov a que viniese a unas justas que
se hacan en Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hice
muchas amistades, y que le quit de que no le palmease las espaldas el
verdugo, por ser demasiadamente atrevido.

-Y, dgame vuestra merced, seor don lvaro, parezco yo en algo a ese tal
don Quijote que vuestra merced dice?

-No, por cierto -respondi el husped-: en ninguna manera.

-Y ese don Quijote -dijo el nuestro-, traa consigo a un escudero llamado
Sancho Panza?

-S traa -respondi don lvaro-; y, aunque tena fama de muy gracioso,
nunca le o decir gracia que la tuviese.

-Eso creo yo muy bien -dijo a esta sazn Sancho-, porque el decir gracias
no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, seor gentilhombre,
debe de ser algn grandsimo bellaco, frin y ladrn juntamente, que el
verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo ms gracias que llovidas; y si no,
haga vuestra merced la experiencia, y ndese tras de m, por los menos un
ao, y ver que se me caen a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo
las ms veces lo que me digo, hago rer a cuantos me escuchan; y el
verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto,
el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y hurfanos,
el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por
nica seora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este seor que est
presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro
Sancho Panza es burlera y cosa de sueo.

-Por Dios que lo creo! -respondi don lvaro-, porque ms gracias habis
dicho vos, amigo, en cuatro razones que habis hablado, que el otro Sancho
Panza en cuantas yo le o hablar, que fueron muchas. Ms tena de comiln
que de bien hablado, y ms de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda
que los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han querido
perseguirme a m con don Quijote el malo. Pero no s qu me diga; que osar
yo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le
curen, y agora remanece aqu otro don Quijote, aunque bien diferente del
mo.

-Yo -dijo don Quijote- no s si soy bueno, pero s decir que no soy el
malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi seor don
lvaro Tarfe, que en todos los das de mi vida no he estado en Zaragoza;
antes, por haberme dicho que ese don Quijote fantstico se haba hallado en
las justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas
del mundo su mentira; y as, me pas de claro a Barcelona, archivo de la
cortesa, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de
los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes
amistades, y, en sitio y en belleza, nica. Y, aunque los sucesos que en
ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los
llevo sin ella, slo por haberla visto. Finalmente, seor don lvaro Tarfe,
yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese
desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis
pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero,
sea servido de hacer una declaracin ante el alcalde deste lugar, de que
vuestra merced no me ha visto en todos los das de su vida hasta agora, y
de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho
Panza mi escudero es aqul que vuestra merced conoci.

-Eso har yo de muy buena gana -respondi don lvaro-, puesto que cause
admiracin ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan
conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir
y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por m lo que ha
pasado.

-Sin duda -dijo Sancho- que vuestra merced debe de estar encantado, como
mi seora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera su
desencanto de vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes como
me doy por ella, que yo me los diera sin inters alguno.

-No entiendo eso de azotes -dijo don lvaro.

Y Sancho le respondi que era largo de contar, pero que l se lo contara
si acaso iban un mesmo camino.

Llegse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don lvaro.
Entr acaso el alcalde del pueblo en el mesn, con un escribano, ante el
cual alcalde pidi don Quijote, por una peticin, de que a su derecho
convena de que don lvaro Tarfe, aquel caballero que all estaba presente,
declarase ante su merced como no conoca a don Quijote de la Mancha, que
asimismo estaba all presente, y que no era aqul que andaba impreso en una
historia intitulada: Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesta
por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde
provey jurdicamente; la declaracin se hizo con todas las fuerzas que en
tales casos deban hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muy
alegres, como si les importara mucho semejante declaracin y no mostrara
claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus
obras y sus palabras. Muchas de cortesas y ofrecimientos pasaron entre don
lvaro y don Quijote, en las cuales mostr el gran manchego su discrecin,
de modo que desenga a don lvaro Tarfe del error en que estaba; el cual
se dio a entender que deba de estar encantado, pues tocaba con la mano dos
tan contrarios don Quijotes.

Lleg la tarde, partironse de aquel lugar, y a obra de media legua se
apartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don
Quijote, y el otro el que haba de llevar don lvaro. En este poco espacio
le cont don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y el
remedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiracin a don lvaro, el
cual, abrazando a don Quijote y a Sancho, sigui su camino, y don Quijote
el suyo, que aquella noche la pas entre otros rboles, por dar lugar a
Sancho de cumplir su penitencia, que la cumpli del mismo modo que la
pasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto ms que de sus
espaldas, que las guard tanto, que no pudieran quitar los azotes una
mosca, aunque la tuviera encima.

No perdi el engaado don Quijote un solo golpe de la cuenta, y hall que
con los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que haba
madrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su
camino, tratando entre los dos del engao de don lvaro y de cun bien
acordado haba sido tomar su declaracin ante la justicia, y tan
autnticamente.

Aquel da y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse,
si no fue que en ella acab Sancho su tarea, de que qued don Quijote
contento sobremodo, y esperaba el da, por ver si en el camino topaba ya
desencantada a Dulcinea su seora; y, siguiendo su camino, no topaba mujer
ninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por
infalible no poder mentir las promesas de Merln.

Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual
descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hinc de rodillas y
dijo:

-Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu
hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe tambin tu
hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor
de s mismo; que, segn l me ha dicho, es el mayor vencimiento que
desearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban, bien
caballero me iba.

-Djate desas sandeces -dijo don Quijote-, y vamos con pie derecho a entrar
en nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza
que en la pastoral vida pensamos ejercitar.

Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.





Captulo LXXIII. De los ageros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea,
con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia


A la entrada del cual, segn dice Cide Hamete, vio don Quijote que en las
eras del lugar estaban riendo dos mochachos, y el uno dijo al otro:

-No te canses Periquillo, que no la has de ver en todos los das de tu
vida.

Oylo don Quijote, y dijo a Sancho:

-No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: ''no la has de ver
en todos los das de tu vida''?

-Pues bien, qu importa -respondi Sancho- que haya dicho eso el mochacho?

-Qu? -replic don Quijote-. No vees t que, aplicando aquella palabra a
mi intencin, quiere significar que no tengo de ver ms a Dulcinea?

Querale responder Sancho, cuando se lo estorb ver que por aquella campaa
vena huyendo una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual,
temerosa, se vino a recoger y a agazapar debajo de los pies del rucio.
Cogila Sancho a mano salva y presentsela a don Quijote, el cual estaba
diciendo:

-Malum signum! Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no
parece!

-Estrao es vuesa merced -dijo Sancho-. Presupongamos que esta liebre es
Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen son los malandrines
encantadores que la transformaron en labradora: ella huye, yo la cojo y la
pongo en poder de vuesa merced, que la tiene en sus brazos y la regala:
qu mala seal es sta, ni qu mal agero se puede tomar de aqu?

Los dos mochachos de la pendencia se llegaron a ver la liebre, y al uno
dellos pregunt Sancho que por qu rean. Y fuele respondido por el que
haba dicho ''no la vers ms en toda tu vida'', que l haba tomado al
otro mochacho una jaula de grillos, la cual no pensaba volvrsela en toda
su vida. Sac Sancho cuatro cuartos de la faltriquera y diselos al
mochacho por la jaula, y psosela en las manos a don Quijote, diciendo:

-He aqu, seor, rompidos y desbaratados estos ageros, que no tienen que
ver ms con nuestros sucesos, segn que yo imagino, aunque tonto, que con
las nubes de antao. Y si no me acuerdo mal, he odo decir al cura de
nuestro pueblo que no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas
nieras; y aun vuesa merced mismo me lo dijo los das pasados, dndome a
entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en ageros.
Y no es menester hacer hincapi en esto, sino pasemos adelante y entremos
en nuestra aldea.

Llegaron los cazadores, pidieron su liebre, y disela don Quijote; pasaron
adelante, y, a la entrada del pueblo, toparon en un pradecillo rezando al
cura y al bachiller Carrasco. Y es de saber que Sancho Panza haba echado
sobre el rucio y sobre el lo de las armas, para que sirviese de repostero,
la tnica de bocac, pintada de llamas de fuego que le vistieron en el
castillo del duque la noche que volvi en s Altisidora. Acomodle tambin
la coroza en la cabeza, que fue la ms nueva transformacin y adorno con
que se vio jams jumento en el mundo.

Fueron luego conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a
ellos con los brazos abiertos. Apese don Quijote y abrazlos
estrechamente; y los mochachos, que son linces no escusados, divisaron la
coroza del jumento y acudieron a verle, y decan unos a otros:

-Venid, mochachos, y veris el asno de Sancho Panza ms galn que Mingo, y
la bestia de don Quijote ms flaca hoy que el primer da.

Finalmente, rodeados de mochachos y acompaados del cura y del bachiller,
entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don Quijote, y hallaron a la
puerta della al ama y a su sobrina, a quien ya haban llegado las nuevas de
su venida. Ni ms ni menos se las haban dado a Teresa Panza, mujer de
Sancho, la cual, desgreada y medio desnuda, trayendo de la mano a
Sanchica, su hija, acudi a ver a su marido; y, vindole no tan bien
adeliado como ella se pensaba que haba de estar un gobernador, le dijo:

-Cmo vens as, marido mo, que me parece que vens a pie y despeado, y
ms trais semejanza de desgobernado que de gobernador?

-Calla, Teresa -respondi Sancho-, que muchas veces donde hay estacas no
hay tocinos, y vmonos a nuestra casa, que all oirs maravillas. Dineros
traigo, que es lo que importa, ganados por mi industria y sin dao de
nadie.

-Traed vos dinero, mi buen marido -dijo Teresa-, y sean ganados por aqu o
por all, que, comoquiera que los hayis ganado, no habris hecho usanza
nueva en el mundo.

Abraz Sanchica a su padre, y preguntle si traa algo, que le estaba
esperando como el agua de mayo; y, asindole de un lado del cinto, y su
mujer de la mano, tirando su hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a
don Quijote en la suya, en poder de su sobrina y de su ama, y en compaa
del cura y del bachiller.

Don Quijote, sin guardar trminos ni horas, en aquel mismo punto se apart
a solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les cont su
vencimiento, y la obligacin en que haba quedado de no salir de su aldea
en un ao, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en
un tomo, bien as como caballero andante, obligado por la puntualidad y
orden de la andante caballera, y que tena pensado de hacerse aquel ao
pastor, y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta
poda dar vado a sus amorosos pensamientos, ejercitndose en el pastoral y
virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no tenan mucho que hacer y no
estaban impedidos en negocios ms importantes, quisiesen ser sus
compaeros; que l comprara ovejas y ganado suficiente que les diese
nombre de pastores; y que les haca saber que lo ms principal de aquel
negocio estaba hecho, porque les tena puestos los nombres, que les
vendran como de molde. Djole el cura que los dijese. Respondi don
Quijote que l se haba de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el
pastor Carrascn; y el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor
Pancino.

Pasmronse todos de ver la nueva locura de don Quijote; pero, porque no se
les fuese otra vez del pueblo a sus caballeras, esperando que en aquel ao
podra ser curado, concedieron con su nueva intencin, y aprobaron por
discreta su locura, ofrecindosele por compaeros en su ejercicio.

-Y ms -dijo Sansn Carrasco-, que, como ya todo el mundo sabe, yo soy
celebrrimo poeta y a cada paso compondr versos pastoriles, o cortesanos,
o como ms me viniere a cuento, para que nos entretengamos por esos
andurriales donde habemos de andar; y lo que ms es menester, seores mos,
es que cada uno escoja el nombre de la pastora que piensa celebrar en sus
versos, y que no dejemos rbol, por duro que sea, donde no la retule y
grabe su nombre, como es uso y costumbre de los enamorados pastores.

-Eso est de molde -respondi don Quijote-, puesto que yo estoy libre de
buscar nombre de pastora fingida, pues est ah la sin par Dulcinea del
Toboso, gloria de estas riberas, adorno de estos prados, sustento de la
hermosura, nata de los donaires, y, finalmente, sujeto sobre quien puede
asentar bien toda alabanza, por hiprbole que sea.

-As es verdad -dijo el cura-, pero nosotros buscaremos por ah pastoras
maeruelas, que si no nos cuadraren, nos esquinen.

A lo que aadi Sansn Carrasco:

-Y cuando faltaren, darmosles los nombres de las estampadas e impresas,
de quien est lleno el mundo: Flidas, Amarilis, Dianas, Flridas,
Galateas y Belisardas; que, pues las venden en las plazas, bien las podemos
comprar nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o, por mejor decir,
mi pastora, por ventura se llamare Ana, la celebrar debajo del nombre de
Anarda; y si Francisca, la llamar yo Francenia; y si Luca, Lucinda, que
todo se sale all; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofadra,
podr celebrar a su mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina.

Rise don Quijote de la aplicacin del nombre, y el cura le alab infinito
su honesta y honrada resolucin, y se ofreci de nuevo a hacerle compaa
todo el tiempo que le vacase de atender a sus forzosas obligaciones. Con
esto, se despidieron dl, y le rogaron y aconsejaron tuviese cuenta con su
salud, con regalarse lo que fuese bueno.

Quiso la suerte que su sobrina y el ama oyeron la pltica de los tres; y,
as como se fueron, se entraron entrambas con don Quijote, y la sobrina le
dijo:

-Qu es esto, seor to? Ahora que pensbamos nosotras que vuestra merced
volva a reducirse en su casa, y pasar en ella una vida quieta y honrada,
se quiere meter en nuevos laberintos, hacindose

   Pastorcillo, t que vienes,
   pastorcico, t que vas?

Pues en verdad que est ya duro el alcacel para zampoas.

A lo que aadi el ama:

Y podr vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los
serenos del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que ste es
ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal
ministerio casi desde las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es ser
caballero andante que pastor. Mire, seor, tome mi consejo, que no se le
doy sobre estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y sobre cincuenta aos
que tengo de edad: estse en su casa, atienda a su hacienda, confiese a
menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi nima si mal le fuere.

-Callad, hijas -les respondi don Quijote-, que yo s bien lo que me
cumple. Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened
por cierto que, ahora sea caballero andante o pastor por andar, no dejar
siempre de acudir a lo que hubiredes menester, como lo veris por la obra.

Y las buenas hijas -que lo eran sin duda ama y sobrina- le llevaron a la
cama, donde le dieron de comer y regalaron lo posible.





Captulo LXXIV. De cmo don Quijote cay malo, y del testamento que hizo, y
su muerte


Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinacin de sus
principios hasta llegar a su ltimo fin, especialmente las vidas de los
hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para
detener el curso de la suya, lleg su fin y acabamiento cuando l menos lo
pensaba; porque, o ya fuese de la melancola que le causaba el verse
vencido, o ya por la disposicin del cielo, que as lo ordenaba, se le
arraig una calentura que le tuvo seis das en la cama, en los cuales fue
visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos,
sin quitrsele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.

stos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su
deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tena de aquella suerte,
por todas las vas posibles procuraban alegrarle, dicindole el bachiller
que se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el
cual tena ya compuesta una cloga, que mal ao para cuantas Sanazaro haba
compuesto, y que ya tena comprados de su propio dinero dos famosos perros
para guardar el ganado: el uno llamado Barcino, y el otro Butrn, que se
los haba vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba don
Quijote sus tristezas.

Llamaron sus amigos al mdico, tomle el pulso, y no le content mucho, y
dijo que, por s o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del
cuerpo corra peligro. Oylo don Quijote con nimo sosegado, pero no lo
oyeron as su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar
tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del
mdico que melancolas y desabrimientos le acababan. Rog don Quijote que
le dejasen solo, porque quera dormir un poco. Hicironlo as y durmi de
un tirn, como dicen, ms de seis horas; tanto, que pensaron el ama y la
sobrina que se haba de quedar en el sueo. Despert al cabo del tiempo
dicho, y, dando una gran voz, dijo:

-Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus
misericordias no tienen lmite, ni las abrevian ni impiden los pecados de
los hombres.

Estuvo atenta la sobrina a las razones del to, y parecironle ms
concertadas que l sola decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, y
preguntle:

-Qu es lo que vuestra merced dice, seor? Tenemos algo de nuevo? Qu
misericordias son stas, o qu pecados de los hombres?

-Las misericordias -respondi don Quijote-, sobrina, son las que en este
instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis
pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de
la ignorancia, que sobre l me pusieron mi amarga y continua leyenda de los
detestables libros de las caballeras. Ya conozco sus disparates y sus
embelecos, y no me pesa sino que este desengao ha llegado tan tarde, que
no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz
del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querra hacerla de tal
modo, que diese a entender que no haba sido mi vida tan mala que dejase
renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querra confirmar esta
verdad en mi muerte. Llmame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, al
bachiller Sansn Carrasco y a maese Nicols, el barbero, que quiero
confesarme y hacer mi testamento.

Pero de este trabajo se escus la sobrina con la entrada de los tres.
Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:

-Dadme albricias, buenos seores, de que ya yo no soy don Quijote de la
Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de
Bueno. Ya soy enemigo de Amads de Gaula y de toda la infinita caterva de
su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante
caballera, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas
ledo, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las
abomino.

Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva
locura le haba tomado. Y Sansn le dijo:

-Ahora, seor don Quijote, que tenemos nueva que est desencantada la
seora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y agora que estamos tan a
pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos prncipes,
quiere vuesa merced hacerse ermitao? Calle, por su vida, vuelva en s, y
djese de cuentos.

-Los de hasta aqu -replic don Quijote-, que han sido verdaderos en mi
dao, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo,
seores, siento que me voy muriendo a toda priesa; djense burlas aparte, y
traganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi
testamento, que en tales trances como ste no se ha de burlar el hombre con
el alma; y as, suplico que, en tanto que el seor cura me confiesa, vayan
por el escribano.

Mirronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque
en duda, le quisieron creer; y una de las seales por donde conjeturaron se
mora fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a
las ya dichas razones aadi otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y
con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que
estaba cuerdo.

Hizo salir la gente el cura, y quedse solo con l, y confesle.

El bachiller fue por el escribano, y de all a poco volvi con l y con
Sancho Panza; el cual Sancho, que ya saba por nuevas del bachiller en qu
estado estaba su seor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenz
a hacer pucheros y a derramar lgrimas. Acabse la confesin, y sali el
cura, diciendo:

-Verdaderamente se muere, y verdaderamente est cuerdo Alonso Quijano el
Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.

Estas nuevas dieron un terrible empujn a los ojos preados de ama, sobrina
y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar
las lgrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque,
verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue
Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la
Mancha, fue siempre de apacible condicin y de agradable trato, y por esto
no slo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le
conocan.

Entr el escribano con los dems, y, despus de haber hecho la cabeza del
testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas
circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:

-tem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en
mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre l y m
ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos,
ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, despus de haberse
pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que ser bien poco, y buen
provecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle el
gobierno de la nsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino,
se le diera, porque la sencillez de su condicin y fidelidad de su trato lo
merece.

Y, volvindose a Sancho, le dijo:

-Perdname, amigo, de la ocasin que te he dado de parecer loco como yo,
hacindote caer en el error en que yo he cado, de que hubo y hay
caballeros andantes en el mundo.

-Ay! -respondi Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, seor mo,
sino tome mi consejo y viva muchos aos, porque la mayor locura que puede
hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin ms ni ms, sin que
nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancola. Mire no
sea perezoso, sino levntese desa cama, y vmonos al campo vestidos de
pastores, como tenemos concertado: quiz tras de alguna mata hallaremos a
la seora doa Dulcinea desencantada, que no haya ms que ver. Si es que se
muere de pesar de verse vencido, cheme a m la culpa, diciendo que por
haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto ms, que vuestra
merced habr visto en sus libros de caballeras ser cosa ordinaria
derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor
maana.

-As es -dijo Sansn-, y el buen Sancho Panza est muy en la verdad destos
casos.

-Seores -dijo don Quijote-, vmonos poco a poco, pues ya en los nidos de
antao no hay pjaros hogao: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote
de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda
con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la
estimacin que de m se tena, y prosiga adelante el seor escribano.

tem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi
sobrina, que est presente, habiendo sacado primero de lo ms bien parado
della lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la
primera satisfacin que se haga quiero que sea pagar el salario que debo
del tiempo que mi ama me ha servido, y ms veinte ducados para un vestido.
Dejo por mis albaceas al seor cura y al seor bachiller Sansn Carrasco,
que estn presentes.

tem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse,
se case con hombre de quien primero se haya hecho informacin que no sabe
qu cosas sean libros de caballeras; y, en caso que se averiguare que lo
sabe, y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con l, y se casare,
pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en
obras pas a su voluntad.

tem, suplico a los dichos seores mis albaceas que si la buena suerte les
trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por
ah con el ttulo de Segunda parte de las hazaas de don Quijote de la
Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la
ocasin que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes
disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrpulo de
haberle dado motivo para escribirlos.

Cerr con esto el testamento, y, tomndole un desmayo, se tendi de largo a
largo en la cama. Alborotronse todos y acudieron a su remedio, y en tres
das que vivi despus deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a
menudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, coma la sobrina,
brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo
borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razn que deje
el muerto.

En fin, lleg el ltimo de don Quijote, despus de recebidos todos los
sacramentos, y despus de haber abominado con muchas y eficaces razones de
los libros de caballeras. Hallse el escribano presente, y dijo que nunca
haba ledo en ningn libro de caballeras que algn caballero andante
hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don
Quijote; el cual, entre compasiones y lgrimas de los que all se hallaron,
dio su espritu: quiero decir que se muri.

Viendo lo cual el cura, pidi al escribano le diese por testimonio como
Alonso Quijano el Bueno, llamado comnmente don Quijote de la Mancha, haba
pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio
peda para quitar la ocasin de algn otro autor que Cide Hamete Benengeli
le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazaas.

Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner
Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la
Mancha contendiesen entre s por ahijrsele y tenrsele por suyo, como
contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.

Djanse de poner aqu los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote,
los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansn Carrasco le puso ste:

   Yace aqu el Hidalgo fuerte
   que a tanto estremo lleg
   de valiente, que se advierte
   que la muerte no triunf
   de su vida con su muerte.
   Tuvo a todo el mundo en poco;
   fue el espantajo y el coco
   del mundo, en tal coyuntura,
   que acredit su ventura
   morir cuerdo y vivir loco.

Y el prudentsimo Cide Hamete dijo a su pluma:

-Aqu quedars, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni s si
bien cortada o mal tajada pola ma, adonde vivirs luengos siglos, si
presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.
Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor
modo que pudieres:

   ''Tate, tate, folloncicos!
   De ninguno sea tocada;
   porque esta impresa, buen rey,
   para m estaba guardada.

Para m sola naci don Quijote, y yo para l; l supo obrar y yo escribir;
solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y
tordesillesco que se atrevi, o se ha de atrever, a escribir con pluma de
avestruz grosera y mal deliada las hazaas de mi valeroso caballero,
porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a
quien advertirs, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la
sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera
llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja,
hacindole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de
largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que,
para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan
las dos que l hizo, tan a gusto y beneplcito de las gentes a cuya noticia
llegaron, as en stos como en los estraos reinos''. Y con esto cumplirs
con tu cristiana profesin, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo
quedar satisfecho y ufano de haber sido el primero que goz el fruto de
sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que
poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas
historias de los libros de caballeras, que, por las de mi verdadero don
Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.



Fin









